Crisis Financieras México, Rusia, Brasil, Turquía y Argentina

 

Alicia Girón González

 

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Brasil

La liberalización de la cuenta de capital y la insistencia en el manejo de las variables macroeconómicas como estabilizadores de la economía nacional, ha sido la tónica del cambio de políticas ortodoxas a políticas de corte heterodoxo cuya finalidad es la restricción monetaria y la necesidad de una política fiscal que recurra a financiamientos externos. Sin embargo, el impacto ha sido diferente y en Brasil este proceso, al igual que en los otros países, se ha visto acompañado de devaluación, crisis bancaria y reducción del gasto social por parte del Estado.

A lo largo de varias décadas el Fondo Monetario Internacional ha diseñado diferentes planes de estabilización para Brasil, con el objeto de controlar la hiperinflación y hacer frente al pago del servicio de la deuda externa. Como siempre, el ajuste económico ha gravitado sobre la población más pobre que constituye el 40 por ciento de la población total y a la que le corresponde sólo el 8 por ciento del ingreso nacional; en contraste, el 8 por ciento de la población de más altos ingresos recibe el 48 por ciento del ingreso nacional. Esta distorsión en la distribución del ingreso en los países latinoamericanos y del sudeste asiático es consecuencia no sólo de las devaluaciones sino también de las crisis bancarias que en buena medida derivan de la salida de capitales. Así, Brasil, que en 1997 fue considerado un promisorio mercado emergente en manos de un equipo económico seguro, se convirtió en un problema mundial más. El agotamiento de las reservas monetarias internacionales por la salida del país de 30.000 millones de dólares, fue seguido de una operación de apoyo internacional encabezada por el FMI. El manejo cuidadoso del momento ayudó a evitar cualquier obstáculo a la victoria electoral del presidente Cardoso ante su oponente Lula, de izquierda, en las elecciones de octubre. Tres semanas después el gobierno anunció un programa de reducción de gastos y aumentos impositivos del orden de los 22.500 millones de dólares.
Llegó 1999 y los mercados observaron el lento progreso en la reducción del déficit del sector público. Los más de 40 mil millones de dólares aportados por el FMI y otros organismos, fueron insuficientes , el capital siguió saliendo del país y la crisis monetaria explotó. A fines de enero, la divisa brasileña, el real, había caído de 1,21 por dólar estadounidense a 2,05. Los enviados del FMI volvieron a Brasilia; a raíz de esto, el 8 de marzo se anunció un nuevo programa económico, mucho más severo que el anterior.

En febrero de 1999, el gobierno, para cumplir con los objetivos de restricción fiscal, redujo la cantidad destinada a las raciones de alimentos de 98 millones de reales (48 millones de dólares de 1998), a 47 millones (23 millones de dólares).

Esto afectó severamente a alrededor de ocho millones de personas pertenecientes a los estratos más pobres de los 160 millones de habitantes de Brasil, cuya subsistencia depende de que el gobierno le suministre mensualmente arroz, porotos, azúcar y aceite. Además, la subvención para el almuerzo escolar se redujo 35 por ciento.

El programa de estabilización brasileño, respaldado por las instituciones financieras internacionales fracasó; la estrategia era fijar la moneda local al dólar, lo que redujo los precios de las importaciones y ejerció una presión comercial a la baja en los bienes de producción nacional. Se requirieron ingresos importantes de capital extranjero para incrementar las reservas monetarias internacionales y poder defender el tipo de cambio, lo que obligó a elevar las tasas de interés reales al 20 y 30 por ciento. No solamente fue un modelo rígido, sino que también "externalizó" efectivamente la política económica en un momento en que el capital había inundado los mercados mundiales.

La "confianza del inversionista" importaba más que las realidades de la economía interna, y cuando se evaporó, sobrevino la recesión en Brasil. La mayoría de los brasileños ya no confían en la gestión económica del gobierno, debido la evolución desfavorable de varios indicadores económicos:

a La deuda internacional de 230.000 millones de dólares es la segunda del mundo, y la mayoría es con bancos comerciales, principalmente europeos.

b Las corrientes netas de inversión extranjera directa desde 1994 totalizan los 60.000 millones de dólares. En 1997 y 1998 la entrada de inversión de cartera ascendió a 71.000 millones de dólares y la salida de ese mismo tipo de inversión, a 68.000 millones de dólares.

c Brasil compra 60.000 millones de dólares de bienes y servicios en el extranjero, de los cuales 18.000 millones provienen de la Unión Europea.

d La recesión de Brasil reducirá la demanda de exportaciones de otros países latinoamericanos y la devaluación ejercerá presión en sus monedas.

e En el horizonte se vislumbra una recesión generalizada de América Latina, con importantes consecuencias para los acreedores, exportadores e inversionistas de los países industrializados, lo cual agudiza los temores de una recesión mundial.

f Los intereses pagados a la banca extranjera crecieron en un 40% con relación al mismo período del 2000.

g La salida de beneficios y dividendos creció casi el 1000% hasta alcanzar los 700 millones de dólares en el mismo lapso.

h El ingreso de capital externo para inversión, necesario para el financiamiento del punto anterior, caerá entre 30 y 40% en 2001.

En 2001, las inversiones directas en el país serán suficientes para financiar 7.5 por ciento del déficit en transacciones corrientes. En 2002, el gobierno brasileño estima que las inversiones rondarán los 18 mil millones de dólares y el déficit llegará a 24.5 mil millones de dólares.

En septiembre de 2001, el FMI concedió un préstamo de 15 mil millones de dólares, considerado como un fondo anticrisis, dado que el gobierno brasileño necesita de una amplia reserva de dólares para evitar que la constante depreciación del real se desboque y se profundice la recesión. La situación económica argentina, unida a la crisis energética en Brasil y a la recesión en Estados Unidos, golpeó sin piedad a la moneda brasileña, que de enero a septiembre de 2001 perdió más de 33 por ciento de su valor.

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