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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

LLAMÉMOSLE INDEV

¿Se puede crear una moneda definida científicamente, respaldada a través de una fórmula matemática, cuyo valor resultante esté definitivamente por fuera de los mezquinos intereses de los hombres? ¿Puede ideársela de tal forma que a su vez cumpla con la condición imprescindible de que el hombre mismo sea su unidad?

Supongamos la existencia de esa moneda extraña, “ideal”. Que sea indevaluable. Que no necesite alimentarse de la pobreza, como lo hizo hasta hoy, para continuar existiendo. Que sea realmente útil para evitar todos –o la mayoría- de los problemas materiales de la humanidad relacionados con el dinero; preguntamos, ¿qué no lo está? Para ello debe tener una definición precisa, clara y concluyente, que evite las imprecisiones y las injusticias que éstas generan; imprecisiones que crean la deificación absurda que siempre ha poseído el dinero, en especial el actual. Llamémosle indev, por indevaluable, sólo por darle un nombre cualquiera que la diferencie y la separe del concepto que hoy se tiene de éste.

Imaginemos esa nueva moneda en acción. Al ser indevaluable, rígida, los precios en todas sus formas (salarios, ingresos, dividendos, etc.) serían reconocidos y recordados como lo es el número de puerta de nuestro domicilio. Esta rigidez tendría que ser suficientemente prolongada como para permitir tal memorización, para que posibilite además que los contrastes entre los precios se basen en la diferencia real que pueda existir entre las distintas calidades o condiciones de cada bien producido, en el trabajo y conocimientos contenidos en cada mercancía existente, y la capacidad de satisfacción que obtengan de ella sus consumidores. Que no tenga como única función la búsqueda del lucro fácil que puedan anhelar los productores, pero que no dificulte el acceso a un beneficio justo; que no prohíba el enriquecimiento. Su indevaluabilidad mantendría el monto y el poder adquisitivo de los salarios conjuntamente con el nivel de los beneficios, en la producción y comercialización de todo bien; haría posible definitivamente la tranquilidad -que nunca se tuvo-de saber cuánto, cómo y qué se cobra o se paga por cualquier bien durante un período significativamente largo, sin subas ni bajas artificiales, sin “atrasos” ni “adelantos” cambiarios, sin devaluaciones ni ajustes. Así, detalle de importancia fundamental, ésa característica de la indevaluabilidad haría innecesaria la existencia del pago de intereses, de todo tipo, que sólo sirven y han servido para darle más a los que más tienen, menos necesitan y menos hacen, al quitarles a los que menos tienen, más precisan y más hacen. En los intereses es dónde se fundamenta la especulación: la apropiación de ganancias generadas por otros. Se la transformaría en una “enfermedad” erradicable.

Un precio disímil entre dos mercancías parecidas haría notar en forma evidente que entre ellas existe una diferencia de calidad real y no publicitaria, pues afirma que no importa tanto un “envase” distinto como importa un “contenido” diferente; confirma que valor y precio no representen ni son la misma cosa. El concepto de tal diferencia entre valor y precio, derivado del estudio del ciclo económico, es primordial en ésta tesis; no sólo se aplica entre mercancías similares sino en el esencial tema del comercio exterior.

Imaginemos que su propio valor, el valor que esa moneda representa y que rige todas las interacciones económicas de nuestra vida, no pueda ser variado por la voluntad de los hombres al ser obtenido a través de un método matemático concreto, no abstracto, real y vivo, que esté por fuera y por encima de la enormidad de los contrapuestos intereses que hoy lo influyen. Su valor debe estar dado a través de un cálculo preciso, una fórmula, de resultado inobjetable. Así transformaría a esa moneda en un patrón de medida tal como cualquiera de los que usamos habitualmente.

Imaginemos que su valor no tenga relación de dependencia o de determinación al compararlo con el de otras monedas. Tendría un valor cierto y objetivo, fácil de reconocer y comunicar, como lo es el grado Celsius o la escala Richter. Esa característica propia de todo patrón de medida la transformaría en un termómetro de la situación diaria de la economía, permitiéndonos un diagnóstico correcto del contexto y la corrección inmediata de posibles malos rumbos; nos permitiría así la previsión de potenciales crisis o catástrofes.

Imaginemos una moneda que realmente sea útil y lógica, esto es, previsible, constante, consecuente. En fin, que sea como nunca lo fue.

Con seguridad, solucionaría muchos –si no todos-los problemas económicos que han existido, derivados desde de la misma falta de definición del dinero, y de la utilización incorrecta –en verdad injusta-que esa “particularidad” permite. Claro que crearía otros problemas nuevos. Eso es tan inevitable como imposible de preverlos en este preciso momento; sólo su aplicación efectiva podrá mostrarlos.

Esta moneda es la que proponemos: es el indev, el nuevo dinero. Es el medio de consumo; es la conjunción de medio de pago y cobro, medio de intercambio, unidad de cuenta de costos y beneficios, sistema de medida y comparación. ¡Y nunca jamás una mercancía!

El indev sería entonces la moneda que realiza la socialización del acceso al hasta hoy único medio de consumo utilizado. Quita la posibilidad despótica de modificar su valor a quienes siempre la han tenido. Quita, en parte, el privilegio de poseerlo a los que siempre lo tuvieron, les quita su posesión en exclusiva, para repartirlo con y entre los que nunca lo tuvieron. Los más infelices serán los más privilegiados. Pero los igualará hacia arriba, sin necesidad de quitárselo a los que hoy lo poseen. Esta particularidad es, a esta altura de la historia, absolutamente necesaria; es imprescindible que todos los hombres tengan la misma posibilidad de acceso a la riqueza. Esta economía que estamos proponiendo, que utiliza y permite la existencia de una moneda con dichas características, lo hace posible. Porque ya se ha dicho repetidas veces, por muchos y muy claramente, que la producción humana es una producción social, pero debe quedar claro que también es social el consumo de esa producción. El consumo se alcanza, principalmente, mediante un buen poder adquisitivo.

Durante este escrito demostramos que esta última aseveración (la importancia esencial del consumo), y que ha estado oculta para muchos observadores, es más importante que la propia producción, pues es la concreción del fin, la conclusión del objetivo para el que aquélla se realiza. Y también, que para cumplirla se necesita del medio que lo permite –el dinero-en una cantidad justa, suficiente y determinada, que será la unidad de medida de todo acto económico. Veremos que esa unidad es el hombre mismo.

Demostramos que un capitalista es capitalista desde antes de poseer y explotar un medio de producción, porque esa condición se la otorga la propiedad sobre el medio de consumo –el capital como dinero-al que usa mediante su función principal –la de medio de pago-, a través de la cual obtiene en propiedad ése medio de producción, al que utiliza con el único fin de seguir acumulando dinero, su función secundaria, dinero que a su vez, puede volver a usar en su función principal, y así sucesivamente. Es lo que llaman un “círculo virtuoso”, al que sólo acceden unos pocos y cada vez menos. Eso también explica por qué el enriquecimiento se concentra en un grupo minúsculo, permanente y necesariamente más pequeño. Como conclusión: el capitalista es capitalista por poseer el dinero, como principio y fin de su vida, y no solamente por poseer el medio de producción. Éste sólo hace que aquél aumente.

Desde esa conclusión llegamos a otra, de suma importancia: en realidad no importa quién sea el propietario de los diferentes medios de producción, sino cuántos son los que pueden llegar a serlo. El cambio que se necesita no pasa por la expropiación sino por la distribución. No se hace necesario (es más, es inútil) quitarle a quienes poseen; lo importante es el permitir que todos puedan llegar a ser poseedores. Se profundiza el tema en otro capítulo.

Con la implementación del indev mejorarán los ingresos, se venderá y se comprará de una manera y un nivel nuevos, se recaudará más y se preverá el futuro –mediato e inmediato-mucho mejor. Pero también permitirá planificar con seguridad las inversiones; inutilizará definitivamente la acumulación o acaparamiento de mercancías y del propio dinero; y, particularmente, se evitará la anarquía causante de todas las crisis, hija de esa posesión en privado que permitía modificar caprichosamente su valor, al darle uno concreto, evitando el mal mayor: la especulación.

A ésta la definimos como la obtención de beneficios desde el perjuicio de otros; la apropiación de ganancias sin la creación o el aumento de una riqueza que la justifique. La definimos como un delito. Al suprimir su “legalidad” se harán desaparecer los falsos postulados generales de la economía que nos inculcan cotidianamente, eliminando una de la bases más negativas en las que se apoya no sólo la explotación irracional de la naturaleza y el hombre, sino la propia y falsa noción de beneficio, provecho, utilidad, dividendo, en fin, la noción misma de riqueza, concepto básico de la economía. La riqueza no es dinero.

Este es el motivo que nos hace pensar que tal vez puedan aparecer ciertos opositores o detractores de los principios en que se basa esta teoría y en las conclusiones que posibilita. Especialmente de aquellos que creen que el fin del lucro justifica los medios para alcanzarlo. Por este motivo, quizá la dejen pasar de largo, sin opiniones, para que muera por asfixia e inanición. Quizá.

Ya sabemos cuán difícil se nos hace la lucha contra las creencias que se suponen ciertas. Siempre hubo opositores a lo inocultablemente real. Les ha sucedido a muchos hombres a lo largo de la historia.

Por ejemplo, una diferencia entre lo que descubrió Galileo y la suerte que corrió, y lo que aquí se está exponiendo, radica en que Galileo lo vivió antes yno tuvo un antecesor. Él también observó la realidad, hizo cálculos, verificó, y le demostró a todos que lo que decían las Sagradas Escrituras no era verdad. Aunque ése no haya sido su objetivo. Otra diferencia está en que nuestro trabajo se basa, no en un estudio individual, sino en un cúmulo de estudios y análisis anteriores, de muchas personas imposibles de nombrar o enumerar, porque provienen desde el inicio de la historia; serán fácilmente reconocibles en las conclusiones que se describirán.

Mientras el descubrimiento de Galileo contradijo creencias, los nuestros contradicen intereses; al fin y al cabo son conceptos que se unen. Porque no existen creencias sin intereses, ni intereses que no se hayan basado o justificado mediante creencias. Por eso, cuando hablemos de creencias, estaremos hablando de dogmas, de mandamientos, de supersticiones. Hablamos de creencia como sinónimo de ignorancia.

Porque hoy existen otros dogmas, muy similares al que soportó Galileo, cuasi religiosos, que también todo lo quieren dominar, abarcar y apretar. Quieren controlarlo todo; y para eso, todo lo vigilan. No obstante, seguiremos usando el imprescindible empecinamiento de la humanidad, que nos impulsó siempre, por lo que estas palabras que se escriben no se retractarán, aunque ellos lo exijan.

No se amilanarán. Pues conminamos a nuestros lectores a que, quitándose todos los prejuicios o preconceptos que puedan tener sobre la economía, intenten comprender esta tesis a cabalidad. Les solicitamos que prueben ponerse del lado de aquel hombre que creía que la tierra era plana -su sentido común así se lo hacía creer-, pero que en un buen día recibió la noticia -o loca idea-que contradecía esa creencia. Primero la negó, después quiso pruebas, y por último se convenció. Desearíamos que todo lector pueda cumplir con esta última posibilidad, aunque vaya pasando por las anteriores. Le aseguramos desde ya que, si su intención no es la de ellos, no se arrepentirá.

Hay un famoso dicho que algún sabio verdadero dio a luz, que dice: si la ley de gravedad perjudicara ciertos intereses, no sólo no sería aceptada sino que sería prohibida. Esperamos, inicialmente, una actitud similar sobre lo que estamos exponiendo, especialmente de parte de los interesados en que la injusticia prevalezca. Pero ellos son una minoría.

Por eso también diremos, junto al ilustre italiano, “y sin embargo se mueve”.

 

 


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