Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Las fuerzas centralistas

De tal manera se ha consolidado como situación normal el centralismo en nuestro país, que hoy muchos peruanos, y con mayor razón en Lima, consideran que ceder en algo en la descentralización es dar una gracia, una dádiva –ya inevitable– a las pobres y postergadas provincias del Perú. Y es que la ideología centralista está profundamente arraigada e internalizada en la mente de gran parte de los peruanos.

Es una poderosísima idea y motivación que orienta y orientará a muchos de entre nosotros, y, en particular, a los grupos más poderosos para mantener el centralismo.

Es y será así, objetiva y esencialmente, e independientemente de las elucubraciones intelectuales falaces y engañosas, cuando no cínicas, porque el centralismo los beneficia. Nadie pugna por preservar aquello que le resulta insustancial e indiferente.

Entre los de espíritu conciente o inconcientemente más centralista habremos de encontrar por lo menos cinco tipos de personas:

• Aquellos que directamente han usufructuado, y agigantado, la concentración de la riqueza en Lima.

• Los limeños de “pura sepa”. Para quienes Lima, o, mejor, sus partes más bellas, son el “fruto del esfuerzo y trabajo de los limeños”.

• Los cada vez más numerosos provincianos que desde mucho tiempo atrás llegan a usufructuar indirectamente del centralismo, usufructuando del desarrollo urbano de la metrópoli.

• Los que residiendo fuera de la capital dan por sentado que la actual organización –centralista– del país es normal

No saben, no quieren saber o se niegan a admitir que otros pueblos se administran de manera absolutamente diferente –descentralizada–.

• Y muchos extranjeros, en especial los funcionarios de los grandes organismos internacionales –pensamos en particular en los del FMI y el BM–, que conociendo perfectamente bien las ventajas de la descentralización en sus países natales, han consentido groseramente el cada vez mayor centralismo en nuestros países.

Unos y otros, sin más reflexión, están convencidos de que la riqueza de todo el país pertenece al Estado. Y que al interior de él, manejándolo, el Gobierno tiene perfecto derecho a disponer de ella con absoluta libertad, arbitrariamente, a su antojo. Y, en consecuencia, está bien, y resulta irreprochable, si éste decide que Lima sea la única en usufructuar de todas las ventajas a que da lugar la riqueza de todo el Perú.

Todavía pocos lo entienden que la disposición autónoma de la riqueza de cada espacio del territorio es un derecho que, más bien, ha sido sistemática y ignominiosamente arrancado y robado a los pueblos del Perú.

Ese rapto es, entre muchas otras, una de las más terribles consecuencias de que, en algunos casos inadvertidamente, y en otros incluso con maldad y saña, se haya perniciosamente identificado “país” con “Estado”, cuando el país es, esencialmente, por encima de todo, el conjunto de todos los pueblos del Perú. Y el Estado sólo un instrumento. No es al Estado a quien pertenece la riqueza peruana, sino a los pueblos del Perú.

Así, entre los primeros que pugnarán por mantener el centralismo, por mantener la errónea y nefasta identificación de país con Estado, Estado con Gobierno y, finalmente, Gobierno con Lima, debemos incluir invariablemente a la inmensa mayoría de los integrantes del aparato estatal peruano a lo largo de su historia republicana. Pero, en particular, a los miembros de sus más altas esferas: presidentes, ministros, congresistas, jefes de otros poderes del Estado, etc. Sorprendentemente, muchos de ellos nacieron en el interior del Perú, desde los primeros presidentes de la República hasta Toledo.

Pero debe también incluirse a todos los grandes empresarios privados que desde antiguo han visto a Lima como el único centro para sus negocios. Y, dentro de éstos, muy especialmente, a todos aquellos que han hecho grandes negociados con el Estado: tenían que estar en Lima para que sus lobbies fueran más eficientes.

Habrá que destacar entre éstos a los propietarios de los medios de comunicación de masas, y muy especialmente a los de la televisión. Y cuéntese entre todos ellos a los “progresistas”, a los “retrógrados”, a los “honestos” y a los más corruptos, a todos.

No por ellos mismos, sino por los poderosísimos instrumentos que manejan. Pues en la batalla que se viene, habrán de jugar un rol decisivo. Y, descartado está, se la jugarán íntegra por lo suyo: el centralismo.

Al segundo grupo pertenecen los limeños de real o supuesta vieja extirpe capitalina. En su inmensa mayoría son descendientes de extranjeros, mayormente españoles, ingleses e italianos.

En general, y no por simple casualidad, forman parte de los grupos socio–económicos A y B. Integran, sabiéndolo o no, los grupos de poder más significativos en el país.

Son quienes mayoritariamente ocupan los barrios residenciales de Lima, eufemismo con el que se esconde decir, los únicos espacios donde en todo sentido se está en el siglo XXI en el Perú. Están convencidos de que todo aquello de cuando disfrutan es resultado únicamente de su esfuerzo, y es mérito exclusivo del grupo social al que pertenecen. Son incapaces de percibir cuán enormes han sido las transferencias de riqueza con que las provincias han financiado el “esplendor de Lima”.

Este grupo alberga en su seno a los ideólogos del centralismo, a los intelectuales centralistas. A todos aquellos que, con mayor o menor audiencia, con frases más o menos bien elaboradas, con palabras más o menos bonitas e impactantes, con referencias más o menos eruditas, sabrán mostrar que poco es cuanto hay que cambiar del sistema actual, basta “mejorarlo”, “perfeccionarlo”, “porque con ello será suficiente”. Los grandes medios de comunicación masiva no dudarán un instante en concederles el mayor espacio, la mayor audiencia. Son los mascarones de proa que saldrán a poner la cara y el pecho, tanto por sus propios intereses, como por los de todos los que apoyan y avalan el centralismo.

Forman el tercer grupo los millones de provincianos o hijos o nietos de provincianos que se han afincado en Lima. Constituyen el 90 % de la población de la capital. Están más o menos agradecidos de que su estancia en ésta, hoy, les permita acceder al siglo XXI. En algunos casos les ha bastado recorrer ciento cincuenta kilómetros para, en tres horas, trasponer cinco siglos. Pensamos, por ejemplo, en los campesinos tupinos de las alturas de Cañete.

Integran el cuarto grupo infinidad de provincianos que aún residen en la tierra de sus abuelos, pero que mantienen estrechos vínculos sociales y económicos exclusivamente con Lima. Viajan constantemente a la capital. Es casi siempre su único punto de destino. Admiran el desarrollo de Lima. Sospechan que tiene el empuje que les falta a sus pueblos.

Quizá al subconjunto que más hay que destacar de este cuarto grupo es el compuesto por infinidad de provincianos que, a lo largo de nuestra historia, han llegado a la capital a formar parte del Congreso de la República. Con su voto se han dictado miles de leyes eminentemente centralistas. Hoy mismo lo siguen haciendo, incluso en leyes que supuestamente son descentralistas, pero en las que se siguen manteniendo cuando no afianzando los mecanismos centralistas.

Hoy la propia Ley del Canon –a la que extensamente nos referiremos en el segundo tomo–, contiene todavía disposiciones esencialmente centralistas. Y todos los proyectos de la Ley de Descentralización por discutirse los contienen, sin excepción. El centralismo –la imperceptible ideología centralista–, se comporta como una eficiente anteojera que les permite ver apenas una parte del camino, impidiéndoles apreciar que hay muchas otras posibilidades.

Al quinto grupo, entonces, como está dicho, corresponden muchos extranjeros. Muchos nunca han venido al Perú, pero con sus acciones u omisiones en sus países coadyuvan al centralismo en los países del Tercer y Cuarto Mundos. Otros, en particular muchos turistas, se solazan con la historia remota y viva presente en los lugares turísticos a los que visitan. ¡Qué maravilla de indiecitos, foto aquí! ¡Qué encanto de aguarunas, flash allá! Y claro, integran este quinto un buen contingente de funcionarios de los organismos internacionales. Como residentes temporales, o viajeros impenitentes, están en estrecho contacto político con las autoridades gubernamentales, y en estrecho contacto social con los grupos de poder.

Ya lo dijimos en nuestro libro Descentralización: Sí o Sí, son como los peces en el agua: están dentro de ella pero no son concientes de ello. Viven en sus países en el más eficiente descentralismo, pero no lo perciben. Tienen también anteojeras. Así, durante décadas y décadas, con gran capacidad de presión sobre nuestros gobiernos, los han presionado y hasta chantajeado para todo menos para que emprendan la descentralización en nuestro país; para que imiten el buen ejemplo de sus patrias, que sí es digno de imitarse.

El conjunto es complejo y variopinto. Es social, política e incluso étnicamente muy heterogéneo. Pero se darán maña para presentarse lo más sólida y monolíticamente unidos ante la genuina descentralización. Y mayor empeño pondrán en esa “unidad” los política y económicamente más poderosos. No dudarán un instante en poner a los provincianos de Lima contra sus propias provincias. No tendrán tampoco duda en colocar a las autoridades de Lima como sus portaestandartes. Esgrimirán hasta canallescas argucias: se quiere atrasar y empobrecer Lima, quieren malograr lo más hermoso que hay en el país. Y hasta no tendrán empacho en afirmar que se quiere dividir al país.

La batalla no será sencilla. Considerando todas sus formas y etapas, será larga y difícil. Ante ello no será suficiente desplegar un gran coraje, una gran decisión, un gran empuje. Será también necesario hacer una inteligente política de reserva de energías y más.

En efecto, y por sorprendente que parezca, será imprescindible actuar políticamente de manera muy distinta a la tradicional. Es decir, deberá actuarse sin subterfugios. Sin mentiras. Con absoluta limpieza. Con la mayor transparencia. Pero no será suficiente. Deberá también actuarse con la mayor devoción. Desarrollando la mayor capacidad de convencimiento. Argumentando con solidez.

Porque habrá que demostrar que, habida cuenta de los sacrificios inevitables e inexorables en el corto plazo, la descentralización es la única garantía de supervivencia de nuestra Patria común. Es decir, la única garantía de asegurar el largo plazo para todos, y en beneficio de todos.

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