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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

INTRODUCCIÓN

Este escrito no sólo trata sobre lo que su título nos indica, sobre la naturaleza de la riqueza, sino que también trata sobre la riqueza de la naturaleza. Ambas formas de describir el contenido de esta tesis integran una unidad. Estudiamos la conformación de la riqueza y vimos que ésta sólo se origina de la naturaleza, confirmando así un aserto muy antiguo; casi tanantiguo como su omisión, su olvido y su abandono. Únicamente desde ella extraemos, transformamos, creamos y reponemos riqueza, desde la que se forma nuestra propia riqueza y de la que nosotros mismos formamos parte. Es la naturaleza dialéctica de la riqueza, la riqueza dialéctica de la naturaleza.

Dijimos que el tema original nació de la necesidad que tuvimos de investigar la naturaleza del dinero, desnudándolo de todo ropaje, descubriéndolo. Lo primero que vimos es que, en sí mismo, no tiene nada de natural: ha sido un invento del hombre. Al verlo “desnudo” se nos apareció una imagen de una fealdad extrema, indigna de su fama. Que no sólo podría haberse hecho mejor antes, o mejorarlo ahora, sino que no está cumpliendo con la función que se propuso su invención. Esto es lo más grave.

A partir de allí investigamos la implementación de un nuevo sistema monetario, que fuera más apto a los requerimientos actuales de la humanidad. Que tuviera un respaldo concreto, que realmente representara algo tangible, verificable, perceptible, para que su uso tenga un significado y un valor precisos. Basados en la premisa fundamental de que el dinero no fuera un fin en sí mismo sino un medio, un efectivo patrón de medida para todas las actividades del hombre. Porque el concepto de que el dinero es un fin en sí mismo es un concepto cierto históricamente, cuando materialmente era un bien en sí, cuando la moneda era una mercancía real: el oro o la plata. Hoy, ese concepto es falso. En los sistemas actuales el dinero no es una mercancía pues no posee ninguna de las características que la definen, por lo que el dinero no puede ser un fin en sí mismo. Eso es lo nuevo.

Pero no sólo debe ser un nuevo sistema monetario, de creación humana y por lo tanto artificial, transitorio y perfectible (como el actual y todos los habidos), sino que también debe estar relacionado con la riqueza cimentadora de la vida humana, la que nos alimenta, nos abriga, nos protege, nos desarrolla como hombres y como seres vivos. Es decir, con la naturaleza. En ella debe fundamentarse. Porque es la única forma de ver y reconocer la realidad: la interrelación e interdependencia de la actividad del hombre con el mundo que lo contiene y rodea. Esa forma de ver es única porque está (debe estarlo) por encima de los intereses o las creencias del hombre: un sistema monetario debe apoyarse sobre lo material. Así es como pierde, como cualquier otra propuesta que pretende ser científica, su sobrenaturalidad.

Y la realidad nos indica que esa relación entre el hombre y su ambiente tiene una jerarquía opuesta a la que se tuvo hasta hoy: con la naturaleza por encima y alrededor del hombre. Es decir, la naturaleza no está al servicio del hombre sino que éste forma parte de aquélla: debe considerarla como lo hace a sí mismo. Llegados a este punto nos dimos contra un muro impenetrable; si la actividad del hombre debe estar en armonía con la naturaleza ¿por qué el hambre? ¿Qué es lo que falla? Observando al mundo vimos que (exceptuando los daños generados por la actividad del hombre) los demás seres sobreviven sin problemas mayores. La naturaleza es pródiga con ellos, ¿por qué no con nosotros? Y descubrimos la misma acotación anterior: por la actividad del hombre, es decir, la producción de los bienes necesarios y su proceso.

La “pachamama” nos indicó así que el proceso productivo tenía que ser, necesariamente, diferente al que nosotros estamos utilizando, distinto al que consideramos como cierto. Supusimos esa posibilidad y descubrimos que esa relación del hombre con la naturaleza se conforma de un ciclo impuesto por ella, no por nosotros, y con un orden diferente al que siempre supusimos. Vimos que ése ciclo debe ser cumplido necesaria y obligatoriamente por la humanidad en la aplicación de todo proceso productivo. Vimos que la producción no es un fin en sí misma, sino que tiene como meta el que su fruto llegue a ser consumido. Consumido y repuesto.

Esa es la parte integrante fundamental de este escrito. La comprensión cabal del funcionamiento de ese proceso cíclico es imprescindible. Además, no es difícil de entender, porque su reconocimiento y la importancia de su función son empíricamente demostrables. Su existencia es certeza: lo demostraremos en un apartado dedicado a él exclusivamente.

En esa hipótesis se basa toda la obra. El autor reconoce a priori que ella podría contener desaciertos o inexactitudes en sus detalles, debidos exclusivamente a faltas propias, pero sabe que lo dicho aquí en sus partes fundamentales es absolutamente verificable. Porque ésta no ha sido ninguna inspiración divina, ni revelación milagrosa. Es una conclusión humana, perfectible pero no desacertada.

Debemos agregar que, para su comprensión, se necesita la redefinición total, revolucionaria, definitiva de la mayoría de los conceptos actuales de economía; del abandono de sus imprecisiones e indefiniciones. Y a la inversa, este nuevo concepto de economía necesita de la renuncia de todo aquello que no haya exigido la comprobación experimental de sus principios. Necesita, de quien quiera comprenderlo, de su ubicación en la realidad, pues se basa en ella, no en creencias ni en deseos ni supersticiones. No deriva de una “experiencia” mística ni precisa de ella.

Hoy existen algunos pocos países, lamentablemente pocos, aquellos que no integran el mundo capitalista, que han alcanzado por otros medios los cambios iniciales, principales, imprescindibles que en ella se proponen (la eliminación del hambre, la salud y la enseñanza accesibles, etc.), aunque aún no han conseguido el logro de otros muchos. Quizá no tengan urgencia de ello, pero la tendrán, por lo que esta teoría les podrá ser útil. Ciertamente, ha de entenderse, esta propuesta se dirige a esos mismos objetivos que ellos van alcanzando, pero por otros caminos, más amplios y rectos, y con otros horizontes, mucho más abiertos.

Se está proponiendo una forma diferente de “ver” la economía, una forma basada en la materia, científica. A través de ella se llega a una enorme variedad de conclusiones nuevas, algunas de la cuales eran consideradas imposibles por otras teorías. Pero no queremos dar una síntesis general académica, como las que se han utilizado hasta ahora en la economía, pues sería complicada de digerir y accesible solamente para aquellos pocos que posean la paciencia suficiente en examinarla. Nos proponemos que se la vaya tomando por partes, analizándola paso a paso. Así podremos cumplir con el objetivo de hacerla comprensible para la gran mayoría.

No lo dice su título en forma explícita, pero esta teoría pasó a tener (en un momento dado y por encima de la voluntad del autor), el carácter de “otra” teoría, distinta, diferente, original, por lo que la reiteración de su contenido se nos ha transformado en una necesidad, descuidando voluntariamente la corrección de su forma.

Para ello, hemos dividido el libro en diferentes capítulos que pueden ser leídos en un orden diferente al dado. Porque los preceptos básicos se repiten en todos ellos.

Esta es una teoría macroeconómica y monetaria. Algunos de sus capítulos están dedicados a describir sus postulados monetarios, en tanto que otros tocarán temas más generales sobre economía, incluyendo, obviamente, algunos relacionados directamente con los de la teoría monetaria propuesta.

El sistema monetario de ésta teoría, hay que decirlo, no es lo fundamental que se propone, sino sólo una de las conclusiones que se derivaron del descubrimiento principal: el estricto orden del ciclo económico que existe en la naturaleza, compulsorio para el ser humano, en todo sentido, por encima de sus creencias o deseos. No es un orden impuesto por la inteligencia o el interés de algunos hombres o por una clase social o por el Estado, sino que es un orden impuesto por la naturaleza, es una ley natural, rigurosa, que no podemos torcer. Así como cuando empezamos a contar aprendemos que el tres está después del dos y este después del uno, y aunque somos capaces de imaginar un orden “natural” distinto, la empecinada realidad –más terca aún que nosotros mismos-nos convence de cuál es el orden verdadero.

Con el perdón de Lavoiseir, podemos decir sin ningún temor que hemos “deflogistado” la economía. Le hemos quitado todos los conceptos derivados de la especulación metafísica o del delirio místico. Hemos comprobado que, al decir de Eduardo Galeano, estábamos viendo al mundo patas arriba.

El capítulo siguiente contiene una síntesis general de lo que se expondrá. En un primer momento pretendimos ubicarlo al final del libro, pero concluimos en que es más útil colocarlo donde ahora está, para irnos sumergiéndonos lentamente en estas aguas desconocidas, piedra por piedra, paso a paso. No obstante, aconsejamos su relectura una vez concluido el libro. Ayudará de esa manera a tener una visión más acabada y precisa de la teoría, en su completitud.

 

 


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