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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

UNA SINOPSIS

Durante toda la historia no ha existido ningún sistema económico que haya resuelto el problema principal de la humanidad: la satisfacción de todas, absolutamente todas, las necesidades materiales del hombre. Y todas las necesidades materiales, es seguro, se pueden satisfacer. (La definición de necesidad que utilizamos se deriva de ése concepto básico: una necesidad económica es la falta de algo que otros poseen; por lo tanto, ya existe la forma de satisfacerla.)

¿Es que, acaso, el hombre no ha luchado siempre –y sigue luchando-en la búsqueda de la satisfacción general? ¿Es que, para ello, todo su trabajo acumulado fue –y es-insuficiente? ¿Es que acaso todas sus energías empleadas con ese fin, todos sus esfuerzos han sido –y son-en vano? ¿Es que acaso el hombre no tuvo –ni tiene-suficiente capacidad como para tan siquiera eliminar el hambre, su necesidad primordial?

Si esto fuera cierto sería mejor para el mundo que el hombre dejara de existir. Sería mejor que les dejara a los animales y a los vegetales el disfrute de la vida, porque éstos han demostrado que pueden sobrevivir utilizando las escasas herramientas que la naturaleza les ha brindado, a la inversa del hombre, que no ha sabido utilizarlas a pesar de poseer muchas y mejores.

Pero no debe ser así. La realidad indica que no hay ser vivo con más capacidad de adaptación a la naturaleza y con más aptitudes de adaptarla a ella misma, que el hombre. Es más, es el único que ha podido alcanzar esta última posibilidad.

Voluntariamente descartamos de nuestra consideración como posible herramienta para lograr estos fines fundamentales al tan manido “avance tecnológico”, aunque nada nos obliga a hacerlo. La gran mayoría de los países se ven impedidos de emplearlo, por lo que su uso para abatir la pobreza y el hambre, por ejemplo, es un imposible práctico. Esto se debe a que sus dueños exigen colocarlos en el faltante principal del que adolecen los países pobres: lo ubican como integrantes del capital. El de ellos.

Ese “capital” faltante -el conocimiento-es insuficiente (un logro a alcanzar) para la mayoría de los países del “tercer mundo”; para el resto de los países “pobres” es una capacidad que ya tienen y generan, pero que aún no pueden utilizar en beneficio propio (por razones económicas, fundamentalmente: lo que llaman falta de “competitividad” en retribuciones). Para los que hoy no poseen tal “capital” (los que no generan técnicos), podrán alcanzarlo más tarde o más temprano, pues no hay duda de que no existe diferencia de capacidad de razonamiento o inteligencia entre los habitantes de cualquier país; es más, en todas las ramas del conocimiento los países “ricos” contratan técnicos y científicos provenientes de los países subdesarrollados. Lo que abruma a los países pobres (a todos ellos) es única y exclusivamente una dificultad económica, que no les permite mantener a los técnicos que crea o perfeccionar la educación para “producirlos”. Esta dificultad es la que nos proponemos eliminar. Y aseguramos que mediante éste descubrimiento podemos superarla, definitivamente.

Sabemos, porque lo vemos cotidianamente, que si toda la capacidad del hombre (en su carácter social, naturalmente) se vuelca en pro de cualquier objetivo, por imposible que parezca (el vencer al hambre por ejemplo), no sólo es capaz de hacerlo sino que, aseguramos, podrá hacerlo. Ya podría haberlo hecho, podría hacerlo ahora mismo, mediante los sistemas que hoy se aplican. Si lo quisiera.

¿Cuál fue el motivo de que el hombre no haya podido lograr esa meta tan ansiada, tan necesaria, tan justa? Porque poder hacer debe acompañarse de querer hacer. La capacidad productiva nunca ha sido tan potente ni tan redituable. Las comunicaciones nunca han sido tan variadas y rápidas. Las demás variables a considerar son todas accesibles, todas alcanzables, todas posibles. Por ese motivo podemos aseverar que la pregunta no debe hacerse con el verbo poder; debe hacerse usando el verbo querer.

El capitalismo nunca, hasta ahora, se lo ha propuesto, porque el vencer la pobreza, el vencer el hambre, es hoy totalmente posible, tanto en términos productivos como en la distribución de esa producción. Pero es un negocio no tan beneficioso o tan redituable como lo es el servicio fúnebre, por ejemplo. Los hambrientos no tienen un poder adquisitivo tal que pueda corresponderse con su propia necesidad de consumo, ni con la ambición de los productores de alimentos. En ése sistema económico se da una regla: los más necesitados son los menos posibilitados. Nos han hecho creer que esa regla es “natural”; que esa contradicción existe y que es irreversible: nos han hecho creer que es una condición sine qua non; “siempre ha sido así”, dicen. Pero una vez que reconocemos que tal “afirmación” es una falsedad, podemos deducir muchas certezas a partir de ella. Solamente nombraremos la que dice que la enorme capacidad productiva que la humanidad ha alcanzado no fue correspondientemente acompañada con una similar capacidad de consumo, con un poder adquisitivo real y consecuente, que les permita a los hambrientos el acceso a los alimentos; y (sin tener en cuenta la posibilidad de ambiciones desmedidas) que les permita a sus productores vender mayor cantidad y al precio necesario. El ciclo nos muestra fehacientemente que esa falta de correspondencia no tiene ni tuvo fundamento de tipo alguno: ni económico, ni racional, ni natural, ni religioso. No tuvo fundamento.

Es más, y aunque nos salgamos un poco del tema, esa certeza nos confirma otra: la demostración cabal de que es totalmente falsa la “ley de la oferta y la demanda”. Y en esta ley es que se basa el sistema de “mercado libre”. Hoy existe una enorme capacidad productiva y su correspondiente oferta de comestibles (como nunca antes), mientras que en los países del “tercer mundo” hay una enorme demanda de ellos, como tantas veces, antes y ahora; como siempre. ¿Dónde está esa ley? Se sabe empíricamente que esa ley, cimiento del capitalismo, es que la oferta depende del precio que los demandantes están dispuestos a pagar y que éste debe –forzosamentecorresponderse con las dos ansias de que abusan los productores: la ambición desmedida por el lucro, y el interés en lograrlo más fácil, más rápido y menos trabajosamente (crematística aristotélica). Usan como explicación muy forzada y contradictoria, la “necesidad” de la disminución de los costos; éstos inevitablemente son mayores, siempre que se quieran aumentar las ventas. No obstante, igualmente se deduce (y se demuestra) que la demanda depende del poder adquisitivo. Pero en el capitalismo, un poder adquisitivo que sea suficiente para cumplir con tales exigencias, es una posibilidad exclusiva de un grupo pequeñísimo, el que -¡vaya coincidencia!-no pasa hambre. Para nuestra teoría, derivada directamente del ciclo económico, el precio, la oferta, los costos, la producción y la demanda dependen exclusivamente del poder adquisitivo de la población en su conjunto, como benefactora de la economía. Ésa es la ley. La capacidad de consumo se debe (y es posible) hacerla corresponder con la capacidad productiva.

 

Por supuesto que hay más conclusiones, razones y certezas que las expuestas, para demostrar que siempre fue posible eliminar la pobreza y que no se lo ha querido. No nos extenderemos en ellas, puesto que no le agregaremos más sombras y grises oscuros al cuadro negro de esa historia económica del hombre. No tiene sentido, para nosotros, acostarnos a observar, lamentándola, la negativa realidad de la actividad humana. En vez de ello, debemos enfrentarla y revertirla; por ahora, solamente afirmaremos que podemos eliminarla.

Cuando hablemos de un poder de compra justo (algo que a muchos les parecerá indefinible) estaremos hablando de justicia en términos económicos. En este escrito demostraremos que no sólo es definible, sino que es posible alcanzar un justo poder adquisitivo para todos los hombres, sin distinciones de ningún tipo, sin exigencias relegantes, sin títulos de propiedad; sólo alcanza con “comprobar” que se está vivo. Lo aseveramos porque demostraremos que es posible el desarrollo económico ilimitado.

En el socialismo se ha vencido al hambre. Incluso se hizo mucho más que vencerlo. Pero le falta “algo”: sus pobladores no cuentan con el suficiente y merecido poder adquisitivo, con una verdadera capacidad de compra y la posibilidad de usarla. No sufren de necesidades materiales vitales, pero adolecen de muchas de las que no lo son, esto es, sufren de un tipo de pobreza económica que no les permite saciar necesidades más superfluas o gustos o caprichos.

Podemos empezar aseverando rotundamente que el principal error cometido por las distintas teorías ha sido –y lo sigue siendo-el uso generalizado y dogmático de errores conceptuales, no materiales. No son errores producidos por cambios generados por la naturaleza, externos a la voluntad del hombre. Ni siquiera son errores de cálculo sobre datos verdaderos, sino cálculos casi correctos sobre datos erróneos; no son errores atribuibles a “algo” que esté por fuera de la humanidad. Han sido errores humanos de observación, de toma y manejo de datos equivocados y de las conclusiones necesariamente desacertadas a que arribó la propia humanidad. Pueden ser atribuibles a la ceguera por ignorancia de la mayoría, a la falta de escrúpulos de los pocos capaces de vislumbrarlos y hasta por la interesada mezquindad de una minoría, menor aún que la más pequeña, que fue “favorecida” por esos errores, y que voluntariamente los mantiene, si es que alguna vez pudo o quiso reconocerlos.

La invención del dinero fue la invención de la cuadratura de la rueda, y obstinadamente aún la utilizan todos los hombres, sin distinciones entre los dos diferentes sistemas económicos que existen.

Otro error absurdo es que el proceso económico en ciclos de la actividad humana, directamente, no se lo vio, o se lo ha visto cabeza abajo. La visión, el espejismo de que todo hecho económico empieza en la “siembra” ha sido el error principal, el desatino primordial, la equivocación original. Ha sido el error base de todos los demás; por ejemplo, el de la “definición” indefinida del propio dinero. “Si quieres cosechar debes sembrar”, dicen, y nuestro sentido común parece indicarlo de esa manera, falsamente. Porque esa aparente aseveración nos oculta qué cosa es lo que sembramos; las semillas que sembramos no son más que el resultado de una cosecha anterior. La naturaleza nos indica que “si quieres sobrevivir debes cosechar”. Toda construcción teórica de toda estructura económica se ha fundamentado en aquélla falacia; esas teorías han sido cimentadas en arena movediza, en suelo blando, y por lo tanto ninguna ha soportado mantenerse en pie; ninguna ha logrado satisfacer las necesidades materiales, básicas o no, de todos y cada uno de los hombres, sin distinciones.

En ésa equivocación se ha fundado la idea de que el capital nació en la acumulación de la producción sobrante, sin tener en cuenta que necesariamente el motivo de ello es que hubo una distribución insuficiente de esa abundancia, y que ésta no fue nunca una causa natural sino una decisión humana, cuyo resultado fue la generación de necesitados que no pudieron acceder al consumo de esa producción. Por eso hubo un “sobrante”. No existe un sobrante: existe una apropiación injustificada de lo cosechado, una expropiación de la riqueza social. La acumulación originaria del capital se ha basado en el hambre de la gente. Al acumularse el “sobrante” (al no consumirse o volverse a sembrar lo cosechado) no se cumplió la “deuda” adquirida con la naturaleza y con el hombre.

En el espejismo de que el proceso productivo empieza por el final, por la siembra, se basa la peregrina idea de que el sector propietario del dinero originado con y por dicha acumulación (las clases privilegiadas), se hacen “imprescindibles” por ser el sector poseedor de ese “sobrante” y que por ello son el sostén de toda la economía. En esa falsedad se basa la existencia de una minoría que posee un poder adquisitivo abundante, el medio de consumo, razón del capital, mientras otros sufren de su escasez. Con esa diferenciación comenzaron las distinciones de clase: la existencia de una clase de gente con riqueza excesiva y de otra clase de gente con necesidades insatisfechas; en él se soporta la existencia de la lucha de clases; la separación de la humanidad en clases no ya diferentes sino antagónicas. Donde la existencia de una es la razón de la existencia de la otra. Y la explicación de este efecto la basan en la misma causa: el poseer y su opuesto, la abundancia y la escasez, la propiedad y su falta.

Así, la teoría capitalista concluyó equivocadamente, a todo lo largo de su historia, que si se logra que ese minúsculo grupo de personas que conforman su capa más adinerada esté satisfecho, el resto podrá estarlo también, más tarde o más temprano, aunque no posean más que necesidades y necesidades de más. Esa misma historia, sin embargo, ha demostrado que todo esto ha sido y es falso de toda falsedad, puesto que esta minoría ha sido y es cada vez más pequeña y cada vez más enriquecida, a pesar de que el número de seres humanos y el de su capacidad de producción han sido multiplicados varias veces. No hubo una correspondencia entre la capacidad productiva y lacapacidad de consumo. Ésta se ha concentrado y reconcentrado en ese grupúsculo. En el capitalismo hay mucha producción pero no hay a quién vendérsela. Esta afirmación nos demuestra otra: la especulación se torna más redituable que la producción y su consumo, especialmente en el capitalismo neoliberal.

La propiedad sobre el medio de consumo hace que el capitalista merezca ese nombre. No solamente por las posesiones que se pueden adquirir por intermedio del dinero y que éstas mismas se utilicen para aumentarlo y concentrarlo –su uso como lo que llaman “medio de producción”-, sino por ser de facto una propiedad en exclusiva, inaccesible para la mayoría absoluta de la humanidad, a pesar que ni siquiera se objeta la función social del dinero y el carácter social de su “propiedad”.

Debemos aseverar que el poseer (la propiedad sobre el dinero y todo lo que éste permite), no es ningún “pecado” si es alcanzada por todos, absolutamente todos, los hombres. Es más, debe necesariamente ser accesible a todos, para eliminar así la miseria, la pobreza, el hambre. Y esto se puede lograr al concretar lo abstracto que tiene su origen, basándolo en una fórmula matemática, independizándolo de las clases sociales, generalizándolo, socializándolo. Así se elimina, de hecho, la existencia de clases que lo posean y otras que no lo posean. La socialización de su propiedad (algo que ni siquiera en el capitalismo se discute) es la tarea que nos queda por hacer: la tarea de implantar el indev, el dinero del ciclo económico.

En el socialismo se ha concluido, también en error, que la falta está en el efecto y no en la causa: han creído que el problema está –casi excluyentemente- en la propiedad sobre los medios de producción. Esto, dentro del capitalismo, es algo muy cierto e inocultable. Más aún, es cierto dentro de todos los sistemas de clases antagónicas. Pero es el efecto, es la consecuencia generada por una causa anterior. La realidad indica que el motivo de todos los males de la mayoría de la humanidad está en la condición de propiedad y uso sobre el medio de consumo, sobre el dinero; tal propiedad es la causa y el origen de todos los otros medios de carácter económico. El dinero da la posibilidad (mediante su uso como medio de pago, es decir, su uso para la compra y venta) de adquirir y poseer los medios de producción; así es usado para generar más dinero. De allí se induce que el capitalista es capitalista antes de poseer el medio de producción. La propiedad sobre el medio de consumo es lo que lo hace capitalista.

Los teóricos del socialismo no notaron, además, que el dinero ha sido -y hasta ahora sigue siéndolo-un instrumento abstracto, inmaterial, indefinido. Incluso lo es el dinero socialista. Al haber aceptado como cierto que la moneda es una mercancía más, como cualquier otra, han cometido un error fatal, porque ésa es una característica propia y requerida del dinero propio de las clases privilegiadas. Fue un error tan inexcusable y tan grave como considerar al trabajo también como mercancía; la fuerza de trabajo no se vende en sistemas donde no existen clases antagónicas, donde no existe una clase que pueda “comprar” para sí la capacidad de trabajo de los diferentes, ni existe otra que necesite “venderse” para poder subsistir.

El ciclo nos asegura que la definición precisa sobre la propiedad de los medios de producción no sólo no es fundamental para la propuesta que estamos exponiendo, sino que es absolutamente prescindible, despreciable; aunque a través de ella se mantengan las características subrayadas por los clásicos, sean del capitalismo como del socialismo. Para el ciclo económico es indiferente que el propietario de un medio de producción sea un solo individuo

o lo sea el propio Estado, o cualquiera de las posibilidades intermedias a éstas. Lo que realmente importa es que se reconozca la existencia del ciclo económico y se cumpla con él, y que se utilice una moneda con las características del indev, puesto que ambos hacen que cada uno de los hombres tenga la posibilidad de adquirirlo todo, y el derecho inalienable de propiedad sobre lo que adquiera. Ya no importa quién posee qué cosa, sino que todos puedan acceder a todas.

Si se le da al dinero un significado concreto, medible, comprobable, haciendo así que no sea accesible sólo para una minoría (ubicándose a sí mismo por encima de los intereses de clases o de grupos); si se reconoce definitiva y universalmente que ha dejado de ser una mercancía; que es un patrón o sistema de medida y comparación (tal como el metro o el kilogramo); si se le da una definición matemática a su valor (a través de una fórmula de resultado inobjetable y de fácil comprensión), el dinero se vuelve indevaluable, impidiendo así que el interés malicioso de ciertos grupos o los “pases mágicos” que los “justifican”, puedan modificarlo a su antojo.

¿Puede imaginarse el lector una moneda indevaluable y todo lo que esa simple condición nos puede permitir? Sólo con la eliminación definitiva de la especulación ya alcanza para valorarla; pero también desaparecen la inflación y la deflación. Existen muchas otras ventajas derivadas de esa condición.

No existe filosofía que niegue que el objeto de toda actividad humana (entre ellas la economía) debe ser el saciar las necesidades de los que las sufren (por ejemplo, la necesidad de un médico ante una dolencia). En tanto que la lógica indica que no se hace necesario para aquellos pocos que las puedan tener resuelta y colmada (una persona sana no está necesitando un médico): aunque el mejor ejemplo es la propia economía. Por lo tanto, toda acción económica debería dirigirse a darle a los necesitados la posibilidad y la certeza de que dejen de serlo. De esa manera, la economía debería hacer que todo necesitado (un consumidor en potencia) pudiera llegar a ser un consumidor auténtico. Se debe reconocer que esto sólo puede lograrse a través del aumento de su poder adquisitivo, del crecimiento de su ingreso. Y no olvidemos algo fundamental: todos somos un consumidor, incluso los integrantes de esa minoría que no sufre necesidades. Así, tal aumento del poder de compra adquiere el carácter de derecho universal; pierde entonces el carácter de dádiva o limosna. Es la devolución de la expropiación originalrealizada a la naturaleza y a la humanidad. Ése derecho (lo aseguramos) puede realizarse sin necesidad de otras expropiaciones entre humanos. Los medios materiales para cumplirlo existen sobradamente. Lo único que aún falta es el reconocimiento pleno de que todos los hombres (y no sólo los necesitados) tenemos ese derecho por el simple hecho de vivir. Y, económicamente, vivir es trabajar y consumir, acciones ambas que mueven y permiten la economía: que son las dos actividades que crean, transforman y dan uso a la riqueza.

Se alcanza reconociendo que sin esa doble actividad, tanto sea cuando toma la forma de trabajo productivo o sea en la forma de ingreso que permite el consumo de lo producido (y que son una unidad dialéctica: uno es la medida y la razón de ser del otro) nada sería posible, ninguna economía de ningún tipo sería posible. Es más, la vida no sería posible. Sin ellos ni siquiera habría una clase poseedora, no necesitada, privilegiada. Esto nos asegura que todo hombre es merecedor de tal derecho de recibir una distribución equitativa de la riqueza social por el simple hecho de haber nacido: así, ese derecho es un derecho natural.

Ya dijimos que estos principios básicos son aceptados y perseguidos o anhelados (honestamente o no) por todas las filosofías, ideologías, creencias y religiones que ha habido en la historia de la humanidad. Han sido los sueños irrealizados de la historia del hombre. Pero sabemos también que dichos principios nunca han sido aplicados, objetivamente, en la vida real. Hasta ahora. Más adelante veremos que pueden ser aplicados y disfrutados.

Ésta aseveración se apoya en un descubrimiento, alejado de todo misticismo o deseo; está por fuera de toda voluntad, mala o buena y de toda emoción. Debemos asegurar que ese descubrimiento es lo realmente importante, sustancial, trascendente, desde donde nacen todas y cada una de éstas aseveraciones tan “quiméricas”. Es ver el verdadero ciclo económico.

Hemos descubierto que en realidad toda actividad humana que produzca un objeto (tangible o no), con el fin de ser consumido o usufructuado, forma y conforma un proceso cíclico económico que se inicia necesariamente con la extracción por parte del hombre de la riqueza natural de la zona que habita, y que termina forzosamente en la reposición de ésa riqueza extraída, para que así pueda iniciarse otro ciclo similar. Este axioma tan simple, casi obvio, no ha sido tomado como hipótesis básica en ninguna de las teorías economías que han existido. Las pocas que se le aproximaron (como es el caso de las economías que hoy existen), lo han hecho en un orden inverso al real, por lo que nunca pudieron entenderlo (y menos aplicarlo) tal como es.

El hombre continuamente ha tomado prestado de la naturaleza esa riqueza original, como el imprescindible “capital inicial”, con que ha comenzado, construido, soportado y mantenido todo hecho y acto económico a lo largo de la historia. Y no sólo utiliza esa riqueza original en forma directa para su propio bien (algo que siempre hizo), sino que puede y debe aumentarla, continuamente, a través de su propia actividad (es lo que resta por hacer en las teorías primitivas). Aunque ya no sólo para su único beneficio, sino también para el mantenimiento y el mejoramiento del medio ambiente que habita y comparte con otras especies. Después de extraída esa riqueza, el hombre debe hacer todo lo posible por reponerla de alguna manera, y así poder seguir explotándola, para no destruirla irreversiblemente.

Cuando ha cosechado su trigo, lo ha vuelto a sembrar, reponiéndolo otra vez, con la meta de volverlo a extraer en el futuro y en mayor cantidad. Así se cierra el ciclo propio del trigo, iniciándose otro. Sucede igual con cualquier otra actividad que se relacione con la producción.

Cuando sus minas de oro se agotaron, o las consideró insuficientes (algo que sucedió demasiado habitualmente) invadió a sus vecinos para expropiárselo, por el simple hecho real de que le es imposible reponerlo mediante su propio trabajo. El hombre es incapaz de reponer (al menos por ahora) los “recursos no renovables” que utiliza.

Lo mismo (exactamente lo mismo), sucede con cualquier actividad productora de bienes. Dicho de otra manera: toda actividad productiva humana válida (no destructiva, no negativa), nace con el objeto de ser consumida; para ello debe cumplir un ciclo natural externo a la voluntad del hombre, que se conforma por las etapas de extracción, producción, comercialización y reposición de la riqueza que existe (natural o creada),en ese orden y como una unidad. Eso es lo nuevo: es ver el ciclo económico tal como es.

Veremos que el cumplimiento de ese ciclo es la única condición indispensable, ineludible, obligatoria, para alcanzar el bienestar de toda la humanidad; sin distinciones de raza, creencia, sexo o clase. Es más, para ese ciclo sólo existe una clase: la de los seres humanos. Todos los hombres cumplimos el rol de consumidores y reponedores (consumidores-reponedores), y a su vez, todos debemos cumplir el rol de productores y reponedores,(productores-reponedores), de la riqueza natural. Ésta debe ser extraída y repuesta, consumida y repuesta.

La siembra no es el inicio del ciclo, sino que es su final: con ella se repone una parte de la riqueza original previamente apropiada, utilizada y destruida por la actividad humana, y es ella misma (la siembra), una forma incompleta, insuficiente, escasa, de la reposición total que se adeuda. Ella essólo una de las dos formas que se tiene para restaurar la quita realizada. Ésta es la demostración evidente de que nunca existió un “sobrante”, puesto que no puede “sobrar” lo que aún se adeuda.

La otra forma es el consumo de lo que se produjo. La destrucción de la naturaleza tiene por fin el ser consumida. El poder de consumir o poder de consumo, es lo que hace posible alcanzar tal fin, se basa en él y es él mismo: es en sí el poder adquisitivo o poder de compra. Además, al generalizarse ese poder (al socializarse), adquiere la particularidad de ser lo contrario de lo que se ha llamado “consumismo”, que tiene por característica el ser exclusivo de un grupo privilegiado.

La producción de bienes para el consumo o el usufructo necesariamente utiliza, transforma y destruye distintos tipos de insumos (además de la materia prima básica), a lo largo del ciclo productivo, que sólo pueden ser repuestos al ser accedidos por el consumidor al que están dirigidos; éste es quien paga o financia todo el proceso productivo. Al consumir un bien se cumple con la otra de las dos formas (indispensables ambas), que tiene la etapa de reposición; y todo ser humano es un consumidor-reponedor. Por haber cumplido y para poder cumplir en forma fehaciente con esta otra forma de la etapa de reposición de la riqueza original destruida, todo hombre como consumidor tiene todos los derechos sobre lo que la humanidad produce; incluido el derecho de propiedad sobre ese bien, pues ése fue y es el objetivo de haberlo producido. Pero principalmente ha de tener el derecho de poseer un ingreso en cantidad suficiente que le permita cumplir sin “relativas insuficiencias” con ese rol de consumidor-reponedor. Como cada habitante es un productor-reponedor y un consumidor-reponedor, todos y cada uno tenemos el derecho de propiedad sobre lo producido, y el derecho de obtener un ingreso suficiente para alcanzarlo.

Esa conjunción de derechos es la que explica, genera y avala la propiedad social sobre el medio de consumo; éste es el dinero en su forma indevaluable: el indev, la moneda del ciclo económico natural.

El ciclo económico nos enseña dos realidades concluyentes: una, que una distribución justa de la riqueza no sólo es una obligación moral sino una necesidad económica; dos, que la economía del ciclo no sólo obliga a realizar esa distribución sino que la hace totalmente posible. Hay en el libro un capítulo exclusivo dedicado al ciclo económico.

Nos deja claro también que no hay producción ni reposición de riqueza sin trabajo y que éste no es otra mercancía.

Una actividad cualquiera no es mercancía: es acción, es movimiento; no se crea ni se destruye. La actividad del hombre es una forma especial -o una especie- de energía natural, que en términos sociales nunca se detiene, nunca descansa. Por lo tanto, si definimos al trabajo del hombre como otro tipo de energía, concluimos que de ninguna manera es un “objeto útil, provechoso o agradable que proporciona a quienes lo consumen un cierto valor de uso o utilidad”, es decir, una mercancía.

Hemos utilizado el principio de la conservación de la energía, que nos dice que aunque la energía puede transformarse no se puede crear ni destruir. Vemos así que es totalmente aplicable a la actividad vital, productiva y consumidora, del hombre, y a su vez, que no cumple con los requisitos de la definición de mercancía.

Debemos decir que esa afirmación no es arbitraria: la energía, definida científicamente, es la capacidad de un sistema físico para realizar un trabajo; la materia posee energía como resultado de su movimiento o de su posición relativa con las diferentes fuerzas que actúan sobre ella. Esta definición puede ser aplicada perfectamente al trabajo social o la fuerza del trabajo; la actividad humana es otra de las formas de la energía. Su unidad de medida no es el ergio o el julio, es el indev, puesto que el ingreso o salario del hombre que trabaja es la forma en que se reconoce y se da valor a esa actividad. Vemos que el indev es el patrón que usamos para medirla, tal como el julio (o joule) lo es para otros tipos conocidos de energía.

Esta conclusión borra de un plumazo los conceptos que se manejan cotidianamente en las teorías económicas en aplicación. Para la sociedad capitalista el trabajo es una mercancía que se utiliza como medio de producción de otras mercancías. Sin embargo, la naturaleza nos indica claramente que cualquier actividad (entre ellas la productiva) necesita no sólo de un empuje inicial (energía) para quitarla del reposo, para activarla, para hacerla producir, sino que la necesita para mantener el movimiento. Un telar transforma una energía cualquiera (el movimiento de un brazo humano, la tracción animal, la electricidad, etc.) en movimientos mecánicos para producir tela. Allí es cuando esa máquina comienza a trabajar, y continúa haciéndolo mientras está en movimiento, mientras transforma energía. Lo mismo sucede con la actividad de un agricultor, la de un oficinista o la de un programador de computadoras. La diferencia está en que, para el ciclo económico (y para cualquier mente sana) el hombre en sí no es una máquina, no es un objeto más, ni individual ni socialmente considerado. El imaginar al trabajo del hombre como mercancía lo que hace es justamente eso: colocar al ser humano al mismo nivel que las máquinas, que las cosas inanimadas. Lo cierto es que, históricamente, el hombre y su actividad principal dejaron de ser “mercancías” con la desaparición de la esclavitud, único sistema económico donde el hombre “es” una cosa.

Así, el ciclo económico nos dice que el trabajo, definitivamente, no es una mercancía. La imagen de un buey tirando de un arado, o la de un caballo arrastrando un carro, nos da la idea concreta de lo que significa la capacidad o la fuerza de trabajo. Exactamente lo mismo sucede con el trabajo físico del hombre (como cuando un obrero hace una zanja) sin importar la herramienta que utilice. Objetivamente, no podemos considerar esa fuerza como una “mercancía”. Pero la idea de que su fuerza de trabajo no es una mercancía es muchísimo más clara al considerar el trabajo humano creativo, cuyo resultado puede ser tangible o no, pero que ciertamente es generador de riqueza nueva, que antes de esa actividad no existía.

Además, mientras que en el capitalismo el consumo de mercancías que realiza un trabajador es el costo de producción de su fuerza de trabajo, el ciclo económico nos indica que en la realidad sucede exactamente al revés: todo trabajo productivo tiene por fin la creación de una mercancía para que ésta sea adquirida por el consumidor, con el objeto de mejorarle su existencia, es decir, su propia vida. Es indiferente si esa persona trabaja o no, si es burgués o proletario, si es un niño o un anciano, si es hombre o mujer; en fin, sin importar ninguna diferencia. El objeto de cualquier actividad humana es el mantenimiento y el mejoramiento de la vida, propia o ajena; no lo es por sí misma sino por ése resultado. La producción de mercancías es importante, pero es sólo una de las actividades del hombre.

Mostramos así que naturalmente (esto es, por encima de las ideologías o los intereses del hombre) existe un ingreso individual mínimo, un ingreso indispensable para el mantenimiento de la vida biológica y social de cada ser humano y quienes lo rodean, y que -a la inversa de todo lo aceptado hasta ahora-, debe representar y ser la cifra fundamental de la economía. Porque el poder adquisitivo de la gente es el termómetro que utiliza el ciclo económico para medir la salud de su economía: hemos dicho que el objeto de esta ciencia es la satisfacción de necesidades, el bienestar del hombre. Esa cifra, el ingreso mínimo indispensable para lograr el bienestar, ha de ser la unidad de un nuevo patrón de la medida de la actividad creadora y transformadora del hombre, que sirva como base real y medio real de todo cálculo económico; ha de ser la unidad de la moneda. La unidad del indev.

Como no es posible ejecutar ningún razonamiento ni ninguna tarea científica sin herramientas precisas, afirmamos que el dinero, tal como ha sido usado y definido hasta hoy, no ha cumplido con el fin que el ciclo le exige. Ni permite cumplirlo. El dinero debe tener una nueva definición, y no parece haber otra que la que estamos exponiendo: el nuevo medio de consumo, el indev, se soporta en la magnitud de la riqueza natural y artificial del país que lo utiliza, y su valor, concreto, es función del número de sus habitantes, de su necesidad de consumo y de la actividad fundamental que ellos realizan: el trabajo. Utilizaremos todo un capítulo para no sólo profundizar en su definición, sino para darle una forma matemática a su contenido.

Toda unidad de medida que el hombre utiliza puede ser considerada como arbitraria si no se comprende o comparte el punto de vista en que ésta se basa. La historia de la invención del metro como unidad de medida de la distancia es característica de esa posible arbitrariedad. Podríamos poner muchos otros ejemplos de ello, pero nuestra intención es aseverar que la unidad concreta en la que se apoya el indev puede también ser acusada de arbitraria, si no se comparte el motivo en que su definición se basa. Quizá tenga más oposición que la arbitrariedad de dividir el día en veinticuatro horas y no en diez o en veinte, puesto que incide directamente en intereses creados. No obstante haber anotado esa puntualización, trataremos más adelante de explicarla con fundamentos suficientes, no sólo científicos, rigurosos, “de laboratorio”, sino también democráticos, como para que no sea considerada arbitraria por la mayoría de los hombres y, sobre todo, para que nadie se sienta relegado de ella.

Nuestro medio de consumo se posa sobre esa cifra fundamental, el ingreso mínimo vital y natural, que permita una vida digna, una vida de bienestar; debe necesariamente estar relacionado con la cantidad de seres humanos de un país, sin importar edades o sexos, y con la riqueza del territorio que ellos habitan. Por dos razones fundamentales: primera, porque todo hombre (sin importar ni considerar diferencias reales o imaginarias), es un consumidor, y segunda, porque el hombre, como cualquier otro ser o cosa, puede existir y sobrevivir solamente si es capaz de obtener sus materiales indispensables desde y en su propio ambiente, sin dañarlo y sin agotarlo. Porque si así no fuera, no tendría sentido vivir ni la posibilidad de sobrevivir en, con y desde ese espacio que ha elegido.

Con esta propuesta aseguramos la desaparición de la pobreza económica y todo los sufrimientos que de ella se derivan. Es seguro que es necesaria, aunque quizá no sea suficiente. No podemos asegurar lo mismo sobre las “otras” pobrezas que existen, lamentablemente. La puesta en práctica nos dirá cuántas de ellas están realmente relacionadas a la pobreza, a la falta de oportunidades, a la desigualdad; y cuántas de ellas forman parte de la naturaleza humana. Pero creemos que, por ahora, con eliminar la pobreza económica daremos un paso enorme hacia la concreción de un sin fin de soluciones.

Hay dos maneras de leer esta propuesta, una correcta y otra que podríamos calificar de limitada. Una de ellas es considerarla como una mejora del sistema capitalista. Para explicar dicha manera debemos tener en cuenta que ese sistema favorece a una clase de personas, en tanto perjudica a otro grupo de ellas. La manera más obvia de mejorar a ese sistema es haciendo que esta clase perjudicada se convierta en integrante de aquella otra, y la forma de hacerlo es dándole a la clase perjudicada el mismo poder adquisitivo de la favorecida; pero, para no cometer el mismo error original del capitalismo, sin perjudicar a esta última. Quizá forzando en demasía la imaginación, se podría decir que sólo podríamos mejorarlo al transformar a todos en capitalistas. Pero al hacer eso estaríamos negando la hipótesis desde la que arrancamos: el capitalismo necesariamente persiste en función de la existencia de esas dos clases antagónicas.

El capitalismo sobrevive gracias a la lucha de dos clases diferentes, opuestas, contradictorias; la existencia de una es la explicación de la otra, tal como son entre sí la luz y la sombra. La observación sin emociones del ciclo económico, nos muestra que cada ser humano cumple dos roles; en uno, en su papel de productor, se mantienen las diferencias individuales; en otro, en el rol de benefactor, se eliminan todas las diferencias. Y estos dos roles no dividen a los hombres en clases opuestas, sino que son dos “estados de oscilación”, dos “cuantos” que asume un mismo hombre, en una “frecuencia” voluntaria, que sólo él ordena. El ciclo no sólo demuestra la eliminación de esa contradicción entre grupos (la eliminación de las clases), sino que la hace imprescindible para lograr un funcionamiento propio efectivo: para el ciclo económico no existen hombres más benefactores que otros. Por lo tanto, ver la teoría a través de ojos capitalistas no es la mejor manera de comprenderla.

Ésa es la manera insuficiente o limitada de interpretar esta teoría. No obstante, entendemos que puede ser utilizada como forma de asirse a ella, de comprenderla, de aprehenderla. No sólo para los autoproclamados capitalistas y sus teóricos, sino también para aquellos que han visto que dicho sistema no es tan bueno como dicen, pero que, concientemente o no, aún continúan valiéndose de sus conceptos y utilizando sus principios.

La forma correcta de interpretar y entender esta tesis (de captarla en plenitud), es considerarla como una nueva teoría económica, distinta, diferente. Pero para ello se necesita del olvido de todos esos conceptos y principios que se manejan en el capitalismo y sus variantes, adquiridos desde el aprendizaje de la economía primitiva. Para ingresar a ésta teoría habría que asumir en forma plena, parafraseando la frase que colocó Dante Alighieri a las puertas del infierno: “abandonar todo prejuicio o preconcepto aquel que entre”.

Por ejemplo, dicen los teóricos capitalistas: “las familias poseen los factores necesarios para la producción —la tierra, el trabajo y el capital— y los ponen a disposición de las empresas; a cambio de ellos percibirán las rentas: alquileres a cambio de la tierra, sueldos y salarios a cambio del trabajo, beneficios o intereses a cambio del capital”.

Por el contrario, el ciclo económico natural nos hace decir que la naturaleza posee todo lo necesario para el mejoramiento de la vida del hombre (mediante la producción y el consumo), y esa riqueza la pone a disposición de la humanidad. Esta última puede y debe beneficiarse de todo lo disponible, a través, únicamente, de lo que ella puede aportar: el trabajo, que no es una mercancía más sino una forma de energía natural, cuya función principal e ineludible es reponer a la naturaleza la destrucción que el hombre le hace, con los mayores beneficios y mejoras que todo el conocimiento adquirido a lo largo de la historia pueda aportar, con el objeto de que esa riqueza sea accedida por todos los hombres, sin distinciones de especie alguna, y sin que se la agote. Que no sólo importa la producción sino también su consumo.

Que nada de esto es dependiente del dinero sino que el dinero es dependiente de todo esto.

Por boca del ciclo nosotros hablamos sobre los seres humanos en general. No hablamos de clases ni de sexos, sino de humanidad; no hablamos de edades ni funciones, sino de habitantes; no hablamos de razas ni religiones, sino de hombres; no hablamos de creencias, sino de conocimientos.

 

 


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