Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

¿La autocracia nos llevará al límite?

El conjunto de las cifras anteriormente enunciadas componen una de las fotografías que puede mostrarse del Perú de hoy. Retratan una sociedad profunda y gravemente enferma. Patéticamente, ese retrato muestra los restos del grotesco maquillaje –de liberalismo y privatizaciones– que, con paciente e irreductible tradición oriental, se ha estado aplicando en los últimos años al enfermo. Y en los ojos de éste se desnudan, lascerantes, las heridas de tres recientes y emponzoñadas políticas: el shock económico, los graves excesos en la “guerra sucia” contra el terrorismo, y la corrupta y complaciente guerra contra el narcotráfico.

El enfermo pues, ha venido observando cómo, con algún pero muy discutible nivel de eficiencia, los terapeutas y cirujanos atacaban y neutralizaban sus más recientes y pasajeros aunque graves y preocupantes males: los coyunturales.

Pero, a pesar de sus insistentes reclamos, también ha estado apreciando que los médicos no hacían absolutamente nada por tratar y enfrentar sus males más profundos y antiguos: los estructurales, y, entre ellos, el centralismo, el más nefasto y peligroso de todos, que –como todos los agentes patógenos–, crece cuando no se le combate, y se agiganta cuando se le estimula.

Como ya se ha visto, el centralismo no es sólo concentración de la población. Es también concentración de especialistas; de instituciones y empresas; de gasto e inversión. Y, ciertamente, concentración de poder de decisión. A este respecto bien puede preciarse el cirujano mayor, es decir, el presidente Fujimori, de haber acaparado, deliberada y sistemáticamente, más poder que ningún otro hombre en la historia de la República.

Es necesario remontarnos a la vieja historia del Perú para encontrar símiles. Y puede hallarse dos –y nada más que dos–: el inka Huayna Cápac, en el siglo XVI; y el virrey Toledo, en el siglo XVII. Al primero, a pesar de su extraordinario poder, le cupo el penoso privilegio de sellar la debacle del Tahuantinsuyo, el inmenso y agresor imperio al que habían dado forma, él, su padre y su abuelo.

El virrey Toledo, por su parte, provisto de un también gigantesco poder imperial, al unísono, definió el terrible genocidio de la población andina en los socavones de Huancavelica y Potosí, y la conversión del Perú, durante 100 años, en el mayor productor de plata del mundo, entregando al naciente capitalismo occidental –a cambio de miseria, dolor y muerte– gran parte de una gigastesca riqueza que, a valores de hoy, puede ser estimada en la casi inverosímil cifra de 750 mil millones de dólares.

Leguía con quien erróneamente es siempre comparado Fujimori, es un niño de cuna –si se nos permite la expresión–, al lado de Huayna Cápac y el virrey Toledo. ¿Dejaremos los peruanos que el presidente Fujimori nos lance a una debacle similar a la de sus pares? Tal parece que con sabia y milenaria intuición el pueblo peruano ha advertido el peligro. Así, no es ninguna simple casualidad que ya más del 70 % de nosotros se oponga al despropósito de su intento de tercera elección consecutiva.

Los gravísimos riesgos que muestra la historia El centralismo es pernicioso. Exacerbado, es aún más nefasto. Y, llevado al extremo, es suicida. Esas, como apretadamente veremos aquí pero también más adelante, son las lecciones de la historia que los textos de Historia tozudamente se niegan a reconocer. Dos de las más notables experiencias de centralismo en el mundo antiguo se dieron en Nínive y Roma. Y, entre nosotros, en Chavín de Huántar,Wari y Chan Chan –aunque también en el Cusco–. Aún cuando nunca los pobladores de aquéllas tuvieron noticia de éstas, y viceversa, el común denominador del final de las cinco primeras ciudades no sólo resulta escalofriante sino en extremo revelador.

En Mesopotamia, la enorme ciudad de Nínive fue atrozmente saqueada, poniéndose de manifiesto una ferocidad demoníaca. Por su parte, los persas, cuando por segunda vez derrotaron a los babilonios, tras una largamente alimentada venganza, ejecutaron el empalamiento de “hasta tres mil de los principales”, como indica Herodoto, que también registra que a las mujeres, con gran crueldad, se les cortaba los pechos. La historia de la caída del Imperio Romano incluye el feroz saqueo y destrucción de Roma, venganza que ejecutaron los visigodos y, años más tarde, los vándalos.

Y en los Andes, dos mil quinientos y quinientos años antes del primer viaje de Colón, Chavín de Huántar y Wari fueron también objeto de despiadada venganza por parte de los pueblos que habían dominado. En todos los casos, la acción de represalia y venganza se vio extraordinariamente facilitada por la no menos notable vulnerabilidad de las sedes centrales. En este sentido, resulta proverbial el ejemplo de la vulnerabilidad de Chan Chan, la centralizada sede del Imperio Chimú. Como se sabe, a las huestes del Imperio Inka les bastó desviar el curso del río Moche para liquidar el Imperio Chimú, matando de sed a la élite norteña que se había encerrado en su fantástica ciudadela. Pues bien, Lima, la centralizada sede del Perú de hoy, es tan altamente vulnerable como en su tiempo lo fue Chan Chan. Sea porque para saciar la sed depende exclusivamente del abastecimiento del río Rímac. O sea porque para mover su maquinaria industrial está a expensas de las aguas del Mantaro que se represan en Tablachaca. O porque para el abastecimiento alimentario depende de sólo tres vías que, por añadidura, no están interconectadas entre sí.

Gravísimos son pues los riesgos que penden sobre Lima. Ese es uno de los más altos precios que históricamente podría pagar el centralismo peruano. Máxime si, como en el caso de Nínive, Roma, Chavín de Huántar, Wari y Chan Chan, absurda y presuntuosamente, nos reímos y seguimos dándole las espaldas a las enseñanzas que reiteradamente presenta la historia.

 

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