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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

DINERO, MALDITO DINERO

¿Qué es la moneda, el dinero, según los criterios actuales, los neoliberales especialmente?

Cualquier mercancía que sea aceptada ampliamente en una sociedad como medio de pago y medida de valor de los bienes y servicios. Como medio de pago, el dinero es el objeto que se transfiere entre las partes cuando se efectúa un pago. En tal sentido sirve como medio de intercambio, función esencial en la economía de todas las sociedades, salvo las más primitivas, donde las transacciones se efectúan mediante el trueque.

El dinero sirve también como unidad de cuenta, lo que supone la existencia de un sistema abstracto a través del cual se mide el valor de los bienes y servicios. Un sistema de medida del valor es prácticamente una precondición para fijar el valor relativo entre las diversas mercancías y para efectuar las complejas transacciones que se producen en una sociedad moderna. A través del mismo se fijan los precios de cada uno de los bienes y servicios y se pueden realizar los intercambios entre los agentes que concurren a la producción y el consumo.

Buena parte del dinero que existe en las economías modernas está constituido por papel moneda, billetes emitidos por los bancos que tienen amplia aceptación y circulación y que resultan, además de medios de pago, parte de los activos que posee el público.

La aparición del dinero es un hito importante en el desenvolvimiento de las sociedades humanas. En épocas anteriores, cuando los recursos y la división del trabajo estaban poco desarrollados, el intercambio se realizaba mediante el trueque directo de una mercancía por otra. Para que éste pueda funcionar es preciso que exista una coincidencia de necesidades entre las partes que concurren a una transacción: si A deseaba comerciar con B, debía poseer algo que B quisiera y éste debía poseer algo que A también quisiera y, además, en unas cantidades y en el momento en que ambos estuviesen dispuestos a la negociación. La necesidad de que existiesen todas estas condiciones dificultaba notablemente los intercambios. Por consiguiente, surgió históricamente la conveniencia de que existiese una mercancía intermedia, que fuera fácilmente reconocible y aceptable, y que funcionase como un patrón para medir el valor de los bienes a ser transados. El cambio se convirtió así en un proceso indirecto, mediado por la existencia del dinero.

Las primeras formas del dinero abarcaron desde piedras y conchas marinas hasta ganado y productos agrícolas. Pero estos bienes se necesitaban a veces para el uso, poseían escasa uniformidad o se desgastaban rápidamente. De allí que casi todos los pueblos conocidos pasaron a utilizar como dinero ciertos metales, los llamados metales preciosos, que tenían ventajas peculiares: eran atractivos y fácilmente distinguibles, no se alteraban y, además, por su propia escasez y su capacidad de dividirse, servían como útil patrón de medida del valor. El oro y la plata, primero en forma poco elaborada y luego convertidos en piezas de metal trabajadas, pasaron a ser empleados entonces como monedas. Las monedas así acuñadas fueron reemplazadas, ya en tiempos modernos, por los actuales billetes de banco, que son promesas de pago y que ya no tienen siquiera la convertibilidad en oro que poseyeron en otras épocas. Ello expresa su cualidad de ser símbolos del valor, equivalentes abstractos del mismo.

Ésta es una de las tantas definiciones de dinero que andan por ahí. Pero fue elegida porque es bastante clara, concisa y abarcadora, y porque no utiliza definiciones demasiado técnicas o complicadas.

Nos basaremos en esa misma definición para precisar al indev, repitiendo alguno de sus párrafos para evitar su relectura.

Y desde el mismo principio empezamos mal. El indev no es una mercancía más. Ni siquiera es un mercancía, no está a la venta ni es un producto humano con el fin de ser consumido con el objeto de satisfacer un gusto o una necesidad por sí mismo. Una mercancía es un objeto que, al poseerlo, satisface directamente una necesidad humana cualquiera y que, a su vez, es un objeto de venta. La tenencia del dinero, por sí sola, no satisface más que la necesidad fetichista de poseerlo. El dinero no se come, no abriga, no sana, no enseña. Su posesión representa la posibilidad futura de comer, abrigarse, sanarse y aprender, esto es, de adquirir por su intermedio las mercancías o servicios que satisfacen esas necesidades. Pero no más.

Porque si fuera “mercancía” no podría ser utilizado como patrón de medida de otras mercancías. Y eso es lo que debe ser. No podemos saber cuánto hay de leche en una jarra comparándola con un vaso, por más que éste también tenga leche, y de la misma vaca, sino que necesitamos compararla con un patrón útil para ello, como lo es el litro. Las mercancías, por definición, cambian de valor continuamente, casi siempre suben y pocas veces bajan, son requeridas y rechazadas, a veces hay abundancia y otras escasez, y también por definición un patrón de medida y comparación no puede sufrir estas variaciones: debe ser fijo. En mi casa y en mi barrio, al menos, un litro debe ser siempre mil centímetros cúbicos, un metro siempre cien centímetros, sin importar el volumen o el tamaño de lo que estemos midiendo. Por este simple motivo la moneda no puede ser considerada una mercancía. Un patrón de medida y comparación no puede tener más que un valor único, invariable, fijo. Se es patrón o se es mercancía; el indev es un patrón de medida y comparación, no mercancía.

Pensemos en un patrón de medidas muy común, el gramo, o elkilogramo, que es su forma más utilizada. Él no es una mercancía ni es un bien en el sentido económico preciso de la palabra. Si por el contrario imaginamos por un instante que fuera variable, rechazable, escaso, en fin, que tuviera todas las “virtudes” de una mercancía, sería incapaz así de cumplir con su función de patrón. Por lo tanto, sería inútil como la rueda cuadrada, no tendría valor alguno para la humanidad. Queda claro.

¿Realmente queda claro? No estemos tan seguros, porque existieron siempre y siempre existirán, en cualquier parte, sin duda alguna, personajes que digan: “No estaría mal que, cuando yo compre mercancías en kilogramos, mi balanza marque 800 gramos y cuando las venda marque 1200 gramos, sin necesidad de agregarle arena”. No lo dudemos, siempre existieron y existirán especuladores. Pasaría lo mismo con el litro, el metro y con todos los patrones de medida, siempre que fueran elásticos o comprimibles, siempre que sean utilizados en alguna situación que pueda favorecer a alguien. Tal favor sólo se alcanza de una única forma: perjudicando a otro “alguien”. Justamente este ejemplo demuestra el por qué se ha utilizado y definido siempre el dinero como una mercancía y no como un sistema de medida y comparación. Nos enseña que esa incierta definición, o mejor, esa indefinición cierta del dinero es la que permite la especulación: la toma de ganancias mediante el perjuicio. Para evitar eso el indev no es ni debe ser nunca una mercancía y ser realmente un patrón.

Utilizando como forma la definición antes dada de dinero diremos entonces que, el indev debe representar y poseer un valor especial, rígido, que sea aceptado ampliamente en la sociedad como medio de pago y patrón de medida del valor de los bienes y servicios. Como medio de cobro o pago, el indev es el objeto que se transfiere entre las partes cuando se efectúa un pago o un cobro.

Se dice por la economía actual que el dinero sirve como medio de intercambio, función esencial en la economía de todas las sociedades, el indev también, pero lamentablemente agregan, salvo las más primitivas donde las transacciones se efectuaban mediante el trueque.

Grave contradicción. Por definición, el trueque es la forma de intercambio de mercancías sin la utilización del dinero. Pero si el dinero actual es una mercancía, cualquier transacción con cualquier moneda, sería un trueque. Se deduce así que no es necesario remontarse a las sociedades antiguas para reconocer la existencia viva del trueque y que, además, la sociedad actual forma parte de las sociedades primitivas. En realidad se debiera decir que el dinero no es una mercancía. Así realmente habría una sociedad “moderna” que no utilice el trueque.

¿Y por qué motivo el trueque es “antiguo”, despreciable? Para las teorías primitivas (el capitalismo principalmente) el trueque es así porque elimina el dinero, el antiguo dios, y eso va contra su teología. Cuando este es devaluado continuamente, por ejemplo, es cuando la población del país que sufre esa devaluación utiliza el trueque en su lugar, esto es, el trueque ha sido usado cuando el dinero pierde o no tiene valor. Hasta el momento no se ha demostrado que el canje sea un método de intercambio erróneo, injusto o inútil, a pesar de que –hay que reconocerlo- el uso del dinero lo hace más fácil. Es más, el trueque debiera ser alentado, porque es la manera más efectiva de evitar intermediarios y así bajar los costos de toda mercancía, que es una de las dos únicas tareas que comparte cualquier concepto de economía: la idea de “economizar”. Pero ocurre que para ellos el evitar intermediarios parece no ser un buen negocio, contrariamente a lo que asegura el indev. La intermediación para esta propuesta es una de las formas de la especulación, es la apropiación sin derechos de la riqueza creada por otros: sin generación de ella o de ellos.

La explicación cierta de la “antigüedad” o inutilidad del trueque es la enorme variabilidad, impuesta arbitrariamente, de los precios de todas las cosas, en todas las acepciones de la palabra “precio”, lo que complica, si no imposibilita, el trueque directo. El indev, por el contrario, lo facilita en el comercio interior, al mantener los precios constantes durante períodos, y lo exige en el comercio exterior.

Nos dicen que “el dinero sirve también como unidad de cuenta, lo que supone la existencia de un sistema abstracto a través del cual se mide el valor de los bienes y servicios”. Antes que nada debemos tener en cuenta que en el sistema actual el dinero no sirve para medir el valor de nada, ni siquiera el de sí mismo. Por lo tanto, ese tecnicismo lo que quiere decir es que el dinero de hoy puede ser modificado a voluntad, en valor y cantidad, según se les antoje a quienes tienen la potestad y el interés de hacerlo; exactamente lo contrario de lo que debe ser una unidad de medida. El dinero actual tiene un valor arbitrario (el patrón fiduciario, que le dicen) dado por un decreto aprobado por el gobierno o dictado por el mercado (¿?). Por lo tanto es una “unidad_no_unidad” o “unidad_sin_unidad”, realmente abstracta, irreal, sin ninguna intención de ser un sistema de medida. Nosotros decimos que el indev, por el contrario, cumple la función de unidad de cuenta, basándolo y basándose en un sistema de medida concreto, matemático, universal, a través del cual se miden los valores de los bienes creados por el hombre mediante su trabajo, los valores de ese mismo trabajo y de las riquezas naturales propiamente dichas. Su valor es fijo, obtenido una única vez y para siempre; no se modifica por decreto sino por el resultado económico real del país que lo aplique. Su base es una magnitud derivada de un cálculo sin intervinientes subjetivos.

Y esto es así porque, como contradictoriamente a sus “principios” dicen esos mismos técnicos, ”un sistema de medida del valor es prácticamente una precondición para fijar el valor de relación entre las diversas mercancías y para efectuar las complejas transacciones que se producen en una sociedad moderna. A través de tal sistema se fijan los precios de cada uno de los bienes y servicios, y se pueden realizar los intercambios entre los agentes que concurren a la producción y al consumo. Buena parte del dinero que existe en las economías modernas está constituido por papel moneda, billetes emitidos por el banco central que tienen amplia aceptación y circulación y que resultan, además de medios de pago, parte de los activos que posee el público”. Sin agregar más, esto es aplicable al indev.

Dicen ellos que “el dinero es una mercancía intermedia, fácilmente reconocible y aceptable, y que funciona como un patrón para medir el valor de los bienes a ser transados”. Recordemos que el indev no es una mercancía, ni principal, ni intermedia, ni secundaria, pero todo lo demás es también aplicable.

El párrafo sobre la historia del dinero desnuda muchas cosas. Descubre verdades. Entre las que describe, cuando se habla sobre los metales preciosos, se destaca una especialmente: la escasez.

“El concepto de escasez, en economía, no designa la falta absoluta de un bien, sino la relativa insuficiencia del mismo con respecto a las necesidades, deseos o requerimientos de los consumidores. Un bien escaso, por lo tanto, es aquel cuya abundancia o disponibilidad es limitada”, dicen los economistas. ¿Quiénes pueden establecer o definir esa condición de “abundancia o disponibilidad”? No lo dicen. No nos dicen que la posibilidad de que exista escasez o abundancia de un bien depende de quienes lo producen y/o de quienes lo poseen. Cuando hay escasez de una mercancía aparecen los acaparadores; mejor dicho, cuando aparecen los acaparadores hay escasez de mercancías, y así la cantidad de ese bien se concentra en pocas manos, necesidad primigenia y fundamental del capitalismo: porque así es como “nace” el capitalista.

“La escasez no designa la falta absoluta de un bien”, dicen, pues si eso sucediera no habría grupos de personas poseedoras de él mientras que a otros grupos les faltara, necesidad absoluta de la especulación, hija del acaparamiento y la acumulación. Es obvio que no hay posibilidad de negociar (sanamente o no) mercancías que no existen. Por eso ellos dicen que nunca puede haber escasez absoluta sino la relativa insuficiencia de una mercancía, para generar así la imprescindible necesidad de ser alcanzada por quienes les hace falta, sin que los necesitados tengan en cuenta el precio de ellas, que será ahora más alto, seguramente.

Dice equivocadamente Oscar Lange: ”El estudio de las formas de administrar los recursos escasos es el objeto de la ciencia económica”.

Es errónea esa afirmación porque el ciclo económico nos indica algo que ya dijo Frederic Bastiat: ”Puede suceder que en los Estados Unidos todo sea nominalmente más caro que en Polonia, y que sin embargo los hombres estén mejor provistos de todo; por donde se ve que lo que constituye la riqueza no es el precio absoluto de los productos, sino su abundancia”. Ésta no sólo es una de las metas de la economía del ciclo económico, sino uno de sus postulados fundamentales; no es un deseo voluntarista, sino que es un axioma básico que se deriva de la ley natural descubierta.

Por eso, parafraseando a Lange decimos: el estudio de las formas de aumentar los recursos escasos es el objeto de la ciencia económica.

Nosotros aseguramos que la economía definitiva y terminantemente, no es “una ciencia que estudia las relaciones entre fines y medios escasos, susceptibles de usos alternativos”, como dijo lord Lionnel C. Robbins. Decimos que la economía debe estudiar la manera de tener como fin la abundancia de un medio escaso; y si no puede hacerlo, la obligación de encontrar medios alternativos. Esto mismo es lo que el ciclo exige que se cumpla. Para todas las cosas existentes: incluso para el propio indev.

El dinero de hoy, tal como lo conocemos, es y debe ser necesariamente una mercancía en propiedad de unos pocos, esto es, escasa. Nació con forma y contenido de mercancía porque era físicamente una mercancía: el oro o la plata, según el caso. La moneda fue en una época una mercancía, pero desde el tercer tercio del siglo XX ya no lo es. El indev tampoco, puesto que esa característica ha sido un avance en su desarrollo. Que el dinero no sea una mercancía es una virtud, no un vicio; una mejora, no un defecto.

Antiguamente sólo tenían valor las monedas acuñadas por aristócratas y monarcas, siempre tentados a rebajar la acuñación reduciendo el contenido de metales preciosos. Para disfrazar esas particularidades se dio históricamente como excusa traída de los pelos que, por ser escaso el metal, la moneda de oro o plata mantiene su valor relativo: lo que mantenía su valor relativo no era la moneda, sino el metal que la conformaba. Lo que realmente debe ser escaso es el número de sus propietarios, no el metal en sí: ningún tesoro estuvo –ni por su condición exclusivista podría estarlo-en poder de la mayoría, nunca, por eso sus minoritarios poseedores le han dado tanto valor y lo han utilizado como “respaldo” del dinero. Su “valor relativo” se da de narices con la historia, llena de altibajos, del valor del oro o la plata, aunque confirma plenamente el carácter de mercancía del dinero con esas características. La historia de América –de Atahualpa, del Potosí, de Ouro Preto, etc.-nos enseña mucho más sobre el carácter de mercancía de la plata y el oro, sobre quiénes se apropiaron de ella y quiénes fueron sus definitivos “propietarios”. Nos enseña también sobre cómo, de qué manera y gracias a qué, fue posible edificar el capitalismo en Europa, ya que para lograrlo necesitó de ese “capital inicial”, sin necesidad de tener en cuenta la posterior nacionalidad de la acuñación final.

El indev tendrá un respaldo (entre otros), que no sólo no es escaso sino que es abundante y que cada día aumenta más: el hombre. Se respalda en el hombre y su actividad, su trabajo, su conocimiento, en fin, su capacidad transformadora y creadora, en su inagotable energía, y en los frutos de esa actividad.

La indefinición del dinero ha hecho que sea absolutamente necesaria la suba de precios y la disminución de costos. Nadie sabe nunca cuánto va a valer tal o cual cosa. Incluyendo el propio trabajo. Esa obligación, a esta altura auto impuesta e inacabable de los empresarios por vender mayor cantidad y a mayor precio, la posibilidad de que los metales preciosos perdieran la “necesaria” particularidad de la escasez–entre otras cosas que se detallarán-hizo que, ”en la época actual, el dinero pasara a ser promesa de pago y que ya no tiene siquiera la convertibilidad en oro”, como dice la definición. Los capitalistas multinacionales representados por el FMI y el BM no podrían manejar a voluntad un bien con un valor concreto, como el oro. La posibilidad, remota pero cierta, de que la mercancía llamada oro perdiera su relativa insuficiencia fue uno de los motivos, en tanto que la imposibilidad de producir a granel ese tipo de dinero basado en el valor de una mercancía con precio internacional y de producción internacional, perjudicaría la “libertad” y la propia existencia de dichos organismos internacionales de préstamo y sus correspondientes activos: las deudas eternas que con ellos se tienen. El oro no permitía la meta de expoliación que generó y posibilitó la creación de esos organismos.

Hoy se necesitan muchos compradores, pero compradores que no sean más que esto: consumidores que, imposibilitados de poseer en sus manos un billete que verdaderamente tenga un valor real, ni siquiera relativo, cuyo precio no podría ser manejado libremente por esos técnicos, debido al carácter de la cotización internacionalizada del oro y la plata. Los billetes respaldados por una mercancía con cotización dada internacionalmente obstaculizan, aunque no imposibilitan, la especulación en general, especialmente en los valores de las monedas. Por eso es que los billetes de hoy tienen la cualidad de ser símbolos del valor, equivalentes abstractos del mismo. Es decir, no son nada más que papel pintado y la mayoría de ellos sin siquiera valor estético.

En tanto el indev es en sí mismo un valor sin necesidad de equivalentes abstractos; él representa una cantidad concreta de riqueza, obtenida mediante un cálculo matemático.

El ciclo económico nos enseña claramente que ningún país necesita de capitales externos para posibilitar el desarrollo de su economía. No necesita en absoluto de ese tipo de inversión, ni del ahorro con ese objetivo. La propia sociedad que utiliza el sistema económico del ciclo, mide su riqueza mediante una moneda que le es propia. Y abundante. Que exige la no existencia de costos derivados por sus usos, porque es el propio uso de ella el que la aumenta. Cuanto más se usa más se respalda; cuanto más se utiliza más se valoriza.

La falta de capitales que sufre un país se debe, principalmente, por no considerar su propia riqueza como fuente de ellos. Sin embargo, los prestamistas saben bien que obtendrán los beneficios que esperan, mediantela inversión en la explotación de la riqueza de los países pobres. Éstos la tienen (siempre la han tenido) pero no la ven. Nunca la han visto; por propia ceguera o porque se la ocultan quienes tienen la intención de que no sea vista.

El ciclo económico no prohíbe ese tipo de inversión. Simplemente la hace inútil. ¿Para qué necesitan arena los saharauis, para qué nieve los esquimales? El ciclo nos indica que los llamados por la economía primitiva países pobres son los más ricos.

No obstante lo expuesto, podríamos repasar un poco de la historia vergonzante de la deuda externa.

Sobre ella no hay mucho más para decir. La contraen los gobiernos principalmente para beneficio de no se sabe quién –ellos no nos permiten saberlo- y para que la paguemos todos los demás, puesto que nos ponen a nosotros como garantía de ella.

Dice Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela: “cuando asumimos la presidencia, el pueblo de Venezuela debía 26.000 millones de dólares. Hasta el momento hemos pagado 20.000 millones y nuestra deuda continúa en los mismos 26.000 millones de cuando asumimos”. Más claro imposible.

Nuestros teóricos primitivos nos han hecho creer que nada es posible sin dinero, que nada es posible comenzar sin una inversión inicial, sin capital. No importa ni se tiene en cuenta cuán rico pueda ser un país, rico de esa riqueza que le es propia. Lo importante son las divisas con las que debe contar, que nunca son nuestras, que siempre son ajenas. Por eso es que nos hacen creer que la deuda es necesaria. En cambio los teóricos primitivos de los países ricos bien saben del valor de nuestras riquezas. Tanto como para aconsejar las inversiones en ellos.

En realidad, la deuda es una “exportación” de dineros (de los pobres) producida por la exportación de dineros (de los ricos), en ambos sentidos, y dónde sólo gana siempre una de las dos partes intervinientes. Las poblaciones de los países deudores les devuelven en forma de obsequio –por ello no es una exportación propiamente dicha-a los prestamistas de los países acreedores una cantidad mucho mayor de dinero que la que éstos les “cedieron” como “ayuda”.

Y nos han hecho creer que eso es necesario. ¿Tiene sentido importar melones con la condición de pagarlos con más melones? Esa incoherencia que tan claramente nos muestran los melones no la vemos con el dinero. Sin embargo es más fácil producir melones que divisas.

Unos países se empobrecen más siguiéndoles el cuento –a sus propios economistas-de que pueden mejorar sola y únicamente mediante el endeudamiento; otros se enriquecen más enseñándoles a esos economistas tales dogmas, y haciéndoles el cuento a los pobladores de que los ayudan. Unos “exportan” capital malbaratado por haberlo importado muy caro, los otros pueden exportarlo con grandes beneficios gracias a que pueden “producirlo” a voluntad o porque han podido “importarlo” antes, muy barato. Salir de este círculo diabólico es imposible mientras no se reconozca que no se necesita de ése dinero para iniciar cualquier actividad. Mucho menos si esos dineros son divisas que no pueden ser “producidas” por todos.

Para sus sostenedores, la deuda se explica por la relativa insuficiencia del capital que sufren nuestros países. No nos dicen, sin embargo, que esa insuficiencia es una condición imprescindible de la conformación del propio capital, definida por ellos mismos. No podemos tener capital porque nos imposibilitan producirlo, y nos dicen que no podemos producir si no tenemos capital.

Si el capital fuera un bien accesible para todos, contradiría totalmente uno de los mandamientos más sagrados: “un bien de oferta ilimitada no pasa a formar parte de los intercambios entre seres humanos; se considera entonces un bien libre o no económico”. Estas características son sólo propias del indev, la moneda del ciclo económico.

Imaginémonos por un instante que Uruguay y Argentina, países productores de carne, fueran dos de esos países que hacen creer a otros países que los “ayudan” mediante la entrega de una cantidad de esa mercancía realmente necesaria, aunque exigiéndoles como pago la devolución de más carne, en mayor cantidad de la que originalmente “cedieron como préstamo”. ¿Cuál sería la “ayuda”? Primero: si los países “deudores” fueran capaces de pagar esa “deuda” nunca hubieran necesitado de ella, más que para suplir una deficiencia momentánea, por lo que se suplantaría la “deuda” con una sencilla importación. O (mucho peor aún, redondamente) en un mal negocio, si se siguiera creyendo en la “necesidad” de endeudarse. Segundo: si son incapaces de devolverla, es de hipócritas exigirles el pago mediante la mercancía de que adolecen. Tanto los economistas de los países acreedores como los de los países deudores poseen esa virtuosa “imaginación”: a los países pobres (esos que ellos mismo dicen que tienen una relativa insuficiencia), les prestan dólares exigiéndoles más dólares a cambio, como si la “producción” de dólares fuera tan fácil en unos como lo es en los otros.

El dinero exportado por los países ricos no les representa para ellos ninguna pérdida o disminución de riqueza real. Para ellos no tiene costo, pues lo tienen en cantidad suficiente como para prestarlo. A lo sumo, si es que no lo tienen, su costo no es mayor que el del papel y la tinta con que se lo imprime (que generalmente es tinta negra sobre papel blanco, o una larga cadena electrónica de unos y ceros, es decir, no es dinero). En cambio, el dinero “reexportado” por los países pobres es de un costo inimaginable, inmedible, insufrible. Mientras unos países lo obtienen a partir de una simple orden de impresión, o la presión de una tecla, los demás países lo obtienen a partir del agotamiento de su tierra, del hambre y la sangre de su gente.

En la vida real, común y corriente, se crean tres tipos de deudas. Las representaremos para simplificarlas como una deuda entre dos personas cualesquiera, y sin que se mida ningún tipo de consideración extra, más que el valor monetario. Por ejemplo una deuda de 100 unidades o menos, es el tipo más común y que ambas partes, deudor y acreedor, saben que será pagada. El monto de ella hace que no tenga sentido no pagarla y que se permita el no cobrarla. La preocupación no existe para ninguno. Queda en manos de la responsabilidad moral del deudor el cancelarla o no.

El segundo tipo es aquella que, siendo su monto de una cantidad intermedia, digamos 1000 o 10.000 unidades, obliga siempre al deudor a pagarla, puesto que la garantía de su pago siempre es más alta que su valor nominal total. Si no se paga, el ganancioso, en última instancia, será el acreedor. La preocupación por saldarla se hace carne en el deudor.

El tercer tipo es aquella que su monto es tal, digamos un millón o más, que obliga al acreedor a aceptar cualquier solución que el deudor plantee para cancelarla. Si no se paga, o no se cobra, el deudor no es quien pierde. La preocupación por su cancelación la sufre únicamente el acreedor.

Este tipo de deuda, la tercera, es lo que ha llegado a ser la deuda externa. Ha crecido tanto que es imposible pagarla o cobrarla. Los gobernantes de los países deudores embargan lo que no poseen –lo que no es de ellos sino de propiedad social-con tal de aparentar su cancelación, y no hacen valer la situación ideal en la que se encuentran. ¿A cuál de las partes representan?

Con el indev nunca hay deuda de ningún tipo entre distintos países ni con particulares extranjeros. Una razón es porque ningún país que lo utilice necesita de inversionistas para que sus dineros les generen nuevos dividendos, que siempre son utilizados para reinvertir, invariablemente, en su único beneficio; dos, porque no existe la especulación, que es el motivo de ellas, y tres, no se necesita un capital inicial cuando éste ya existe en una cantidad tan abrumadora que vuelve inocua la inversión extranjera.

 

 


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