TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

La guerra civil imperial, patético final

En síntesis, en el contexto del proyecto imperial inka, la numéricamente pequeña élite alcanzó, transitoriamente, durante el siglo de su hegemonía, la mayor parte de sus objetivos.

Pero a costa de forzar a los pueblos dominados a ir exactamente en la dirección opuesta a la que necesitaban tomar para alcanzar los suyos.

Sin embargo, la traumática y paulatina destrucción de los pueblos dominados conducía, a la postre, e inexorablemente, a la liquidación del imperio. Ya sea porque desaparecería en el instante mismo en que, eventualmente, terminaran de caer exterminados los pueblos que lo sostenían. O, en su defecto, y más probablemente, porque con estrépito caería arrasado por éstos cuando no quedara otro camino.

El proyecto imperial inka, el Tahuantinsuyo, no tenía pues ninguna posibilidad de mantenerse indefinidamente vigente. La élite inka había repetido todos y cada uno de los errores que antes, en el territorio andino, habían cometido las élites chavín y chanka –y, en otras latitudes, los imperios de Mesopotamia, Egipto y Roma, para citar sólo a los más recordados–.

Y en todos los casos, sin excepción –y a despecho del silencio antihistórico y anticientífico de la historiografía tradicional–, el cúmulo de sus gravísimos errores fue la razón primera y última de su ruina.

El Imperio Inka estaba condenado a sucumbir más temprano que tarde. Y la larga y cruenta guerra entre las fracciones lideradas por los hijos de Huayna Cápac, Huáscar, a la cabeza de la élite cusqueña, y Atahualpa, en nombre de la élite quiteña, no hizo sino precipitar los inexorables acontecimientos.

Los dos ejércitos se encontraron por primera vez en el centro de Ecuador. Según unas fuentes en Ambato y según otras en Riobamba, pero en todo caso en la proximidad al sur de Quito 631. Las huestes de Atahualpa obtuvieron una aplastante victoria, seguida de una terrible matanza. Dice a este respecto Cieza de León:

Yo he pasado por este pueblo (...) y cierto, según hay osamentas, debió aún morir más gente de la que cuentan.

Un segundo enfrentamiento tuvo lugar en Cuenca. Al finalizar el segundo día de los combates el suelo estaba regado con 35 000 cadáveres 634. Pero la victoria correspondió una vez más a los ejércitos del norte.

La tercera confrontación se dio en Cotabambas, a orillas del río Apurímac, ya en las proximidades del Cusco. Una vez más triunfaron las fuerzas de Atahualpa. “Esa noche (...) el llano de Huanacopampa durmió alfombrado de cadáveres” –agrega Del Busto–.

Poco tiempo después los generales quiteños estuvieron pues en las puertas de la ciudad imperial. Ésta, además de los inkas, fue defendida por canas, canchis y kollas. Pero una tras otra fueron aniquiladas las divisiones de Huáscar, que incluso cayó prisionero.

“La nobleza fue masacrada sin piedad; cinco jefes principales de Huáscar, tres generales y dos altos sacerdotes, fueron ejecutados; otros fueron obligados a arrancarse las pestañas y las cejas en señal de acatamiento al nuevo emperador” –refiere Cossío del Pomar 636–. Inmediatamente después fue ejecutada toda la familia del Inka vencido, incluyendo a más de 80 de sus hijos. De sus esposas secundarias sólo se perdonó “a las que no habían parido o no estaban encinta”.

Quince batallas en total, e inenarrables crímenes y venganzas, sacudieron el mundo andino. Mas la inmensa mayoría de los muertos, qué duda cabe, fueron hatunrunas de los pueblos dominados. Pero no fue todo. Diversas ciudades fueron incendiadas y arruinadas por uno y otro ejército bajo la sospecha de que se habían coludido con el bando contrario.

Así, la hermosa ciudad de Tumbes que habían conocido los españoles en su viaje exploratorio de 1528 –“con murallas almenadas y torreones cuadrados” y una imponente fortaleza –, lucía en 1532, la iniciarse la conquista europea, “totalmente derruida, con huella de incendio y restos de masacre”. “La ciudad había sido arrasada por Atahualpa” –dice Del Busto–.

Es decir, los pueblos de los Andes no sólo se desangraban. Sino que, irremediablemente, sus costosas y milenarias construcciones se derruían.

“La decepción [de los conquistadores europeos] no pudo ser más cruel” –se atreve a decir nuestro historiador 640–. “Los soldados tornaron a quejarse (...) a maldecir, (...) [su primera] noche fue triste y callada” –agrega–.

“...pero al amanecer del siguiente día (...) salieron los soldados a recorrer las ruinas (...) descubrieron algunas piezas de oro. (...) aparecieron nuevas piezas de oro (...) Los rostros sonrieron, los hombres de alegraron” .

Era pues verdad el mensaje que les había dejado Alonso de Molina. Éste, en el viaje exploratorio de, fugando de las manos de Pizarro, se había negado a reembarcarse en Tumbes, subyugado por lo que había visto al inspeccionar la tierra de los tallanes. Antes de morir –refiere Del Busto–, y antes también de que retornaran sus compañeros, les había dejado un mensaje que efectivamente recibieron de manos de unos niños en 1532: los que a esta tierra viniéredes, sabed que hay más oro y plata en ella, que hierro en Viscaya.

Allí se abría pues un nuevo, trascendental y desgarrador capítulo de la historia de los Andes. Mas de ello damos extensa cuenta en En las garras del imperio.

La presencia de las huestes del Imperio Español, que asomaron pues cuando el Tahuantinsuyo estaba ya herido de muerte, representó que, poco antes de la “hora prevista”, fueran finalmente entonces manos ajenas las que le dieran el golpe de gracia.

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