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LA NATURALEZA DE LA RIQUEZA
Teoría económica complementaria

 

Alberto C. Sigales

ASUNTOS PRELIMINARES

Hoy hay solamente dos sistemas económicos en pugna.

El socialismo, aún joven, sigue su camino de aciertos y errores, pero ha demostrado que sus objetivos alcanzables, realizables, los está alcanzando, realizando. Paso a paso, en repecho y contra vientos huracanados. Contra la crítica de los quietos, continúa andando. Va aprendiendo y está abierto a corregir errores y confirmar aciertos. Este escrito solamente le propone a él un punto de vista diferente, sin que por ello necesite renunciar a sus principios. Los mismos motivos, exactos, que nos empujan a analizar críticamente el capitalismo, nos evitan tener que estudiarlo.

Todo estudio crítico-económico actual que merezca esa definición debe estar entonces dedicado al capitalismo. Este es el sistema dominante por estos lados del mundo y es, a su vez, el que la realidad ha demostrado que no es “eficiente” ni es el mejor, como su “merchandising” quiere hacernos creer. Para sus seguidores, existe el enorme reto de manifestar sus “bondades” luchando contra la realidad –la cruda realidad- que demuestra continuamente dos cosas: la incapacidad del capitalismo de cumplir con lo que dice quiere cumplir, y la de sus feligreses, que intentan torcer esa realidad para adaptarla a los principios del sistema que defienden. Este que eligieron es un trabajo duro, difícil, peligroso. Pero se lo facilitan las posibilidades materiales que tienen de hacerlo, el apoyo logístico, el aparato burocrático montado con ese fin. Además cuentan y usan la fuerza como última “razón”.

La alimentación, la vivienda, la salud, la educación, el trabajo, necesidades materiales, básicas, e imprescindibles de la humanidad, no integraron nunca las categorías “fundamentales” del capitalismo. Después de la renuncia a continuar existiendo que hizo la Unión Soviética, único escollo con posibilidades de enfrentamiento similares que se interpuso al capitalismo, este vivió su momento de esplendor: dominó el mundo, salvo contadas y ejemplarizantes excepciones. Pero, como la vida lo demuestra, esas necesidades siguen existiendo y no hay competencias ni lucros ni ofertas ni mercados ni demandas capaces de eliminarlas. Nunca hubo ni habrá solución definitiva, en el capitalismo, para estas necesidades, a pesar de las “explicaciones” transitorias e incoherentes de sus economistas. En él, hay gente que comete delitos con el objeto de ir presos, como última posibilidad de obtener comida. Niños que mueren por enfermedades curables. Ancianos que duermen sin sueño a la intemperie. Naturaleza destruida irremediablemente. Una enorme cantidad de brazos y cerebros desperdiciados para la producción y el consumo, simplemente en aras de obtener más lucro y más ganancias para las minorías que ha beneficiado tal sistema económico (la crematística). Nada hay más contradictorio, más ilógico y más injusto.

Para los que no somos sus seguidores su crítica se nos hace más fácil. Apoyándonos en la ventana, señalando el exterior y diciendo: “Miren, observen, vean lo que nos ha dejado el capitalismo” ya nos alcanza para no tener que construir todo un edificio de demostraciones sobre lo falso de esas “bondades”. Además, contamos con la crítica científica previa y actual de otros hombres, mucho más capaces que nosotros, preclaros, que ya lo han descrito de manera suficientemente nítida, concisa, irrebatible. Por ambas razones, no necesitamos malgastar pólvora en chimangos, ni hacer llover sobre mojado.

Estas faltas graves del capitalismo nos han hecho interesarnos en la posibilidad de cumplir con una tarea determinada, específica. Esa labor no es fácil: encontrar un nuevo punto de vista económico que nos de la certeza de vivir mejor en un mundo mejor. Como se ve, no es poca cosa, aunque consideramos haberlo logrado. Este libro es el inicio de una zaga que convalidará esa nueva visión de la economía.

Nuestra intención objetiva no es analizar o criticar al capitalismo. Tampoco es reiterar conceptos ya demostrados (caso de la plusvalía, por ejemplo). Nosotros estamos haciendo conocer un nuevo punto de vista, una nueva forma de ver la economía, basándonos en el descubrimiento de una ley natural, que utilizamos como método. Con dicho descubrimiento hemos dejado de considerar los hecho sociales como hechos diferentes de los naturales.

Pero lo que en realidad nos resulta difícil es llegar a toda la gente a la que tenemos que llegar. No porque nos falten comprobaciones de lo que diremos, no porque nos falten cerebros o manos capaces de llevarlas a cabo, no porque necesitemos construir una teoría en la que apoyarnos. Todo lo contrario.

Nos resulta difícil llegar a la gente porque tenemos que vencer los obstáculos que los interesados en mantener las cosas como están nos colocan continuamente. Los medios de comunicación de masas, por ejemplo, son de su propiedad y esa característica hace que nuestro acceso a ellos esté vedado, o como mucho, filtrado, dejando pasar sólo lo que ellos quieren que pase.”Hoy, un país pertenece a quien controla los medios de comunicación”, dice Umberto Eco y nosotros lo compartimos.

El vencer los prejuicios y supersticiones arraigados en la gente, se nos torna un suplicio inacabable. La imposición de la ideología capitalista utiliza hoy valores “religiosos”, irracionales, ingresados por ósmosis desde la propia familia y aumentado por la educación toda, que nunca ha dejado de estar en sus manos. Se nos hace difícil el luchar contra la costumbre. Nos sucede como a Copérnico o Galileo que sabiendo tener la razón científica tuvieron que luchar contra la sinrazón mística, y el infundado miedo de la gente al “más allá”.

La demostración científica es definitiva para las mentes abiertas, inútil para las obtusas. Porque no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.

La fe en un dogma no admite contradicciones, ni pruebas, ni modificaciones. Si no puede contra la realidad, hará que ésta se “adapte” a sus requerimientos.

La historia de la Iglesia Católica está llena de “adaptaciones” de este tipo. De esa historia ellos tomaron ejemplo. Ante cualquier contradicción primero la niegan rotundamente, excomunión de por medio. Y si un “dios africano” se niega a desaparecer lo transforman en un “santo católico”, mimetizándolo entre los demás. Las fiestas “paganas” del solsticio de invierno estaban tan arraigadas en la población, que la Iglesia tuvo que modificar finalmente la fecha de nacimiento de Jesús para que coincidiera con ella... Miren hasta el punto que son capaces de llegar.

Otro camino que toman es “elevar” cualquier discusión a un plano metafísico tan alto, que nos impide conectarlo con la realidad. Les es conveniente, porque la realidad es una herramienta en la que nosotros nos apoyamos y con la que ellos no cuentan. Aparece entonces la discusión de la sexualidad de los ángeles, la invención de un lenguaje impenetrable, o simplemente la obligada imposición de aceptar lo que ellos dicen o atenernos a ser incluidos en el “eje del mal”. Usan otros caminos, y ninguno de ellos excluye a los demás.

Debemos ser conscientes de que poseen esas armas y que las utilizarán. Nosotros nos apoyamos en la verdad científica, pero no tenemos los elementos materiales que nos hacen falta para popularizarla. No utilizaremos la palabra vulgarizar; nos resulta despreciable. Por lo tanto, este es el trabajo que nos queda por hacer. Es nuestra intención hacerlo. Y para ello necesitamos y solicitamos el apoyo de quien entienda tal urgencia.

El estudio de la relación del hombre con la naturaleza –es decir, consigo mismo-se ha basado en la economía. Y ésta ha sido el soporte de toda ideología. Sus conclusiones, las de la economía, nos afectan a todos en todo sentido, porque ha sido la herramienta que creamos para “ver” tal relación, la cual engloba un sin fin de disciplinas científicas, como la sociología o la ecología, por dar sólo dos ejemplos. Si negamos de antemano –como lo hacen ellos-la existencia e incluso la forma de esa relación, no podremos estudiarla científicamente, esto es, por encima de la voluntad, las creencias o los intereses del hombre, sino que justamente estaremos viendo al hombre desde un punto de vista místico, “veremos” lo que queremos que se “vea”, lo que necesitamos que se “vea”, no lo que salta a la vista. Así ellos tratan de explicar, por ejemplo, que la naturaleza está al servicio del hombre, y no como lo indica la realidad, que él forma parte de ella y es, en sí, ella misma. En vez de hacer de la economía una ciencia la han convertido en una teología. Que se empiece a llamar ciencia es una de nuestras tareas: mostrar cuán de relacionado está el hombre, a través de su actividad vital –el trabajo y el consumo- con la “pachamama”, consigo mismo. Esto mismo es la economía, la cierta, la verificable, la que la humanidad implora.

Para lograrlo debemos responder a una pregunta fundamental; ¿la actividad vital del hombre es el trabajo o el consumo? ¿El hombre se alimenta, se abriga, se educa, se cura, mediante el consumo o mediante el trabajo? Ninguna de las dos separadamente, ambas conjuntamente. Nadie pude negar, usando la razón, esta verdad; sin embargo muchos –ya demasiados- no lo han hecho de esa manera. Hay un dicho popular, que por tal es sabio de toda sabiduría, que dice: “se trabaja para vivir, no se vive para trabajar”. Sin embargo hasta ahora todas las teorías económicas nos han hecho creer lo contrario. Por ejemplo, dice Engels: “La contradicción entre la producción social y la apropiación capitalista reviste la forma de antagonismo entre el proletariado y la burguesía”. Esta verdad indiscutible nos habla de las dos clases antagónicas que se generan en el estudio de la producción y la apropiación capitalista, pero nada nos dice de las clases que se conforman como consumidoras, que son las que fundamentan la existencia de la producción. ¿Acaso toda producción no tiene por meta el ser accedida por y accesible para el consumidor? ¿Qué le sucede a una empresa que produce y no vende, sea capitalista o socialista, o de un sistema aún inexistente? Entonces, si el consumidor es tan o más importante, si lo fundamental es “trabajar para vivir y no vivir para trabajar”, ¿cuál ha sido el motivo de estudiar, sí concienzudamente, sí abundantemente, las formas de la producción y sus consecuencias, pero olvidándose de las formas del consumo y su inocultable imprescindibilidad? Todos se han dedicado al estudio sobre quién puede obtener mejor poder adquisitivo, mayor cantidad de dinero, en fin, mejores medios de consumo, pero no estudian de dónde ha provenido ese dinero y cuál es la razón final de poseerlo: el dinero no tiene otro fin que el de satisfacer por su intermedio las necesidades del hombre, en su rol de consumidor. La teoría de Friedman habla mucho sobre el consumidor pero no dice nada; menos aún sobre la importancia de su papel en la economía.

¿Por qué las distintas teorías sociológicas “occidentales” dividen las clases o estamentos sociales según su poder de compra? ¿Cómo explican la división social en clase alta, clase media y clase baja? La explican según el ingreso, según la cantidad de dinero que pueden utilizar como medio de consumo. Y si quitamos a un lado por inservibles a los avaros y mezquinos que integran cualquiera de ellas ¿con qué objeto utilizaría cada una de esas “clases” ese dinero?

Esto ha sucedido porque la economía siempre pecó del mismo pecado: creer que la riqueza es sola y únicamente un producto del trabajo humano y que tiene por fin un beneficio representable en dinero, cuando el fin de la economía debe ser la satisfacción de todas las necesidades del hombre –las vitales y las otras- en su papel de consumidor, y que la producción humana, la que cumple el hombre en su otro papel, el de trabajador o productor, es sólo una de las distintas partes integrantes de la riqueza total que la humanidad puede acceder, crear y transformar, no sólo para beneficiarse monetariamente a través de ella, sino para alcanzar el bienestar individual y colectivo, y para que esa producción sea alcanzable a la mayor cantidad posible de hombres. Todos los hombres somos consumidores.

Debemos afirmar, enfáticamente, que cada hombre es un consumidor. Y lo es simultáneamente a productor; pero sólo si tiene la suerte de ser esto último... Sólo si tiene la posibilidad de poseer y mantener un empleo u otra forma autorizada de “ganarse la vida”. Pero aunque no tenga esa suerte, igualmente debe sobrevivir; alimentarse, abrigarse, cuidar su salud, etc. Y esto es consumo. El hombre adulto es consumidor antes de ser productor; más claro aún: es consumidor antes de ser hombre. Los niños son pura y exclusivamente consumidores. No obstante esta evidencia, las distintas economías –y las demás disciplinas sociales-estudian al hombre en su faceta productiva.

De todo esto se desprende que hubo y hay dos tipos de estudiosos de la economía, los que la estudian desde la realidad –los científicos-, y los que la hacen desde la metafísica –los místicos-. Es fácil diferenciarlos. Éstos son los que dicen “no hay leyes históricas inmutables que describan la evolución de los sistemas económicos y de las sociedades humanas”. Tal aseveración es, en sí misma, una falacia, un misticismo, puesto que, además de ser falsa en su contenido es falsa en su forma. Intentan imponer por “ley” la inexistencia de leyes. La interdependencia del hombre y la naturaleza es una ley inmutable. La producción de bienes nace desde lo natural, así como las necesidades primarias que ellos satisfacen, otra ley inmutable. El ordenamiento jurídico, que es la forma que se dá a sí mismo cualquier tipo de sistema económico, es una creación artificial, es un producto humano, no natural, parcial, incompleto. Está, por tanto sujeto a errores; es falible y mejorable: otra ley inmutable.

La observación de los principios de cualquier sistema económico anterior nos demuestra que todos han adolecido de ubicar en su verdadero lugar esa relación íntima del hombre con la naturaleza, a pesar de la necesidad material innegable de la obtención de sus recursos y su sustento únicamente por intermedio de ella. Y no sólo como productores, sino principalmente como consumidores, como ya se ha dicho. Nuestro descubrimiento afirma que los hechos sociales (estudiados mediante las llamadas ciencias sociales, tal como lo es la economía) no son diferentes de los hechos naturales: es más, dice que son hechos naturales. Todos los sistemas han sido abstractos, místicos, alejados de la realidad: en una palabra, primitivos. Así es como sus ideólogos se basan para afirmar la existencia de esa “ley”, que dice que no existen leyes universales para las disciplinas sociales, incluida la economía. Usan la misma lógica que usa la zorra de la conocida fábula de Esopo “La zorra y las uvas”...

Como está dicho más arriba no haremos que llueva sobre mojado: lo demostrado por otros, demostrado está. No tocaremos la “posición” de los economistas místicos más que como crítica a sus creencias o para contraponerla con la nuestra. En cambio, hemos estudiado profundamente las posiciones, a veces divergentes y otras muy divergentes, de los economistas científicos y hemos descubierto una importante cosa: olvidaron el estudio concreto de la naturaleza del dinero, de su por qué, su utilidad, su cometido, y principalmente de la función económico-social e incluso biológica, del consumo. Esta última simplemente la ignoraron.

A pesar de utilizar el método científico en la mayoría de sus estudios, continuaron utilizando la definición de moneda dada por los metafísicos, muy lejana en el tiempo, en las arcaicas épocas en que el hombre inventó el dinero, cuando toda la humanidad explicaba su propia existencia y su relación con la naturaleza desde un punto de vista mágico, bajo un orden divino creado por un “algo” suprahumano e indiscutible, “ser” al que se le atribuyó –como tantas otras cosas- la propia invención del dinero; ¡como si este no fuera un artilugio de exclusiva responsabilidad humana!. Los economistas científicos no lo fueron para nada en este tema.

Quienes estudiaron más profundamente el capitalismo (principalmente Carlos Marx y Federico Engels), no llegaron al fondo del estudio del dinero, a pesar de que este interviene directamente en todas las relaciones económicas del hombre: el propio objeto que estudiaban se los ocultó. Y no sólo ello, sino que además no contaron con los cambios que se produjeron durante el siglo XX, donde el dinero perdió todo respaldo material –dejó de ser una mercancía-y pasó a ser un ente abstracto, aunque siguió manteniendo la característica fundamental de ser un objeto con acceso exclusivo para un grupúsculo. Y es en esta “propiedad” en exclusiva sobre dicha “mercancía” que el capitalista basa su derecho sobre cualquier otro tipo de propiedad; incluso sobre la naturaleza y los frutos de ella, como por ejemplo, la propia humanidad.

En un principio nosotros tratamos de llegar al fondo del estudio del dinero, más como hipótesis inicial, como un punto de partida para su posterior estudio definitivo, que como una teoría acabada. Y lo hicimos. Pero las propias circunstancias derivadas de ese estudio (encontrarnos de pronto en una nebulosa, en un callejón sin salida) nos llevaron a la necesidad de construir, no ya una hipótesis, sino una teoría –la aquí propuesta-, con algunos pasos muy firmes dados en su concreción.

No decimos que ésta sea una teoría acabada, con el objeto de dejar una abertura posible a cualquier otro descubrimiento que, probablemente, pueda habérsenos escapado. Pero no tenemos duda de que, así como está, su contenido es suficiente. Trataremos entonces de mostrar y relatar, de la forma más sencilla posible, los pasos que fuimos dando, para que tenga un alcance amplio, abierto y general, sin que exista la necesidad de “intérpretes” de ella, que seguramente no profundizarán nunca en sus nuevos postulados, puesto que la mayoría de estos se contraponen con lo que hoy se “sabe y se enseña” sobre economía.

Porque mientras estudiábamos “bajo el microscopio” las propiedades del dinero y su función con lo que conocíamos como economía, había “algo” que no encajaba. Se nos ocurrió levantar un poco la mirada y descubrimos una enorme contradicción: la forma y el sentido en que la humanidad ha estudiado y ha visto el proceso de producción de bienes ha sido erróneo, a pesar de haber sido ése su único tema de estudio. Descubrimos que el orden en que tal proceso se ejecuta en la naturaleza no coincide con el orden impuesto por todas las teorías y leyes de la economía hasta ahora aplicadas; es más, nos saltó a la cara que este ciclo se conforma en un orden contrapuesto al común y equivocadamente aceptado. Esta nueva realidad y su análisis nos llevó, obligatoriamente, a aumentar el campo de estudio hasta alcanzar la totalidad de la economía, tal como hoy la conocemos, y notamos que ésta se contradice continuamente consigo misma –algo no novedoso- sino, especialmente, con el antedicho descubrimiento, lo que a su vez explica y demuestra las contradicciones internas del orden jurídico que ella crea y soporta. Desde allí se sacaron las conclusiones que se describen en la mayor parte de este escrito. Entre ellas una en especial, la que nos permite demostrar objetivamente la existencia real del antes declarado “imposible” crecimiento económico ilimitado.

Adelantemos otras tres de esas conclusiones:

 que cualquiera de esas otras y que, además, forma y conforma la principal actividad del hombre: es la etapa de reposición

 no se necesita, nunca, de un “capital inicial” para comenzar una actividad cualquiera, sino que éste ya existe previamente a ella en cantidad más que suficiente: la conjunción del objeto de esa actividad y la actividad misma es, de por sí, ese “capital”. Según sea cómo se lo tome, se lo use y se lo transforme, es que se generará un tipo diferente de resultado, positivo o negativo, beneficioso o perjudicial, principalmente, según se cumpla o no con la etapa de reposición

 la propiedad sobre los medios de producción no explica por sí sola la existencia de clases antagónicas, sino que la explica, principalmente, la “propiedad” sobre el dinero (entiéndase como posibilidad de acceso a él) y cualquiera de las demás otras formas que su condición admite; es el único medio de consumo que existe en la actualidad.

Dice el Dr. Juan Carlos Martínez Coll sobre una organización social aún no alcanzada: “Muchos confiamos en que ese sistema futuro satisfaga nuestros más íntimos anhelos de solidaridad, cooperación y equidad, que permita la desaparición del hambre, la miseria y la marginación y que todo ello sea compatible con el respeto a los derechos humanos y el impulso a la creatividad individual“. Le faltó agregar la necesidad de una libertad absoluta, de una independencia definitiva y de una democracia verdadera, para que sus palabras se acerquen un poco más a lo que estamos proponiendo. Porque sabemos que hemos hallado ese sistema.

Como a los hombres nos encanta poner etiquetas a todo, se podría caracterizar a esta teoría como pre-socialista o post-capitalista. Pero como en realidad ambos nominativos con sus respectivos prefijos “distanciarían” nuestra teoría de ambas, de una similar manera -pues sería “intermedia” a esos dos sistemas-, le dimos la calificación de “complementaria”: complementaria a y complementaria de ambos sistemas, que, como dijimos al comienzo, son los únicos que hoy existen. No obstante, tiene ciertas particularidades básicas propias que la diferencian notoriamente de ambas.

La particularidad diferencial esencial es que basa todos sus preceptos en un hallazgo, en un descubrimiento, que lo utiliza como una hipótesis, como un fundamento, como una verdad inicial de valor universal. Lo usa como método de estudio. No adapta ese hallazgo a las teorías antedichas, sino que construye otra estructura teórica a partir de él; es una teoría original derivada de tal descubrimiento.

Sentimos la obligación de explicitar, de la manera más clara posible, que esta teoría no es, definitivamente, la tristemente famosa “tercera vía”. Quizá sea más aproximado ubicarla en lo que Rodney Arismendi llamó como democracia avanzada o avanzar en democracia, aunque es bastante más que ello. Quizá, sin falsas modestias, esta sea la “otra vía”, la que se diferencia totalmente de las demás. Al comienzo dijimos que sólo hay dos sistemaseconómicos en pugna. Éste que estamos proponiendo puede ser considerado, inicialmente, como un tercero. Pero cuando se lo comprenda a cabalidad se verá que es otro, porque posee un conjunto de tesis, principios y preceptos derivados, verificables, que aquellos ni siquiera consideran.

Y así, pues, si no se llega a profundizar concienzudamente en sus principios, en sus postulados y las conclusiones que se derivan de ellos; si no se llega a entenderlos cabalmente, podrá tener enemigos de ambos “lados”. Por el contrario, si se estudia con atención y se proyectan sus posibilidades, sabemos que esta propuesta contará con muchos que la respaldarán, sin importar la “ideología” de origen que ostenten. Podemos decir que no hubo teoría que aplicara más cristianismo en sus fundamentos, más justicia social en sus principios, y mayor libertad en su aplicación que la que estamos proponiendo.

Las conclusiones a que se arriban por su intermedio son asombrosas. Porque se contrapone y elimina una enorme cantidad de conceptos anteriores.

Los que no la entiendan –o crean que no es útil para sus propios intereses-nos tildarán de herejes por proponer e impulsar mediante las palabras de este escrito un cambio radical del concepto de dinero, ese antiguo dios.

Esos pocos nos dirán que no tiene fundamento la demostración del descubrimiento del verdadero orden del ciclo económico y de que, por lo tanto, los anteriores órdenes son falsos.

Nos dirán que es acientífica la confirmación empírica plena, aditiva a las ya conocidas, pero diferente, una demostración cabal que se suma a ellas, de que toda teoría económica basada, mantenida y soportada en la existencia de clases antagónicas es antinatural e injusta.

Nos dirán que es indemostrable la confirmación de que la existencia de clases antagónicas y su lucha está apoyada en la propiedad relegante y excluyente sobre el dinero, el único medio de consumo que el hombre inventó, y que de esa forma las propias clases son artificiales, un invento humano.

Nos dirán que es de locos afirmar y confirmar que el bienestar general depende únicamente del poder adquisitivo de la totalidad de los seres humanos, sin distinciones de ningún tipo, y que ése es el dato clave que hace funcionar la economía.

Nos dirán que se opone a la evolución toda teoría, como ésta, que confirme que no es el más fuerte sino el más apto el que sobrevive, como en verdad lo demostró Darwin.

Nos dirán que es irracional el aseverar que la relación de los hombres con la naturaleza y entre sí no se conforma de jerarquías sino de igualdades, tanto en derechos como en responsabilidades.

Nos dirán que es ineficiente porque no permite la especulación, la apropiación de riqueza de otros mediante el perjuicio y sin la posibilidad de justificarla, que es el fundamento de la explotación del hombre -y de la naturaleza- por el hombre mismo.

Nos dirán que se opone a la democracia la desaparición del dominio y predominio que una minoría menor que la más pequeña ejerce sobre la enorme mayoría.

Nos dirán que se opone a la libertad esta nueva demostración –aditiva a las anteriores- de que la libertad no se obtiene comprándola, sino que es uno de los derechos humanos más elementales, sin la cual nada es económicamente posible.

Pero por sobre todo, por encima de todos estos pataleos infantiles, estará la “seria” acusación de que somos terroristas, sediciosos o guerrilleros. Oponerse al orden establecido siempre conlleva esa acusación. Le pasó a Simón, a Artigas, a Washington, a Zapata, a Gandhi, al Che... Para nosotros el ser incluidos en esa lista sería un honor, inmerecido. Será algo así como aquel “gordo” que una vez recibió Jorge Lanata, que en vez de ridiculizarlo lo enalteció.

Se nos acusará de todo esto y más porque lo más importante, lo esencial que supone la aplicación de esta teoría, es la posibilidad cierta de alcanzar la independencia económica definitiva, que es su mejor logro. Y esto es muy riesgoso para el “establishment”, porque sus integrantes conocen que conjuntamente con ella vienen la independencia económica, la política, la tecnológica, la cultural...

Hablamos de independencia en su real sentido etimológico: no depender, ser autónomos, ser autosuficientes. Y que esto no quiere decir, absolutamente, despreciar las relaciones internacionales.

La profunda comprensión de las nociones, principios y objetivos que describiremos en los siguientes apartados, creará un puente entre ambos lados del abismo que separa la dependencia total de la emancipación definitiva.

Esta teoría está cimentada en cuatro columnas: una, en que el trabajo no es una mercancía; dos, en que el dinero tampoco es mercancía; tres, en el ciclo económico natural; y cuatro, en que la última etapa del ciclo es una etapa de reposición.

Habrá oposición a ella. No será tarea fácil. Pero no sólo debemos hacerla conocer sino lograrlo.

Trataremos de explicarla, también, de una manera popular, accesible, clara, corriendo el riesgo -preasumido-de ser reiterativos. Es más, seremos reiterativos. Porque hemos tenido la experiencia de que a muchas personas de diferentes niveles les ha resultado difícil desentrañarla. Han pasado por una etapa de incredulidad, otra de dudas y otra de fervor.

Utilizaremos, en lo posible, las escasas herramientas que poseemos, siempre, para eliminar todas las dudas. Las siguientes páginas quieren ser, entonces, comprensibles para todos. Ojalá podamos.

 


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