Fundamentos de valoración de empresas

 

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Una revisión de la Economía dominante

Alfonso Galindo Lucas

Capítulo IX

ECONOMIA Y DEMOCRACIA

OTRA IZQUIERDA ES POSIBLE

Hay varias equivocaciones inducidas en el nebuloso mundo de la izquierda. Por primera vez en mucho tiempo, existe una cierta popularidad de los planteamientos que de aquellos que, en otras décadas, hemos osado declararnos anti-sistema. La lógica antisistema es un planteamiento prodigioso, desde su base. El planteamiento ahora empieza a ser, de tan precario, destructivo y eso es bueno. Desde la caída del Muro de Berlín, ya no es fructífero elucubrar acerca de la sociedad deseable para todos, sino que todos o casi todos convergemos en un rechazo unánime hacia el sistema que desde entonces nos oprime intelectual y materialmente.

Pero existen elementos ideológicos contaminantes que pueden arrugar toda esta frescura. Uno de los eslóganes recurrentes de la izquierda es que el mercado debe ser abolido. Sin embargo, el mercado es algo deseable; el problema es que no sólo no existe, sino que es imposible que exista en el sistema capitalista, es decir, el sistema donde tiene sentido predicar a favor del mercado. Otro error es afirmar que se lucha contra el capital, cuando en realidad el problema no es la existencia de capital, sino su régimen de propiedad y, como consecuencia, el destino que se le confiere. También constituye un error asumir el presupuesto de que el sistema es netamente autoritario, ya que en muchas ocasiones, los poderes del sistema interactúan entre sí y se entorpecen, se disipan con el tiempo. La economía actual es de modalidad planificada, como la soviética, pero no está tan centralizada como parece. El “juego” al que hemos llegado es como una novela de intriga, donde cualquiera puede ganar cualquier batalla y todos deben estar alerta permanentemente. Es una triste realidad, pero en ella se encuentran, imprevisibles, nobles iniciativas.

Otro debate confuso es el que se produce entre libertad y compromiso. Hay, sin embargo un criterio muy claro para diferenciar el progreso de un Estado en el ámbito de las libertades. Se trata de diferenciar las libertades personales (individuales y colectivas) y las económicas y ver cuál de estos dos conjuntos tiene prevalencia sobre el otro. En las democracias actuales, las primeras son más a menudo limitadas por las segundas y eso es signo de deterioro del estado de derecho.

Según Wallerstein (1999), la izquierda tradicional es producto del propio sistema; digamos que la existencia de una estética bolchevique y una burocracia rígida en los partidos comunistas beneficia al “enemigo”, tanto como la existencia de partidos socialdemócratas, perfectamente insertados en las llamadas “reglas del juego”.

Por eso, Wallerstein (1999) aboga por la labor de los nuevos activistas anti-globalización. Es cierto que los activistas antiguos son sindicalistas y políticos acomodados, asimilados o muertos, y que su labor debe ser renovada. No obstante, en alguna medida, al proclamar el activismo puro, este autor comete el despropósito de desgajar la actividad de esta corriente de la realizada dentro de los mecanismos del Estado o la emanada de la élite intelectual. Sin embargo, cualquiera de los tres foros pueden ser piezas fundamentales para un cambio político-social o, por el contrario, para cometer grandes errores, pasos en falso, palos de ciego o maquinaciones perversamente reaccionarias.

El propio enfrentamiento entre tales ámbitos puede ser mortal para las débiles esperanzas de revolución o reforma. Los que practicamos el activismo y la reflexión cultural, desempeñamos labores estatales (p. ej., enseñanza) y participamos en el negocio editorial no podemos considerarnos enfrentados con nosotros mismos y, llegado el momento de practicar la justicia, debemos llevarla a cabo en todos los frentes. En la época actual, debemos olvidarnos de consignas que convoquen, en una fecha, para una hora determinada, una revuelta, violenta o pacífica (también las ha habido, por ejemplo, el Portugal, 1975). La generación actual de activistas potenciales ha visto mucha televisión y ha comido muchos bollicaos.

Considero más efectiva una revolución cotidiana, consistente, en una primera instancia, en orientar aquello que nos está permitido: El consumo, el voto, el debate, el derecho de reunión. Es cierto que con esto se puede argumentar que se perderá buena parte de la capacidad de sorpresa, pero esa capacidad no la tenemos.

Las empresas pueden llegar a ser grandes aliados del bienestar, el medio ambiente, la formación e información del proletariado, etc., también los organismos públicos e incluso los sindicatos. Los trabajadores y estudiantes que acuden vehementes a las manifestaciones pueden ser agentes infiltrados, votantes despechados de la Derecha, ignorantes que acuden engañados por rabia más que por raciocinio y ven como a posteriori les suplantan el eslogan esperado en la pancarta. Al igual que, en aquella época prometedora, el revolucionario Ernesto Guevara se interesó por entrevistarse con el Sartre arrepentido del existencialismo (y del premio Nobel) los activistas y los intelectuales deben intercambiar pareceres. De hecho en muchas ocasiones estarán tan unidos que éstas sean dos facetas confusas en las mismas personas. Esto no es incompatible con el oficio del científico, que con tanto denuedo vengo a defender, ni siquiera con el estigma de economista.

Para resolver la pregunta de qué intereses debe satisfacer el sector público, en caso de conflicto entre los particulares y generales, existen dos criterios que no son necesariamente coincidentes; el criterio del votante (una persona, un voto) y el del contribuyente (el que paga, manda). En la mayoría de textos de economistas modernos, se expresa preocupación por la voluntad del contribuyente, que, en principio, es el mismo que el votante, pero no lo es en la misma medida. En el caso de los inmigrantes, sucede que los contribuyentes no tienen derecho a voto; en caso de emigrantes, muchas veces quienes ejercen ese derecho no pagan impuestos en su país de origen.

Lo mismo que ocurre entre trabajadores nativos e inmigrantes, los presuntos conflictos entre teóricos y activistas son falsos; se trata de falsos debates. ¿Quién es pues el enemigo? El enemigo es la fuerza policial o militar que se presta a defender el lucro de las multinacionales.

Son las propias multinacionales, cuando fomentan el conflicto y la injusticia (el engaño o injusticia cultural, el deterioro del medio ambiente y la salud y la pobreza o injusticia social). Son también los políticos que supeditan el interés público a sus intereses empresariales o profesionales o a los dictámenes contraproducentes de otros organismos o empresas. Son los medios de masas cuando confunden o engañan al público, para que las empresas vendan. Por último, es la Universidad, cuando prolonga el entorno favorable al consumo y aísla al individuo.

¿Cuál es el mecanismo de lucha o el castigo que merecen? Eso podría dar para uno o varios libros, secuelas del “¿Qué hacer?”, en los que, según he podido conocer, ya se está trabajando. Mis líneas futuras de investigación se quedan en las Finanzas empresariales, la inmigración, la Teoría de incentivos y otros aspectos específicos de la naturaleza del capitalismo actual.

Bibliografía específica

ASH, T. G. (2000), “El presente como historia”. Claves de razón práctica, 102, p. 26.  

BRUNET, I. y BELZUNEGUI, A. (2000): Empresa y estrategia en la perspectiva de la competencia global, Ariel Económica, Barcelona.  

CACHO, J. (1999): El negocio de la libertad, ed. Foca.  

CALLEJA, B. (1997): La guerra incivil del fútbol. La verdadera historia de la lucha por la supremacía mediática en la España de final de siglo, Plaza & Janés.  

FRIEDMAN, M. y FRIEDMAN, R. (1980): Free to choose, Harcourt Brace Jovanovich, Inc., Nueva York.  

SARTORI, G. (1997), Homo videns. La sociedad teledirigida. Madrid  

SINGER, P. (1999): A Darwinian Left, Politics, Evolution and Cooperation, Weidenfeld & Nicolson, Londres. (2002) Una Izquierda Darwiniana, Política, Evolución y Cooperación, Crítica, Barcelona.  

 

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