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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

IMPORTACIÓN Y EXPORTACIÓN

Dentro de este tema es donde comete mayor cantidad de errores la economía primitiva, donde más se nota su origen místico. De allí que el ciclo económico se vuelve muy delicado de comprender, quizá frágil, para aquellos que conciben lo económico, por ejemplo, según la visión neoliberal. El ciclo necesita que se deje a un lado la liturgia primitiva en el tema del comercio exterior, para percibir en su debida forma varios de sus principios.

Viene al caso hacer notar la diferencia de conceptos entre valor y precio. Mientras que el ciclo nos dice que el precio es el costo social de producción de una mercancía, su valor está dado por el nivel de necesidad social que de ella exista y la forma en que la satisface. Sus magnitudes pueden coincidir o no, y su relación está basada en una función no proporcional; el valor relativiza al precio. Para los neoliberales son la misma cosa.

En verdad, en el capitalismo, el valor de la riqueza está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla. Para el ciclo económico también; pero agregando que el trabajo social es una necesidad colectiva, cuyos frutos han de satisfacer las necesidades del benefactor. Así, el valor de la riqueza está determinado por la necesidad social, productora­reponedora y consumidora-reponedora.

Debe tenerse en cuenta, a su vez, que el comercio exterior es intrínsecamente diferente entre dos países con igual sistema económico que entre dos países con sistemas diferentes, uno de ellos con el sistema que estamos proponiendo. En la mayoría de los casos tomaremos “nuestro” país como el que está aplicando el sistema que aquí desarrollamos.

Siempre se ha sabido que ningún país puede progresar si necesita importar lo que consume, por la sencilla razón de que, si requiere hacerlo, es necesariamente un país que no genera riqueza; pero tampoco se desarrolla si la riqueza que genera la exporta; o mejor dicho, si tiene como fin primordial el exportar su producción. El ciclo económico confirma que ningún país se desarrolla vendiendo la riqueza propia (llámese carne, café, o petróleo) y que él mismo puede estar necesitando. Aun menos si lo hace a cambio de una moneda que no es la suya, que no es un indev (dólares por ejemplo); este tipo de moneda nunca suple lo extraído, ni aumenta el valor de la riqueza social  .

Sólo puede exportarse el excedente, lo que no se necesite. Si es que lo hay. La producción excedentaria puede planificarse; puede utilizarse para importar, a cambio de ella, lo que se esté necesitando. La necesidad de bienes

o mercancías, como se ve, es lo que promueve todo el comercio, y en particular el exterior. No lo hace su precio.

Se ha dicho ya que la exportación no es una meta de esta economía. Y aún más, es totalmente prescindible para el país que la utiliza. La riqueza existe en su interior (mídase en la moneda que se mida): esa riqueza es la conjunción de la que existe en su naturaleza y en la generada y transformada por la actividad de su gente; si por alguna razón estas dos variables aún no han podido colmar alguna necesidad puntual, los habitantes del país deben (y con ésta propuesta pueden, ésa es la diferencia) promover la forma para crearlas por sí mismos, sin tener que endeudarse externamente.

Para el cumplimiento del ciclo no se necesitan “divisas” que “aumenten las reservas” (como nos han dicho los primitivos), ya que aquellas no aumentan el respaldo del indev; no mejoran la riqueza del país, no integran  ni  ni, por tanto,  . Así se confirma la pérdida del sentido de poseerlas: para el ciclo son inocuas, anodinas, inútiles. En tanto, “nuestras” reservas aumentan única y solamente con la extracción de riqueza, su elaboración, su consumo y su reposición, en una unidad compacta que se obtiene y representa con el cumplimiento efectivo del ciclo económico; eso es lo único que implica un aumento verdadero de riqueza.

Ninguna moneda con las características de las que existen (excepto la “nuestra”) tiene valor para este tipo de economía: ninguna cumple el ciclo económico. Es más, ninguna suple una necesidad del benefactor. En definitiva, ninguna de ellas aumenta  , la riqueza social, el respaldo del indev.

Recordemos que el ciclo económico tiene sólo una “puerta” de entrada y una de salida. Por eso la importación de cualquier tipo de materia prima (aunque puede no beneficiarlo) definitivamente no lo perjudica; ellas inician su propio ciclo y presuponen una “extracción”. Quedan por cumplir las demás etapas del ciclo involucrado, generadoras de riqueza, en especial la etapa de reposición.

En cambio lo perjudica en grado sumo la exportación de ellas, pues son éstas las que abren los diferentes ciclos que las involucran por ese único lugar posible y no perjudicial. Las materias primas abren un ciclo; si se las exporta no lo cierran. Y si no se cierra un ciclo abierto, podrá haber alguna transformación, pero no hay creación de nueva riqueza (lo que ordinariamente se le llama “valor agregado”) ni reposición de la riqueza extraída en cantidad suficiente para equilibrar la extracción (faltará, por lo menos, la reposición indirecta y automática del benefactor). No se alcanza a “saldar aquella deuda” adquirida previamente con la naturaleza. Es evidente que éste perjuicio sucede si la exportación se realiza a un país con otra economía, donde no es necesario el cumplimiento del ciclo económico, y donde su población no desempeña el papel de benefactor. Si va dirigida a un país igual al “nuestro” el ciclo se cumple cómo si fuera un consumo interno. Esta diferencia tan radical se debe a que todo depende de lo que se obtiene a cambio de una exportación: entre países con indevs no existe un comercio exterior regulado por otros dineros. Intentaremos aclararlo.

 Por ejemplo, la importación de cualquier materia prima suple la posible e inevitable extracción de ellas desde el territorio nacional: ingresa e inicia normalmente el ciclo económico correspondiente. Por ser materia prima, puede tener dos características propias: es directamente una mercancía para consumo (frutos, pesca, etc.) o por el contrario es un insumo para la elaboración industrial de otro bien, que será consumido o usufructuado una vez realizada su transformación. Ambas formas cumplen, por concluirlo, con su respectivo ciclo; aumentan  , aumentan  , y así, aumentan  .

Pero su exportación implica una extracción real de riqueza al módulo  , (por lo tanto al factor  ), una disminución innegable de ella –sino destrucción definitiva-, restándole valor a la riqueza social  , al respaldo del indev, sin que sea posible suplir o reponer esa quita. Al no tener valor agregado, tampoco mejora al factor  , el multiplicador de la riqueza. Ya de por sí, esto demuestra cuán perjudicial es la exportación de riqueza, pero es mucho más pernicioso aún por lo que generalmente se obtiene a través de una exportación: moneda extranjera.

La única solución posible a este dilema de la exportación de materia prima (a un país capitalista, por ejemplo) es el trueque por otras materias primas, o por mercancías ya elaboradas que suplan una falta propia. De aquellas ya hablamos, y éstas porque suplen una necesidad cierta, una verdadera necesidad de consumo, objeto de la economía. Para el ciclo, la exportación sin trueque no es un comercio justo, porque se reciben monedas sin ningún valor –que no suplen necesidades sociales-a cambio de riqueza social verdadera

Si una mercancía de origen nacional es muy solicitada desde el extranjero, podremos intercambiarla por materias primas u otros insumos que hagan falta. O, en todo caso, por mercancías elaboradas que no puedan producirse aquí. La otra posibilidad es que el otro país utilice también el mismo sistema económico que el “nuestro”, caso en el cual el trueque es la única forma posible (además de ser la natural y justa), de comercio entre ambos; debemos considerar que el uso de ambos indevs como “medio de pago o intercambio” no es más que otra forma de trueque, pues ellos mismos no son más que el uso de un patrón de medida (como pueden ser las toneladas, por ejemplo): el uso del indev es en sí mismo un trueque de mercancías, no intermediadas por él sino medidas por él.

El sistema que estamos proponiendo, tal como se ve, no promueve la autarquía, esto es, aislar económicamente al país que la utiliza de los demás países. Lo que busca es el cumplimiento efectivo del ciclo, de que no haya un perjuicio directo a la economía del país, ni que ningún país sea más favorecido que otro. En definitiva lo que busca es que bajo sus principios se realice todo comercio internacional, libre y beneficioso, es decir, justo.

Los neoliberales van a poner el grito en el cielo, pero debemos decir que no hay mayor libertad de comercio nacional e internacional que dentro de la tesis que estamos proponiendo. Simplemente porque no existe ningún país o habitante que se beneficie más que el otro. La libertad se disfruta, se siente y se vive cuando se cumple con justicia.

Mostraremos ahora una visión ortodoxa sobre el comercio exterior, basándonos en un escrito realizado por un economista mexicano llamado Martín C. Ramales Osorio, de neto cuño neoliberal.

“He enseñado la teoría del comercio internacional como parte de los cursos de economía internacional y de teoría económica en la Universidad Tecnológica de la Mixteca y en la Facultad de Economía de la UNAM. Y he encontrado que a la mayoría de los estudiantes les resulta demasiado difícil comprender los diversos aspectos de la teoría económica, que si bien no es sencilla tampoco resulta demasiado compleja”.

“En una primera aproximación, el comercio entre países surge por las distintas productividades del trabajo, la tierra y el capital. Además ninguna nación, ni ningún individuo, es completamente capaz de producir todos los bienes y servicios que requiere para sobrevivir. Si los norteamericanos requieren de 8 unidades de trabajo para producir una unidad de alimento mientras que los mexicanos requerimos 10, entonces a los mexicanos nos resulta más barato (en términos de unidades de trabajo) importar el alimento de Estados Unidos que producirlo internamente; pero si, por el contrario, los mexicanos requerimos dos unidades de trabajo para producir una unidad de tela mientras que los norteamericanos requieren 4, entonces a los norteamericanos les resulta más barato (en términos de trabajo) importar la tela de México que producirla ellos mismos”.

El mismo Ramales nos está diciendo el motivo de por qué a los estudiantes les “resulta demasiado difícil comprender los diversos aspectos de la teoría económica”.¿Quién, en su sano juicio, puede pretender que se comprenda -y menos aún que se comparta- una teoría que dice que el país que produce alimentos más baratos es aquel que genera la menor cantidad de trabajo? ¿El propio Ramales no nos está enseñando que el trabajo es un “factor productivo”? Pero además, y especialmente: ¿Para quiénes se producen esos alimentos o esas telas? ¿Para los que no trabajan? ¿Para los que no tienen ingresos? ¿A qué mexicanos les vendería el alimento más barato que aconseja comprarle a los norteamericanos? En fin, ¿quién se beneficia con los “diversos aspectos de su teoría económica”?

¿Quién puede entender a un profesor que dice que se debe tomar al trabajo como un costo a rebatir y no como lo que realmente es? En su sentido más sencillo, el trabajo es la fuente de ingresos individual y colectiva más importante, si no la única; es lo que transforma a un hombre en benefactor. ¿Qué está haciendo Ramales mientras enseña sino trabajar? ¿Acaso el fin para el que estudian esos mismos estudiantes no es aplicar los conocimientos, es decir, trabajar y vivir de su trabajo? ¿Acaso les está diciendo que acepten sin chistar que aquello que les paguen después de graduarse será un costo, necesariamente disminuible, obligatoriamente rebajable? En verdad los “diversos aspectos de su teoría económica” no les enseña lo cierto: que el trabajo no es nunca un costo; es un generador de beneficios: es un factor multiplicativo de la riqueza.

Él nos dice que “en una primera aproximación, el comercio entre países surge por las distintas productividades del trabajo, la tierra y el capital”. De allí podríamos preguntarle: ¿Qué es más productivo para su teoría, trabajar mucho, trabajar poco o no trabajar? Siempre “en términos de trabajo”, como él dice. ¿Qué es más productivo, tener buenos ingresos, menguados ingresos o nulos? Seguramente, sus conocimientos sobre economía no son suficientes para hacer congruentes las respuestas a estas dos preguntas con las afirmaciones tan eruditas que de él hemos citado.

Esta acotación es necesaria para explicar por qué el ciclo económico necesita de conceptos claros para entender el comercio internacional. Esa claridad es lo que le ha faltado a esa otra teoría, que el pobre Ramales tiene el deber de enseñar. Nunca será una tarea fácil, ni para él ni para sus estudiantes.

El precio de una mercancía de origen extranjero (desde un país con una economía diferente a la que se propone, capitalista por ejemplo), nunca es más barato o más caro que una mercancía igual o similar de origen “nacional” (el alimento que cita Ramales, por ejemplo). En primer lugar porque no existe forma irrebatible, clara y justa, de comparar sus precios; por lo tanto no puede existir una verdadera “competencia”. Pero mucho menos aún de comparar sus valores: el valor de lo “nuestro” siempre es mucho mayor. Es así, de manera fundamental, porque ya no tiene sentido comprar más barato o más caro, sino cumplir con el ciclo económico: el reponer y aumentar riqueza, de satisfacer necesidades de los consumidores. Y para que se alcance un ingreso razonable. “Nuestro” país no se beneficia comprando fuera una mercancía competitiva de precio menor; se beneficia produciéndola, sin considerar su costo social de producción, pues éste se transforma, siempre, en un beneficio general al ser adquirido por el benefactor: el valor de un bien sólo existe (es y está) a través de quien lo consume o usufructúa.

El beneficio sólo puede lograrse mediante la compra de la producción nacional, o importándola desde un país que también utiliza la economía cíclica. Si éstas dos maneras no son posibles, hay que disminuir los inevitables perjuicios que provoca la importación desde una economía diferente, por intermedio de convenios bilaterales o multilaterales que permitan la imprescindible concreción de ese ciclo económico unívoco para cada tipo de mercancía. Para esta economía no importa en absoluto lo caro o lo barato de un artículo sino la necesidad que intenta satisfacer: no importa su precio ni su origen, sino su valor.

El costo social de producción de un bien (lo que se llama su precio de venta o, mejor dicho, su costo de compra), al ser pagado por el benefactor se transforma en un beneficio social, en un aumento de la riqueza de todos. Pero sólo si ese artículo integra el ciclo económico, esto es, si tiene un precio de venta que realmente representa su valor social. El valor de un bien relativiza su precio. Es el benefactor quien modifica el signo, de negativo a positivo, de la cifra que representa el precio: de costo individual lo transforma en beneficio social. Lo indica claramente el ciclo y los dos sentidos que éste posee.

Daremos un ejemplo (que no tiene que ver con el comercio exterior) para mostrar estos conceptos, utilizando para ello la compra de viviendas. Un benefactor llamado José ha adquirido una casa nueva pagando un precio de 10.000. A partir de dicho pago, todos los productores involucrados en su construcción recibirán sus ganancias correspondientes, cerrándose el ciclo económico propio de tal vivienda. El precio pagado es su costo social de producción, y también es su valor social, por lo que el factor   del país ha sido aumentado (gracias a Juan y no a los productores), un monto de 10.000. El respaldo del indev ha sido aumentado, exactamente, en esa cifra: su costo social fue transformado, por José, en nueva riqueza social.

En tanto María ha comprado una casa idéntica, pero usada, cuyo precio fue de 8.000. El ciclo económico de la casa de María había sido cerrado por su propietario anterior, quien había pagado por ella un precio cualquiera, igual o diferente: ése señor fue el verdadero benefactor. Esta compra de María la transforma en propietaria de una casa, pero no en benefactora, pues no ha aumentado el factor

 . El valor social de su nueva casa ya había sido agregado a ése factor cuando lopagó su primer dueño, quien en realidad concluyó el ciclo económico de ésa vivienda.

Seguramente, para José y María individualmente, el valor de cada casa sea idéntico al precio que pagaron, pues la necesidad que han satisfecho es exactamente la misma. Pero sus montos son diferentes: esto demuestra que no siempre son iguales el valor y el precio de un bien.

El precio de cada casa (10.000 la de José, 8.000 la de María) son entre sí diferentes. Y no sólo en el monto. Los 10.000 que pagó José equivalen al costo social de producción de esa vivienda (característica que le da a José su carácter de benefactor) y ésa cifra es la que le da derecho a su posesión y disfrute; el valor (tomado en forma individual o social, indiferentemente) de su casa es exactamente igual a esos 10.000.

En cambio, los 8.000 de María son el precio que ella paga para obtener el derecho a usufructuarla (ella es sólo una nueva propietaria y no benefactora); ella no pagael costo social de producción de su casa; no paga su valor social. Éste ya fue pagado y agregado al factor   por un dueño anterior. Él fue realmente un benefactor, transfirió en el pasado ese monto (para nosotros desconocido pero fácil de averiguar), a la riqueza total   del país; el costo individual lo transformó en beneficio social, que sólo se ingresa una vez al factor  .

El valor individual que cada uno le da a su casa puede ser considerado igual al precio que pagaron por ellas. O no; queda en cada quien definirlo. Pero el valor social de cada una es de una magnitud exactamente igual al costo social de producción (o precio) de una y otra, que sólo se da una vez en cada ciclo económico propio.

La importación es un comercio necesario porque ”ninguna nación, ni

ningún individuo, es completamente capaz de producir todos los bienes que requiere para sobrevivir”, pero el ciclo nos dice que debe realizarse para suplir una falta cierta, falta que puede ser considerada como necesaria o muy necesaria para el benefactor al que está dirigida, o para el productor que la utilizará como insumo. Nunca porque tenga la característica de ser más “barata”. Porque si no suple una falta real, el ciclo indica que es puro gasto, pura especulación, puro perjuicio, por más asequible que pueda parecer su precio. Si no satisface necesidades existentes su valor es nulo, por lo que su precio siempre será exageradamente alto. Importar bienes no necesarios es tan mal negocio como comprar ceniceros para motocicletas; por baratos que sean no tienen valor.

Para los países que no practiquen la economía de ciclo económico no existirá un perjuicio o un beneficio distinto por comerciar con uno que sí la utilice. La importación y la exportación se unifican en el criterio de “comercio exterior”, cuyo resultado no debe ni puede perjudicar a ninguna de las dos partes que lo integran. Esa es la primera regla que debe aceptarse. Y como la forma más directa y efectiva de perjudicar esta economía es no cumplir el ciclo económico, nada que no lo cumpla puede beneficiarlo.

El comercio exterior a alcanzar es aquel que aún no existe: puro comercio interior, en un sentido continental o mundial, que es el único comercio definitivamente justo. Y definitivamente libre. Se transforma en un comercio de contenido y forma similar al interno o nacional, pero a otro nivel. De esa manera, debe preferirse la realización del comercio entre naciones con este mismo sistema económico, porque se asegura el cumplimiento del ciclo económico de ambas; son las únicas que lo deben cumplir necesariamente.

Si así no fuera, debe promoverse el trueque, para que el ciclo económico del país con esta economía no sufra de un perjuicio, que de otra manera sería inevitable. No debemos olvidar nunca cuál es el significado de la palabra valor que se tiene en el sistema que estamos proponiendo: vale aquello que satisface necesidades del benefactor o del productor, o que aumenta efectivamente, en forma directa o indirecta, la riqueza del país y con ella el respaldo del indev. Así, ninguna de las monedas actuales tiene valor como para que toneladas de ella puedan ser cambiadas por cualquier producto natural o artificial, excepto por el papel que contienen, y sólo con el objeto de reciclarlo. Un huevo de codorniz vale más que el contenido de la caja fuerte del City Bank, el hambre de un niño tucumano o del barrio Conciliación vale mucho más que el contenido total de la Federal Reserve, sin exageraciones ni eufemismos. Ninguna moneda de tipo distinto al indev es útil para aumentar su respaldo, esto es, la riqueza de la sociedad que lo utiliza, y si se quiere, su “capital”.

Resumiendo, la exportación de materias primas –casi todo está integrado por ellas-es perjuicio puro, si no son intercambiadas por valores similares y equitativos. La importación de ellas es aumento de riqueza, cuando cumpla con las condiciones de suplir una falta o una necesidad y si su adquisición cumple efectivamente con el ciclo económico propio de ella. Toda materia prima útil importada ingresa al ciclo económico por la única “puerta de ingreso” válida, esto es, por el inicio, porque suple una extracción.

 En cuanto a la importación o exportación en general, de cualquier tipo de mercancía, por ser estas tan variadas, deberá definirse en forma particular su carácter de beneficio o perjuicio, mediante la revisación de los respectivos ciclos que les atañen y la necesidad que cubren o intentan cubrir ellas mismas, esto es, si cumplen o no con el sentido original del ciclo económico: si lo ingresan y/o lo culminan sin generar un perjuicio. De allí que el control de estas condiciones debe ser muy estricto: debe verificarse plenamente ese cumplimiento.

Existe la libertad de que ambas actividades relacionadas al comercio exterior (importación y exportación), pueden ser promovidas por cualquier productor, pero han de ser realizadas a través de dichos controles, puesto que, además, quien cobra una exportación o paga una importación es la sociedad en su conjunto. Una exportación implica la venta de una mercancía que se produjo socialmente, y una importación está dirigida al benefactor, que somos todos, o al productor para que, por su intermedio, produzca socialmente una mercancía que la sociedad necesita. Esta es la que tiene el derecho y la obligación de dar forma y contenido a dichos controles, a través de los cuales es necesario realizar los trámites necesarios. Por ejemplo, según nos lo dice el ciclo económico, ninguna importación, aunque cumpla todas las condiciones impuestas, otorga beneficios al productor involucrado hasta que ella, o su derivada, no sea adquirida por el benefactor al que está dirigida, o sea, hasta que se cierre el ciclo involucrado en ella.

Para esta economía no existe diferencia entre exportar diamantes, por ejemplo, o pagar importaciones con ellos; trocar con ellos. Aunque no pueden reponerse, esos diamantes son riqueza natural, tal como lo son las cabras o las papas o las arvejas enlatadas; son riqueza propia y se miden en indevs. Por ese motivo es que, al fin y al cabo, siempre representan un intercambio internacional efectivo y verdadero, intercambio en el sentido real de la palabra. Los neoliberales desprecian el uso del trueque porque consideran que es una “desventaja” el que las dos partes que intervienen en la transacción deben desear poseer los bienes que ofrece la otra parte. Es lo opuesto a lo que nos dice el ciclo, que es una enorme ventaja: les compramos a quienes les vendemos, les vendemos a quienes nos compran, que podrán siempre ofrecernos algo que estemos necesitando, hecho por ellos mismos o por terceros. No olvidemos la obviedad de que esto no es una regla absoluta sino una tendencia, una inclinación, una prioridad no incondicional. Pero tampoco olvidemos, especialmente, que la exportación no es necesaria para el aumento de la riqueza, ni es promovida por esta economía.

A nivel del comercio exterior el indev no cumple el papel de medio de intercambio. Si pensamos en él como lo que en sí es, un sistema de medida y comparación (tal como lo son las toneladas por ejemplo), podemos decir que el pago de una importación de medicamentos se realiza con una cantidad determinada de toneladas de carne. Internamente, cada país mide esas cantidades como quiere: el país que usa el ciclo puede traducir ese número de toneladas en un número que identifica el valor de la carne mediante un monto en indevs, pero esta moneda no interviene en esa transacción. Así queda claro que el comercio realizado entre dos países siempre es un trueque.

Para los productores nacionales es mucho más redituable el “mercado interno” que la venta al exterior, puesto que la población tiene suficiente poder adquisitivo como para pagar un buen precio por sus productos; quizá el precio internacional, quizá más que ese precio, por poseer ahora un verdadero poder adquisitivo, un poder de compra disfrutado, conocido y garantizado por los mismos productores. Si el precio internacional de la mercancía que venden, por un motivo cualquiera, es más alto que el “nacional”, la sociedad debe acomodar su precio límite máximo a esta nueva realidad: porque ése hecho nos indicaría que tal límite no ha sido bien calculado, o que se estaría cometiendo una injusticia con “nuestros” productores. A su vez, si el motivo de tal desfasaje es que el poder de compra de la población no llega a ser el suficiente para pagar un precio justo, existe no ya la posibilidad sino la obligación de elevarlo al nivel necesario. No olvidemos que no importa el precio de una mercancía, sino su valor.

De esta manera, si se necesitan realizar compras o ventas internacionales, habrá un comercio externo realmente libre e igualitario –esto es, justo- puesto que la comercialización se hará según sus valores (no por sus precios), por pura economía –por extraer, generar y reponer riquezas-, para satisfacer necesidades reales o gustos o caprichos.

Nada menos que el principal sacerdote de la religión neoliberal, Milton Friedman, nos dice sobre este tema, en su obra catequista “La tiranía de los controles”

“Al examinar los aranceles y otras restricciones al comercio internacional en su obra “La riqueza de las naciones”, Adam Smith escribió:

Lo que en el gobierno de toda familia particular constituye prudencia, difícilmente puede ser insensatez en el gobierno de un gran reino. Si un país extranjero puede suministrarnos un artículo más barato de lo que nosotros mismos lo podemos fabricar, nos conviene más comprarlo con una parte del producto de nuestra propia actividad empleada de la manera en que llevamos alguna ventaja [...]. En cualquier país, el interés del gran conjunto de la población estriba siempre en comprar cuanto necesita a quienes más baratos se lo venden. Esta afirmación es tan patente que parece ridículo tomarse el trabajo de demostrarla; y tampoco habría sido puesta jamás en tela de juicio si la retórica interesada de comerciantes y de industriales no hubiese enturbiado el buen sentido de la humanidad. En este punto, el interés de esos comerciantes e industriales se halla en oposición directa con el del gran cuerpo social.

Estas palabras son tan válidas hoy como eran entonces. Tanto en el comercio interior como en el exterior, es de interés para el “gran conjunto de la población” comprar al que vende más barato y vender al que compre más caro. Con todo, la “retórica interesada” ha dado lugar a una asombrosa proliferación de restricciones sobre lo que podemos comprar y vender, a quiénes podemos comprar y a quiénes podemos vender y en qué condiciones, a quiénes podemos dar empleo y para quiénes podemos trabajar, dónde podemos residir, y qué podemos comer y beber.

Adam Smith culpó a la “retórica interesada de comerciantes y de industriales” Quizá fueran ellos sin duda los principales culpables en su época. En la actualidad tienen mucha compañía. En realidad, difícilmente alguno de nosotros escapa a la “retórica interesada”. Según la inmortal frase de Pogo, el personaje de Tebeo, “hemos descubierto al enemigo y ése somos nosotros”. Luchamos contra los “intereses especiales”, salvo cuando resulta que el “interés especial” somos nosotros mismos. Cualquiera de nosotros sabe (que) lo que es bueno para él lo es para el país, por lo que nuestro “interés especial” es diferente. El resultado final es un laberinto de restricciones y más restricciones que hacen que la mayoría de nosotros seamos más pobres de lo que seríamos si se eliminasen todas. Perdemos mucho más a consecuencia de las medidas que benefician a otros “intereses especiales” de lo que ganamos gracias a las medidas que benefician nuestro “interés especial”.

El ejemplo más claro se halla en el comercio internacional. Las ganancias que obtienen algunos productores gracias a los aranceles y otras restricciones quedan compensadas con creces por las pérdidas que sufren otros productores y especialmente los consumidores en su conjunto. La libertad de comercio no sólo procuraría nuestro bienestar general, sino que también promovería la paz y la armonía entre las naciones y estimularía la competencia interna.”

Para el ciclo económico sus palabras son “tan falsas hoy como entonces”, y es pura “retórica interesada”, porque como ya lo hemos dicho, una cosa es el valor y otra el precio de una mercancía, y nunca están conjuntamente relacionados –no pueden estarlo-ni para con el beneficio individual del vendedor ni para con el costo que representa para el consumidor.

La neo-libertad de comercio es, para los países no industrializados, una enorme restricción en sí misma; prohíbe la existencia del precio justo, tanto para los productores de dichos países como para sus consumidores. Coarta la posibilidad del beneficio necesario para el productor y el de la satisfacción de una necesidad para el consumidor. Los productores no pueden competir con precios (y beneficios) justos; los consumidores no pueden pagarlos. Parafraseándolo: “Las ganancias que obtienen algunos productores (de los países ricos) gracias a la falta de equivalencia en los costos y otras restricciones (acceso a un financiamiento razonable, acceso a la tecnología, etc.) quedan compensadas con creces por las pérdidas que sufren otros productores (los de los países pobres) y especialmente los consumidores (de éstos países) en su conjunto, quienes en definitiva pagan todos los costos.”

La importación de un automóvil producido en un país con distinto sistema económico y armado en origen (sin ningún “valor” a agregar) es, para el ciclo económico, puro gasto, puro perjuicio. Su precio no tiene ninguna correspondencia con su costo social de producción: éste, simplemente, no existe. Su importación no abre ni cierra ningún ciclo económico, por lo que el comprador que pague su precio no puede transformarlo en beneficio social: su valor social es nulo. Su precio existe (y puede llegar a ser muy alto) pero su valor es cero. Ése comprador nunca llega a ser un benefactor.

Si en cambio se importa un automóvil para armar, su precio final contendrá sólo una porción de costo social de producción, que, por ejemplo, puede ser del 25% de aquél. Al ser adquirido, sólo una cuarta parte de lo que paga el comprador se transforma en valor social, cifra que pasa a integrar la riqueza   del país. El resto es todo pérdida. Aunque puede suplir satisfactoriamente la necesidad del comprador (él es quien le da un valor individual y subjetivo, por ello inmedible), su valor social (éste sí mensurable) es muy bajo. Su importación no sólo se saltea la etapa extractiva, sino que “inicia” un ciclo económico en la etapa industrial y sólo en forma parcial (las piezas vienen prefabricadas), por lo tanto es un ciclo que “nace” incompleto: al ser su costo social de producción de sólo un 25% de su precio, éste será su valor social. El comprador es sólo la cuarta parte de un benefactor. O dicho de otro modo, cada cuatro compradores se alcanza un benefactor.

La importación de materias primas para la fabricación de automóviles abre un ciclo completo, con un costo social de producción perfectamente conocido, que será transformado por el benefactor en un valor social, en una riqueza total, en un respaldo del indev del 100%.

Éste ejemplo explica, por sí solo, por qué los países industrializados se enriquecen con el comercio exterior (ellos cumplen con algo similar, sin alcanzarlo, a lo que propone el ciclo económico; importan materia prima, venden productos terminados). Además promueven la “libertad” de comercio mediante la colocación de trabas arancelarias y la subvención de sus productos.

Como derivación, mientras que los exportadores de materias primas nunca podrán desarrollarse, sí lo harán los importadores de ellas. Los países del tercer mundo nunca avanzarán si continúan creyendo en las teorías económicas de origen religioso que los beneficiados por ellas tanto se esfuerzan en promover, a pesar de no cumplirlas totalmente. Nos dicen: “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”

La noción equivocada de equivalencia entre valor y precio -es decir, considerarlos como “iguales”-ha sido una regla en el estudio la economía primitiva (la capitalista por ejemplo), que siempre vio a toda la actividad humana (incluso al trabajo) como un costo. Es así porque siempre ha tomado para sí el punto de vista del vendedor, del mercader, del capitalista. Pero para el ciclo económico natural (que mira desde los ojos del consumidor), el valor es clara y totalmente diferente al precio.

Mientras que el costo de producción social de un bien cualquiera es perfectamente conocido (que se representa en lo que llamamos comúnmente “precio”, el que coincide numéricamente con su valor social), debemos decir que el precio no siempre representa el valor individual del bien (aunque pueden coincidir en algún caso específico). Un bien tiene un único precio, pero la necesidad de su producción, y el nivel de satisfacción que logra en el benefactor que lo utiliza o consume, tiene dos valores: uno social y otro individual. El benefactor individual, al que está dirigido el bien, es el que le da su valor personal, objetivo o subjetivo; por lo que éste no puede cuantificarse económicamente. El valor social de una mercancía (el nivel de satisfacción que logra) no es el valor individual que por ella se tiene; son valores cualitativamente diferentes. Este es un precepto fundamental: el valor individual y el precio de cualquier bien son conceptos económicos muy distintos y, según el caso, opuestos.

Para el vendedor la palabra precio contiene dentro de sí el beneficio que de él se deriva. Para el comprador la palabra precio es un sinónimo exacto de costo. Por lo tanto “precio” es una palabra que, según quien la mire, tiene significados opuestos. El vendedor no necesita de otra palabra para saber que lo que vende le genera un beneficio concreto: esa venta por sí sola le satisface su necesidad. ¿Pero qué pasa con el comprador? El beneficio que él consigue es el disfrute del bien que adquiere, es decir, el beneficio que recibe depende del grado de satisfacción que le genera el uso o el consumo de esa mercancía.Él, inicialmente, paga un precio, el costo de esa compra, que es lo contrario a beneficio, puesto que éste no existe dentro de lo que la palabra precio le representa. Sólo él conoce el valor de satisfacción de la necesidad de esa compra. Y quizá no lo concrete ni lo conozca en ese preciso momento, sino cuando ya no pueda rectificarse; no existe forma de medir socialmente la magnitud de ese valor. Reiteramos, para el ciclo como para el comprador, valor y precio no son la misma cosa.

Para las teorías primitivas, el precio es la cantidad de dinero que se cambia por una mercancía y, dicen sus teóricos, ese es su valor de cambio o valor directamente. Utilizan una regla (no del todo equivocada) que dice que los beneficios se obtienen por la venta de lo producido, y los costos por lo consumido en ese proceso, pero (y aquí está la falla) siempre lo hacen mirando los procesos desde la óptica de cada uno de los vendedores, que son varios a lo largo de la cadena productiva de una simple mercancía, mezclándolos, entrecruzándolos, entreverándolos; no es un punto de vista único ni riguroso. Nunca lo hacen desde el punto de vista del consumidor (que es rigurosamente un punto de vista único), quien es el que en definitiva asume el pago de todos los costos y de todos los beneficios. El ciclo económico que hemos descubierto, y su hijo dilecto el indev, descartan totalmente aquella noción nunca concisamente definida, por tomar un punto de vista claro, fijo y preciso.

Dentro de esas teorías (en especial la escuela neoliberal), el único que fija el precio –para ellas su “valor”- es el vendedor, pues no existe manera de que el comprador tenga la oportunidad de calcular que un precio sea justo o no, sea exagerado o no; ni tiene la manera de medir la codicia del que lo produce y vende. No conoce –ni se le permite conocer- sus verdaderos costos y los beneficios que genera: los neoliberales restringen la libertad de información. Lo único que puede hacer el consumidor es pararse frente a la vidriera y sopesar la necesidad que tiene por tal objeto –valor que sólo él conoce-, y su precio, incapaz de modificarlo individuamente. El ciclo elimina esa imposibilidad del consumidor pues permite una continua información sobre los precios de los artículos; allí puede compararlo con el valor que para él representa. El valor lo marca el propio benefactor, es decir, todos y cada uno, según nuestra necesidad y nuestro poder adquisitivo.

El ciclo económico, su economía, se entiende, se razona y se mira siempre desde el lado del consumidor o comprador: en una palabra, del benefactor. Repasemos ahora en qué manera se conforma el precio de una mercancía, definido dentro del ciclo como el costo social de producción.

El precio se conforma para todos y cada uno de los productores integrantes del ciclo económico de dos partes, representadas cada uno en los dos círculos del diagrama siguiente: uno representa los costos y el otro los beneficios; ambos son generados, formados, concebidos, durante y por intermedio de su proceso productivo, es decir, del trabajo que lo crea: nunca en el momento de su venta; en ella ya se encuentran todos definidos. Lo que produce el bien es el trabajo, y este se mide y se paga mediante los diferentes beneficios contenidos en ese precio: la intersección de esos dos círculos es la parte que representa ese trabajo, puesto que esa misma producción es la que genera los costos necesarios y la que agrega los beneficios esperados.

El diagrama también nos indica que el costo social de producción de una mercancía (es decir, su precio), está compuesto principalmente (en un sentido cualitativo, no cuantitativo) por el trabajo social que se necesitó para producirla. No nos confirma mucho: sólo el hecho de que nada puede crearse si no es mediante el trabajo.

Ahora bien, hemos dicho que los salarios (a través de los cuales se mide esa cantidad de trabajo contenido en el bien) se obtienen desde los beneficios generados por su venta, representados en su totalidad por el círculo B, completo, incluyendo la intersección con C. El círculo C nos muestra los costos totales de la mercancía. Pero ¿la intersección de C con B no nos indicaría que esa parte de los beneficios también son costos, contradiciendo lo antedicho? No existe contradicción, puesto que para cada uno de los productores de la cadena productiva de esa mercancía, los beneficios del productor anterior no son más, para él, que otros costos. El comprador de un insumo (una mercancía intermedia del ciclo) es una especie de consumidor, que recibe un bien cuyo precio es todo costo.

En cambio, para el consumidor final (el benefactor), los dos círculos son uno solo: es un único circulo C; para él, el precio de la mercancía es todo costo. Lo que nos ayuda a entender este diagrama es que los conceptos de costo y beneficio siempre se han caracterizado por ser relativos: dependen del punto de vista de dónde se los mire, y si los miramos desde la óptica de cada uno de los productores tendremos una manera de verlos por cada uno de ellos. Por lo tanto, es una observación oscura y sin precisión, contraria a la rigurosidad científica. Debemos mirar desde un punto de vista fijo y claro.

Decimos entonces: primero, que hemos fijado un punto de vista, el del benefactor, porque este es uno e indivisible. Segundo, que el precio de una mercancía es el costo social necesario para su producción, que comprende no sólo costos propiamente dichos, sino también los beneficios de sus productores.

Así, no están contenidos en su valor (como contrariamente lo afirman distintos teóricos), y que éste es otra cosa totalmente diferente al precio. La necesidad que por una mercancía tiene cada benefactor es lo que le da su valor individual. El precio es general, el valor es singular. Precio y valor son conceptos diferentes que definen cosas diferentes.

Para el consumidor, desde su punto de vista individual, el precio de un bien es lo que a él le cuesta comprarlo; es costo. Su valor es el beneficio que le brinda o brindará ese mismo bien, a veces al adquirirlo o poseerlo, otras al consumirlo o usufructuarlo. Son conceptos separados, casi opuestos, casiantónimos. Él es incapaz de modificar el precio; en cambio el valor del bien sólo puede ser dado por él, ya sea comparando el costo del bien con su propio ingreso o con la necesidad que tenga de ese bien, o con una combinación de ambos.

En el aspecto social, cuando un país importa una mercancía el precio que paga por ella es todo costo; el país asume el rol de un benefactor colectivo. Si la necesidad de ella es alta, su valor (en este caso, valor social) será alto, independientemente del precio que se pague por ella. El Uruguay, país que no posee petróleo, tiene una necesidad imprescindible de él, lo que le da un valor alto, mayor de lo caro, o más caro, que pueda estar su precio. No sucede lo mismo con Venezuela; quizá para este país la necesidad de carne (su valor) sea mayor que en Uruguay, indiferentemente de sus precios.

De esa manera, como la necesidad del producto lo torna imprescindible (valor elevado), el ciclo indica que se asumirá su precio, aunque este sea alto. En cambio, si no existe necesidad de ella, su valor será bajo o nulo, independientemente de su precio. El costo de importación de una mercancía innecesaria, aunque sea bajo, es una pérdida absoluta: si en Uruguay no existe la necesidad de importar carne, ¿para qué se importaría? ¿Porque es más barata? La riqueza con forma de precio que se pagaría por ella se iría a otro país, para nunca más volver. En tanto que la carne que se posea (riqueza real) la desperdiciaría, ¡y con precio alto!.

El precepto es, entonces, que el valor de importación de una mercancía – su necesidad-es lo que mide el motivo de efectuarla: no lo hace su precio. Este sólo puede incidir cuando se comparan dos mercancías que satisfacen la misma necesidad objetiva y que, evidentemente, tengan diferente precio.

Pero en especial que no compitan con la producción nacional. Porque la necesidad no sólo existe para comprar un bien que nos hace falta, sino que también existe para vender el bien que hemos producido, para transformar su costo social en beneficio social.

Lo que se debe tener en cuenta con todo lo dicho, básicamente, es que la diferencia entre las naciones o entre las personas, al fin y al cabo, sólo está en el poder adquisitivo de cada una; está en la capacidad social de compra,. Ésta es una variable que se torna en definitoria. Si todos los habitantes de un país tienen un buen poder adquisitivo, queda a su criterio el qué, el cuánto y el dónde comprar. Queda entonces en una decisión individual y subjetiva de cada uno de su integrantes la resolución de su necesidad; es decir, de su valor. Si su capacidad adquisitiva es baja, pierden totalmente la posibilidad de elección: compran lo que pueden, cuanto pueden y donde pueden.

Como conclusión, el sentido económico social del valor de un bien está condicionado por el peso del poder adquisitivo de la población, más que por la necesidad que por él pueda tenerse. El orden del valor queda establecido así:

poder adquisitivo mayor que la necesidad de un bien, su necesidad mayor que su precio.

El dato que asegura un buen funcionamiento de la economía es que la población en general tenga, para decidir la compra de un bien, nada más que un valor subjetivo de la necesidad que de él se tiene. Para una sociedad, éste valor subjetivo puede asegurarse de dos maneras: si está integrada por individuos que reciben un ingreso alto, o porque esa sociedad permite ir disminuyendo las necesidades, hasta transformarlas en simples gustos o caprichos. El ciclo indica que lo mejor es que se den ambas posibilidades, conjunta y definitivamente.

Los neoliberales, cuando intentan ponerse del lado del consumidor, dicen que el valor de la necesidad es algo únicamente subjetivo y que, por lo tanto, no merece ser analizado. Sin embargo, para el ciclo el valor de un bien (que está dado por su necesidad) es el que empuja al benefactor a adquirirlo, sin importar la calidad de subjetivo u objetivo que posea ese valor.

La calidad propia de un producto o la calidad en que satisface una necesidad (el nivel de satisfacción que logra), también pesa en esa decisión e integra el valor, objetivo o subjetivo, de esa necesidad. Los capitalistas y el concepto deformado de calidad que ellos tienen lo incluyen en el precio. Es más, generalmente lo derivan de él: “algo más caro es algo mejor”. Desde las últimas décadas la calidad de una mercancía se atribuye en forma publicitaria, arbitraria, generalmente ficticia o no comprobada, y los costos de esa misma publicidad son incluidos en su precio de venta, aumentándolo. El propio consumidor paga el costo de la ilusión de calidad que le hacen tragar. El concepto de calidad se ató a una marca o grifa, y ella, generalmente, se la usa para dar un precio mayor que el justo.

Ellos dicen que el valor que tiene una mercancía para un consumidor es subjetivo. Es que no han podido rebatir la demostración ya antigua de que, en el capitalismo, el valor está dado por el costo social de producción: la cantidad de trabajo social –esfuerzo físico, esfuerzo mental, trabajo y conocimiento-contenida en él (más la característica que agregamos nosotros, de que esa cantidad de trabajo social se expresa en su costo de reposición) y el nivel de necesidad (social o individual) que existe por ese bien. Todas ellas no tienen nada de subjetivas. De esta manera oficializan y generalizan la falsa versión del vendedor, la que dice que valor y precio son lo mismo. Para el vendedor pueden ser sinónimos, para el comprador son ciertamente antónimos.

Otra incoherencia: mientras promueven que la necesidad de un bien es siempre subjetiva, los capitalistas saben que la posesión, o propiedad, de ese mismo bien no lo es. La noción de propiedad es una de sus banderas históricas (de la que bien se sirven); pero es una noción que (aparentemente y según su propia idea) no posee conjuntamente un sentido objetivo de necesidad. ¿Cuál es el motivo para mantener a toda costa esta incompatibilidad? Porque la única posibilidad que permite que sólo existan necesidades subjetivas, es la existencia de un alto poder adquisitivo a nivel social, masivo, general. O en todo caso (y que Dios no lo permita, dirían ellos) precios excesivamente bajos.

Si, como el ciclo económico promueve, el valor de la necesidad de una mercancía fuera dado únicamente por una decisión subjetiva (la necesidad de poseer un automóvil nuevo, por ejemplo, pero no un techo o un plato de comida, que serían necesidades objetivas), alcanzable especialmente mediante un buen poder adquisitivo general, necesariamente se produciría una venta masiva y su correspondiente alta producción, puesto que su precio sería alcanzable por el poder adquisitivo social. Y allí se les cumple uno de los sueños: el de poder manipular el precio a su antojo, acaparando unidades, bajando la producción, y otras trampas que tanto han utilizado.

Pero si ese automóvil tuviera un precio demasiado alto, la necesidad de él sería suplantada, en general, por otra. Quizá la de mandar a reparar el viejo automóvil: pero ésa es ya una decisión objetiva. Lo que le da el carácter de objetiva a la necesidad de compra de un automóvil nuevo deja de ser exclusivamente su precio, sino esa misma necesidad: ésta prevalece sobre aquél. Y esta posibilidad va en contra de los preceptos fundamentales del neoliberalismo, puesto que ella no permite a los empresarios la libertad de manipular el precio a su antojo. Decidieron entonces crear una “regla” que dice que la necesidad siempre es subjetiva: de que no existen las necesidades objetivas.

En cambio, para el ciclo económico esta particularidad es intrínseca a él, cuanto más valor tiene un bien es porque más necesidad de él hay, por lo que su producción tendrá que ser prioritaria. El valor, así como todo lo relacionado a la economía, se mira a través de los ojos del benefactor, y para él, el valor no sólo es algo separado y distinto al precio, sino que, en términos generales, es opuesto a él. Todo artículo o mercancía de mucho valor (cosa que comprende una necesidad real), tendrá un precio o una producción tal que pueda hacerlo accesible a todos. Esto es lo que exige el ciclo. Además y para posibilitarlo, también exige la existencia de un buen poder adquisitivo general. Y éste, ya de por sí, relativiza los precios.

Repetimos, Su orden queda establecido así: poder adquisitivo mayor que la necesidad de un bien, su necesidad mayor que su precio.

Estas aclaraciones se hacen necesarias para demostrar cuán equivocada es esa visión del comercio en general y del comercio exterior en particular, que tienen los economistas. El comercio exterior en el que interviene el indev -en el comercio del ciclo económico-, no se cumple aquello de que es más conveniente comprar más barato y vender más caro, como ley absoluta; para el indev es una situación relativa y no es ley. No importa para nada el precio de una mercancía que se necesita importar, sino su valor, que está dado por esa misma necesidad, esto es, si suple la falta de una materia prima o es una mercancía que no se puede producir “aquí”, de la que la población carece.

En la economía primitiva, los conceptos de caro o barato están atados al precio de venta, pues se los mira exclusivamente del lado del vendedor. El ciclo los liga no sólo al precio de una mercancía (su costo de compra) sino a la necesidad que de ella tiene el hombre y al poder adquisitivo que éste posea. No se puede incidir directamente en el valor de la necesidad (sólo el benefactor puede hacerlo y dárselo), pero sí podemos incidir en el precio de la mercancía que la satisface y en el propio poder de compra de la población.

Si en los preceptos básicos del neoliberalismo hubiera lugar para el reconocimiento de la existencia de la necesidad objetiva de una mercancía (por ejemplo la necesidad de un medicamento, un techo o un plato de comida), la única forma de aceptarlo sería, en sí mismo, un pecado capital al capital: se necesitarían controlar sus precios.

Como método para el análisis, siempre tomamos el punto de vista del benefactor, pues es el punto de vista de toda la sociedad, incluidos todos los productores. Naturalmente, ese método no nos inhibe de estudiar las relaciones económicas de los demás integrantes del ciclo. Por ejemplo, nuestra propuesta libera al productor de todo control para fijar los precios; cada productor resuelve por sí cuál ha de ser el beneficio que obtendrá por lo que produce. Y aún más, puesto que puede aumentar el precio de venta del bien que produce cuando lo mejora. Ahora bien, este aumento tiene un límite: es totalmente libre dentro de ciertos límites, tal como lo es el hombre mismo.

En el comercio exterior ya no es aplicable aquel concepto de carestía o baratura de una mercancía. No existe la forma de calcular su calidad de “caro” si lo que se vende (o lo que se da como pago de una importación) es riqueza, y si lo que se obtiene a cambio no lo es.

Lo que realmente importa es si se podrá o no reponer la riqueza extraída para la producción y la venta, o si la mercancía comprada suple o no una necesidad. Lo valedero es si ambas permiten o no el cierre del ciclo que en que interfieren directa o indirectamente. Esa definición de la conveniencia de vender más caro, sólo es cierta cuando se exporta una mercancía ya terminada, pronta para el consumo o el usufructo, y si lo que se obtiene a cambio de ella es otra mercancía que se necesita (más atrás, en otro apartado, dimos la relación de la moneda del ciclo, el indev, con las monedas extranjeras), además de que se cumpla que su materia prima principal sea fácilmente reponible. Esa definición de conveniencia de comprar más barato solamente es cierta cuando se importa materia prima o insumos o mercancías que suplen una falta real y efectiva, una necesidad, que es lo que la hace valiosa para esta economía. Para el ciclo económico no hay nada más caro que una mercancía importada que compite con una nacional, y que por tanto, no suple ninguna necesidad. Para el ciclo económico no hay peor negocio que la exportación de aquella materia prima que hace falta en el propio país, de la que hay necesidad.

La fastidiosamente repetida idea de la competitividad tiene sentido solamente a nivel interno. Y aún así, la economía del indev hace accesibles al benefactor los préstamos para la adquisición de esas mercancías “caras” y, a su vez, facilita préstamos a los productores interesados para que creen nuevas producciones que compitan con ellas. Esto es, aquella mercancía que tiene un alto costo social de producción no sufrirá bajas artificiales de precios, recibiendo sus productores un precio justo por ellas. En tanto que aquellas mercancías que tienen un precio artificialmente alto por falta de competencia, disfrutarán de esa posibilidad durante un tiempo muy limitado, pues será posible, sin dilaciones, la incentivación de la creación de mercancías competidoras.

En cuanto a la “competitividad” internacional, ya vimos que no existe. Porque si mi ahijado vende huevos caseros, y yo sé cómo alimenta a sus gallinas, indudablemente se los compraré a él, aunque salgan más caros. Por muchas razones. ¿Por qué correr con el riesgo y con el gasto de transportarlos desde el mercado hasta mi casa, si los tengo al lado? No agreguemos la inmoralidad para con mi familia –eso no pesa para el homo economicus del neoliberalismo-que significaría comprarlos en otro lado por el simple hecho de que son más baratos. Por supuesto que depende de mi propio poder adquisitivo, de mi propio poder de consumo. Y “lo que en el gobierno de toda familia particular constituye prudencia, difícilmente puede ser insensatez en el gobierno de un gran reino”. Al menos para la mía.

Es obvio que es más conveniente comprar más barato un mismo bien. Si en el kiosco de mi esquina los cigarrillos de mi marca salen más caros que en el kiosco de la otra esquina, no lo dudo, los compro allí, donde es más barato. Pero estamos hablando de un producto de un mismo origen, fabricado por la misma fábrica, por los mismos trabajadores, con las mismas características y que satisface la misma necesidad, gusto o capricho. Hablamos de una misma mercancía, que incluso hasta podría ser importada.

Aún en el capitalismo neoliberal, donde no importan las necesidades, lo que es “bueno” para el importador nacional de un bien cualquiera no lo es para el fabricante nacional de ese bien: contrariando a Friedman, podemos decir que cualquiera de nosotros sabe que lo que es bueno para alguien no lo es siempre para el país. Vemos también que los intereses del fabricante y del importador son intereses contrapuestos, a no ser que ellos sean la misma persona. Siempre estamos hablando sobre dos mercancías diferentes y nada de lo que es “bueno” para uno lo es para el otro. Entonces, ¿cuál de estos dos intereses contrapuestos es “bueno” para el país?

Cada país extrae materia prima de su riqueza natural y esa riqueza se aumenta y se repone mediante la actividad de sus trabajadores, que viven y consumen en él: es un producto nacional. Si el fin de esa producción es obtener ganancias, la obtención de lucros sin importar las necesidades (como lo es en el capitalismo), es mucho mejor que esas ganancias permanezcan, se queden y muevan dentro del “reino”. ¿Por qué insisten entonces en las “virtudes” de la importación competitiva? Porque, ya lo vimos, la obtención de beneficios por intermedio de la actividad legalmente reconocida, la que se alcanza a través de la producción, ha dejado de ser la fuente de beneficios más importante para el capitalista neoliberal: ahora es más importante la “actividad” que genera beneficios a través de la especulación.

El Estado es la unidad de un territorio, su gente, sus símbolos, sus instituciones... Entre estas últimas se encuentran los poderes políticos a los que, el Estado en su conjunto y en forma soberana, les da la potestad de administrarlo temporalmente, bajo ciertas condiciones y responsabilidades. El Estado nacional en su conjunto es quien elige o nombra sus administradores, llamados gobernantes. Por lo tanto hay una relación jerárquica entre ellos, con uno por encima del otro. El Estado es permanente, el gobierno transitorio. Los acólitos del neoliberalismo intentan confundir estos dos conceptos. Para ellos se hace necesario limitar la acción del Estado, con el objeto de disminuir el poder, la influencia, que ejercen las instituciones nacionales sobre la actividad económica individual que ellos practican, que siempre busca el lucro sin importar los medios. No obstante, mientras las pérdidas económicas que esa actividad genera deben ser públicas, los beneficios que logre deben ser privados. Para ocultar esta inmoralidad –sino delito- se hace necesario que el gobierno, cómplice real de ese atentado, quede oculto tras la mampara del Estado. Así, como responsables quedamos todos, no el gobierno. A esa mampara protectora de los capitalistas se le suma otra: las políticas económico-financieras (especialmente la monetaria) que son dictadas por intermedio y a través de ciertos organismos internacionales, como el FMI o el BM, y no directamente por ellos. Pero estos son otros gallos.

Pongamos un ejemplo actual y capitalista, no de “nuestra” economía. El costo de importación de un par de zapatos chinos es de 300, al que, al agregársele los demás costos, tiene un costo de compra final de 600. Un par de zapatos nacionales tiene un costo de producción de 500, con un precio de venta final de 800 o mayor. Según Friedman y sus seguidores no hay que dudar en comprar los zapatos chinos, porque 600 es menor que 800. Pero esto es falso. Es maliciosamente falso o es una conclusión que borra la seriedad de quien la afirma.

 El dinero con que se compran los zapatos nacionales, esos 800, en su totalidad, quedarán en este “reino”, en tanto que los 300 que se pagaron por la importación de los zapatos chinos nunca más volverán. Con la fabricación nacional de mercado, por más costosa que esta sea, nada se pierde y siempre se ahorra algo. Con la importación, por más barata que sea, todo su costo de importación se pierde, definitivamente. No puede ser que haya gente que crea, razonablemente, que perder dinero sea mejor que no perderlo. Y menos aún si esa persona es un capitalista.

Sabemos que Friedman y sus seguidores gritarán: ¡se beneficia el consumidor! Ni siquiera en el capitalismo eso es cierto, porque toda especulación siempre perjudica al consumidor, pues este es un habitante que obtiene su salario trabajando en su país, no en el país que le vendió esa mercancía. Para el ciclo esa frase es definitivamente falsa: el benefactor pierde poder adquisitivo mediante una importación que compita con la nacional, puesto que su moneda no es beneficiada por esa importación: quizá no pierda, pero definitivamente no gana.

No es lo mismo para el conjunto de la población, para la economía, el ahorro verdadero que los gastos irrecuperables. No es lo mismo la pérdida definitiva que los precios altos.

El dogma de los beneficios individuales inmediatos –de dudoso balance final- no puede ser más fuerte que la realidad de los ahorros y beneficios sociales a un plazo más largo, fácilmente demostrables. La economía únicamente depende del poder adquisitivo de la población. Los precios altos son secundarios cuando el poder adquisitivo es bueno.

La enorme cantidad de fábricas cerradas (y otros muchos medios de producción) en nuestros países se deben a que sus propietarios se pasaron de la producción a la especulación, incentivada por las ganancias fáciles, y sustentada por las políticas neoliberales. Y esto no se debe a que obtuvieran más beneficios importando que produciendo –aunque para algunos fue así-sino porque el lucro especulativo es más directo, más manejable y no paga impuestos. Mientras es fácilmente calculable el dinero definitivamente perdido por el pago de la importaciones realizadas, es imposible calcular el costo social que ha tenido este cambio de “actividad”. Lo que favoreció a las “familias” de ellos no favoreció al “reino”, concluyentemente.

Uruguay importó en el año 2000 más de 530,1 millones de dólares en petróleo crudo y derivados. Gasto que puede considerarse indispensable, imprescindible, ineludible para el funcionamiento de toda la economía del país. Pero todo ese dinero se “quemó”; se hizo humo en todo sentido, a pesar de la necesidad imperiosa que obliga a esa importación. Se fue del país para nunca más volver. Si se hubiera invertido una parte de esa suma en la producción de biocombustibles –derivados de oleaginosas, por ejemplo-no sólo no hubiera desaparecido, sino que se hubiera distribuido entre toda la población del país, dentro del “mercado” interno. Es más, si en vez de esa, la cifra invertida fuera el triple, el cuádruple, incluso diez veces mayor, el Uruguay no sólo no hubiera perdido un centavo, sino que hubiera ahorrado esos mismos 530,1 millones de dólares que “quemó” definitivamente.

La propuesta que estamos describiendo dice por sí sola de la importancia fundamental que en la definición de la riqueza nacional tienen las materias primas. Pero en el capitalismo los exportadores de ellas no controlan ni manejan su precio. Los países ricos no tiene la capacidad material de producir materias primas en la cantidad, la calidad y el precio que exigen su producción y su comercialización. Para equiparar esas características con la producida en los países pobres, ellos deben bajar artificialmente los precios de sus propias materias primas, y de las de todos. Lo hacen a través de las subvenciones. Así matan dos pájaros de un solo tiro: bajan artificial y definitivamente los precios de las producidas en los países pobres y bajan artificial y momentáneamente las propias, posponiendo el pago de su costo real. En definitiva, sus materias primas tienen, para los gobiernos de esos países y para los habitantes de los países pobres, un costo altísimo, puesto que estos no pueden “competir” igualitariamente con productos subvencionados. Los únicos favorecidos son los productores de materias primas de los países ricos. Estos países, a diferencia de los pobres, le dan un valor a las materias primas mucho más aproximado al real (esto es, al valor que les damos en esta misma propuesta), pues han sabido siempre que ellas de por sí solas son y representan riqueza y que sólo desde ellas es posible generar una nueva.

Además, lo reafirmamos, la exportación de materias primas no es más que una exportación de extracción, con poca o ninguna mano de obra, no son productos creados por el trabajo, no tienen lo que se llama valor agregado, sino que son la venta lisa y llana de la riqueza, a precios muy por debajo de su valor, esto es, más bajos que la satisfacción incumplida de una necesidad cierta de su propia población. Ese valor es mucho más alto que el que se obtiene a cambio de la exportación de tal materia prima. Estaba dicho.

¿Entonces, cuál es el objeto de exportar? Aún en el capitalismo, es el obtener a cambio del trabajo y de la riqueza nacional un montón de papeles impresos en el extranjero. Es dar oro por baratijas, es dar carne por buzones. ¿Para qué precisamos ese montón de papeles, esas baratijas, esos buzones? Para pagar con ellos la importación de los productos manufacturados que se derivaron de esa misma riqueza que nosotros exportamos y que ellos transformaron en productos con valor agregado. Y, su peor uso, para pagar la deuda externa que fue generada por ese mismo motivo de obtener un montón de papeles, baratijas y buzones, que sus dueños nos hacen creer que son “imprescindibles” para mover la economía.

Si nos preocupáramos por mirar un poco la realidad y no los equivocados intereses de esos extranjeros o de los compatriotas que nos venden –en todo sentido- nuestras riquezas, si pensáramos en la implantación de lo que se está proponiendo en estas páginas, no tendríamos “las restricciones sobre lo que podemos comprar y vender, a quiénes podemos comprar y a quiénes podemos vender y en qué condiciones, a quiénes podemos dar empleo y para quiénes podemos trabajar, dónde podemos residir, y qué podemos comer y beber”, puesto que tendríamos el dinero verdadero en cantidad suficiente como para decidir hacerlo por nosotros mismos, sin andar “quemándolo” en baratijas y buzones. Estamos hablando del indev.

 Es indudablemente cierto que el enemigo “está en nosotros mismos”, puesto que no miramos lo que nuestros propios ojos ven, sino el espejismo que ellos –los neoliberales- quieren que “veamos”. La lógica de los vendedores es la ilógica de los compradores, son intereses contrapuestos. La lógica de los neoliberales es la lógica contraria al ciclo económico.

Ningún país se enriquece exportando. Un país se enriquece produciendo riqueza, no dinero, y distribuyéndola entre los que en verdad la generaron. Un país se enriquece produciendo, no cambiando la producción por dinero, que no representa ni vale nada, y aún menos si ese dinero es una moneda que el propio país no puede manejar, dirigir, conducir.

Esta propuesta nos enseña que todo país es poseedor de una riqueza incalculable por el sólo hecho de existir, y que así puede contar con todo el dinero que representa y mide esa, su riqueza, para disfrute de la totalidad de su población.

 

 

 


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