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Alfonso Klauer
LAS GRANDES OLAS DE LA HISTORIA
3) Hegemonía imperial
Dominación
Desde antiguo, en la relación entre dos pueblos, siempre se ha dado que
recíprocamente no ejercen entre sí igual influencia, siendo la de uno mayor
que la del otro, pudiendo revertir el fenómeno en un período distinto.
Los argumentos o razones de dominación pueden ser de diversa índole:
magnitud poblacional, desarrollo económico, capacidad de inventiva,
tradición y prestigio, estrategia mejor definida en lo que a relaciones con
el entorno se refiere, aparato estatal más eficiente, mayor poderío militar,
etc.
En general puede decirse que las relaciones de dominación se dan también
dentro de un continuum geográfico. Es decir, casi exclusivamente con los
pueblos, naciones y/o Estados vecinos.
Proponemos entonces a este respecto la siguiente definición:
Dominación es la mayor influencia (permanente o transitoria) que ejerce un
pueblo, nación y/o Estado (dominante) sobre otro u otros pueblos, naciones
y/o Estados (dominados), y a través del que aquél hace prevalecer sus
intereses (territoriales, económicos, culturales, etc.).
Imperialismo
Según se vio anteriormente, en el Diccionario de términos históricos,
“imperialismo” es sorprendentemente definido como “adquisición y
administración de un imperio...”. Y por igual son inadecuadas y
eufemísticas, carentes de rigor científico, las definiciones que puede
encontrarse en los diccionarios de la lengua. Se dice, por ejemplo, que
“imperialismo es opinión favorable al desarrollo imperial; doctrina política
que procura estrechar los lazos entre un país y sus colonias, desarrollando
la potencia metropolitana; política de un Estado que tiende a poner ciertas
poblaciones o ciertos Estados bajo su dependencia política o económica” .
En una primera instancia, y con cargo a que la hipótesis sea mejor
estudiada, el “imperialismo” sería un fenómeno relativamente reciente en la
historia de la humanidad. Habría surgido en los albores del siglo XIX al
propio tiempo que, existiendo imperios como el Inglés, el Español y el
Francés, se desató un vasto proceso de independizaciones alentado por las
propias pugnas inter–imperiales. En el contexto de esas rivalidades cada
potencia, independientemente o en alianza explícita o implícita con otra,
buscó arrancarle a la tercera el control sobre los territorios que dominaba.
¿Quién puede dudar hoy, por ejemplo, que la independencia de los territorios
de América se dio en ese marco? Estados Unidos, en efecto, surgió a la vida
independiente con el apoyo de Francia y España, contra los intereses
imperiales de Inglaterra. Y Latinoamérica, con el apoyo de Inglaterra y
Francia, en contra de los intereses imperiales de España, quedó sembrada de
nuevas repúblicas.
Después se vería que ninguno de esos apoyos fue incondicional, ni en aras de
sagrados principios de libertad y autodeterminación de los pueblos. Sino
para sustituir a la potencia derrotada, por lo menos en muchos aspectos, o,
si se prefiere, en los que resultaban sustantivos. Así, Inglaterra, por
ejemplo, catapultada por la gigantesca acumulación de riqueza que le generó
la Revolución Industrial, hizo sentir a diversas de las novísimas repúblicas
latinoamericanas, y en particular a aquellas a las que había apoyado en su
proceso de emancipación, su inmenso y avasallante poder económico,
financiero y comercial, y, sobre esa base, pasó a tener poder hegemónico
sobre ellas, en sustitución del que había tenido el Imperio Español.
Quedó así instaurada una nueva forma de colonialismo, el neo–colonialismo:
el poder hegemónico convirtió en cuasi–colonias a las noveles repúblicas. Y
es que, sin desconocer su independencia, pasó a sojuzgarlas con resultados
casi idénticos a los que se daban durante la gestión imperial anterior,
aunque ya sin necesidad de presencia militar alguna. Los grandes
comerciantes y financistas ingleses se encargaron de expoliar a las
repúblicas con la misma eficacia que antes lo habían hecho los destacamentos
militares españoles.
Poco habría de durar sin embargo es este espacio del mundo la hegemonía
inglesa. Ya en los albores del siglo XX Estados Unidos había pasado a
convertirse en una nueva potencia en el escenario mundial. E hizo prevalecer
aquí “sus derechos” sobre Inglaterra, por el hecho de que éste era su ámbito
natural de influencia.
Así, del río Grande para abajo, el inmenso territorio latinoamericano, el
“patio trasero” de Estados Unidos, pasó a convertirse en espacio semi–colonial
bajo la absoluta hegemonía de la potencia. Hegemonía que se puso de
manifiesto en todos los órdenes de cosas: militar, económico, financiero,
comercial, tecnológico, idiomático, estético, artístico, deportivo, etc.
Pero, claro está, también en el de la política internacional, en el que,
virtualmente para todos los efectos, Latinoamérica actúa como furgón de cola
de la política que dicta el Departamento de Estado en Washington.
A esa hegemonía absoluta, en la que “formalmente” el poder dominante está
revestido bajo la forma de República, y el territorio semi–colonial está
también formado por repúblicas independientes, es que estamos denominando
“imperialismo”. En él hay pues política imperial, de dominación plena y
sojuzgamiento, sin que “formalmente” exista un imperio. Pero para los
pueblos del territorio semi–colonial latinoamericano, los resultados son
virtualmente idénticos a cuando estuvo bajo la éjida del poder imperial
español: atraso, descapitalización, miseria.
Si la diferencia entre “imperio” e “imperialismo” está sólo en el
revestimiento con que se nos presentan los protagonistas (que hoy son pues
repúblicas independientes), pero los resultados son los mismos, resulta pues
absurdo establecer una nueva definición. Quizá lo máximo que cabría decir es
que el “imperialismo” no es sino la versión correspondiente a estos tiempos
de los “imperios” de la antigüedad.
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