Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Respecto de los partidos políticos

Es, en cuarto lugar, un destacado jalón que, en la práctica, las masas pongan también en cuestión la validez y vigencia de los partidos políticos actuales. Y, según parece, además, que estén insinuando un cambio radical, aunque perentorio, del espectro político del país. Porque –planteamos como hipótesis–, del comportamiento cotidiano y efectivo de los “grandes” partidos hoy vigentes, pero también de los “pequeños”, puede deducirse que no tienen realmente en agenda, sino en fórmulas de compromiso, inocuas, simplemente declarativas, los reclamos fundamentales de los pueblos del Perú, descentralización incluida.

Aunque parezca una exquisitez académica, es muy significativo a estos respectos que las masas les refresquen –y hasta enseñen– a los políticos, pero también a los académicos, cuándo, cómo y por qué se gestan nuevos grandes partidos políticos; y cuándo, cómo y por qué las viejas vanguardias entran en trance de muerte hasta desaparecer. En efecto, no es por ley que surgen los movimientos y partidos políticos. Ni por decreto que son dados de baja.

Son las grandes crisis sociales las que, al propio tiempo, hacen surgir a los nuevos, y entierran a los viejos partidos. Asoman al escenario y adquieren vigencia, los que encarnan y expresan adecuadamente los signos de los tiempos: las demandas del momento de los ciudadanos del momento. Y pasan a mejor vida los que olvidaron cómo y por qué nacieron; o, por cierto, pero más precipitadamente aún, los que nunca supieron cómo llegaron al escenario.

Dejemos ya de hablar del relevo de las anquilosadas dirigencias. Dejemos además de urgir por renovación de programas.

Nadie ha logrado nunca, ni aquí ni en ningún lado, reverdecer a los viejos y concretar auténticas renovaciones programáticas. No, los partidos políticos, como cada parte del tejido social, son un fiel reflejo del conjunto de cada sociedad. Así, no son siempre centenarios, duraderos y estables, aquellos partidos que dinámicos y que renuevan sus cuadros, sino aquellos que se dan en sociedades homogéneas y estables (Estados Unidos, Alemania, etc.), y mientras aquéllas mantengan esas características.

Por el contrario, sin tiempo para alcanzar ni la vejez ni la artritis política, ni tiempo para ver crecer y morir a sus líderes, mutan innumerables partidos en aquellas sociedades que, como la nuestra, son ostensiblemente heterogéneas y cambiantes. En los últimos cuarenta años, sin pena ni gloria, han aparecido y desaparecido en nuestro país tanto como doscientas organizaciones políticas. Aunque cierto es que en su gran mayoría sólo de extirpe electorera

¿Por qué tantas? Pues porque tantos y más son los numerosísimos, pequeños y distintos segmentos de la sociedad peruana que puede establecerse cruzando variables sociales como grupo étnico, idioma, religión, escolaridad, niveles de ingreso, acceso a la propiedad, situación y función laboral, origen geográfico, edad, actitudes, formación ideológica, etc.

Así, en presencia de “n” segmentos sociales, estamos en condiciones de asistir a la aparición de “xn” vanguardias políticas que aspiran a representarlos. Mas sobre la base de esa vasta heterogeneidad, las grandes crisis generan amplios movimientos de convergencia, aunque fuera inadvertida e involuntaria. Así, del mismo modo que en ellas, y por compartido temor, se reúnen y llegan a inverosímiles consensos los partidos tradicionales; así también diversos pequeños grupos sociales, antes disgregados y hasta irreconciliables, terminan confluyendo en la formación de uno grande y unido.

Entre tanto, habrá más partidos mientras más esté en ebullición y cambio nuestra sociedad. Porque cada nueva coyuntura es potencialmente engendradora de nuevas organizaciones políticas que aparecen con o como derivación de ellas. Así, hoy hay lugar en el Perú para partidos de comunidades religiosas, lo que era impensable hace cien años. Para partidos de empresarios que antes se mimetizaban bajo otras banderas. Para partidos de minorías que antes eran secretas, unas, y estigmatizadas, otras. También para partidos de desocupados. De jubilados. Para partidos de verdes y ecologistas, que antaño resultaban inimaginables. Para partidos regionales e incluso provinciales, que tiempo hace habían desaparecido en el país.

Unos, sencilla y legítimamente, aspirarán a ser sólo voceros e intérpretes de los grupos de los que surjan. Otros, aunque no por eso con mayor legitimidad, anhelarán representar a vastos y múltiples sectores de la sociedad peruana. No obstante, no todos, ni necesariamente, habrán de conseguir ese loable propósito.

Mas –como sospechamos–, si los hechos terminan confirmando nuestras hipótesis, de la crisis que se viene incubando, y de nuevo cuño, surgirán y serán las nuevas organizaciones políticas que aparecerán en el país. Y en cuyas plataformas, sin ambages ni ambigüedades, con transparencia y lucidez, las más preclaras alcanzarán a recoger las exigencias más sentidas de los más amplios sectores de la sociedad peruana de hoy. Uno, o más de uno, podrá ser tan grande como la crisis que le dio origen. Tan sólido como el desenlace a que ella dé lugar.

Tan legítimo como el papel que le toque desempeñar. Tan digno como la coherencia que tenga entre su discurso y su conducta. Tan diestro como la lucidez de sus análisis durante y después de la crisis. Tan popular como la riqueza efectiva y la sencillez aparente de sus discursos. Tan honesto como la franqueza que mutuamente se prodiguen líderes y seguidores. Tan respetable como el aprecio y respeto que se profese a todo el resto de la comunidad

Y tan longevo –pero no más– como dure la calma que llega después de la tormenta. Cada uno entre el resto de los partidos que engendre la crisis tendrá que resignarse a ser menos grande, o no serlo; menos monolítico, o muy frágil; menos legítimo, o simplemente legal; menos digno, o incluso despreciable; menos diestro, o quizá desafortunadamente desacertado; menos popular, o quizá sólo una cofradía; menos honesto, o deshonesto; menos respetable, o, en el extremo, infame; y a ser menos longevo, o quizá sólo efímero

Pues bien, de las marchas y contramarchas ocurridas en los primeros meses del gobierno del presidente Toledo hemos alcanzado a extraer esas lecciones. Pero no son las únicas. Hay otras.

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