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La Riqueza de las Naciones
Adam Smith
Aunque el libro de Adam Smith fue escrito hace más de dos siglos, y la traducción que vamos a utilizar es de hace cincuenta ańos, la legislación sobre derechos de autor nos prohíbe que ofrezcamos gratuitamente el texto completo del libro, aunque sea con fines docentes. Ofrecemos por tanto solo los cuatro primeros capítulos.
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LIBRO PRIMERO
De las causas del progreso en las facultades productivas del trabajo, y del modo como un producto se distribuye naturalmente entre las diferentes clases del pueblo
CAPÍTULO I: DE LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
CAPITULO II: DEL PRINCIPIO QUE MOTIVA LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
CAPITULO III: LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SE HALLA LIMITADA POR LA EXTENSIÓN DEL MERCADO
CAPÍTULO IV: DEL ORIGEN Y USO DE LA MONEDA
Capítulo V. Del precio real y nominal de las mercancías, o de su precio en trabajo y de su precio en moneda
Capítulo VI. Sobre los elementos componentes del precio de las mercancías .
Capítulo VII. Del precio natural y del precio de mercado de los bienes.
Capítulo VIII. De los salarios del trabajo
Capítulo IX. De los beneficios del capital
Capítulo X. De los salarios y beneficios en los diferentes empleos del trabajo y del capital.
PARTE I. Desigualdades que dimanan de la naturaleza de los empleos .
PARTE II. Desigualdades que ocasiona la política de Europa
Capítulo XI. De la renta de la tierra
PARTE I. Productos de la tierra que proporcionan siempre una renta al dueńo
PARTE II. De los productos de la tierra que unas veces dan renta, y otras no.
PARTE III. De las variaciones en la proporción de los respectivos valores de aquellas especies de productos que proporcionan siempre una renta, de otros que algunas veces la suministran y de otros que no rinden ninguna.
Digresión sobre las variaciones del valor de la plata en el transcurso de los cuatro siglos precedentes.
Efectos que producen el progreso y los adelantos en el precio real de las manufacturas
Conclusión del capitulo.
LIBRO SEGUNDO
Sobre la naturaleza, acumulación y empleo del capital
INTRODUCCIÓN
Capítulo l. De la división del capital
Capítulo II. Sobre el dinero considerado como uno de los ramos del patrimonio general de la sociedad, o como fondo destinado a los gastos de sostenimiento del capital nacional .
Capítulo III. De la acumulación del capital, o del trabajo productivo e improductivo.
Capítulo IV. Del capital prestado con interés
Capítulo V. Sobre los diferentes empleos de los capitales
LIBRO TERCERO
De los diferentes progresos de la opulencia en distintas naciones
Capítulo l. Del progreso natural de la opulencia
Capítulo II. Sobre la decadencia de la agricultura en la antigua situación de Europa después de la caída del Imperio romano .
Capítulo III. De la fundación y progreso de las ciudades después de la ruina del Imperio romano
Capítulo IV. De cómo el comercio de las ciudades contribuyó al progreso de los distritos rurales.
LIBRO CUARTO
De los sistemas de economía política
INTRODUCCIÓN
Capítulo I. Del principio del sistema mercantil
Capítulo II. De las restricciones impuestas a la introducción de aquellas mercancías extranjeras que se pueden producir en el país.
Capítulo III. De las restricciones extraordinarias sobre la importación de la mayor parte de las mercancías procedentes de los países con los cuales se supone que la balanza de comercio es desfavorable.
PARTE l. Estas restricciones extraordinarias son poco razonables aun dando por sentados los principios del sistema comercial.
PARTE II.
Capítulo IV.
Capítulo V.
Capítulo VI.
Capítulo VII.
PARTE l.
PARTE II.
PARTE III.
Capítulo VIII.
Capítulo IX.
LIBRO QUINTO
De los ingresos del Soberano o de la República
Capítulo l.
PARTE l.
PARTE II.
PARTE III.
Articulo l.
PARTE IV.
Capítulo II.
PARTE l.
PARTE II.
Articulo I.
Capítulo III.
APÉNDICE sobre la prima a la pesca de arenque.
Adam Smith
LIBRO PRIMERO
De las causas del progreso en las facultades productivas del trabajo, y del modo como un producto se distribuye naturalmente entre las diferentes clases del pueblo
CAPÍTULO I
DE LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
El progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud, destreza y sensatez con que éste se aplica o dirige, por doquier, parecen ser consecuencia de la división del trabajo.
Los efectos de la división del trabajo en los negocios generales de la sociedad se entenderán más fácilmente considerando la manera como opera en algunas de las manufacturas. Generalmente se cree que tal división es mucho mayor en ciertas actividades económicas de poca importancia, no porque efectivamente esa división se extreme más que en otras actividades de importancia mayor, sino porque en aquellas manufacturas que se destinan a ofrecer satisfactores para las pequeńas necesidades de un reducido número de personas, el número de operarios ha de ser pequeńo, y los empleados en los diversos pasos o etapas de la producción se pueden reunir generalmente en el mismo taller y a la vista del espectador. Por el contrario, en aquellas manufacturas destinadas a satisfacer los pedidos de un gran número de personas, cada uno de los diferentes ramos de la obra emplea un número tan considerable de obreros, que es imposible juntados en el mismo taller. Difícilmente podemos abarcar de una vez, con la mirada, sino los obreros empleados en un ramo de la producción. Aun cuando en las grandes manufacturas la tarea se puede dividir realmente en un número de operaciones mucho mayor que en otras manufacturas más pequeńas, la división del trabajo no es tan obvia y, por consiguiente, ha sido menos observada.
Tomemos como ejemplo una manufactura de poca importancia, pero a cuya división del trabajo se ha hecho muchas veces referencia: la de fabricar alfileres. Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea (convertida por virtud de la división del trabajo en un oficio nuevo) y que no esté acostumbrado a manejar la maquinaria que en él se utiliza (cuya invención ha derivado, probablemente, de la división del trabajo), por más que trabaje, apenas podría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de veinte. Pero dada la manera como se practica hoy día la fabricación de 'alfileres, no sólo la fabricación misma constituye un oficio aparte, sino que está dividida en varios ramos, la mayor parte de los cuales también constituyen otros tantos oficios distintos. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en trozos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza: a su vez la confección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas: fijarla es un trabajo especial, esmaltar los alfileres, otro, y todavía es un oficio distinto colocarlos en el papel. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieciocho operaciones distintas, las cuales son desempeńadas en algunas fábricas por otros tantos obreros diferentes, aunque en otras un solo hombre desempeńe a veces dos o tres operaciones. He visto. una pequeńa fábrica de esta especie que no empleaba más que diez obreros, donde, por consiguiente, algunos de ellos tenían a su cargo dos o tres operaciones. Pero a pesar de que eran pobres y, -por lo tanto, no estaban bien provistos de la maquinaria debida, podían, cuando se esforzaban, hacer entre todos, diariamente, unas doce libras de alfileres. En cada libra había más de cuatro mil alfileres de tamańo mediano. Por consiguiente, estas diez personas podían hacer cada día, en conjunto, más de cuarenta y ocho mil alfileres, cuya cantidad, dividida entre diez, correspondería a cuatro mil ochocientas por persona. En cambio si cada uno hubiera trabajado separada e independientemente, y ninguno hubiera sido adiestrado en esa clase de tarea, es seguro que no hubiera podido hacer veinte, o, tal vez, ni un solo alfiler al día; es decir, seguramente no hubiera podido hacer la doscientas cuarentava parte, tal vez ni la cuatro-mil-ochocientos-ava parte de lo que son capaces de confeccionar en la actualidad gracias a la división y combinación de las diferentes operaciones en forma conveniente.
En todas las demás manufacturas y artes los efectos de la división del trabajo son muy semejantes a los de este oficio poco complicado, aun cuando en muchas de ellas el trabajo no puede ser objeto de semejante subdivisión ni reducirse a una tal simplicidad de operación. Sin embargo, la división del trabajo, en cuanto puede ser aplicada, ocasiona en todo arte un aumento proporcional en las facultades productivas del trabajo. Es de suponer que la diversificación de numerosos empleos y actividades económicas en consecuencia de esa, ventaja. Esa separación se produce generalmente con más amplitud en aquellos países que han alcanzado un. nivel más alto de laboriosidad y progreso, pues generalmente es obra de muchos, en una sociedad culta, lo que hace uno solo, en estado de atraso. En todo país adelantado, el labrador no es más que labriego y el artesano no es sino menestral. Asimismo, el trabajo necesario para producir un producto acabado se reparte, por regla general, entre muchas manos. żCuántos y cuán diferentes oficios no se advierten en cada ramo de las manufacturas de lino y lana, desde los que cultivan aquella planta o cuidan el vellón hasta los bataneros y blanqueadores, aprestadores y tintoreros? La agricultura, por su propia naturaleza, no admite tantas subdivisiones del trabajo, ni hay división tan completa de .sus operaciones como en las manufacturas. Es imposible separar tan completamente la ocupación del ganadero y del labrador, como se separan los oficios del carpintero y del herrero. El hilandero generalmente es una persona distinta del tejedor; pero la persona que ara, siembra, cava y recolecta el grano suele ser la misma. Como la oportunidad de practicar esas distintas clases de trabajo va produciéndose con el transcurso de las estaciones del ańo es imposible que un hombre esté dedicado constantemente. a una sola tarea. Esta imposibilidad de hacer una separación tan completa de los diferentes ramos de labor en la agricultura es quizá la razón de por qué el progreso de las aptitudes productivas del trabajo en dicha ocupación no siempre corre parejas con los adelantos registrados en las manufacturas. Es verdad que las naciones más opulentas superan por lo común a sus vecinas en la agricultura y en las manufacturas, pero generalmente las aventajan más en éstas que en aquélla. Sus tierras están casi siempre mejor cultivadas, y como se invierte en ellas más capital y trabajo, producen más, en proporción a la extensión y fertilidad natural del suelo. Ahora bien, esta superioridad del producto raras veces. excede considerablemente en proporción al mayor trabajo empleado y a los gastos más cuantiosos en que ha incurrido. En la agricultura, el trabajo del país rico no siempre es mucho más productivo que el del pobre o, por lo menos, no es tan fecundo como suele serlo en las manufacturas. El grano del país rico, aunque la calidad sea la misma, no siempre es tan barato en el mercado como el de un país pobre. El trigo de Polonia, en las mismas condiciones de calidad, es tan barato como el de Francia, a pesar de la opulencia y adelantos de esta última nación. El trigo de Francia, en las provincias trigueras, es tan bueno y tiene casi el mismo precio que el de Inglaterra, la mayor parte de los ańos, aunque en progreso y riqueza aquel país sea inferior a éste. Sin embargo, las tierras de pan llevar de Inglaterra están mejor cultivadas que las de Francia, y las de esta nación, según se afirma, lo están mejor que las de Polonia. Aunque un país pobre, no obstante la inferioridad de sus cultivos, puede competir en cierto modo con el rico en la calidad y precio de sus granos, nunca podrá aspirar a semejante competencia en las manufacturas, si éstas corresponden a las circunstancias del suelo, del clima y de la situación de un país próspero. Las sedas de Francia son mejores y más baratas que las de Inglaterra, porque la manufactura de la seda, debido a los altos derechos que se pagan actualmente en la importación de la seda en rama, no se adapta tan bien a las condiciones climáticas de Inglaterra como a las de "Francia. Pero la quincallería y las telas de lana corrientes de Inglaterra son superiores, sin comparación, a las de Francia, y mucho más baratas en la misma calidad. Según informaciones, en Polonia escasea la mayor parte de las manufacturas, con excepción de las más rudimentarias de utensilios domésticos, sin las cuales ningún país puede existir de una manera conveniente.
Este aumento considerable en la cantidad de productos que un mismo número de personas puede confeccionar, como consecuencia de la división del trabajo, procede de tres circunstancias distintas: primera, de la mayor destreza de cada obrero en particular; segunda, del ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y por último, de la invención. de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos.
En primer lugar, el progreso en la destreza del obrero incrementa la cantidad de trabajo que puede efectuar, y la división del trabajo, al reducir la tarea del hombre a una operación sencilla, y hacer de ésta la única ocupación de su vida, aumenta considerablemente la pericia del operario. Un herrero corriente, que nunca haya hecho clavos, por diestro que sea en el manejo del martillo, apenas hará al día doscientos o trescientos clavos, y aun éstos no de buena calidad. Otro que esté acostumbrado a hacerlos, pero cuya única o principal ocupación, no sea ésa, rara vez podrá llegar a fabricar al día ochocientos o mil, por mucho empeńo que ponga en la tarea. Yo he observado varios muchachos, menores de veinte ańos, que por no haberse ejercitado en otro menester que el de hacer clavos, podían hacer cada uno, diariamente, más de dos mil trescientos, cuando se ponían a la obra. Hacer un clavo no es indudablemente una de las tareas más sencillas. Una misma persona tira del fuelle, aviva o modera el soplo, según convenga, caldea el hierro y forja las diferentes partes del clavo, teniendo que cambiar el instrumento para formar la cabeza. Las diferentes operaciones en que se subdivide el trabajo de hacer un alfiler o un botón de metal son, todas ellas, mucho más sencillas y, por lo tanto, es mucho mayor la destreza de la persona que no ha tenido otra ocupación en su vida. La velocidad con que se ejecutan algunas de estas operaciones en las manufacturas excede a cuanto pudieran suponer quienes nunca lo han visto, respecto a la agilidad de que es susceptible la mano del hombre.
En segundo lugar, la ventaja obtenida al ahorrar el tiempo que por lo regular se pierde, al pasar de una clase de operación a otra, es mucho mayor de lo que a primera vista pudiera imaginarse. Es imposible pasar con mucha rapidez de una labor a otra, cuando la segunda se hace en sitio distinto y con instrumentos completamente diferentes. Un tejedor rural, que al mismo tiempo cultiva una pequeńa granja, no podrá por menos de perder mucho tiempo al pasar del telar al campo y del campo al telar. Cuando las dos labores se pueden efectuar en el mismo lugar, se perderá indiscutiblemente menos tiempo; pero la pérdida, aun en este caso, es considerable. No hay hombre que no haga una pausa, por pequeńa que sea, al pasar la mano de una ocupación a otra. Cuando comienza la nueva tarea rara vez está alerta y pone interés; la mente no está en lo que hace y durante algún tiempo más bien se distrae que aplica su esfuerzo de una manera diligente. El hábito de remolonear y de proceder con indolencia que, naturalmente, adquiere todo obrero del campo, las más de las veces por necesidad -ya que se ve obligado a mudar de labor y de herramientas cada media hora, y a emplear las manos de veinte maneras distintas al cabo del día-, lo convierte, por lo regular, en lento e indolente, incapaz de una dedicación intensa aun en las ocasiones más urgentes. Con independencia, por lo tanto, de su falta de destreza, esta causa, por sí sola, basta a reducir considerablemente la cantidad de obra que seda capaz de producir.
En tercer lugar, y por último, todos comprenderán cuánto se facilita y abrevia el trabajo si se emplea maquinaria apropiada. Sobran los ejemplos, y así nos limitaremos a decir que la invención de las máquinas que facilitan y abrevian la tarea, parece tener su origen en la propia división del trabajo. El hombre adquiere una mayor aptitud para descubrir los métodos más idóneos y expeditos, a fin de alcanzar un propósito, cuando tiene puesta toda su atención en un objeto, que no cuando se distrae en una gran variedad de cosas. Debido a la división del trabajo toda su atención se concentra naturalmente en un solo y simple objeto. Naturalmente puede esperarse que uno u otro de cuantos se emplean en cada una de las ramas del trabajo encuentre pronto el método más fácil y rápido de ejecutar su tarea, si la naturaleza de la obra lo permite. Una gran parte de las máquinas empleadas en esas manufacturas, en las cuales se halla muy subdividido el trabajo, fueron al principio invento de artesanos comunes, pues hallándose ocupado cada uno de ellos en una operación sencilla, toda su imaginación se concentraba en la búsqueda de métodos rápidos y fáciles para ejecutarla. Quien haya visitado con frecuencia tales manufacturas habrá visto muchas máquinas interesantes inventadas por los mismos obreros, con el fin de facilitar y abreviar la parte que les corresponde de la obra. En las primeras máquinas de vapor había un muchacho ocupado, de una manera constante, en abrir y cerrar alternativamente la comunicación entre la caldera y el cilindro, a medida que subía o bajaba el pistón. Uno de esos muchachos, deseoso de jugar con sus camaradas, observó que atando una cuerda en la manivela de la válvula, que abría esa comunicación con la otra parte de la máquina, aquélla podía abrirse y cerrarse automáticamente, dejándole en libertad de divertirse con sus compańeros de juegos. Así, uno de los mayores adelantos que ha experimentado ese tipo de máquinas desde que se inventó, se debe a un muchacho ansioso de economizar su esfuerzo.
Esto no quiere decir, sin embargo, que todos los adelantos en la maquinaria hayan sido inventados por quienes tuvieron la oportunidad de usarlas. Muchos de esos progresos se deben al ingenio de los fabricantes, que han convertido en un negocio particular la producción de máquinas, y algunos otros proceden de los llamados filósofos u hombres de especulación, cuya actividad no consiste en hacer cosa alguna sino en observarlas todas y, por esta razón, son a veces capaces de combinar o coordinar las propiedades de los objetos más dispares. Con el progreso de la sociedad, la Filosofía y la especulación se convierten, como cualquier otro ministerio, en el afán y la profesión de ciertos grupos de ciudadanos. Como cualquier otro empleo, también ése se subdivide en un gran número de ramos diferentes, cada uno de los cuales ofrece cierta ocupación especial a cada grupo o categoría de filósofos. Tal subdivisión de empleos en la Filosofía, al igual de lo que ocurre en otras profesiones, imparte destreza y ahorra mucho tiempo. Cada uno de los individuos se hace más experto en su ramo, se produce más en total y la cantidad de ciencia se acrecienta considerablemente.
La gran multiplicación de producciones en todas las artes, originadas en la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa opulencia universal que se derrama hasta las clases inferiores del pueblo. Todo obrero dispone de una cantidad mayor de su propia obra, en exceso de sus necesidades, y como cualesquiera otro artesano, se halla en la misma situación, se encuentra en condiciones de cambiar una gran cantidad de sus propios bienes por una gran cantidad de los creados por otros; o lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de los suyos. El uno provee al otro de lo que necesita, y recíprocamente, con lo cual se difunde una general abundancia en todos los rangos de la sociedad.
Si observamos las comodidades de que disfruta cualquier artesano o jornalero, en un país civilizado y laborioso, veremos cómo excede a todo cálculo el número de personas que concurren a procurarle aquellas satisfacciones, aunque cada uno de ellos sólo contribuya con una pequeńa parte de su actividad. Por basta que sea, la chamarra de lana, pongamos por caso, que lleva el jornalero, es producto de la labor conjunta de muchísimos operarios. El pastor, el que clasifica la lana, el cardador, el amanuense, el tintorero, el hilandero, el tejedor, el batanero, el sastre, y otros muchos, tuvieron que conjugar sus diferentes oficios para completar una producción tan vulgar. Además de esto Ącuántos tratantes y arrieros no hubo que emplear para transportar los materiales de unos a otros de estos mismos artesanos, que a veces viven en regiones apartadas del país! ĄCuánto comercio y navegación, constructores de barcos, marineros, fabricantes de velas y jarcias no hubo que utilizar para conseguir los colorantes usados por el tintorero y que, a menudo, proceden de los lugares más remotos del mundo! ĄY qué variedad de trabajo se necesita para producir las herramientas del más modesto de estos operarios! Pasando por alto maquinarias tan complicadas como el barco del marinero, el martinete del forjador y el telar del tejedor, consideraremos solamente qué variedad de labores no se requieren para lograr una herramienta tan sencilla como las tijeras, con las cuales el esquilador corta la lana. El minero, el constructor del horno para fundir el mineral ,el fogonero que alimenta el crisol, el ladrillero, el albańil, el encargado de la buena marcha del horno, el del martinete, el forjador, el herrero, todos deben coordinar sus artes respectivas para producir las tijeras. Si del mismo modo pasamos a examinar todas las partes del vestido y del ajuar del obrero, la camisa áspera que cubre sus carnes, los zapatos que protegen sus pies, la cama en que yace, y todos los diferentes artículos de su menaje, como el hogar en que prepara su comida, el carbón que necesita para este propósito -sacado de las entrańas de la tierra, y acaso conducido hasta allí después de una larga navegación y un dilatado transporte terrestre-, todos los utensilios de su cocina, el servicio de su mesa, los cuchillos y tenedores, los platos de peltre o loza, en que dispone y corta sus alimentos, las diferentes manos empleadas en preparar el pan y la cerveza, la vidriera que, sirviéndole abrigo y sin impedir la luz, le protege del viento y de la lluvia, con todos los conocimientos y el arte necesarios para preparar aquel feliz y precioso invento, sin el cual apenas se conseguiría una habitación confortable en las regiones nórdicas del mundo, juntamente con los instrumentos indispensables a todas las diferentes clases de obreros empleados en producir tanta cosa necesaria; si nos detenemos, repito, a examinar todas estas cosas y a considerar la variedad de trabajos que se emplean en cualquiera de ellos, entonces nos daremos cuenta de que sin la asistencia y cooperación de millares de seres humanos, la persona más humilde en un país civilizado no podría disponer de aquellas cosas que se consideran las más indispensables y necesarias.
Realmente, comparada su situación con el lujo extravagante del grande, no puede por menos de aparecérsenos simple y frugal; pero con todo eso, no es menos cierto que las comodidades de un príncipe europeo no exceden tanto las de un campesino económico y trabajador, como las de éste superan las de muchos reyes de África, dueńos absolutos de la Vida y libertad de diez mil salvajes desnudos.
Adam Smith
LIBRO PRIMERO
De las causas del progreso en las facultades productivas del trabajo, y del modo como un producto se distribuye naturalmente entre las diferentes clases del pueblo
CAPITULO II
DEL PRINCIPIO QUE MOTIVA LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
Esta división del trabajo, que tantas ventajas reporta, no es en su origen efecto de la sabiduría humana, que prevé y se propone alcanzar aquella general opulencia que de él se deriva. Es la consecuencia gradual, necesaria aunque lenta, de una cierta propensión de la naturaleza humana que no aspira a una utilidad tan grande: la Propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra.
No es nuestro propósito, de momento, investigar si esta propensión es uno de esos principios innatos en la naturaleza humana, de los que no puede darse una explicación ulterior, o si, como parece más probable, es la consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje. Es común a todos los hombres y no se encuentra en otras especies de animales, que desconocen esta y otra clase de avenencias. Cuando dos galgos corren una liebre, parece que obran de consuno. Cada uno de ellos parece que la echa a su compańero o la intercepta cuando el otro la dirige hacia él: mas esto, naturalmente, no es la consecuencia de ningún convenio, sino el resultado accidental y simultáneo de sus instintos coincidentes en el mismo objeto. Nadie ha visto todavía que los perros cambien de una manera deliberada y equitativa un hueso por otro. Nadie ha visto tampoco que un animal de a entender a otro, con sus ademanes o expresiones guturales, esto es mío, o tuyo, o estoy dispuesto a cambiarlo por aquello. Cuando un animal desea obtener cualquier cosa del hombre o de un irracional no tiene otro medio de persuasión sino el halago. El cachorro acaricia a la madre y el perro procura con mil zalamerías atraer la atención del dueńo, cuando éste se sienta a comer, para conseguir que le dé algo. El hombre utiliza las mismas artes con sus semejantes, y cuando no encuentra otro modo de hacerlo actuar conforme a sus intenciones, procura granjearse su voluntad procediendo en forma servil y lisonjera. Mas no en todo momento se le ofrece ocasión de actuar así. En una sociedad civilizada necesita a cada instante la cooperación y asistencia de la multitud, en tanto que su vida entera apenas le basta para conquistar la amistad de contadas personas. En casi todas las otras especies zoológicas el individuo, cuando ha alcanzado la madurez, conquista la independencia y no necesita el concurso de otro ser viviente. Pero el hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide. Quien propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta. y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Sólo el mendigo depende principalmente de la benevolencia de sus conciudadanos; pero no en absoluto. Es cierto que la caridad de gentes bien dispuestas le suministra la subsistencia completa; pero, aunque esta condición altruista le procure todo lo necesario, la caridad no satisface sus deseos en la medida en que la necesidad se presenta: la mayor parte de sus necesidades eventuales se remedian de la misma manera que las de otras personas, por trato, cambio o compra. Con el dinero que recibe compra comida, cambia la ropa vieja que se le da por otros vestidos viejos también, pero que le vienen mejor, o los entrega a cambio de albergue, alimentos o moneda, cuando así lo necesita. De la misma manera que recibimos la mayor parte de los servicios mutuos que necesitamos, por convenio, trueque o compra, es esa misma inclinación a la permuta la causa originaria de la división del trabajo.
En una tribu de cazadores o pastores un individuo, pongamos por caso, hace las flechas o los arcos con mayor presteza y habilidad que otros. Con frecuencia los cambia por ganado o por caza con sus compańeros, y encuentra, al fin, que por este procedimiento consigue una mayor cantidad de las dos cosas que si él mismo hubiera salido al campo para su captura. Es así cómo, siguiendo su propio interés, se dedica casi exclusivamente a hacer arcos y flechas, convirtiéndose en una especie de armero. Otro destaca en la construcción del andamiaje y del techado de sus pobres chozas o tiendas, y así se acostumbra a ser útil a sus vecinos, que le recompensan igualmente con ganado o caza, hasta que encuentra ventajoso dedicarse por completo a esa ocupación, convirtiéndose en una especie de carpintero constructor. Parejamente otro se hace herrero o calderero, el de más allá curte o trabaja las pieles, indumentaria habitual de los salvajes. De esta suerte; la certidumbre de poder cambiar el exceso del producto de su propio trabajo, después de satisfechas sus necesidades, por la parte del producto ajeno que necesita, induce al hombre a dedicarse a una sola ocupación, cultivando y perfeccionando el talento o el ingenio que posea para cierta especie de labores.
La diferencia de talentos naturales en hombres diversos no es tan grande como vulgarmente se cree, y la gran variedad de talentos que parece distinguir a los hombres de diferentes profesiones, cuando llegan a la madurez es, las más de las veces, efecto y no causa de la división del trabajo. Las diferencias más dispares de caracteres, entre un filósofo y un mozo de cuerda, pongamos por ejemplo, no proceden tanto, al parecer, de la naturaleza como del hábito, la costumbre o la educación. En los primeros pasos de la vida y durante los seis u ocho primeros ańos de edad fueron probablemente muy semejantes, y ni sus padres ni sus camaradas advirtieron diferencia notable. Poco más tarde comienzan a emplearse en diferentes ocupaciones. Es entonces cuando la diferencia de talentos comienza a advertirse y crece por grados, hasta el punto de que la vanidad del filósofo apenas encuentra parigual. Mas sin la inclinación al cambio, a la permuta y a la venta cada uno de los seres humanos hubiera tenido que procurarse por su cuenta las cosas necesarias y convenientes para la vida. Todos hubieran tenido las mismas obligaciones que cumplir e idénticas obras que realizar y no hubiera habido aquella diferencia de empleos que propicia exclusivamente la antedicha variedad de talentos.
Y así como esa posición origina tal diferencia de aptitudes, tan acusada entre hombres de diferentes profesiones, esa misma diversidad hace útil la diferencia. Muchas agrupaciones zoológicas pertenecientes a la misma especie, reciben de la naturaleza diferencias más notables en sus instintos de las que observamos en el talento del hombre como consecuencia de la educación o de la costumbre. Un filósofo no difiere tanto de un mozo de cuerda en su talento por causa de la naturaleza como se distingue un mastín de un galgo, un galgo de un podenco o éste de un perro de pastor. Esas diferentes castas de animales, no obstante pertenecer a la misma especie, apenas se ayudan unas a otras. La fuerza del mastín no encuentra ayuda en la rapidez del galgo, ni en la sagacidad del podenco o en la docilidad del perro que guarda el ganado. Los efectos de estas diferencias en la constitución de los animales no se pueden aportar a un fondo común ni contribuyen al bienestar y acomodamiento de las respectivas especies, porque carecen de disposición para cambiar o permutar. Cada uno de los animales se ve así constreńido a sustentarse y defenderse por sí solo, con absoluta independencia, y no deriva ventaja alguna de aquella variedad de instintos de que le dotó la naturaleza. Entre los hombres, por el contrario, los talentos más dispares se caracterizan por su mutua utilidad, ya que los respectivos productos de sus aptitudes se aportan a un fondo común, en virtud de esa disposición general para el cambio, la permuta o el trueque, y tal circunstancia permite a cada uno de ellos comprar la parte que necesitan de la producción ajena.
Adam Smith
CAPITULO III
LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SE HALLA LIMITADA POR LA EXTENSIÓN DEL MERCADO
Así como la facultad de cambiar motiva la división del trabajo, la amplitud de esta división se halla limitada por la extensión de aquella facultad o, dicho en otras palabras, por la extensión del mercado. Cuando éste es muy pequeńo, nadie se anima a dedicarse por entero a una ocupación, por falta de capacidad para cambiar el sobrante del producto de su trabajo, en exceso del propio consumo, por la parte que necesita de los resultados de la labor de otros.
Existen ciertas actividades económicas, aun de la clase ínfima, que no pueden sostenerse como no sea en poblaciones grandes. Un mozo de cuerda, por ejemplo, no podrá encontrar medios de vida ni empleo sino en ellas. La aldea constituye para él un campo muy limitado y aun una población, provista de un mercado corriente, es insuficiente para proporcionarle una ocupación constante. En los caseríos y pequeńas aldeas diseminadas en regiones desérticas, como ocurre en las tierras altas de Escocia, el campesino es el carnicero, panadero y cervecero de la familia. En tales circunstancias apenas si lograremos encontrar un herrero, un carpintero o un albańil a menos de veinte millas de distancia de otro de su misma profesión. Las familias que viven diseminadas a ocho o diez millas de distancia unas de otras, aprenden a producir un gran número de cosas para las cuales reclamarían el concurso de dichos artesanos en lugares más poblados. Estos, en el campo, se ven obligados, la mayor parte de las veces, a aplicarse en todos aquellos ramos del oficio que sean más afines, en lugar de dedicarse a una sola actividad. Un carpintero rural trabaja todo el ramo de la madera, y un herrero, en esas circunstancias, cuantas obras se hacen de hierro. El primero no sólo es carpintero, sino ebanista, ensamblador, tallista, carretero, fabricante de arados, carruajes y ruedas, etc. Los oficios del segundo alcanzan mayor variedad. Es imposible que en lugares tan apartados como el centro de las tierras altas de Escocia florezca el fabricante de clavos. Un artesano que hiciese mil al día, completaría trescientos mil al ańo, en trescientas jornadas; pero en tales condiciones, apenas podría disponer anualmente de mil, que son el producto de una jornada.
Las vías fluviales abren a las distintas clases de actividades económicas mercados más amplios que el transporte terrestre, y ello nos explica por qué, a lo largo de las costas marítimas y riveras de los ríos navegables, las promociones de cualquier género comienzan a subdividirse y perfeccionarse; pero muchas veces acontece que ha de pasar bastante tiempo hasta que esos progresos se extiendan al interior del país. Un carro de grandes ruedas servido por dos hombres y tirado por ocho caballos trae y lleva en unas seis semanas, aproximadamente, casi cuatro toneladas de mercancía entre Londres y Edimburgo. Pero una embarcación con seis u ocho tripulantes y que trafique entre Londres y Leith, transporta casi en el mismo tiempo doscientas toneladas entre los dos puertos. En consecuencia, seis u ocho hombres, utilizando el transporte marítimo, transportan en ese lapso de tiempo idéntica cantidad de mercancía entre Londres y Edimburgo que cincuenta carretones servidos por cien hombres y tirados por cuatrocientos caballos. En el primer caso, sobre las doscientas toneladas de mercancía, transportadas por tierra, al porte más barato, entre Londres y Edimburgo, habría que cargar la manutención de cien hombres durante tres semanas y la amortización de cuatrocientos caballos y de los cincuenta carretones. En cambio, sobre la misma cantidad de mercaderías, conducidas por agua, habría que ańadir únicamente la manutención de seis u ocho hombres y la amortización de un navío de doscientas toneladas de carga, amén del valor superior del riesgo, o la diferencia que existe entre el seguro marítimo y el terrestre. Si entre ambas plazas no hubiera más comunicación que la terrestre, sólo se podría acarrear entre una y otra aquellas mercancías cuyo precio es muy grande en proporción al peso. No existiría entre ambas plazas más que una pequeńa parte del comercio que hoy existe y, por consiguiente, prosperaría menos el tráfico que hoy enriquece recíprocamente sus industrias. Entre las partes remotas del mundo no existiría el comercio, o éste sería muy pequeńo. żQué mercaderías podrían soportar el porte terrestre entre Londres y Calcuta? Y aun cuando hubiese artículos tan preciosos que pudieran soportar esos gastos żcuál sería la seguridad del transporte a través de los territorios de naciones tan bárbaras? Sin embargo, estas dos ciudades mantienen en la actualidad un comercio muy activo, y procurándose mutuos mercados, fomentan de una manera extraordinaria las economías respectivas.
Siendo éstas las ventajas del transporte acuático, es cosa natural que los progresos del arte y de la industria se fomentasen donde tales facilidades convirtieron al mundo en un mercado para toda clase de productos del trabajo; en cambio tales progresos tardaron mucho en extenderse por las regiones interiores del país. Estas zonas del interior no dispusieron, durante largo tiempo, de otro mercado para la mayor parte de sus productos, sino la comarca circundante, separada de las costas y riberas de los grandes ríos navegables. Por consiguiente, la extensión de su mercado fue en mucho tiempo proporcionada a la riqueza y población del respectivo territorio y, en consecuencia, su adelanto muy posterior al progreso general del país. En las colonias inglesas de América del Norte las plantaciones se extendieron preferentemente a lo largo de las costas o de las riberas de los ríos navegables, y raras veces penetraron a considerable distancia. de ambas.
Las naciones que fueron civilizadas en primer lugar, de acuerdo con los más auténticos testimonios de la historia, fueron aquellas que moraban sobre las costas del Mediterráneo. Este mar, el mayor de los mares interiores conocidos en el mundo, desconoce la fuerza de las mareas y, por eso, las olas se deben únicamente a la acción del viento. Por la calma reinante en la superficie, así como por la multitud de islas y la proximidad de sus playas ese mar fue extraordinariamente favorable a la infancia de la navegación, cuando, por la ignorancia de la brújula, los navegantes temían perder de vista las costas y, debido a las deficiencias en el arte de construir barcos, no se arriesgaban a abandonarse a las olas del proceloso océano. Pasar las columnas de Hércules, o sea trasponer el estrecho de Gibraltar, se consideraba en el mundo antiguo la empresa de navegación más admirable y arriesgada. Hubo de pasar mucho tiempo antes de que lo intentaran fenicios y cartagineses, los más esforzados navegantes y constructores de la época; pero éstos fueron durante un período muy largo las únicas naciones que lo intentaron.
Parece que fue Egipto, de todos los países que se extendían por la cuenca del Mediterráneo, el primero en cultivar y fomentar en alto grado la agricultura y las manufacturas. El Egipto superior no se aparta mucho, en parte alguna, de las riberas del Nilo, y en el Egipto inferior se parte el río en diferentes canales que, ayudados con ciertas obras de ingeniería, parecen haber proporcionado una buena comunicación, no sólo a las grandes ciudades, sino a un número considerable de aldeas y caseríos diseminados en la región, parejamente a como lo hacen ahora, en Holanda, el Mosa y el Rhin. Es muy probable que la extensión y las facilidades de esta navegación se convirtieran en una de las principales causas del temprano progreso de Egipto.
Los
Todas las tierras interiores de África y todas aquellas de Asia, que se extienden hacia el norte del Mar Negro (Ponto Euxino) y del Mar Caspio, la antigua Scythia, la moderna Tartaria y Siberia, parece que estuvieron en todas las edades del mundo sumidas en la misma barbarie y ausencia de civilización en que hoy las encontramos. El mar de Tartaria es el Océano glacial o helado, cerrado a la navegación, y aunque algunos de los ríos, más caudalosos del mundo corren por esos parajes, se hallan muy distanciados unos de otros para facilitar el comercio y las comunicaciones en la mayor parte de esas dilatadas comarcas. En África no hay mares interiores, como el Báltico o el Adriático en Europa, el Mediterráneo y el Mar Negro, en este continente y en Asia, como tampoco golfos parecidos a los de Arabia, Persia, India, Bengala, y Siam en Asia, para llevar el comercio al interior del Continente. Los grandes ríos de África se encuentran tan distantes unos de otros, que no hacen posible una navegación interna considerable. Aparte de esto, el comercio que puede hacer una nación utilizando un río que no se subdivide en varias ramas o brazos, y que, además, pasa por otro territorio, antes de desembocar en el mar, nunca puede ser muy importante, porque siempre se ofrecerá a las naciones que poseen la otra parte del territorio la posibilidad de obstruir la comunicación entre el mar y el país de la cabecera del río. Esto nos explica por qué la navegación del Danubio aprovecha muy poco a los Estados de Baviera, Austria y Hungría, en comparación a lo que pasaría si cualquiera de ellos poseyese toda la cuenca, hasta que ese río vierte en el mar Negro.
Adam Smith
CAPНTULO IV
DEL ORIGEN Y USO DE LA MONEDA
Tan pronto como se hubo establecido la divisiуn del trabajo sуlo una pequeсa parte de las necesidades de cada hombre se pudo satisfacer con el producto de su propia labor. El hombre subviene a la mayor parte de sus necesidades cambiando el remanente del producto de su esfuerzo, en exceso de lo que consume, por otras porciones del producto ajeno, que йl necesita. El hombre vive asн, gracias al cambio convirtiйndose, en cierto modo, en mercader, y la sociedad misma prospera hasta ser lo que realmente es, una sociedad comercial.
Cuando comenzу a practicarse la divisiуn del trabajo, la capacidad de cambio se vio con frecuencia cohibida y entorpecida en sus operaciones. Es de suponer que un hombre tuviera de una mercancнa mбs de lo que necesitaba, en tanto otro disponнa de menos. El primero, en consecuencia, estarнa dispuesto a desprenderse del sobrante, y el segundo, a adquirir una parte de este exceso. Mas si acontecнa que este ъltimo no contaba con nada de lo que el primero habнa menester, el cambio entre ellos no podнa tener lugar. El carnicero tiene mбs carne en su establecimiento de la que consume, y el cervecero y el panadero gustosamente comprarнan una parte de ese excedente. Sin embargo, nada pueden ofrecer en cambio; como no sea el remanente de sus producciones respectivas, y puede ocurrir que el carnicero disponga de cuanto pan y cerveza inmediatamente necesita. En estas condiciones es imposible que el cambio se efectъe entre ellos. Uno no puede ser mercader, ni los otros clientes, con lo cual todos pierden la posibilidad de beneficiarse con sus recнprocos servicios. A fin de evitar inconvenientes de esta naturaleza, todo hombre razonable, en cualquier perнodo de la sociedad, despuйs de establecida la divisiуn del trabajo, procurу manejar sus negocios de tal forma que en todo tiempo pudiera disponer, ademбs de los productos de su actividad peculiar, de una cierta cantidad de cualquier otra mercancнa, que a su juicio escasas personas serнan capaces de rechazar a cambio de los productos de su respectivo esfuerzo.
Es muy probable que para este fin se seleccionasen y eligieran, de una manera sucesiva, muchas cosas diferentes. En las edades primitivas de la sociedad se dice que el ganado fue el instrumento comъn del comercio y, a pesar de ser extraordinariamente incуmodo para esos fines, hallamos con frecuencia valuadas las cosas, en aquellos tiempos remotos, por el nъmero de cabezas que por ellas se entregaban en cambio. La armadura de Diomedes, al decir de Homero, ъnicamente costу nueve bueyes, pero la de Glauco importу ciento. En Abisinia se asegura que la sal es el instrumento comъn de cambio y de comercio; en algunas costas de la India se utiliza cierto gйnero de conchas; el pescado seco, en Nueva Zelanda; el tabaco, en Virginia; el azъcar, en algunas colonias de las Indias Occidentales; los cueros y las pieles, en otros paнses, y aun en Escocia existe actualmente un lugar donde, segъn nos informan, es cosa corriente que un artesano lleve clavos, en lugar de monedas, a la panaderнa, o a la taberna.
Sin embargo, en todos los paнses resolvieron los hombres, por diversas razones incontrovertibles, dar preferencia para este uso a los metales, sobre todas las demбs mercaderнas. Йstos no sуlo se conservan con menos pйrdida que cualquier otro artнculo, pues contadas cosas son menos perecederas, sino que, ademбs, se pueden dividir sin menoscabo en las partes que se quiera, o fundir de nuevo en una sola masa, cualidad que no poseen otras mercancнas igualmente durables, Es precisamente esta propiedad la que los convierte en instrumentos aptos para la circulaciуn y el comercio. El hombre que necesita comprar sal, pongamos por caso, y no tiene otra cosa para dar en cambio sino ganado, se ve obligado a adquirir la cantidad equivalente a un buey, o a una oveja, y a retirar de una vez toda la sal. Difнcilmente podrб comprar una menor proporciуn, porque lo que ha de dar en cambio no se puede dividir, como no sea con pйrdida. Y si fuese mayor la cantidad apetecida, se verнa obligado a comprarla duplicando o triplicando la contraprestaciуn, hasta el valor de dos o tres bueyes, o de dos o tres ovejas. Por el contrario, si en lugar de poseer bueyes u ovejas dispone de metal para dar en cambio fбcilmente puede proporcionar la cantidad de йste, que se ve obligado a ceder, a la cantidad de mercancнa que de una manera precisa necesita.
Diferentes clases de metales se han usado para estos cometidos en varias naciones. El hierro fue instrumento comъn de comercio entre los antiguos espartanos; el cobre entre los romanos primitivos, y el oro y la plata entre todas las naciones ricas y comerciantes.
Parece ser que, en un principio, se utilizaron estos metales en barras toscas, sin cuсo ni sello. Plinio refiere, apoyбndose en la autoridad de un historiador antiguo, Timeo, que hasta la йpoca de Servio Tulio no tuvieron los romanos moneda acuсada, sirviйndose de barras de cobre sin marca, para comprar cuanto necesitaban. Estas barras groseras hacнan, pues, en aquellos tiempos, las funciones de moneda.
El uso de metales, en esta forma rudimentaria, tropezaba con dos inconvenientes muy grandes; primero, la incomodidad de pesarlos, y segundo, la de contrastarlos. En los metales preciosos, una pequeсa diferencia en la cantidad se traduce en una gran discrepancia de valor, por lo que la tarea de pesarlos con la mбxima exactitud requiere, cuando menos, pesas y balanzas muy ajustadas. En particular, el peso del oro es una operaciуn delicadнsima. En los metales mбs bastos, donde un pequeсo yerro carece de importancia, se requiere, sin duda alguna, menos precisiуn. Pero no por eso serнa menos embarazoso que cuando un pobre hombre tuviese necesidad de comprar o vender una cosa por valor de un cuartillo de penique se viese en la precisiуn de pesarlo. La operaciуn de contraste es mбs difнcil y embarazosa todavнa, y aun resulta incierta siempre cualquier comprobaciуn, como no se deshaga alguna parte del metal en el crisol con disolventes adecuados. Antes, pues, de que se estableciera la moneda acuсada, el pueblo siempre estaba expuesto a los fraudes y engaсos mбs groseros, a no ser que recurriese a aquellas prolijas y difнciles operaciones, ya que, en lugar de una libra de pura plata o cobre, podнa recibir, en cambio de sus bienes, una masa adulterada de los materiales mбs bajos y baratos, aunque tuvieran la apariencia de los codiciados metales. Para evitar estos abusos, facilitar los cambios y fomentar por este procedimiento el comercio y la industria, en todas sus manifestaciones, se considerу necesario, en cuantos paнses adelantaron algo en el camino del progreso, colocar un sello pъblico sobre cantidades determinadas de aquellos metales que acostumbraban a usar esas naciones para comprar todo gйnero de mercancнas. Tal es el origen de la moneda acuсada y de aquellos establecimientos pъblicos llamados "Casas de Moneda", instituciones que guardan un gran parecido con las oficinas (Lonjas) que inspeccionan. y sellan los tejidos de lana y lino. Todos ellos se proponen, por igual atestiguar, por medio de un sello oficial, la cantidad y calidad uniforme de esas diferentes clases de mercancнas cuando llegan al mercado.
Los primeros sellos pъblicos de esta clase, que se estamparon en los metales corrientes, tuvieron como finalidad asegurar, en la mayor parte de los casos, lo que es mбs difнcil e importante de probar, o sea la finura y buena calidad del metal, y fueron parecidos a la marca esterlina, que se pone en Inglaterra en los objetos y barras de plata, y al sello, que se estampa en Espaсa sobre los lingotes de oro, en uno de los costados de la pieza, que sуlo asegura la finura y calidad del metal, pero no su peso. Abraham pesу a Ephrуn los cuatrocientos siclos de plata que se comprometiу a pagar por el campo de Macpela. Aunque esta moneda se decнa era corriente en el mercado, aceptбbase por peso y no por cuenta, del mismo modo que al presente se hace con las barras de oro o de plata marcadas. Las rentas de los antiguos reyes anglosajones es fama que se pagaban, no en moneda, sino en especie, es decir, en vituallas y provisiones de todo gйnero. Fue Guillermo el Conquistador quien introdujo la costumbre del pago en dinero, pero durante mucho tiempo, este dinero no se recibiу en el tesoro por cuenta, sino al peso.
Las dificultades e inconvenientes de pesar con exactitud dichos metales dieron origen a la tйcnica de la acuсaciуn. Las improntas, que cubrнan ambos lados de la pieza y, a veces, los bordes, se proponнan atestiguar no sуlo la finura sino el peso del metal. Por dicha razуn esos cuсos se reciben actualmente por cuenta, sin tomarse la molestia de pesarlos.
Los nombres que se pusieron a estos cuсos
parecen expresar, en su. origen, el peso o cantidad de metal de cada pieza. En
la йpoca de Servio Tulio, que fue el primero que acuсу, en Roma, el
peso de la Torre parece haber sido algo mбs que
la romana y menos que la
de Alejandro I hasta la de Roberto Bruce,
contenнa una libra de plata del mismo peso y finura que la libra esterlina
inglesa. Los peniques ingleses, franceses y escoceses contuvieron, tambiйn en su
origen, el peso efectivo de un penique de plata, que es la vigйsima parte de una
onza y la doscientoscuarentava parte de una libra. El chelнn tambiйn parece que
fue en sus comienzos una denominaciуn ponderal.
El
Es asн como la moneda se convirtiу en instrumento universal de comercio en todas las naciones civilizadas, y por su mediaciуn se compran, venden y permutan toda clase de bienes.
Ahora vamos a. examinar cuбles son las reglas que observan generalmente los hombres en la permuta de unos bienes por otros, o cuando los cambian en moneda. Estas reglas determinan lo que pudiйramos llamar el valor relativo o de cambio de los bienes.
Debemos advertir que la palabra VALOR tiene dos significados diferentes, pues a veces expresa la utilidad de un objeto particular, y, otras, la capacidad de comprar otros bienes, capacidad que se deriva de la posesiуn del dinero. Al primero lo podemos llamar "valor en uso", y al segundo, "valor en cambio". Las cosas que tienen un gran valor en uso tienen comъnmente escaso o ningъn valor en cambio, y por el contrario, las que tienen un gran valor en cambio no tienen, muchas veces, sino un pequeсo valor en uso, o ninguno. No hay nada mбs ъtil que el agua, pero con ella apenas se puede comprar cosa alguna ni recibir nada en cambio. Por el contrario, el diamante apenas tiene valor en uso, pero generalmente se puede adquirir, a cambio de йl, una gran cantidad de otros bienes.
Para investigar los principios que regulan el valor en cambio, de las mercancнas, procuraremos poner en claro,
Primero, cuбl sea la medida de este valor en cambio, o en quй consiste el precio real de todos los bienes;
Segundo, cuбles son las diferentes partes integrantes de que se compone este precio real.
Por ъltimo, cuбles son las diferentes circunstancias que unas veces hacen subir y otras bajar algunas o todas las distintas partes componentes del precio, por encima o por debajo de su proporciуn natural o corriente; o cuбles son las causas que algunas veces impiden que el precio del mercado, o sea el precio real de los bienes, coincida exactamente con lo que pudiйramos denominar su precio natural.
Me propongo explicar, con la claridad y precisiуn posibles estas tres cuestiones en los tres capнtulos siguientes, en los cuales someterй a dura prueba la paciencia y la atenciуn del lector: la paciencia, para examinar y revisar detalles que a veces nos pueden parecer innecesariamente prolijos; la atenciуn, para comprender lo que, aun despuйs de tanta explicaciуn como seamos capaces de dar, pudiera parecer innecesariamente tedioso. Pero correrй el riesgo de ser prolijo para tener la seguridad de ser claro. Aun a pesar de hacer el mбximo esfuerzo para conseguirlo, quedarбn todavнa algunos puntos oscuros, sin aclarar, debido a la naturaleza en extremo abstracta del tema.