Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

Una propuesta de descentralización del Perú

Para los peruanos –y para los otros pueblos que están en condiciones similares a la nuestra– debe quedar perfectamente claro que la descentralización debe ser entendida como el gran reto histórico de nuestro país y de sus distintos pueblos y ancestrales nacionalidades.

Tanto para los peruanos de hoy como para los de las próximas generaciones. Sólo alcanzándola se habrá alcanzado también la condición indispensable para luego alcanzar el bienestar general y compartido.

La inmensa mayoría de los textos que han enfrentado el tema –ubicándolo en un contexto histórico y económico objetivamente diferente al que venimos planteando–, han puesto énfasis en los aspectos administrativos y legales del asunto. Y, por lo general, se han quedado en ellos.

Esos asuntos, sin embargo, ni son los únicos ni los primeros a enfrentar. Permítasenos entonces bosquejar tres líneas de conducta que deben imponerse en el país y grandes lineamientos estratégicos que creemos resultan indispensables para alcanzar el trascendental objetivo estratégico de la descentralización.

Tres decisivas y trascendentales líneas de conducta

Harto se ha escrito en el Perú respecto de la necesidad de imponer nuevos valores y estilos. José María de Romaña, por ejemplo, ha dicho que para desarrollar el Perú “urge una nueva cultura de esfuerzo, éxito, justicia, cumplimiento de los compromisos, competitividad, competencia, calidad total, veracidad, excelencia, ética, generosidad, imaginación, audacia, disposición al cambio y a la innovación, visión de futuro, pensamiento aplicado, ahorro, gobernabilidad, Estado pequeño y eficaz, iniciativa privada al máximo”.

Ricardo Tenaud, a su turno, ha puesto énfasis en que debemos desterrar: la negligencia, la apatía, las quejumbres y lloriqueos, la resignación, la falta de sentido de responsabilidad, la “viveza criolla”, la falta de honradez, el incumplimiento de la ley, la carencia de sanciones, el machismo, el ridículo, el chauvinismo, el despilfarro; y que, al propio tiempo, debe imponerse el cuidado, la precaución, la previsión, la fiabilidad, la se- riedad, la puntualidad, la disciplina, el rigor y el método y la organización, pero también la cortesía, la paciencia, la calma, la supresión del ruido y el respeto al público.

De una u otra manera, el empresario Octavio Mavila, con la misma buena voluntad, ha resumido todo ello en el ya famoso “Decálogo del Desarrollo”. Enhorabuena. Ciertamente no estamos opuestos a nada de ello. Discrepamos sí de las prioridades

A nuestro juicio, ninguno de esos valores o virtudes, ni individualmente ni en conjunto, conduce por sí mismo al Desarrollo. Son más bien, y en unos casos, como el no centralismo, condiciones a partir de las cuales se ha dado el Desarrollo de los países del Norte, y, en otros, precisamente una consecuencia del Desarrollo y, si se prefiere, se imponen y asumen dentro de un contexto desarrollado.

Quizá la mejor prueba de ello la constituye el hecho de que miles y millones de hombres y mujeres “llenos de esos defectos” que hay que desterrar, asumen –como por encanto– todas y cada una de las virtudes señaladas cuando se trasladan a vivir y trabajar a los países del Norte.

Sin duda debemos aspirar a desterrar todos y cada uno de los defectos que se ha señalado, y a imponer esa larga lista de virtudes.

Pero creemos que más importante resulta que nos impongamos tres otras trascendentales líneas de conducta: 1) el diálogo; 2) el autoreconocimiento al derecho a equivocarnos, y; 3) el estímulo permanente y sin excepciones, tanto para generar el acierto como para premiar el logro.

El diálogo: un camino lento pero seguro El Perú de hoy, entre otras cosas, es un resultado histórico del paternalismo. O, mejor, de la versión más frustrante y castrante del paternalismo. Es decir, del patógeno paternalismo difundido desde los centros hegemónicos imperiales a partir del siglo XVI, y exacerbado por los grupos dominantes internos desde el siglo XIX.

El castrante paternalismo imperialista ha esgrimido siempre como pretexto, grotescamente, la “ignorancia y atraso” de los pueblos del Perú. Como si a partir de pueblos igualmente “ignorantes y atrasados” no se hubieran erguido al Desarrollo todos los grandes países del Norte.

Pues bien, ese castrante paternalismo exhibe, como una de sus principales características, una total y absoluta incapacidad de diálogo.

Esa una característica intrínseca e inmodificable del paternalismo castrante. No debemos ni podemos pedir que algún día la tenga. Perderíamos aún más tiempo intentándolo.Nunca habrá de tenerla.

Ese paternalismo es el que, a fin de cuentas, interesadamente, ha impuesto el caciquismo y, en el extremo, el mesianismo: “sólo seres providenciales habrán de salvarnos; no somos ni seremos capaces de nada en ausencia de ellos”.

Fue dentro de ese contexto que el presidente Fujimori, cómodamente, sin mayores obstáculos, liquidó e hizo añicos el incipiente proceso de descentralización que encontró en el país cuando asumió el gobierno.

Por aquel entonces, los pueblos del Perú, ciegamente, alienados por el paternalismo, creímos que esa barbaridad era también un acierto del “mesías” que se había levantado de entre nosotros. Una vez más caímos en el error. Porque, de una u otra manera, cualquier nuevo esfuerzo de descentralización supondrá, en efecto, caminar otra vez por caminos que ya habíamos transitado. Es decir, habremos de reconocer que la ausencia de diálogo no fue otra cosa que una infame pérdida de tiempo.

Mas de ello hemos tomado conciencia sólo en los últimos años. Esto es, desde que hemos apreciado que la autocracia gobernante, sin saber ya qué hacer, es decir, demostrando fehacientemente que desconoce cómo gobernar el país, está adquiriendo visos de autismo, de absoluto aislamiento.

El audaz y decidido bombero que tuvo mano firme para apagar los graves incendios de la hiperinflación y del terrorismo, da muestras elocuentes de no saber qué más hacer en el país. Sólo atina a repetir, megáfono en mano, que es necesario mantener el equilibrio fiscal y seguir pagando el precio de mantener la reinserción del país en la economía mundial, dándonos por bien servidos de que todo ello sólo implique recesión e incremento de la pobreza y el desempleo.

Frente a todo ello, acusando el impacto de su aislamiento, asido firmemente a lo que estima como su única tabla de salvación rere– eleccionista, sólo ha atinado a aislarse aún más. Así, en las negociaciones para resolver los problemas con Ecuador, hemos sido objeto de una oprobiosa y vergonzante moratoria informativa. A sus ojos y oídos no somos en lo más mínimo dignos de información, porque no somos dignos de opinión.

Pero no debemos engañarnos, esa absoluta incapacidad de diálogo es total. Basta recordar la incapacidad de diálogo con el Parlamento que clausuró, con los municipios, con las organizaciones políticas, con las organizaciones sociales, con las organizaciones eclesiásticas. Y no está referida sólo al asunto con Ecuador, sino –como ha podido verse en todos estos años– a todos los asuntos. Mas tampoco nos engañemos: la incapacidad de diálogo de Fujimori, siendo extrema, es, en definitiva, la incapacidad de diálogo de todos los centralismos respecto de la periferia a la que tienen dominada.

Ellos no entienden, ni entenderán jamás, que el diálogo, aunque un expediente más lento que la imposición, es un camino inmensamente más seguro que ella. Los pueblos del Perú, pues, debemos terminar por imponer el diálogo.

Éste, a todos los niveles, y para todos los asuntos, grandes y pequeños, debe ser nuestro principal estilo de conducta, tanto como individuos y como organizaciones, y tanto como distritos, como provincias, departamentos o regiones.

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