ENCUENTROS ACADÉMICOS INTERNACIONALES
organizados y realizados íntegramente a través de Internet

ECONOMÍA Y SOCIEDAD: TRES CONSEJOS PARA MEJORAR LA RELACIÓN ACTUAL

Hugo D. Ferullo (Universidad Nacional de Tucumán)
hferullo@herrera.unt.edu.ar
 

ÉTICA, GOBERNANZA Y DESARROLLO
realizado del 4 al 24 de abril de 2007
Simposio
"Economía, Paz y Seguridad"
Simposio
"Economía y Religión"
Simposio PEKEA
"El individuo y la sociedad"

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La economía moderna de mercado reconoce como vocación original la configuración de un orden social basado primordialmente en el encuentro de personas libres, que practican un intercambio pacífico en aras de obtener resultados positivos para todo el mundo. La visión general que se corresponde con esta vocación inicial considera que la extensión del mecanismo de mercado (y la lógica correspondiente de la eficiencia como valor máximo a perseguir en la vida económica) constituye la mejor solución que el hombre contemporáneo tiene a mano para enfrentarse a todos los males de la vida social. Como mínimo, la economía y el mercado son, en esta visión optimista que continúa hoy siendo válida para muchos, condiciones estrictamente necesarias para resolver todos los problemas frente a los que la creación eficiente de riqueza puede servir de ayuda.
En las antípodas de la visión optimista de la economía de mercado encontramos, como lo resumen muy bien los cultores de la economía “civil” que buscan “herramientas para una fundación relacional del discurso económico”, un abordaje totalmente pesimista que ve en el funcionamiento de los mercados un mecanismo esencialmente anti-social. Esta concepción pesimista se caracteriza:
“por concebir al mercado como lugar de la explotación y del aplastamiento del débil por parte del fuerte (Marx), y a la sociedad amenazada por los mercados: el mercado avanza sobre la desertificación de la sociedad (Polanyi). De esto surge el llamado a proteger a la sociedad del mercado (y de las empresas multinacionales, en particular), con el argumento de que las relaciones verdaderamente humanas (como la amistad, la confianza, el don, la reciprocidad no instrumental, el amor, etc.) son erosionadas por la lógica del mercado. Esta visión... tiende a ver lo económico y el mercado como deshumanizantes de por sí, como mecanismos destructores de ese capital social indispensable para toda convivencia auténticamente humana además de serlo para todo crecimiento económico” .
La consideración conjunta de estas dos visiones puede inducirnos erróneamente a pensar que estamos frente a una opción dicotómica entre dos posiciones irreductibles e incompatibles entre sí. Lo que intentaremos mostrar en este artículo, a través de los tres temas elegidos, es la necesidad que tiene la enseñanza actual de la ciencia de la economía de recuperar la agudeza teórica y los ricos matices utilizados por los fundadores del pensamiento económico moderno, tanto en el momento de alabar las virtudes del mercado, como cuando se critica los resultados sociales negativos que aparecieron con el crecimiento económico moderno. Se trata, en definitiva, de reinstalar en nuestra disciplina el debate que gira alrededor de los grandes propósitos hacia los que el pensamiento económico contemporáneo debería encaminarse, si lo que se busca es corregir sus desviaciones y simplificaciones más extremas.

1. Superar el simplismo
La economía actual es uno de los principales frutos de la gran transformación social, iniciada con los tiempos modernos, que trasladó el eje del orden moral desde la estructura jerárquica propia de la sociedad tradicional hacia la figura del ser humano individual. En este nuevo orden social, cuyo centro y finalidad es el respeto por la libertad y la autonomía del individuo, la riqueza de cada uno (y de las naciones enteras) se supone que no proviene más de los dictados de la autoridad aristocrática ni de la benevolencia (no es fruto de las buenas intenciones o del comportamiento virtuoso de la gente), sino que surge de un sistema que es todo entero movido por el interés individual que persigue racionalmente todo ser humano. Sobre esta base, los presupuestos que la teoría económica moderna asume, sobre todo en relación con el comportamiento que se espera del sujeto económico racional en momentos de realizar sus elecciones de trabajo y consumo, tienden a impulsar al economista en dos direcciones diferentes (y muchas veces contrarias): la simplicidad, que busca facilitar el tratamiento lógico y matemático de los modelos, por un lado; y la relevancia en términos de veracidad o realismo de los supuestos (y en términos de las enseñanzas prácticas que se esperan de la economía), por el otro .
Cuando la búsqueda de simplicidad llega hasta el extremo de permitir el reemplazo de toda sustancia por la mera técnica, la teoría económica pierde relevancia. En el caso contrario, cuando la búsqueda de realismo y relevancia práctica llega hasta el extremo de impedir la abstracción y el razonamiento en términos de modelo, la economía pierde gran parte de su pertinencia en términos de saber científico. Es la capacidad de mantener esta tensión en equilibrio lo que determina, en buena medida, si lo que prevalece en la ciencia de la economía son las luces o las sombras.
En la segunda mitad del siglo XX, el afán un tanto desmedido por demostrar la cientificidad del saber económico figura, quizás, entre las principales causas de un avance gradual de los aspectos menos luminosos de esta disciplina, avance cuyo resultado más visible radica en el simplismo extremo en que desembocó el modelo canónico de la disciplina, recostado de manera aplastante sobre un cúmulo de tecnicismos formales que amenazan con sofocar la raíz social de la verdadera ciencia de la economía.
Dos pasos pueden señalarse en dirección de esta actitud simplista del pensamiento económico hoy predominante, que parece haber renunciado a todos los matices que, frente a una materia tan compleja como la vida económica, estamos obligados necesariamente a cultivar. El primero de estos pasos consistió en analizar la conducta del sujeto económico como si se tratara de una mónada maximizadora, cuya concentración en sus intereses privados lo llevan a una total despreocupación por el resto del mundo, bajo el supuesto de que la coordinación social necesaria se realizará (sin trabas) bajo el imperio de las reglas que fija el mecanismo de mercado (reglas que no requieren del concurso intencional y voluntario de un sujeto personal solidario, sino de su pura motivación individualista). El segundo paso llevó a los economistas a interesarse sólo por el intercambio (en particular cuando éste se realiza en condiciones de competencia perfecta), decisión que implica dejar de lado las cuestiones sociales y morales más relevantes (como las relaciones sociales de producción y la distribución justa de lo producido). Estos dos pasos simplificadores condujeron a una manera inadecuada, por parte del economista, de abocarse a un número importante de decisiones que tienen que ver con el ámbito estricto de la economía, tales como la determinación del esfuerzo en los puestos de trabajo, la disciplina fabril, la productividad global del sistema social, etc.
La heterogeneidad y la diversidad de los problemas que forman parte de lo que una cabal ciencia de la economía está llamada a incluir en su campo natural de estudio, constituye un hecho suficientemente reconocido por muchos economistas, sobre todo por aquellos que critican el modelo reduccionista dominante. Estos economistas rechazan abiertamente la estrechez del alcance de la disciplina, tal como es ésta presentada por los que pretenden confinarla al tratamiento de una categoría particular de problemas, negando la legitimidad de otros. Lo que se critica muy en particular, y con toda razón, es el reconocimiento inadecuado por parte de los economistas llamados ortodoxos de la diversidad de motivaciones y preocupaciones que subyacen a los diferentes enfoques y tipos posibles (y deseables) de teoría económica.
Analizando críticamente la metodología económica contemporánea, Amartya Sen, por ejemplo, muestra sabiamente cómo, de las distintas funciones que la ciencia de la economía tiene que cumplir (si pretende encarar con propiedad muchos de los problemas más debatidos en las sociedades modernas), la escuela dominante parece haberse concentrado de manera exagerada en el ejercicio de la predicción, dejando de lado otras funciones igualmente importantes, tales como la descripción adecuada de los hechos económicos y la correcta valoración y evaluación de los resultados productivos y distributivos obtenidos en el marco de las instituciones jurídicas y políticas vigentes .
Nadie puede negar seriamente la importancia de la función predictiva en la práctica científica de la economía (más allá del hecho también innegable de que esta ciencia encuentra enormes dificultades para predecir los acontecimientos más salientes del mundo). Pero aceptar el valor científico de las hipótesis teóricas que permiten predecir algunos fenómenos económicos, no significa desconocer el valor de la función descriptiva de los eventos económicamente significativos del presente y del pasado, ni la importancia de la función de proveer una manera racional de evaluar normativamente los acontecimientos, las políticas y las instituciones propias del mundo de la economía. Estos dos ejercicios (la descripción y la evaluación) tienen ambos que distinguirse con claridad de los intentos predictivos (sin que esta distinción implique negar la fuerte interdependencia que existe entre los problemas predictivos, descriptivos y evaluativos de la economía).
Los intentos de predicción (tanto de eventos económicos del futuro como, de manera contrafáctica, del presente o incluso del pasado) están obviamente ligados a los test de verificación de las relaciones causales que la teoría económica establece. Pero hay que admitir que los ejercicios de evaluación y de descripción no tienen por qué exhibir, en principio, contenido predictivo alguno. La evaluación de los diferentes instrumentos de política económica con los que se puede encarar la solución de un problema social, por ejemplo, tiene que basarse en normas valorativas que no están abiertas a la misma forma de verificación que las que el economista emplea para testar una hipótesis causal. De la misma manera, la economía está poblada de una rica variedad de proposiciones descriptivas (relacionadas, por ejemplo, con medidas de desigualdad o de pobreza) que exigen una selección cuidadosa de criterios, tarea que presenta dificultades muy particulares y diferentes de aquéllas que son propias del ejercicio de verificación y predicción.
La tradición que prevalece en la economía moderna ha privilegiado la búsqueda de teorías causales y ha abogado abiertamente por la necesidad de testarlas con la ayuda de información empírica adecuadamente recogida. Sin embargo, sólo una relativamente insignificante cantidad de relaciones económicas causales han sido, en los hechos, testada adecuadamente. Mientras tanto, los economistas de esta tradición se han refugiado de manera creciente en la “teoría pura”, propia del razonamiento analítico apoyado en las matemáticas. De esta forma, frente al resultado poco alentador del ejercicio predictivo en economía, los enormes esfuerzos de aplicación de las matemáticas más avanzadas en las construcciones teóricas de nuestra disciplina amenazan con sustituir (en lugar de servir de complemento a) las investigaciones empíricas. La confusión resultante entre medios y fines fue muy bien resumida por A. Sen:
“El importante rol del razonamiento analítico en la investigación predictiva tiene que ser debidamente reconocido, pero al mismo tiempo la tendencia a convertir el producto intermedio (las hipótesis teóricas) en el producto final de la ciencia de la economía merece un profundo debate crítico” .
El ejercicio puramente teórico que desembocó en el modelo canónico del agente racional, ayudó ciertamente a construir el imponente razonamiento axiomático que culminó en la teoría económica del equilibrio general. Pero este ejercicio, de suyo muy útil para producir explicaciones iluminadoras acerca de cómo se interrelacionan una serie de elementos económicos cruciales, terminó reduciendo de manera indebida la naturaleza misma de la ciencia de la economía, aislándola de hecho de toda influencia significativa de raíz cultural, política, sociológica, sicológica y antropológica.
Es cierto que la decisión deliberada de limitar la influencia de las variables extraeconómicas otorga el innegable beneficio de una mayor capacidad de formalización matemática, como lo muestra un variadísimo abanico de modelos creados por los economistas. Desde este punto de vista, dejar de lado el tratamiento de la forma en que ciertas variables sociales ejercen influencias en las variables económicas, encuentra una plena justificación metodológica. Pero cuando la conducta del sujeto económico que la teoría supone no guarda prácticamente relación alguna con la vida concreta de la gente, el ejercicio teórico resultante pierde buena parte de su relevancia empírica y de su valor en términos de análisis causal y predictivo.
El presupuesto casi universal que centra la conducta económica en el interés propio de un sujeto instrumentalmente racional, restringió el alcance de nuestra disciplina de manera demasiado severa. Por supuesto que las relaciones del saber económico con las ciencias sociales y humanas afines son largamente reconocidas por todos los economistas. Pero la forma en que estas relaciones son tratadas dentro de la disciplina tienen mucho que ver con el “imperialismo” de la economía, que pregona la consistencia supuestamente muy estrecha del razonamiento estrictamente económico con todo otro campo de la vida social. No parece ser ésta la respuesta que la ciencia de la economía necesita, habida cuenta de la heterogeneidad de las cuestiones y problemas que surcan su dominio propio, y considerando también la diversidad de motivaciones y objetivos que sirven de móvil al investigador de esta disciplina y a los propios agentes económicos cuya conducta se pretende estudiar.
Con respecto a las relaciones de la economía con las otras ciencias sociales, Ronald Coase pone lúcidamente de manifiesto la existencia de un movimiento aparentemente contradictorio. Por un lado, se asiste en las últimas décadas a una suerte de invasión del enfoque económico en áreas tradicionales de la ciencia política, de la sociología, etc.; y, simultáneamente, el campo de estudio de la economía se torna cada vez más estrecho, forzando a los economistas a restringir sus preocupaciones a aquéllas cuestiones que pueden ser abordadas con rigor con las “técnicas” formales más avanzadas que la disciplina. Esta aparente inconsistencia entre una tendencia que consiste en ensanchar el campo de interés propio de los economistas y otra que busca estrecharlo (concentrándolo en los aspectos más formales y comúnmente matemáticos del análisis), se resuelve cuando vemos la gran generalidad que tienen las técnicas formales empleadas. Puede que el lenguaje formal y matemático diga poco, o deje muchas cosas sin decir, acerca del sistema económico real en el que la gente vive pero, por su generalidad, el análisis deviene aplicable a todo el campo de lo social.
Necesitamos expandir de manera creativa el campo de estudio de la economía dominante. Más allá de las técnicas formales que pueden ser compartidas por todas las ciencias sociales, lo que hay que reconocer de manera explícita es que muchas variables económicas pertenecen también al campo de lo social, de lo político, de lo cultural. En lugar de llevar hasta el extremo a la práctica de dividir los fenómenos complejos en particiones puras que definen de manera ilusoria el área específica de preocupación de las disciplinas (fenómeno económico por un lado; y social por otro), y evitando la extensión imperialista del modelo economicista hacia toda relación significativa entre los hombres, lo que corresponde es:
“reconocer las irremediables intersecciones entre las diferentes disciplinas sociales que hacen que los fenómenos económicos aparezcan de manera frecuentemente inseparables de aquellos que son tradicionalmente estudiados por las disciplinas relacionadas” .
Dicho con palabras de Coase, los economistas tienen que incluir en su estudio a las cuestiones políticas, legales y sociales, simplemente “porque es necesario si pretenden entender cómo funciona el propio sistema económico”
Al abandonar las preocupaciones “sociales” que no caben en el marco teórico del agente racional y que no se prestan fácilmente a la aplicación de las técnicas formales más sofisticadas, el pensamiento económico moderno no hizo más que alejarse de su objetivo central, cual es facilitar el desarrollo pleno de todo el hombre y de todos los hombres. Para cumplir con este objetivo primero, corresponde a la economía ocuparse no sólo de lo que el hombre es capaz de tener y disfrutar, sino también de lo que es capaz de ser, en libertad y en comunidad con otros, respetando a rajatabla el principio que reconoce que la vida económica es cosa de todos, no sólo de aquellos que son capaces de participar de la demanda solvente de los diferentes mercados de bienes y servicios.
El razonamiento económico tiene que garantizar el respeto pleno por la dignidad de la persona humana, como un dato anterior y prioritario a la lógica del intercambio y a las reglas propias de la justicia conmutativa. Y tiene que aceptar también que la ciencia de la economía no tiene ninguna necesidad de colocarse en la incómoda situación de verse obligada a elegir, para definir el dominio propio de su saber científico, entre la sociabilidad y la individualidad del hombre. En definitiva, es la vida plena del hombre en sociedad lo que, estudiado desde una perspectiva particular, constituye la unidad de análisis y la finalidad de la economía.

2. Volver sobre las necesidades y los fines
El pensamiento económico no puede limitarse a invocar el mérito de la minimización de costos en el uso productivo de recursos escasos. La ciencia de la economía tiene que ofrecer también razones que permitan vislumbrar que la utilización de estos recursos sirve efectivamente para satisfacer las necesidades de la gente (de toda la gente), de modo que la forma de vida impulsada por el sistema económico termine resultando justa, no sólo para los sujetos autónomos e independientes que participan a cuerpo entero de los intercambios mercantiles, sino también para los dependientes y los que, por diferentes motivos, se encuentran al margen de estas transacciones.
Por supuesto que desde la economía no podemos menos que defender la enorme valía de los múltiples beneficios que la vida humana y social moderna han recibido de la eficiencia en la asignación de recursos, lo que nos lleva a valorar positivamente el mecanismo de mercado en tanto instrumento que busca optimizar esta asignación. Pero tenemos que ser concientes de que la eficiencia propia del mercado tiene que valorarse como un medio juzgado eficaz para satisfacer las necesidades verdaderamente humanas, y no como el fin último de la economía. Dicho de otra forma, la finalidad de la economía no es meramente la eficiencia con que el sistema económico asigna los recursos escasos, sino encontrar fundamentos que permitan asegurarnos que estos recursos son utilizados para satisfacer las necesidades de la gente. Haber confundido un medio (la eficiencia y el funcionamiento libre de los mercados) con su fin (que todo el mundo tenga la capacidad de lograr los funcionamientos que necesita y valora), constituye uno de los peores desvíos del pensamiento económico moderno. Para hacer frente a esta desgraciada desviación, lo que corresponde es volver a incluir el tratamiento racional de los fines como una de las preocupaciones centrales de la economía .
No hay ninguna razón científica (ni de cualquier otro orden) que nos obligue a reconocer en el consumismo individualista y en la eficiencia productiva los únicos fines que el pensamiento económico es capaz de incorporar. Tampoco la economía está obligada, por supuestos dictados de la buena práctica científica, a legitimar un sistema social que asigna los recursos de manera teóricamente eficiente, pero que responde de manera efectiva a los deseos sólo de algunos. Sin dejar de resaltar todo lo bueno que el saber económico ayudó a conseguir en términos de eficiencia y de crecimiento de la riqueza material de la que la gente puede disponer (la economía está, después de todo, para servir a las necesidades básicamente materiales de la gente), lo que el economista debe hacer es simplemente abandonar el simplismo en que incurre la corriente dominante de la enseñanza actual de la economía cuando decide que el único criterio, para juzgar si una economía cumple adecuadamente con su finalidad (esto es: si una economía puede considerarse “buena”), es el criterio de la eficiencia máxima.
Sin desconocer que la misión de los economistas es ser buenos científicos (y no aprendices de filósofos), tenemos que reconocer que no se consigue enriquecer la economía con el empobrecimiento de la filosofía moral, ni se gana mucho en el terreno científico con la justificación de una cultura centrada en los presupuestos del homo economicus (convertidos en valores normativos últimos a través de los cuales se pretende justificar, de hecho, la conducta económica de la gente). Cuando las adquisiciones y posesiones de cosas ocupan el centro de la vida de la gente, y se predica que estas cosas adquiridas y poseídas son el camino más seguro para el éxito personal y la felicidad de todos, lo que se obtiene como resultado no es otra cosa que el desplazamiento de todos los otros valores (diferentes del interés y de la “utilidad” individual), amputando brutalmente el abanico completo de los motivos que la gente es capaz de esgrimir en su accionar cotidiano en las sociedades modernas.
Como lo reconoció de manera explícita J. Schumpeter ya en las primeras décadas del siglo XX , el desarrollo económico de las sociedades modernas no encuentra explicación cabal a través de modelos científicos que suponen que los cambios pueden ser pensados como variaciones infinitesimales. Por el contrario, el fenómeno moderno del desarrollo económico sólo puede interpretarse a través de verdaderos saltos cualitativos que rompen con la tendencia a la continuidad, y ningún modelo científico parece estar en condiciones de captar esta esencial discontinuidad. Frente a esta manifestación de enorme complejidad, poco se gana con desterrar de la preocupación de los economistas el estudio de los motivos más humanistas de la conducta de los agentes, para concentrarse en la mera acumulación sin límites de cosas que, supuestamente, responden al dictado de deseos insaciables.
Para terminar este punto, digamos que priorizar las necesidades humanas como un objetivo complejo (en lugar de simplificar la meta económica en el dinero conseguido) no significa desconocer el carácter histórico y social de estas necesidades, ni la revolución de las “expectativas crecientes” como característica central del consumo moderno. No se trata, entonces, de abogar por una economía estática formada por agentes en su mayoría pobres. De lo que se trata es de reconocer, simplemente, que el verdadero motor de la economía no puede ser otro que la satisfacción de las necesidades crecientes de la gente .
3. Una nueva visión de la alteridad
Uno de los datos más elementales que surgen de la observación de la vida del hombre en sociedad, es el fenómeno de la interdependencia de los sujetos económicos. Todo ser humano depende de los otros para conseguir lo que necesita para vivir con dignidad. Como lo resume muy bien la cita que sigue, el pensamiento económico moderno recoge este dato elemental de la realidad y acepta explícitamente que:
“en un mundo en el existe la división del trabajo, todos nosotros tenemos necesidad de la ayuda y del socorro de los demás, y solamente pocas de estas ayudas podemos obtenerlas por amor: el mercado posibilita que obtengamos muchas cosas necesarias y útiles para la vida de parte de quien no nos ama, y de modo pacífico. El mismo Smith reconoce que sería más humano y hermoso obtener los servicios de los demás gracias a la amistad o al amor; pero en la gran sociedad “la duración de toda la vida nos basta apenas para ganarnos la amistad de unos pocos”. Por lo tanto la amistad, humanamente superior y preferible respecto del intercambio de mercado, lamentablemente no basta en las modernas sociedades para permitirnos obtener del otro lo que nos hace falta... y la existencia del mercado hace que se pueda experimentar una cierta asistencia recíproca en las necesidades aun en ausencia del amor” .
El tratamiento de la alteridad puede ser destacado como una de las grandes cuestiones acerca de las cuales la ciencia económica practicó una simplificación grosera del pensamiento complejo de fundadores como Adam Smith, hasta el punto que puede decirse que es aquí, en el tratamiento de la relación del sujeto económico con el otro, donde se manifiesta la mayor necesidad de un cambio sustancial en la forma y en el contenido del razonamiento económico, tal como es éste impulsado por el modelo canónico de la disciplina.
El modelo económico básico enseña que el sujeto individual actúa movido por su propio interés y, cuando coopera con los demás, lo hace siempre en aras de conseguir el máximo de su “utilidad” o de sus ganancias privadas. Como puede verse en el caso sencillo del panadero, al que acude Adam Smith en una de sus frases más citadas, la cooperación con los otros en el proceso de intercambio es, en gran medida, involuntaria o no intencionada. Esto no significa que Smith haya abandonado en su libro económico (sobre la riqueza de las naciones) las consideraciones morales que abundan en su obra anterior (sobre los sentimientos morales). En esta obra, donde Smith se encarga de resaltar la necesidad esencial que tiene el mercado de la presencia abundante de las virtudes civiles (como la prudencia y la justicia), podemos decir que son la “simpatía” y el juicio ético del “espectador imparcial” los elementos clave elegidos por el economista escocés para dar forma a su visión sobre la naturaleza más profunda de las relaciones humanas.
Según Smith, para formarse un juicio moral sobre la acción de los otros, todo ser humano se pregunta a sí mismo si simpatiza o no con los sentimientos que, a su juicio, constituyen los motivos que tiene el otro para actuar. En cuanto al juicio moral que se forma cada uno acerca de sus propios acciones y de los motivos sobre los que estas acciones se basan, el fundador del pensamiento económico moderno apela a la figura de un supuesto espectador imparcial (que actúa como juez de estos motivos y estas acciones) . Smith nunca abandonó, cuando se ocupó de los asuntos económicos de las sociedades modernas, estos principios básicos sobre los que asentó su obra de filosofía moral. Sólo que los consideró poco relevantes para analizar el tema de la acumulación de capital y del intercambio, en una época donde el consumo de la inmensa mayoría de la gente apenas si superaba el nivel de subsistencia.
Las sutilezas filosóficas del pensamiento de Smith han sido en gran parte abandonadas por el pensamiento económico que dominó buena parte del siglo XX. De sus complejas enseñanzas sobre las relaciones intersubjetivas, lo único que el economista medio de la actualidad parece haber recogido es que, cuando se entabla con otro una relación de tipo económica, no es necesario tener demasiado en cuenta sus necesidades ni sus eventuales sufrimientos. No necesitamos proponernos ser solidarios (ni ser trabajosamente educados en las virtudes que se necesitan para conseguirlo) puesto que, si somos inteligentes en elegir las instituciones jurídicas y políticas adecuadas (aquéllas que permiten el despliegue sin trabas del “maravilloso mecanismo de mercado”), podemos confiar en la mano invisible que nos mueve siempre hacia el mejor de los equilibrios posibles. En esta línea de pensamiento, lo que necesitamos para conseguir una vida social armónica y con riqueza creciente es, más que nada, desarrollar de manera cabal el fenomenal impulso primario que mueve a los hombres autónomos a practicar asiduamente todo tipo de intercambio mutuamente ventajoso.
Este esquema sencillo de resolver la cuestión de la interdependencia en la vida económica, resulta a todas luces insuficiente frente a la enorme complejidad que encierra el estudio de las relaciones del sujeto individual con los otros en las sociedades modernas . La aplicación al razonamiento económico de la teoría de los juegos (o de los modelos llamados de “principal y agente”), por ejemplo, permite abordar parte de esta complejidad a través del planteo explícito de la necesidad que tiene el individuo de prever de manera racional la posible conducta del otro con el que intercambia, a sabiendas que esta conducta no tiene por qué resultar automáticamente cooperativa. Estas teorías y modelos un poco más complejos abandonan el supuesto de la aparición automática de la mano invisible. La cooperación con el otro aparece ahora sólo cuando al individuo le conviene efectivamente cooperar, situación que dista mucho de ser la única posible (como lo muestra la conducta “racionalmente” oportunista que exhibe muchas veces el sujeto económico cuando se enfrenta a mercados con información asimétrica, o cuando se le requiere la contribución necesaria para el mantenimiento de los bienes públicos, o cuando alguien pretende que se haga cargo de las externalidades negativas que su acción económica ocasiona eventualmente a otros, etc., etc).
Estas teorías sofisticadas que la ciencia de la economía utiliza actualmente para analizar las relaciones intersubjetivas en el mundo del intercambio, son muy útiles para ayudarnos a extender el alcance del móvil del “interés individual” del sujeto económico más allá de los límites estrechos del interés inmediato puramente egoísta. La honestidad en los negocios, por ejemplo, sirve (como puede rastrearse ya en la obra de Adam Smith) de “activo” o “capital” para el comerciante, que necesita mantener alta su reputación como hombre de negocios. En términos generales, lo que la teoría económica más avanzada enseña hoy es que, frente a cualquier situación que nos lleve a desconfiar, por cualquier motivo, de la presencia efectiva de la mano invisible (aquélla que asegura la justicia conmutativa propia del intercambio económico moderno), lo que corresponde hacer es descubrir con inteligencia (y diseñar con precisión) los incentivos económicos necesarios para que todos los que practican el intercambio se vean racionalmente impulsados a evitar las trampas propias del oportunismo casi instintivo que tiene el individuo en su estado “natural” . De esta manera, cuando las cosas se complican (en transacciones menos sencillas que aquéllas que entablamos con el panadero, el carnicero y el cervecero), el pensamiento económico dominante nos invita a confiar en que habrá siempre una forma de “contrato” capaz de asegurar que todos los que intercambian pueden alcanzar efectivamente el óptimo que cada uno busca. Como vemos, la cooperación entre los individuos sigue obedeciendo, en última instancia, a la pura conveniencia de cada uno.
El problema de esta visión de la interdependencia y de la cooperación entre los sujetos de la economía, tanto en la versión original más simple de la mano invisible como en la más compleja de la teoría de los juegos (o la teoría de los contratos), es que supone de entrada la existencia de sujetos totalmente autónomos e íntegros, sin grandes dependencias físicas, psicológicas, afectivas o de cualquier otra naturaleza, que restrinjan seriamente la participación activa de ninguno de estos sujetos en la vida económica moderna. Como esta visión contradice la más elemental observación fenoménica de cualquier sociedad, donde lo que aparece es un rico muestrario de diferentes tipos de dependencia que todo el mundo experimenta en alguna etapa de su vida, el pensamiento económico necesita apelar a algún argumento que le permita justificar una postura tan extrañamente alejada de la realidad empírica.
Una respuesta posible consiste en presuponer que, para alcanzar el resultado ideal de su desarrollo, corresponde al hombre resistirse, de manera heroica y nietzcheana, a toda ayuda de parte de los otros. Dicho de otra manera, sólo a través de una resistencia enérgica a toda situación de dependencia de los otros, puede el hombre alcanzar un estado triunfal en el que resulta superada todo tipo de “debilidad” que lo mueve a buscar el auxilio de los demás. En este marco, la vida económica quedaría reducida al accionar de verdaderos superhombres, capaces de vencer todas las adversidades de la vida sin la ayuda “piadosa” de los demás, en un mundo de relaciones donde nada deben los ganadores a los débiles perdedores. Por supuesto que los fuertes que triunfan en la vida económica “pueden” ayudar a los que pierden (o a los que nunca jugaron el juego de los mercados por alguna debilidad o minusvalía personal), pero no están obligados a prestar esa asistencia gratuita. Las relaciones de “simpatía” son aquí absolutamente voluntarias, y no tienen en este esquema nada que ver con las relaciones propias del intercambio económico, donde lo que rige es el interés individual.
En el mundo social resultante de la aplicación simplista del modelo económico que responde al rótulo de “rational choice”, nadie tiene ningún compromiso con el otro por el simple hecho de que el otro necesite de él. La compasión que alguien siente por el que sufre de alguna debilidad (que le impide su participación como sujeto cabalmente autónomo de la economía moderna), es resorte de los sentimientos morales que pertenecen a los sujetos individualmente considerados, o de sus propios impulsos psicológicos (de los cuales el individuo es amo y señor). Analizando esta concepción que el modelo económico dominante tiene de las relaciones intersubjetivas, Alasdair MacIntyre escribe con sabiduría que, en este razonamiento:
“lo bueno para mí es la satisfacción de mis preferencias y lo que es mejor para mí es maximizar la satisfacción de mis preferencias. Es decir: el individuo comienza por identificar su bien individual y preguntarse por los medios que debe emplear para conseguirlo; pero pronto descubre que si no coopera con los demás, tomando en cuenta que también los otros aspiran a alcanzar sus respectivos bienes individuales, los conflictos resultantes serán tales que harán imposible que alcance su propio bien, salvo muy a corto plazo y a menudo ni siquiera eso. De modo que tanto él como los demás encuentran en cierto tipo de cooperación un bien común que es un medio para que cada cual consiga su bien individual, y que se define en términos de los bienes individuales” .
En el escenario que MacIntyre describe en el párrafo anterior,
“cada participante debe tener buenas razones para creer que la maximización restringida por las reglas que rigen el ingreso y la participación en la negociación cooperativa con los demás le va a permitir tener más de lo que desea que una maximización sin restricciones... El concepto de deuda no se aplica a ninguna relación o transacción que no haya sido asumida voluntariamente. Toda persona es libre de calcular qué es lo mejor según su interés, y es libre para elegir los vínculos afectivos que vaya a tener con los demás... (De esta manera), la relación que una persona tiene con los demás puede ser de dos clases. Por un lado, están las relaciones definidas y justificadas por las ventajas que las partes obtienen de la relación: son relaciones de negociación que se rigen por preceptos derivados de la teoría de la elección racional. Por el otro, están las relaciones que resultan de la simpatía, de vinculaciones afectivas voluntariamente aceptas. La diferencia entre ambas es esencial... y la razón, tal como la entiende el teórico de la elección racional, no ofrece orientación alguna para las simpatías” .
El pensamiento económico actual pretende muchas veces descartar, de manera arbitraria, la necesidad de usar la razón humana para analizar normativamente las relaciones sociales que se encuentran fuera del alcance de la racionalidad instrumental. Esta perspectiva, adoptada mayoritariamente por los economistas,
“ha demostrado ser una ideología a la que es sumamente difícil adherirse de modo completo;... su explicación dicotómica de las relaciones sociales es inadecuada: todas las relaciones sociales han de ser bien relaciones regidas por la negociación para la obtención de beneficio mutuo (el modelo son las relaciones de mercado) o bien relaciones afectivas y de simpatía... (En realidad), en las formas de vida social que no sean efímeras, ambos tipos de relación estarán incrustados en un conjunto de relaciones de reciprocidad... Sólo en el contexto de las normas de reciprocidad y en referencia a ellas es posible exponer con detalle lo que suponen las distintas clases de relaciones afectivas (se debe afecto a sus hijos y estos, en respuesta, deben afecto a sus padres; se debe simpatía a quienes sufren o se sienten afligidos y también se espera de los demás esa simpatía)... De modo similar, las relaciones que se dan en el intercambio racional, que se rige por normas cuyo cumplimiento resulta ventajoso para todos los participantes, también están insertas en relaciones regidas por normas de reciprocidad imposibles de calcular o predecir” .
Los argumentos filosóficos de este autor nos ayudan a ver con toda claridad que,
“para que contribuyan al florecimiento general y no socaven y perturben, como a menudo pasa, los vínculos comunitarios, las relaciones de mercado (lo mismo que los vínculos afectivos) sólo pueden mantenerse si se hallan insertas en cierto tipo de relaciones no mercantiles, en relaciones de reciprocidad no calculada... Si en la práctica social llegan a desligarse de ellas, ambos tipos de relaciones producen resultados viciados; por un lado, se produce una sobrevaloración emotiva y sensiblera del sentimiento como tal y, por otro, una reducción de la actividad humana a la actividad económica. Son vicios complementarios que a veces pueden llegar a modelar un mismo estilo de vida” .
Admitir que las relaciones económicas no siempre se basan en motivos que responden al estricto interés del sujeto individualmente considerado, acarrea consecuencias muy significativas sobre la naturaleza y el alcance del pensamiento económico con pretensiones científicas. Entre las razones que tenemos los sujetos para actuar en la vida económica actual, Amartya Sen incluye de manera especial el “compromiso” con el otro (más allá de los costos que este compromiso nos ocasione). Esta inclusión y las consecuencias que de ella deriva el economista de la India, aparecen como un ejemplo cabal de las bondades que acarrea a nuestra ciencia la decisión de volver a tratar el tema de la alteridad (como muchos otros de relevancia análoga) con las sutilezas y matices propios de los grandes pensadores clásicos de la economía.
Para llegar a ser un sujeto autónomo, el ser humano necesita de los otros desde el momento de su nacimiento, y antes todavía. Además, es necesario que el hombre cultive una serie de virtudes requeridas para superar etapas primarias, donde su conducta infantil se muestra muy cercana a la que manifiestan animales como los delfines, los perros o los chimpancés. Lo cual significa, a su vez, que la educación del ser humano tiene que estar dirigida al desarrollo de estas virtudes que son necesarias para su propio desarrollo autónomo. Todas estas enseñanzas básicas de la filosofía moral sirven para reafirmar nuestro convencimiento acerca de la excesiva limitación que el modelo económico tradicional pretende imponer al campo de estudio de nuestra disciplina, erróneamente limitada al tratamiento de un único tipo de relación entre los sujetos económicos, aquélla que se basa en el interés de cada uno definido de manera estrecha. En un sentido amplio, el interés de cada uno no se canaliza en las sociedades modernas sólo a través de los mercados. En la vida social contemporánea (como en todo otro tiempo), la definición del interés propio está siempre restringida por reglas morales y legales que, en la obra de Adam Smith, operan a través de la benevolencia, la simpatía y el principio del espectador imparcial.

Comentarios finales
Como en cualquier otra disciplina contemporánea, la agenda de investigación de los economistas está en gran medida regulada (o, al menos, muy influenciada) por las grandes Universidades y centros de estudio, donde se dirimen las grandes cuestiones que tiene que ver con el contenido de la enseñanza, con los estándares de publicación, con el reparto de fondos para tareas de investigación, etc. Este tipo de regulación tiene la virtud de proteger a la investigación y a la enseñanza de la economía de las grandes presiones que pueden provenir desde intereses ajenos al saber propio de nuestra disciplina. Pero, como lo reconoce claramente Ronald Coase,
“evitamos este peligro solamente creando otro. El peligro que creamos radica en el hecho de que la implementación de los estándares de la disciplina, a través de las influencias que esto acarrea en los cursos, en los fondos de investigación, en la publicación y en el empleo, nada de lo cual está necesariamente disociado por completo de consideraciones de políticas, puede hacerse de manera tan rígida que termine impidiéndose el desarrollo de nuevos enfoques” .
La posición dominante en la enseñanza e investigación en el campo económico (lo que en lengua inglesa llaman “mainstream”) ha sufrido fuertes críticas desde el nacimiento mismo del pensamiento económico llamado neoclásico. Pero estas críticas parecen haber recrudecido en las últimas décadas, desembocando en un estado general de descontento que alcanza los fundamentos mismos de la disciplina. Lo que se cuestiona es, en definitiva, que el campo de análisis que interesa a los economistas de la línea oficial no busque cubrir el abanico total de cuestiones y problemas que, se supone, debería abarcar un discurso económico completo. El peligro señalado por Coase en el párrafo recién citado se ha convertido en una triste realidad.
Para precisar el alcance del cuestionamiento al que estamos aludiendo, tenemos que admitir en el enfoque económico mayoritario una remarcable capacidad evidenciada para incorporar nuevos elementos al conjunto de ideas que definen el núcleo central de conceptos económicos generalmente aceptados como básicos. La mayor queja nace, en realidad, cuando se toma conciencia de la superficialidad con que se practica muchas veces la incorporación de ideas nuevas, que atañen tanto a la conducta real del sujeto económico individual, como a las instituciones jurídicas y políticas que una buena economía moderna exige. Dicho de otra forma, cuando nuevas ideas desafían al núcleo considerado fundamental por los economistas tradicionales, lo que estos buscan es más que nada acomodar simplemente estas ideas novedosas en el esquema teórico conocido.
Las grandes críticas que desafían al modelo de la economía devenido canónico en la segunda mitad del siglo XX tienen un fuerte contenido empírico, asentado en una aplastante evidencia que se resiste a mostrar a los sujetos económicos reales comportándose de la manera idealizada por la lógica pura de la elección racional. Cabe aclarar una vez más que nadie critica la necesidad científica de habérselas con el ejercicio de la abstracción, puesto que la actividad intelectual propia de la ciencia consiste esencialmente en otorgar, a través de un proceso mental (apoyado en constructos fabricados por la propia mente del investigador), un orden siempre provisorio al caos de datos que toda realidad compleja permite observar.
La estrategia selectiva que desembocó en el “homo economicus” no es ni única (existen habitualmente muchos constructos mentales con los que se puede explicar un conjunto particular de “hechos”, dentro de un margen tolerado de error), ni criticable en sí misma (sobre todo cuando el objetivo científico perseguido no es tanto la descripción pormenorizada de la conducta individual sino más bien la valoración relativa de arreglos socioeconómicos e institucionales alternativos) . Lo que se critica con mayor fuerza que las fallas empíricas (y probablemente con mayor legitimidad teórica) es la pretensión por parte de la ciencia económica estándar de mantener la neutralidad pura que le otorga, supuestamente, su falta total de compromiso con los valores éticos y morales. Esta pretensión ilusoria de pureza no hace más que esconder la posición ideológica de muchos economistas actuales, cuyo sesgo a favor del status quo (que favorece de hecho a los actores económicos más poderosos) se filtra, por ejemplo, a través de las citas meramente aforísticas con la que se refieren a pensadores clásicos como A. Smith.
La forma en que el gran pensador de Kirkcaldy cierra el Libro Primero de la Riqueza de las Naciones, donde se muestra con toda elocuencia que no siempre el interés individual es conducido por la mano invisible hacia la promoción efectiva del interés público, es un ejemplo de cómo un economista convencido de las virtudes de una economía moderna de mercado tiene muchas veces que reconocer los peligros reales que asechan a la vida social, cuando no se tiene en cuenta la complejidad de las relaciones económicas entre sujetos de distinto rango y poder. Refiriéndose a la necesidad social de controlar la función empresarial, Smith escribe:
“Los intereses de quienes trafican en ciertos ramos del comercio y de las manufacturas, en algunos respectos, no sólo son diferentes, sino por completo opuestos al bien público. El interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y restringir la competencia. La ampliación del mercado suele coincidir, por regla general, con el interés del público; pero la limitación de la competencia redunda siempre en su perjuicio, y sólo sirve para que los comerciantes, al elevar sus beneficios por encima del nivel natural, impongan, en beneficio propio, una contribución absurda sobre el resto de los ciudadanos. Toda proposición de una ley nueva o de un reglamento de comercio, que proceda de esta clase de personas, deberá analizarse siempre con la mayor desconfianza, y nunca deberá adoptarse como no sea después de un largo y minucioso examen, llevado a cabo con la atención más escrupulosa a la par que desconfiada. Ese orden de proposiciones proviene de una clase de gentes cuyos intereses no suelen coincidir exactamente con los de la comunidad, y más bien tienden a deslumbrarla y a oprimirla, como la experiencia ha demostrado en muchas ocasiones”
No siempre el mercado actúa como mecanismo institucional idóneo para conseguir que la búsqueda del interés individual de los sujetos económicos se realice casi compulsivamente de manera más social que anti-social. Sin controles sociales apropiados (actúen estos a través del espectador imparcial o de cualquier otra regla), el funcionamiento concreto de las economías modernas se puebla más de sombras que de luces. Esta enseñanza elemental ha sido prácticamente olvidada por el pensamiento económico predominante, encerrado en una definición estrecha del problema económico, limitado a los aspectos que pueden ser abordados (y manipulados con cierta facilidad) a través del uso abundante de las matemáticas.
El pensamiento económico actual necesita abandonar decididamente su apuesta por una racionalidad centrada exclusivamente en la exigencia de coherencia interna en el uso de los medios, para aplicar la razón también en el debate de los fines que una buena economía debería colectivamente perseguir. De esta manera, el alcance del saber económico se amplía y reinstala en su lugar central al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres que integran nuestras sociedades modernas.


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