EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Los primeros intereses del hombre andino

22 000 años atrás –o más–, en la última etapa del Pleistoceno, los hombres que llegaron a los Andes, aunque muy rudos, nunca vivieron solos, aislados. Estuvieron siempre conformando grupos, acompañándose, protegiéndose, desarrollando cada individuo un claro, inconfundible e imprescindible sentido de pertenencia a un grupo. Esos conjuntos, unidos por vínculos familiares, sobrellevaron una vida muy simple y de rutinas primitivas.

Tuvieron que enfrentar el mismo reto que la naturaleza imponía a todos los seres vivos: subsistencia y supervivencia de los individuos, del grupo y de la especie.

Para subsistir, los grupos tuvieron que estar siempre en busca de tres elementos indispensables, complementarios e insustituibles: agua dulce, alimento y protección.

Ríos y pequeñas corrientes; lagos, lagunas, cochas –o lagunillas– y puquios –o fuentes de agua subterránea–; y, por excepción, en situaciones extraordinarias, directamente la lluvia, fueron sus diversas fuentes de agua dulce. El hombre andino –como invariablemente el resto de los habitantes del planeta– siempre fijó su residencia, que no era sino transitoria en esta etapa de la historia, en las inmediaciones de fuentes de agua dulce.

La inmensa mayoría de los textos de Historia y Geografía –por alguna razón que no alcanzamos a entender a cabalidad–, casi nunca explicitan categóricamente que, en efecto, todos los pueblos de la Tierra se han asentado siempre, y por cierto incluso hoy, en torno a fuentes de agua dulce, dado que ésta es, valga la reiteración, indispensable e insustituible para la vida.

Al explicitarlo con vehemencia en este texto –de la misma manera que haremos otras explicitaciones equivalentes–, queremos contribuir a mostrar la “racionalidad” intrínseca (aunque implícita) de ésa –como de muchísimas otras– conductas, en las que el hombre demuestra fehaciente y concluyentemente que actúa en función de sus intereses y objetivos, y no de manera azarosa o arbitraria (como de hecho y de manera errónea terminan sugiriendo implícitamente muchos autores).

No deja de ser paradójico que muchos textos de Historia que están plagados de nimias cosas obvias, obvien, en cambio, la tan “obvia” condición indispensable del agua dulce para el ser humano.

La tierra de los valles ofrecía frutos y raíces que los grupos recolectaban, y, complementariamente, por medio de rudimentarias formas de caza y pesca, el hombre se aprovisionó de la carne de animales de todo género. La piel de los animales más grandes fue su primera forma de abrigo, y la tierra prestó sus cuevas como refugio.

Muchos rincones eran pródigos en agua y alimento, mas no tenían refugios naturales.

En territorio vecino podía haber la cueva más amplia y toda una gama de frutos disponibles, pero el abastecimiento de agua no era accesible o resultaba insuficiente. En fin, el territorio andino ofrecía todas las combinaciones posibles: ausencia total de esos elementos o presencia de sólo uno o dos cualesquiera de ellos. Pocos, distantes entre sí, y siempre difíciles de encontrar, debían ser los rincones que ofrecían, al mismo tiempo, y aunque fuera por un breve período, el suficiente abastecimiento de agua dulce, alimento y abrigo.

El primitivo hombre andino, más allá de su voluntad y de sus deseos, sólo pudo establecer su morada allí donde encontró, juntos, esos tres elementos. Bastaba que empezara a escasear uno de ellos para que tuviera que migrar todo el grupo, o una parte de él, en busca de un nuevo lugar donde volver a encontrarlos.

A su turno, a la promiscuidad sexual más amplia –como parte de una ideología implícita todavía muy simple y rudimentaria– le tocó la tarea de garantizar la supervivencia de la especie. Los grupos andinos, en efecto, no se dieron ningún tipo de restricción en la actividad sexual.

Y como parte de esa misma simple y rudimentaria ideología, habían ya empezado a elaborar ingeniosas creencias en torno al origen de la vida, y al origen de sí mismos y del cúmulo de objetos del firmamento que cotidianamente miraban alhelados. E igualmente ingeniosas y míticas explicaciones a los fenómenos de la naturaleza que más los gratificaban y aquellos por los que más pánico sentían.

Por lo demás, resulta virtualmente imposible desentrañar con qué lenguajes se comunicaban entre sí los miembros de estos primeros grupos pobladores de los Andes. Mas no cabe duda que, 20 000 años atrás, más de un idioma ya había empezado a tomar forma en el espacio andino.

De la misma manera, no cabe duda tampoco de que –aunque también desconocidas por nosotros– habían acumulado un sinnúmero de usos y costumbres, individuales, familiares y grupales, de trabajo, socialización, entretenimiento, observación de la naturaleza, etc., con las que llenaban las horas a la luz del Sol y a la sombra de la Luna y las estrellas.

Así, puede concluirse que el primer conjunto de intereses que tuvo, quizo mantener y defendió cada uno de los múltiples originarios grupos que poblaron los Andes estuvo entonces conformado por:

• la vida de cada uno de los miembros del grupo;

• la existencia del propio grupo;

• sus germinales ideologías y creencias;

• su idioma;

• sus usos y costumbres;

• sus fuentes de agua dulce, alimentos y abrigo.

Es decir, además de la vida misma, formaban parte del conjunto de intereses de los primitivos hombres andinos todo aquello que, a su vez, les permitía garantizar la existencia de esa vida. Los intereses, en definitiva, no eran sino todo aquello que tenían, amaban y querían mantener, y que sin desmayo defendieron de las agresiones de la naturaleza, los animales y, eventualmente, de otros individuos y grupos.

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