Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Preocupante coyuntura adicional

¿Es ésa, sin embargo, la única lectura que podemos dar a la conducta y actitudes de la sociedad peruana de hoy? ¿Y a los reiterados actos de protesta violenta que se han sucedido en los primeros meses del gobierno de Toledo? ¿Y sobre todo de aquellos múltiples y dispersos en los que el protagonismo es encarnado por aún anónimos líderes provinciales? No, hay fundadas razones para sospechar que no. Y que, en consecuencia, tenemos obligación de ver y leer más allá de lo que resulta obvio y evidente. Puede en efecto, por ejemplo, sospecharse que, como parte y alarmante señal de la generalizada crisis político–institucional que se agudiza en el país, está poniéndose de manifiesto un grave déficit de intermediación. Esto es, los líderes (sean del gobierno, de los partidos políticos de oposición, o del resto de las instituciones de la sociedad), no vienen expresando hoy lo que la población por ellos representada estaría diciendo en su lugar.

En otros términos, en su reiterativo discurso cotidiano, los líderes no están interpretando ni expresando las aspiraciones e intereses más profundos y menos obvios de las masas y los pueblos del Perú. O, si se prefiere, los líderes más conocidos y publicitados no representan ya a las grandes mayorías del país.

Esta crisis de intermediación político–social no es un fenómeno inusitado ni nuevo en el Perú. Se dio antes en la década de los treinta del siglo pasado. Fue en ese contexto que aparecieron nuevos líderes y nuevas organizaciones políticas (el APRA y los primeros partidos socialistas y marxistas), en representación de distintas multitudes cuyas aspiraciones no se veían representadas por los viejos y tradicionales partidos oligárquicos.

Más tarde esa crisis volvió a manifestarse con el surgimiento de las guerrillas filo castristas. Y luego, con nefasta manifestación de violencia irracional e injustificable, en el advenimiento del terrorismo ultra izquierdista. Pero, también, en la década de los noventa, con la inaudita incursión en el escenario político de un improvisado, torvo e inescrupuloso impostor, al que las masas, ingenua, inadvertida y erróneamente le endilgaron atributos extraordinarios y facultades mesiánicas. Debemos andarnos con cuidado: las crisis de intermediación política suelen tener resultados insospechados e incluso lamentables.

“El barco se puede ir a pique” Apenas se habían cumplido treinta días de instaurado el nuevo gobierno, cuando se dio inicio a un estallido de amplio espectro de reivindicaciones, en múltiples rincones del país. Once días después, sorprendentemente, en lenguaje insólito, y ante un numeroso e importante auditorio, el presidente Toledo repitió hasta en tres ocasiones, “cuidado, el barco se nos puede ir a pique”.

Los asistentes no salíamos de nuestro asombro. La frase daba lugar a una y mil interpretaciones. Por de pronto –se pensó–, cuarenta días en el timón del barco le habría sido un tiempo harto suficiente para enterarse que ese Estado que tenía en sus manos, siendo un gravísimo problema en sí mismo, era bastante menos capaz de solucionar otros problemas de lo que él había estimado durante sus años de preparación preelectoral y de campaña. Y que, para el caso, los siete tomos de su nunca bien difundido Plan de Gobierno servían de muy poco –y quizá de nada–.

En los corrillos de cierre del evento se oyó decir que, ya en los primeros treinta días de su gobierno, Toledo había advertido que el barco a duras penas podía con los invitados abordo: el Estado apenas podía con sus obligaciones regulares. Así, once días más tarde, el capitán asistía abrumado a la incursión en la nave de cientos de inopinados pasajeros: menos podía el Estado con exigencias que desbordaban todo lo previsible y todo lo previsto.

El recién estrenado, aunque poco congruente y casi endeble gobierno, asistía atónito a un verdadero desborde popular. Pero ya no como aquel que en las décadas pasadas, pacífico y sigiloso, con un solo propósito, asaltó desde los Andes las ciudades de la costa y saturó Lima hasta el delirio.

No, ahora era virulento. Ruidoso. Irreverente. De muy amplio espectro temático y geográfico. Mostraba a cientos de nuevos líderes populares que simultáneamente planteaban múltiples demandas.

La grita y las movilizaciones se daban por doquier, en la costa, en el área cordillerana, en la amazonía. Las reivindicaciones se planteaban en las ciudades y en las carreteras. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, obreros y agricultores, trabajadores mal pagados, jubilados y desempleados confluían en las plazas.

“Toledo, carajo, dónde está el trabajo” –se repetía con desfachatez e insistencia–. Y el gobierno, ni desde el Ejecutivo ni desde el Congreso, atinaba a dar una respuesta satisfactoria. En realidad, no alcanzaba a balbucear respuesta alguna.

Mas –para los observadores más acuciosos por lo menos–, no pasó desapercibido que, como parte de lo que parecía un desborde incontrolable, y como nunca antes, miles de personas, portando grandes banderolas alusivas, exigían también la descentralización del país.

Era – histórica y objetivamente hablando–, un fenómeno político nuevo en el país. No por el hecho de que nunca antes se hubiera reclamado la descentralización en las calles, porque bastante se hizo al respecto hace más de cien años, en las últimas décadas del siglo XIX. Sino porque, a diferencia de entonces, en que el protagonismo estuvo encarnado por élites intelectuales y caciques provincianos –el gamonalismo y su clientela, según precisó Mariátegui –, esta vez la demanda llegaba en las manos y desde los corazones de obreros, campesinos, madres y jubilados. Hay razones para estimar que, al cabo de décadas, y en realidad de centurias de maduración, viene cambiado la conciencia popular. Por lo menos, por ejemplo, respecto de lo que observó Mariátegui en su tiempo y que le permitió afirmar : El regionalismo no es en el Perú un movimiento, una corriente, un programa. No es sino una expresión vaga de un malestar y de un descontento.

El hecho de que el desborde creciera incesante, sin que partido tradicional alguno enunciara expresamente su identificación con la imprevista causa popular, y menos aún reivindicara su autoría y dirección, suscitó en ellos tres reacciones dignas de mayor estudio, pero también de adecuada divulgación.

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