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LAS FLECHAS

NUEVO ANÁLISIS DEL TIEMPO

El tiempo futuro

En la economía instintiva
Cualquier animal adulto sabe por experiencia que sus expectativas de conseguir algo en el futuro pueden verse defraudadas. Los animales, por tanto, prefieren instintivamente lo presente a lo futuro. Los etólogos que estudian el comportamiento animal han observado en numerosas ocasiones que los animales prefieren el consumo presente al consumo futuro y que solo almacenan y acumulan cuando tienen totalmente cubiertas sus necesidades presentes.

En la economía tradicional
La experiencia, sin embargo, puede enseñarnos que en ciertas circunstancias la renuncia a un objeto presente permitirá que en el futuro se obtenga un objeto de mayor valor. Una base fundamental de la economía tradicional, que marca la diferencia entre las bandas de cazadores recolectores y las manadas de animales, es que los adultos enseñan a los jóvenes comportamientos de renuncia a valores presentes para obtener mayores valores en el futuro. El tosco tallado de una piedra para obtener un instrumento implica una renuncia presente (a tiempo y energía) con vistas a ganancias futuras.

En la economía política
Las sociedades neolíticas se distinguen de las paleolíticas en que aparecen formas de coacción que estimulan a la renuncia presente con vistas a ganancias futuras. Los derechos y el ordenamiento jurídico implican que se puede coaccionar a una persona obligándola bajo amenaza de sanción a entregar un objeto económico (tiempo, energía, información, derecho). La posibilidad de coacción modifica las estimaciones de valor. Esto su pone un estímulo para la inversión en dos sentidos, en sentido negativo (inversión forzada) y en sentido positivo (inversión garantizada).

En la economía financiera
En la actualidad disponemos de instrumentos de medición que realizan estimaciones cuantitativas precisas de la diferencia en la valoración presente y futura de un objeto. Esa posibilidad de medición precisa, permitida por el uso del dinero, es la que marca la diferencia fundamental entre nuestras sociedades y las neolíticas. Esa posibilidad es la que marca la diferencia entre los derechos financieros y los demás derechos.

 

 

La racionalidad financiera ha sido la utilizada por los economistas cuando hemos analizado conceptos tales como interés, incertidumbre, riesgo o expectativas, es decir, cuando hemos analizado la forma en que se establecen órdenes de preferencias estimando el valor de cosas futuras. La precisión que hemos alcanzado en la medición de este tipo de valores es una de las conquistas de las que la ciencia económica está más orgullosa. En efecto, todos los gobiernos y todas las empresas utilizan de forma sistemática los sistemas de medición financiera como apoyo a la adopción de decisiones.

Veamos una explicación sencilla de esta racionalidad. Supongamos que nos dan a elegir entre tener una cosa ahora o tenerla en el futuro. La racionalidad financiera nos hace preferir tener la cosa ahora porque así podremos quizá disfrutar o usar de ella durante más tiempo y sobre todo porque existe alguna probabilidad de que factores imprevistos impidan el disfrute futuro. Cuanto más tiempo tenemos que esperar la obtención de un bien, mayor es la probabilidad de que algo impida el disfrute futuro de ese bien. Eso hace que se reduzca en el momento presente la valoración que damos a un bien futuro. Eso es lo que los economistas llamamos tipo de interés y puede ser medido con exactitud. Si somos indiferentes entre tener 100 euros ahora o ciento cinco euros dentro de un año eso indica que nuestro tipo de interés a un año es del 5%. El tipo de interés es, por tanto, nuestra valoración del tiempo futuro. Esa valoración está influida notablemente por la información y la certidumbre que tengamos sobre los acontecimientos futuros; cuanto más seguro estemos del futuro, más bajo será el tipo de interés. Por eso los gobernantes pueden influir en el tipo de interés no sólo mediante la manipulación monetaria sino haciendo que la confianza de los súbditos en el futuro aumente.

Supongamos que disponemos de un millón de euros que no pensamos gastar en este momento por lo que decidimos invertirlos. Las posibilidades son muy numerosas y tenemos que elegir entre ellas, es decir, ordenarlas, es decir, medir o estimar su valor. Hay algunas agencias especializadas en recopilar información sobre la capacidad de endeudamiento y pago de empresas y gobiernos y establecen ordenaciones según la seguridad de que cumplan sus compromisos. Si utilizamos el criterio de racionalidad financiera para decidir nuestra inversión, distribuiremos nuestro millón de euros entre las diversas empresas y gobiernos según esas informaciones y nuestra preferencia o aversión al riesgo.

Pero es posible también que utilicemos una racionalidad no financiera. Por ejemplo, muchos empresarios afirman tomar algunas decisiones “por instinto” es decir, en contra de los criterios de racionalidad financiera y por razones que no pueden explicar.

También hay empresarios que utilizan para adoptar decisiones la racionalidad asociada a lo que hemos llamado economía tradicional. Así, utilizan un sistema de valores ético o religioso recibido de sus antepasados cuando deciden no invertir en deuda pública de ciertos países, por ejemplo, la Sudáfrica de los tiempos del “apartheid”. La economista Alice Tepper (1986) propone un sistema de rating de empresas e inversiones alternativo en el que tiene en cuenta valores éticos. Con este sistema, las empresas de la industria armamentista, o las más contaminantes, o las que utilizan trabajo infantil del tercer mundo obtienen una valoración mucho menor que la que les correspondería por criterios estrictamente financieros. Alice Tepper ha fundado el Consejo de Prioridades Económicas, CEP, < www .cepnyc.org> una agencia que propone adoptar decisiones de inversión y consumo y publica ratings de inversiones según estos criterios.

Los criterios de racionalidad de la economía política parecen ser los que se utilizan en otro tipo de inversiones. Cuando una empresa destina dinero a sufragar la campaña electoral de un partido político o contrata los servicios de un prestigioso despacho de abogados, no podemos explicar la racionalidad de esa inversión en términos financieros ni por criterios de tradición o ética, ni tampoco parece que sean decisiones impulsadas por “el instinto”. El objetivo de este tipo de inversiones es la obtención de derechos no financieros, de esas necesidades-recursos situadas en el escalón quinto de nuestra pirámide. La misma forma de racionalidad puede explicar el comportamiento de los políticos profesionales que invierten su tiempo y sus recursos para obtener un poder político no cuantificable en términos monetarios.

 


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