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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

A MODO DE EPÍLOGO

Aquí damos una lista de las conclusiones fundamentales a las que permite llegar la aplicación de esta teoría:

Decimos que toda actividad económica humana cumple y debe cumplir un ciclo regido y dado por la naturaleza, en un orden preestablecido y estricto de: producción, comercialización y reposición.

Decimos que toda riqueza proviene, siempre y únicamente, de la naturaleza, como resultado de concretar el cierre de cada ciclo económico iniciado.

Decimos que la tarea fundamental de la sociedad es el cumplimiento estricto del ciclo, por encima de la búsqueda de rentas o ganancias, porque estas se derivan directamente de la finalización de cada ciclo.

Decimos que hemos dejado de considerar los hechos sociales como hechos diferentes de los naturales. Ya no se ven como diferentes.

Decimos que toda actividad humana –el trabajo como producción, la actividad consumidora-reponedora y el trabajo de reposición, relacionándolos al ciclo-definitivamente no es mercancía sino una forma diferente de uso de una especie ya definida de energía natural propia del ser humano, que se mide mediante el indev, en su uso como patrón, y la que, en forma individual, le da a éste su unidad.

Decimos que el dinero no es una mercancía sino dicho patrón de medida del valor de esa actividad y de la riqueza que de ella se deriva.

Decimos que basta con socializar la propiedad sobre el dinero –el medio de consumo- para que dejen de existir clases poseedoras y desposeídas, y conjuntamente con ello, que la condición de esa propiedad es la que hace que estas existan o no.

Decimos que cada ser humano cumple un doble rol en la vida económica de una sociedad, el de productor de bienes y el de benefactor de esa sociedad y su economía, su rol económico clave, de importancia fundamental.

Decimos que cada ser humano, desde el recién nacido al más anciano, sin importar ningún tipo de diferenciación –todas son irracionales, antinaturales, injustas-, es merecedor de un ingreso mínimo, natural, derecho que lo obtiene por el simple hecho de haber nacido, de ser un benefactor más, con la obligación de cumplir y hacer cumplir el ciclo económico.

Decimos que mientras que a todo hombre, sin importar roles, se le exigirá según su capacidad, a cada productor se le retribuirá según sus merecimientos y a cada benefactor se lo hará según sus necesidades.

Decimos que la unidad de esa moneda estará en proporción directa con ese ingreso natural, de carácter individual, derivado de la riqueza general social, cuyo monto será definido y aceptado soberanamente por la propia sociedad.

Decimos que nos otorga la posibilidad cierta de partir todos desde un mismo punto de partida, en libertad, igualdad y solidaridad.

Decimos que el tipo de propiedad sobre los medios de producción es indiferente para la tarea fundamental de la economía.

Decimos que no hay actividad productiva que no sea favorecida por ella; decimos que no hay tarea creativa que no sea impulsada por ella.

Decimos que esa tarea fundamental y posible de la economía se debe realizar mediante la satisfacción de todas las necesidades, los gustos y los caprichos de los hombres, en ese orden.

Decimos que el Estado ha de cumplir con una función reguladora y controladora del medio de consumo, la propiedad social, sin necesidad de intervenir directamente en ninguna de las etapas del ciclo económico.

Decimos que, definitivamente, el cumplimiento del ciclo permite y hace posible el crecimiento económico ilimitado, el desarrollo infinito.

Decimos que de esta manera eliminamos definitivamente la pobreza, la miseria, la escasez y todo lo que ellas implican.

Decimos que esa socialización nos otorga las verdaderas y definitivas independencia y democracia.

Decimos que de esa manera se alcanza y se hace posible, sin cortapisas, el logro de una nueva civilización.

Porque la generación de tantos cambios cuantitativos generará un gran salto cualitativo.

Este escrito ha presentado un lenguaje coloquial, exotérico dirán. Esa ha sido su intención, por ello la repetición continua de sus pasajes claves, para que queden más claros. Sus reiteraciones son adrede. Porque entre otras cosas, una de las maneras que tienen los sacerdotes del neoliberalismo de ocultar tras una nube todos sus dogmas es la utilización de un lenguaje denso, impenetrable, oculto. En cambio para nosotros, la mayoría de los lectores deben entender lo que se dice, evitando así que hayan unos pocos “ungidos”, que se elegirían a sí mismos como intérpretes y traductores de la economía.

Hemos denominado de varias maneras a algunos “personajes” de esta historia. Por ejemplo benefactor al consumidor, o productor al hombre que trabaja, con el objeto de dejar claro su nuevo rol económico. No obstante, estamos hablando, neta y puramente del hombre trabajador, debido a la insuficiencia de definiciones que ha tenido la economía, a pesar de ser tratada como ciencia. Los ideólogos del capitalismo han deformado los conceptos de trabajo y trabajador, generalizándolos, distribuyéndolos, diluyéndolos entre clases sociales antagónicas, como si fueran la misma cosa; intentan mezclar agua con aceite. Por ese motivo nosotros no utilizamos la palabra trabajador, aunque en realidad de él hablemos.

Hemos nombrado casi siempre de forma directa a los que se conocen como economistas, hombres cuyas concepciones y lenguaje los elevan a una altura inalcanzable para la gente común. Ellos son los que utilizan ese “idioma” esotérico del que hablamos. Ellos son los que “aprendieron” economía leyendo los libros de la religión del capital. Claro, son sus sirvientes. Ya en 1891 Engels, comparándolos con los obreros sobre temas económicos, decía: “... para que se convenzan cuán por encima están los incultos obreros, a quienes se pueden explicar con facilidad las cuestiones económicas más difíciles, de nuestros petulantes hombres “cultos”, que jamás, mientras vivan, llegarán a comprender estos intrincados problemas”. Ellos son los que nos prometen todo para después, para el futuro (como cualquier chamán), a pesar de que saben que el futuro, como el horizonte, nunca se alcanza, porque si no dejaría de serlo. Esas promesas son lo único que “aprendieron” a hacer. Ellos son los que no ven que la realidad, la vida real, les muestra y demuestra todos los días y en todos los lugares que la aplicación de sus “conocimientos” ha llevado al mundo a la situación en la que está. Su fanatismo místico es tal que no ven lo cierto por ver visiones y esperar milagros: por todo eso son primitivos. Conocen de esa teología, pero si ellos hubieran estudiado economía no la hubieran aprobado.

Aseveramos que es el capitalismo (con todas sus escuelas y con todas sus secuelas), el culpable de la destrucción de la vida, riqueza fundamental de la naturaleza; y la ruina de ésta misma. En su eterna búsqueda del lucro fácil, abrió la caja de Pandora creyendo que tenía tesoros y, como no los encontró no se le ocurrió mejor idea que inventarlos. Todos los días leemos, vemos y escuchamos las “duras acusaciones” que se entrecruzan los integrantes de los partidos políticos que lo han aplicado, culpándolos a los otros del desastre. Los blancos acusan a los colorados y viceversa, los peronistas a los radicales, los republicanos a los demócratas. Y tienen razón, porque todos ellos son culpables, todos aplicaron siempre la misma política económica. ¿Cómo puede ser que esperaran otro resultado?

Hay que decirlo de una vez por todas. La culminación de la guerra fría permitió al capitalismo acapararlo todo. Así ha tenido la oportunidad de demostrar todas sus “virtudes”, sin la excusa de aquellos “gastos especiales” que usaban para explicar la imposibilidad de combatir la pobreza. Terminada la guerra, cuando no tenían ya enemigos a quienes endilgarle sus propias faltas, tampoco la han abatido. Ni siquiera lo han intentado. Y no sólo no lo han hecho, sino que tuvieron que inventar otro enemigo: el terrorismo, al que tampoco le dan una definición precisa. Parece que el único enemigo cierto del capitalismo y sus ideólogos es la claridad de ideas y conceptos.

En tanto, los llamados socialdemócratas y los propulsores de la inexistente tercera vía, prometen volver al keynesianismo o sus deformaciones, como si pudieran manejar la “máquina del tiempo” y hacer que la historia vaya marcha atrás. Claro, fue por su intermedio que alguna vez tuvieron la posibilidad de gobernar, y por su intermedio fue que mejoraron poco y no solucionaron nada. Son gente de “izquierda” que cree en el capitalismo; y creen en él en un sentido religioso, en el sentido de “no saber si”, ciegamente. Creen que la vida aún tiene un margen, un espacio, un “excedente” para seguir destruyéndola. Son los que se disfrazan de trabajadores y que votan para los neoliberales, entre gallos y medianoche, las “cambios” que estos proponen. Privatizaciones, desnacionalizaciones, globalizaciones, inversiones e intervenciones extranjeras, e ainda mais. Suscriben todos los cuentos de los que ni siquiera son autores.

Ellos y los neo-capitalistas, nos dicen: ”La desaparición de los regímenes comunistas parece haber eliminado de nuestras mentes la posibilidad de elegir entre diferentes caminos y con ello la esperanza de encontrar atajos. Sólo queda un camino (económico) y es precisamente por el que estamos avanzando todos los países (¡oh!). En este camino hay algunos viajeros que están muy avanzados y otros muy atrasados. Si la distancia entre los ricos y los pobres es cada vez mayor es comprensible que cunda el pesimismo y el desaliento.” No para los países ricos, ricos en dinero por cierto. Pero nos ocultan –porque ésta es la real verdad-que los países que van delante lo hacen porque los países “atrasados” los empujan desde atrás. Nosotros, con este escrito, estamos proponiendo tal atajo.

Hemos leído y compartimos plenamente estas palabras: “...es más conveniente y funcional a los intereses imperiales y sus socios locales dominar sembrando una carga ideológica individualista por toda la sociedad, adobada con un espíritu de escepticismo y resignación. Y, paralelamente, haciéndonos creer, para que aguantemos más, que no existe otro camino posible que el neoliberal. Y que él nos conducirá a una situación mejor a pesar de los males y sacrificios de hoy. De ahí toda una serie de objetivos no declarados o explícitos con los que maceran nuestros cerebros una y otra vez por intermedio de los medios de difusión, propiedad de los promotores y beneficiarios de la ideología neoliberal.

Y esto no sólo va dirigido a grandes sectores de opinión, sino incluso a ciertos círculos de analistas, críticos del modelo. Se pretende que se tome como realidad lo aparente, de manera que permanezca oculta la esencia del fenómeno social en curso. O, desde otro ángulo, buscan que nuestra visión de la metamorfosis del mundo contemporáneo esté influida por presupuestos “científicos” sobre los que se sustentan los dogmas neoclásicos en su versión ultraliberal.

Ninguna teoría económica es neutral o apolítica. Todas ellas son esencialmente políticas y tienen efectos sociales precisos.(...)”

Las publicó el semanario “Carta Popular” en Montevideo el 23 de agosto de 2002 en su separata Brújula bajo el título “La lucha ideológica junto a la lucha económica y la lucha política”.

La actual división internacional del trabajo sólo preserva el statu quo, conservando las injusticias y las diferencias que lo hacen posible. Aún más, las profundiza. La nueva “eficacia” radica en que estas han pasado a un nivel “superior” de “calidad”. La eficacia que ellos dicen lograr es contraria al efecto deseado por los necesitados.

Los neoliberales dicen sobre su FMI: “Cincuenta años después [de su creación], podemos evaluar muy positivamente aquel proceso de institucionalización de la economía internacional. No sólo se ha reducido de forma notable la intensidad y amplitud de los conflictos armados, sino que se ha conseguido construir un sistema de colaboración internacional sin precedentes en la historia de la humanidad.”

Esto demuestra dos cosas. La primera que no saben contar, la segunda que saben mentir. No saben contar –grave falta para economistas- los muertos de la guerras que hubo, más los muertos por la desnutrición, por la falta de medicamentos, de agua potable, etc. todos estos males evitables sólo con tener la voluntad de hacerlo. Nunca hubo mayor amplitud de frentes en estado permanente de guerra, en estado permanente de conflicto. Nunca las guerras fueron tan costosas –especialmente para los perdedores-, ni tan redituables. Ni tan desparejas. Nunca hubo mayor intensidad de agresiones, debido justamente a la necesidad que tienen de imponer y mantener por la fuerza esas políticas económicas. Nunca, al menos en los países que realmente la necesitan, hubo “colaboración” por parte de esos organismos, sino inversión con el lucro y las garantías que ellos mismos dictan e imponen. El propio J. Stiglitz, premio Nóbel en Economía, ha dicho: “el FMI empeora las cosas y las transforma en recesiones y estas en depresiones.” Mientras George Soros, otro de sus elegidos: “el sistema financiero internacional se beneficia a costa de los países de la periferia.” Como nuevos “dartagnanes” aquellos esos organismos dicen: “Todos para uno, uno para sí mismo.”

Dice el investigador uruguayo Roberto Bissio, Director del Instituto del Tercer Mundo: ”La transferencia neta de recursos financieros hacia los países en desarrollo ha sido negativa cada uno de los años a partir de 1997, según informara Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, a la Asamblea General en 2002. En otras palabras, se está quitando dinero de los pobres para dárselo a los ricos. La economía mundial está funcionando como un Robin Hood al revés”.

Si por la intervención divina de un ser supremo –única vía que ellos aceptan-los países acreedores condonaran la deuda, los países deudores saldrían a superficie a respirar una buena bocanada de aire puro, que mal no les vendría. Pero aseguramos que si se continúa con el uso de este mismo sistema económico, indefectiblemente, volverían a hundirse. Porque no es la deuda en sí misma la explicación de todos los males, puesto que ella no es la causa, sino el efecto. Los males de los países “no desarrollados” están en el no saber nadar para respirar por sí mismos, en no haber aprendido nunca a hacerlo. Deben reconocer que el capitalismo es el verdadero culpable, la causa, de todos sus males.

El ciclo económicos nos muestra, objetivamente, que los países verdaderamente ricos son los países pobres del capitalismo. Que los ricos en él, es nuestro deseo más sincero, sigan siéndolo por toda la eternidad. Pero no podemos contener la tentación de decir, fríamente, que Argentina sería una potencia económica como nunca hubo otra si aplicara el ciclo: no hay nación que tenga tanto valor de N, la riqueza natural. ¡No imaginemos lo que puede llegar a ser toda América!

Hablando de ella, la intención de imponer el ALCA, por sí sola, demuestra que ninguno de los organismos internacionales de crédito actuales tiene la oportunidad de sobrevivir, aquí en América. En ella la sigla FMI es sinónimo del más abyecto de los insultos. El imperio está así reconociendo que para continuar la explotación se necesitan cambios. Cambios al estilo de él. Como lo que dicen los neo dartagnanes.

Se deben olvidar definitivamente estos organismos internacionales dedicados a mantener el paradigma capitalista y que favorecen a los países que no necesitan de su “ayuda”: los países ricos. Que tienen la intención de hundir más profundo aún a países que están, han estado y estarán como el “Titanic”. Ellos actúan como lo hacen sus dirigentes, sus propietarios, los bancos comerciales, que sólo le otorgan préstamos a aquellos que demuestran fehacientemente que no los necesitan. Estos organismos se dedican a ser intermediarios entre los países ricos y los países pobres, para eternizarlos a unos en su abundancia, a otros en su escasez, haciéndoles creer a los pobres que reciben “ayuda” cuando en realidad reciben enormes deudas, impagables material y moralmente e incobrables moral y materialmente. Estos organismos, contrariamente a lo que dicen y quieren que creamos, exportan la riqueza de los países del sur a los agotados países del norte, haciendo que esa transacción la pague el que vende, y con intereses.

Se valen de los capitalistas autóctonos para seguir existiendo. En Uruguay los parlamentarios de ese grupo votaron y aprobaron una ley, a carpeta cerrada, enviada por el FMI ¡sin leer lo que proponía!. Los que serían los soportes del Estado, los que tendrían que solucionar los problemas de la gente, electos para legislar, votaron sin discutir una ley que fue enviada por personas extranjeras y no electas para legislar. Aceptaron ser suplidos por extranjeros. Reconocieron así tres cosas: su incapacidad para solucionar los problemas por sí mismos, su desvergüenza para obtener dinero a cambio de aceptar esa incapacidad, su falta total del sentido de dignidad, de patria. Y se llaman a sí mismos demócratas, incorruptos y patriotas. Tienen la frente muy “alta”, la lengua muy larga y la falda muy corta, dijera el Paco Sabina.

Se indica que los pensamientos de internacionalismo son tan antiguos como aquel grito de ¡Proletarios del mundo, uníos! No existe ninguna oposición a reconocer que las nacionalidades son un hecho fortuito, pero un hecho al fin, prescindibles en un futuro que vamos a alcanzar, pero no alcanzado aún. Internacionalismo no es -ni cerca-globalización. Se subraya además que la globalización que los imperios quieren imponer no tiene nada que ver con la búsqueda de un mundo mejor. A todos los países –incluso a los que hoy se creen favorecidos por ella-los convertirá en “aldea” después que se los destruya en forma “global”, puesto que la destrucción de la naturaleza y de la vida es inexorable. Por ese motivo no habrá ninguna nacionalidad más, algo que, claro está, en el momento histórico que vivimos y en la manera que lo logra, no es bueno. No han podido, aún, ocultar tras la palabra “globalización” la terrible explotación de unos países por otros. Son muchísimas las banderas de EE.UU. que han sido y serán quemadas en todos los continentes del mundo por ese cúmulo de motivos, y por otros no agregados pero conocidos. Debe entenderse, especialmente por los propios estadounidenses, cuál es el significado de esa quemazón.

El autor no oculta en ningún momento su simpatía por el socialismo, su filosofía materialista dialéctica e histórica y su correspondiente aversión por el capitalismo. No obstante ello, esta teoría puede aplicarse a -y en-cualquier sistema económico, incluso dentro del capitalismo, lo que le permitiría a este alcanzar un imposible: el de humanizarse, naturalizarse, aunque sea un poco. Pero la humanización de éste es su destrucción, y su naturalización es imposible, pues implica que abandone su origen místico. Difícil, por lo tanto, que la minoría beneficiada por ese sistema acepte que, en sí mismo, el capitalismo nos lleva a la ruina a todos, incluyéndola. En la mayoría de los hombres está la posibilidad del cambio.

Desearía – y le encantaría- que la aplicación práctica de esta tesis fuera posible y que, además, fuera un paso previo a la sociedad socialista dentro de la cual es realmente posible, sin cortapisas, la humanización, la ubicación del interés general sobre el particular y el cuidado dedicado del equilibrio ecológico. Decimos junto a Albert Einstein: “Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.”

Porque el interés general debe estar sobre el particular: si la producción es una necesidad social, sus beneficios también han de serlo.

La pachamama está condenadamente enferma. Su desaparición definitiva o su lento mejoramiento depende de nosotros, los hombres, de nada más. Esta propuesta alcanzaría su objetivo mínimo si llegara a promover la discusión del tema que propone de una manera más científica y menos “religiosa” de lo que se ha hecho hasta hoy. Eso facilitaría el urgente cambio de mentalidad –de ideología-que el mundo necesita para que pueda sobrevivir. En verdad, si se alcanzara a tocar esa posibilidad, se asemejaría a tocar el cielo. Pero desde la tierra, en la pachamama.

 

 


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