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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

EL ARTIFICIO MÍSTICO

Estemos dónde estemos, dentro de casa o fuera de ella, miremos a dónde miremos, sólo veremos dos clases de cosas u objetos: los naturales y los artificiales. Los naturales son los creados por la naturaleza, los artificiales son aquellos objetos que, generalmente basándose en otros de origen natural, el hombre los transformó –a través del trabajo- para su mejor uso, provecho o beneficio. Una ventana es artificial, no existe en la naturaleza, pero está hecha de madera y vidrio, ambos derivados de cosas naturales: los árboles y la arena. El hombre, a diferencia de otros animales, puede transformar parte – sólo parte y sólo por ahora, mientras su nivel de conocimientos así se lo permita o prohíba-de la riqueza natural de que dispone para que esta, indirectamente, cumpla con algún cometido específico en pos de su propio bien. Ese acto de transformación y creación es el acto económico por excelencia.

En cambio, las creaciones artificiales puras, no basadas en materias naturales, son de invención exclusiva del hombre. El arte, por ejemplo, en cualquiera de sus ramas, es su acto creativo supremo. La religión, cualquiera de ellas, es otro acto creativo puramente humano, para algunos superior al arte, para otros no tanto. Las creaciones de este tipo cumplen una función, un cometido que no podemos definirlo como exclusivamente económico, sino que tiene fines diferentes, ya demasiado complejos para tratarlos en este escrito. Diremos que no integran la economía, en su sentido más radical.

El dinero, en cambio, es una creación humana totalmente artificial que no ha cumplido con su objetivo, este sí, puramente económico. El hombre lo inventó para facilitar sus relaciones económicas, aunque podemos adelantar que, en última instancia, las ha dificultado. La humanidad lo ha pergeñado, ha sido su madre y él se le ha vuelto en su contra. Algo así como un Frankenstein de níquel, un monstruo de papel. No podemos siquiera imaginarnos una cifra aproximada de las vidas que se perdieron por él, desde que se inventó, aunque podemos asegurar que todas fueron vidas segadas inútilmente.

Es más, ha sido un invento inservible, como la rueda cuadrada. Sin embargo, dicen los propios teóricos “la importancia del dinero en la economía es evidente para cualquier profano en la materia. El caso es que, si profundizamos en el estudio de nuestra ciencia, llegamos a valorarlo aún más. En efecto, la manipulación de las variables monetarias es el principal instrumento de que se vale nuestra sociedad en la búsqueda de un crecimiento estable”.

Un instrumento para lograr un crecimiento estable en nuestra sociedad. ¿Crecimiento y además estable? ¿Estamos hablando de lo mismo, del dinero? Si fuera cierto, alcanzaría con imprimirlo en cantidades industriales y dárselo a quienes en verdad les hace falta y todo el mundo contento... No habría mejor forma de valorarlo aún más.

Pero según la definición que ellos mismos le dan, no puede y no debe ser así. El dinero debe ser una mercancía y, además, una mercancía escasa, que sólo puede ser accesible para una selectísima minoría, y si a alguien se le ocurriera la loca idea de repartirlo equitativamente, ”devaluaría, no alcanzaría más que para generalizar la mediocridad”. Quienes esto dicen lo aseveran como si fuera verdad demostrada, pero no han podido comprobar, en la realidad, la existencia de esa certeza. El indev da por tierra con ella, y con la idea misma de que la “escasez es necesaria”.

El neoliberalismo en sí mismo consiste en una teoría macroeconómica llamada monetarismo que se ocupa de analizar la oferta monetaria. Esto quiere decir que analiza el dinero, o sus representantes, que andan por ahí, boyando. Se identifica con una determinada interpretación parcial (por incompleta y clasista, amén de mitológica), de la forma en que la oferta de dinero afecta a otras variables como los precios, la producción y la ganancia. Tiene, casualmente, especial predilección por esta última.

Pero hasta ahora no nos han explicado el por qué lo valoramos cada vez más. ¿Será porque cada vez nos hace más falta, lo precisamos más? ¿Porque nunca nos alcanza, porque nunca es suficiente? ¿O porque nunca llega a satisfacernos a cabalidad, por más cantidad que poseamos? Todas ellas.

Ninguna moneda del mundo tiene un valor concreto o definido. Sin embargo sus dueños cobran por su uso, y a buen precio. A esto justamente, a lo que comúnmente se le llama interés, es a lo que ellos llaman valor o precio del dinero. Aparentemente entonces, el valor del dinero estaría dado por lo que se cobra por usarlo. Así el valor de una moneda sería del 6% anual, digamos, lo que en realidad no significa nada. No define el valor del dinero. Porque no lo tiene.

Sabemos y aseguramos que ninguna moneda del mundo tiene valor en sí misma. Como ejemplo el dólar, que es la rueda cuadrada de la economía. A través de él se mide toda la economía mundial. Es más, se mide el valor de casi todas las otras monedas del mundo.¿Pero cuánto vale el dólar, cuál es su valor? Un dólar, dicen, vale casi treinta pesos uruguayos, pero si preguntamos cuánto vale el peso uruguayo nos dirán que vale casi una trigésima parte de un dólar: tautología pura, cacofónica. En fin, lo cierto es que ninguno de los dos tiene valor en sí mismo.

El valor del dólar de hoy es infinitamente menor al del principios del siglo XX. ¿Cómo puede ser, entonces, “que cada vez lo valoremos más”? Todas lasmonedas del mundo se devalúan. Nunca valen más, sino que siempre valen menos. Esa devaluación ocurre de una única manera: pierden valor con relación a sí mismas.

¿Qué diferencia hay, para una persona cualquiera, inocente de toda inocencia, entre un dólar en billete de origen oficial –un “federal note”-y un billete falso, no oficial, pero tan bien hecho como para no distinguirlo? La diferencia no está en su definición –no la tiene-está en su condición: uno es verdadero, el otro falso; uno está impreso en la “maquinita” oficial, el otro no. Pero ambos son lo mismo: papel entintado. Los dos representan lo mismo: nada.

Para demostrarlo basta con hacer una pregunta: ¿Qué pasaría si Osama Bin Laden –u otro Satán cualquiera, el que esté de moda-imprimiera billetes falsos bien hechos y los repartiera en los países pobres, en cantidad suficiente como para pagar cada una de sus deudas externas y eternas, como dice Fidel? Sucedería que se caería toda la economía monetarista, se derrumbaría su estructura como las Twin Towers, porque su esqueleto esta hecho de ese hueco papel sin valor, porque su maquinaria se apoya y se mueve sobre esas poco prácticas ruedas cuadradas.

Sin llegar al extremo del ejemplo dado, existe una demostración más terrena: tenemos la convicción que la cantidad de dólares distribuidos hoy en el mundo entero sobrepasan en mucho la capacidad de su emisor para soportarla.

Ya que el dinero es creación humana, cabe entonces preguntarse por qué no se nos ha ocurrido adecuarlo a los antiquísimos y a los nuevos problemas propios o adquiridos-generados en su entorno, con la meta de vencerlos y superarlos, ya que son problemas total y naturalmente artificiales, valga el juego de palabras, y con eso también superar los problemas que genera a los hombres, problemas que son naturalmente naturales. Cabe preguntarse por qué no hacer de una vez que las ruedas sean redondas.

No se nos ha ocurrido porque es sacrílego, va contra el dogma. El dinero es un dios. Posee sus religiones derivadas, sus sectas y mitos. Sus sagradas escrituras, intocables, inmodificables y eternas. Como todas las otras religiones, posee sus sacerdotes y prosélitos, sus santos y sus diablos, sus hijos y entenados, su cielo y su infierno. Desde niños nos catequizan en esa religión; si hacemos algo bueno el premio no es un helado sino el dinero para comprarlo, y ante la infaltable pregunta de por qué no podemos tener “aquello” recibimos siempre la misma respuesta: no se puede, no hay dinero.

Trabajamos mucho o poco para tenerlo en nuestros bolsillos. Pero si lo tomamos con las manos y lo observamos mientras nos preguntamos cuál es la relación entre lo que nos costó obtenerlo y lo que él mismo representa, vemos nítidamente que no valió la pena el esfuerzo.

Todas las particularidades del dinero actual –especialmente las negativas- son demasiado reales, demasiado crudas, como para dejarlas seguir existiendo. El indev las elimina porque con él esa necesaria ocurrencia que se nos debía ocurrir, ahora ha ocurrido. Con el indev hemos redondeado la rueda.

Dice John Kenneth Galbraith, economista canadiense, un capitalista casi arrepentido, en su “El Dinero” de 1975:

Una discusión sobre dinero entraña una gruesa capa de encantamiento sagrado. Esto es, en parte, deliberado. Los que hablan de dinero y enseñan sobre él y se ganan la vida con él, adquieren prestigio, estima y ganancias pecuniarias de una manera parecida a como los adquieren un brujo o un hechicero al cultivar la creencia de que están en relación privilegiada con lo oculto, de que tienen visiones de las cosas que no están al alcance de las personas corrientes. Aunque profesionalmente remunerador y personalmente provechoso, esto es también una forma conocida de fraude. Nada hay en el dinero que no pueda ser comprendido por una persona razonablemente curiosa, activa e inteligente. Nada hay en las páginas que siguen que no pueda comprenderse de este modo. (...) La mayoría de las cosas de la vida —los automóviles, las amantes, el cáncer— sólo son importantes para aquellos que las tienen. En cambio el dinero es tan importante para los que lo tienen como para los que carecen de él. Por consiguiente, los dos tienen interés por comprenderlo. Y los dos deberían iniciar la lectura plenamente convencidos de que pueden hacerlo.

 

 


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