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Introducción
(por F. A. HAYEK )
Prólogo
Capítulo I.
- Teoría general del bien
Capítulo II.
- Economía y bienestar económico
Capítulo III
.- Teoría del valor
Capítulo IV.
- Teoría del intercambio
Capítulo V.
- Teoría del precio
Capítulo VI.
- Valor de uso y valor de intercambio
Capítulo VII.
- Teoría de la mercancía
Capítulo VIII.
- Teoría del dinero
INTRODUCCIУN
de F. A. Hayek
La historia de la economнa polнtica es rica en ejemplos de
precursores olvidados, cuya obra no despertу ningъn eco en su tiempo y que sуlo
fueron redescubiertos cuando sus ideas mбs importantes habнan sido ya
difundidas por otros. Es tambiйn rica en notables coincidencias de descubrimientos
simultбneos y de singulares peripecias de algunos libros. Pero difнcilmente se
encontrarб en esta historia, ni en la de ninguna otra rama del saber, el
ejemplo de un autor que haya revolucionado los fundamentos de una ciencia ya
bien establecida y haya conseguido por ello general reconocimiento y que, a
pesar de todo, haya sido tan desconocido como Carl
Menger. Apenas si existen
casos paralelos al de los
Para los historiadores resulta incuestionable que la posiciуn poco menos que excepcional alanzada por la Escuela austriaca en el proceso de desarrollo de la economнa polнtica en los ъltimos sesenta aсos se debe casi en su totalidad a los fundamentos sobre los que la asentу este gran economista. Es cierto que la fama de la Escuela de cara al exterior y el desarrollo de algunas panes esenciales del sistema se deben a los esfuerzos de sus brillantes seguidores Eugen von Bцhm-Bawerk y Friedrich von Wieser. Pero no es oscurecer los mйritos de estos dos hombres afirmar que sus ideas fundamentales surgieron en su totalidad de Carl Menger. De no haber tenido tales discнpulos, su nombre habrнa quedado envuelto en una suave penumbra. Tal vez habrнa corrido la suerte de muchos hombres capacitados, cuyas ideas se anticiparon a su tiempo pero que luego fueron olvidados. En todo caso, es prбcticamente seguro que durante largo tiempo apenas habrнa gozado de prestigio fuera del бmbito germano-parlante. Pero la caracterнstica comъn de todos los partidarios de la Escuela austriaca, lo que les confiriу su peculiaridad e hizo posibles sus posteriores contribuciones, fue precisamente su aceptaciуn de las teorнas de Carl Menger.
El hecho de que William Stanley Jevons, Carl
Menger y Lйon
Walras
descubrieran casi al mismo tiempo y cada uno por su lado el principio de la
utilidad lнmite es tan conocido que no es necesario insistir en ello. Hoy se
admite, en general, y con buenas razones, que el aсo 1871, en el que se
publicaron la
Para comprender el transfondo intelectual de la obra de Carl
Menger conviene hacer algunas observaciones sobre la situaciуn general de la
economнa polнtica en aquella йpoca. Si bien es cierto que el cuarto de siglo
que media entre la apariciуn de los
Pero en ninguna parte se registrу tan rбpido y tan total ocaso de la escuela clбsica de la economнa polнtica como en Alemania. Bajo los ataques de la escuela histуrica, no sуlo se abandonaron enteramente las teorнas clбsicas —que, por lo demбs, nunca habнan tenido profundas raнces en esta parte del mundo—, sino que toda tentativa de anбlisis teуrico era saludada con profunda desconfianza. Esto era en parte el resultado de una serie de reflexiones metodolуgicas. Pero era, sobre todo, el producto de la acentuada animosidad con que el impulso reformista de los nuevos grupos, que se autodenominaban orgullosamente “escuela йtica”, se oponнa a las consecuencias prбcticas de la escuela clбsica inglesa. En Inglaterra se estancу el progreso de la teorнa econуmica. Mientras tanto, habнa surgido en Alemania una segunda generaciуn de economistas polнticos histуricos, que nunca habнa llegado a familiarizarse con el ъnico sistema teуrico bien estructurado y desarrollado y que habнa aprendido, ademбs, a considerar inъtiles, si no abiertamente perjudiciales, todo tipo de especulaciones teуricas.
Las teorнas de la escuela clбsica habнan incurrido
probablemente en tal descrйdito que ya no podнan servir de base de partida para
un movimiento de renovaciуn de los que todavнa se interesaban por los problemas
teуricos. Con todo, en los escritos de los economistas polнticos alemanes de la
primera mirad del siglo se registraron algunos planteamientos que abrнan la
posibilidad de una nueva evoluciуn [1]. Una de las razones que explican por quй
la teorнa clбsica nunca asentу firmemente el pie en Alemania radica en el hecho
de que los economistas polнticos de este paнs tuvieron siempre clara conciencia
de ciertas contradicciones inherentes a todas las teorнas de los costes o del
valor del trabajo. Tal vez ya a partir de la obra de Galiani y de otros autores
franceses e italianos del siglo XVIII se habнa mantenido siempre viva una
tradiciуn que se negaba a admitir una radical separaciуn entre el valor y la
utilidad. Desde los primeros aсos del siglo hasta la dйcada de los cincuenta y
los sesenta hubo toda una serie de autores, de los que el mбs destacado e
influyente fue Hermann (apenas si se prestу atenciуn a Gossen, cosechador por
otra parte de grandes йxitos), que intentaron combinar la idea de la utilidad
con la de la escasez, para explicar el concepto del valor. Estos autores
llegaron a posiciones muy prуximas a la soluciуn al final aportada por
Menger,
que debe muchas de sus ideas a estas especulaciones que a los economistas
polнticos ingleses contemporбneos, mбs atentos al pensamiento prбctico, debнan
parecerles por fuerza inъtiles excursos al campo de la filosofнa. Una mirada a
las detalladas notas al pie de los
Aunque probablemente
Menger superу a todos los cofundadores
de la teorнa de la utilidad lнmite por su vasto conocimiento de la literatura
especializada —y sуlo gracias a su pasiуn de bibliуfilo, despertada en йl por
el ejemplo de Roscher, con su formaciуn universal, puede explicarse tanto saber
como el que revela en sus
No deja de tener cierto interйs la especulaciуn sobre la evoluciуn que habrнa experimentado el pensamiento de Menger de haber conocido a estos fundadores del anбlisis matemбtico. Es significativo que, a cuanto yo sй, nunca hiciera la mбs mнnima alusiуn al valor de las matemбticas como instrumento de la teorнa cientнfica [5] , aunque probablemente no le faltaron ni los recursos tйcnicos ni la aficiуn. Muy al contrario, estб fuera de toda duda su interйs por las ciencias naturales y en toda su obra es patente su fuerte predilecciуn por los mйtodos de estas ciencias.
Tambiйn el interйs de sus hermanos, y mбs concretamente de Antonio, por las matemбticas y el hecho de que su hijo Karl fuera un eminente matemбtico, insinъan la existencia de una predisposiciуn hacia estas ciencias en el seno de la familia. Pero aunque en una йpoca posterior Menger conociу los trabajos de Jevons y Walras, asн como los de sus compatriotas Auspitz y Lieben, en sus escritos sobre problemas metodolуgicos no aparece nunca el mйtodo matemбtico [6] . їDebemos concluir que se sentнa escйptico sobre su utilidad?
Entre los autores que influyeron en Menger durante el perнodo decisivo de su pensamiento, no aparece ningъn economista austriaco, por la simple razуn de que en la primera mitad del siglo XIX no los habнa. En las universidades frecuentadas por Menger, el estudio de la economнa polнtica, considerada como una parte de la jurisprudencia, corrнa a cargo de cientнficos procedentes en su inmensa mayorнa de Alemania. Y aunque, como todos los posteriores economistas polнticos austriacos, Menger se doctorу en Derecho, difнcilmente puede admitirse que se sintiera estimulado por sus profesores para dedicarse al estudio de las ciencias econуmicas. Esta afirmaciуn nos introduce ya en su biografнa personal.
Naciу el 28 de febrero de 1840, en Neu-Sandec, en una zona
de Galizia hoy perteneciente a Polonia. Su padre, que ejercнa la abogacнa, procedнa
de una familia austriaca de artesanos, mъsicos, funcionarios civiles y
oficiales del ejйrcito, que sуlo una generaciуn antes se habнa trasladado de
los territorios germano-parlantes de Bohemia a las provincias orientales. Su
abuelo materno
[7] , un comerciante de Bohemia que se habнa enriquecido
considerablemente durante las guerras napoleуnicas, comprу una extensa
propiedad en la Galizia occidental. Aquн transcurriу una buena parte de la
juventud de Carl Menger y, antes de 1848, pudo contemplar aъn las ъltimas
reliquias de la servidumbre de la gleba, que en esta regiуn de Austria se
prolongу mбs tiempo que en ninguna otra parte de Europa, con excepciуn de
Rusia. Junto con sus dos hermanos —Anton, que mбs tarde escribiу sobre
cuestiones jurнdicas y sociales, fue autor del cйlebre libro
Wieser
nos informa de que en cierta ocasiуn Menger le contу
que entre sus tareas figuraba la de redactar boletines sobre la situaciуn del
mercado para un periуdico oficial, el
Al parecer, Menger declarу en cierta ocasiуn que escribiу
los
Su objetivo fundamental, tal como declara en el prуlogo (y tambiйn
en el Capнtulo III), era desarrollar una teorнa unitaria del precio, que
pudiera explicar todos sus fenуmenos y en
Se percibe claramente en estas pбginas la influencia de los antiguos autores alemanes, con su predilecciуn por las clasificaciones un tanto pedantes y por las claras definiciones. Pero, en manos de Menger, los venerables “conceptos fundamentales” de los manuales tradicionales alemanes cobran nueva vida. Las бridas enumeraciones y definiciones se transforman en poderosos instrumentos de un anбlisis en el que cada paso parece derivarse con inevitable necesidad del precedente. Aunque en la exposiciуn de Menger faltan muchas de las plбsticas expresiones y de las elegantes formulaciones de los escritos de Bцhm-Bawerk y de Wieser, cuanto al contenido en nada cede a los trabajos posteriores y en muchos aspectos es netamente superior.
No pretende esta introducciуn trazar un cuadro toral y
coherente de las reflexiones de Menger. Pero hay en su tratado algunos aspectos
poco conocidos y algo sorprendentes que merecen una especial menciуn. Su
detallada y seria investigaciуn sobre la relaciуn causal entre las necesidades
humanas y los medios que sirven para satisfacerlas lleva, ya en las primeras
pбginas, a la distinciуn, hoy muy conocida, entre bienes del primero, del
segundo, del tercero y de otros уrdenes superiores. Esta divisiуn y el
concepto, hoy ya tambiйn familiar, de los bienes complementarios son —a pesar de
una opiniуn muy difundida que defiende lo contrario— expresiуn tнpica de una
opiniуn de la particular atenciуn que la Escuela austrнaca ha consagrado
siempre a la estructura tйcnica de la
Mбs notable aъn es el papel predominante que juega, desde el principio, el factor del tiempo. Hay una creencia muy difundida de que los primeros representantes de la economнa polнtica propendнan a pasar por alto este aspecto temporal. Respecto de los fundadores de la exposiciуn matemбtica de la moderna teorнa del equilibrio, tal vez estй justificada esta impresiуn, pero no lo estб respecto de Menger. Para йl, la actividad econуmica es esencialmente una planificaciуn en orden al futuro y su concepciуn del espacio temporal o, dicho con mayor exactitud, de los diferentes espacios temporales a los que se extiende la previsiуn humana en orden a la satisfacciуn de las diferentes necesidades (Ver Capнtulo II, nota 2) tiene un acento decididamente moderno.
No es tarea fбcil imaginarse hoy que Menger haya sido el
primer autor que basу la distinciуn entre bienes libres y bienes econуmicos en
el concepto de la escasez. Como йl mismo dice (Ver Capнtulo II, nota 7), todos los autores alemanes que ya habнan utilizado estos conceptos con
anterioridad —y muy
Toda su obra se caracteriza por el hecho de que concede mucha mayor importancia a la cuidadosa descripciуn de un fenуmeno que a designarlo con un nombre corto y adecuado. Esta tendencia impide muchas veces que su exposiciуn sea todo lo expresiva que serнa de desear, pero le inmunizaba en cambio frente a una cierta unilateralidad y contra el peligro de excesivas simplificaciones, en las que se incurre fбcilmente cuando se recurre a fуrmulas cortas. El ejemplo clбsico de cuanto venimos diciendo se halla en la constataciуn de que Menger no descubriу ni utilizу (a cuanto yo sй) la expresiуn de “utilidad lнmite” introducida por Wieser. Habla siempre de “valor”, aсadiendo, para explicar bien su idea, la clara pero pesada fуrmula de “la significaciуn que alcanzan para nosotros unos bienes concretos o cantidades de bienes, por el hecho de que tenemos conciencia de que dependemos de su posesiуn para la satisfacciуn de nuestras necesidades”. Y describe la magnitud de este valor como igual a la significaciуn de la satisfacciуn menos importante que puede alcanzarse mediante una cantidad parcial de la cantidad de bienes disponible (Capнtulo III, 1 y 2 y nota 8).
Otro ejemplo, tal vez menos importante pero no menos significativo, del temor de Menger a sintetizar las explicaciones en fуrmulas cortas, aparece ya antes, en la discusiуn sobre la decreciente intensidad de las necesidades individuales a medida que va en aumento la satisfacciуn de las mismas. Este hecho psicolуgico, que ha alcanzado mбs tarde, bajo el nombre de “ley de Gossen sobre la satisfacciуn de las necesidades”, un puesto tal vez excesivo en la exposiciуn de la teorнa del valor y que fue celebrado por Wieser como el descubrimiento fundamental de Menger, aparece con frecuencia en el sistema de nuestro autor al menos como uno de los factores que nos permiten jerarquizar por orden de importancia las diferentes sensaciones de las necesidades individuales.
Los puntos de vista de Menger son notablemente modernos en otra cuestiуn, aъn mбs interesante, relacionada con la pura teorнa del valor subjetivo. Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones se desprende claramente que lo ъnico que pretende decir es que el valor de una mercancнa cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancнa del mismo valor. A propуsito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significaciуn absoluta, sino sуlo la relativa de las necesidades (Capнtulo V - 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no estб pensando en nъmeros cardinales, sino en ordinales (Capнtulo III - 2) [10].
Una vez establecido el principio que le permitiу fundamentar en la utilidad la explicaciуn del valor, tal vez la mбs importante aportaciуn de Menger haya sido aplicar este principio al caso en que para asegurar la satisfacciуn de una necesidad humana se requiere mбs de un bien. Aquн daban sus frutos el concienzudo anбlisis de la relaciуn causal entre los bienes y las necesidades desarrollado en el capнtulo introductorio y la idea de los bienes complementarios y de los bienes de diversos уrdenes. Todavнa hoy es poco conocido el hecho de que Menger solucionу el problema de la distribuciуn de la utilidad de un producto final entre los diferentes bienes concurrentes de orden superior —lo que Wieser llamу mбs tarde el problema de la asignaciуn— gracias a una teorнa sumamente elaborada de la productividad lнmite. Distingue claramente entre el caso en que son variables las proporciones de dos o mбs factores para producir una mercancнa y el otro en que estas proporciones son invariables. En el primero, soluciona el problema de la asignaciуn afirmando que las cantidades de los diversos factores que pueden intercambiarse para mantener la misma cantidad del producto deben tener el mismo valor, mientras que cuando las proporciones son invariables declara que el valor de los diversos factores estб determinado por su utilidad en las aplicaciones alternativas (Capнtulo IV - 2).
En esta
primera parte de su obra, consagrada a la teorнa del valor subjetivo y que
resiste muy bien cualquier comparaciуn con los trabajos posteriores de
Wieser,
Bцhm-Bawerk
y otros autores, figuran varios puntos importantes en los que la exposiciуn de Menger presenta una grave laguna. Difнcilmente puede considerarse completa una
teorнa del valor —y, por supuesto, nunca serб del todo convincente— si no
explica de forma clara y expresa - el papel que desempeсan los costes de
producciуn para la fijaciуn del valor relativo de las diversas mercancнas. Al
comienzo de su exposiciуn, Menger demuestra que ha visto bien el problema y promete
analizarlo mбs adelante. Pero nunca cumpliу la promesa. Estaba reservado a
Wieser
el desarrollo de este tema, conocido mбs tarde por el principio de la
Se ha afirmado a veces que Menger y su escuela estaban tan
satisfechos con su descubrimiento de los principios que determinan el valor en
la economнa de un individuo que se sentнan inclinados a aplicarlos, con
excesiva premura y simplificaciуn, para explicar el fenуmeno del precio. Esta
afirmaciуn podrнa estar hasta cierto punto justificada en algunos de los
seguidores de Menger, incluido el
Wieser de los aсos juveniles, pero es, desde
luego, falsa respecto de la obra del propio Menger. Su exposiciуn concuerda
plenamente con la regla, mбs tarde enйrgicamente acentuada por Bцhm-Bawerk, de
que toda teorнa satisfactoria del precio debe realizarse en dos niveles
diferentes y separados, de los que el anбlisis del valor subjetivo es sуlo el
primero. Esta afirmaciуn constituye el fundamento de una explicaciуn de las
causas y de los lнmites del intercambio entre dos o mбs personas. El modo de
proceder de Menger en los
La secciуn expresamente dedicada a la teorнa del precio, con
su cuidadosa investigaciуn sobre cуmo influyen las valoraciones relativas de
cada uno de los participantes en la relaciуn de intercambio de dos individuos
aislados luego en una situaciуn de monopolio y, finalmente, en una situaciуn de
competencia, es la tercera y probablemente la menos conocida de las
aportaciones bбsicas de los
No es preciso aсadir aquн muchas cosas sobre los ъltimos capнtulos, en los que se analizan las repercusiones de la producciуn en el mercado, la significaciуn tйcnica de la expresiуn “mercancнa” y su diferencia respecto del simple “bien”, asн como los diversos grados de la capacidad o facilidad de venta, que sirven de introducciуn al estudio de la teorнa del dinero. Efectivamente, las ideas contenidas en ellos y las observaciones fragmentarias sobre el capital en las secciones anteriores son las ъnicas partes del libro que el autor desarrollу con mбs detalle en sus escritos posteriores. Aunque las aportaciones de Menger sobre estos puntos conservan un influjo permanente son conocidos sobre todo a travйs de su forma posterior, mбs detallada.
El espacio relativamente amplio que se ha dedicado aquн al
contenido de los
Y
Por entonces comenzaron a despertar considerable atenciуn las teorнas de su primer escrito. En este perнodo no publicу ninguna otra obra, a excepciуn de algunas cortas recensiones de libros. Respecto de Jevons y Walras se pensaba, con razуn o sin ella, que lo radicalmente nuevo de sus aportaciones era el mйtodo matemбtico, no el contenido de sus teorнas, y йste fue justamente el obstбculo principal para su aceptaciуn. No habнa impedimentos de este tipo para la comprensiуn de la exposiciуn de la nueva teorнa del valor aportada por Menger. En el segundo decenio despuйs de la publicaciуn del libro comenzу a difundirse con rapidez su influencia. Por la misma йpoca adquiriу tambiйn Menger un gran prestigio como profesor. Sus clases y seminarios atraнan a un creciente nъmero de estudiantes, muchos de los cuales adquirieron mбs tarde categorнa y fama como economistas polнticos. Aparte los ya citados, merecen especial menciуn, entre los primeros miembros de su escuela, sus contemporбneos Emil Sax y Johann von Komorzynski y sus discнpulos Robert Meyer, Robert Zuckerkandl, Gustav Gross y, algo mбstarde, H. von Schullern-Schrattenhofen, Richard Reisch y Richard Schьller.
Pero mientras que en Austria se iba consolidando definitivamente su escuela, los economistas polнticos alemanes se aferraban, mбs aъn que los de otros paнses, a su actitud de rechazo. Por aquella йpoca gozaba de gran prestigio en Alemania la nueva escuela histуrica, dirigida por Schmoller. El Volkswirtschatliche Kongress, que habнa mantenido hasta entonces la tradiciуn clбsica, fue sustituido por una nueva fundaciуn, la Verein fьr Socialpolitik. De hecho, la economнa polнtica teуrica fue cada vez mбs desplazada de los ambientes universitarios alemanes. De aquн que tampoco se tuviera en estima la obra de Menger, no porque los economistas alemanes creyeran que sus teorнas eran falsas, sino porque consideraban inъtil aquel tipo de anбlisis.
En estas circunstancias era absolutamente natural que para Menger
fuera mбs importante defender su mйtodo contra la pretensiуn de la Escuela
histуrica de poseer el ъnico instrumento adecuado de investigaciуn que llevar
adelante el trabajo iniciado en los
A su modo, las
De entre las afirmaciones centrales del libro citaremos aquн sуlo una, que ha dado pie a amplias discusiones: su insistencia en la necesidad de mйtodo de investigaciуn estrictamente individualista o, como Menger dice, atomista. Uno de sus mбs destacados seguidores dijo una vez de йl que “fue siempre un individualista en el sentido de la economнa polнtica clбsica. Pero sus seguidores ya no lo fueron”. Cabrнa preguntarse si tal afirmaciуn es exacta, salvo tal vez en uno o dos ejemplares, pero, de todas formas, no lo es respecto del mйtodo utilizado por Menger. Lo que en los economistas polнticos clбsicos es a menudo un poco mezcla de postulados йticos y de instrumentos metodolуgicos, fue sistemбticamente desarrollado por Menger en la segunda direcciуn. Y si bien es cierto que los escritos de la Escuela austriaca insisten en el elemento subjetivo mбs firme y convincentemente que ninguno de les otros fundadores de la moderna economнa, el mйrito recae en gran parte en la brillante fundamentaciуn que le dio Menger en su libro.
Con su primera obra no consiguiу Menger despertar la
atenciуn de los economistas polнticos alemanes; pero respecto de la segunda no
pudo quejarse de que pasara inadvertida. El ataque directo a la ъnica teorнa
por ellos admitida provocу un eco inmediato y, aparte otras recensiones hostiles,
dio origen a una formidable rйplica del propio Gustav
Schmoller, jefe de la
Escuela, en un tono de desusada agresividad [15]. Menger aceptу el
desafнo y respondiу a
Schmoller en un apasionado folleto, titulado
El duelo entre los maestros fue muy pronto imitado por los discнpulos. La hostilidad alcanzу cimas pocas veces igualadas en las controversias cientнficas. La mбs grave ofensa contra la Escuela austriaca partiу de la pluma del propio Schmoller, cuando, con ocasiуn de la publicaciуn del folleto de Menger, tomу una decisiуn sin precedentes: publicу en su revista una nota en la que se decнa que habнa devuelto al autor el ejemplar enviado para recensiуn, sin siquiera leerlo. Y mбs aъn: no tuvo reparos en publicar tambiйn la injuriosa carta [16] que acompaсaba a la devoluciуn del libro.
Para comprender por quй el problema del mйtodo adecuado fue, durante toda su vida, la preocupaciуn fundamental de Menger, debe tenerse en cuenta el clima pasional que despertу esta controversia y lo que significу para Menger y para sus alumnos el rompimiento con la Escuela predominante en Alemania. Schmoller llevу su animosidad hasta el extremo de declarar pъblicamente que los partidarios de la Escuela “abstracta” no estaban capacitados para enseсar en las universidades alemanas y, como gozaba de tan sуlido prestigio, aquella declaraciуn supuso la exclusiуn de todos los partidarios de las teorнas de Menger de los puestos acadйmicos de Alemania. Todavнa treinta aсos despuйs de finalizada la controversia, Alemania seguнa siendo, entre todas las naciones importantes del mundo, la menos influenciada por las nuevas ideas, ya triunfantes por doquier.
A pesar de todos estos ataques, en el curso de seis aсos,
entre 1884 y 1889, aparecieron en rбpida sucesiуn los libros llamados a
fundamentar la fama universal de la Escuela. Ya en 1881 habнa publicado Bцhm-Bawerk
su pequeсo pero importante estudio sobre
En 1884, dos discнpulos directos de Menger, V. Mataja y G. Gross,
publicaron sus libros sobre los beneficios empres es. E. Sax contribuyу con
un estudio sobre el problema del mйtodo, en el que sostenнa la actitud bбsica
de Menger, aunque criticбndole en algunos puntos concretos
[18] . En 1887 apareciу la
obra de Sax que mбs ha contribuido al desarrollo de la Escuela austriaca,
Probablemente la exposiciуn mбs brillante de las teorнas de
la Escuela austriaca en lengua no alemana fueron los
La controversia directa entre Menger y
Schmoller concluyу
abruptamente el aсo 1884, pero otros autores se encargaron de llevar adelante
las discusiones sobre el mйtodo, de modo que estos problemas siguieron reclamando
la atenciуn de nuestro autor. La siguiente ocasiуn para manifestarse
pъblicamente sobre estos puntos se la proporcionу una nueva ediciуn del
Es casi seguro que debemos este artнculo al hecho de que Menger
no se sentнa enteramente de acuerdo con la definiciуn del concepto de capital
dada por
Bцhm-Bawerk en la primera parte, histуrica de su obra, dedicada al
capital y los intereses del capital. La discusiуn no tiene acentos polйmicos.
A
Bцhm-Bawerk se le cita siempre con elogios. Pero es evidente que su interйs
fundamental radica en defender el concepto abstracto del capital como el valor
de la riqueza expresada en dinero, que debe ser invertido en orden a obtener
beneficios, en contra del concepto de Smith, que lo consideraba como “los
modios de producciуn producidos”. Tanto el argumento fundamental de Menger,
segъn el cual los diferentes orнgenes de una mercancнa son irrelevantes desde
el punto de vista econуmico, como su insistencia en la necesidad de una clara
distinciуn entre las rentas que produce una instalaciуn ya existente y los
intereses en sentido estricto, rozan muy
Hacia la misma йpoca (1889), los amigos de Menger lograron
casi convencerle para que no retrasara por mбs tiempo una nueva ediciуn de los
A finales de los aсos ochenta el problema del sistema monetario austriaco, que venнa arrastrбndose desde tiempo atrбs, adquirу tales proporciones que pareciу posible y hasta necesaria una reforma drбstica. La caнda del precio de la plata restableciу una vez mбs, en los aсos 1878-1879, la paridad de la plata y del depreciado papel moneda, pero poco despuйs fue preciso interrumpir la libre acuсaciуn de plata, porque el valor de este metal aumentaba cada vez mбs en el sistema monetario austriaco de papel dinero, mientras que su valor en oro estaba sujeto a continuas oscilaciones. Por aquella йpoca se advertнa que la situaciуn —sin duda alguna, y desde muchos aspectos, una de las mбs interesantes en la historia de los sistemas monetarios— era cada vez menos satisfactoria. Como por primera vez desde hacнa mucho tiempo las finanzas austriacas iniciaban un perнodo que prometнa estabilidad, se esperaba que el Gobierno afrontarнa decididamente el problema. Ademбs, el tratado con Hungrнa del aсo 1887 pedнa expresamente que se nombran sin tardanza una comisiуn para discutir las medidas previas necesarias para el restablecimiento de los pagos en metбlico. Tras un considerable retraso, debido a las habituales dificultades polнticas entre los dos socios de la Doble Monarquнa, se procediу al nombramiento de la comisiуn o, con mбs exactitud, de las comisiones, una para Austria y otra pera Hungrнa, que se reunieron por vez primera en marzo de 1892, en Viena y Budapest, respectivamente.
Las deliberaciones de la Comisiуn austriaca de encuesta del sistema monetario, cuyo miembro mбs destacado fue Menger, revisten, prescindiendo por completo de aquella especial situaciуn con la que tuvieron que enfrentarse el mбximo interйs. Como base de partida para las negociaciones, el Ministerio de Hacienda austriaco habнa preparado con sumo cuidado tres voluminosos memorбndums, que constituнan probablemente la mбs completa colecciуn de documentos sobre la historia del sistema monetario de los perнodos precedentes que puede encontrarse en ninguna obra [27]. Aparte Menger, formaban parte de la comisiуn otros acreditados economistas polнticos, como Sax, Lieben y Mataja, a mбs de una lista de periodistas, banqueros e industriales, como Benedikt, Hertzka y Taussig, todos ellos sumamente familiarizados con los problemas monetarios. El representante del Gobierno y segundo presidente de la Comisiуn era Bуhm-Bawerk, funcionario del Ministerio de Hacienda. El cometido de la comisiуn no era redactar un informe, sino recabar la opiniуn y discutir los puntos de vista de los miembros sobre una sede de preguntas formuladas por el Gobierno [28] . Estas preguntas se referнan a los fundamentos del futuro sistema monetario, al comportamiento de la circulaciуn de la plata y de los billetes en el caso de que se decidiera adoptar el parrуn oro, a la relaciуn de intercambio entre los guldes de papel hasta entonces en curso y el oro y al carбcter de la nueva unidad monetaria que se pretendнa establecer.
El hecho de que Menger dominara a fondo el problema, unido a su capacidad para las exposiciones claras y precisas, le confirieron inmediatamente una situaciуn dirigente dentro del grupo. Sus exposiciones fueron seguidas con gran respeto y llegaron incluso a provocar una baja temporal en la bolsa, distinciуn poco frecuente para un economista polнtico. Su aportaciуn no consistiу tanto en una discusiуn del problema genйrico del tipo de sistema a elegir —en este punto prбcticamente todos los miembros de la comisiуn estaban de acuerdo en que la ъnica soluciуn razonable era aceptar el patrуn oro—, sino en los consejos, cuidadosamente sopesados, respecto de los problemas prбcticos, a saber, cuбl deberнa ser la cotizaciуn del cambio y en quй momento deberнa procederse a su implantaciуn. El trabajo de esta comisiуn goza de merecida fama ante todo por su anбlisis de los problemas prбcticos inherentes a la introducciуn de un nuevo sistema monetario y por su visiуn global de los diversos aspectos que debнan tenerse en cuenta al dar este paso. Hoy dнa su interйs no ha hecho sino incrementarse, ya que casi todos los paнses tienen que enfrentarse con parecidos problemas [29].
El trabajo de la Comisiуn, el primero de una serie de
publicaciones sobre cuestiones monetarias, fue el fruto maduro de varios aсos
de estudios en torno a estos problemas. Sus resultados fueron publicados en
rбpida secuencia en el curso de un solo aсo. Aquel mismo aсo vio la luz un
nъmero de trabajos de Menger superior al de cualquier otra etapa de su vida.
Las conclusiones de su anбlisis de los peculiares problemas austriacos
aparecieron en dos folletos, publicados por separado. El primero,
Aquel mismo aсo contemplу, ademбs, la publicaciуn de un
tratado mucho mбs global sobre cuestiones monetarias, sin conexiуn directa con
los problemas del momento. Se trataba del articulo “GeId” (dinero), publicado
en el tercer volumen de la primera ediciуn del
Con las publicaciones del aсo 1892 [32] llega prбcticamente a
su fin la serie de los trabajos mayores que vieron la luz en vida de Menger. En
los tres decenios siguientes sуlo publicу algunos cortos artнculos ocasionales.
Durante algunos aсos sus escritos se centraron en el problema del dinero. Entre
ellos merece destacarse la colaboraciуn
La razуn de esta aparente inactividad es clara. Menger
querнa consagrarse plenamente al estudio de los grandes temas que se habнa
impuesto: la obra sistemбtica —una y otra vez retrasada— sobre la economнa polнtica
y, ademбs, un amplio tratado sobre la esencia y los mйtodos de las ciencias
sociales en general. A dar cima a estas tareas consagrу todas sus energнas. A
finales de los aсos noventa confiaba en que estaba ya prуximo el momento de la
publicaciуn y, de hecho, algunas secciones muy importantes habнan recibido ya
su forma definitiva. Pero se iba ampliando cada vez mбs el campo de sus
intereses y del trabajo acometido. Considerу necesario profundizar en el
estudio de otras disciplinas. La filosofнa, la psicologнa y la etnologнa iban
reclamando porciones cada vez mayores de su tiempo, de modo que la publicaciуn
sufriу continuos aplazamientos. En 1903, y a la relativamente temprana edad de
63 aсos, renunciу a su actividad docente, para poder dedicarse de manera
exclusiva a estos trabajos
[34] . Pero nunca se sentнa satisfecho y,
al perecer, trabajу con el creciente distanciamiento propio de la edad, hasta
que le llegу la muerte, en 1921, a la edad de 81 aсos. Un repaso a sus
manuscritos indica que tenнa ya lista para la imprenta una buena parte del
material. Con todo, incluso cuando las fuerzas le iban abandonando, llevу
adelante el esfuerzo de reelaborar muy a fondo los originales, de trastocar
secciones, de tal modo que cualquier tentativa de reconstrucciуn significa una
tarea difнcil, por no decir imposible. Algunas secciones referentes a los
Para quien apenas si puede afirmar haber conocido personalmente a Carl Menger, no deja de ser osada empresa aсadir aquн, a este boceto de su biografнa cientнfica, una valoraciуn de su carбcter y su personalidad. Pero dado que la actual generaciуn de economistas polнticos sabe muy poco sobre йl y que no disponemos aъn de una biografнa completa [36] , tal vez sea oportuno traer a colaciуn las impresiones extraнdas de los informes de sus amigos y alumnos o transmitidas por tradiciуn oral en Viena, para trazar las lнneas esenciales de su retrato. Estas impresiones proceden, como es obvio, de la segunda parte de su vida, es decir, de un tiempo en que ya habнa dejado de participar activamente en la vida pъblica y llevaba la tranquila y retirada vida de un sabio, repartiendo sus actividades entre la enseсanza y la investigaciуn.
La impresiуn que su casi legendaria figura despertу en un joven en las escasas ocasiones de tratarle, estб bien reflejada en el conocido grabado de Stich. Es muy posible que la idea que se tiene de Menger se apoye tanto en este magistral retrato como en recuerdos personales. Difнcilmente puede olvidarse esta sуlida y bien proporcionada cabeza, con la poderosa frente y las ciaras y profundas arrugas. De mediana estatura, espesos cabellos y poblada barba, Menger debiу ser, en la plenitud de su vida, una figura impresionante.
Cuando ya se habнa jubilado se convirtiу en costumbre que los jуvenes economistas que concluнan su carrera universitaria peregrinaran a la casa de Menger. Allн les recibнa, en medio de sus libros, con amistosa cordialidad y conversaba con ellos sobre aquella vida que йl conocнa tan bien y de la que se habнa retirado despuйs de haber recibido de ella cuanto habнa deseado. Conservу hasta elfinal de su vida un acusado, aunque tambiйn sereno, interйs por la economнa y por la vida universitaria y cuando en sus postreros aсos su creciente miopнa puso un lнmite a aquel lector incansable, pedнa a sus visitantes informaciуn sobre sus trabajos. En estos aсos postreros daba la impresiуn de un hombre que, tras una larga y densa vida continuaba su trabajo no como quien cumple un deber o lleva a cabo una tarea que se ha impuesto, sino por el simple y mero placer intelectual, o como quien se mueve en un elemento que ha llegado a convertirse en su atmуsfera vital. Tal vez en sus ъltimos dнas se pareciera un poco a la imagen popular del sabio que no tiene ningъn contacto con la vida real. Pero esto no fue en modo alguno consecuencia de ningъn tipo de limitaciуn de su horizonte, sino mбs bien el resaltado de una decisiуn tomada tras ponderado anбlisis, en la plenitud de la edad, despuйs de haber acumulado ricas y variadas experiencias.
De haberlo querido, no le habrнan fallado a Menger ni
ocasiуn ni distinciones externas para escalar posiciones influyentes en la
vida pъblica. En 1900 fue nombrado miembro vitalicio de la Alta Cбmara
austriaca, pero apenas si tomу parte en estos trabajos. Para йl, el mundo era
mucho mбs objeto de anбlisis y reflexiуn que de acciуn y por eso disfrutу tan
intensamente la posibilidad de conocerlo tan de cerca. Inъtilmente se buscarб
en su obra escrita alguna alusiуn a sus puntos de vista polнticos. De hecho, se
inclinaba al conservadurismo o al liberalismo del viejo estito. No dejу de
tener simpatнas hacia el movimiento en pro de reformas sociales, pero nunca el
entusiasmo por lo social enturbio su mente clara y precisa. En este y en otros
aspectos, formaba un extraсo contraste con su hermano Anton, mucho mбs
apasionado [37] . De ahн que varias
generaciones de estudiantes le recuerden bбsicamente como a uno de los mбs
prestigiosos profesores de la Universidad [38] , aunque es bien sabido
que, de forma indirecta, ejerciу un enorme influjo en la vida pъblica austriaca
[39]. Todos los informes
alaban unбnimemente la cristalina claridad de su exposiciуn. Merece la pena reproducir
aquн la impresiуn de un joven economista norteamericano, que asistiу a las
clases de Menger en el invierno de 1892-93: “El profesor Menger lleva sus
cincuenta y tres aсos con gran voluntad. En sus lecciones utiliza muy
Pero donde mejor florecieron sus dotes de maestro fue en su
seminario. Allн se daba cita un cнrculo selecto de estudiantes de los cursos
superiores y de muchos doctores, que habнan obtenido el tнtulo muchos aсos
antes. Si se discutнan problemas prбcticos, el seminario se organizaba a modo
de debate parlamentario, con un
Para los reciйn llegados resultaba al principio difнcil
penetrar en el cнrculo нntimo de Menger. Pero si descubrнa en alguien un
talento especial y el interesado entraba en el бmbito elegido del seminario,
entonces no rehuнa ningъn sacrificio para ayudarle en su trabajo. Las
relaciones entre Menger y el seminario no se reducнan a las discusiones
acadйmicas. A
Es difнcil imaginarse a Menger dominado por una pasiуn que no estuviera de algъn modo relacionada con el objetivo dominante de su vida, a saber, el estudio de la economнa polнtica. Aparte el estudio directo, tuvo otra ocupaciуn a la que se consagrу con tal intensidad que apenas cedнa a la primera: la colecciуn de libros y el cuidado de su biblioteca. Por lo que hace a la secciуn econуmica, apenas debiу haber tres o cuarto bibliotecas privadas de tal magnitud. Pero no se limitу en modo alguno a la literatura especializada. La colecciуn de obras etnogrбficas y filosуficas era casi tan rica como la de los libros de economнa. A su muerte, la mayor parte de esta biblioteca, incluidos todos los escritos sobre temas econуmicos y etnogrбficas, pasу al Japуn. Este legado forma hoy una secciуn independiente de la Biblioteca de la Universidad Comercial de Tokio (llamada actualmente Universidad Hitotsubashi). El catбlogo reseсa, tan sуlo en economнa polнtica, mбs de 20.000 tнtulos [42].
No se le concediу a Menger ver realizado el propуsito principal de sus posteriores aсos, ni dar fin a la gran obra con que esperaba coronar todo el trabajo de su vida. Pero sн pudo asistir con complacencia al espectбculo de la riquнsima cosecha producida por su primera gran obra de juventud. Conservу siempre un intenso y nunca menguado entusiasmo por el tema elegido para sus estudios. El hombre que —como se cuenta de йl— pudo decir que de haber tenido siete hijos, todos ellos habrнan estudiado economнa, debiу sentirse inmensamente feliz en su trabajo. Que tuvo ademбs el don de transmitir a sus discнpulos este mismo entusiasmo lo confirma el nutrido grupo de economistas polнticos que se sentнan orgullosos de proclamarle su maestro.
________________________
[1] Lo dicho es tambiйn aplicable en muy buena medida, a Francia. Incluso en Inglaterra hubo una cierta tradiciуn heterodoxa, de la que puede asimismo decirse que se mantuvo totalmente a la sombra de la escuela clбsica predominante. Pero no por eso careciу de importancia, ya que los trabajos de su principal representante, Longfield, ejercieron indudablemente alguna influencia, a travйs de Hearn, en Jevons.
[2] Tiene poco de sorprendente el hecho de que no conociera a su inmediato
predecesor, el alemбn H. H. Gossen. En realidad, tampoco llegaron a conocerle
ni Jevons ni
Walras, o al menos no por la йpoca en que publicaron sus primeros
escritos. El primer libro que hace justicia a los mйritos de la obra de Gossen
es el
[3]
Sir John Hicks me afirmу que tenнa motivos para
pensar que la exposiciуn grбfica de Lardner sobre la teorнa del monopolio, que
ejerciу una gran influencia en Jevons, segъn йste mismo confiesa, procede de
Cournot.
Cf. sobre este tema el artнculo “Walras”, de Hicks, en
[4]
Con todo, Menger conocнa el trabajo de A. A. Walras,
padre de Lйon
Walras ya que le cita en la pбg. 54
[5] Cfr., sin embargo, las dos cartas de Menger a
Walras,
de los aсos 1883 y 1884
[6]
La ъnica excepciуn, una recensiуn sobre las investigaciones en torno a la
teorнa de los precios de R. Auspitz y R. Lieben, publicada en un periуdico (el
[7] Antуn Menger, padre de Carl, era hijo de otro Anton Menger, procedente de una antigua familia alemana que emigrу a Eger (Bohemia) en 1623; y de su esposa Ana (de soltera Mьller). La madre de Carl, Carolina, fue hija de Josef Gerzabek, comerciante de Hohenmaut, y de la mujer de йste, Theresa (de soltera Kalaus), cuyos antepasados figuran en el registro bautismal de Hohenmaut en los siglos XVII y XVIII.
[8]
Por e sta йpoca, Menger participу tambiйn en la fundaciуn de un periуdico, el
[9] Los mбs antiguos artнculos manuscritos sobre la teorнa del valor llegados hasta nosotros se remontan al aсo 1867.
[10] Merecen destacarse tambiйn algunos otros aspectos de la teorнa general del valor de Menger, como su constante insistencia en la necesidad de clasificar las distintas mercancнas mбs por criterios econуmicos que tйcnicos (cf. pбginas 131—134 y 159, nota), su clara anticipaciуn de la teorнa de Bцhm-Bawerk en el tema de la menor valoraciуn de las necesidades futuras pбgs. 142-145) y su cuidadoso anбlisis del proceso a travйs del cual la acumulaciуn del capital transforma poco a poco los factores inicialmente libres en bienes escasos.
[11]
[12] Tal vez la excepciуn estй representada por la
recensiуn de Hack en
[13] Estimo oportuno corregir aquн la falsa impresiуn, surgida de una afirmaciуn
de A. Marshall, de que en los aсos 1870-74, es decir, cuando estaba elaborando
algunos puntos concretos de su teorнa, “Bцhm-Bawerk y
Wieser estaban todavнa en
la universidad...”
[14] Por aquella йpoca Menger habнa rechazado ya algunas ofertas para enseсar en Karlsruhe (1872) y Basilea (1873.). Poco tiempo despuйs rechazу tambiйn una oferta del Politйcnico de Zurich, porque tenнa la esperanza de ser nombrado profesor de la Universidad .
[15] Zur Methodologie der Staats- und SoziaIwissenschaften”, en
[16]
La redacciуn del
[17]
Originariamente fue una serie de artнculos de los (Conrad’s)
[18]
V. MATAJA,
[19] ROBERT MEYER,
[20] Aquel mismo aсo, otros dos economistas vieneses, R. Auspitz y R. Lieben, publicaron sus estudios sobre la teorнa del precio, que todavнa hoy dнa siguen estando a la cabeza de las obras de economнa polнtica matemбtica. Pero aunque ambos autores estaban fuertemente influenciados por la obra de Menger y de su grupo, no se apoyaron tanto en la aportaciуn de sus compatriotas cuanto mбs bien en los principios expuestos por Cournot, Thьnen, Gossen, Jevons y Walras.
[21] MAFFEO
Pantaleoni,
[22]
Este hecho aparece confirmado tambiйn por las numerosas notas marginales del
ejemplar de los
[23] Cf. especialmente J. BONAR, “The Austrian
Economists and their Views on Value”, en
[24]
La recensiуn original apareciу en (Grьnhuts)
[25]
Cf. (Conrad’s)
[26]
En la misma revista, N. F., vol. XVII, Jena, 1888. Aquel mismo aсo
apareciу una traducciуn francesa resumida, realizada por CH. SECRЙTAN, en la
[27]
[28]
Cf.
[29] En el marco de esta introducciуn no es, desgraciadamente, posible consagrar a este importante episodio de la historia del sistema monetario todo el espacio que merece, tanto en razуn de su estrecha conexiуn con Menger y su escuela como del interйs general de los problemas entonces discutidos. Merecerнa, por tanto, la pena iniciar una investigaciуn sobre el tema. No deja de ser lamentable que no exista una exposiciуn histуrica de esta discusiуn y de las medidas tomadas en aquella coyuntura. Aparte las publicaciones oficiales arriba mencionadas, el material mбs importante sobre este punto lo constituyen los escritos del mismo Menger.
[30] “Die Valutaregulierung in Osterreich-Ungarn”,
[31] Los artнculos fueron publicados en el
[32]
Ademбs del artнculo francйs ya mencionado, aquel
mismo aсo apareciу otro, bajo el tнtulo de “La Monnaie Mesure de la Valeur”, en
la
[33] La
reimpresiуn del mismo artнculo en el vol. IV de la 3.Є ediciуn del
[34] Esto explica que casi todos los posteriores representantes de la Escuela austriaca, como los profesores H. Mayer, L. von Mises, J. A. Schumpeter y otros varios no fueran discнpulos directos de Menger, sino de Bцhm-Bawerk y de Wieser.
[35]
[36]
De entre los pequeсos resъmenes existentes deben mencionarse especialmente los
de F. von Wiser, en
[37]
Los dos hermanos formaban parte de un
grupo que en los aсos 80 y 90 solнa reunirse casi diariamente en un cafй
situado frente a la Universidad; al principio se componнa bбsicamente de
periodistas y comerciantes, pero mбs tarde se nutrнa ya, sobre todo, de discнpulos
de Carl Menger y de estudiantes. A travйs de este cнrculo mantuvo Menger —al
menos hasta su retirada de la Universidad- contacto permanente y notable
influencia con y sobre los sucesos cotidianos. Uno de los discнpulos mбs
destacados de Menger, R. Sieghart, nos ha dejado una descripciуn del contraste
que formaban los dos hermanos (cf.
[38] Es considerable el nъmero de personas que pertenecieron, en una u otra йpoca, al cнrculo нntimo de los discнpulos de Menger y que luego desempeсaron importantes papeles en la vida publica austriaca. Por citar sуlo algunos de los que han aportado su colaboraciуn tambiйn en el бmbito de la literatura cientнfica de la economнa polнtica, daremos aquн los nombres de Karl Adler, Stefan Bauer, Moriz Dub, Markus Ettinger, Max Garr, Viktor Grдtz, I. von Gruber-Menninger, A. Krasny, G. Kundwald, Wilhelm Rosenberg, Hermann Schwarzwald, E. Schwiedland, Rudolf Sieghart, Ernst Seidler y Richard Thurnwald, aparte los ya mencionados en pбginas anteriores.
[39] A travйs de su hermano Max, que formу parte durante muchos aсos del Consejo del Reich austriaco, y de sus numerosas y diversas amistades en el antes mencionado cafй, Menger ejerciу tambiйn durante largo tiempo un considerable influjo en las opiniones econуmicas de los diputados liberales germano-parlantes.
[40]
H. R. SEAGER, “Economics at Berlin and Vienna”,
[41] Cf. V. GRATZ, “Carl Menger”,
[42]
PROLOGO
Si nuestra época ha saludado con tan general y placentero reconocimiento los progresos realizados en el ámbito de las ciencias naturales, mientras que nuestra ciencia goza de tan escasa estima, precisamente en aquellos mismos círculos para los que debería ser el fundamento de su actividad práctica, y se pone tantas veces en duda su valor, la razón de ellos es patente para quien juzgue las cosas con imparcialidad. Nunca ha habido ningún otro tiempo que haya concedido tanta importancia a los intereses económicos como el nuestro, nunca se sintió tan profunda necesidad de un fundamento científico para las actividades económicas ni nunca fue tampoco mayor la capacidad de los hombres prácticos para sacar consecuencias útiles de las conquistas científicas en todos los ámbitos de la creatividad humana. No puede, pues, atribuirse a ligereza o a incapacidad de estos hombres prácticos el hecho de que, despreocupándose de los avances hasta ahora conseguidos por nuestra ciencia, tomen consejo, para guiar su actividad económica, únicamente de sus propias experiencias, ni puede ser resultado de un altivo desprecio hacia la profunda visión que la auténtica ciencia les ofrece sobre la realidad y las circunstancias que determinan el éxito de su actividad. La razón de una tan desconcertante indiferencia no debe buscarse en otra parte, sino en el estado actual de nuestra ciencia, en la infructuosidad de los esfuerzos hasta ahora emprendidos por cimentar las bases empíricas de la misma.
Está, pues, plenamente justificada toda nueva tentativa en esta dirección, aunque se acometa con débiles fuerzas. Investigar los fundamentos de nuestra ciencia significa consagrar los esfuerzos a la solución de un problema estrechamente relacionado con el bienestar de los hombres, ponerse al servicio de un interés público de la máxima importancia, avanzar por un sendero en el que merece la pena incluso cometer errores.
Para que esta empresa no despierte la comprensible desconfianza de los entendidos, no debemos olvidar, por un lado, ninguna de las direcciones por las que ha avanzado hasta ahora, en el ámbito de nuestra ciencia, el espíritu investigador; debe dedicarse a todas ellas una cuidadosa consideración; pero, por otro lado, tampoco es lícito retroceder ante la tarea de llevar a cabo, con plena independencia de juicio, la crítica de las opiniones de nuestros predecesores, incluidas las afirmaciones doctrinales que hasta ahora han venido siendo consideradas sólidas e indiscutibles conquistas de nuestra ciencia. Sin la primera actitud, renunciaríamos voluntariamente a la suma total de las experiencias que han acumulado en el pasado tantos sobresalientes espíritus de todos los pueblos y de todos los tiempos en el camino que conduce a la misma mera. Sin la segunda, perderíamos ya de antemano toda esperanza de conseguir una profunda reforma de los cimientos de nuestra ciencia. Evitaremos ambos peligros si hacemos nuestras las opiniones de nuestros predecesores, pero sin renunciar nunca a someterlas a comprobación y a contrastar las opiniones doctrinales con la experiencia y las ideas de los hombres con la naturaleza de las cosas.
Este es el suelo que pisamos. Nos hemos esforzado por reducir los más complicados fenómenos de la economía humana a sus elementos más simples, accesibles a la segura observación, por dar a estos últimos la importancia que les corresponde por su propia naturaleza y, una vez esto bien establecido, por analizar la evolución normal, según unas reglas, de las más complejas manifestaciones económicas a partir de sus factores constitutivos.
Este es el método de investigación que, implantado en las ciencias de la naturaleza, ha cosechado tan espléndidos resultados y que erróneamente ha sido bautizado con el nombre de método científico-natural, cuando lo cierto es que se trata de un método común a todas las ciencias experimentales y que, por consiguiente, debería llamarse propiamente método empírico. Esta distinción es importante, porque todo método recibe su peculiar carácter a través de la naturaleza del ámbito científico en el que se aplica y, por consiguiente, no es adecuado hablar de una orientación científico-natural de nuestra ciencia.
Los esfuerzos hasta ahora emprendidos por trasladar acríticamente las
peculiaridades del método de las ciencias naturales a la investigación de las
teorías de la economía política han desembocado en graves errores metodológicos
y han creado un espacio vacío, en el que sólo existen analogías extrínsecas
entre los fenómenos de la economía y los de la naturaleza.
Si, como justificación de estos esfuerzos, se aduce que es tarea de nuestro tiempo establecer la conexión de todas las ciencias y la unidad de sus principios supremos, entonces nos veríamos obligados a poner en duda la vocación de nuestro siglo para resolver este problema. Nunca, en mi opinión, deberán perder de vista los exploradores de los diversos campos del saber este común objetivo final de sus esfuerzos. Pero, por otra parte, este empeńo nunca podrá ser coronado por el éxito, sino a condición de investigar con el máximo cuidado cada una de estas zonas para descubrir las leyes peculiares por las que se rige cada una de ellas.
Juzgar los resultados a que nos ha conducido el citado método de investigación, decidir si hemos logrado exponer con éxito el hecho de que los fenómenos de la vida económica se gobiernan por unas leyes estrictas similares a las que rigen en la naturaleza, es cosa que corresponde a nuestros lectores. Tan sólo querríamos prevenir aquí contra la opinión de quienes niegan la regularidad de los fenómenos económicos aludiendo a la libre voluntad de los hombres, porque por este camino lo que se niega es que las teorías de economía política rengan el rango de ciencia exacta.
Si, y bajo qué condiciones, una cosa es útil para mí; si, y bajo qué condiciones, es un bien; si, y bajo qué condiciones, es un bien económico; si, y bajo qué condiciones, tiene valor para mi y cuál es la medida de este valor; si, y bajo qué condiciones, se produce un intercambio económico de bienes entre dos agentes económicos y cuáles son los límites dentro de los cuales puede llegarse a la formación del precio, todas estas y otras muchas cuestiones son tan independientes de mi voluntad como las leyes de la química son independientes de la voluntad de un químico práctico. La anterior objeción parte, pues, de una errónea concepción, fácilmente detectable, sobre el campo propio de nuestra ciencia. La economía política teórica no se ocupa de propuestas prácticas en orden a las actividades comerciales, sino de las condiciones bajo las cuales desarrollan los hombres su actividad previsora en orden a la satisfacción de sus necesidades.
La economía política teórica mantiene respecto de la actividad práctica de los agentes económicos la misma exacta relación que la química respecto de la actividad del químico práctico. Ciertamente la alusión a la libertad de la voluntad humana puede aducirse como argumento en contra de la plena regularidad de las acciones económicas, pero nunca, en cuanto tal, contra la regularidad de fenómenos totalmente independientes de la voluntad humana, que son los que condicionan el éxito de la actividad económica de los hombres. Y son justamente estos últimos el objeto de nuestra ciencia.
Particular atención hemos prestado a la investigación de la conexión causal entre los fenómenos económicos de los productos y los correspondientes elementos de producción. Y ello no sólo a causa de la afirmación de que existe una teoría de los precios que responde a la naturaleza de las cosas y agrupa desde el punto de vista unitario todos los fenómenos relacionados con los precios (por tanto, también los intereses del capital, los salarios por el trabajo, las rentas de las fincas, etc.), sino también en razón de la importante aclaración que a través de esta teoría consiguen otros procesos económicos hasta ahora totalmente incomprendidos. Es precisamente en este ámbito de nuestra ciencia donde más claramente urge a la luz la regularidad de los fenómenos de la vida económica.
Especial satisfacción nos ha dado el hecho de que la zona que hemos explorado y que abarca los principios supremos de nuestra ciencia es en buena parte, patrimonio común de los recientes avances de la economía política alemana y que la reforma aquí intentada de los principios supremos de nuestra ciencia se fundamenta en un trabajo previo, llevado a cabo casi sin excepción gracias a la laboriosidad de investigadores alemanes.
Que este libro pueda, pues, ser considerado como un amistoso saludo de un colega austriaco animado por los mismos afanes, como un débil eco de los impulsos científicos que los austriacos hemos recibido con generosa abundancia de Alemania a través de los eximios sabios que nos ha enviado y de sus excelentes escritos.
DR. CARL MENGER
CAPITULO I
LA TEORÍA GENERAL DEL BIEN
§ 1.SOBRE LA ESENCIA DE LOS BIENES
Todas las cosas se hallan sujetas a la ley de causa y efecto. Este supremo principio no tiene excepciones. Inútilmente buscaremos en el ámbito de la empiría un ejemplo que demuestre lo contrario. El constante progreso humano no tiende a invalidar este aserto, sino más bien a confirmarlo, a ampliar cada vez más el conocimiento de su esfera de aplicación. Así pues, el progreso humano está asociado al firme e inalterado reconocimiento de su vigencia.
También nuestra propia personalidad y cada uno de sus estadios son eslabones de esta gran interconexión global. EI tránsito de nuestra persona de un estadio a otro diferente es inimaginable si no es en cuanto sometido a la ley de la causalidad. Si, pues, nuestra persona ha de pasar del estadio de insatisfacción al de la necesidad satisfecha, deben darse causas suficientes, es decir, o bien las fuerzas existentes en nuestro organismo deben eliminar nuestro estadio perturbado o bien deben actuar sobre nosotros cosas externas, adecuadas, por su propia naturaleza, a introducir aquel estadio que llamamos satisfacción de nuestras necesidades.
A
aquellas cosas que tienen la virtud de poder entrar en relación causal con la
satisfacción de las necesidades humanas, las llamamos
Así pues, para que una cosa se convierta en bien, o, dicho con otras palabras, para que alcance la cualidad de bien, deben confluir las cuatro condiciones siguientes:
1. Una necesidad humana.
2. Que la cosa tenga tales cualidades que la capaciten para mantener una relación o conexión causal con la satisfacción de dicha necesidad.
3. Conocimiento, por parte del hombre, de esta relación causal.
4. Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad.
Sólo cuando confluyen estas condiciones puede un objeto convenirse en bien. Si falta una de ellas, no puede alcanzar tal categoría. Suponiendo que las posee, basta con que pierda una sola para que pierda también de forma inmediata esta cualidad [2].
Por consiguiente, una cosa pierde su cualidad de bien, en primer lugar, cuando, en virtud de una modificación en el ámbito de las necesidades humanas, ya no existe una necesidad que aquella cosa pueda satisfacer.
Al mismo resultado se llega, en segundo lugar, siempre que, mediante la modificación en las propiedades de una cosa, ésta pierde la virtud de entrar en conexión causal con la satisfacción de necesidades humanas.
También desaparece, en tercer lugar, la cualidad de bien de una cosa cuando se desconoce la conexión causal entre la misma y la satisfacción de las necesidades humanas.
Finalmente, y en cuarto lugar, un bien pierde esta su cualidad cuando el hombre carece del poder de disposición sobre ella, de modo que o no puede utilizarla para la satisfacción inmediata de sus necesidades o no dispone de los medios necesarios para volver a ponerla bajo su dominio.
Se observa una peculiar relación allí donde existen cosas que de ninguna forma pueden entrar en relación causal con la satisfacción de las necesidades humanas, pero que los hombres consideran como si fueran bienes. Se da este fenómeno cuando se les atribuyen erróneamente a las cosas propiedades y, por tanto, causalidades que, en realidad, no poseen, o donde, también erróneamente, se presuponen unas necesidades humanas que en realidad no existen. En ambos casos aparecen, a nuestro entender, cosas que se hallan, no en realidad, pero sí en la opinión de los hombres, en la relación antes dicha, que es la que fundamenta la cualidad de bien de las cosas. A las cosas de la primera categoría pertenecen la mayoría de los cosméticos, los amuletos, muchos de los medicamentos que se recetan a los enfermos en las culturas poco desarrolladas y, todavía hoy día, entre los pueblos primitivos, las varitas divinatorias, las pócimas amorosas, etcétera. Estas cosas carecen realmente de capacidad para satisfacer aquellas necesidades humanas que pretendían aplacar. Entre los objetos de la segunda categoría deben mencionarse los medicamentos para enfermedades que de hecho no existen, los utensilios, estatuas, edificios, etc., que los pueblos paganos empleaban para el culto de sus ídolos, los instrumentos de tortura y otras cosas similares. A estos objetos, que derivan su cualidad de bien únicamente de unas propiedades imaginadas o de unas imaginadas necesidades humanas, puede calificárseles también de bienes imaginarios [3].
Cuanto más elevada es la cultura de un pueblo, y cuanto más
Revisten un
peculiar interés científico aquellos bienes que algunos especialistas de nuestra
ciencia engloban, como una categoría especial, bajo la designación de
relaciones. Entran aquí las firmas, la clientela, los monopolios, los derechos
editoriales, las patentes y licencias, los derechos de autor y, para algunos
tratadistas, también las relaciones de familia, la amistad, el amor las
comunidades religiosas o científicas y otras cosas similares. Puede concederse
sin dificultad que la cualidad de bien de una parte de estas relaciones no puede
ser sometida a estricta comprobación, pero hay otra parte, en cambio, por
ejemplo, las firmas, monopolios, derechos de edición, círculos de clientes y
algunas otras más, que son bienes auténticos, como lo demuestra la circunstancia
de que a menudo vemos que son objeto de compraventa. Si, a pesar de todo, aquel
autor teórico que más a fondo ha estudiado este tema [4],
admite que la existencia de estas relaciones constituye, en cuanto que son
bienes, un hecho singular y ante una mirada imparcial aparecen como una
anomalía, la razón radica, en mi opinión, en algo más profundo que la
característica realística de nuestro tiempo que también actúa aquí para la
Desde una perspectiva jurídica se ha hecho notar a menudo que nuestro lenguaje
no tiene una expresión para designar, en general, las acciones útiles y que
sólo posee la de capacidad o rendimiento laboral. Ahora bien, existe toda una
serie de acciones e incluso de simples omisiones, que, aunque no pueden
denominarse capacidad laboral, pueden ser de suma utilidad para unas
determinadas personas y tener incluso un considerable valor económico. El hecho
de que una persona haga sus compras en mi tienda o contrate mis servicios de
abogado no es, indudablemente, un rendimiento laboral de esta persona, pero sí
es una acción beneficiosa para mí. La circunstancia de que un médico acomodado
que vive en una pequeńa localidad, en la que ya hay otro médico, haya dejado el
ejercicio de la medicina, no puede, evidentemente calificarse de rendimiento
laboral del primero, pero sí es una omisión sumamente útil para el se gundo, que
de este modo detenta un monopolio práctico. La eventualidad de que un número
mayor o menor de personas (por ejemplo, un número
§ 2.SOBRE LA CONEXIÓN CAUSAL DE LOS BIENES
Es, a mi parecer, de la máxima importancia que en nuestra ciencia se tengan claras ideas sobre la conexión causal de los bienes. En efecto, al igual que en las demás ciencias, también en la nuestra sólo puede iniciarse el verdadero y constante progreso a condición de que consideremos los objetos de nuestra observación científica no sólo en sus manifestaciones aisladas, sino esforzándonos por descubrir sus conexiones causales y las leyes a que se hallan sujetos. El pan que comemos, la harina con que hacemos el pan, el trigo con que hacemos la harina, el campo, en el que crece el trigo, todas estas cosas son bienes. Pero este conocimiento no es bastante para nuestra ciencia; es, además, necesario que nos esforcemos, como se hace en todas las demás ciencias experimentales, por ordenar los bienes según razones intrínsecas, por aprender a conocer el puesto que cada uno de ellos ocupa en el nexo causal de los bienes y, finalmente, por descubrir las leyes por las que se rigen.
Nuestro bienestar en la medida en que depende de la satisfacción de nuestras necesidades- queda asegurado siempre que dispongamos de los bienes necesarios para la satisfacción inmediata de las mismas. Si poseemos, por ejemplo la necesaria cantidad de pan, disponemos del poder inmediato de calmar nuestra necesidad de alimentos. En este caso, la conexión causal entre el pan y la satisfacción de una de nuestras necesidades es inmediata y no encierra dificultad ninguna la comprobación de la cualidad de bien del pan, a tenor de los principios expuestos en el apartado anterior. Pero a esta comprobación sólo están sujetos aquellos bienes que podemos utilizar para la satisfacción directa de nuestras necesidades, sean alimentos, bebidas, vestidos, objetos de adorno o cosas similares.
Ahora bien, estos objetos no agotan el ámbito de las cosas a las que reconocemos
la cualidad de bienes. Junto a éstos, que, en beneficio de la brevedad,
llamaremos en adelante bienes del primer orden, hallamos en la esfera de la
economía de los hombres un gran número de otras cosas que no tienen ninguna
relación o conexión causal inmediata con la satisfacción de nuestras necesidades
y a las que, sin embargo, reconocemos, con no menor certeza, esta cualidad de
bienes del primer orden. Así, en nuestros mercados, vemos, junto al pan, y otros
bienes destinados a la satisfacción inmediata de las necesidades humanas,
grandes cantidades de harina, combustibles, sal; vemos también en venta aparatos
y enseres para cocer el pan, así como las fuerzas laborales específicas
necesarias para este menester. Todas estas cosas, o al menos la mayor parte de
ellas, carecen de capacidad para dar satisfacción inmediata a las necesidades
humanas. Pues, en efecto, żqué necesidad humana puede satisfacerse
inmediatamente con el trabajo específico de un mozo de tahona, con los
preparativos de un plato o con unos puńados de harina molida? Si, a pesar de
todo, estas cosas son tratadas en la economía humana como bienes, al igual que
los bienes del primer orden, la razón es que sirven para la producción del pan y
de otros bienes del primer orden. Y aunque no pueden satisfacer inmediatamente
las necesidades humanas, pueden hacerlo de forma mediata. Lo mismo sucede con
millares de otras cosas, que sin tener la cualidad de proporcionar la
satisfacción inmediata de las necesidades humanas, sirven para la producción de
bienes del primer orden y para insertarse, por tanto, en una relación causal
mediata respecto de la satisfacción de tales necesidades. Esto equivale a decir
que la relación que fundamenta la cualidad de bien de estas y otras cosas
similares, que llamamos bienes de
Sería fácil probar que tampoco con estos bienes se cierta ya el circulo de las
cosas a las que reconocemos la cualidad de bien y que, para no salir de los
ejemplos antes mencionados, los molinos, el trigo, el centeno, los trabajos
necesarios para la producción de la harina, etcétera, son bienes de
Ya hemos visto en el apartado anterior que la relación causal de una cosa con la satisfacción de las necesidades humanas es una de las condiciones requeridas para poseer la cualidad de bien. La idea que hemos pretendido exponer en esta sección puede sintetizarse diciendo que no es condición necesaria para la cualidad de bien de una cosa que pueda establecerse una relación causal inmediata entre ella y la satisfacción de las necesidades humanas. Pero también se ha demostrado al mismo tiempo que entre los bienes que se hallan en relación mediata con la satisfacción de estas necesidades existe una diferencia que no afecta, desde luego, a la esencia de la cualidad de bien en el sentido de que mientras unas tienen una relación causal más cercana con la satisfacción de nuestras necesidades, en otras esta relación es más distante. Por esta razón, hemos distinguido bienes del primer orden, del segundo del tercero, del cuarto, y así sucesivamente.
No es, con todo, menos necesario precavernos ya desde el principio de una errónea interpretación de cuanto hemos venido diciendo. Ya hemos insinuado, al hablar de la cualidad de bien, que no se trata de una cualidad innata de las cosas. Esta misma idea debemos recordar ahora, al hablar del orden que puede tener un bien en el nexo causal de los bienes. Este orden indica tan sólo que un bien contemplado desde la perspectiva de una determinada utilización del mismo tiene una relación causal unas veces cercana y otras más distante respecto de la satisfacción de una necesidad humana, y que no se trata, por tanto, de una propiedad inserta en el bien.
Por consiguiente, lo primordial no está en los números ordinales de los bienes de que hemos venido hablando en esta sección y de los que se hablará en la siguiente, a propósito de las leyes que rigen estos bienes, aunque no es menos cierto que tales números constituyen, a condición de ser bien entendidos, un medio auxiliar provechoso para la exposición de un tema tan difícil como importante. Lo primordial, a nuestro entender, es la comprensión de la conexión causal entre los bienes y la satisfacción de las necesidades humanas y de la relación causal más o menos directa de los primeros respecto de las segundas.
§ 3LAS LEYES A QUE SE HALLAN SUJETOS LOS BIENES EN SU CALIDAD DE TALES
Si disponemos de bienes del primer orden, podemos utilizarlos directamente en la satisfacción de nuestras necesidades. Si disponemos de bienes del segundo orden, podemos transformarlos en bienes del primero y emplearlos, de esta manera intermedia, con idéntica finalidad. Cuando disponemos de bienes del tercer orden, podemos transformarlos en bienes del segundo y éstos en bienes del primero, de tal modo que también aquellos del orden tercero pueden servir, a través de varios pasos intermedios, para satisfacer nuestras necesidades. Lo mismo puede decirse de todos los bienes de órdenes más altos, cuya cualidad de bien es indiscutible, a condición y en la medida en que podamos utilizarlos en aquella satisfacción.
Esta última circunstancia entrańa, de todas formas, una limitación de no escasa importancia. Carecemos, en efecto, del poder de utilizar un solo bien de un orden superior en la satisfacción de nuestras necesidades, si no disponemos a la vez de los restantes bienes (complementarios) de órdenes superiores.
Supongamos, por
ejemplo, que un individuo no tiene inmediatamente pan, pero sí todos los bienes
necesarios del segundo orden para producirlo. En tal caso, es indudable que
tiene en su mano el poder de satisfacer su necesidad de alimentos. Supongamos
ahora que este individuo tiene harina, sal, levadura y la capacidad laboral
necesaria pata hacer pan y que posee asimismo todos los utensilios y las
instalaciones precisas, pero no tiene ni
Con esto no se excluye que las cosas cuya cualidad de bienes estamos analizando conserven dicha cualidad incluso en las circunstancias arriba descritas, en orden a la satisfacción de otras necesidades de la persona que dispone de ellas, en la medida en que ésta pueda utilizarlas para la satisfacción de otras necesidades distintas de las de la alimentación. Puede también suponerse que, a pesar de la falta de uno u otro de los bienes complementarios, los restantes estén capacitados para satisfacer, de forma mediata o inmediata, una necesidad humana. Pero si los bienes de segundo orden existentes no pueden ser utilizados para la satisfacción de ninguna necesidad humana, ni en sí mismos ni en conexión con otros bienes disponibles, porque les faltan uno o varios de los bienes complementarios, quedarían totalmente privados de esta cualidad aunque ciertamente debido a la ausencia de los bienes complementarios porque entonces los agentes económicos ya no podrían emplearlos en la satisfacción de sus necesidades y les faltaría, por tanto, una de las condiciones esenciales para la cualidad de bienes.
Como resultado de nuestra precedente investigación, se deduce el siguiente principio: la cualidad de bien de los bienes del segundo orden está condicionada por el hecho de que el hombre disponga al mismo tiempo de los bienes complementarios del mismo orden al menos respecto de la producción de algún bien del primer orden.
Mayor dificultad presenta la respuesta a la pregunta de hasta qué punto la cualidad de bien de los bienes situados por encima del segundo orden depende de que el hombre disponga también de los bienes complementarios. Esta dificultad no radica tanto en la relación de los bienes de un orden superior respecto de los bienes correspondientes del orden inmediatamente inferior, por ejemplo, de los bienes del orden tercero respecto de los bienes correspondientes del segundo, o los bienes del orden quinto respecto de los del cuarto, porque ya la simple consideración de la relación causal entre estos bienes pone de manifiesto una analogía total entre esta relación y la antes descrita de los bienes del segundo orden respecto de los correspondientes del inmediatamente inferior es decir del primer orden. Por consiguiente, el principio antes establecido puede ampliarse, de una manera enteramente natural, para fijar el siguiente enunciado: la cualidad de bien de los bienes de un orden superior está condicionada ante todo por el hecho de que el hombre disponga también de los bienes complementarios del mismo orden, al menos respecto de la producción de un bien cualquiera del orden inmediatamente inferior.
La dificultad que presentan los bienes de un orden superior al segundo estriba más bien en que incluso en el caso de que se disponga de la totalidad de los bienes necesarios para la producción de un bien del orden inmediatamente inferior no por eso queda ya garantizada la cualidad de bien de este orden, mientras los hombres no puedan disponer también a la vez de todos los bienes complementarios de este último orden y de los restantes órdenes inferiores. Supongamos que una persona puede disponer de todos los bienes del tercer orden necesarios para producir un bien del orden segundo, pero no dispone simultáneamente de los restantes bienes complementarios de este orden segundo. En tal caso, el hecho de que disponga de todos los bienes del orden tercero necesarios para producir un bien concreto del orden segundo no le garantiza que pueda utilizar de hecho estos bienes para la satisfacción de las necesidades humanas, porque aunque tendría ciertamente el poder de convertir los bienes del tercer orden (cuya cualidad estamos analizando aquí) en bienes del segundo orden, ello no quiere decir que pueda transformar también los bienes del orden segundo en los correspondientes del orden primero. Por consiguiente, tampoco tendría el poder de emplear los bienes del orden tercero, de que aquí estamos hablando, en la satisfacción de sus necesidades. En consecuencia, dichos bienes perderían inmediatamente su cualidad de tales.
Es claro, pues, que el principio antes enunciado: La cualidad de bien de los
bienes de un orden superior está condicionada ante todo por el hecho de que el
hombre disponga también de los bienes complementarios del mismo orden al menos
respecto de la producción de un bien cualquiera del orden inmediatamente
inferior, no incluye la suma total de las condiciones que, respecto de la
cualidad de bien de las cosas, se desprende del hecho de que tan sólo la
disposición sobre los bienes complementarios del orden superior nos garantiza el
poder de emplearlos para la satisfacción de nuestras necesidades. Si disponemos
de bienes del tercer orden, su cualidad de bien está condicionada ante todo por
el hecho de que podamos transformarlos o no en bienes del segundo orden. Pero
existe otra condición para esta cualidad de bien, a saber, que tengamos también
el poder de transformar los bienes del segundo orden en bienes del primero, lo
que presupone que
Una situación totalmente análoga presentan los bienes del cuarto, del quinto y
de otros órdenes superiores. También aquí la cualidad de bien de las cosas que
mantienen una relación tan distante respecto de la satisfacción de las
necesidades humanas depende en primer término de que dispongamos de los bienes
complementarios del mismo orden; pero esta cualidad está condicionada también
por el hecho de que dispongamos o no de los bienes complementarios del orden
inmediatamente inferior, y además de los bienes complementarios del orden que
sigue a éste, y así sucesivamente, de modo que poseamos el poder real de
utilizar los bienes del orden superior para la producción de un bien del primer
orden y, en última instancia, para la satisfacción de una necesidad humana. Si
damos a la totalidad de los bienes que son necesarios para conseguir la
transformación de un bien de un orden superior en otro bien del primer orden, la
denominación de bienes complementarios, en el amplio sentido de la palabra,
podemos enunciar el siguiente principio:
Nada pone tan vivamente ante los ojos la gran conexión causal de los bienes como esta ley de su recíproco condicionamiento.
Cuando, el ańo 1862, la guerra civil norteamericana privó a Europa de su principal fuente de algodón, se perdió al mismo tiempo la cualidad de bien de miles de otros productos, cuyo bien complementario era el algodón. Me refiero a la capacidad de rendimiento laboral de los trabajadores ingleses y continentales del ramo de las industrias textiles, una buena parte de los cuales se quedaron en paro y reducidos a vivir de la caridad pública. La capacidad laboral (de que disponían aquellos hábiles trabajadores) seguía siendo la misma, pero perdió una gran parte de su cualidad de bien, porque ya no existía el bien complementario, el algodón. Por tanto, ya no podía utilizarse aquella capacidad laboral específica para la satisfacción de ninguna necesidad humana. Esta capacidad recuperó su cualidad de bien apenas pudo disponerse de nuevo del algodón necesario, en parte por acelerada importación desde otros lugares y en parte por compra en su antigua fuente de aprovisionamiento, una vez finalizada la mencionada contienda.
A la
inversa, no pocas veces los bienes pierden esta cualidad debido a que los
hombres carecen de la capacidad laboral requerida respecto de los bienes
complementarios. En países de escasa densidad de población, y en particular en
los de economía de monocultivo, por ejemplo de cereales, suele ocurrir que,
cuando se registran cosechas especialmente ricas, se produce una gran falta de
fuerza laboral, ya que los campesinos, de suyo ya poco numerosos, no se sienten
espoleados por la necesidad, sobre todo en épocas de abundancia. A esto se ańade
que los trabajos de la recolección deben realizarse en muy poco tiempo, en razón
del monocultivo. En estas circunstancias (por ejemplo en las fértiles llanuras
de Hungría), cuando la necesidad de fuerza laboral es muy
Cuando las relaciones económicas de un pueblo estén altamente evolucionadas, los diferentes bienes complementarios de un orden superior suelen distribuirse entre diversas personas. Los productores de un determinado artículo acostumbran a dirigir sus negocios de forma mecánica, mientras que los productores de los bienes complementarios tampoco suelen advertir que la cualidad de bien de las cosas que producen o elaboran está condicionada por la existencia de otros bienes que no se hallan en su poder. Surge así el error de que a los bienes de orden superior se les atribuye la cualidad de bien en sí mismos y sin tener en cuenta la presencia de sus bienes complementarios. Dicho error se produce sobre todo en aquellos países en los que, a través de un activo intercambio y de una economía nacional altamente desarrollada, casi cada producto surge bajo el tácito supuesto, de ordinario ni siquiera conscientemente advertido por los productores, de que hay otras personas, insertas en el proceso de intercambio, que están trabajando al mismo tiempo en la producción de los bienes complementarios. Sólo cuando, por cualquier modificación de las circunstancias, no se da esta condición táctica y las leyes a que están sujetos los bienes dejan sentir su eficacia hasta en la superficie de los fenómenos, suele interrumpirse la acostumbrada y mecánica marcha de las actividades comerciales y empresariales. Sólo entonces la opinión pública dirige su atención a estos fenómenos y a sus causas profundas.
b)
El análisis de la esencia y de la conexión causal de los bienes expuesto en las dos primeras secciones nos lleva al conocimiento de una nueva ley, a la que se hallan sujetos los bienes en cuanto tales, es decir, prescindiendo de su carácter económico.
Hemos mostrado que la presencia de necesidades humanas es un presupuesto o condición esencial de la cualidad de bien y que en el caso de que desaparezcan totalmente aquellas necesidades a cuya satisfacción está causalmente ordenado un bien, sin que surjan en su lugar nuevas necesidades de dicho bien, éste pierde inmediatamente su cualidad de tal.
A tenor de cuanto hemos venido diciendo sobre la esencia de los bienes es evidente que los bienes del primer orden pierden inmediatamente esta cualidad en el momento mismo en que desaparecen las necesidades a cuya satisfacción se ordenaban, sin que surjan nuevas necesidades de estos bienes. Ampliemos la pregunta, incluyendo en ella la totalidad de los bienes que tienen un nexo causal con la satisfacción de una necesidad humana y preguntémonos cuál es la repercusión de la ausencia de esta necesidad sobre la cualidad de bien de los bienes de órdenes superiores que tienen una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad.
Supongamos que, en virtud de una modificación en los gustos generales de los hombres, queda completamente eliminada la costumbre de fumar y que desaparecen al mismo tiempo todas las restantes necesidades para cuya satisfacción se requerían actividades relacionadas con la elaboración del tabaco. Es indudable que en tal caso perderían su cualidad de bien todas las plantaciones de tabaco, en todas y cada una de sus variedades. żQué ocurriría entonces, con los bienes correspondientes de un orden superior? żQué ocurriría con las hojas de tabaco sin elaborar, con los aparatos y las instalaciones necesarias para la fabricación de los distintos tipos de labores, con las fuerzas laborales especializadas en la fabricación, en una palabra, con la totalidad de los bienes de segundo orden puestos al servicio de la producción del tabaco de que antes disfrutaban los hombres? żQué ocurriría, prosiguiendo el razonamiento, con las semillas y plantaciones de tabaco, con las fuerzas laborales empleadas en la producción de las hojas, con la maquinaria y las instalaciones necesarias para estas tareas y con todos los restantes bienes que nosotros, con referencia a la necesidad del disfrute del tabaco, podemos denominar bienes del tercer orden? żY qué ocurriría, en fin, con los correspondientes bienes del cuarto, del quinto y de otros órdenes superiores?
Ya hemos visto que la cualidad de bien de una cosa está condicionada por el hecho de que pueda establecerse una conexión causal entre ella y la satisfacción de las necesidades humanas. Hemos visto también que el nexo causal inmediato entre el bien y la satisfacción de una necesidad no es en modo alguno presupuesto necesario de la cualidad de bien de una cosa, sino que más bien hay un gran número de cosas cuya cualidad de bien se deriva sencillamente de que se encuentran en una conexión causal más o menos inmediata con la satisfacción de las necesidades humanas.
Es, pues, evidente que la presencia de necesidades humanas que satisfacer es presupuesto esencial de todas y cada una de las cualidades de bien. Pero esto equivale también a decir que los bienes, ya puedan inscribirse en una conexión causal inmediata con la satisfacción de las necesidades humanas o deriven su cualidad de bien de un nexo causal más o menos directo con dicha satisfacción, pierden inmediatamente su cualidad, si desaparecen en su totalidad las necesidades a cuya satisfacción servían hasta ahora. Es, en efecto, patente que al desaparecer las necesidades desaparece también a la vez el fundamento total de aquella relación sobre la que, como hemos visto, se basa la cualidad de bien de las cosas.
Si desaparecieran todas las enfermedades para cuyo remedio se emplea la quinina, esta sustancia dejaría de ser un bien, porque ya no existiría aquella necesidad con cuya satisfacción mantenía una relación causal. Ahora bien, la desaparición de la finalidad de la utilización de la quinina tendría como consecuencia que también una gran parte de los bienes correspondientes del orden superior perderían su cualidad de bien. Los habitantes de los países productores de quinina, que hasta entonces habían obtenido su sustento a través de la búsqueda y el descortezamiento de los árboles de la quina, descubrirían de pronto que perdían su cualidad de bien no sólo sus provisiones de quinina, sino, obviamente, también sus árboles de la quina, los instrumentos y las instalaciones utilizadas en la producción de quinina y, sobre todo, las fuerzas laborales específicas con las que se habían venido procurando hasta ahora el sustento, ya que, en virtud de la modificación de las circunstancias, todas estas cosas dejan de tener una relación causal con la satisfacción de necesidades humanas.
Si una modificación de los gustos eliminara totalmente la costumbre de fumar, la consecuencia sería no sólo que perderían su cualidad de bien todas las reservas de tabaco de que disponen los hombres, en la forma en que suelen cultivarlo, sino que se producirían repercusiones de más amplio alcance, que incluirían la pérdida de la cualidad de bien de las hojas sin elaborar, de las máquinas e instalaciones empleadas exclusivamente en su elaboración, de las fuerzas laborales dedicadas a esta actividad, de las provisiones de semillas de la planta, etc. Los trabajos, hoy tan bien remunerados, de los agentes de Cuba, Manila, Puerto Rico y otras zonas, que han desarrollado una especial habilidad para valorar la calidad del tabaco y las compras del mismo, dejarían de ser un bien, no menos que los trabajos específicos de numerosas personas empleadas en la fabricación de puros tanto en aquellos lejanos países como en Europa. Perderían también su cualidad de bien los numerosos libros, de tanta utilidad para las tareas prácticas, sobre las plantaciones y la industria del tabaco. Las ediciones se cubrirían de polvo en los almacenes, carentes de posibilidades de venta. Y no es esto todo. Perderían también su condición de bienes las cajetillas de tabaco, las cigarreras, todos los tipos de pipas y sus fábricas, etc.
Este fenómeno, al parecer tan complicado, tiene su sencilla explicación en elhecho de que todos los bienes antes mencionados deben su cualidad de tales a su conexión causal con la satisfacción de la necesidad humana del disfrute del tabaco. Al desaparecer esta necesidad se elimina uno de los fundamentos en que se asienta la cualidad de bien.
No pocas veces los bienes del primer orden y casi siempre los de los órdenes superiores derivan su cualidad de bien no sólo de una relación causal aislada, sino de varias, más o menos numerosas, respecto de la satisfacción de necesidades humanas. En este último caso, su cualidad de bien no se pierde porque desaparezca una o incluso varias de las necesidades que satisfacen. Al contrario, es patente que este resultado sólo se produce cuando se eliminan todas las necesidades con cuya satisfacción mantenían estos bienes una relación causal. En efecto, conservan su cualidad de tales respecto de las necesidades todavía existentes para cuya satisfacción siguen teniendo una relación causal también en las circunstancias modificadas, y además de una manera enteramente natural. También en este caso conservan su cualidad de bienes sólo en cuanto que mantienen dicha relación causal con la satisfacción de necesidades humanas. Pero aquella cualidad desaparecerá apenas desaparezcan también estas últimas necesidades.
Si se diera este caso y desapareciera por entero la necesidad de fumar que sienten los hombres, entonces perderían también su cualidad de bienes, por ejemplo, todas las reservas de tabaco ya elaboradas así como las reservas de hojas sin elaborar, las semillas y otros muchos bienes de orden superior unidos por relación causal con la satisfacción de la mencionada necesidad. Pero este resultado no se produciría necesariamente respecto de todos los bienes de orden superior, por ejemplo, respecto de los campos de cultivo del tabaco y de los enseres agrícolas empleados en ellos. Y lo mismo puede decirse respecto de los utensilios y maquinaria utilizada en la industria del tabaco, ya que podrían utilizarse para la satisfacción de otras necesidades humanas una vez eliminada la necesidad de fumar. Todas estas colas conservarían su cualidad de bienes.
Debe contemplarse no como una modificación que afecte a la esencia del principio antes enunciado, sino tan sólo como una forma más concreta del mismo, la ley que establece que los bienes de orden superior están condicionados, en sus cualidades de tales, por los bienes del orden inferior a cuya producción sirven.
Si basta ahora hemos analizado la totalidad de los bienes que tienen, hablando en términos generales, una conexión causal con la satisfacción de las necesidades humanas y el objeto de nuestro análisis fue, por tanto, el conjunto de la cadena causal, hasta llegar a su efecto último, es decir, la satisfacción de las necesidades humanas, ahora, al formular el anterior principio, tenemos en cuenta sólo algunos de los eslabones de dicha cadena, cuando prescindimos, por ejemplo, del nexo causal de los bienes del tercer orden con la satisfacción de necesidades humanas y sólo tenemos en cuenta la conexión causal de los bienes de este orden con los bienes correspondientes de un orden cualquiera de tipo superior.
§ 4.TIEMPO-ERROR
El proceso mediante el cual los bienes de un orden superior se van transformando gradualmente en los de los órdenes inferiores, hasta servir, al fin, para la satisfacción de las necesidades humanas, no es, como hemos visto en las secciones anteriores, un fenómeno atípico, sino que, al igual que todos los restantes procesos de transformación y cambio, se halla sujeto a las leyes de la causalidad. Ahora bien, la idea de causalidad está inseparablemente unida a la del tiempo. Todo proceso de cambio significa un surgir, un hacerse, un devenir y esto sólo es imaginable en el tiempo. Es también indudable que no podemos comprender a fondo el nexo causal de cada uno de los fenómenos de este proceso si no lo consideramos en el tiempo y según la medida del mismo. También en el proceso de cambio mediante el cual los bienes de un orden superior se van transformando gradualmente en otros de órdenes inferiores, hasta alcanzar al final el estadio que llamamos de satisfacción de las necesidades humanas, es el tiempo un elemento esencial de nuestro análisis.
Si disponemos
de los bienes complementarios de un orden superior cualquiera tenemos que
comenzar por transformarlos en bienes del orden inmediatamente inferior y llevar
adelante, paso a paso, este proceso, hasta convertirlos en bienes del primer
orden, que ya podemos utilizar para la satisfacción directa de nuestras
unidades. Los espacios de tiempo que median entre cada una de las fases de este
proceso pueden a veces parecer muy cortos y de hecho los progresos de la técnica
y del intercambio comercial tienden a reducirlos cada vez más pero con todo no
cabe pensar en su total eliminación. Es, en efecto, imposible, transformar
instantáneamente los bienes de un orden superior en los correspondientes del
orden inferior. Es bien seguro lo contrario, es decir, que quien dispone de
bienes de un orden superior sólo puede disponer de los bienes correspondientes
del orden inferior al cabo de un cierto espacio de tiempo, más o menos largo
según la naturaleza de cada uno. Y lo que decimos de cada uno de los eslabones
de la cadena causal es válido,
El espacio temporal exigido por este proceso varía mucho de unos casos a otros y
depende de la naturaleza de cada uno de ellos. Quien disponga de todo cuanto es
necesario para plantar un bosque de encinas, es decir, los terrenos, las fuerzas
laborales, la maquinaria, las simientes, tendrá que esperar cien ańos para poder
disponer de un solo tronco maderable. En la inmensa mayoría de los casos, serán
sus herederos o sus sucesores jurídicos quienes se beneficien de la plantación.
Por el contrario, quien dispone de los ingredientes para comidas o bebidas y de
los enseres, capacidad laboral, etc, necesarios podrá, muchas veces, disponer de
dichos alimentos y bebidas en el espacio de unos segundos. Pero por muy grande
que pueda ser la diferencia, una cosa es segura: que nunca puede eliminarse
totalmente el espacio temporal que media entre la disposición sobre los bienes
de un orden superior y la disposición sobre los bienes correspondientes del
orden inferior. Así pues, los
De acuerdo con lo dicho, es seguro que siempre que tengamos a la vista un
determinado objetivo de uso, la disposición sobre bienes de un orden superior se
distingue de los correspondientes bienes del orden inferior ante todo porque
podemos hacer el correspondiente uso de estos últimos
Quien dispone inmediatamente de unos bienes determinados está seguro de su cantidad y calidad. Quien dispone de dichos bienes sólo de un modo mediato, es decir, mediante la posesión de los correspondientes bienes del orden superior, no puede determinar con la misma certeza la cantidad y calidad de los bienes de orden inferior, sobre los que sólo puede disponer al final del proceso de producción de bienes.
Quien tiene cien celemines de grano dispone de estos bienes, por lo que hace a la cantidad y calidad, con aquella seguridad y certeza que ofrece la posesión inmediata de bienes. Quien, por el contrario, posee una extensión de terreno, y de las semillas, abonos, fuerzas laborales y aperos agrícolas, etc., de los que de ordinario cabe esperar una cosecha de cien celemines de grano, se enfrenta con la eventualidad de obtener una cantidad mayor de cereal, pero también una cantidad menor. Ni siquiera puede excluirse la posibilidad de una pérdida total de lo sembrado. Se encuentra, además, expuesto a una cierta inseguridad respecto de la calidad del producto.
Esta inseguridad respecto de la cantidad y la calidad del producto, cuando se poseen los bienes correspondientes del orden superior, es más o menos grande según las diferentes ramas de la producción. Quien dispone de los materiales, instrumentos y fuerzas laborales necesarios para fabricar zapatos puede determinar con bastante seguridad, a partir de la cantidad y calidad de estos bienes de orden superior de que dispone, la calidad y cantidad de los zapatos que tendrá al final del proceso de producción. Quien dispone en cambio de un terreno apto para el cultivo de colzas y de los correspondientes aperos agrícolas, así como de la necesaria fuerza laboral, de la simiente, abonos, etc., no puede hacerse una idea exacta de la cantidad de frutos oleosos que cosechará al final del proceso de producción, ni tampoco de su calidad. Aun así, en ambos aspectos su inseguridad es menor que la de un cultivador de lúpulo, un cazador o un pescador de perlas. Pero por grande que sea la diferencia entre las diversas ramas de producción y a pesar de la creciente tendencia de nuestra cultura a aminorar la incertidumbre de que venimos hablando no es menos cierto que se da un cierto grado de inseguridad mayor o menor según los casos respecto de la cantidad y la calidad del producto que se obtendrá al final de todo proceso y toda rama de la producción.
La razón última de este fenómeno se halla en la peculiar posición del hombre respecto del proceso causal que llamamos producción de bienes. Los bienes de un orden superior se transforman, siguiendo las leyes de la causalidad, en bienes del orden inmediatamente inferior y éstos en el siguiente hasta llegar a convertirse en bienes del primer orden y, finalmente, alcanzar aquel estado que llamamos satisfacción de las necesidades humanas. Los bienes del orden superior son los elementos más importantes de este proceso causal, pero no constituyen la totalidad del mismo. Además de estos elementos pertenecientes al círculo de los bienes, actúan sobre la cualidad y la cantidad del producto de los procesos causales que llamamos producción de bienes otros elementos cuya conexión causal con nuestro bienestar no conocemos todavía o elementos cuyo influjo sobre el producto conocemos muy bien, pero que, por las razones que fueren, escapan a nuestro control.
Así, por ejemplo, hasta no hace mucho, los hombres no conocían la influencia de los diferentes tipos de terrenos, de la proporción de salitre, de los abonos, sobre el crecimiento de las diversas plantas, de modo que dichos terrenos daban resultados finales más o menos favorables, tanto en cantidad como en calidad, una vez acabado el proceso de producción. Hoy día, y gracias a la investigación de las condiciones químicas del suelo, se ha conseguido eliminar, en parte, aquella incertidumbre. El hombre puede ya, hasta donde llegan las investigaciones, introducir factores beneficiosos y eliminar los perniciosos en cada caso concreto.
Los cambios climáticos ofrecen un ejemplo del segundo caso. En términos generales, los agricultores saben muy bien cuál es el clima más adecuado para el crecimiento de las plantas, pero carecen del poder de introducirlo o de impedir la presencia de factores climáticos que arruinen los sembrados. Por consiguiente, respecto de la calidad y cantidad del resultado de las cosechas dependen, en muy amplia medida, de influjos que, aunque están sometidos, al igual que todos los restantes, los agricultores creen que, porque se hallan fuera de su esfera de poder, son debidos al azar.
El grado mayor o menor de certidumbre en la previsión de la cualidad y cantidad del producto que puede conseguir el hombre en virtud de la posesión de los bienes de orden superior necesarios para su producción depende del mayor o menor conocimiento de los elementos del proceso que tienen conexión causal con la producción de aquellos bienes y del mayor o menor sometimiento de los mismos a la capacidad de disposición del hombre. El grado de incertidumbre en las dos perspectivas antes mencionadas está condicionado por los factores contrarios. Cuanto más numerosos sean los elementos desconocidos por nosotros que intervienen en el proceso causal de la producción de bienes o que, aunque conocidos, escapan a nuestro control, es decir, cuanto mayor sea el número de dichos elementos que no poseen la cualidad de bien, tanto mayor es también la incertidumbre del hombre sobre la calidad y la cantidad del producto de todo el proceso causal, esto es, de los bienes correspondientes del orden inferior.
§ 5.SOBRE LAS CAUSAS DEL CRECIENTE BIENESTAR DE LOS HOMBRES
El enorme aumento de la capacidad productiva laboral, dice Adam Smith, y el crecimiento de la habilidad, destreza y comprensión con que por doquier se dirigen o se llevan a cabo las tareas parece ser resultado de la división del trabajo [5]. Y el mismo autor: El gran aumento de los productos introducido por la división del trabajo en las más diversas industrias produce en una sociedad bien regida aquel bienestar que se extiende hasta las capas más humildes de la población [6].
Así pues, Adam Smith hacía de la creciente división del trabajo el punto cardinal del progreso económico de los hombres, de total acuerdo con la destacada importancia que asignaba al elemento laboral en la economía humana. Creo, sin embargo, que este destacado investigador, cuya opinión estamos citando, en su capítulo sobre la división del trabajo ha puesto de relieve sólo una de las causas del creciente bienestar de los hombres y que han escapado a su observación otras no menos eficaces.
Imaginemos, por ejemplo, que una tribu australiana distribuye entre sus miembros su trabajo de ocupación de la manera más adecuada posible, y según el principio de a división del trabajo. Una parte se dedica a la caza; otra, a la pesca; otros se ocupan exclusivamente de las plantas que crecen de forma espontánea. De las mujeres, una parte se dedica únicamente a la preparación de los alimentos; otras, a la confección de piezas de vestido. Llevemos con nuestra imaginación esta división del trabajo de este pueblo aún más lejos, de suerte que todas las instituciones especiales sean también dirigidas por funcionarios especiales y preguntémonos si tan acusada división del trabajo tendrá el efecto multiplicador sobre los medios de disfrute a disposición de los miembros de la tribu que Adam Smith describe como resultado de la división del trabajo. Es evidente que este pueblo, como cualquier otro en las mismas circunstancias, conseguirá su anterior eficacia laboral con menor esfuerzo que antes y que, con el mismo esfuerzo, alcanzará mejores rendimientos. Es decir, mejorará su situación siempre que sea de hecho posible organizar de forma más racional y eficaz su trabajo de ocupación. Pero no es menos cierto que esta mejora será muy diferente de la que podemos observar en los pueblos de economía desarrollada. Si, por el contrario, un pueblo decide desbordar el ámbito de una actividad exclusivamente de ocupación, es decir, de simple acumulación de los bienes del orden inferior (en los estadios más rudos de la civilización, casi siempre bienes del primer orden y unos pocos del segundo) para pasar a los bienes del tercero, del cuarto y de otros órdenes superiores, sigue conquistando órdenes cada vez más elevados en su búsqueda de bienes encaminados a la satisfacción de sus necesidades, podremos comprobar, sobre todo cuando se da una razonable y lógica división del trabajo, aquel progreso en su bienestar que Smith atribuye exclusivamente esta última circunstancia.
Veremos entonces que el cazador que perseguía a la pieza con un garrote se transforma en cazador armado de arco y redes, en ganadero y, con una ulterior secuencia hacia formas cada vez más intensivas de esta última actividad, veremos que aquellos hombres que vivían de las plantas que crecían en estado salvaje pasan a formas cada vez más intensivas de agricultura, que surgen los tejidos, perfeccionados por el empleo de herramientas, y que, en íntima conexión con todo ello, se multiplica también el bienestar de este pueblo.
Cuanto más avanzan los hombres en esta dirección, más se diversifican las clases de bienes y, por consiguiente, más diversas son las funciones y más necesaria y, al mismo tiempo, más económica la creciente división del trabajo. No es, con todo, menos claro que la creciente multiplicación y diversificación de los medios de que puede gozar el hombre no es el efecto exclusivo de esta última circunstancia y que ni siquiera puede afirmarse que ésta sea la causa más importante del progreso económico humano, sino que, dicho con exactitud, sólo puede concebírsele como un factor de aquellas grandes repercusiones que llevan al género humano desde la rudeza y la miseria a la cultura y el bienestar.
No es, llegados aquí, tarea difícil explicar la creciente eficacia que la progresiva utilización de bienes de órdenes superiores tiene sobre los alimentos (bienes del primer orden) de que puede disfrutar el hombre.
La forma más ruda de economía de ocupación se limita a la recolección de los bienes del orden ínfimo que la naturaleza ofrece espontáneamente. Los hombres en cuanto sujetos económicos, no ejercen ninguna influencia en la producción de los mismos. Su nacimiento y desarrollo no depende ni de la voluntad ni de la necesidad humana. Son accidentales, bienes al servicio del hombre sólo por azar. Pero si los hombres abandonan esta forma ruda de economía, si exploran las cosas a través de cuya conexión dentro del proceso causal surgen los productos alimenticios y se apoderan de ellos, lo que equivale a transformarlos en bienes de un orden superior, entonces estos alimentos aparecen, al igual que antes, en virtud de la ley de la causalidad, pero ahora ya no son casuales, accidentales, respecto de los deseos y las necesidades de los hombres, sino que constituyen un proceso sujeto al poder humano, regido a tenor de los objetivos humanos, aunque siempre dentro de los límites puestos por las leyes naturales. Los alimentos, que antes eran el producto de la coincidencia casual de las condiciones precisas para su nacimiento y desarrollo, son ahora, en la medida en que el hombre conoce y domina estas condiciones, y dentro siempre de los límites trazados por las leyes naturales, un producto de su voluntad. Las cantidades de que los hombres disponen no tienen más límites que los de su comprensión de la conexión causal de las cosas y la amplitud de su dominio sobre las mismas. Así pues, el creciente conocimiento de las interconexiones causales de las cosas con su propio bienestar y el progresivo dominio de las condiciones cada vez más remotas de las mismas han elevado a los hombres del estado de rudeza y de la más profunda miseria al estadio actual de cultura y bienestar, han permitido que amplias zonas hasta hace poco habitadas por pocos hombres, que arrastraban además una vida trabajosa y miserable, se conviertan en tierras de cultivo densamente pobladas. Nada más Cierto que la afirmación de que también en el futuro el progreso económico del hombre no tendrá otro límite que el de los progresos antes mencionados.
§ 6.LA POSESIÓN DE BIENES
El hombre tiene múltiples necesidades. Ni su vida ni su bienestar están asegurados si sólo dispone de los medios para la satisfacción de alguna de dichas necesidades, aunque éstas queden abundantemente cubiertas. Por consiguiente, el modo y manera como los hombres satisfacen sus necesidades apunta, para que esta satisfacción sea perfecta, a una diversidad que, considerada en su conjunto, es poco menos que ilimitada. De donde se deduce que es punto menos que imprescindible una cierta armonía en la satisfacción de las mismas, incluso para la conservación de su vida y de su bienestar. El uno puede vivir en palacios y consumir los más exquisitos manjares y vestirse con los más preciosos vestidos, mientras que otro puede buscar en el oscuro rincón de una miserable cabańa el lugar donde pasar la noche, alimentarse de las sobras y cubrirse de harapos, pero los dos tendrán que esforzarse por satisfacer su necesidad de vivienda, alimentos y vestido. Es, en efecto, absolutamente claro que ni siquiera la más completa satisfacción de una sola necesidad puede mantener nuestra vida y nuestro bienestar.
En este sentido, puede decirse con razón que la totalidad de los bienes de que dispone un sujeto, en cuanto agente económico, están mutuamente condicionados en su cualidad de bien, porque ninguno de ellos puede, por sí solo, alcanzar el objetivo total a que sirven todos ellos, es decir, la conservación de nuestra vida y nuestro bienestar. Esto sólo puede hacerlo en unión con los restantes bienes.
En una economía aislada, o allí donde el intercambio entre los hombres es muy pequeńo, esta conexión y correlación de los bienes requeridos para el mantenimiento de la vida y del bienestar de los hombres se manifiesta también en la totalidad de los bienes de que dispone cada uno de los individuos en cuanto agentes económicos. La armonía con que se esfuerzan por satisfacer sus necesidades se refleja asimismo en los bienes que poseen [7]. En altas culturas, y sobre todo en nuestras desarrolladas relaciones de intercambio, en las que la posesión de una cantidad suficiente de cualquier bien económico pone en nuestras manos las correspondientes cantidades de los restantes, es a primera vista algo confuso el cuadro antes descrito respecto de la economía de cada individuo concreto. Pero el hecho aparece en su total claridad cuando consideramos la economía nacional.
Vemos por doquier que no son los bienes aislados, sino la totalidad de bienes de las más diferentes especies la que sirve a los objetivos del hombre económico. Una totalidad de bienes, puesta a disposición de los individuos bien de forma directa, como en las economías aisladas, bien, como ocurre en nuestras circunstancias altamente evolucionadas, en parte de forma directa y en parte indirectamente. Sólo gracias a esta totalidad se alcanza el objetivo que nosotros llamamos garantía frente a la necesidad y, en una secuencia más amplia, seguridad de la vida y del bienestar humanos.
A la totalidad
de los bienes de que dispone un individuo para la satisfacción de sus
necesidades lo designamos cómo su
____________________
[1] Aristóteles
Cf. también Necker,
[2] De lo expuesto se desprende que la cualidad de bien no es algo intrínseco de los bienes mismos, es decir, que no es una propiedad de los bienes, sino que se nos presenta únicamente como una relación que algunas cosas tienen con los hombres. Si esta relación desaparece, aquellas cosas dejan automáticamente de ser bienes.
[3] Ya Aristóteles (
[4] Schäffle,
[5]
[6]
[7] Cf. STEIN,
CAPITULO I I
ECONOMÍA Y BIENESTAR ECONÓMICO
Las necesidades surgen de nuestros instintos y éstos se enraízan en nuestra naturaleza. La insatisfacción total de las necesidades tiene como consecuencia la aniquilación de nuestra naturaleza y una satisfacción parcial o insuficiente su atrofia. En cambio, satisfacer las necesidades significa vivir y desarrollarse. Preocuparse por la satisfacción de nuestras necesidades equivale, por consiguiente, a preocuparse por nuestra vida y nuestro bienestar. Es el más importante de todos los esfuerzos humanos, ya que es el presupuesto y fundamento de todos los restantes.
Esta
preocupación se manifiesta en la vida práctica de los hombres en el hecho de
que procuran tener en su poder aquellas cosas de que depende la satisfacción
de sus necesidades. Si poseemos, efectivamente, los bienes necesarios para
esta satisfacción, entonces aquellas necesidades dependen únicamente de
nuestra voluntad y ya tenemos todo lo suficiente para nuestro fin práctico,
porque nuestra vida y nuestro bienestar están en nuestras manos. A la
Si la satisfacción de las necesidades y, por consiguiente, la vida y el bienestar de los hombres estuvieran muy mal asegurados, no pensarían sino en cubrir su necesidad de bienes, cuando la necesidad de estos últimos se deje sentir ya de forma inmediata.
Supóngase
el caso de los habitantes de una región que, al irrumpir un riguroso
invierno, carecieran totalmente de provisiones, alimentos y vestidos; es
bien evidente que la mayoría de ellos estarían condenados a morir, a
despecho de los más denodados esfuerzos por satisfacer sus necesidades.
Ahora bien, cuanto más avanza la cultura y más
Y así, ni siquiera el salvaje australiano se dedica a la caza sólo cuando tiene hambre, o construye su choza sólo cuando ya ha comenzado el crudo invierno y se halla inmediatamente expuesto a los calamitosos rigores del clima [1]. Pero lo que distingue a los hombres de elevadas culturas de los restantes agentes económicos es que prevén la satisfacción de sus necesidades no sólo para cortos períodos de tiempo sino para espacios temporales mucho más prolongados, procuran poner a seguro esta satisfacción por muchos ańos, incluso para toda su vida y, de ordinario, su preocupación va incluso más lejos, de modo que tampoco a sus descendientes les falten los medios necesarios para que a su vez puedan alcanzar esto objetivo.
Doquiera dirigimos nuestra mirada, vemos que los pueblos de avanzada cultura han puesto en marcha un sistema de amplias previsiones para la satisfacción de las necesidades humanas.
Mientras todavía estamos utilizando ropas de abrigo para combatir el frío invernal, las ropas para la próxima primavera están ya camino de las tiendas de los detallistas y en las fábricas se tejen las ligeras telas que vestiremos en el verano y se preparan los hilados para la pesada ropa que nos pondremos en el siguiente invierno. Si caemos enfermos, necesitamos los servicios de un médico y, si tenemos un pleito, los consejos de un abogado. Si alguien se halla en semejante caso, necesitaría demasiado tiempo para adquirir por sí mismo las habilidades y conocimientos médicos o jurídicos necesarios o para hacer que otras personas los adquieran por él, suponiendo que tuviera medios para ello. En los países de avanzada cultura se ha previsto también, con mucha antelación, la necesidad que de estos y similares servicios tiene la sociedad. Por eso, hay ya hombres probados y experimentados, formados en su profesión tras largos ańos de estudios, que han acumulado además ricos conocimientos a través del ejercicio práctico, y ponen sus servicios a disposición de los restantes miembros de la comunidad. Así, mientras que por un lado gozamos de los frutos de la previsión de tiempos pasados, por el otro formamos ya desde ahora en nuestros centros superiores a numerosos hombres para atender a las necesidades que de estos bienes tendrá la sociedad en el futuro.
La preocupación de los hombres por satisfacer sus necesidades se convierte, pues, en previsión para cubrir sus necesidades de bienes en los tiempos por venir. En consecuencia, llamamos necesidad de un hombre la cantidad de bienes que le son necesarios para satisfacer sus necesidades dentro del período de tiempo a que se extiende su previsión [2].
Para que esta previsión alcance la meta apetecida, se requiere un doble conocimiento. Debemos, efectivamente, tener ideas claras:
a) sobre nuestra necesidad, es decir, sobre la cantidad de bienes que necesitaremos para satisfacer nuestras necesidades durante el período de tiempo previsto;
b) sobre las cantidades de bienes de que disponemos para el mencionado objetivo.
La actividad previsora de los hombres encauzada hacia la satisfacción de sus necesidades se apoya, considerada en su conjunto, en el conocimiento de estas dos magnitudes. Si se desconociera la primera, seria una actividad ciega, porque los hombres no tendrían clara conciencia de su objetivo. Si se desconociera la segunda, sería una actividad desordenada, sujeta al azar, porque los hombres no sabrían de qué medios disponen.
En las páginas siguientes analizaremos el modo cómo los hombres llegan a conocer su necesidad para el futuro, cómo calculan las cantidades de bienes de que disponen para estos períodos y, finalmente, qué tipo de actividad desarrollan respecto del objeto de nuestra exposición y qué esfuerzos llevan a cabo para conseguir que las cantidades de bienes de que disponen (bienes de consumo inmediato y medios de producción) sirvan de la manera más eficaz posible al objetivo de la satisfacción de sus necesidades.
§ 1.LA NECESIDAD HUMANA
a)
De una forma directa e inmediata, los hombres sólo sienten la necesidad de los bienes del primer orden, es decir, de aquellos bienes que pueden ser inmediatamente empleados para la satisfacción de las necesidades humanas (cf. Capítulo I, apartado 2). Si no hay ninguna necesidad de bienes de este tipo, tampoco surgirá la necesidad de bienes de un orden superior. Esta última depende, por tanto, de nuestra necesidad de bienes del primer orden; la investigación de estos bienes constituye de hecho el fundamento de nuestros análisis sobre la necesidad humana en general. Debemos comenzar, pues, por el estudio de la necesidad de bienes del primer orden de los hombres y, a partir de aquí, desarrollar los principios que regulan la necesidad humana de bienes de órdenes superiores.
La cantidad de un bien de primer orden necesaria para la satisfacción de una concreta necesidad humana y, por tanto, también la cantidad de un bien de primer orden requerida para satisfacer la totalidad de las necesidades dentro de un período dado de tiempo, viene determinada de manera inmediata por la necesidad o necesidades y en éstas encuentra su medida. Si los hombres poseyeran, amparados en una visión retrospectiva, información cabal y completa de las necesidades concretas con que se han de enfrentar en los períodos de tiempo a que se extiende su previsión y de la intensidad de estas necesidades, entonces, de la mano de las experiencias anteriores, nunca tendrían la menor duda acerca de las cantidades de bienes necesarias para la satisfacción de dichas necesidades, es decir, nunca ignorarían la magnitud de su necesidad de bienes del primer orden.
Pero lo que la experiencia nos enseńa es que, respecto de los períodos de tiempo por venir, hay casi siempre una mayor o menor incertidumbre sobre si dentro de dichos períodos se dejaran sentir o no unas determinadas necesidades. Sabemos bien que, dentro de un concreto espacio de tiempo del futuro, necesitaremos alimentos, bebidas, vestidos, vivienda y otras cosas similares. Pero no puede decirse lo mismo respecto de otras necesidades, por ejemplo, respecto de los servicios médicos, medicinas y otras cosas, ya que la cuantía de estos bienes requerida para satisfacer nuestras necesidades depende a menudo de influjos sobre nuestras personas que no podemos determinar de antemano.
Aquí se
ańade además la circunstancia de que incluso respecto de aquellas
necesidades de las que sabemos con antelación que se nos presentarán durante
el período de tiempo a que alcanza nuestra previsión, existe una
incertidumbre en lo referente a su cantidad, en el sentido de que nos consta
que aquellas necesidades se presentarán, pero ignoramos de antemano y con
exactitud su medida, es decir, ignoramos la cantidad de bienes necesaria
para su satisfacción. Y
Respecto de esta nuestra incertidumbre sobre la circunstancia de si se presentaran, en el período de tiempo que intentamos prever, unas determinadas necesidades, hay que comenzar, por decir, a tenor de lo que la experiencia nos enseńa, que este deficiente conocimiento no excluye en modo alguno la previsión humana encaminada a una eventual satisfacción de estas necesidades. Incluso las personas sanas que viven en el campo tienen, en a medida en que sus medios se lo permiten, una farmacia doméstica o en todo caso un cierto número de medicinas para los casos imprevistos; los fondistas y hoteleros tienen sus propios extintores de incendios para conservar su propiedad si se produce fuego, armas para defenderla en caso necesario, armarios y cajas fuertes a prueba de fuego y de robos con fractura y otros muchos bienes similares. Estoy persuadido de que incluso las personas más pobres poseen algunas cosas que sólo les sirven para casos imprevistos.
Así pues, la incertidumbre existente sobre si la necesidad de un bien se presentará o no dentro del plazo de tiempo de nuestra previsión no excluye la preocupación por la eventual satisfacción de la misma. Por consiguiente, de esta circunstancia no se sigue que se ponga en duda nuestra necesidad de los bienes precisos para su satisfacción. Al contrario, los hombres procuran, en la medida en que disponen de los medios necesarios, atender a la satisfacción eventual de esta necesidad y, siempre que se trata de determinar el volumen de su necesidad total, incluyen también en sus previsiones los bienes requeridos para alcanzar los objetivos antes mencionados [3].
Lo que aquí se ha dicho respecto de aquellas necesidades acerca de las que existe incertidumbre sobre si se presentarán o no es igualmente válido cuando no existe la menor duda sobre la necesidad de un bien y lo único inseguro es la medida o la cantidad de dicho bien. También en este caso consideran los hombres y con razón que su necesidad sólo se halla totalmente cubierta cuando pueden disponer de cantidades de bienes suficientes para todos los casos previsibles.
Otra circunstancia que también debe tenerse en cuenta es la capacidad de desarrollo de las necesidades humanas. Si estas necesidades pueden crecer y, como a veces se observa, pueden hacerlo hasta el infinito, podría parecer que los límites de las cantidades de bienes requeridas para su satisfacción se amplían sin cesar y hasta que alcanzan amplitudes totalmente indeterminadas y que, por consiguiente, es de todo punto imposible que el hombre consiga una previsión que cubra la totalidad de sus necesidades.
Pero, para empezar, cuando se habla de la infinita capacidad de desarrollo de las necesidades humanas, el concepto de infinitud sólo puede aplicarse, a mi parecer, al progreso ilimitado del desarrollo de las necesidades humanas, no a la cantidad de bienes necesaria para su satisfacción de un determinado período de tiempo. Y aun admitiendo que la fuera infinita, cada uno de los eslabones de la cadena es finito. Incluso en el caso de que el desarrollo de las necesidades humanas evolucione sin impedimentos hasta los espacios de tiempo más distantes, lo cierto es que respecto de los períodos temporales que el hombre puede someter de hecho a su consideración, y más en concreto respecto de los que puede contemplar desde una perspectiva económica, estas necesidades son cuantitativamente mensurables. Aun admitiendo la hipótesis de un progreso ininterrumpido de la evolución de las necesidades humanas, tenemos que enfrentarnos siempre dado que sólo podemos tener ante los ojos unos determinados períodos de tiempo con magnitudes finitas, nunca infinitas ni, por tanto, totalmente indeterminables.
Si observamos la actividad emprendida por los hombres en orden a la satisfacción de sus necesidades para el futuro, advertiremos fácilmente que éstos, lejos de pasar por alto la capacidad de desarrollo de sus necesidades, trabajan afanosamente por introducirlas en sus cálculos. Quien espera que su familia aumente o confía en conseguir una más alta posición social, al construir sus edificios y acomodar su vivienda, al fabricar sus carros y otros bienes durables, tiene muy en cuenta el aumento de sus necesidades en el futuro y, de ordinario, y en la medida en que sus medios se lo permiten, intenta ya desde ahora acomodarse a las mayores exigencias futuras y esto no en una sola dirección, sino respecto de sus posesiones totales. Un fenómeno similar podemos observar también en la vida municipal. Vemos que los ayuntamientos de las ciudades planifican la conducción de agua, los edificios públicos (escuelas, hospitales, etc), la construcción de jardines, calles y otras cosas similares no en razón de las necesidades del presente, sino teniendo también en cuenta el aumento de las necesidades en el futuro. Esta tendencia no hace sino poner bajo más clara luz el hecho de que la actividad humana se dirige también, de forma espontánea, a la satisfacción de las necesidades públicas.
Sintetizando cuanto se ha venido diciendo, se deduce que la necesidad humana de bienes de consumo directo es una magnitud para cuya determinación cuantitativa respecto del futuro no existen dificultades de principio. Se trata de una magnitud a propósito de la cual los hombres se esfuerzan por tener ideas claras a través de una actividad enderezada a la satisfacción de sus necesidades y que se halla en realidad dentro de los límites de lo posible cuando lo que se analiza es su necesidad práctica. Así se deduce, en primer lugar, del hecho de que los espacios temporales a que se extiende la previsión del hombre son limitados y, en segundo lugar, de que también es limitado el grado de exactitud requerido para que esta actividad previsora consiga sus objetivos prácticos.
Si, respecto de un espacio de tiempo futuro, está ya totalmente cubierta nuestra necesidad de bienes del primer orden en las cantidades necesarias, no hay por qué hablar del modo de satisfacer esta necesidad mediante bienes de un orden superior. Pero si esta necesidad no está cubierta, o no lo está totalmente, por bienes del primer orden, es decir, de forma inmediata, entonces surge, respecto del período en cuestión, una necesidad de bienes de órdenes superiores. Esta última necesidad se mide, en definitiva, por nuestra necesidad de bienes del primer orden, atendido el nivel de la técnica en las distintas y correspondientes ramas de la producción.
Con todo, la sencilla relación que acabamos de exponer a propósito de nuestra necesidad de medios de producción, sólo se presenta a nuestra observación, como en seguida veremos, en muy contados casos. Hay, en efecto, una circunstancia, derivada del nexo causal existente entre los bienes, que introduce una importante modificación.
Ya hemos descrito con detenimiento (pág. 54) el hecho de que a los hombres les resulta imposible utilizar un bien cualquiera de un orden superior para la producción de los respectivos bienes de orden inferior si no se dispone al mismo tiempo de los correspondientes bienes complementarios. Lo que antes se ha dicho de los bienes en general alcanza aquí su más acusada precisión si consideramos los bienes bajo el aspecto de las cantidades disponibles de los mismos. Ya hemos visto antes que sólo podemos transformar los bienes de un orden superior en bienes de un orden inferior y sólo podemos, por tanto, utilizarlos para la satisfacción de las necesidades humanas, si disponemos a la vez de los bienes complementarios. Por consiguiente, este principio reviste, desde el anterior punto de vista, la siguiente forma: no podemos aprovechar unas determinadas cantidades de bienes de un orden superior para la producción de determinadas cantidades de bienes de un orden inferior y con ello, en definitiva, para cubrir nuestras necesidades, si no disponemos al mismo tiempo da las cantidades complementarias de los bienes de órdenes superiores. Así, por ejemplo, no podemos aprovechar ni la mayor cantidad de fincas que queramos imaginar para la producción de la más mínima cantidad de cereales si no disponemos a la vez de las cantidades (complementarias) necesarias para la producción de esta pequeńa cantidad de bienes, tales como simiente, fuerzas laborales y otras cosas similares.
Nunca surge, pues, la necesidad de un bien de orden superior aisladamente considerado. Hay que tener en cuenta más bien el hecho de que cuando no está cubierta la necesidad de un bien de orden inferior, o no lo esté completamente, la necesidad del bien concreto correspondiente del orden superior surge siempre y sólo a una con la necesidad cuantitativamente adecuada de los bienes complementarios del orden superior.
Supongamos que existe, para un período determinado, la necesidad todavía no cubierta de 10.000 pares de zapatos. Y supongamos también que disponemos de la cantidad precisa de herramientas, fuerzas laborales, etc., requeridas para la producción de estos zapatos, pero que sólo tenemos cuero para 5.000 pares. O bien, al revés, que disponemos de la totalidad de los bienes de orden superior requeridos para la producción de los 10.000 pares, pero sólo contamos con fuerzas laborales para la fabricación de 5.000. Es indudable, en tal caso, que respecto del período de tiempo antes citado, nuestra necesidad total se extiende, tanto antes como después, a las cantidades de bienes concretos de los órdenes superiores necesarios para la producción de la mencionada cantidad de zapatos. Pero, en cambio, nuestra necesidad real se reduciría, teniendo en cuenta los restantes bienes complementarios, tan sólo a las cantidades necesarias para producir 5.000 pares. La necesidad restante no pasaría de ser latente; sólo se convertirá en efectiva cuando podamos disponer de hecho de las cantidades complementarias que ahora nos faltan.
De cuanto venimos diciendo se deduce la ley de que, respecto de unos espacios temporales futuros determinados, nuestra necesidad efectiva de cada uno de los bienes concretos de orden superior está condicionada por el hecho de que dispongamos o no también de las cantidades complementarias de los bienes correspondientes del orden superior.
Cuando, a consecuencia de la guerra civil norteamericana, disminuyeron considerablemente las exportaciones de algodón con destino a Europa, es evidente que la necesidad de algodón apenas sufrió modificaciones, ya que la citada guerra no podía cambiar esencialmente la necesidad que de estos bienes tenían los europeos. En la medida en que esta necesidad de algodón para los períodos de tiempo dados no fue cubierta por los productos manufacturados acabados, se produjo una necesidad de las consiguientes cantidades de los bienes de orden superior necesarios para la producción de algodón. Es claro que la guerra civil no pudo en modo alguno influir perniciosamente en esta necesidad, considerada en su conjunto. Pero dado que disminuyó considerablemente la cantidad disponible de uno de los bienes de orden superior indispensables, a saber, la materia prima del algodón la consecuencia ineludible fue que una parte de la necesidad hasta entonces existente de los bienes complementarios del algodón en orden a la producción de telas de este material (prestaciones laborales, máquinas, etc.) quedó en estado latente. La necesidad real de los bienes complementarios del algodón en bruto se redujo a las cantidades de algodón en bruto de que realmente se disponía. Pero en cuanto aumentaron de nuevo las importaciones de esta materia prima, aumentó también inmediatamente la necesidad efectiva de aquellos bienes, de modo que en la ecuación disminuyó el factor de la necesidad latente.
Los emigrantes incurren a menudo en el error, derivado de las perspectivas que traen de sus países de origen, altamente evolucionados, y pasando por alto otras consideraciones más importantes, de adquirir grandes extensiones de terreno, sin pararse a pensar si tienen a su disposición los restantes bienes complementarios de los terrenos adquiridos. Y, sin embargo, nada hay tan seguro como que al apropiarse de terrenos para la satisfacción de sus necesidades, sólo podrán prosperar en la medida en que sean capaces de hacerse con las correspondientes cantidades complementarias de semillas, ganado, instrumentos de labranza, fuerzas laborales agrícolas y cosas similares. En su modo de proceder hay un desconocimiento de la ley superior que sale inexorablemente por sus fueros y a la que o bien se pliegan los hombres en su ámbito de vigencia o bien tendrán que arrostrar las perniciosas consecuencias de su olvido.
Cuanto más progresan los hombres por la senda de la cultura, tanto más suelen las personas concretas, en virtud del avanzado proceso de división del trabajo, producir cantidades de bienes del orden superior bajo el supuesto tácito y, de ordinario también correcto, de que otras personas producirán por su parte las correspondientes cantidades de los bienes complementarios. Los que fabrican gemelos de teatro, en muy raros casos producen las lentes, los estuches de marfil o de concha de tortuga y los bronces con que se adornan estos objetos. Es bien sabido que los productores de gemelos compran de ordinario cada una de las piezas de los mismos a otros fabricantes o artesanos especializados y que se limitan a ensamblarlas y, por así decirlo, a dar la última mano. El pulidor de vidrio que prepara las lentes, el especialista en artículos de fantasía que elabora los estuches de marfil o de concha de tortuga y e! broncista que se dedica a los adornos en bronce, todas estas personas actúan bajo el tácito supuesto de que existe una necesidad de sus productos. Con todo, nada hay tan seguro como que la necesidad efectiva de los productos de cada uno de ellos está condicionada por la producción de las cantidades complementarias, de tal modo que si la producción de lentes sufriera una interrupción, también la necesidad real de los restantes bienes de orden superior requeridos para la producción de prismáticos, gemelos de teatro y otros bienes similares pasaría a ser latente y, por consiguiente, aflorarían perturbaciones económicas que en la vida cotidiana suelen calificarse de completamente anormales, pero que, en realidad, obedecen leyes muy estrictas.
c)
Nos resta aún considerar, en esta investigación, el factor tiempo y poner en claro cuáles son los límites temporales dentro de los cuales se manifiesta de hecho nuestra necesidad de bienes.
Para empezar, es claro que nuestra necesidad de bienes del primer orden aparece cubierta, respecto de un momento temporal dado del futuro, siempre que dentro de este espacio temporal podamos disponer inmediatamente de la correspondiente cantidad de bienes del primer orden en cuestión. La situación es diferente si nuestra necesidad de estos bienes del primer orden, o incluso de un orden inferior, sólo queda cubierta de forma mediata, es decir, mediante los correspondientes bienes de los órdenes superiores, debido en concreto a los intervalos temporales a que, como ya se dijo antes, está inexorablemente sujeto cada proceso de producción. Llamemos Período I al espacio de tiempo que media entre el instante presente y el momento en que ya se pueden producir, a partir de los bienes de segundo orden que tenemos a nuestra disposición, los bienes correspondientes del primer orden. Llamaremos Período II al siguiente espacio que, arrancando del final del anterior, llega hasta el momento en que, a partir de los bienes del tercer orden de que disponemos, podemos ya producir bienes del primer orden. A los respectivos espacios temporales siguientes les llamaremos Período III, IV y así sucesivamente. Pues bien, respecto de cada uno de los tipos de bienes se registra una secuencia de períodos temporales en los cuales tenemos una necesidad inmediata y directa de bienes del primer orden, una necesidad que queda de hecho cubierta debido a que dentro de ese espacio temporal disponemos inmediatamente de las correspondientes cantidades de bienes del primer orden.
Pero supongamos ahora el caso de que deseamos cubrir nuestra necesidad de bienes del primer orden dentro del Período II con bienes del cuarto orden. Es claro que esto sería físicamente imposible y que la necesidad de bienes del primer orden dentro del período de tiempo dicho sólo puede satisfacerse con bienes del primer o del segundo orden.
La anterior observación es válida no sólo respecto de nuestra necesidad de bienes del primer orden, sino también respecto de nuestra necesidad de todos los bienes disponibles de órdenes superiores. No podemos, por ejemplo, cubrir nuestra necesidad de bienes del tercer orden dentro del Período V por el hecho de que dentro de este período dispongamos de la correspondiente cantidad de bienes del orden sexto. Se advierte bien que para alcanzar este fin deberíamos poder disponer de estos últimos bienes ya dentro del Período II.
Si en el tardío otońo la necesidad de cereales de una población para el ańo en curso no estuviera cubierta de forma inmediata, con las adecuadas cantidades sería ya demasiado tarde pretender recurrir para cubrir este objetivo, a los terrenos disponibles, a los aperos agrícolas, las fuerzas laborales y cosas similares. Pero sí sería el momento adecuado para, mediante los mencionados bienes del orden superior, cubrir la necesidad de cereales del próximo ańo. De igual manera, para poder satisfacer la necesidad de estudiantes inteligentes y bien formados para las prestaciones profesionales del próximo decenio, debemos comenzar a preparar ya desde ahora a los individuos aptos.
Así pues,
la necesidad humana de bienes del orden superior es, al igual que la de los
bienes del primor orden, no sólo una magnitud cuya relación cuantitativa se
regula por normas estrictas, de modo que puede calcularse de antemano la
necesidad práctica que los hombres tienen de ella, sino que es además una
necesidad que aparece dentro de un determinado período de tiempo de tal
forma que los hombres, basados en la experiencia de sus necesidades pasadas
y de los procesos de producción de bienes, cuentan con la capacidad
suficiente para calcular de antemano y de forma suficiente para sus
necesidades prácticas no sólo la cantidad de bienes concretos, sino también
los períodos de tiempo en que dichas necesidades se presentarán. Y pueden
hacerlo, además, tal como enseńa la experiencia, con una
§ 2.LAS CANTIDADES DISPONIBLES
Es, por otra parte, muy cierto que en todo tipo de actividades humanas tener ideas claras sobre el objetivo que se persigue es un factor esencial del éxito del sujeto que actúa. Y no es menos cierto que el conocimiento de la necesidad de bienes de los periodos de tiempo por venir se nos aparece como el primer presupuesto de toda actividad humana enderezada a la previsora satisfacción de sus necesidades. Fueran cuales fueran las circunstancias exteriores bajo las que se desarrolla la antes mencionada actividad, el éxito de la misma está esencialmente condicionado por la exactitud de los cálculos respecto de las cantidades de bienes necesarias en el futuro; es decir, de su necesidad. Es también claro que unos cálculos totalmente erróneos harían de todo punto imposible la actividad previsora encaminada a la satisfacción de sus necesidades.
El segundo factor que condiciona el éxito de la actividad humana es que el agente se forme una idea cabal de los medios de que dispone para conseguir su objetivo. Dondequiera los hombres desarrollan su actividad en orden a la satisfacción de sus necesidades vemos que se afanan por alcanzar la comprensión más exacta posible de la cantidad de bienes de que disponen para el mencionado objetivo. El modo cómo preceden en este campo será objeto del análisis de esta sección.
La magnitud
de la cantidad de bienes de que dispone cada uno de los miembros de un
pueblo viene ya dada por la situación misma. A la
Si, pues, los hombres se esfuerzan, según el grado de la evolución de su actividad, orientada a la previsora satisfacción de sus necesidades, por tener ideas claras sobre la magnitud de las cantidades de bienes de que disponen, podemos también percibir, doquiera existe un intercambio de bienes digno de mención, su deseo de formarse un juicio adecuado de las cantidades de bienes de que disponen los restantes miembros del pueblo con quienes están unidos por el intercambio.
Cuando los intercambios son insignificantes, los sujetos que intervienen en ellos tienen evidentemente escaso interés en saber qué cantidades de bienes poseen las otras personas. Pero apenas se desarrolla un amplio intercambio sobre todo como consecuencia de la división del trabajo y respecto de la satisfacción de sus necesidades, los hombres dependen en buena medida del mismo, experimentan, como es natural, un evidente interés por conocer no sólo los bienes que poseen, sino también los que tienen las personas con las que intercambian, ya que los bienes de estas últimas estén en buena parte a su disposición no de forma directa, sino indirecta (por medio del intercambio).
Apenas la
cultura de un pueblo ha alcanzado un cierto nivel, suele surgir, de la mano
de la creciente división del trabajo, una clase profesional especial, que
actúa como intermediaria del intercambio y que libera a los restantes
miembros de la sociedad no sólo de la preocupación por los aspectos
mecánicos de las operaciones (expedición, división, conservación de los
bienes, etc.), sino también de la tarea de tener en cuenta las cantidades
disponibles. Asistimos así al fenómeno de que una cierta clase de personas
tiene un interés especial, vinculado a su profesión, aparte otras
circunstancias generales de que tendremos ocasión de hablar más adelante,
por conocer de la manera más exacta posible la situación de las cantidades
de bienes (los llamados
Cuando este deseo de conocer las cantidades de bienes disponibles se extiende a grandes grupos de individuos, o incluso a pueblos enteros o grupos de pueblos, tropiezan con no pequeńas dificultades. En efecto, una comprobación exacta del nivel de existencias de que aquí estamos hablando sólo podría alcanzarse a través de una encuesta o investigación. Y esta tarea requiere un amplio aparato de funcionarios públicos extendido por todas las zonas a que llegan los intercambios y dotado de los poderes necesarios, un aparato, en suma, que sólo los gobiernos pueden poner en marcha y aun esto sólo dentro de sus propios territorios. E incluso dentro de estas fronteras se trata de un aparato de nula eficacia, como todos los especialistas en la materia saben, cuando se refiere a bienes cuya cantidad disponible escapa fácilmente al control público.
Ańadamos además que estas encuestas y pesquisas sólo pueden hacerse de vez en cuando, y que de ordinario se abren grandes intervalos de tiempo entre unas y otras, de tal modo que aun admitiendo que los datos obtenidos para un momento determinado sean fiables, pierden a menudo su valor práctico o éste queda muy reducido cuando llegan al conocimiento del público, al menos respecto de aquellos bienes cuyas cantidades disponibles están sujetas a fuertes oscilaciones.
Vemos, pues, que la actividad pública encaminada a comprobar la cantidad de bienes de que dispone un pueblo o una parte del pueblo queda reducida, por su propia naturaleza, a aquellos bienes cuyas cantidades no experimentan cambios excesivos, como es el caso de las fincas, edificios, establos, medios de comunicación, etc. De este modo, los datos registrados en el catastro en un momento determinado siguen teniendo validez también para épocas posteriores. La investigación pública se aplica asimismo a aquellos otros bienes cuya cantidad disponible está de tal modo sujeta al control de la Administración que queda en cierro modo garantizada la exactitud de las cifras obtenidas.
Dado el destacado interés que, bajo las circunstancias arriba descritas, tiene el mundo de los negocios por conocer de la manera más exacta posible las cantidades de bienes disponibles en determinadas zonas de intercambio, se comprende bien que no se contente con los incompletos resultados de la actividad gubernamental, muchas veces desempeńada por personas de escasos conocimientos económicos, y, además, reducida siempre a unas determinadas regiones o comarcas. En consecuencia, procura alcanzar con sus propios medios, y no raras veces con grandes sacrificios, un conocimiento exacto de las cantidades de que hablamos. Para llevar a cabo esta tarea ha creado órganos al servicio de estos intereses especiales, cuya misión consiste en buena parte en informar a los miembros de aquella rama de los negocios sobre el estado actual de las existencias en las diversas regiones en las que se llevan a cabo los intercambios [4].
Estos
informes se apoyan en datos oficiales de todo tipo, de los que, una vez
demostrada su fiabilidad, procura servirse inmediatamente el mundo de los
negocios, en informaciones adquiridas sobre el lugar
Los datos
así obtenidos bastan de ordinario para que el mundo de los negocios tenga
una visión
§ 3.EL ORIGEN DE LA ECONOMÍA HUMANA Y DE LOS BIENES ECONÓMICOS
a)
En las dos secciones precedentes hemos visto cómo tanto los individuos aislados como los habitantes de regiones enteras o de grupos de regiones, unidos entre sí por el intercambio, se esfuerzan de una parte por formarse una idea de las necesidades que tendrán en tiempos futuros y, de la otra, por calcular la cantidad de bienes de que disponen para cubrirlas. Consiguen así el indispensable fundamento para su actividad, dirigida a la satisfacción de las necesidades. Nos toca ahora exponer cómo, sobre la base de los anteriores conocimientos, los hombres emplean las cantidades de bienes disponibles (bienes de consumo inmediato y medios de producción) para satisfacer sus necesidades de la manera más completa posible.
Como resultado de la anterior investigación sobre la necesidad y sobre la cantidad de bienes disponibles puede darse una triple posibilidad:
a) La necesidad es mayor que la cantidad disponible.
b) La necesidad es menor que la cantidad.
c) La necesidad y la cantidad disponible son iguales.
Pues bien, podemos observar que, respecto de la gran mayoría de los bienes, se registra siempre la primera de las posibilidades, de modo que forzosamente debe quedar insatisfecha una parte de las necesidades cubiertas por los bienes correspondientes. No me refiero aquí a objetos lujosos, ya que respecto de ellos la anterior afirmación es en sí misma evidente. Entran también en este capítulo los vestidos más ordinarios, las viviendas y edificaciones más comunes, los alimentos más usuales. De ordinario, ni siquiera disponemos de tierra, piedras y ni aun de los más insignificantes desechos en tales cantidades que podamos utilizarlos despreocupadamente.
Cuando, respecto de un determinado período de tiempo, advierten los hombres que se produce esta circunstancia, es decir, que la necesidad de un bien es mayor que la cantidad disponible, comprenden también al mismo tiempo que no puede disminuirse una parte importante de las cualidades útiles de la cantidad disponible, o no puede ser sustraída a la disposición de los hombres, sin que quede insatisfecha una concreta necesidad humana que hasta ahora había sido cubierta, o que quede satisfecha menos perfectamente que si no se diera tal caso.
La más inmediata consecuencia que se deriva de este conocimiento en orden a la actividad humana tendente a la más perfecta satisfacción posible de sus necesidades es que los hombres se esfuerzan por:
1. Mantener aquella cantidad parcial de los bienes de que disponen en la relación cuantitativa anteriormente existente.
2. Conservar las propiedades útiles de dichos bienes.
Otra de las consecuencias derivadas del conocimiento de la mencionada relación entre necesidad y cantidad disponible es que, por un lado, los hombres adquieren conciencia de que, sean cuales fueren las circunstancias, una parte de las necesidades de los bienes de que hablamos queda insatisfecha y, por el otro, que toda utilización inadecuada de cantidades parciales de estos bienes tiene como consecuencia inevitable que también quedará insatisfecha una parte de aquellas necesidades que podrían haber sido cubiertas con una utilización racional de la masa total de bienes disponibles.
Así pues, respecto de la relación cuantitativa de los bienes, los hombres pretenden con su actividad previsora, encaminada a la satisfacción de sus necesidades, los siguientes fines:
3. Hacer una elección entre las necesidades más importantes, que satisfacen con las cantidades de bienes de que disponen, y aquellas otras que tienen que resignarse a dejar insatisfechas.
4. Alcanzar con una cantidad parcial dada dentro de la relación cuantitativa de bienes, y mediante un empleo racional, el mayor éxito posible, o bien, un éxito determinado con la menor cantidad posible. Dicho con otras palabras, utilizar las cantidades de bienes de consumo directo y sobre todo las cantidades de medios de producción de que disponen de una manera objetiva y racional, para satisfacer sus necesidades del mejor modo posible.
A la
actividad humana encaminada a la consecución de los mencionados fines la
denominamos, considerada en su conjunto,
Pero antes de pasar a la exposición de esta relación y de los fenómenos vitales que hallan en ella su último fundamento, queremos reflexionar sobre un fenómeno de la vida social que tiene una incalculable importancia para el bienestar de los hombres y cuyas causas ultimas se derivan asimismo de la relación cuantitativa que acabamos de mencionar.
Hasta ahora hemos presentado en términos muy generales los fenómenos vitales que resultan del hecho de que respecto de un grupo de bienes la necesidad de los hombres es mayor que la cantidad disponible de los mismos, sin prestar especial atención a la articulación social de estos hombres. Así pues, lo que se ha venido diciendo tiene aplicación tanto para el individuo aislado como para una sociedad en su conjunto, sea cual fuere su organización. Pero la convivencia de los hombres que persiguen sus intereses también como miembros de la sociedad, fomenta y pone de relieve respecto de todos aquellos bienes que se encuentran en la repetidamente mencionada relación cuantitativa, un fenómeno especial, que debe ser estudiado en este lugar.
Si se aplica, en efecto, la antedicha relación cuantitativa a una determinada sociedad, es decir, si una sociedad concreta no dispone de las cantidades de un bien requeridas para satisfacer una necesidad específica, entonces, tal como antes se acaba de decir, es imposible que satisfagan completamente sus necesidades todos los individuos que componen aquella sociedad. Nada hay entonces tan seguro como que no se podrán satisfacer, o sólo de un modo incompleto, las necesidades de una parte de los miembros de la colectividad. El egoísmo humano encuentra aquí un impulso para hacer valer sus derechos y cada individuo se esforzará allí donde la cantidad disponible no alcanza para todos por cubrir sus propias necesidades de la manera más completa que le sea posible, excluyendo a los demás.
Cada individuo concreto coronará con muy diversa fortuna este intento. Sea cual fuere la distribución de los bienes que se encuentran en la antes mencionada relación cuantitativa, lo cierto es que siempre resultará que la necesidad de una parte de los miembros de la sociedad no podrá ser cubierta o lo será de forma incompleta. Estos últimos mantendrán, por tanto, respecto de aquella cantidad parcial de la masa total de bienes disponibles, una actitud opuesta a la de los actuales poseedores. Y esto equivale a decir que los individuos concretos que poseen estos bienes se enfrentan con la necesidad de que la sociedad les proteja contra todos los posibles actos de violencia de los otros individuos. Llegamos aquí al origen económico de nuestro actual ordenamiento jurídico y en primer término de la llamada protección de bienes y hacienda, fundamento de la propiedad.
Así pues, la economía humana y la propiedad tienen un mismo y común origen económico, ya que ambos se fundamentan, en definitiva, en el hecho de que la cantidad disponible de algunos bienes es inferior a la necesidad humana. Por consiguiente, la propiedad, al igual que la economía humana, no es una invención caprichosa, sino más bien la única solución práctica posible del problema con que nos enfrenta la naturaleza misma de las cosas, es decir, la antes mencionada defectuosa relación entre necesidad y masa de bienes disponibles en el ámbito de los bienes económicos.
Por esto mismo, es también imposible eliminar la institución de la propiedad sin eliminar al mismo tiempo las causas que llevan forzosamente a ella, es decir, sin multiplicar al mismo tiempo las cantidades disponibles de todos los bienes económicos hasta tal punto que pueda quedar realmente cubierta la necesidad de todos los miembros de la sociedad o sin disminuir hasta tal extremo les necesidades de los hombres que los bienes de que de hecho disponen basten para cubrir aquellas necesidades. Si no se consigue un equilibrio de este tipo entre necesidad y masa disponible, un nuevo orden social podrá conseguir, sin duda, que sean otras personas en vez de las actuales las que pueden utilizar las cantidades disponibles de bienes económicos para la satisfacción de sus necesidades, pero nada ni nadie podrá impedir que siga habiendo personas cuyas necesidades de bienes económicos no son cubiertas, o lo son incompletamente, y frente a cuyas siempre posibles acciones violentas tendrán que ser defendidos los nuevos propietarios. La propiedad, en el sentido mencionado, es, pues, inseparable de la economía en su forma social y todos los planes de reforma social sólo pueden tender, si quieren ser razonables, a una distribución adecuada de los bienes económicos, no a la supresión de la institución de la propiedad.
b)
En la sección precedente hemos descrito los fenómenos de la vida que aparecen como consecuencia de que la necesidad de ciertos bienes es mayor que la cantidad de que se dispone. Nos toca ahora exponer los hechos que se producen cuando la relación es inversa, es decir, cuando la necesidad de bienes es menor que la cantidad de bienes de que se dispone.
La primera consecuencia de esta relación es que el hombre advierte no sólo que dispone de cuantos bienes necesita para satisfacer sus necesidades en este punto concreto, sino que jamás agotará las cantidades de bienes requeridas para aquella satisfacción. Supongamos el caso de un arroyo de montańa que discurre junto a una aldea, con un caudal medio diario de 200.000 cántaros, aunque con la diferencia de que en épocas de lluvia y en primavera, cuando se funden las nieves de las montańas, la cantidad llega a los 300.000, mientras que en épocas de gran estiaje no pasa de 100.000. Supongamos también que los habitantes de dicha aldea necesitan, para satisfacer todas sus necesidades de este bien (agua para beber, etc.), un consumo normal de 200 cántaros diarios, y de 300 como máximo. Tendremos que frente a una necesidad máxima de 300 cántaros disponen al menos de 100.000 cántaros. En éste y en todos los casos similares, que presentan una idéntica relación cuantitativa, es claro no sólo que esté completamente prevista la satisfacción de la totalidad de las necesidades cubiertas por estos bienes, sino que los sujetos económicos sólo pueden consumir una parte de la cantidad total disponible. Puede además retirarse una cantidad parcial de estos bienes o pueden disminuirse sus propiedades útiles sin que por eso se perjudique la satisfacción de las necesidades, mientras la relación cuantitativa no se modifique en sentido contrario. Así pues, respecto de estos bienes, los buenos administradores no tienen la necesidad práctica ni de reservarse una cantidad parcial ni de conservar las propiedades útiles de los mismos.
Tampoco se registran las antes mencionadas formas tercera y cuarta de la actividad económica de los hombres cuando se trata de bienes cuyas cantidades disponibles son mayores que la necesidad que se tiene de ellos. żQué sentido tendría, por ejemplo, cuando se da esta circunstancia, la preocupación por elegir entre satisfacer las necesidades con la cantidad de bienes de que se dispone o renunciar a ello, allí donde ni siquiera con la más completa satisfacción se disminuye la cantidad total de bienes disponibles? żNi qué podría mover a los hombres a conseguir los mejores resultados posibles con una cantidad dada de bienes, o alcanzar un determinado resultado empleando la menor cantidad posible de estos bienes?
Es, pues, claro que respecto de aquellos bienes cuya cantidad disponible es superior a las necesidades, queda excluida la actividad económica de los hombres de la misma natural y necesaria manera en que aparece cuando los bienes se hallan en la relación cuantitativa opuesta. No constituyen en el primer caso objetos de la economía humana y, por ende, los llamamos bienes no económicos.
Hasta ahora hemos considerado la relación sobre la que se fundamenta el carácter no económico de los bienes en términos generales, es decir, sin hacer una referencia específica a la actual situación social de los hombres. Sólo nos resta aludir a los peculiares fenómenos sociales que se producen como consecuencia de la antes citada relación cuantitativa.
La tendencia de cada uno de los miembros de una sociedad a disponer de correctas cantidades de bienes, con exclusión de todos los demás miembros, tiene su origen, como ya vimos, en el hecho de que la cantidad de determinados bienes de que dispone la sociedad es menor que la necesidad y, como resultado de esta circunstancia, la satisfacción plena de la necesidad de todos los individuos resulta imposible, por lo cual uno de ellos se siente impulsado a cubrir sus necesidades excluyendo a los demás sujetos económicos. Al competir todos los miembros de la sociedad por una cantidad de bienes que bajo ninguna circunstancia alcanza a satisfacer plenamente las necesidades de todos, ya vimos en líneas anteriores que la única solución práctica respecto de estos encontrados intereses es que unos individuos económicos concretos se apropien de cantidades parciales de la cantidad total de que dispone la sociedad y que estos propietarios sean protegidos por la misma sociedad, excluyendo al mismo tiempo a los restantes sujetos económicos.
La situación es esencialmente distinta respecto de aquellos bienes que no tienen carácter económico. Aquí, la cantidad de bienes de que dispone la sociedad es mayor que su necesidad, de modo que incluso una vez que todos los individuos hayan satisfecho totalmente sus necesidades, siguen quedando cantidades parciales de la masa total, que se pierden sin provecho ninguno. En estas circunstancias, ningún individuo se enfrenta con la necesidad práctica de asegurarse, para la satisfacción de sus necesidades, una cantidad parcial suficiente, porque el simple conocimiento de la relación cuantitativa sobre la que se fundamenta el carácter económico de los mencionados bienes garantiza a todas las personas las cantidades necesarias, incluso aunque todos los demás miembros de la sociedad cubran por entero sus necesidades de tales bienes, ya que siempre quedarán cantidades sobrantes más que suficientes.
La tendencia de los individuos concretos no está orientada, tal como enseńa la experiencia, a asegurase cantidades parciales de bienes no económicos excluyendo a las restantes personas de la satisfacción de sus necesidades individuales. De hecho, estos bienes, que no constituyen objeto de la economía, tampoco son objeto de la voluntad de propiedad de los hombres. Podemos, más bien, observar de hecho, en el caso de estos bienes que se hallan insertos en la relación fundamentadora de su carácter no económico, una imagen del comunismo, porque los hombres son comunistas dondequiera ello es posible, atendidos siempre los actuales fundamentos naturales. En aquellos lugares donde los ríos llevan más agua de la que los habitantes necesitan pata satisfacer sus necesidades de este bien, todos y cada uno de ellos van al río y toman la cantidad de agua que quieren. En las grandes selvas, cada uno toma, sin impedimento alguno, la cantidad de leńa que necesita y cada cual tiene en su casa cantidad de luz y de aire que le apetece. Este comunismo tiene en la antes mencionada relación cuantitativa un fundamento no menos natural que la propiedad en la relación opuesta.
c)
En las dos secciones precedentes hemos considerado la naturaleza y el origen de la economía humana y hemos defendido la opinión de que la diferencia entre los bienes económicos y no económicos se fundamenta, en definitiva y en el más exacto sentido de la palabra, en la diferente relación existente entre la necesidad y la cantidad disponible de dichos bienes.
Una vez esto bien establecido, no es menos claro que el carácter económico o respectivamente no económico de los bienes no es algo innato en ellos, no es una cualidad intrínseca de estos bienes y que, por consiguiente, todo bien adquiere su carácter económico, con independencia de sus cualidades intrínsecas o de factores exteriores [7], cuando se halla inserto en la relación cuantitativa que hemos expuesto, y lo pierde cuando la relación se invierte.
La experiencia nos enseńa también que hay bienes de una misma naturaleza que en un lugar determinado no tienen carácter económico, mientras que lo tienen en otro. Más aún, los bienes de una misma naturaleza y en un mismo lugar unas veces tienen valor económico y otras no, según sean las circunstancias.
Y así mientras que en las regiones ricas en manantiales el agua potable no tiene valor económico, como tampoco lo tienen los troncos de árboles sin desbastar en las grandes zonas boscosas, e incluso los terrenos en algunos países, lo tienen, en cambio, en otros lugares. Abundan también los ejemplos de bienes que en un tiempo y lugar determinados no tuvieron ningún carácter económico, pero que acabaron por adquirirlo en aquel mismo lugar, y en otro tiempo. Estas diferencias y estos cambios no pueden estar, por consiguiente, enraizados en las cualidades mismas de los bienes. Al contrario, tras atento análisis de las relaciones existentes podemos llegar a la convicción de que en todos los casos en que unos bienes del mismo tipo tienen a un mismo tiempo en dos lugares distintos distinto carácter, es distinta la relación existente en estos lugares entre necesidad y masa de bienes disponible.
Podemos afirmar de igual modo que siempre que en dichos lugares unos bienes que originariamente no tenían carácter económico han pasado a adquirirlo o a la inversa se ha producido un cambio en la antes mencionada relación cuantitativa.
A tenor de cuanto se ha venido diciendo, las causas por las que unos bienes no económicos pasan a ser económicos son de dos clases. O se deben a un aumento de la necesidad o a una disminución de las cantidades disponibles.
Las causas más importantes de las que se deriva un aumento de la demanda son:
1. el aumento de la población, sobre todo cuando se produce una acumulación local de la misma;
2. el desarrollo de las necesidades humanas, en virtud del cual aumentan las necesidades de una misma población, y
3. los progresos humanos en el conocimiento de la conexión causal entre las cosas y su bienestar, a través del cual surgen nuevas aplicaciones utilitarias de estos bienes.
No es preciso insistir en que se trata, en todos los casos, de fenómenos concomitantes del paso de los hombres de niveles inferiores de cultura a niveles superiores. De donde se sigue naturalmente que, a una con la elevación de la cultura, los bienes no económicos muestran tendencia a adquirir el carácter de bienes económicos, debido sobre todo a que uno de los factores que ejercen aquí su influencia, a saber, la necesidad humana, aumenta con la evolución cultural. Si a esto se ańade la disminución de la cantidad disponible de aquellos bienes que hasta entonces no tienen carácter económico (por ejemplo, de la madera, provocada por la tala o devastación de bosque, tal como ocurre en la evolución de algunas culturas) nada hay más natural que los bienes cuya cantidad disponible sobrepasaba con mucho las necesidades en un estadio cultural anterior y que por consiguiente no tenían carácter económico, se tornen en económicos con el correr del tiempo. En numerosos lugares, sobre todo del Nuevo Mundo, puede documentarse históricamente este paso del carácter no económico al económico de algunos bienes, sobre todo de la madera y de las tierras. El fenómeno puede incluso observarse en nuestros días y, en mi opinión, y aunque las noticias a este respecto son fragmentarias, llegará el momento en que en Alemania, otrora tan rica en bosques, se encontrarán pocos lugares en los que sus habitantes no den un paso similar, por ejemplo, respecto de la leńa y la madera.
A tenor de cuanto se viene diciendo resulta claro que también el cambio en virtud del cual los bienes económicos se convierten en no económicos y a la inversa, cuando estos últimos pasan a ser económicos debe atribuirse única y exclusivamente a un cambio de relación entre necesidad y cantidad disponible.
Revisten un peculiar interés científico aquellos bienes que, respecto de estos fenómenos, se sitúan en una posición a medio camino entre los bienes económicos y los no económicos.
Deben mencionarse aquí en primer término aquellos que en una cultura altamente evolucionada, y en razón de su especial importancia, son producidos por la sociedad y ofrecidos a la utilidad pública en tan gran cantidad que pueden ponerse a disposición hasta de los miembros más pobres de la comunidad y en las cantidades que se quiera y que, por consiguiente, no tienen para los consumidores carácter económico.
Uno de estos bienes suele ser, en las altas culturas, la enseńanza primaria. Incluso un vaso de agua pura es para los habitantes de muchas ciudades un bien tan importante que, cuando no existe una abundancia natural, instalan conducciones que van a dar a las fuentes públicas y en tan grandes cantidades que no sólo queda cubierta por completo la necesidad de los habitantes, sino que de ordinario hay agua de sobra. Mientras que en los niveles culturales inferiores las clases de un maestro son, para los necesitados de instrucción, un bien económico, en las culturas evolucionadas, y gracias a la previsión de la sociedad, esta enseńanza no es un bien económico para los que viven en el campo, del mismo modo que no lo es el vaso de agua pura para los habitantes de las grandes ciudades. Así, lo que antes era un bien económico para los consumidores, pierde ahora este carácter.
A la inversa, puede darse el caso de que haya algunos bienes que la naturaleza produce espontáneamente en cantidades superiores a las requeridas por la de los hombres, pero que adquieren para los consumidores de los mismos carácter económico si un déspota excluye a los demás sujetos económicos de la libre disposición de tales bienes. En las regiones ricas en arbolado son muy numerosos los lugares que la naturaleza ha rodeado de frondosos bosques, de tal medo que la cantidad de leńa disponible supera con mucho la necesidad de los habitantes y, por consiguiente, los troncos sin desbastar no tendrían, por la propia esencia de las cosas, ningún valor económico. Pero si un déspota se apodera de todo el bosque o de grandes partes del mismo puede regular de tal modo las cantidades de leńa de que de hecho disponen los habitantes del lugar que ya la leńa adquiere para éstos un carácter económico. En los bosques de los Cárpatos hay, por ejemplo, numerosas aldeas en las que los pequeńos propietarios, antiguos dueńos de los terrenos, se ven obligados a comprar a los grandes terratenientes la leńa que necesitan, mientras que estos últimos, por su parte, dejan pudrirse todos los ańos los troncos por millares, porque las cantidades de que disponen superan ampliamente las necesidades presentes. En este caso se trata de bienes que, según elcurso normal de las cosas, no deberían tener carácter económico, pero que llegan a tenerlo debido a maniobras artificiales. También en ellos pueden observarse los fenómenos de la vida económica que son propios de los bienes económicos [8].
Deben
mencionarse aquí finalmente aquellos bienes que, respecto del presente, no
tienen aún carácter económico pero que, con la mirada puesta en las
evoluciones futuras, los agentes de la economía consideran ya desde algún
punto de vista como pertenecientes a esta categoría. Si, por ejemplo,
disminuye constantemente la cantidad disponible de un bien no económico o,
respectivamente, aumenta constantemente la necesidad del mismo, y la
relación entre ambas cosas es tal que puede preverse el paso definitivo del
carácter no económico del bien en cuestión al carácter económico, los
agentes de la economía suelen convertir algunas cantidades parciales
concretas del mismo todavía cuando está presente la relación cuantitativa
que fundamenta su carácter no económico en objeto de su actividad
económica, con la mirada puesta en tiempos futuros. Suelen además, asegurar,
bajo determinadas circunstancias sociales, sus necesidades individuales de
dichos bienes apoderándose de las correspondientes cantidades. Lo mismo cabe
decir de aquellos bienes no económicos cuya cantidad disponible está sujeta
a fuertes oscilaciones, de tal modo que sólo la disposición de una cierra
abundancia en épocas normales asegura la satisfacción para tiempos de
escasez. Pero entran aquí, sobre todo, aquellos bienes no económicos en los
que las fronteras entre necesidad y cantidad disponible están ya tan
cercanas (a esto se refiere de modo especial el ejemplo mencionado en tercer
lugar en la página 83), que el abuso o la mala
Podríamos
ahora dirigir la atención de nuestros lectores a una circunstancia que tiene
una gran importancia para la valoración del carácter económico de los
bienes. Nos referimos a la diferencia de calidad de los mismos. En efecto,
si la cantidad toral disponible de un bien no puede cubrir la necesidad que
existe del mismo, entonces cada una de sus concretas cantidades parciales se
convierte en objeto de la economía humana, es decir, en bien económico,
prescindiendo de su mayor o menor calidad. Pero si, por el contrario, la
cantidad disponible de un bien es mayor que la necesidad del mismo y
existen, por consiguiente, cantidades parciales que no pueden ser utilizadas
para la satisfacción de ninguna necesidad, entonces, y a tenor de cuanto se
ha venido diciendo sobre la esencia de los bienes no económicos, todas las
Si, pues, algunas veces nos sale al encuentro el fenómeno de que diferentes cantidades parciales de un mismo bien tienen al mismo tiempo un distinto carácter, la razón estriba en que también en este caso la cantidad disponible de bienes altamente cualificados es menor que la necesidad, mientras que la cantidad de bienes de menor calidad de que se dispone supera la necesidad aún no cubierta por los bienes de mejor calidad. Por consiguiente, estos casos no son excepciones, sino más bien confirmación de los principios expuestos.
d)
Nuestras investigaciones sobre las leyes que regulan la necesidad humana nos han llevado a la confusión de que esta necesidad, en la medida en que se refiere a bienes de un orden superior, está condicionada, en primer lugar, por nuestra necesidad de los bienes correspondientes de órdenes inferiores y, además, también por el hecho de que nuestra necesidad de estos últimos todavía no ha sido satisfecha o sólo lo ha sido en parte. A aquellos bienes cuya cantidad disponible no cubre enteramente la necesidad los hemos calificado de económicos. De donde se deriva el principio de que nuestra necesidad de bienes de un orden superior está condicionada por el carácter económico de los bienes correspondientes de orden inferior.
En aquellos lugares en los que la cantidad de agua potable pura y sana supera las necesidades de la población y en los que, por consiguiente, el agua no tiene carácter económico, no existe ninguna necesidad de todas aquellas instalaciones y medios de transporte exclusivamente ordenados a la conducción y el filtrado o respectivamente al aprovisionamiento de agua potable. De igual modo, en aquellas regiones en las que hay una sobreabundancia natural de leńa para alimentar el fuego (propiamente hablando de troncos de árboles), este bien no tiene carácter económico y, evidentemente, queda excluida de antemano toda necesidad de los bienes de orden superior encaminados exclusivamente a la producción de leńa. En cambio, en aquellas otras regiones en las que el agua potable o respectivamente la leńa tienen carácter económico, aparece la necesidad de los antes mencionados bienes de orden superior.
Es, pues, seguro que la necesidad humana de bienes de orden superior está condicionada por el carácter económico de los correspondientes bienes de orden inferior. Esta necesidad de bienes de orden superior ni siquiera puede presentarse si no sirven para la producción de bienes económicos. En todo caso, la necesidad de esta producción nunca puede ser mayor que la cantidad disponible por pequeńa que sea de los correspondientes bienes de orden superior, de modo que el carácter económico de estos últimos queda excluido de antemano.
De donde se deduce el principio general de que el carácter económico de los bienes de orden superior está condicionado por el de los bienes de orden inferior a cuya producción sirven, o dicho con otras palabras, ningún bien de orden superior puede alcanzar o reclamar para sí carácter económico si no es apto para la producción de bienes económicos de orden inferior.
Si, por tanto, se someten a nuestra valoración los bienes de orden inferior que manifiestan tener carácter económico, y se plantea la pregunta de las causas últimas del carácter económico de los mismos, se invertiría la verdadera relación, si alguien quisiera admitir que tales bienes son bienes económicos porque los bienes utilizados para su producción tienen carácter económico antes incluso de ser sometidos a los procesos de producción. Esta suposición estaría en contradicción con toda la experiencia, que nos enseńa que a partir de bienes de orden superior, cuyo carácter económico está por encima de toda duda, pueden producirse y de hecho se producen, como consecuencia de la ignorancia económica, totalmente inútiles, que no tienen ni siquiera la cualidad de bienes, y menos aún carácter económico. Pueden imaginarse también casos en los que a partir de bienes económicos de orden superior podrían producirse cosas que tendrían ciertamente la cualidad de bienes, pero no carácter económico. Así ocurriría, por ejemplo, si en zonas boscosas hubiera personas que decidieran hacer leńa a base de despilfarrar bienes económicos, o en regiones con sobreabundancia de agua potable la extrajeran con dispendio de bienes económicos, o produjeran aire utilizando para ello materias preciosas.
El carácter económico de un bien no puede ser, pues, consecuencia de la circunstancia de que sea producido a partir de bienes de un orden superior. De ser así, habría que rechazar la explicación del antes mencionado fenómeno de la vida económica de los hombres bajo todas las circunstancias, y llevaría además implícita en sí misma una contradicción interior. Efectivamente, explicar el carácter económico de los bienes de un orden inferior aduciendo que son producidos por otros bienes de orden superior es sólo una explicación aparente y ni siquiera cumple prescindiendo de su inexactitud y de su contradicción con lo que la experiencia enseńa las condiciones formales de la explicación de un fenómeno. Si recurrimos, efectivamente, a explicar el carácter económico de los bienes del primer orden por el de los bienes del segundo orden, y los de éste por el carácter económico de los bienes del tercer orden, y el de éste por elde los bienes del cuarto orden y así sucesivamente, no avanzamos, en el fondo, un solo paso en la solución del problema, porque siempre quedaría sin respuesta el problema de la causa última y propia del carácter económico de los bienes.
De la precedente exposición se deduce claramente que es el hombre, con sus necesidades y su poder sobre los medios para la satisfacción de las mismas, el punto de partida y el objetivo de toda humana economía. El hombre experimenta en primer lugar la necesidad de bienes del primer orden y convierte en objeto de su actividad económica aquellos bienes cuya masa disponible es inferior a la necesidad, es decir, los convierte en bienes económicos, mientras que no encuentra ningún motivo práctico para introducir a los restantes en el círculo de dicha actividad.
Más tarde la reflexión y la experiencia llevaron a los hombres a un conocimiento cada vez mayor y más profundo de la conexión causal de las cosas y más en concreto su conexión con el bienestar humano, de modo que aprendieron a distinguir bienes del segundo, del tercer y de otros órdenes superiores. Ahora bien, también respecto de estos bienes de órdenes superiores ocurre lo mismo que con los del primer orden, es decir, que algunos de ellos están disponibles en cantidades superiores a las requeridas por la necesidad, mientras que otros se hallan en la relación opuesta. Y así, también en esta clase de bienes distinguen los hombres entre los que incluyen en el círculo de su actividad económica y aquellos otros de los que no tienen ninguna necesidad práctica de hacer tal inclusión. Y éste es el origen del carácter económico de los bienes de orden superior.
§ 4.LA RIQUEZA
En líneas
anteriores (cf. apartado 3) hemos denominado a la totalidad de los bienes de
que dispone una persona su
Hemos visto también que bienes económicos son aquellos cuya cantidad disponible es menor que la necesidad que se tiene de los mismos. Así pues, la riqueza podría también definirse como la totalidad de aquellos bienes de que dispone un sujeto económico, cuya cantidad es menor que la necesidad de los mismos. Por consiguiente, en una sociedad en la que pudiera disponerse de todo tipo de bienes en cantidades siempre superiores a su necesidad no habría ni bienes económicos ni riqueza. La riqueza es, pues, una medida para el grado de plenitud con que una persona que desarrolla su actividad económica en igualdad de situación con otras puede satisfacer sus necesidades. Pero no es una medida absoluta [11], porque el supremo bienestar de todos los individuos de una sociedad se alcanzaría cuando las cantidades de bienes disponibles de esta sociedad fueran tan grandes que nadie necesitara poseer riquezas.
Estas observaciones podrían contribuir a la solución de un problema que, en razón de las aparentes antinomias de que adolece, es muy adecuado para suscitar desconfianza sobre la exactitud de los principios básicos de nuestra ciencia. Ya se ha aludido antes al hecho de que una continua multiplicación de los bienes puestos a disposición de los agentes económicos acabaría por despojarlos de su carácter económico, de modo que las partes constitutivas de la riqueza tendrían que ir disminuyendo continuamente. Surgiría entonces la auténtica contradicción de que una continuada multiplicación de los objetivos-riqueza tendría como consecuencia inevitable la disminución de estos mismos objetos [12].
Supongamos, por ejemplo, que la cantidad de agua mineral disponible en una población es menor que su necesidad. En consecuencia, las cantidades parciales de este bien de que disponen las concretas personas económicas, así como los manantiales, son bienes económicos, partes constitutivas de la riqueza. Pero sigamos suponiendo que, repentinamente, de algunos arroyos comienzan a manar aguas salutíferas en tal cantidad que pierden su anterior carácter económico. Entonces, es bien seguro que las cantidades de agua mineral a disposición de los sujetos económicos antes de la producción de dicho suceso, y los manantiales mismos, dejarían de ser partes constitutivas de la riqueza y se produciría el caso de que la continuada multiplicación de dichas partes tendría como consecuencia ineludible una disminución de la riqueza total.
Esta paradoja, a primera vista tan sorprendente, demuestra ser, bajo un atento análisis, sólo aparente. Los bienes económicos son, como ya vimos antes, aquellos cuya cantidad disponible es inferior a la necesidad de los mismos, es decir, bienes de los que hay una ausencia parcial. La riqueza de los agentes económicos no es otra que la totalidad de estos bienes. Pero si la cantidad disponible de los mismos aumenta constantemente, hasta que acaban por perder su carácter económico, entonces ya no hay carencia de los mismos y salen del círculo de aquellos bienes que forman parte de la riqueza de los hombres económicos, es decir, del círculo de aquellos bienes de los que hay carencia parcial. No existe evidentemente ninguna contradicción en la circunstancia de que la continuada multiplicación de un bien de la que hubo antes escasez acabe en definitiva por eliminar dicha escasez.
Más bien cabe decir que el principio de que la continuada multiplicación de los bienes económicos desemboca finalmente en la disminución de aquellos bienes de los que hubo antes escasez es algo tan evidente para cualquiera como el principio opuesto de que la continuada disminución, durante un tiempo prolongado, de los bienes que sobreabundaban (de los bienes no económicos), llevará también finalmente a que estos bienes, de los que ahora hay escasez parcial, acaben por convertirse en partes constitutivas de la riqueza y que aumente por tanto el círculo de estas últimas.
Así pues, la mencionada paradoja, que, por lo demás, no se presenta sólo en el ámbito de los objetos de riqueza, sino de forma análoga también en el ámbito del valor y de los precios de los bienes económicos [13], es sólo aparente y descansa en último término en el desconocimiento de la esencia de la riqueza y de sus partes constitutivas.
Hemos definido la riqueza como la totalidad de los bienes económicos de que dispone un sujeto económico. Así pues, toda riqueza supone un sujeto económico o al menos un sujeto que puede llegar a serlo. Las cantidades de bienes económicos destinadas a un objetivo determinado no son, por tanto, riqueza en el sentido económico de la palabra, porque la ficción de una persona jurídica puede ser útil para los objetivos jurídicos prácticos o para las construcciones jurídicas teóricas, pero es inoperante para nuestra ciencia, que rechaza las ficciones. Y así, las llamadas riquezas fundacionales son cantidades de bienes económicos destinadas a fines concretos, pero no son riqueza en el sentido económico de la palabra.
El anterior problema nos lleva al otro de la esencia de la riqueza nacional. Los Estados, cada una de las partes de un país, los municipios y comunidades disponen, de ordinario, para satisfacer sus necesidades y poder alcanzar sus objetivos, de cantidades de bienes económicos. Aquí los economistas políticos no necesitan recurrir a la ficción de una persona jurídica. Para ellos existe, sin ficción, un agente económico, una sociedad que administra mediante sus propios órganos ciertos bienes económicos, de los que dispone para la satisfacción de sus necesidades, asignándoles un destino. No existe, pues, inconveniente en admitir que hay una riqueza del Estado, del Land o región, del municipio, de una corporación.
Otro es el
caso cuando se utiliza la expresión riqueza nacional. Aquí
Si se acepta la ficción de que la totalidad de las personas de un pueblo que desarrollan, actividades económicas para la satisfacción de sus especiales necesidades y están movidas no raras veces por intereses contrapuestos constituyen un gran sujeto económico; si se acepta además que las cantidades de bienes económicos de que dispone cada uno de los agentes económicos están destinadas no a la satisfacción de las necesidades especificas de estos últimos, sino a la satisfacción de la totalidad de los individuos económicos de que se compone un pueblo, entonces se llega al concepto de una totalidad de bienes económicos puestos a disposición de un agente económico (en nuestro caso un pueblo) para el objetivo de la satisfacción de sus necesidades es decir, al concepto de lo que podría llamarse muy bien riqueza del pueblo o riqueza nacional. Pero dadas nuestras actuales circunstancias sociales, la totalidad de los bienes económicos de que disponen las personas económicas en el seno de un pueblo, con el objetivo de satisfacer sus específicas necesidades, no constituye, evidentemente, una riqueza en el sentido económico de la palabra, sino más bien un conjunto de dichos bienes, relacionados entre sí a través del intercambio humano [14].
Sin embargo, la necesidad de una denominación científica para la mencionada totalidad de bienes está tan justificada y la expresión de riqueza nacional para designar el mencionado concepto está tan admitida y sancionada por el uso, que no hay necesidad ninguna de renunciar a ella, sobre todo porque nos permite comprender con mayor claridad la naturaleza auténtica de la llamada riqueza nacional.
Es, de todas formas, necesario evitar el error que podría derivarse de un razonamiento que no tuviera en cuenta la antes mencionada diferencia. Cuando los problemas se refieren exclusivamente a la determinación cuantitativa de la llamada riqueza nacional, puede considerarse como riqueza nacional la totalidad de las riquezas de los individuos que componen un pueblo o una nación. Pero cuando, a partir de la magnitud de la riqueza nacional, se pretende sacar conclusiones sobre el nivel de bienestar de un pueblo, o cuando se trata de aquellos fenómenos que son resultado del contacto de cada uno de los agentes económicos, la concepción de riqueza nacional, entendida en el sentido literal de la palabra, desembocará forzosamente en frecuentes errores. En todos estos casos deberíamos más bien considerar la riqueza nacional como el conjunto de las riquezas de los individuos de un pueblo y deberíamos también prestar atención a la diferente medida de estas riquezas individuales.
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[1] También algunos animales hacen provisiones y procuran, con antelación, que no les falten alimentos y un cálido refugio en el invierno.
[2] La palabra necesidad admite en nuestro lenguaje una doble significación. Por un lado, designa las cantidades de bienes necesarias para la total satisfacción de las necesidades de una persona y, por el otro, las cantidades que probablemente consumirá esta persona. En este segundo sentido, un hombre que tiene, por ejemplo, 20.000 táleros de renta y que se ha acostumbrado a los gastos permitidos por esta cantidad, tiene una necesidad muy grande; es, en cambio, muy pequeńa la de un obrero agrícola cuyos ingresos no superan los 100 táleros. Un mendigo, que depende de la caridad pública, no tendría en este sentido ninguna necesidad. También en su primera acepción presenta la necesidad grandes diferencias entre los hombres, según sean su nivel cultural y sus costumbres. Incluso las personas totalmente carentes de medios económicos tienen necesidad, que se mide por las cantidades de bienes necesarios para satisfacer sus necesidades. Los comerciantes e industriales utilizan generalmente la expresión en el sentido estricto de la palabra, entendiendo por necesidad, a menudo, la demanda previsible de un bien. En este sentido, se dice también que a un determinado precio existe una necesidad, pero que no existe a otro precio, y así otras expresiones similares.
[3] Cf. CONDILLAC, Le
[4] Entre estos órganos se encuentran en primer lugar los agentes o corresponsales que las grandes firmas mantienen en los centros principales de fabricación o venta de los artículos de su especialidad. Entre los deberes más destacados de estos corresponsales se encuentra el de suministrar a sus mandatarios información detallada y al día sobre la situación de los stocks. Hay, además, una amplia información escrita sobre los productos más importantes, basada en los informes de los vendedores y publicada a plazos regulares, que persigue este mismo objetivo. Quien siga atentamente los despachos de Bell en Londres, de Meyer en Berlín sobre cereales, de Licht en Magdeburgo sobre el azúcar, de Ellison y Haywood en Liverpool sobre el algodón, etc., hallará en ellos, junto a otros datos importantes del mundo de los negocios, sobre los que tendremos ocasión de volver más adelante, una exacta información sobre el estado de las existencias, basado en todo tipo de encuestas, y, donde éstas faltan, en datos extraídos gracias a cálculos penetrantes. Estos datos ejercen, como se verá más tarde, un influjo determinante sobre los fenómenos de la economía política y de modo especial sobre la formación del precio. Así, por ejemplo, las circulares sobre el algodón de Ellison y Haywood contienen información actualizada acerca de las existencias de esta materia prima en Liverpool y en toda Inglaterra, con indicación de sus distintas calidades y datos relativos al continente, además de otras noticias sobre América, la India, Egipto y las restantes zonas productoras. Estas circulares nos informan sobre las cantidades de algodón actualmente embarcadas, sobre los puertos de destino, sobre el nivel de los stocks ingleses y sobre la circunstancia de si estas cantidades se encuentran ya en los almacenes de los tejedores, o en manos de otros consumidores o todavía en primera mano, así como sobre las cantidades destinadas a la exportación, etc.
[5] Así, por ejemplo, los antes mencionados informes de Licht no sólo contienen datos sobre la situación actual de las existencias de azúcar en todas las regiones con las que Alemania mantiene relaciones comerciales, sino que se recopilan cuidadosamente todos los hechos que influyen sobre esta materia prima y sobre la orientación de la producción, por ejemplo, y especialmente sobre las superficies destinadas a plantaciones de cańa o de remolacha azucarera, sobre la situación actual de las plantaciones o de los campos de remolacha, sobre la posible incidencia de la climatología en el momento de la zafra y sobre el volumen y la calidad de las cosechas, sobre el número de fábricas de azúcar y refinerías en funcionamiento y en paro y sobre la capacidad de rendimiento de las primeras, sobre las cantidades de productos nacionales y extranjeros que probablemente llegarán al mercado alemán y el momento en que legará cada una de las partidas, sobre los progresos de la técnica de la fabricación azucarera, las dificultades mercantiles, etc. Informes similares se dan también respecto de otros artículos en las restantes circulares comerciales antes mencionadas.
[6] La investigación de la naturaleza de los bienes económicos comienza por el
intento de fijar el concepto de riqueza en el ámbito de la economía
individual. Aunque A. Smith sólo tocóeste problema de pasada,
sus sugerencias han tenido las más profundas repercusiones en esta teoría.
Una vez implantada la división del trabajo dice en su
[7] El carácter económico de los bienes no está en modo alguno vinculado a la
condición previa de que la economía humana tenga una dimensión social. Si la
necesidad que un sujeto económico aislado tiene de un bien es mayor que la
cantidad de este bien de que dispone, veremos que este sujeto mantiene y
conserva todas y cada una de las cantidades parciales, las emplea para la
más racional satisfacción de sus necesidades y hace una selección entre las
necesidades que puede satisfacer con las cantidades de que dispone y
aquellas otras que debe dejar insatisfechas. En cambio, este mismo sujeto no
se verá precisado a desarrollar ninguna de las anteriores actividades en el
caso de que disponga de tal cantidad de bienes que desborden su necesidad.
Por consiguiente, también para nuestro supuesto sujeto aislado hay bienes
económicos y bienes que no lo son. Así, tampoco la circunstancia de que un
[8] Recurriendo a una expresión análoga a otra ya muy difundida en nuestra
ciencia, a los últimos se les podría denominar bienes
[9] Disponible, en el sentido económico de la palabra, es aquel bien que alguien tiene capacidad de utilizar para la satisfacción de sus necesidades. A esta utilización pueden oponerse impedimentos físicos o jurídicos. Los bienes de un menor no están, en este sentido, a disposición de su tutor.
[10] Hermann (
[11] La medida, meramente
relativa, que proporciona la riqueza para calcular el grado de plenitud con
que un individuo puede satisfacer sus necesidades, ha llevado a algunos
escritores a definir la riqueza, en el sentido de la economía individual,
como la totalidad de los bienes económicos, y la riqueza en el sentido de la
economía nacional como la totalidad de todos los bienes. Lo hacen así debido
sobre todo a que en el primer caso se tiene en cuenta el bienestar relativo
de cada uno de los individuos concretos y en el segundo el bienestar
absoluto de la sociedad. Así, en concreto, Landerdale,
[12] Cf. ya LANDERDALE,
[13] PROUDHON,
[14]
Cf. DIETZEL,
CAPITULO III LA TEORIA DEL VALOR
1.-SOBRE LA ESENCIA Y EL ORIGEN DEL VALOR DE LOS BIENES
Cuando la necesidad de un bien, dentro del espacio temporal a que se extiende la actividad previsora humana, es mayor que la cantidad de dicho bien dentro de este espacio de tiempo, los hombres se esfuerzan por satisfacer sus necesidades de la forma mбs completa que les es posible en la situaciуn dada. Y precisamente de este esfuerzo en torno al bien en cuestiуn surge el impulso hacia la actividad descrita en pбginas precedentes y que hemos designado como su economнa. Ahora bien, el conocimiento de la anterior relaciуn promueve la apariciуn de otro fenуmeno, cuya mбs exacta comprensiуn tiene una decisiva importancia para nuestra ciencia. Nos referimos al valor de los bienes. Cuando, efectivamente, la necesidad de un bien es mayor que la cantidad disponible del mismo, se comprueba al mismo tiempo que, puesto que una parte de las correspondientes necesidades ha de quedar irremediablemente insatisfecha, no se puede disminuir ninguna cantidad parcial de cierta importancia prбctica sin que, al hacerlo, deje ya de satisfacerse, o no se satisfaga por completo, una necesidad que quedaba cubierta antes de que se produjera la citada eventualidad. En todos los bienes que se hallan en la relaciуn cuantitativa descrita, la satisfacciуn de una determinada necesidad humana depende, pues, de que se disponga o no de una cantidad concreta y prбcticamente significativa de aquellos bienes. Si los sujetos econуmicos adquieren conciencia de esta situaciуn, es decir, si conocen que la posibilidad de satisfacer una necesidad depende con mayor o menor plenitud de la disposiciуn sobre una cantidad parcial de los bienes de que estamos hablando o respectivamente de la relaciуn cuantitativa concreta en que se encuentran estos bienes, entonces tales bienes adquieren para estos hombres aquella significaciуn que llamamos valor. Por consiguiente, valor es la significaciуn que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacciуn de nuestras necesidades№. Por tanto, aquel fenуmeno vital que llamamos valor de los bienes brota de la misma fuente que el carбcter econуmico de estos ъltimos, es decir, de la antes descrita relaciуn entre necesidad y masa de bienes disponible2. La diferencia entre ambos fenуmenos radica en que el conocimiento de aqueIIa relaciуn cuantitativa impulsa por un lado nuestra actividad previsora y, con ello, los bienes que se hallan en esta relaciуn se convierten en objetos de nuestra economнa, es decir, en bienes econуmicos. Por otro lado, este conocimiento nos lleva a la conciencia de la significaciуn que tiene para nuestra vida o, respectivamente, para nuestro bienestar, el poder disponer de cada cantidad parcial concretaі de la masa de bienes que poseemos. De este modo, los bienes que se encuentran en la relaciуn antedicha adquieren valor para nosotros 4. La relaciуn que fundamenta el carбcter no econуmico de los bienes consiste en que la necesidad de estos bienes es menor que la cantidad disponible de los mismos. Hay, pues, siempre cantidades parciales de bienes no econуmicos frente a los cuales no existe ninguna necesidad humana que deba satisfacerse y que pueden, por tanto, perder su cualidad de bienes sin que por ello quede amenazada la satisfacciуn de necesidades humanas. Asн pues, esta satisfacciуn no depende de nuestra disposiciуn sobre bienes concretos desprovistos de carбcter econуmico; de donde se desprende que aquellas cantidades concretas inmersas en esta relaciуn, es decir, en la relaciуn de bienes no econуmicos, tampoco tienen valor para nosotros. Si el hombre que habita en una selva dispone de varios cientos de miles de troncos de бrboles, mientras que sуlo necesita veinte, por ejemplo, para satisfacer plenamente sus necesidades de madera o leсa, es evidente que no sentirб la mбs mнnima preocupaciуn si el fuego destruye unos cuantos miles de troncos, ya que con los restantes puede cubrir sus necesidades tan perfectamente como antes del incendio. En esta situaciуn, la satisfacciуn de sus necesidades no depende de unos troncos concretos y, por tanto, no tienen para este hombre ningъn valor. Pero si, en esta misma selva, hay tan sуlo diez бrboles frutales a disposiciуn del mencionado habitante y si suponemos que la cantidad de fruta de estos бrboles no es mayor que la necesidad que tiene de este bien, entonces no podrнa perderse ninguno de los бrboles sin que, como consecuencia de esta circunstancia, se viera condenado a pasar hambre o al menos a no poder satisfacer su necesidad de estos frutos tan completamente como antes. Por tanto, en esta segunda hipуtesis cada uno de los frutales tiene su propio valor. Si los habitantes de una aldea necesitan mil cбntaros diarios de agua para satisfacer sus necesidades, y disponen de un arroyo cuyo caudal se eleva a cien mil cбntaros por dнa, para estos habitantes una cantidad parcial concreta de agua, por ejemplo, un cбntaro, no tendrнa para aquellos habitantes ningъn valor, porque aunque se les prive de esta cantidad o йsta pierda su calidad de bien, pueden seguir satisfaciendo plenamente sus necesidades. De hecho, estos aldeanos dejan que diariamente se pierdan en el mar muchos miles de cбntaros de agua, sin que su satisfacciуn de esta necesidad sufra el menor menoscabo. Mientras se mantenga la relaciуn que fundamenta el carбcter no econуmico del agua, la satisfacciуn de sus necesidades no depende de un cбntaro hasta el punto de que si no dispusieran de йl no podrнan satisfacerla y йsta es la razуn por la que esta cantidad de agua no tiene para ellos ningъn valor. Pero si, a consecuencia de una extraordinaria sequнa, o de cualquier otro accidente de la naturaleza, el caudal del arroyo se redujera a 500 cбntaros diarios y los habitantes de la aldea de nuestro ejemplo no pueden acudir a otras fuentes, de tal modo que la cantidad total de agua de que ahora disponen no basta para la plena satisfacciуn de sus necesidades, es evidente que no permitirбn que se perdieran cantidades de alguna importancia prбctica del total de que aъn disponen, por ejemplo, de un solo cбntaro, pues en caso contrario se verнa menoscabada alguna parte de la satisfacciуn de sus necesidades. Asн, pues, en la nueva situaciуn cada una de las porciones concretas de la cantidad total disponible tendrнa valor para ellos. Se advierte, por tanto, que los bienes no econуmicos no solo tienen, como se ha admitido hasta ahora, ningъn valor de intercambio, sino que en realidad no tienen ningъn tipo de valor y, por tanto, tampoco valor de uso. Mбs adelante -y una vez hayamos adquirido algunos presupuestos cientнficos- intentaremos exponer la relaciуn existente entre el valor de uso y el valor de intercambio. Baste aquн con advertir, provisionalmente, que tanto el valor de intercambio como el de uso estбn subordinados al concepto general de valor, es decir, que se trata de dos conceptos coordinados entre sн y que, por consiguiente, todo cuanto hemos venido diciendo sobre el valor en general es aplicable tambiйn tanto al valor de uso como al de intercambio. Si, pues, un gran nъmero de economistas polнticos admite que los bienes no econуmicos no tienen valor de intercambio, pero sн valor de uso, e incluso algunos economistas ingleses y franceses contemporбneos destierran de nuestra ciencia el concepto de valor de uso y proponen sustituirlo por el concepto de utilidad, esta actitud se basa en el desconocimiento de la importante diferencia entre los dos conceptos antes mencionados y los fenуmenos vitales sobre los que se fundamenta. Utilidad es la capacidad que tiene una cosa de servir para satisfacer las necesidades humanas y, por consiguiente (en el caso de la utilidad conocida), un presupuesto general de la cualidad de los bienes. Tambiйn los bienes no econуmicos son ъtiles, en cuanto que tienen tanta capacidad como los econуmicos para la satisfacciуn de nuestra necesidad. Esta capacidad debe ser reconocida por los hombres, pues en caso contrario tampoco podrнan adquirir la cualidad de bienes. Lo que distingue a un bien no econуmico de otro econуmico, esto es, de otro que se halla inserto en la relaciуn cuantitativa sobre la que se fundamenta el carбcter econуmico, es la circunstancia de que la satisfacciуn de las necesidades humanas no depende de la disposiciуn sobre unas cantidades concretas del primero, y sн, en cambio, de cantidades concretas del segundo tipo. Por consiguiente, aunque los primeros tienen, desde luego, utilidad para nosotros, sуlo los segundos tienen ademбs de utilidad aquella significaciуn que hemos llamado valor. Ciertamente, el error del que parte la confusiуn entre utilidad y valor de uso no tiene ninguna influencia sobre la actividad prбctica humana. En condiciones normales, el agente econуmico no concede ningъn valor a un pie cъbico de aire, o a un cбntaro de agua en regiones de abundantes manantiales. El hombre prбctico sabe distinguir perfectamente entre la capacidad de une cosa para satisfacer sus necesidades y el valor de esta cosa. Pero el mencionado error es, en todo caso, un duro impedimento para la formaciуn de la teorнa general de nuestra ciencia 5. La circunstancia de que un bien tenga valor para nosotros radica en que, como hemos visto, disponer del mismo significa que podemos satisfacer unas necesidades que, sin dicha disposiciуn, no quedarнan cubiertas. Aunque nuestras necesidades pueden depender en parte, al menos en su origen, de nuestra voluntad o de nuestros hбbitos, una vez que se hacen presentes ya no es arbitrario el valor que tienen para nosotros los bienes que pueden satisfacerlas, sino que es la inevitable consecuencia del conocimiento de la significaciуn que tienen para nuestra vida o nuestro bienestar. Serнa, pues, inъtil que nos esforzбramos en considerar como sin valor un bien del que tenemos conciencia que su posesiуn es imprescindible para satisfacer nuestras necesidades. En vano intentarнamos, por el lado contrario, adscribir valor a los bienes de que tenemos conciencia que no son necesarios para dicha satisfacciуn. El valor de los bienes no es, por tanto, arbitrario, sino siempre la secuencia necesaria del conocimiento que tiene el hombre de que la conservaciуn de su vida y su bienestar dependen de su disposiciуn sobre un bien o una cantidad de bienes o de una parte al menos, por mнnima que sea, de los mismos. Por lo que hace a este conocimiento, es evidente que los hombres pueden equivocarse al calcular el valor de unos bienes, lo mismo que se dan errores en todos los objetos del conocimiento humano y que pueden, por tanto, atribuir valor a cosas que en realidad no lo tienen dentro de unas concretas circunstancias econуmicas. Pueden, por tanto, opinar errуneamente que la satisfacciуn mбs o menos completa de una necesidad depende de un bien o de una cantidad de bienes, cuando de hecho no existe tal relaciуn. Nos enfrentamos entonces con el fenуmeno de un valor imaginado. El valor de los bienes se fundamenta en la relaciуn de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos. Segъn varнen las circunstancias, puede modificarse tambiйn, aparecer o desaparecer el valor. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre completamente sus necesidades de agua, una cantidad de la misma no tiene ningъn valor a pie de manantial. Pero si, a consecuencia de un terremoto, el manantial disminuye de pronto su caudal, hasta el punto de que ya no pueden satisfacerse plenamente las necesidades de los habitantes del oasis y la satisfacciуn de una necesidad concreta depende de la disposiciуn sobre una determinada cantidad, esta ъltima adquirirнa inmediatamente valor para cada uno de los habitantes. Ahora bien, este valor desaparecerнa apenas se restableciera la antigua situaciуn y la fuente volviera a manar la misma cantidad que antes. Lo mismo ocurrirнa en el caso de que el nъmero de habitantes del oasis se multiplican de tal forma que ya la cantidad de agua no bastara para satisfacer la necesidad de todos ellos. Este cambio, debido a la multiplicaciуn del nъmero de consumidores, podrнa incluso producirse con una cierta regularidad, por ejemplo, cuando numerosas caravanas hacen su acampada en este lugar. Asн pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrнnseca de los mismos, ni menos aъn una cosa autуnoma, independiente, asentada en sн misma. Es un juicio que se hacen los agentes econуmicos sobre la significaciуn que tienen los bienes de que disponen para la conservaciуn de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del бmbito de su conciencia. Y asн, es completamente errуneo llamar "valor" a un bien que tiene valor para los sujetos econуmicos, o hablar, como hacen los economistas polнticos, de "valores", como si se tratara de cosas reales e independientes, objetivando asн el concepto. Lo ъnico objetivo son las cosas o, respectivamente, las cantidades de cosas, y su valor es algo esencialmente distinto de ellas, es un juicio que se forman los hombres sobre la significaciуn que tiene la posesiуn de las mismas para la conservaciуn de su vida o, respectivamente, de su bienestar. La objetivaciуn del valor de los bienes, que es por su propia naturaleza totalmente subjetivo, ha contribuido en gran manera a crear mucha confusiуn en torno a los fundamentos de nuestra ciencia.
§ 2.-LA MEDIDA MБS PRIMORDIAL DEL VALOR DE LOS BIENES
Hasta ahora hemos venido considerando la naturaleza y las causas ъltimas del valor, asн como los factores comunes a todos los valores. Aparece ahora ante nuestras miradas el hecho de que el valor de cada uno de los bienes es una magnitud muy diferente, que no pocas veces cambia incluso respecto de un mismo bien. La investigaciуn de las causas de esta diferencia del valor de los bienes y la medida de los mismos constituye el objeto de la presente secciуn. El camino a seguir para este anбlisis viene determinado por la siguiente consideraciуn. Los bienes de que disponemos no tienen valor para nosotros en razуn de sн mismos. Hemos visto, por el contrario, que lo ъnico que importa es su capacidad para satisfacer nuestras necesidades, porque de esto dependen nuestra vida y nuestro bienestar. Hemos dicho tambiйn que los hombres trasladan esta significaciуn a aquellos bienes sin cuya disposiciуn no podrнan cubrir sus necesidades, es decir, la trasladan a los bienes econуmicos. Por consiguiente, respecto de todo valor de los bienes, lo ъnico que nos sale al paso es la significaciуn que nosotros damos a la satisfacciуn de nuestras necesidades, es decir, a nuestra vida y nuestro bienestar. Una vez, pues, exhaustivamente descrita la naturaleza del valor de los bienes y establecido que, en definitiva, para nosotros sуlo tiene importancia satisfacciуn de nuestras necesidades y que todo valor no es sino una traslaciуn de esta significaciуn a los bienes econуmicos, se deduce claramente que la diferencia de la magnitud del valor de cada bien concreto se fundamenta -tal como podemos observarlo en nuestras propias vidas- en la diferencia de la magnitud de la significaciуn que tienen para nosotros aquellas necesidades cuya satisfacciуn depende de aquel bien. Para reducir a sus ъltimas causas la diferencia de la magnitud del valor de cada uno de los bienes -tal como nos lo enseсa nuestra propia experiencia- debemos enfrentarnos con una doble tarea. Debemos investigar: Primero: їHasta quй punto es diferente la importancia que tiene para los hombres la satisfacciуn de unas necesidades concretas? (factor o elemento subjetivo), y Segundo: їQuй satisfacciones de necesidades concretas dependen, en cada caso dado, de la disposiciуn sobre un bien determinado? (elemento objetivo). Si en el curso de nuestra investigaciуn se descubre que la satisfacciуn de cada una de las necesidades concretas tiene para los hombres una diferente significaciуn y, ademбs, que de nuestra disposiciуn sobre cada uno de los bienes econуmicos dependen satisfacciones de muy diversa significaciуn, queda al mismo tiempo solucionado el anterior problema, es decir, queda explicado por sus ъltimas causas aquel fenуmeno de la vida econуmica cuya soluciуn nos hemos propuesto como punto capital de este anбlisis. Es decir, queda explicada la razуn de la diferencia de magnitud del valor de los bienes. Con la respuesta al problema de las causas ъltimas de la diferencia de valor de los bienes queda al mismo tiempo solucionado el problema de cуmo y por quй estб tambiйn sujeto a cambios el valor de los bienes concretos. Todo cambio no es otra cosa sino una diferencia en el tiempo. Con el conocimiento de las causas ъltimas de la diferencia de una categorнa de magnitudes se da tambiйn a la vez una comprensiуn mбs profunda del cambio de las mismas.
a) Diferencias de la magnitud de la significaciуn de cada una de las satisfacciones de necesidades (elemento subjetivo)
Por lo que hace, en primer tйrmino, a la diferencia de la significaciуn que tiene para nosotros la satisfacciуn de cada una de nuestras necesidades, es un hecho de la mбs comъn experiencia que los hombres suelen atribuir la mбxima importancia a la satisfacciуn de aquellas necesidades de las que depende la conservaciуn de su vida y que la medida de la significaciуn de las restantes satisfacciones responde al grado (duraciуn e intensidad) del bienestar que se alcanza con ellas. Cuando los sujetos econуmicos se encuentran en una situaciуn en la que deben elegir entre la satisfacciуn de una necesidad de la que depende la conservaciуn de su vida y otra de la que ъnicamente depende un mayor o menor bienestar, suelen inclinarse por la primera. De igual modo, respecto de las necesidades del segundo tipo, eligen aquellas de las que depende un mayor grado de bienestar, es decir, aquellas que, a igual intensidad, tienen una mayor duraciуn o, a igual duraciуn, un grado mбs intenso de bienestar y no lo contrario. La conservaciуn de la vida depende de la satisfacciуn de nuestra necesidad de alimentos y, en climas frнos, tambiйn del vestido para nuestro cuerpo, y de la vivienda, mientras que de la posesiуn, por ejemplo, de una carroza o de un tablero de ajedrez sуlo depende un grado mayor de bienestar. De acuerdo con ello, podemos observar que los hombres temen mucho mбs la carencia de alimentos, vestidos y vivienda que la falta de una carroza, de un tablero de ajedrez o cosas semejantes. En consecuencia, atribuyen a la seguridad de la satisfacciуn de las primeras necesidades una importancia incomparablemente superior que la que prestan a la satisfacciуn de las mencionadas en segundo lugar, ya que de йstas sуlo depende un placer pasajero, o una mayor comodidad o, en general, un grado mбs elevado de bienestar. Pero tambiйn dentro de estas ъltimas satisfacciones son desiguales las significaciones. La conservaciуn de nuestra vida no depende ni de un cуmodo lugar para pasar la noche ni de un tablero de ajedrez, pero la utilizaciуn de estos bienes contribuye -aunque en muy diverso grado- al mantenimiento y elevaciуn de nuestro bienestar. Precisamente por ello estб fuera de toda duda que cuando los hombres tienen que elegir entre privarse de la utilizaciуn de un cуmodo lugar para pasar la noche o de un tablero de ajedrez, prescinden mucho mбs fбcilmente del segundo que no del primero. Vemos, pues, que para los hombres tiene muy diversa significaciуn la satisfacciуn de sus diversas y concretas necesidades ya que algunas son de suma importancia para la conservaciуn de sus vidas, otras elevan en grado considerable su nivel de bienestar y finalmente otras lo elevan en menor medida, hasta llegar finalmente a las que sуlo aportan un pequeсo y breve placer. Un cuidadoso anбlisis de los fenуmenos de la vida nos revela que la diferente significaciуn de cada una de las satisfacciones de necesidades puede darse no sуlo respecto de la satisfacciуn de las diversas necesidades consideradas en su conjunto, sino tambiйn respecto de la satisfacciуn mбs o menos completa de las mismas. Nuestra vida depende, en tйrminos generales, de la satisfacciуn de nuestra necesidad de alimentos. Pero serнa craso error pretender calificar a todos los alimentos que los hombres suelen consumir como absolutamente necesarios para la conservaciуn de su vida, o de su salud, esto es, de su prolongado bienestar. Todo el mundo sabe cuбn fбcil es prescindir de una de las comidas habituales, sin que esto entraсe riesgo alguno para la vida o la salud. Mбs aъn, la experiencia enseсa que la cantidad de alimentos absolutamente necesaria para conservar la vida es sуlo una pequeсa parte de lo que de ordinario consumen las personas pudientes. No pocas veces se ingieren mбs alimentos y bebidas de los que serнan aconsejables para su salud. Asн pues, los hombres toman alimentos primero para conservar su vida, luego aсaden otras cantidades para conservar su salud, porque una alimentaciуn demasiado escasa, reducida a la simple conservaciуn de la vida, estб acompaсada, tal como la experiencia enseсa, de trastornos de nuestro organismo; finalmente, tras haber tomado las cantidades necesarias para la conservaciуn de la vida y de la salud, consumen otras por mero placer. A tenor de ello es tambiйn muy diferente la significaciуn que tienen para los hombres los actos concretos y aislados con que satisfacen su necesidad de alimentos. La satisfacciуn de esta necesidad hasta aquel punto en el que queda del todo asegurada la vida tiene para cada uno de los seres humanos la plena significaciуn de una cosa vital. El subsiguiente consumo adquiere la significaciуn de la conservaciуn de la salud, es decir, de su prolongado y permanente bienestar. El consumo ulterior ya sуlo tiene-como enseсa la experiencia- la significaciуn del disfrute de un placer cada vez menos importante, hasta que llegamos finalmente al estadio en el que el consumo se mueve dentro de unos lнmites, en los que la satisfacciуn de la necesidad de alimentos es ya tan completa que toda nueva consumiciуn no contribuye ni a la conservaciуn de la vida, ni de la salud, y ni siquiera garantiza al consumidor un placer, sino que comienza a serle indiferente, y hasta penoso, e incluso puede llegar a constituir una amenaza para su salud y su propia vida. Similares observaciones podemos hacer respecto de la satisfacciуn mбs o menos completa de cualquier otra necesidad humana. En los climas frнos es de todo punto necesaria una vivienda o al menos un lugar para dormir protegido contra los rigores del invierno; y para conservar la salud es tambiйn necesario que la vivienda estй dotada de ciertas comodidades. Aparte esto, suelen los hombres, en la medida en que sus medios se lo permiten, aсadir otros espacios destinados ъnicamente al placer o la comodidad (salones para recibir, salas de fiestas, salones de juego y recreo, pabellones y palacios para la caza, y cosas similares). No resulta, pues, difнcil advertir que tambiйn en el бmbito de la satisfacciуn de la necesidad de vivienda es muy diferente la significaciуn que tiene para los hombres cada uno de los actos concretos destinados a esta satisfacciуn. Nuestra vida depende hasta un cierto punto de la satisfacciуn de esta necesidad; de una satisfacciуn mбs completa de la misma depende nuestra salud; una satisfacciуn todavнa mбs elevada aporta un placer mayor o menor, segъn los casos, hasta que finalmente, y respecto de cada persona, puede imaginarse un punto a partir del cual toda ulterior utilizaciуn de las habitaciones de que dispone le resulta indiferente o incluso fastidiosa. Podrнamos, pues, hacer, respecto de la mayor o menor plenitud del grado de satisfacciуn de una misma necesidad, una observaciуn similar a la ya hecha a propуsito de las diversas necesidades humanas. Hemos visto efectivamente, que para los hombres reviste muy desigual importancia la satisfacciуn de sus diversas necesidades y que esta significaciуn depende a su vez, de la importancia que tienen, desde las que son necesarias para la conservaciуn de nuestra vida, hasta aquellas otras, en escalуn descendiente, que sуlo contribuyen a proporcionar un pequeсo y fugitivo placer. Ahora vemos, ademбs, que la satisfacciуn de una necesidad concreta tiene en un punto determinado de su plenitud, una significaciуn relativa mбxima y que toda satisfacciуn que desborde este punto va teniendo una importancia cada vez menor, hasta llegar a un estadio en el que una satisfacciуn aъn mбs plena de la necesidad correspondiente puede llegar a ser indiferente y, finalmente, todo nuevo acto, aun revistiendo el aspecto exterior de satisfacer una necesidad, no sуlo no tiene ya para los hombres ninguna importancia, sino que les hastнa y les causa tormento. Para facilitar la comprensiуn de las siguientes y difнciles investigaciones, vamos a intentar dar una expresiуn numйrica a las distintas magnitudes de que hemos venido hablando. Seсalaremos con un 10 la importancia de la satisfacciуn de aquellas necesidades de que depende nuestra vida y luego, en numeraciуn decreciente, con un 9, un 8, un 7, un 6 y asн sucesivamente, las siguientes necesidades. Obtendremos una escala de significaciones de las distintas satisfacciones de necesidades que comienza con el 10 y termina con el 1. Asignemos tambiйn a la significaciуn de cada uno de los actos con que se satisface una necesidad un valor numйrico, decreciente a medida que dicha necesidad se va ya satisfaciendo. Tenemos asн para cada una de las necesidades de cuya satisfacciуn depende hasta cierto punto nuestra vida, un valor que estб en relaciуn decreciente con el grado de plenitud de la satisfacciуn conseguida y del bienestar inherente a dicha satisfacciуn. Resulta entonces una escala que empieza en 10 y termina en 0. Para aquella satisfacciуn cuya significaciуn suprema es 9, se obtiene una escala que empieza con 9 y termina tambiйn en 0, y asн sucesivamente. Las diez escalas que se derivan del anterior planteamiento pueden plasmarse de la siguiente manera:
Supongamos que la escala I expresa la significaciуn de la satisfacciуn de la necesidad de alimentos, en grado descendente a medida que se va satisfaciendo dicha necesidad, y que la escala V representa la significaciуn de la satisfacciуn del placer de fumar de una persona. Es claro que la satisfacciуn de la necesidad de tomar alimentos tiene, hasta que no alcanza un determinado grado de plenitud, una significaciуn decididamente mбs elevada para cualquier individuo que la satisfacciуn de la necesidad de fumar. Pero cuando la necesidad de alimentos ha sido ya satisfecha hasta un cierto punto, de tal modo que una ulterior satisfacciуn sуlo tiene ya para aquel individuo la significaciуn que hemos seсalado con la cifra 6, entonces el disfrute del tabaco empieza a adquirir ya para йl la misma importancia que la ulterior satisfacciуn de la necesidad de alimentos. Por consiguiente, a partir de este punto se esforzarб por satisfacer su necesidad de tabaco con el mismo empeсo que la de satisfacer su necesidad de alimentos. Aunque evidentemente, y en tйrminos generales, la significaciуn de esta ъltima necesidad es, para nuestro individuo, mucho mayor que la satisfacciуn de la de tabaco, con todo, tras la continuada satisfacciуn de la necesidad de alimentarse se inicia -tal como expresa plбsticamente nuestra escala numйrica- un estadio en el que los siguientes actos de dicha satisfacciуn tiene una menor significaciуn que los primeros actos de satisfacciуn -mucho menos importante en tйrminos generales, pero no plenamente satisfecha- de la necesidad de fumar. Creemos haber explicado con suficiente claridad, mediante este ejemplo tomado de la vida ordinaria, el sentido de las cifras antes dadas, con la ъnica intenciуn de facilitar la visiуn de un campo de la psicologнa tan difнcil como poco elaborado hasta ahora. La diferente significaciуn que tiene para el hombre la satisfacciуn de las concretas necesidades no es en modo alguno ajena a la conciencia de los agentes econуmicos, a pesar de que hasta ahora el fenуmeno que hemos analizado ha despertado poco la atenciуn de los investigadores. Doquiera los hombres vivan, y sea cual fuere el nivel de su evoluciуn cultural, podemos observar en todas partes cуmo los agentes econуmicos contrapesan cuidadosamente la importancia relativa de todos y cada uno de los actos concretos que llevan a la satisfacciуn de sus diferentes necesidades en general y a la satisfacciуn mбs o menos completa de las necesidades de cada individuo y cуmo guнan hasta donde les es posible la actividad encaminada a la plena satisfacciуn de sus necesidades (economнa) por los resultados de esta comprobaciуn. Mбs aъn, esta ponderaciуn de la diferente importancia de las necesidades, la elecciуn entre aquellas que permanecen insatisfechas y aquellas otras que, a tenor de los medios disponibles, pueden satisfacerse, y la determinaciуn del grado en que estas ъltimas pueden llegar a la satisfacciуn, forma aquella parte de la actividad econуmica humana que llena sus espнritus mбs que ninguna otra, que ejerce un sin igual influjo en sus esfuerzos econуmicos y es casi interrumpidamente practicada por todo sujeto econуmico. El conocimiento de la distinta significaciуn que tiene para los hombres la satisfacciуn de las diversas necesidades y cada uno de los actos concretos de la misma es la primera causa de la diferencia del valor de los bienes.
b) Dependencia entre unas determinadas satisfacciones de necesidades y unos bienes concretos (elemento objetivo).
Si pasa la satisfacciуn de cada una de las necesidades concretas de los hombres sуlo se dispusiera de un bien y este bien sуlo estuviera capacitado para cubrir dicha necesidad, de tal modo que por un lado no se alcanzarнa esta satisfacciуn si no se pudiera disponer de este bien determinado y, por el otro, este bien sуlo tuviera capacidad para satisfacer esta necesidad concreta y ninguna otra, entonces serнa muy fбcil determinar el valor de un bien de estas caracterнsticas. Equivaldrнa, en efecto, a la importancia que la satisfacciуn de dicha necesidad tiene para nosotros. Es claro, en este caso, que en la medida en que para la satisfacciуn de una necesidad dependemos de nuestra disposiciуn sobre un bien determinado, de modo que esta satisfacciуn no puede lograrse si no disponemos del citado bien y, al mismo tiempo, este bien no tiene ninguna otra aplicaciуn prбctica que no sea la de la satisfacciуn de aquella necesidad, entonces puede alcanzar la plena significaciуn -pero sуlo esto- que corresponde a la satisfacciуn de la necesidad de que hablamos. Segъn sea, pues, mayor o menor la significaciуn que la satisfacciуn de dicha necesidad tenga para nosotros, serб tambiйn mayor o menor el valor del bien correspondiente. Si, por ejemplo, un individuo miope es arrojado por una tempestad a una isla desierta y, entre los bienes que ha logrado salvar, hay unas gafas que remedian su miopнa, pero no tiene otras de respuesto, es indudable que tienen para йl la plena significaciуn que nuestro individuo atribuya a la capacidad de ver bien, pero nada mбs, ya que las gafas sуlo sirven para la satisfacciуn de esta concreta y expresa necesidad. Ahora bien, en la vida normal la relaciуn entre los bienes disponibles y nuestras necesidades es, de ordinario, mucho mбs complicada. Para empezar: no se trata de necesidades concretas, sino de un conjunto de necesidades; no de un bien concreto, sino de una cantidad de bienes, de modo que unas veces es grande y otras pequeсo el nъmero de satisfacciones de necesidades de muy diversa significaciуn entre sн que dependen de nuestra disposiciуn sobre una cantidad de bienes. Ademбs, cada uno de estos bienes tiene la capacidad de llevar a la satisfacciуn de necesidades de diversa importancia, tal como se acaba de indicar. Un campesino aislado dispone, tras una abundante cosecha, de doscientos celemines de grano. Una parte de esta cantidad sirve para el mantenimiento de su vida y la de su familia hasta la prуxima cosecha; otra parte para la conservaciуn de la salud, un tercera porciуn le asegura la semilla necesaria para la siembra siguiente; una cuarta puede emplearla en la fabricaciуn de cerveza, alcohol y otros fines placenteros, y una quinta para el engorde de su ganado. Y aъn le sobran algunos celemines, que no puede emplear en la satisfacciуn de otras necesidades importantes y que destina, por consiguiente, al alimento de animales de recreo, con objeto de sacar algъn provecho del grano. Hay, pues, satisfacciones de necesidades de la mбxima importancia, respecto de las cuales el campesino depende del grano que tiene en su poder. Con йl asegura, en primer lugar, su vida y la de su familia; luego su salud y la de los suyos; a continuaciуn el mantenimiento de su economнa, es decir, una base importante de su bienestar permanente. Utiliza finalmente una parte de su grano para la satisfacciуn de algunos placeres. Tambiйn respecto de estos ъltimos puede comprobarse que es muy grande la diferencia que cada uno de ellos tiene para nuestro labrador. Se plantea, pues, a nuestra consideraciуn, un caso -y йsta es la situaciуn normal de la vida- en el que la satisfacciуn de necesidades de muy diversa importancia depende de la disposiciуn sobre una cantidad de bienes de la que -para simplificar al mбximo el problema- admitiremos que todas sus partes integrantes tienen una misma naturaleza y composiciуn. Y nos preguntamos: їQuй valor tiene para nuestro agricultor, en las circunstancias descritas, una determinada cantidad de grano? їTendrбn para йl aquellos celemines de grano que aseguran su vida y la de su familia mayor valor que los que aseguran su salud y la de los suyos y йstos mayor valor que los que le permiten la siembra de sus campos y estos ъltimos mayor valor que aquellos celemines que pensaba emplear en fines de placer o de recreo? Y asн sucesivamente. Nadie negarб que la significaciуn de la satisfacciуn de necesidades a que parecen destinarse cada una de as concretas cantidades parciales del grano disponible es muy diversa, segъn una gradaciуn que, en la escala numйrica antes consignada, va desde el 10 al 1. Pero, por otro lado, nadie podrб tampoco afirmar que unos celemines de grano (por ejemplo aquellos con los que el labriego intenta mantenerse a sн mismo y a su familia hasta la prуxima cosecha) tengan una calidad distinta y superior a los celemines que piensa destinar a la fabricaciуn de bebidas y que, por tanto, estos ъltimos tengan para йl menor valor. En йste y en todos los casos similares, en los que la satisfacciуn de unas necesidades de diversa significaciуn depende de la disposiciуn sobre unas determinadas cantidades de bienes, nos enfrentamos con el difнcil problema de determinar quй concreta satisfacciуn de una necesidad depende de una concreta cantidad de bienes. La soluciуn de este importantнsimo problema de la teorнa del valor se obtiene a travйs del anбlisis de la economнa humana y de la naturaleza del valor de los bienes. Ya hemos visto que el esfuerzo humano se orienta a la satisfacciуn completa -o, donde esto es asequible, hacia la mayor posible- de sus necesidades. Si ahora una cantidad de bienes se contrapone a unas necesidades cuya satisfacciуn es de muy diversa significaciуn para los hombres, йstos comenzarбn por cubrir o intentar al menos cubrir aquellas necesidades cuya satisfacciуn tiene para ellos la mбxima importancia. Si despuйs les sobra algo, lo emplearбn en la satisfacciуn de aquellas necesidades que siguen, en orden de importancia, a las primeras ya satisfechas, y seguirбn asн con las posibles porciones restantes, segъn el grado de importancia de las necesidades 6. Si nos preguntamos ahora quй valor tiene, para un agente econуmico que se halla en posesiуn de una cantidad de bienes, una parte concreta de los mismos, la pregunta, referida a la esencia del valor, cristaliza en esta otra: їquй necesidad no podrнa satisfacerse cuando el mencionado sujeto econуmico no pudiera ya disponer de aquella cantidad parcial, es decir, cuando ya sуlo tuviera en su poder la cantidad total, previa sustraciуn de aquella cantidad parcial? La respuesta se deduce de nuestra anterior exposiciуn sobre la naturaleza de la economнa humana y nos indica que en este caso toda persona econуmica procurarнa satisfacer, con la cantidad de bienes restante, sus necesidades mбs perentorias, renunciando a las menos importantes y que, por consiguiente, sуlo dejarнan de satisfacerse, de entre las necesidades hasta entonces aseguradas, aquellas que tuvieran para esta persona una menor significaciуn. Asн pues, en cada caso concreto, sуlo dependen de la disposiciуn sobre una determinada cantidad parcial de la masa de bienes de que dispone una persona econуmica aquellas satisfacciones de necesidades aseguradas por la cantidad total que para ella tienen la menor significaciуn en el conjunto de sus necesidades. El valor de una cantidad parcial de la masa de bienes disponibles es, para una persona determinada, igual a la significaciуn que para ella tienen las satisfacciones de necesidades menos importantes de entre las que estбn aseguradas por la cantidad total y que podrнan satisfacerse con una igual cantidad parcial 7. El anбlisis de algunos casos concretos arrojarб mayor luz sobre los principios que se vienen exponiendo. Se trata, en mi opiniуn, de un tema tan importante que me arriesgo a acometer esta tarea, aun sabiendo que para algunos la exposiciуn ha de resultar prolija y tediosa. Siguiendo el ejemplo de Adam Smith, estimo preferible pecar de aburrido, con tal de conseguir una mayor claridad en la secuencia de las ideas. Imaginemos -para comenzar por el caso mбs sencillo- un sujeto econуmico aislado que habita en una isla rocosa en medio del mar, en la que hay un solo manantial, del que depende totalmente para las satisfacciones de sus necesidades de agua dulce. Supongamos ahora que este hombre aislado necesita para sн un cбntaro diario de agua y 19 cбntaros para los animales que le proporcionan la leche y la carne mбs indispensables para conservar su vida. Supongamos, ademбs, que necesita otros 40 cбntaros para mantenerse en plena salud, para su higiene personal, para la limpieza de sus vestidos y aperos y, en fin, para alimentar algunos animales, cuya leche y carne le proporcionan una alimentaciуn suplementaria. De las cosas enumeradas dependen la conservaciуn de su salud y su permanente bienestar. Finalmente, necesita otros 40 cбntaros diarios mбs, en parte para las flores de su jardнn, y en parte para algunos animales, que no le son necesarios para la conservaciуn de su vida y su salud, pero le ofrecen diversiуn, o le permiten una dieta mбs variada o, sencillamente, le dan compaснa. Todo esto hace 100 cбntaros de agua al dнa. Si la cantidad de agua de que dispone fuera mayor, no tendrнa en quй emplearla. Mientras el manantial sea tan rico que le proporciona agua para cubrir todas sus necesidades y ademбs vierte al mar diariamente varios miles de cбntaros, en una palabra, mientras que la satisfacciуn de sus necesidades no dependa de la disposiciуn sobre una determinada cantidad, por ejemplo, de un cбntaro mбs o menos de agua, esta cantidad no tendrб para йl -como ya hemos visto- ni carбcter econуmico ni valor y, en consecuencia, no puede hablarse tampoco de una medida de este ъltimo. Pero supongamos que un acontecimiento natural hace que de pronto el manantial disminuye su caudal hasta el punto de que nuestro isleсo sуlo dispone de 90 cбntaros diarios, mientras que, como sabemos, necesita 100 para la plena satisfacciуn de sus necesidades. Se verнa entonces claro que la satisfacciуn de una necesidad dependerнa de la disposiciуn de cada una de las cantidades parciales de agua y que, por consiguiente, cada cantidad concreta tendrнa para йl aquella significaciуn o importancia que hemos llamado valor. Si nos preguntamos ahora cuбl de sus necesidades dependerнa, en este caso, de una cantidad parcial determinada de los 90 cбntaros de agua de que dispone, por ejemplo, quй necesidad depende de 10 cбntaros, nos enfrentamos con el siguiente problema: quй necesidades de nuestro aislado sujeto dejarнan de cubrirse si no dispusiera ya de esta cantidad parcial, es decir, de los 90 cбntaros, sino sуlo de 80. Es bien seguro que el mencionado agente econуmico seguirб destinando, en primer tйrmino, igual que antes, a la conservaciуn de su vida, toda la cantidad de agua que le sea necesaria. Luego, mantendrнa tantos animales como le fueran absolutamente necesarios para poder atender a esta conservaciуn. Como estos fines sуlo requieren 20 cбntaros diarios, emplearнa los 60 restantes primero para cubrir todas aquellas necesidades de cuya satisfacciуn depende su salud y su permanente bienestar. Como para alcanzar estos objetivos necesita un total de 40 cбntaros, le sobran todavнa 20 al dнa, que puede emplear con menos fines de recreo. Puede, por tanto, mantener las flores de su jardнn o bien los animales que posee sуlo por placer. Puede elegir entre la satisfacciуn de estas dos necesidades e inclinarse por la que le parezca mбs importante, renunciando a la otra. Asн pues, para nuestro Robinson, disponer, ademбs de la cantidad de 90 cбntaros de agua, de 10 mбs o menos, es una cuestiуn que tiene el mismo significado de si puede, o no, seguir satisfaciendo aquellas necesidades menos importantes que antes satisfacнa con 10 cбntaros de agua. Mientras siga disponiendo de la cantidad total de 90 cбntaros diarios, diez cбntaros significarбn para йl la posibilidad de satisfacer las necesidades ъltimamente mencionadas, es decir, tendrбn la significaciуn de unos placeres relativamente poco importantes. Sigamos suponiendo ahora que el manantial que proporciona agua a nuestro sujeto de economнa aislada redujera aъn mбs su caudal, hasta el punto de que ya sуlo pudiera disponer de 40 cбntaros, al dнa. Tambiйn ahora, al igual que antes, la conservaciуn de su vida y de su bienestar estб ligada a la disposiciуn sobre la totalidad de esta cantidad de agua. Pero la situaciуn habrнa experimentado ahora un cambio en puntos importantes. Mientras que antes una cantidad parcial significativa, por ejemplo, un cбntaro de agua, estaba vinculada a un placer o a una comodidad de la persona econуmica, ahora el problema es muy otro: si tal vez disponer de un cбntaro de agua mбs o menos al dнa afecta hasta tal punto a la conservaciуn mбs o menos perfecta de la salud o del bienestar de nuestro Robinson que verse privado de esta cantidad significarнa que ya no podrнa cubrir algunas necesidades de cuya satisfacciуn dependen su salud y su bienestar permanente. Mientras que cuando nuestro isleсo podнa disponer de muchos cientos de cбntaros, cada cбntaro concreto de este bien no tenнa para йl ningъn valor, mбs tarde, cuando ya sуlo disponнa de 90 cбntaros, cada uno de ellos tenнa la importancia del placer que dependнa de йl. Y ahora, cada cantidad parcial de los 40 cбntaros de que dispone tiene la significaciуn equivalente a la satisfacciуn de las mбs importantes necesidades, porque depende de cada una de estas cantidades parciales para la satisfacciуn de necesidades cuyo incumplimiento implica un peligro para su salud y su permanente bienestar. El valor de cada cantidad parcial de los bienes es igual a la significaciуn de cada una de las necesidades que se satisfacen con ella. Si el valor de cada cбntaro de agua era inicialmente para nuestro Robinson igual a 0 y en la segunda situaciуn descrita era, por ejemplo, igual a 1, al final este valor, expresado en cifras, se sitъa en el 6. Sigamos imaginando que el manantial se seca aъn mбs, hasta que al final sуlo arroja un caudal diario que basta justamente para mantener la vida de nuestro isleсo (es decir, unos 20 cбntaros, que es lo que necesita para sн y para aquella parte del rebaсo, sin cuya leche y carne se verнa condenado a morir). Es evidente que en este caso hasta la mбs insignificante cantidad de agua de que puede disponer tiene para йl el pleno significado de la conservaciуn de su vida y que, por tanto, el valor del agua alcanza en nuestra escala la cifra 10. Ya hemos visto que, en el primer caso, y cuando nuestro sujeto disponнa de miles de cбntaros de agua al dнa, una cantidad parcial de la misma, por ejemplo, un cбntaro, no tenнa ningъn valor, porque la satisfacciуn de sus necesidades no dependнa de un cбntaro aislado. En el segundo caso, una cantidad parcial concreta de los 90 cбntaros de que disponнa tenнa ya para nuestro hombre la significaciуn de los placeres, porque placeres eran las necesidades menos importantes, a cuya satisfacciуn tenнa que renunciar con un caudal de agua disponible de 90 cбntaros. En la tercera hipуtesis, cuando ya sуlo disponнa de 40 cбntaros diarios, dependнa de cada cantidad parcial concreta la satisfacciуn de las necesidades mбs importantes y, de acuerdo con ello, aumentaba tambiйn paralelamente el valor de estas cantidades parciales. En el cuarto supuesto, aumentу aъn mбs este valor, cuando la satisfacciуn de las necesidades mбs vitales dependнa ya de toda cantidad parcial concreta. Supongamos ahora -para pasar al estudio de unas relaciones mбs complicadas (sociales)- el caso de un velero, que, cuando se halla a veinte dнas de distancia de la costa mбs prуxima, sufre un accidente a consecuencia del cual sus provisiones disminuyen hasta tal punto que para poder sobrevivir durante el resto de la travesнa los pasajeros tienen que racionar los alimentos, las galletas, por ejemplo. Se darнa entonces el caso de que frente a unas determinadas necesidades, la tripulaciуn del velero sуlo dispondrнa de unos determinados bienes, de tal modo que la satisfacciуn de dichas necesidades dependerнa totalmente de la masa de bienes disponible. Sigamos suponiendo que la vida de los viajeros sуlo puede conservarse a condiciуn de que cada uno de ellos se contente con media libra de galleta diaria. Cada uno de ellos dispondrнa, por consiguiente, de diez libras de galletas, que tendrнan para ellos tanto valor como su propia vida. En estas circunstancias, nadie que apreciara en algo su vida se dejarнa persuadir a cambiar esta cantidad de bienes o una parte significativa de los mismos por ningъn otro bien que no fuera a su vez un alimento, ni tan siquiera por los bienes mбs apreciados en la vida normal. Aunque se encontrara, por ejemplo, entre los pasajeros, un hombre muy rico, que, para aplacar el tormento del hambre, estuviera dispuesto a pagar una galleta por su peso en oro, ninguno de sus compaсeros de viaje estarнa dispuesto a tal intercambio. Pero admitamos el supuesto de que los pasajeros disponen, ademбs de las diez libras de galletas, de otras cinco libras suplementarias. En tal caso, su vida no depende ya de una libra, porque podrнan privarse de ella o podrнan tambiйn cambiarla por otros bienes que no fueran alimentos, sin poner en peligro su existencia. En esta nueva circunstancia, su vida no depende ya de la disposiciуn de una libra de comida, aunque sн dependen de esta cantidad otros valores, porque puede ser un remedio contra trastornos y desarreglos, e incluso una garantнa de su salud, ya que una alimentaciуn tan reducida como la que tendrнan que afrontar los que sуlo pueden disponer de diez libras, prolongada durante veinte dнas, tiene efectos nocivos sobre el bienestar fнsico. Por consiguiente, en esta situaciуn, aunque una sola libra de galletas no tendrнa para cada uno de los viajeros la significaciуn de la conservaciуn de la vida, sн tendrнa aquella otra que cada uno de ellos concede a la conservaciуn de su salud o de su bienestar, pues ambas cosas dependen de aquella cantidad. Supongamos, finalmente, que el restaurante de la nave de nuestro ejemplo ha perdido todas sus provisiones alimenticias y que, por tanto, los pasajeros no disponen de alimentos propios, pero que en las bodegas del navнo hay estibados varios miles de quintales de galletas y que el capitбn, ante la miserable situaciуn en que se encuentran los pasajeros, como consecuencia del desgraciado accidente, permite que consuman cuanta galleta deseen. Es evidente que los pasajeros se precipitarнan sobre este alimento para calmar su hambre. Pero no lo es menos que, al verse sometidos durante veinte dнas a una dieta tan monуtona, un buen trozo de carne constituirнa un bien de bastante valor, mientras que una galleta aislada tendrнa un valor muy pequeсo y hasta nulo. їA quй se debe que en el primer caso disponer de una libra de galleta tenнa para cada uno de nuestros viajeros la plena significaciуn de la conservaciуn de su vida, mientras que en el segundo caso tendrнa un valor que, aunque muy elevado, no es tan vital, y en el tercero no tendrнa ya ninguno o serнa en todo caso de muy escasa significaciуn? Las necesidades de los pasajeros son las mismas en los tres casos, porque no ha cambiado su personalidad ni, por consiguiente, tampoco su necesidad. Lo ъnico que cambia es la cantidad de alimentos con que hacer frente a dicha necesidad, ya que en el primer caso los alimentos se reducen a diez libras por persona, en el segundo es una cantidad mayor y en el tercero es muy elevada. Y asн, va disminuyendo de caso en caso la significaciуn de la satisfacciуn de las necesidades que depende de las cantidades parciales concretas de aquellos alimentos. Lo que hemos podido observar aquн, primero respecto de un individuo aislado y luego de un pequeсo grupo, temporalmente alejado del resto de la sociedad, es tambiйn aplicable a las relaciones, mбs complicadas, de un pueblo o de una sociedad humana. La situaciуn de los habitantes de una regiуn tras una cosecha mнsera, otra media y otra ubйrrima, refleja circunstancias que son esencialmente anбlogas a las descritas. Tambiйn aquн se da, frente a una determinada necesidad, en el primer caso, una pequeсa cantidad disponible de alimentos, algo mayor en el segundo y abundante en el tercero. Asн pues, tambiйn aquн la significaciуn de las satisfacciones de necesidades que dependen de unas concretas cantidades parciales es muy distinta de unos casos a otros. Si en una regiуn, tras un aсo de extraordinaria cosecha, se quema un almacйn con 100.000 celemines de grano, lo mбs que puede ocurrir como consecuencia de esta desgracia es que se produzca menor cantidad de alcohol o que la parte mбs pobre de la poblaciуn tengan que reducir en algo su dieta alimenticia, pero no hasta el extremo de pasar hambre. Pero si la desgracia acontece tras una cosecha normal, serбn muchas las personas que tendrбn que renunciar a la satisfacciуn de necesidades mбs importantes. Y si la calamidad ocurre tras una cosecha misйrrima, perecerбn por inaniciуn muchas personas. En cada uno de estos tres casos, las necesidades cuya satisfacciуn depende de la cantidad de grano de que dispone un pueblo en cuestiуn son de muy anteriores reflexiones puede expresarse en los siguientes principios: casos el valor de estas cantidades. Sintetizando cuanto hemos venido diciendo, el resultado de nuestras anteriores reflexiones puede expresarse en los siguientes principios:
1. La significaciуn que los bienes tienen para nosotros, y que llamamos valor, es solamente una significaciуn figurada o metafуrica. En principio, lo ъnico que tiene significaciуn es la satisfacciуn de nuestras necesidades, porque de ella depende la conservaciуn de nuestra vida y nuestro bienestar. Pero luego, y con lуgica consecuencia, trasladamos esta significaciуn a aquellos bienes de los que sabemos que depende la satisfacciуn mencionada. 2. La magnitud de la significaciуn que tiene para nosotros la satisfacciуn de las diversas necesidades (es decir, los actos concretos de las mismas, que nosotros podemos realizar a travйs de unos bienes determinados) es desigual y la medida de la misma se halla en el grado de su importancia para la conservaciуn de nuestra vida y nuestro bienestar. 3. Tambiйn es diferente la magnitud de la significaciуn de la satisfacciуn de nuestras necesidades trasladada a los bienes mismos, es decir, la magnitud del valor, y su medida se halla en la magnitud de la significaciуn que tiene para nosotros la satisfacciуn de las necesidades que depende de los bienes en cuestiуn. 4. En cada caso concreto, depende de la disposiciуn sobre una determinada cantidad parcial de la cantidad total de un bien de que dispone un sujeto econуmico tan sуlo la satisfacciуn de aquellas necesidades todavнa no garantizadas por dicha cantidad total que para este sujeto tiene menor significaciуn en el conjunto de sus necesidades. 5. El valor de un bien concreto o de una determinada cantidad parcial de la masa total de bienes de que dispone un sujeto econуmico es igual a la significaciуn que para el mencionado sujeto tiene la satisfacciуn de las necesidades menos importantes que puede alcanzarse con aquella cantidad parcial y todavнa no estб asegurada por la cantidad total. La satisfacciуn de estas necesidades depende, efectivamente por lo que hace al sujeto econуmico en cuestiуn, de la disposiciуn sobre el bien concreto correspondiente o sobre la correspondiente cantidad de bienes8. En nuestras anteriores investigaciones hemos comenzado por reducir la diferencia del valor de los bienes a sus ъltimas causas y luego hemos descubierto tambiйn la medida originaria que utilizan los hombres pan calcular el valor de todos los bienes. Una vez bien entendidas las anteriores afirmaciones, no resulta ya difнcil dar con la soluciуn del problema que se plantea a la hora de explicar las causas de la diferencia del valor de dos o mбs bienes o cantidades concretas de bienes. Si nos preguntamos, por ejemplo, a quй se debe que una libra de agua potable no tenga para nosotros, en circunstancias normales, apenas ningъn valor, mientras que, de ordinario, concedemos un valor elevado a la mбs pequeсa parte de una libra de oro o a los diamantes, obtendremos la respuesta a partir de la siguiente reflexiуn: Los diamantes y el oro son tan escasos que la totalidad de las cantidades de los primeros en poder de los hombres pueden guardarse en una caja, y cuanto al oro, un sencillo cбlculo demuestra que cabe todo йl en un salуn de amplias proporciones. En cambio, el agua potable abunda tanto que apenas cabe imaginar un depуsito lo suficientemente grande para almacenarla en su totalidad. Por consiguiente, de entre el cъmulo de necesidades cuya satisfacciуn depende del oro o de los diamantes, los hombres sуlo pueden cubrir las mбs importantes, mientras que, de ordinario, no sуlo pueden satisfacer plenamente sus necesidades de agua potable, sino que, ademбs, hay grandes cantidades de este bien que se dejan perder sin provecho alguno, porque no pueden utilizar la cantidad total de que disponen. No existe, por tanto, ninguna necesidad humana que, en las circunstancias normales, dependa hasta tal punto de una cantidad concreta de agua que no pueda ser satisfecha sin dificultad. En cambio, en el caso del oro y de los diamantes, hasta la mбs insignificante de las satisfacciones que se aseguran con la cantidad total de que disponen tiene siempre una significaciуn relativamente alta. Las cantidades concretas de agua potable no tienen, de ordinario, para los agentes econуmicos, ningъn valor, mientras que lo tienen, y muy elevado, el oro y los diamantes. Todo lo dicho es vбlido en las circunstancias normales de la vida, es decir cuando el agua potable es muy abundante y el oro y los diamantes muy escasos. Pero en el desierto, donde no raras veces la vida del viajero depende de un sorbo de agua, cabe muy bien imaginar el caso de que la satisfacciуn de las necesidades de un individuo dependa mucho mбs de una libra de agua que de una libra de oro. Y, en tal caso, el valor de la primera serнa para el individuo en cuestiуn muy superior al de la segunda. La experiencia nos enseсa tambiйn que relaciones similares suelen producirse siempre allн donde la situaciуn econуmica es tal como nosotros acabamos de describirla.
c) Influencia de la diversa calidad de los bienes sobre su valor
No raras veces las necesidades humanas pueden ser satisfechas con bienes de diferente gйnero y, con mayor frecuencia aъn, de diferente especie. Allн donde de un lado entran en juego unos determinados conjuntos de necesidades humanas y, del otro, las cantidades de bienes disponibles para su satisfacciуn (cf. pбg. 119), no siempre aparecen frente a las primeras unas cantidades de bienes totalmente homogйneas, sino que a menudo se trata de bienes de distinto gйnero y, mбs a menudo aъn, de diferente especie. En beneficio de una mayor sencillez de la exposiciуn, prescindiremos en las lнneas que siguen de la diferencia de estas cantidades de bienes y sуlo tendremos en cuenta aquellos casos en los que frente a unas necesidades de un tipo determinado (a cuya significaciуn, decreciente a medida que se van satisfaciendo las necesidades, hemos aludido de forma especial en las pбginas precedentes) aparecen unas cantidades de bienes enteramente similares, para que de este modo se perciba con mayor claridad el influjo que la diferencia de las cantidades disponibles ejerce sobre el valor de los bienes. No necesitaremos, para nuestro propуsito, considerar aquellos casos en los que unas determinadas necesidades humanas pueden satisfacerse con bienes de distinto gйnero o especie y en los que, por tanto, una determinada necesidad se enfrenta con unas cantidades de bienes disponibles cuyas cantidades parciales son de diferente estructura interna. Aquн debe observarse, en primer lugar, que una diferencia de los bienes, ya sea genйrica o especнfica, no puede afectar al valor de las cantidades parciales concretas de los bienes respectivos cuando esta diferencia no afecta a la satisfacciуn de las necesidades humanas. Por consiguiente, es absolutamente razonable considerar como homogйneos, desde una perspectiva econуmica los bienes que satisfacen de una manera enteramente igual las necesidades humanas, aunque en razуn de su apariencia externa pertenezcan a diferentes gйneros o especies. Para que la diferencia genйrica o especнfica de dos bienes fundamenten una diferencia en su valor se requiere al mismo tiempo que ambos tengan tambiйn una distinta capacidad de satisfacer las necesidades humanas, es decir, lo que hemos llamado, desde el punto de vista econуmico, una diferente cualidad. El objeto de las siguientes, reflexiones gira, pues, en torno al influjo que esta ъltima cualidad ejerce sobre el valor de los bienes concretos. En una perspectiva econуmica, la diferencia cualitativa de los bienes puede ofrecer una doble vertiente: con unas mismas cantidades de bienes de diferente cualificaciуn, las necesidades humanas pueden satisfacerse de una manera cualitativa o cuantitativamente diferente. Asн, por ejemplo, con una determinada cantidad de madera de haya puede satisfacerse la necesidad humana de calor de una manera cuantitativamente mбs intensa que con la misma cantidad de madera de abeto. Por el lado contrario, con dos cantidades iguales de alimentos, dotadas de una misma capacidad alimenticia, puede satisfacerse de distinta forma cualitativa la necesidad de alimentos, en el sentido de que, siempre dentro de la misma cantidad, uno de ellos resulta placentero y el otro no, o no con igual intensidad. En los bienes de la primera categorнa, la menor calidad puede compensarse нntegramente con una mayor cantidad, pero en los bienes del segundo tipo esto no es posible. Como medio de calefacciуn, la madera de haya puede ser sustituida por madera de abeto, la de aliso por la de pino; el carbуn de piedra de escasa calidad calorнfica, la corteza de encina de poco contenido de tanino, las fuerzas laborales de escasa capacidad, pueden reemplazar, aumentando la cantidad, la ausencia de bienes de mayor calidad, siempre que los agentes econуmicos dispongan de cantidades mбs elevadas. Pero las comidas o bebidas insнpidas, las viviendas hъmedas y oscuras, los servicios de mйdicos poco capacitados y otras cosas similares nunca pueden satisfacer de forma cualitativamente completa nuestras necesidades, por mucha que sea su cantidad, de una manera tan perfecta como los bienes correspondientes de una mejor calidad. Ahora bien, ya hemos visto que para la apreciaciуn del valor de los bienes los sujetos econуmicos sуlo se fijan en la significaciуn de la satisfacciуn de aquellas necesidades que dependen de la disposiciуn sobre un bien (cf. pбg. 109). La cantidad del bien mediante el cual puede alcanzarse la satisfacciуn de una necesidad concreta es aquн un elemento secundario. No es menos claro que cantidades menores de un bien de alta calidad -siempre que tengan la capacidad de satisfacer una necesidad humana por sн misma y de una misma manera (cuantitativa y cualitativa) que otras cantidades mayores de un bien de menor calidad- tienen tambiйn para los hombres econуmicos el mismo valor que estas ъltimas. Segъn esto, tienen diverso valor unas mismas cantidades de bienes de diversa cualificaciуn. Si, por poner un ejemplo, para calcular el valor de la corteza de encina sуlo se tiene en cuenta su capacidad curtiente, siete quintales de una clase tendrбn para un artesano el mismo valor que ocho quintales de otra clase, siempre que ambas cantidades tengan la misma eficacia. La simple reducciуn de los bienes citados a cantidades de la misma eficacia econуmica (un medio que se utiliza de hecho en todos los casos similares que acontecen en la vida econуmica de los hombres) elimina por completo la dificultad que se deriva de la diferente calidad de los bienes (siempre que su eficacia tenga una diferencia meramente cualitativa) para el cбlculo del valor de sus cantidades concretas, ya que los casos mбs complicados pueden siempre plantearse segъn la sencilla ecuaciуn que hemos descrito en pбginas anteriores (110 y ss.). Mayor complicaciуn presenta el problema del influjo que sobre el valor de unos bienes o cantidades de bienes concretos ejerce la diferente calidad cuando, como consecuencia de ella, se satisfacen de manera cualitativamente diferente unas determinadas necesidades. Tambiйn aquн es indudable, a tenor de cuanto hemos dicho sobre el principio general de la determinaciуn del valor de los bienes (pбg. 109), que la significaciуn de aquellas necesidades que deben quedar insatisfechas -en cuanto que no podemos disponer de un bien de determinado tipo o de especial calidad- constituye un elemento determinante de su valor. La dificultad a que nos referimos no radica, por tanto, en el principio general de la determinaciуn del valor de los bienes en cuestiуn, sino mбs bien en la determinaciуn de la satisfacciуn de aquellas necesidades que depende, en las circunstancias dadas, de un bien concreto y determinado, cuando la totalidad de las necesidades se enfrenta con bienes cuyas cantidades parciales pueden satisfacer aquella totalidad de formas cualitativamente diferentes. Es decir, la dificultad radica en la aplicaciуn prбctica del antes mencionado principio de la vida econуmica humana. A la soluciуn del problema se llega a travйs de las siguientes reflexiones. Los agentes econуmicos utilizan las cantidades de bienes de que disponen con la mirada puesta en la diversa calidad de los mismos, siempre que йsta exista. El agricultor que dispone de granos de diversa calidad no emplea, por ejemplo, los peores para la siembra, ni los granos de calidad media para engorde del ganado, ni los de calidad уptima para alimentarse y para fabricar bebidas, ni tampoco emplea indiscriminadamente las diferentes calidades de granos para diferentes fines. Al contrario, destina, segъn sus posibilidades, el grano mбs selecto para el primero de los objetivos mencionados, y de lo que le resta, la parte mejor la destina al ъltimo, mientras que el grano de peor calidad lo utiliza para el engorde. Asн pues, en aquellos bienes cuyas cantidades parciales no tienen calidades diferentes la cantidad total disponible se corresponde con la totalidad de las necesidades concretas que pueden ser satisfechas con dichos bienes. Pero cuando las cantidades parciales de un bien satisfacen de manera cualitativamente diferente las necesidades humanas, la totalidad de la cantidad disponible no se enfrenta ya con la totalidad de las respectivas necesidades, sino que cada cantidad concreta dotada de una peculiar cualidad, responde a una especial necesidad del hombre econуmico. Si los bienes de una determinada cualidad no pueden ser sustituidos por otros cualitativamente diferentes en orden a unos determinados usos, entonces tiene plena aplicaciуn la antes mencionada ley (pбg. 120) de la determinaciуn del valor para las cantidades concretas de estos bienes. Efectivamente, el valor de estas cantidades concretas es igual a la significaciуn de la satisfacciуn de las necesidades menos importantes todavнa no cubiertas por la cantidad total disponible del bien asн cualificado. Ocurre en tonces que, de hecho, dependemos de la disposiciуn de un bien concreto de la mencionada calidad para la satisfacciуn de estas necesidades. Pero si, por el contrario, las necesidades humanas pueden ser cubiertas con bienes cualitativamente diferentes -aunque tambiйn bajo diferente forma cualitativa-, de tal modo que los bienes de una cualidad pueden ser sustituidos por otros, aunque no tengan la misma eficacia, entonces el valor de un bien de una concreta calidad o una cantidad parcial del mismo equivale a la significaciуn de la satisfacciуn de la necesidad menos importante que puede ser cubierta por los bienes de la calidad de que se viene hablando, menos una disminuciуn de la cuota del valor tanto mayor cuanto menor es el valor de los bienes de inferior calidad capacitados para satisfacer la necesidad en cuestiуn, y cuanto menor es la diferencia entre la significaciуn que tiene para el hombre la satisfacciуn de la necesidad con el bien mбs altamente cualificado y la satisfacciуn de esta misma necesidad con el bien de menor cualificaciуn. Llegamos asн a la conclusiуn de que tambiйn allн donde, frente a un conjunto de necesidades, existe una cantidad de bienes de diversa calidad, pero la satisfacciуn de necesidades de una determinada intensidad depende de una concreta cantidad parcial de estos bienes o de un bien concreto (y, por tanto, tambiйn en todos los casos aquн expuestos), tiene plena aplicaciуn el antes enunciado principio de la determinaciуn del valor de los bienes concretos.
d) Carбcter subjetivo de la medida del valor. Trabajo y valor. Error
Ya hemos aludido antes, al hablar de la esencia del valor, al hecho que йste no es algo intrнnseco, ni es una propiedad o una peculiaridad de los bienes, y mucho menos una cosa autуnoma e independiente en sн misma. Esta afirmaciуn no queda invalidada por la circunstancia de que un bien tenga para un agente econуmico algъn valor y para otro, en diferentes circunstancias, no tenga en cambio ninguno. Aсadimos ahora tambiйn la medida del valor es totalmente subjetiva y que, por consiguiente, un bien puede constituir para un sujeto econуmico un gran valor, para otro un valor menor y para un tercero un valor nulo, segъn sea la diferencia de la necesidad y la masa disponible. Lo que uno desprecia, o aprecia en poco, es deseado por otro. Lo que uno desecha otro lo busca. Puede observarse no raras veces que mientras un sujeto econуmico concede el mismo valor a una determinada cantidad de un bien que a una mayor de otro, hay personas que juzgan el valor de esta cantidad de forma exactamente opuesta. Asн pues, el valor es de naturaleza subjetiva, no sуlo cuanto a su esencia, sino tambiйn cuanto a su medida. Los bienes tienen siempre "valor" para unos determinados sujetos econуmicos y, ademбs, pera estos sujetos sуlo tienen un determinado valor. El valor que un bien tiene para un sujeto econуmico es igual a la significaciуn de aquella necesidad para cuya satisfacciуn el individuo depende de la disposiciуn del bien en cuestiуn. La cantidad de trabajo o de otros bienes de orden superior utilizados para la producciуn del bien cuyo valor analizamos no tiene ninguna conexiуn directa y necesaria con la magnitud de este valor. Un bien no econуmico, por ejemplo, una cantidad de madera en un gran bosque, no encierra ningъn valor para los hombres por el hecho de que se hayan empleado en ella grandes cantidades de trabajo o de otros bienes econуmicos. Respecto del valor de un diamante, es indiferente que haya sido descubierto por puro azar o que se hayan empleado mil dнas de duros trabajos en un pozo diamantнfero. Y asн, en la vida prбctica, nadie se pregunta por la historia del origen de un bien; para valorarlo sуlo se tiene en cuenta el servicio que puede prestar o al que habrнa que renunciar caso de no tenerlo. Y asн, no pocas veces, bienes en los que se ha empleado mucho trabajo no tienen ningъn valor y otros en los que no se ha empleado ninguno lo tienen muy grande. Puede ocurrir tambiйn que tengan un mismo valor unos bienes para los que se ha requerido mucho esfuerzo y otros en los que el esfuerzo ha sido pequeсo o nulo. Por consiguiente, las cantidades de trabajo o de otros medios de producciуn empleados para conseguir un bien no pueden ser el elemento decisivo para calcular su valor. Es indudable que la comparaciуn del valor del producto con el valor de los medios de producciуn empleados para conseguirlo nos enseсa si y hasta quй punto fue razonable es decir, econуmica, la producciуn del mismo. Con todo, esto sуlo sirve para juzgar una actividad humana perteneciente al pasado. Pero respecto del valor mismo del producto, las cantidades de bienes empleados en conseguirlo no tienen ninguna influencia determinante ni necesaria ni inmediata. Es tambiйn insostenible la opiniуn de que las cantidades de trabajo o de otros medios de producciуn necesarios para la reproducciуn de los bienes son el factor determinante del valor de йstos. Existe un gran nъmero de bienes que no se pueden reproducir (por ejemplo, objetos antiguos, cuadros de los viejos maestros, etc.). Hay, pues, una serie de fenуmenos de la economнa nacional en los que podemos observar que ciertamente tienen valor, pero no la posibilidad de reproducciуn y, por consiguiente, el principio determinante del valor no puede ser un elemento vinculado a la reproducciуn. La experiencia enseсa asimismo que el valor de los medios de producciуn necesarios para la reproducciуn de numerosos bienes (por ejemplo, rehacer vestidos pasados de moda o mбquinas anticuadas) es mucho mayor que el valor del producto mismo, mientras que en algunos casos es inferior. Por tanto, ni la cantidad de trabajo requerida para la producciуn o reproducciуn de un bien ni otros bienes constituyen el factor determinante del valor. La medida viene dada por la magnitud de la significaciуn de aquella necesidad para cuya satisfacciуn dependemos y sabemos que dependemos de la disposiciуn de un bien, ya que el principio de la determinaciуn del valor es aplicable a todo fenуmeno de valor. Este principio no conoce excepciones en el бmbito de la economнa humana. La significaciуn que la satisfacciуn de una necesidad tiene para nosotros no tiene su medida en nuestro capricho, sino, por el contrario, en la significaciуn -independiente de nuestro capricho- que la satisfacciуn de una necesidad tiene para nuestra vida o nuestro bienestar. Con todo, la significaciуn de las satisfacciones de necesidades o respectivamente los actos concretos de las mismas corre a cargo de y es valorada por los agentes econуmicos, lo que quiere decir que esta valoraciуn -como cualquier otro conocimiento humano- estб sujeta a errores. Ya hemos visto antes que para los hombres tiene la mбxima importancia la satisfacciуn de aquellas necesidades de las que depende su vida. A йsta sigue, por orden de importancia, la satisfacciуn de aquellas a las que estб vinculado su bienestar. Las satisfacciones de que depende un mayor nivel de bienestar (a igual intensidad, las mбs duraderas, a igual duraciуn las mбs intensas) tienen una mayor significaciуn que aquellas otras de las que depende un menor grado de bienestar. Pero esto no impide que algunas personas necias, arrastradas por su ignorancia, juzguen a veces la importancia de la satisfacciуn de las necesidades concretas de manera contraria y que haya incluso individuos cuya actividad econуmica es ciertamente razonable, es decir, que se esfuerzan por adquirir una recta comprensiуn de la autйntica significaciуn de la satisfacciуn de las necesidades y por tanto de poner un sуlido fundamento a su actividad y que, sin embargo, estбn expuestos a equivocarse, riesgo inseparable de cualquier gйnero de conocimientos humanos. Los hombres corren en especial el peligro de conceder mayor importancia a aquellas satisfacciones de necesidades que promueven su bienestar de forma mбs intensa, aunque pasajera, que no a aquellas otras de las que depende una satisfacciуn menos intensa pero mбs permanente, es decir, acostumbran a apreciar en mбs los placeres pasajeros pero intensos que su bienestar permanente y a veces incluso mбs que a su propia vida. Vemos, pues, que no raras veces los seres humanos cometen equivocaciones debidas al defectuoso conocimiento del factor subjetivo de la apreciaciуn del valor, cuando sуlo tienen en cuenta sus estados de бnimo. Con todo, los errores mбs frecuentes se producen cuando se trata del conocimiento del elemento objetivo de la determinaciуn del valor, y en particular del conocimiento de la magnitud de las cantidades de bienes de que se dispone y de sus diferentes calidades. Justamente esta circunstancia pone bien en claro por quй en el бmbito de la determinaciуn del valor de los bienes concretos se deslizan tantos errores en la vida econуmica. No raras veces podemos comprobar la presencia de estas errуneas valoraciones -prescindiendo de aquellas oscilaciones del valor que se deben a cambios en el бmbito de las necesidades humanas, o de las cantidades de bienes de que disponen los hombres o, en fin, de las debidas a la constituciуn interna de estos bienes- cuya causa ъltima radica exclusivamente en una modificaciуn del conocimiento de la significaciуn que los bienes en cuestiуn tienen para nuestra vida y nuestro bienestar.
§ 3.-LAS LEYES QUE REGULAN EL VALOR DE LOS BIENES DE ORDEN SUPERIOR
a) El principio determinante del valor de los bienes de orden superior
Entre los errores fundamentales y de mayores consecuencias para el desarrollo que ha tenido hasta ahora nuestra ciencia debe citarse, en primer tйrmino, el siguiente: los bienes tienen valor para nosotros porque para su producciуn se emplean bienes valiosos. Ya hemos aludido, al hablar del precio de los bienes de orden superior, a las causas especiales que originan o fomentan el mencionado error. Dijimos allн que este error, expresado bajo mъltiples variantes, es el fundamento de las teorнas predominantes sobre el precio. Comencemos aquн por constatar que este principio pugna tan claramente con la experiencia (pбg. 132) que debe ser categуricamente rechazado, incluso en el caso de que a partir de йl pudiera darse una correcta soluciуn formal al problema de la fijaciуn de un principio del valor de los bienes. Pero es que, ademбs, este principio no aporta la soluciуn, porque aunque nos ofrece ciertamente una base para la explicaciуn del valor de aquellos bienes que podemos designar como "productos", no la ofrece en cambio para todos los restantes bienes que se nos presentan como los elementos mбs originarios de la producciуn, y en particular para el valor de todos los bienes que la naturaleza nos proporciona de manera espontбnea e inmediata. Entran en este capнtulo, sobre todo, la utilizaciуn del suelo, el valor de las prestaciones laborales y, como veremos a continuaciуn, la utilizaciуn del capital. No sуlo es inexplicable el valor de todos estos bienes a travйs del citado principio, sino que, sуlo desde йl, es ademбs algo incomprensible. Asн pues, con este principio no se soluciona ni objetiva ni formalmente el problema de descubrir una base de explicaciуn del valor de los bienes aplicable a todos los casos. En efecto, de un lado, estб en contradicciуn con la experiencia y, del otro, queda excluida su aplicabilidad en todos aquellos бmbitos donde se presentan a nuestra observaciуn bienes que no son el producto de una conexiуn con bienes de уrdenes superiores. El valor que tienen para nosotros los bienes de orden inferior no puede estar condicionado por el valor de los bienes de уrdenes superiores utilizados para la producciуn de los primeros. Es claro, al contrario, que el valor de los bienes de уrdenes superiores estб condicionado siempre y sin excepciones por el valor previo de aquellos bienes de уrdenes inferior a cuya producciуn sirven ?. Una vez esto bien establecido no es menos claro que tampoco el valor de los bienes de уrdenes superiores es el elemento determinante del valor previsible de los bienes de orden inferior; el valor de los bienes de уrdenes superiores ya utilizados para la producciуn de un bien no sуlo no es el elemento determinante de su valor efectivo, sino que ocurre a la inversa, esto es, que bajo todas las circunstancias el valor de los bienes de уrdenes superiores se calcula a tenor del valor previsible de los bienes de уrdenes inferiores a cuya producciуn los destinan real o presumiblemente los hombres econуmicos. Este valor previsible de los bienes de orden inferior es a menudo -como podremos comprobar mбs adelante- muy distinto de aquel que otros bienes similares tienen para nosotros en el momento actual. Por consiguiente, los bienes de уrdenes superiores, a travйs de los cuales disponemos sobre bienes de orden inferior que pensamos utilizar en un tiempo futuro (pбg. 51 ss), encuentran la medida de su valor no en estos ъltimos, sino en los primeros. Si tenemos por ejemplo, salitre, azufre y carbуn, y las fuerzas laborales, provisiones y otras cosas similares necesarias para la fabricaciуn de pуlvora y, a travйs de estas cosas, podemos disponer al cabo de tres meses de una determinada cantidad de pуlvora, es evidente que el valor de esta cantidad al cabo del trimestre no serб necesariamente igual al valor que tiene hoy, sino que puede ser mayor o menor. De donde se deduce que el valor de los mencionados bienes de уrdenes superiores no encuentra su medida en el valor de la pуlvora en este momento, sino en el que este producto tendrб previsiblemente al final del plazo requerido para su fabricaciуn. Cabe incluso imaginar el caso de que una determinada cantidad de un bien de orden inferior, o del primer orden, no tenga en el momento actual ningъn valor (por ejemplo, el hielo en invierno), mientras que al mismo tiempo las cantidades correspondientes de bienes de orden superior que nos aseguran unas similares cantidades del citado bien para una йpoca posterior (por ejemplo, los materiales e instalaciones necesarios para hacer hielo artificial, considerados en su conjunto) tengan valor respecto de otras йpocas posteriores. Y tambiйn a la inversa. Entre el valor que tienen para nosotros en el presente los bienes de orden inferior o respectivamente del primer orden y el valor que tienen tambiйn ahora los bienes de уrdenes superiores necesarios para la producciуn de los primeros no existe, pues, ningъn nexo necesario. Es, mбs bien, patente que los primeros derivan su valor de la relaciуn entre necesidad y cantidad disponible en el momento actual y los segundos de la relaciуn previsible entre necesidad y cantidad disponible respecto de un perнodo futuro, en el que podremos disponer de los bienes del primer orden mediante los bienes de orden superior de que estamos hablando. Si aumenta el valor previsible de un bien de orden inferior para un perнodo futuro, entonces aumenta tambiйn, en esta situaciуn, el valor de aquellos bienes de orden superior cuya posesiуn nos asegura la disposiciуn sobre los bienes de referencia para la йpoca posterior. En cambio, el aumento o la disminuciуn del valor de un bien de orden inferior en el momento actual no tiene ninguna conexiуn causal necesaria con el incremento o la disminuciуn del valor de los bienes correspondientes de уrdenes superiores de que disponemos en este momento. En conclusiуn, el valor de los bienes de orden inferior en el momento actual no se rige por el valor de los bienes correspondientes de уrdenes superiores, sino que mбs bien, y bajo todas las circunstancias, el valor previsible del producto es el principio determinante del valor de los bienes correspondientes de уrdenes superiores №є.
b) Sobre la productividad del capital
La transformaciуn de los bienes de orden superior en bienes de un orden inferior sigue el mismo ritmo temporal que los restantes procesos de transformaciуn. Asн pues, los perнodos de tiempo respecto de los cuales disponemos de bienes del orden inferior a travйs de nuestra posesiуn de bienes de уrdenes superiores se hallan tanto mбs distantes cuanto mбs elevado es el orden de estos ъltimos bienes. La creciente aplicaciуn de bienes de уrdenes superiores para la satisfacciуn de nuestras necesidades tiene, como ya vimos antes (pбg. 32 ss), la consecuencia de multiplicar progresivamente las cantidades de medios de bienes de consumo inmediato. Ahora bien, esto sуlo es posible bajo el supuesto de que la actividad previsora de los hombres se extienda a perнodos del futuro cada vez mбs distantes. Un indio salvaje se afana sin descanso por cubrir sus necesidades para el dнa siguiente; un nуmada, que no consume todos los animales ъtiles de que dispone, sino que se dedica a la crнa de animales jуvenes, produce bienes de los que sуlo dispondrб al cabo de algunos meses. En los pueblos de alta cultura, una parte nada desdeсable de los miembros de la sociedad se dedican a la producciуn de bienes que sуlo contribuirбn a la satisfacciуn de necesidades humanas al cabo de varios aсos y hasta de varios decenios. Los agentes econуmicos pueden, por tanto -gracias al hecho de que abandonan la economнa de ocupaciуn y avanzan por el sendero de la producciуn de bienes de уrdenes superiores para la satisfacciуn de sus necesidades-, multiplicar los bienes de consumo inmediato de que disponen en virtud y en la medida de este progreso. Pero con una condiciуn, a saber, que amplнen los espacios temporales a que se extiende su actividad previsora en la misma medida en que progresan hacia los bienes de уrdenes superiores. Hay en esta condiciуn una importante limitaciуn del progreso econуmico. El hombre dirige siempre su temerosa preocupaciуn a asegurarse los medios de consumo necesarios para la conservaciуn de su vida y de su bienestar en el presente y en el prуximo futuro. Esta preocupaciуn es dйbil cuanto mбs distante es el porvenir a que se extiende. Este fenуmeno no es casual, sino que hunde sus raнces en la naturaleza humana. En efecto, en la medida en que la conservaciуn de nuestra vida depende de la satisfacciуn de nuestras necesidades, es evidente que la seguridad de la satisfacciуn de las necesidades de los espacios temporales mбs prуximos tiene prioridad sobre la de los espacios mбs distantes. Incluso en el caso de que de la disposiciуn sobre una determinada cantidad de bienes dependa no nuestra vida, pero sн nuestro bienestar permanente (sobre todo nuestra salud), la conservaciуn de este bienestar en un futuro inmediato es, de ordinario, la condiciуn previa para tenerlo tambiйn en йpocas posteriores. De poco nos sirve, efectivamente, disponer de los medios necesarios para la conservaciуn de nuestro bienestar en un remoto futuro si la necesidad y la miseria han destruido ya nuestra salud en el presente o han impedido nuestro desarrollo. Y lo mismo cabe decir respecto de aquellas otras satisfacciones de necesidades que sуlo tienen para nosotros la significaciуn de placeres. Tal como enseсa la experiencia, los hombres suelen dar mayor importancia a un placer del momento actual o de un prуximo futuro que a otro de la misma intensidad pero situado en un futuro mбs distante. La vida humana es un proceso en el que las fases de desarrollo del futuro estбn siempre condicionadas por las fases precedentes. Un proceso que, una vez interrumpido, ya no puede reanudarse y, gravemente perturbado, no puede restablecerse en su total perfecciуn. Segъn esto, la previsiуn para conservar nuestra vida y asegurar nuestro desarrollo en las fases posteriores tiene como presupuesto indispensable la preocupaciуn por las йpocas vitales anteriores. Podemos, de hecho, observar que -prescindiendo de fenуmenos econуmicos enfermizos- los sujetos econуmicos se afanan primero por asegurar la satisfacciуn de las necesidades del futuro inmediato y sуlo despuйs atienden a los del futuro mбs distante, segъn unas secuencias temporales. La circunstancia que pone un lнmite a los esfuerzos de los agentes econуmicos por hacerse con cantidades de bienes de уrdenes superiores cada vez mбs elevados es la necesidad de utilizar ante todo los bienes de que actualmente disponen para la satisfacciуn de necesidades del futuro inmediato; sуlo despuйs pueden dedicarse a la preocupaciуn y previsiуn respecto de aquellos otros situados en un futuro mбs distante. Dicho de otra forma, la utilidad econуmica que los hombres pueden conseguir del creciente empleo de bienes de уrdenes superiores para la satisfacciуn de sus necesidades estб condicionada por el hecho de que sуlo pueden disponer de cantidades de bienes para espacios temporales distantes una vez que han cubierto sus necesidades para un futuro inmediato. En las primeras etapas de la evoluciуn cultural, y al comienzo de cada una de sus nuevas fases, cuando sуlo algunos agentes econуmicos aislados asumen la tarea de hacerse con bienes de уrdenes superiores (los primeros inventores, descubridores o, respectivamente, los primeros empresarios) suele carecer de carбcter econуmico aquella parte de los bienes de este orden que hasta ahora no tenнan ninguna aplicaciуn en la economнa humana y de los que, por tanto, aъn no existнa ninguna necesidad. Asн, el suelo en un pueblo cazador que inicia su etapa agrнcola, o los materiales de todo tipo hasta entonces no utilizados y que ahora comienzan a ser destinados por vez primera a la satisfacciуn de necesidades humanas (por ejemplo, la cal, la arena, la madera y las piedras de construcciуn, etc.), suelen conservar durante algъn tiempo despuйs de introducida esta nueva fase su carбcter no econуmico. Vemos, pues, que en los inicios de la cultura, los hombres econуmicos no dependen de la limitada cantidad de estos bienes para una utilizaciуn progresiva de los bienes de уrdenes superiores encaminados a la satisfacciуn de sus necesidades. Hay otra parte de los bienes complementarios de orden superior que tiene de ordinario la caracterнstica de haber servido ya para la satisfacciуn de necesidades humanas, antes incluso de haber sido introducida, en el nuevo orden de bienes, en una de las ramas de la producciуn, es decir que tenнan ya un carбcter econуmico. Pertenecen, por ejemplo, a este tipo de bienes las simientes y las fuerzas laborales que un individuo necesita para pasar de la economнa de ocupaciуn a una economнa agraria. Estos bienes, que el individuo en cuestiуn utilizaba hasta ahora como bienes del primer orden y que tambiйn en adelante pueden desempeсar esta funciуn, son necesarios, en la nueva etapa como bienes de un orden superior, en la medida en que este sujeto quiere participar en la utilidad econуmica antes mencionada. Dicho con otras palabras, nuestro individuo puede elegir entre utilizar estos bienes para la satisfacciуn de una necesidad inmediata o casi inmediata, o bien reservarlos para tiempos situados en un futuro mбs distante. Con la creciente evoluciуn de la cultura y la progresiva utilizaciуn de nuevas cantidades de orden superior a cargo de los sujetos econуmicos va adquiriendo tambiйn carбcter econуmico una buena parte de los antes mencionados bienes de уrdenes superiores (por ejemplo: los terrenos, la cal, la arena, la madera, etc.) (pбg. 74 ss). Ahora bien, la posibilidad de participar de las ventajas econуmicas vinculadas a la utilizaciуn de bienes de уrdenes superiores, en contraposiciуn a la actividad de mera ocupaciуn, y, en un estadio ulterior de la cultura, vinculadas incluso a la utilizaciуn de bienes de уrdenes superiores en contraposiciуn a la limitaciуn a los medios de producciуn de orden inferior, depende de que un individuo disponga en el presente -y con destino a йpocas futuras- de cantidades de bienes econуmicos de orden superior (en todos aquellos lugares en donde se ha desarrollado ya un activo comercio y pueden intercambiarse bienes o cantidades de bienes econуmicos de todo tipo). Dicho con otras palabras: depende de que este individuo posea capital №№. Con esta reflexiуn hemos alcanzado ya una de las verdades mбs importantes de nuestra ciencia, la que se refiere al principio de la productividad del capital. Pero este principio no debe entenderse en el sentido de que la disposiciуn sobre cantidades de bienes econуmicos (existentes ya en el perнodo temporal precedente y destinados a otros perнodos mбs distantes) dentro de un determinado perнodo de tiempo pueda contribuir por sн misma y sin ulteriores condiciones a la ampliaciуn de los medios de consumo directo puestos a disposiciуn del hombre. Tiene sуlo el sentido de que la disposiciуn sobre cantidades de bienes econуmicos dentro de unos determinados perнodos de tiempo constituye para un sujeto econуmico un medio para la mejor y mбs plena satisfacciуn de sus necesidades. Se trata, pues, de un bien, y de un bien econуmico, allн donde las cantidades de utilizaciones del capital de que disponemos son menores que la necesidad de las mismas. Asн pues, la satisfacciуn mбs o menos completa de nuestras necesidades depende tanto de la disposiciуn sobre cantidades de bienes econуmicos dentro de unos perнodos de tiempo determinados (es decir, de las utilizaciones del capital) como de nuestra disposiciуn sobre otros bienes econуmicos. Por consiguiente, tambiйn aquellos bienes son objeto de nuestro juicio sobre el valor y, como veremos a continuaciуn, objeto igualmente del intercambio humano №І.
c) Sobre el valor de las cantidades complementarias de los bienes de orden superior
Para transformar los bienes de orden superior №і en otros de orden inferior se requiere un cierto espacio intermedio, es decir, que para la producciуn de bienes econуmicos es necesario poder utilizar el capital durante un perнodo de tiempo determinado. Este perнodo difiere de unos casos a otros segъn sea la naturaleza del proceso de producciуn y, dentro de una misma rama de producciуn, es tanto mayor cuanto mбs alto es el orden de los bienes que deben utilizarse para la satisfacciуn de las necesidades humanas. Se trata de un perнodo temporal inseparable de cualquier tipo de producciуn. Dentro de este perнodo de tiempo, la cantidad de bienes econуmicos de que aquн hablamos (el capital) estб ya asignada, es decir, no puede emplearse en otros objetivos de producciуn. Por consiguiente, para poder disponer de un bien o de una cantidad de bienes de orden inferior en un determinado momento futuro no basta con poseer de modo pasajero y en un concreto punto temporal los correspondientes bienes de уrdenes superiores, sino que depende ademбs de que conservemos en nuestro poder los bienes de orden superior de que estamos hablando durante un perнodo de tiempo mбs o menos largo, segъn sea la naturaleza del proceso de producciуn, y de que los empleemos en los procesos productivos. En las secciones precedentes hemos visto que la disposiciуn sobre cantidades de bienes econуmicos dentro de unos perнodos de tiempo dados tiene valor para los hombres econуmicos, como lo tienen otros bienes econуmicos, y es, por tanto, evidente que dondequiera se trate del valor que tiene para los sujetos econуmicos -y respecto del presente- la totalidad de los bienes de orden superior necesaria para producir un bien inferior, este valor sуlo puede ser igual al valor previsible del producto a condiciуn de que se incluya tambiйn en el cбlculo el valor de la correspondiente utilizaciуn del capital. Si nos preguntamos, pues, sobre el valor de aquellos bienes de orden superior a travйs de los cuales dispondremos en el curso de un aсo de una determinada cantidad de grano, advertiremos que el valor de la si miente, de la utilizaciуn del suelo, de los correspondientes trabajos agrнcolas, etc., es decir, la totalidad de los bienes de orden superior necesarios para producir la mencionada cantidad de grano, encontrarбn su medida en el valor previsible de esta cantidad al cabo del aсo (cf. pбg. 134), pero sуlo bajo el supuesto de que en el cбlculo se haya introducido tambiйn el valor que representa el poder disponer de los correspondientes bienes econуmicos dentro del aсo y para el correspondiente sujeto econуmico. En cambio, el valor de los bienes de orden superior a que nos venimos refiriendo es, de suyo, y en el presente, equivalente al valor del producto previsible, previa deducciуn del valor de la correspondiente utilizaciуn del capital. Supongamos, para dar una expresiуn numйrica a lo que venimos diciendo, que el valor previsible del producto disponible al cabo de un aсo equivale a 100 y que el valor de la disposiciуn sobre la cantidad de los correspondientes bienes econуmicos de orden superior dentro del aсo (el valor de la utilizaciуn del capital) equivale a 10. Es claro entonces que en el momento actual el valor de la totalidad de las cantidades suplementarias de bienes de orden superior requeridas para la producciуn del mencionado producto, excluida la utilizaciуn del capital correspondiente, no equivale para un sujeto econуmico a 100, sino sуlo a 90. Si el valor de la utilizaciуn del capital fuera 15, entonces el otro valor sуlo serнa 85. El valor que para cada uno de los individuos econуmicos concretos tienen los bienes es, como ya hemos dicho varias veces, la base principal de la formaciуn del precio. Si, como la experiencia nos enseсa, los compradores de bienes de orden superior nunca pagan por los medios tйcnicos de producciуn complementarios necesarios para la producciуn de un bien de orden inferior №4 la totalidad del precio que previsiblemente tendrбn aquellos bienes, sino que sуlo pueden admitir y admiten de hecho precios algo inferiores, es decir, que la venta de bienes de orden superior tiene un cierto parecido con el descuento №5 -aunque el precio previsible del producto es siempre el fundamento del cбlculo-, este fenуmeno tiene su explicaciуn en lo que hemos venido diciendo №6. El proceso de transformaciуn de unos bienes del orden superior en otros de уrdenes inferiores o del primer orden estб condicionado ademбs, y bajo cualquier circunstancia -para ser un proceso econуmico-, por el hecho de que lo prepara y dirige en sentido econуmico un sujeto asimismo econуmico. Es decir, se requiere alguien que haga los cбlculos econуmicos arriba mencionados y que encamine al proceso (o haga que otros encaminen) los bienes de orden superior, incluidas las prestaciones laborales tйcnicas. Esta asн denominada actividad empresarial №7, que en los primeros estadios de la cultura e incluso despuйs es desempeсada de ordinario, y en el marco de negocios de reducido tamaсo, por el mismo sujeto econуmico que interviene a travйs de sus personales prestaciones laborales tйcnicas en el proceso de producciуn, reclama no raras veces, a una con la creciente divisiуn del trabajo y el mayor tamaсo de las empresas, la totalidad del tiempo del mencionado sujeto y se convierte en un elemento de la producciуn de bienes tan indispensable como los servicios laborales tйcnicos. Por consiguiente, esta actividad adquiere el carбcter de un bien de orden superior, de tal modo que es tambiйn un valor, ya que de ordinario tanto la producciуn como los bienes de orden superior son un bien econуmico. Dondequiera se plantea el problema del valor que tienen en el momento actual las cantidades complementarias de bienes de orden superior es determinante, para establecer el valor de la totalidad, el valor previsible del producto correspondiente, aunque siempre bajo el supuesto de que en este ъltimo valor queda tambiйn incluido el valor de la actividad empresarial. Sintetizando cuanto venimos diciendo, se advierte que el valor que tiene para nosotros, en el momento presente, la totalidad de las cantidades complementarias de bienes de orden superior (es decir, la totalidad de materias primas, fuerzas laborales, utilizaciуn de terrenos, mбquinas, herramientas, etc.) necesarias para la producciуn de un bien de orden inferior o del primer orden tiene su medida en el valor previsible del correspondiente producto. En el cбlculo de este valor deben incluirse no sуlo los bienes de orden superior requeridos para la producciуn tйcnica, sino tambiйn la utilizaciуn del capital y la actividad empresarial, ya que son condiciones previas tan absolutamente indispensables para toda producciуn econуmica de bienes como puedan serlo los ya mencionados requisitos tйcnicos. Por consiguiente, el valor que tienen de suyo y en el momento actual los elementos tйcnicos de la producciуn no es igual al valor total previsible del producto, sino que se regula siempre de tal modo que quede abierto un margen para el valor de la utilizaciуn del capital y de la actividad empresarial.
d) Sobre el valor que tienen para nosotros cada uno de los bienes de уrdenes superiores
El valor de un bien concreto o de una concreta cantidad de bienes, para el sujeto econуmico que dispone de ellos, es, como ya hemos visto, igual a la significaciуn de aquella satisfacciуn de necesidades a las que tendrнa que renunciar en el caso de que no pudiera disponer del bien o de la cantidad de bienes correspondientes. Hemos podido llegar, sin mayores dificultades, a la conclusiуn de que tambiйn en el caso de los bienes de orden superior el valor de cualquier cantidad parcial de los mismos es igual a la significaciуn que tienen para nosotros aquellas satisfacciones de necesidades cuya seguridad depende de que tengamos a nuestra disposiciуn los bienes en cuestiуn, a no ser que se oponga a ello la circunstancia de que un bien de orden superior no pueda ser utilizado en la satisfacciуn de las necesidades humanas por sн mismo, sino sуlo en conexiуn con otros bienes (los complementarios) de orden superior. En este ъltimo caso podrнa surgir la pregunta de si para la satisfacciуn de unas necesidades concretas dependemos no de la disposiciуn sobre un bien concreto de orden superior o de una concreta cantidad del mismo, sino sуlo de la disposiciуn sobre cantidades complementarias de estos bienes consideradas en su conjunto. En tal caso, sуlo estas cantidades tendrнan valor en sн mismas para el sujeto econуmico. Es cierto que sуlo disponemos de cantidades de bienes de orden inferior mediante las cantidades complementarias de los bienes de уrdenes superiores. Pero no es menos cierto tambiйn que en el proceso de producciуn pueden ponerse en contacto no sуlo unas determinadas cantidades fijas de cada uno de los bienes de orden superior, al modo como puede observarse en las combinaciones quнmicas, en las que sуlo un determinado nъmero de molйculas de una materia se combina con otro nъmero igualmente determinado de molйculas de otra materia, para producir un determinado producto quнmico. La experiencia mбs universal nos enseсa, al contrario, que puede obtenerse una determinada cantidad de un bien cualquiera de orden inferior a partir de bienes de уrdenes superiores cuyas relaciones cuantitativas son muy diferentes entre sн. Mбs aъn, no raras veces pueden desaparecer completamente uno o varios bienes de уrdenes superiores, que presentan carбcter complementario respecto de un grupo de determinados bienes de уrdenes superiores, sin que los restantes bienes pierdan por ello la capacidad de producir el bien de orden inferior respecto del cual poseen carбcter complementario. Para producir cereales se utilizan terrenos, semillas, fuerzas laborales, abonos, aperos de labranza, etc. Con todo, nadie admitirб que no pueda producirse tambiйn una determinada cantidad de grano incluso sin abonos y sin recurrir a la utilizaciуn de una buena parte de los aperos ordinarios de labranza, a condiciуn de que se disponga de las suficientes cantidades de los restantes bienes de orden superior requeridos para la producciуn del grano. La experiencia nos enseсa, pues, que pueden desaparecer a veces totalmente unos concretos bienes complementarios de orden superior sin que se interrumpa la producciуn de bienes del orden inferior. Y, con mucha mayor frecuencia aъn, podemos observar que unos determinados productos pueden obtenerse no sуlo a partir de unas determinadas can tidades de bienes de orden superior, sino que mбs bien hay, de ordinario, un amplio espacio de juego dentro del cual puede moverse y de hecho se mueve la producciуn. Todo el mundo sabe que, incluso en terrenos de una misma calidad, puede cosecharse una determinada cantidad de granos en fincas de muy distinta extensiуn, segъn que el cultivo sea mбs o menos intenso, es decir, segъn que se emplee una mayor o menor cantidad de los restantes bienes complementarios de orden superior. Y asн, puede compensarse un dйbil aporte de abono mediante la utilizaciуn de una mayor cantidad de fincas o mejor maquinaria o mбs intenso recurso a fuerzas laborales agrнcolas. En conclusiуn, una menor cantidad de prбcticamente todos y cada uno de los bienes de orden superior puede sustituirse mediante el correspondiente aumento de los restantes bienes complementarios. Pero incluso en el caso de que unos concretos bienes de orden superior no pueden ser sustituidos por las correspondientes cantidades de otros bienes complementarios y, por consiguiente, una disminuciуn de las cantidades disponibles de un bien concreto del orden superior implique la correspondiente disminuciуn del producto (por ejemplo, en la producciуn de determinadas sustancias quнmicas), la ausencia de uno de los medios de producciуn no reduce necesariamente a cero las cantidades de los restantes medios. De ordinario, estos ъltimos pueden utilizarse de hecho para la producciуn de otros bienes y, por ende, en definitiva, para la satisfacciуn de necesidades humanas, si bien йstas son -tambiйn de ordinario- menos importantes que las que podrнan haberse satisfecho si se dispusiera de la oportuna cantidad del bien complementario en cuestiуn. Asн pues, la disposiciуn sobre una cantidad concreta de un producto no depende normalmente de una determinada cantidad exactamente igual del bien de orden superior que sirve para producirlo; de este bien depende tan sуlo una cantidad parcial y, a menudo, sуlo una mejor calidad. El valor de una cantidad de un bien concreto de un orden superior no es, por tanto, igual a la significaciуn de las necesidades cuya satisfacciуn depende del producto total a cuya creaciуn sirve aquella cantidad, sino que sуlo es igual a la significaciуn de la satisfacciуn de aquellas necesidades que quedan cubiertas por la cantidad parcial del producto a la que habrнa que renunciar en el caso de que no se dispusiera de la cantidad de bien de orden superior de que se viene hablando. Pero allн donde la consecuencia de una disminuciуn de la cantidad disponible de un bien de orden superior serнa no una disminuciуn de la cantidad, sino solamente una disminuciуn de la calidad del producto, el valor de la cantidad de un bien concreto del orden superior es igual a la diferencia entre la significaciуn de las necesidades que pueden cubrirse con un producto altamente cualificado y otro de menor calidad. En ambos casos, efectivamente, lo que depende de la disposiciуn sobre la cantidad de un bien concreto de orden superior es la satisfacciуn de necesidades que tienen justamente esta significaciуn. Pero supongamos que la disminuciуn de la cantidad disponible de un bien concreto de orden superior implique una paralela disminuciуn del producto (por ejemplo, en ciertas sustancias quнmicas). Pues bien, ni siquiera en este caso perderнan su valor las restantes cantidades complementarias de bienes del orden superior, ya que pueden utilizarse para la producciуn de otros bienes de orden inferior y, por tanto, para la satisfacciуn de necesidades humanas, aunque tal vez sean necesidades algo menos importantes que en el caso contrario. Asн pues, tampoco en tal caso el valor total del producto de que nos verнamos privados por la falta de un bien concreto del orden superior serнa determinante para valorar a este ъltimo. Lo ъnico que contarнa serнa la diferencia entre la significaciуn de la satisfacciуn de aquellas necesidades que quedarнan aseguradas si dispusiйramos de la cantidad del bien de orden superior cuyo valor discutimos aquн, y aquella otra de las satisfacciones de necesidades que se habrнan logrado en el caso contrario. Resumiendo los tres ejemplos anteriores, se desprende como ley de vigencia general para determinar el valor de una cantidad concreta de un bien de orden superior que este valor es igual a la diferencia entre la significaciуn de aquellas satisfacciones de necesidades que podrнamos obtener en el caso de que dispusiйramos de la cantidad del bien del orden superior, cuyo valor analizamos, y aquellas otras que, en caso contrario, tendrнan que satisfacerse con la utilizaciуn econуmica de la totalidad de los bienes de orden superior de que de hecho disponemos. La citada ley responde exactamente a la ley general de la determinaciуn del valor (pбg. 109 ss), porque la diferencia expresada en la primera de estas leyes caracteriza justamente la significaciуn de aquellas satisfacciones de necesidades que depende de nuestra disposiciуn sobre un bien concreto de orden superior. Si relacionamos ahora esta ley con la que hemos establecido en pбginas anteriores (54 y 55.) respecto del valor de las cantidades complementarias de bienes de orden superior necesarias para la producciуn de un bien, obtenemos el principio -de mбs amplio alcance- segъn el cual el valor de un bien de orden superior es tanto mбs elevado cuanto mayor es el valor previsible del producto para un valor igual de los bienes complementarios requeridos para la producciуn del mismo o cuanto menor es el valor de los ъltimos cuando permanece igual el valor del producto final.
e) Sobre el valor de la utilizaciуn del suelo y del capital y de las prestaciones laborales en particular №8
Las fincas no ocupan una posiciуn excepcional en el cнrculo de los restantes bienes. Si se las utiliza para fines de placer o esparcimiento (como jardines de recreo, pistas de carreras, etc), son bienes del primer orden; si se las utiliza para la producciуn de otros bienes, son bienes de уrdenes superiores, al igual que otros muchos. Siempre, pues, que se trate de la determinaciуn de su valor o del de la utilizaciуn del suelo, tienen aplicaciуn las leyes generales sobre este punto y, en la medida en que tienen el carбcter de bienes de orden superior, deben aplicarse en concreto aquellas que hemos desarrollado respecto de este tipo de bienes. Una difundida escuela de economistas polнticos ha advertido, con evidente acierto, que no es razonable fundamentar el valor de las tierras o de las fincas sobre el trabajo o sobre los desembolsos de capital. Pero de aquн derivan la conclusiуn de que las fincas ocupan una situaciуn excepcional en el бmbito de los bienes. Es palpable el error metodolуgico de que adolece este razonamiento. El hecho de que un grupo importante y numeroso de fenуmenos no pueda ser explicado por las leyes generales de la ciencia que se ocupa de ellos es prueba evidente de que esta ciencia necesita una reforma, pero no es una razуn para recurrir a medios metodolуgicos auxiliares mбs que discutibles para poner aparte unos casos cuya naturaleza es totalmente similar a la de los restantes objetos de la observaciуn y mucho menos para fijar principios generales diferentes para cada tino de los dos grupos. Este conocimiento ha dado pie, recientemente, a muy diversas tentativas para incluir las utilizaciones del suelo y de las fincas -al igual que los restantes bienes- en el marco del sistema de la economнa polнtica y para fundamentar su valor o, respectivamente, los precios que pueden alcanzar, siguiendo los principios dominantes, en el trabajo humano o en los desembolsos de capital №?. Son bien evidentes las violencias a que conduce inevitablemente este intento tanto respecto de los bienes en general como de los terrenos y fincas en particular. Que una finca haya sido arrancada al mar con inmenso esfuerzo humano o sea el resultado de un proceso de aluviуn, sin el menor trabajo del hombre, que estuviera al principio ocupada por la selva virgen o cubierta de piedras y haya debido ser talada, saneada y cubierta con tierra fйrtil a costa de grandes fatigas y duros sacrificios econуmicos o bien estuviera ya desde el principio despejada de arbolado y en уptimas condiciones de fertilidad, son cuestiones importantes para valorar su fertilidad natural y tambiйn para el problema de si es econуmicamente razonable destinar a la mejora de esta finca los mencionados bienes econуmicos. Pero no tienen ninguna importancia cuando lo que se discute es las relaciones econуmicas generales de la misma y en particular su valor, es decir, la significaciуn que revisten para nosotros los bienes respecto de la satisfacciуn de necesidades futuras Іє. Estos nuevos intentos por fijar el valor de los usos del suelo y respectivamente de las fincas mismas sobre la base del desembolso de capital o del trabajo deben considerarse tan sуlo como el resultado del esfuerzo por acomodar la hoy prevalente teorнa de las rentas (es decir, aquella parte de nuestra ciencia que menos se contradice -en tйrminos relativos- con los fenуmenos de la vida real) a los errores en curso introducidos en los principios supremos de la economнa. Pero en contra de ellos, y sobre todo bajo la forma en que los ha expuesto RicardoІ№, debe alzarse la objeciуn de que lo que aquн se destaca no es el principio del valor que tienen para los hombres econуmicos los usos del suelo ІІ, sino que sencillamente se pone de relieve un factor aislado de su diferencia, que luego, errуneamente, se eleva a la categorнa de principio general. Esta diferente нndole y situaciуn de las fincas y terrenos es sin duda una de las causas mбs importantes de la diferencia del valor de los usos del suelo y de los terrenos mismos. Pero aparte йsta, hay otras causas que explican la diferencia del valor de estos bienes. La diferencia no es el principio determinante de dichos bienes y menos aъn el principio del valor de los usos del suelo y de los terrenos. Si todas las fincas fueran de una misma нndole y tuvieran la misma favorable situaciуn, no podrнan, segъn Ricardo, producir ninguna renta. Y, sin embargo, nada hay tan seguro como que, en casos asн, desaparecerнa un factor concreto de la diferencia de las rentas producidas por los terrenos, pero nunca desaparecerбn ni la totalidad de dichas diferencias ni las rentas. Por otra parte, no es menos claro que en una regiуn en la que exista una gran falta de suelo, hasta los terrenos mбs desfavorables y menos cualificados producirбn una renta, sin que este fenуmeno pueda ser explicado por la teorнa de Ricardo. La forma concreta en que aparecen los terrenos y los usos del suelo son objeto de nuestro cбlculo del valor exactamente igual que todos los bienes restantes. Tambiйn ellos tienen un valor sуlo en cuanto que dependemos de ellos para la satisfacciуn de nuestras necesidades. Los factores determinantes de este valor no son otros sino aquellos que hemos descubierto ya (pбgs. 109 y 134) al referirnos a los bienes en general Іі. Por consiguiente, tambiйn en este caso sуlo puede llegarse a una mбs profunda comprensiуn de la diferencia de su valor por el camino de contemplar los usos del suelo y de las fincas desde los puntos de vista generales de nuestra ciencia y, en la medida en que son bienes de уrdenes superiores, sobre la base de considerarlos en la perspectiva de sus relaciones con los correspondientes bienes de orden inferior y en particular de los bienes complementarios. Hemos llegado en pбginas anteriores al resultado de que la totalidad de los bienes de orden superior necesaria para la producciуn de un bien (incluida la utilizaciуn del capital y la actividad empresarial) encuentra la medida de su valor en el valor previsible del producto. Siempre que se utiliza el suelo para la producciуn de bienes de orden inferior, encuentra la medida de su valor -en conexiуn con los restantes bienes complementarios- en el valor previsible del bien de orden inferior o, respectivamente, del primer orden a cuya producciуn ha sido destinado. Y segъn que este ъltimo valor sea mayor o menor, determina a su vez -dentro de una misma circunstancia-, el mayor o menor valor de los primeros. Pero por lo que hace al valor que tienen de suyo para los hombres econуmicos las concretas utilizaciones del suelo o, respectivamente, las fincas concretas, se regula, al igual que todos los demбs bienes de orden superior, por el principio de que el valor de un bien de orden superior es tanto mayor cuanto mayor es el valor del producto previsible y tanto menor -bajo unas mismas circunstancias- cuanto menor es el valor de los bienes complementarios de orden superior 24. Por consiguiente, el valor de la utilizaciуn del suelo se halla sujeto a las mismas leyes generales que regulan, por ejemplo, la utilizaciуn de mбquinas, herramientas, viviendas, fбbricas y de todos los restantes bienes econуmicos, sea cual fuere su нndole. Pero lo anteriormente dicho no pretende negar las peculiares caracterнsticas que tiene la utilizaciуn del suelo o de los terrenos, como las tienen tambiйn, por lo demбs, otros machos gйneros de bienes. Los bienes de que venimos hablando sуlo estбn de ordinario a disposiciуn de un pueblo en unas cantidades determinadas, difнcilmente ampliables. Son, ademбs, bienes inamovibles y de calidades extremadamente diferentes. A estas tres causa pueden reducirse todas las peculiaridades de los fenуmenos de valor, tal como hemos podido advertir a propуsito de la utilizaciуn del suelo y de los terrenos. Estas peculiaridades, tomadas en su conjunto, y en cuanto referidas a las cantidades y cualidades de los terrenos de que disponen los agentes econуmicos en general y los habitantes de unos determinados territorios en particular, son, por tanto, factores de la determinaciуn del valor que, como ya hemos visto, influyen no sуlo en el valor de los usos del suelo y de las fincas, sino tambiйn en todos los restantes bienes. Por tanto, sus fenуmenos de valor no revisten ningъn carбcter excepcional. La circunstancia de que tambiйn se quiera incluir el precio de las prestaciones laborales І5, al igual que el de las utilizaciones del suelo y con no menores violencias que en este ъltimo caso, en el precio de los costes de la producciуn, ha llevado tambiйn respecto de esta categorнa de fenуmenos del precio a la formulaciуn de principios espaciales. El mбs comъn de los trabajos -se dice- debe ser suficiente para alimentar al trabajador y a su familia, pues en caso contrario no se podrнan proporcionar a la sociedad, de forma permanente, los servicios que necesita. Pero el trabajo tampoco puede ofrecer algo que vaya mucho mбs allб de los medios de subsistencia, pues en caso contrario se producirнa una multiplicaciуn de los trabajadores que empujarнa de nuevo a la baja -hasta descender al nivel precedente- el precio de las prestaciones laborales. El mнnimo existencial, entendido en el sentido dicho, se convierte asн en el principio a tenor del cual se regula el precio del trabajo mбs comъn, mientras que el mayor precio de las restantes prestaciones laborales se explicarнa por las inversiones del capital o, respectivamente, por las rentas del talento o cosas similares. Ahora bien, la experiencia nos enseсa que existen unas concretas prestaciones laborales que son, para los agentes econуmicos, totalmente inъtiles y hasta perjudiciales y, por tanto, no son bienes, y otras que, aun teniendo la cualidad de bienes, carecen de carбcter econуmico y no manifiestan ningъn valor y, por consiguiente, y al igual que las primeras (como veremos adelante) no pueden tener ningъn precio. (Entran en este apartado todas aquellas prestaciones laborales de las que, por la razуn que fuera, la sociedad dispone de tan grandes cantidades que tienen el carбcter de no econуmicas, por ejemplo, los servicios vinculados a cargos no retribuidos, etc.). Asн pues, las prestaciones no son siempre, por sн mismas y bajo todas las circunstancias, bienes, y menos aъn bienes econуmicos y, por ende, tampoco tienen necesariamente un valor. En conclusiуn, tampoco puede fijarse para toda prestaciуn laboral un precio, y menos aъn un precio determinado. La experiencia nos enseсa asimismo que muchas de las prestaciones laborales de un trabajador no pueden intercambiarse ni siquiera por los medios de subsistencia mбs imprescindibles І6, mientras que hay, en cambio, otros trabajos por los que se reciben cantidades de bienes que superan fбcilmente diez, veinte y hasta cien veces lo necesario para garantizar la subsistencia de un ser humano. Pero incluso allн donde las prestaciones laborales de una persona equivalen a sus medios de subsistencia, este hecho es tan sуlo la consecuencia de la circunstancia accidental de que estas prestaciones pueden intercambiarse -a tenor de los principios generales de la formaciуn del precio- precisamente contra este precio y no contra otro. En definitiva, los medios de subsistencia del trabajador, o los mнnimos existenciales, no pueden ser ni la causa inmediata ni el principio determinante del precio de las prestaciones laborales І7. En realidad, el precio de unas prestaciones laborales concretas se rige tambiйn, como veremos, exactamente igual que todos los demбs bienes, por su valor. Y este ъltimo se regula a su vez -como ya se ha dicho- por la magnitud de la significaciуn de aquellas satisfacciones de necesidades de que nos verнamos privados si no dispusiйramos de las correspondientes prestaciones laborales. Y, en el caso de que estas prestaciones sean bienes de orden superior, el valor se establece directa e inmediatamente a tenor del principio segъn el cual estos bienes tienen un valor tanto mayor para los agentes econуmicos cuanto mayor es el valor previsible del producto para un mismo valor de los bienes complementarios de orden superior o, respectivamente, tanto mбs bajo cuanto menor es el valor de estos ъltimos. La teorнa segъn la cual el precio de los bienes se explica por el valor de los bienes de orden superior necesarios para la producciуn de los primeros es tambiйn inadecuada para fijar el precio de las utilizaciones del capital. Ya hemos explicado antes, por extenso, las causas ъltimas del carбcter econуmico o, respectivamente, del valor de los bienes de este tipo. Hemos aludido tambiйn a los errores de la teorнa que considera el precio de las utilizaciones del capital como una compensaciуn al capitalista por su sobriedad. En realidad, y tal corno veremos mбs adelante, el precio a fijar por las utilizaciones de capital es tambiйn una consecuencia de su carбcter econуmico y de su valor. Tambiйn aquн -como en cualquier otro tipo de bienes- tiene plena vigencia el principio que determinan el valor de los bienes en general І8.
№ Todos los modernos pensadores alemanes que han analizado con criterio propio la teorнa del valor han intentado determinar los elementos comunes a todas las formas bajo las que se manifiesta el valor de los bienes, es decir, han intentado fijar el concepto general del "valor". Otro tanto cabe decir del intento por distinguir entre el valor de uso de los bienes y la mera utilidad. Friedlдnder (Theorie des Werthes, Dorpater Univer. Progr., 1852. pбg. 48) define el valor como "la relaciуn, conocida en el juicio humano, en virtud de la cual una cosa puede ser medio para conseguir un fin deseable por sн mismo" (cf. tambiйn STORCH, Cours d'йconomie politique, vol. I, pбg. 36). Ahora bien, dado que esta relaciуn (siempre que el fin deseable en sн mismo sea la satisfacciуn de una necesidad humana o al menos estй en conexiуn con dicha satisfacciуn) fundamenta precisamente la utilidad de una cosa, la anterior definiciуn coincide con aquella otra en la que el valor de los bienes se concibe como una "aptitud-para-el-fin" (Zweck-Tauglichkeit) en cuanto conocida, es decir, la utilidad conocida de una cosa. Pero como la utilidad no es sino un presupuesto general de la cualidad de los bienes, la definiciуn de Friedlдnder -prescindiendo aquн de que pasa por alto la esencia del valor- resulta tambiйn demasiado amplia. De hecho, este mismo autor llega a la conclusiуn (pбg. 50) de que tambiйn los bienes no econуmicos son objeto de la valoraciуn de los hombres, exactamente igual que los econуmicos. Knies ("Lehre vom Werth", Tьbinger Zeitschrift, 1855, pбg. 423) reconoce -al igual que muchos de sus predecesores- que el valor es el grado de utilidad de un bien para alanzar los fines humanos (cf. todavнa las ediciones mбs antiguas del System de Roscher, I, § 4). No puedo aceptar esta opiniуn tal como se la plantea, porque aunque es cierto que el valor es una magnitud que puede medirse, la medida no pertenece a su esencia, como tampoco forma parte de la esencia del tiempo o del espacio la circunstancia de que se les pueda medir. De hecho, el mismo Knies advierte bien las dificultades con que tropiezan las consecuencias extraнdas de esta concepciуn del valor, porque admite la definiciуn del concepto del valor como utilidad, como cualidad de los bienes en sн, y hace notar que "la teorнa del valor ha sido construida en algunos pasajes a base de combinar las dos significaciones de a palabra 'valor' ", de modo que no se llega a un concepto unitario. Schдffle (Tьbinger Universitдtsschrift, 1862, secciуn 5, pбg. 10) parte de la idea de que cuando se quiere hablar de economнas y de bienes econуmicos "es siempre necesaria una relaciуn potencial o actual, configurada por el hombre con voluntad consciente, entre la persona y las cosas exteriores impersonales. Esta relaciуn puede partir tanto del objeto como del sujeto econуmicos. En este sentido, serнa objetiva la utilidad y subjetivo el valor del bien. La utilidad serнa la capacidad o virtualidad de la cosa para servir a un objetivo humano. El valor serнa la significaciуn que tiene el bien, en virtud de su utilidad, para la persona econуmica consciente de sus fines." Tambiйn esta definiciуn del concento de valor es demasiado amplia, como el propio Schдffle admite cuando, en sus escritos posteriores (Das gesellschaftliche System, 1867, pбg. 6) define el valor como "la significaciуn de un bien en razуn del sacrificio necesario para producirlo". Efectivamente, tambiйn los bienes no econуmicos tienen utilidad y tambiйn ellos se hallan insertos en la antes mencionada relaciуn de la conciencia de los fines. Pero no por eso tienen valor. Es cierto que la antigua definiciуn presentada por Schдfle no limita el valor a los bienes econуmicos, aunque este agudo investigador (Tьbinger Universitдtsschrift, 1862. loc. cit., pбg. 11) advierte con absoluta claridad la circunstancia de que en los bienes no econуmicos no pue den producirse fenуmenos de valor. Pero la nueva definiciуn de nuestro autor pasa al extremo contrario y es demasiado estrecha, porque es de todo punto seguro que existen numerosos bienes econуmicos, puestos a disposiciуn de los hombres sin el mбs mнnimo esfuerzo o sacrificio por parte de йstos (por ejemplo, la tierra acarreada por aluviуn, etc.) y otros que no podrнan conseguirse ni con los mбs denodados esfuerzos econуmicos (por ejemplo, las configuraciones geogrбficas naturales). Con todo, estas reflexiones permiten comprender mбs profundamente uno de los factores determinantes de la esencia del valor que, como dice Schдffle, no estб constituida ni por la virtualidad objetiva en sн (Tьbinger Universitдtsschrift, pбg. 11), ni tampoco por el grado de utilidad (ibid., pбg. 31), sino por la signficaciуn del bien para el sujeto econуmico. Tambiйn Rцsler (Trheorie des Werthes, Hildeb. Jakrbьcher, 1868, IX, pбginas 272 ss., 406 ss.) aporta una serie de interesantes ideas para una recta comprensiуn del valor. Este autor llega a la conclusiуn de que no es correcta la distinciуn tradicional entre el valor de uso y el valor de intercambio y de que el concepto de valor es absolutamente inconciliable con el factor del uso ъtil de las cosas. Afirma, por el contrario, que el concepto de valor es un concepto unitario, que designa la calidad de riqueza de las cosas y alcanza su manifestaciуn concreta mediante la aplicaciуn del ordenamiento jurнdico de la propiedad. De lo dicho se desprende claramente cuбl es el autйntico punto de vista de Rцsler y se advierte asimismo el paso adelante que supone su concepciуn, ya que acierta a trazar los lнmites exactos del cнrculo de los objetos de valor y distingue estrictamente entre la utilidad y el valor de los bienes. No puedo, en cambio, sentirme de acuerdo con Rцsler cuando hace de la cualidad de riqueza de un bien, que en definitiva no es sino una consecuencia de la ya mencionada relaciуn cuantitativa, como lo es tambiйn el valor, el principio de este ъltimo. Tambiйn me produce algъn reparo el hecho de que Rуsler tome de la jurisprudencia su concepto de la cualidad de la riqueza (pбgs. 295, 302 ss.; cf. tambiйn Ch. Schlцzer, Anfangsg. I, § 15). El valor de los bienes, al igual que su carбcter econуmico, es independiente de las manifestaciones sociales de la economнa humana, independiente del ordenamiento jurнdico o independiente incluso de la existencia misma de la sociedad. Este valor aparece hasta en las formas econуmicas mбs aisladas y, por consiguiente, no hunde sus raнces en los ordenamientos jurнdicos. De entre las antiguas tentativas por fijar el concepto del valor, mencionaremos aquн las de Montanari († 1687) (Della Moneta, IIl, pбg. 43 de la ediciуn Custodi). La definiciуn de Condillac presenta semejanzas nada desdeсables con algunas recientes elaboraciones de esta teorнa en Alemania. І Ya hemos analizado extensamente, en el capнtulo anterior, las tentativas por explicar la diferencia entre los bienes econуmicos y los no econуmicos a partir del hecho de que los primeros son producto del trabajo y los segundos "dones espontбneos de la naturaleza". Los primeros se nos presentan como objetos de la actividad de intercambio y los segundos no, y llegamos asн a la conclusiуn de que el carбcter econуmico de los bienes es independiente de estos dos factores. Otro tanto cabe decir del valor. Este, al igual que el carбcter econуmico de los bienes, es la consecuencia de la ya muchas veces mencionada relaciуn entre necesidad y cantidad disponible de los bienes. Las mismas razones que impiden que se definan los bienes econуmicos como "productos del trabajo" o, respectivamente, como "bienes de intercambio" exclu yen tambiйn la aplicaciуn de estos criterios para fijar la diferencia entre los bienes que tienen valor para nosotros y aquellos otros que no lo tienen. і De la mano de la confusiуn entre el "valor de uso" y la utilidad surge tambiйn la teorнa del valor abstracto de los bienes. En el origen de esta teorнa se halla asimismo la confusiуn entre "valor de uso" y "grado de utilidad" o "utilidad conocida" (cf. RAU, Volkswirthschraftslehre, § 58 ss. 1863). Una especie puede tener ciertas propiedades ъtiles, que capacitan a unos bienes concretos para la satisfacciуn de unas concretas necesidades humanas, aunque el grado de utilidad puede ser diferente en las diferentes especies y respecto de unos determinados fines de uso (distinta calidad de la encina y de las mimbres como material combustible, por poner un ejemplo); con todo, ni a la utilidad de la especie ni al diferente grado de utilidad de los diferentes gйneros o especies se les puede llamar "valor". Los individuos econуmicos no disponen de las especies, sino sуlo de bienes concretos y, por tanto, sуlo йstos son bienes y, en definitiva, objetos de nuestra economнa y de nuestros cбlculos de valor (cf. O. MICHAELIS, "Das Capitel vom Werthe", Vierteljahrsschrift F. V. W., 1863, I, pбg. 16 ss.). 4 Del mismo modo que un anбlisis a fondo de los procesos anнmicos nos presenta el conocimiento de las cosas exteriores ъnicamente como la conciencia de las repercusiones que las cosas ejercen sobre nosotros, es decir, en definitiva, como el conocimiento de un estado o situaciуn de nuestra propia persona, asн tambiйn toda la importancia que concedemos a los objetos del mundo es sуlo, en definitiva, un reflejo de la importancia o significaciуn que tiene para nosotros la conservaciуn de nuestra naturaleza, tanto en su esencia intima como en su evoluciуn extrнnseca, es decir, la importancia que damos a nuestra vida y a nuestro bienestar. Asн pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una propiedad intrнnseca de los mismos, sino sуlo la significaciуn que concedemos en primer tйrmino a la satisfacciуn de necesidades o, lo que es lo mismo, a nuestra vida y nuestro bienestar y que luego, con lуgica consecuencia, trasladamos a los bienes econуmicos, como causas exclusivas de aquella satisfacciуn. 5 En esta falsa idea se basa la afirmaciуn de Proudhon (Systиme des contradictions йconomiques, cap. II, § 1) de que existe una contradicciуn insuperable entre el valor de uso y el valor de intercambio. 6 Si un bien tiene capacidad para satisfacer varias necesidades especнficamente diferentes y cada uno de los actos de esta satisfacciуn tiene una significaciуn decreciente a medida que se va satisfaciendo la necesidad, tambiйn en este caso los agentes econуmicos utilizan las cantidades de que disponen en primer lugar para asegurar aquellos actos que tienen para ellos -y prescindiendo de la especie de la necesidad- la mбxima significaciуn; utilizan el resto para cubrir las necesidades concretas cuya significaciуn viene a continuaciуn de las primeras y prosiguen asн, por orden decreciente de importancia. Con este procedimiento se consigue que las necesidades mбs importantes todavнa no satisfechas tengan en cada caso -dentro de la diferencia especнfica de las distintas necesidades antes mencionada- una misma significaciуn, es decir, que alcancen el mismo grado de satisfacciуn en sus actos concretos. 7 Imaginemos que un individuo econуmico necesita para la plena satisfacciуn de la totalidad de sus necesidades -escalonadas del 10 al 1 por orden decreciente de importancia- 10 bienes concretos o cantidades de bienes (es decir, 10 C), pero que sуlo dispone de 7 bienes o cantidades de bienes (esto es, 7 C). En este caso, y a tenor de cuanto hemos venido diciendo acerca de la naturaleza de la economнa humana, es seguro, en primer tйrmino que el mencionado sujeto sуlo podrб satisfacer con la cantidad de bienes de que dispone (con 7 C) aquellas necesidades cuya importancia va de 10 a 4, mientras que las otras, escalonadas del 3 al 1, deberбn quedar incumplidas. їQuй valor tendrнa era este caso un bien concreto o, respectivamente, una de las 7 cantidades (es decir, 1 C) para nuestro individuo econуmico? A cuanto sabemos sobre la esencia del valor de los bienes, їno equivale esta pregunta a la otra de la significaciуn de aquellas necesidades que no podrнan ser satisfechas en el caso de que el mencionado individuo dispusiera de sуlo 6 bienes o cantidades de bienes (6 C) en vez de 7? Es evidente que, si por un azar o suceso cualquiera, esta persona se viera privada de uno de los 7 bienes u cantidades parciales de bienes de que disponнa, con los 6 restantes intentarнa satisfacer sus necesidades mбs importantes, renunciando a las que tuvieran una importancia menor. Por consiguiente, la pйrdida de un bien o de una de las ya citadas cantidades parciales no tendrнa otro resultado que el de dejar insatisfecha aquella necesidad cuya importancia es mбs pequeсa en el conjunto de aquellas cuya satisfacciуn estaba asegurada con la cantidad disponible total (es decir, con 7 C). En nuestro caso, se tratarнa de la necesidad cuya importancia equivale a 4, mientras que se seguirнan satisfaciendo, igual que antes, las necesidades -o los actos concretos de las mismas- cuya importancia se evalъa del 10 al 5. Asн pues, en el mencionado caso sуlo dependerнa de la disposiciуn sobre un bien concreto o una cantidad parcial del mismo, la satisfacciуn de una necesidad cuya importancia hemos designado con el 4. Esta importancia serнa -siempre que la persona de referencia dispusiera de 7 bienes concretos o de las 7 cantidades parciales mencionadas- el valor de cada bien concreto o cantidad parcial. Y es que, efectivamente, en el caso descrito, de aquel bien o cantidad parcial del mismo sуlo dependerнa la satisfacciуn de una necesidad cuya magnitud tiene idйntica significaciуn. Pero si, permaneciendo iguales las restantes circunstancias, nuestro sujeto econуmico dispusiera tan sуlo de 5 bienes o cantidades parciales, no es menos claro que entonces, y mientras se mantuviera esta situaciуn econуmica, cada bien concreto o cantidad parcial concreta tendrнa para nuestro sujeto una significaciуn expresada con el nъmero 6. Si dispusiera de 3 bienes o cantidades parciales, la significaciуn se expresarнa con el nъmero 8, hasta llegar a un punto cuya expresiуn numйrica seria el 10, cuando sуlo dispusiera de un bien. 8 Ya Aristуteles acometiу la tentativa de descubrir una medida del valor de uso de los bienes y de convertirlo en el fundamento del valor de intercambio de los mismos. "Debe haber algo, dice (Ethica ad Nic., V. 8), que pueda ser medida de todo... Esta medida no es en realidad otra cosa sino la necesidad que lo mantiene todo unido, pues si, efectivamente, no se necesitara nada, o se necesitara todo de una misma manera, entonces no habrнa intercambio de bienes." En este mismo sentido escribe Galiani (Della Moneta, L. I, cap. II, pбg. 27 de la ediciуn de 1780): "Essendo varie le disposizioni degli animi umani e varii i bisogni, vario и il valore delle cose." Turgot, que analizу a fondo este problema en un tratado titulado Valeurs et Monnaies, del que sуlo han llegado hasta nosotros algunos fragmentos, dice (loc. cit., pбg. 81, Daire) que apenas la cultura ha alcanzado un cierto nivel, comienzan los hombres a comparar sus mutuas necesidades, para tomar las providencias necesarias en orden a procurarse los bienes segъn el grado de necesidad y utilidad de cada uno de ellos (los fisiуcratas utilizan muy a menudo la palabra besoins para expresar este concepto). Al valorar los bienes el hombre tiene tambiйn en cuenta la mayor o menor dificultad para obtenerlos, de lo que Turgot extrae la siguiente conclusiуn (ibid., pбg. 83): "La valeur estimative d'un objet, pour l'homme isolй, est prйcisement la portion du total de ses facultйs, que rйpond au dйsir qu'il a de cet objet, ou celle qu'il veut employer б satisfaire ce desir." Condillac llega a otros resultados. Segъn йl (Le comnerce et le gouvernement, 1777, pбg. 250 ss.. Daire): "On dit qu'une chose est utile, lorqu'elle sert а quelquesuns de nos besoins. D'aprиscette utilitй, nous l'estimons plus ou moins. Or, cette йstime est ce que nous appelons valeur." Asн pues, mientras que para Turgot el esfuerzo que el hombre debe desplegar para conseguir un bien es la medida del valor de uso de este bien, para Condillac esta medida es el grado de su utilidad: se trata de dos concepciones bбsicas, que luego reaparecen una y otra vez en los escritos de los economistas polнticos ingleses y franceses. El problema de la medida del valor de uso ha merecido profundos estudios por parte de los autores alemanes. En un pasaje muchas veces citado en el que B. Hildebrandt rechaza las contradicciones que Proudhon cree descubrir en la teorнa del valor entonces predominante (Nationalцkonomie der Gegenwart und Zukunft,1848, pбg. 318 ss.), dice: "Dado que el valor de uso es siempre una relaciуn de la cosa al hombre, todo gйnero de bienes tiene la medida de su valor de uso en la suma y en la jerarquнa de las necesidades humanas que satisface, de modo que donde no hay hombres ni necesidades, tampoco existe el valor de uso. Asн pues, la suma del valor de uso que posee cada gйnero de bienes es siempre invariable, en tanto no se modifiquen las necesidades de la sociedad humana, y este valor se distribuye entre cada una de las partes o porciones concretas del gйnero, segъn la cantidad de cada una de ellas. Cuanto mayor sea el nъmero de partes, menor serб el valor de utilidad que encierra cada una de ellas, y a la inversa." Esta exposiciуn, que proporciona un considerable impulso a la investigaciуn, tiene, con todo, das lagunas que, como veremos mбs adelante, han advertido y procurado llenar los posteriores analistas de esta teorнa. Por valor de un "gйnero de bienes" no puede entenderse otra cosa, en el contexto anterior, sino el valor que tiene para la sociedad humana la totalidad de los bienes disponibles de un gйnero. Ahora bien este valor no tiene una naturaleza real, es decir, no existe en la realidad, ya que sуlo se manifiesta en el individuo y sуlo respecto de unas concretas cantidades de bienes (of. supra, pбg. 92). Pero ni siquiera prescindiendo de este aspecto es decir, incluso considerando el anterior "valor del gйnero" como la totalidad del valor que los bienes concretos de un gйnero tienen para cada uno de los miembros de la sociedad a cuya disposiciуn se encuentran, es admisible la anterior afirmaciуn de Hildebrandt, porque es bien claro que ya una diferente distribuciуn de los bienes de que hablamos -por no mencionar el cambio de la cantidad disponible del mismo- modifica el "valor del gйnero" y, bajo determinadas circunstancias, lo eliminarнa en su totalidad. Asн pues, el "valor del gйnero", tomando las palabras en su sentido propio, esto es, cuando no se confunde la "utilidad", la "utilidad conocida" o, respectivamente, el "grado de utilidad" con el "valor" en sн, no tiene una naturaleza real, no existe en la realidad. Por consiguiente, el valor del gйnero, o en el sentido de la totalidad del valor de los bienes concretos de un determinado gйnero para cada uno de los miembros de la sociedad humana, no constituye -ni siquiera en el caso de que no se modifiquen las necesidades de estos ъltimos- una magnitud inmutable. En definitiva, la base de que parte Hildebrandt para sus cбlculos es mбs que discutible. A todo ello se aсade la circunstancia de que este autor no tiene en cuenta el hecho de que la satisfacciуn de cada una de las necesidades concretas de los hombres tiene muy diversa significaciуn, cuando distribuye el "valor del gйnero" entre cada una de las piezas o porciones de dicho gйnero, segъn la cantidad de cada pieza (cf. ya el Tьb. Zeitschrift de Knies, 1855, pбg 463 ss). La autйntica aportaciуn de la anterior teorнa de Hildebrandt radica en su aguda observaciуn, vбlida para todas las йpocas, de que el valor de uso de los bienes se multiplica cuando disminuye la cantidad disponible de los mismos, y a la inversa. Pero Hildebrandt va sin duda demasiado lejos cuando admite que se da siempre y en todas partes una estricta proporcionalidad. Friedlдnder ha acometido la tentativa de solucionar el anterior problema desde otro punto de vista (Die Theorie des Werthes, Dorpater Univ. Schr., 1852, pбg. 60 ss.). Este autor llega a la conclusiуn de que "la unidad de necesidad concreta media (la media de las unidades de necesidad especiales descubiertas entre las diferentes clases de la sociedad) es la expresiуn general del valor de uso objetivo econуmico y que la fracciуn que expresa las cuotas con que contribuye cada una de las utilidades a la unidad de satisfacciуn y que indica la relaciуn de valor de las mismas respecto de la unidad media concreta de satisfacciуn representa la medida del valor objetivo de cada una de las utilidades concretas". A mi entender, esta soluciуn del problema tropieza con la objeciуn de que en ella se ignora totalmente el carбcter subjetivo del valor de los bienes, pues pretende "inventarse" un "hombre medio" con unas "necesidades medias". Baste con notar aquн que, de ordinario, el valor de uso que un mismo bien tiene para dos personas suele ser sumamente diferente, segъn sea la medida de la necesidad de cada una de ellas y la cantidad de bien de que disponen. "La fijaciуn del valor de uso respecto del hombre medio" no resuelve en realidad el problema, porque de lo que se trata es de fijar la medida del valor de uso de los bienes tal como podemos observarlo en los casos concretos y con referencia a los hombres concretos. Lo ъnico que consigue Friedlдnder es definir la medida del "valor objetivo" de cada uno de los bienes (cf. pбg. 68), pero tal valor objetivo no existe en el mundo de la realidad. Tambiйn Knies ha desarrollado un profundo anбlisis en torno a la soluciуn de este problema, en su ya citado tratado ("Die nati.-цkon. Lehre vom Werthe", Tьb. Zeitschrift. 1855). "Las condiciones para el cбlculo del valor de uso de los bienes -dice Knies (pбg. 429) con sumo acierto- no pueden descubrirse sino en los elementos esenciales para el concepto del valor de uso." Pero dado que, como ya hemos observado con anterioridad, Knies no ha acertado delimitar con el necesario rigor este concepto, ha llegado a ciertas conclusiones discutibles respecto de la determinaciуn de la medida del valor. "La magnitud del valor de uso de los bienes -prosigue este autor- depende: a) de la intensidad de la necesidad humana que satisfacen, b) de la intensidad con que la satisfacen... Se instala aquн una clasificaciуn y jerarquizaciуn de las necesidades humanas a la que corresponden una clasificaciуn y jerarquizaciуn de los gйneros de bienes" Pues bien, la necesidad de agua es una de las mбs intensamente sentidas por el hombre, ya que de su satisfacciуn depende nuestra vida, y nadie negarб que el agua fresca de manantial es la que mбs intensamente satisface dicha necesidad. Segъn esto -y admitiendo la exactitud del principio de la media del valor fijada por Knies-, este bien deberнa ocupar el nivel mбs elevado en la jerarquнa de los gйneros de bienes. Pero lo que la experiencia nos enseсa es que las cantidades concretas de agua fresca no tienen de ordinario ningъn valor y, como vimos antes, los gйneros de bienes ni tan siquiera pueden tenerlo. Cuando, en el curso de su exhaustivo anбlisis sobre la medida del "valor abstracto de los bienes", Knies habla tambiйn (pбg. 461) del valor de uso concreto en la economнa privada, lo ъnico que hace es, al igual que Rau, poner de manifiesto la frecuente contradicciуn que se da entre el "valor del gйnero" (en realidad la "utilidad") y el valor concreto de los bienes, es decir, lo que hace es poner bajo clara luz la correcta afirmaciуn de que la medida de la utilidad de las cosas es algo esencialmente diferente de la medida de su valor. Knies no consigue fijar un principio con el que determinar la magnitud del valor de uso en su forma concreta, aunque estб muy cerca de lograrlo en un pasaje (pбg. 441) de su rico y sugerente tratado. Schдffle (Tьb. Univers. Schriften, 1862, secciуn 5, pбg. 12 y ss.) aborda la soluciуn del problema desde otra direcciуn. "La actividad de la economнa -escribe este agudo investigador- recibirб impulsos tanto mбs enйrgicos cuanto mбs urgente sea la necesidad personal de un bien y cuanto mбs difнcil resulte conseguir el bien que satisface dicha necesidad. Cuanto mбs se influyan entre sн estos dos factores, es decir, la intensidad del deseo y la intensidad de la dificultad por conseguirlo, con mayor fuerza irrumpirб en la conciencia que guнa la actividad econуmica la significaciуn de este bien. En esta relaciуn bбsica se apoyan todos los principios sobre la medida y el movimiento del valor." Me declaro de total acuerdo con Schдffle cuando afirma que cuanto mбs urgente es la necesidad personal de un bien, con mayor dinamismo se pone en movimiento nuestra actividad econуmica para conseguir el bien correspondiente. Por otro lado, no es menos seguro que no pocos de los bienes de que tenemos mбs urgente necesidad (por ejemplo, el agua) no encierran de ordinario ningъn valor para los hombres, mientras que otros que sуlo tienen capacidad para satisfacer necesidades de mucha menor importancia (pabellones de caza, cotos, etc,), adquieren a menudo valores muy considerables. La urgencia de la necesidad para cuya satisfacciуn es adecuado un bien no puede ser, pues, de suyo, el factor determinante de su valor, incluso pasando por alto la circunstancia de que la mayorнa de los bienes sirven para la satisfacciуn de distintas necesidades cuya intensidad es tambiйn diferente y que por tanto, y a tenor del anterior principio, sigue sin respuesta el problema de la fijaciуn de la magnitud determinante, que es precisamente lo que se intenta averiguar. Tampoco la intensidad del esfuerzo necesario para conseguir el bien que satisface una necesidad constituye de suyo y de por sн la medida de su valor. No pocas veces, bienes de muy escaso valor sуlo pueden conseguirse a costa de grandes esfuerzos. Tampoco es cierto que la actividad econуmica de los hombres se ponga en marcha tanto mбs enйrgicamente cuanto mayores son las dificultades con que se enfrenta. Al contrario, los hombres encaminan siempre su actividad econуmica a la consecuciуn de aquellos bienes que, para una igual urgencia de las necesidades, pueden conseguirse con mayor facilidad. Asн pues, ni la primera ni la segunda parte del doble principio ofrecen de suyo un principio determinante para la fijaciуn del valor. Por lo demбs, el mismo Schдffle afirma: "Cuanto mбs se influyen entre sн estos dos factores, es decir, intensidad del deseo e intensidad de la dificultad de conseguir (el bien capaz de satisfacerlo), con mayor fuerza aflora en la conciencia que dirige la actividad econуmica la importancia del bien." Pero es claro que si, como el propio SchдffIe dice expresamente en otro pasaje (pбgina 7), ponemos la actividad econуmica "conscientemente encaminada a la oral satisfacciуn de los objetivos de la vida йticamente razonables" o, dicho de otra manera, ponemos los bienes en manos de sujetos econуmicos razonables -una circunstancia que, como el propio Schдffle admite con mucha exactitud, constituye un elemento esencial para la soluciуn de las antes citadas contradicciones- entonces queda sin resolver el problema de cуmo pueden en realidad "influirse mutuamente los dos mencionados factores" y cуmo, a consecuencia de esta recнproca influencia, puede cada bien alcanzar una determinada medida de significaciуn para las agentes econуmicos. De entre los economistas recientes que han considerado la teorнa de la medida del valor como parte de un sistema, merece citarse aquн especialmente la original aportaciуn de Stein. Este autor, que define el valor (System der Staatswissenchaft, I, pбg. 169 ss., 1852) como "la relaciуn de la medida de un determinado valor respecto de la vida de los bienes en general", establece (pбg. 171 ss.) la siguiente fуrmula para la determinaciуn de la medida del valor: "La medida real del valor de un bien se encuentra al dividir el volumen de los restantes bienes por el volumen del bien en cuestiуn. Para poder hacerlo hay que buscar primero un comъn denominador del volumen total de los bienes. Este comъn denominador, o esta homogeneidad de los bienes, sуlo se da en su esencia homogйnea, en el hecho de que todo bien real se compone a su vez de los seis elementos de material, trabajo, producciуn, necesidad, utilizaciуn y consumo real, de tal modo que si falta uno de estos elementos, todo objeto deja de ser un bien.. Estos elementos constitutivos de todo bien real sуlo se hallan en cada bien segъn una medida determinada y la medida de estos elementos es la que determina la medida de cada uno de los bienes concretos y reales. De donde se sigue que la relaciуn de medida de todos y cada uno de los bienes concretos entre sн, o su medida general del valor, viene dada por la relaciуn o proporciуn de los elementos de los bienes y de su volumen dentro de un bien, respecto del volumen dentro del otro. La determinaciуn y cбlculo de esta relaciуn es a la vez la determinaciуn de la medida real del valor." (Cf. tambiйn op. cit., pбg. 181 ss,, la fуrmula de la ecuaciуn del valor.) ? Nuestra necesidad de bienes de уrdenes superiores estб condicionada por el previsible carбcter econуmico (pбg. 73) o, respectivamente, por el previsible valor de los bienes a cuya producciуn sirven. Asн, para asegurar nuestra necesidad (o para satisfacer nuestras necesidades) no podemos depender de la disposiciуn de bienes que sуlo sirven para la producciуn de otros bienes de orden inferior que presumiblemente no tendrбn ningъn valor (porque no tendremos ninguna necesidad de ellos). De donde se deriva el principio de que el valor de los bienes de уrdenes superiores estб condicionado por el valor presumible de los bienes de orden inferior a cuya producciуn sirven. Por consiguiente, los bienes de уrdenes superiores sуlo pueden alcanzar valor y, una vez conseguido, sуlo pueden conservarlo, a condiciуn de que sirvan para la producciуn de bienes que presumiblemente tendrбn valor para nosotros. №є En principio, y de forma directa, la satisfacciуn de nuestras necesidades sуlo tiene para nosotros una significaciуn que, en cada caso concreto, encuentra su medida en la importancia que para nuestra vida o nuestro bienestar tiene la correspondiente necesidad satisfecha. En un momento posterior trasladamos esta importancia -dentro de su determinaciуn cuantitativa- a aquellos bienes concretos de los que sabemos que dependemos inmediatamente para la satisfacciуn de las necesidades de referencia, es decir, a los econуmicos del primer orden, a tenor de los principios expuestos en la secciуn anterior. Pero cuando nuestra necesidad no puede ser cubierta, o no puede serlo plenamente, con bienes del primer orden, es decir, en todos los casos en los que los bienes de este primer orden tienen valor para nosotros, deseo de satisfacer nuestras necesidades de la manera mбs completa posible nos induce a hacernos con los bienes correspondientes del orden inmediatamente superior y trasladamos el valor de los bienes del primer orden progresivamente a los del segundo, del tercero y de los уrdenes superiores, siempre que йstos demuestren tener carбcter econуmico. Por tanto, y en definitiva, el valor de los bienes de уrdenes superiores no es otra cosa sino una especial forma de manifestaciуn de aquella significaciуn que concedemos a nuestra propia vida y bienestar y el elemento determinante del mismo -al igual que en los bienes del primer orden- es, en definitiva, la significaciуn que para nosotros aquellas necesidades para cuya satisfacciуn sabemos que dependemos de nuestra posesiуn de los bienes de уrdenes superiores cuyo valor estamos analizando. De todas formas, el nexo causal de los bienes hace que el valor de los bienes de уrdenes superiores no encuentre su medida inmediata en la significaciуn previsible de la satisfacciуn final de necesidades, sino en primer tйrmino en el valor presumible de los bienes correspondientes de orden inferior. №№ El error mбs frecuente que se comete no sуlo respecto de la divisiуn, sino tambiйn respecto de la definiciуn del concepto de capital, consiste en acentuar el punto de vista tйcnico, en lugar del econуmico (cf. en contra ya LOTZ, Staatswirthschaft, I, 19, y HERMANN, Staatsw. Untersuchungen, 1832, pбg. 62). La divisiуn de los bienes en medios de producciуn y medios de consumo (bienes de уrdenes superiores y del primer orden) estб cientнficamente justificada, pero no coincide en modo alguno con la divisiуn de la riqueza en capital y no capital. Igualmente insostenible es, a mi entender, la opiniуn de aquellos que llaman capital a toda parte constitutiva de la riqueza que garantiza unos ingresos permanentes. La secuencia lуgica de esta teorнa lleva (siempre que el concepto de riqueza se extienda tambiйn a la fuerza laboral y el de ingresos a las utilidades que al propietario se le derivan de los bienes de uso; cf. HERMANN, Staatsw. Untersuchungen, 1832. pбg. 300) y siguientes, y SCHOMOLLER, "Die Lehre vom Einkommen", Tьbing. Zeitschrift, 1863, pбgs. 53 y ss., 76 y ss.) a que habrнa que llamar capitales, en definitiva, tanto a la fuerza laboral (cf, ya CANARD, Principes d'йcon. pol., pбg. 9; SAY, Cours, 1828, I, pбg. 285), como a las fincas y terrenos (cf. EHRENBERG, Staatsw. nach Naturgesetz, 1819, pбg. 13; OBERNDORFER, Nationalцkonomie, 1822, pбg. 207; Edinb. Review, vol. IV, pбg. 364 ss.; HERMANN Staatsw. Untersuchungen, 1832, pбg. 48 ss.; HASNER, System, I, 294) y, en definitiva, a todos los bienes de uso de alguna duraciуn (HERMANN, Staatsw. Untersuchungen, 1832, pбg. 63). En realidad, por capitales sуlo se entienden aquellas cantidades de bienes econуmicos de las que disponemos en la actualidad para unos perнodos de tiempos futuros, es decir, de las que disponemos dentro de unos perнodos de tiempo dados y que nos permiten aquella utilidad cuya esencia y carбcter econуmico hemos expuesto en pбginas anteriores (134 y ss.). Para que pueda alcanzarse este resultado, deben darse cita simultбneamente los siguientes presupuestos: Es decir, 1: que el espacio temporal dentro del cual el sujeto econуmico dispone de las correspondientes cantidades de bienes econуmicos tenga la amplitud suficiente para posibilitar, dentro del mismo, una producciуn (en el sentido econуmico de la palabra, cf. pбg. 140). 2. Las cantidades deben ser, tanto por su amplitud como por su composiciуn, de tal tipo que en el correspondiente sujeto econуmico disponga, a travйs de ellas, de forma mediata o inmediata, de las cantidades complementarias de bienes de уrdenes superiores necesarias para la producciуn de los bienes de orden inferior. Si los sujetos econуmicos disponen de las cantidades de bienes econуmicos por espacios temporales tan cortos o en cantidades, composiciуn y otras circunstancias tales que queda excluida la productividad de los mismos no constituyen ningъn tipo de capital. La principal diferencia existente entre los objetos concretos de la riqueza que garantizan ingresos (fincas, terrenos, edificios, etc.) y los capitales consiste en que los primeros son bienes concretos y durables, cuyas utilidades tienen ya de por si la cualidad de bienes y muestran carбcter econуmico, mientras que los segundos representan, ya sea de forma mediata o inmediata, totalidades de bienes econуmicos de уrdenes superiores (cantidades complementarias de los mismos), cuya utilidad tiene tambiйn, ciertamente, carбcter econуmico y garantiza unos ingresos, pero cuya productividad es esencialmente diferente de la de los objetos de la riqueza antes citados. A la inclusiуn (opuesta a las normas del lenguaje) de estos dos grupos de fuentes de ingresos bajo el concepto ъnico de capital, pueden atribuirse casi la totalidad de las dificultades con que tropieza la teorнa del capital. La circunstancia de que en situaciones comerciales altamente evolucionadas los capitales se ofrecen bajo la cуmoda fуrmula de sumas de dinero y que de ordinario tambiйn las necesidades de capital se calculan en dinero, ha tenido como consecuencia que en la vida normal se identifique usualmente el capital con el dinero. Pero es evidente que este concepto de capital es demasiado restringido y que se eleva a la categorнa de "tipo", lo que no pasa de ser una de sus formas posibles. Incurren en el error opuesto quienes consideran que los capitales dinerarios no son verdaderos capitales, sino meras representaciones de los mismos. La opiniуn de los primeros es anбloga a la de los mercantilistas, que sуlo ven "riqueza" en el dinero. La segunda opiniуn es propia de aquellos adversarios del mercantilismo que, yendo demasiado lejos, se niegan a ver en las sumas de dinero verdaderos objetos de riqueza. (De entre los recientes, cf. concretamente CHEVALIER, Cours d'йconomie politique, III, pбgina 380, y CAREY, Socialwissenschaft, XXXII, § 3.) En realidad, el capital bajo la forma de dinero es sуlo una forma especial, cуmoda y singularmente adecuada a las situaciones de alta evoluciуn comercial (cf. H. BROCHER, Hildebr. Jahrbьcher, VII, pбg. 33 ss.). Knies (Die politische Oekonomie, 1853, pбgina 87) acentъa, con gran acierto, en una perspectiva histуrica: "En todas y cada una de las naciones descubrimos una anбloga evoluciуn en el sentido de que por doquier el capital sуlo pudo desarrollar toda su virtualidad econуmica tras la introducciуn y la difundida utilizaciуn del dinero en metбlico y sуlo ha podido desplegar la totalidad de su potencial en los peldaсos mбs elevados de la cultura." Asн pues, el dinero facilita el paso de capitales de una mano a otra y, sobre todo, facilita el trбfico con las utilidades y los movimientos del capital en la forma que se desee (es decir, la utilizaciуn que se desee), pero el concepto de capital es completamente distinto del concepto de dinero. (cf. DЬHRING, "Zur Kritik des Kapitalsbegriffes'. Hildebrand's Jahrbьcher, V, pбgs. 318 ss., y KLEINWACHLER, "Beitrag zur Lehre vom Capitale", IX, pбgs. 369 ss.) №І Algunos economistas polнticos consideran el pago de intereses como una especie de indemnizaciуn o compensaciуn al propietario del capital por su sobriedad. Pero en contra de este punto de vista, debe notarse que la moderaciуn de una persona no confiere a las cosas su cualidad de bienes ni, por consiguiente, hace que tengan valor para nosotros. Por otra parte, no en todos los casos el capital surge como consecuencia de la sobriedad, sino que muchas veces (por ejemplo, allн donde unos bienes no econуmicos de orden superior pasan a tener carбcter econуmico en virtud de la creciente necesidad de la sociedad) es el resultado de la simple ocupaciуn. Por tanto, el pago de intereses no puede ser considerado como una compensaciуn o indemnizaciуn al propietario del capital por su sobriedad, sino simplemente como el trueque de un bien econуmico (la utilizaciуn del capital) por otro bien (por ejemplo, contra una suma de dinero). Carey (Socialwissenschaft, XXXIX, § 6) incurre, en cambio, en el error opuesto cuando atribuye a la sobriedad una tendencia contraria a la creaciуn de capital. №і Deben considerarse como bienes de orden superior no sуlo los medios tйcnicos de producciуn, sino en general todos los bienes que ъnicamente pueden ser empleados en la satisfacciуn de necesidades humanas cuando entran en conexiуn con otros bienes de уrdenes superiores. Y asн, pertenecen a esta categorнa las mercancнas que el comerciante al por mayor pone en manos de los detallistas mediante el empleo de utilizaciones del capital, gastos de transporte y otras especiales y especнficas prestaciones laborales, ya que sуlo a travйs de estas gestiones llegan aquellos bienes hasta los tenderos. Incluso los especuladores aсaden a los objetos de su especulaciуn al menos su actividad empresarial y las utilizaciones de capital y no pocas veces tambiйn trabajos de mantenimiento, conservaciуn, almacenaje y otras cosas similares (cf. HERMANN, Staatsw. Untersuchungen, pбg. 62). №4 Cf. HASNER, System d. pol. Oekonomie, 1860, I, pбg. 29. №5 Quien dispone de los bienes de уrdenes superiores requeridos para producir bienes de orden inferior no por ello dispone ya inmediatamente de estos ъltimos, sino que se requiere un perнodo de tiempo mбs o menos largo, segъn la naturaleza de los diferentes procesos de producciуn. Si quiere intercambiar inmediatamente sus bienes de уrdenes superiores por los correspondientes del orden inferior o (lo que en situaciones de alta evoluciуn comercial equivale a lo mismo) por la correspondiente suma de dinero, entonces se encuentra en una situaciуn similar a la de aquel que dispondrб de una suma en un momento de tiempo posterior (por ejemplo, al cabo de seis meses), pero quiere utilizarla ahora mismo. Si la intenciуn del propietario de los bienes de уrdenes superiores se endereza a entregar dichos bienes a una tercera persona, pero conformбndose con que se le entregue la compensaciуn dineraria sуlo al final del proceso de producciуn, entonces naturalmente no ha lugar para este "descuento". De hecho, podemos observar que el precio de los bienes que se dan a crйdito (y prescindiendo aquн de la prima del riesgo), es tanto mбs elevado cuanto mбs largos son los plazos de pago concertados. Aquн se encuentra tambiйn la aplicaciуn del gran fomento que para la actividad productiva de un pueblo supone el crйdito. En la inmensa mayorнa de los casos, los negocios de crйdito consisten en la entrega de bienes de уrdenes superiores a aquellos que los elaboran para transformarlos en los correspondientes bienes del orden inferior. Muy a menudo, la producciуn, o al menos los movimientos empresariales de amplio alcance, sуlo son posibles a travйs de operaciones de crйdito. Asн se explica tambiйn que cuando a un pueblo se le priva sъbitamente de crйdito, se produce una funesta paralizaciуn o limitaciуn de su actividad productora. №6 Cuanto mбs prolongado es el perнodo de tiempo requerido por un proceso productivo, mбs elevada es -en igualdad de condiciones- la productividad del mismo y mayor tambiйn el valor de la utilizaciуn del capital, de tal modo que el valor de los bienes de orden superior que pueden ser utilizados para procesos productivos de muy diversa duraciуn y que nos aseguran, de acuerdo con nuestras propias elecciones, medios de consumo de diverso valor en distintos espacios de tiempo, permanece equilibrado respecto del presente. №7 Se ha planteado repetidas veces la pregunta de cuбles son las funciones que forman parte de la actividad empresarial. Aquн debe tenerse en cuenta, en primer tйrmino, que entre el conjunto de bienes dй orden superior de los que dispone un empresario con la mirada puesta en una determinada producciуn, se encuentran tambiйn, a menudo, sus propias prestaciones laborales tйcnicas, que este empresario emplea para conseguir sus propуsitos exactamente igual que el resto de los trabajadores. Y asн, no raras veces el propietario de un periуdico es tambiйn a la vez colaborador literario del mismo, y el empresario de una industria textil es a la vez trabajador en ella. Ambos son empresarios no por su colaboraciуn tйcnica en el proceso de producciуn, sino porque a travйs de sus cбlculos econуmicos y, en definitiva, mediante un acto de su voluntad, destinan unos determinados bienes de orden superior a unos determinados fines productivos. La actividad empresarial abarca: a) la informaciуn sobre la situaciуn econуmica; b) la totalidad de los cбlculos requeridos como base de partida, si es que el proceso de producciуn ha de ser un proceso econуmico, o dicho con otras palabras, el cбlculo econуmico; c) el acto de la voluntad, mediante el cual unos determinados bienes de orden superior (en situaciones comerciales evolucionadas, en las que de ordinario todo bien econуmico puede trocarse por otros bienes) son destinados a una determinada producciуn, y finalmente d) la vigilancia para la ejecuciуn mбs econуmica posible de los planes de producciуn. En las empresas pequeсas, la actividad empresarial aquн descrita sуlo suele acaparar una parte mнnima del tiempo del empresario, pero en las empresas grandes estas tareas no sуlo reclaman la totalidad del tiempo del empresario, sino que йste tiene que recurrir ademбs a la colaboraciуn de algunos auxiliares. Pero por muy grande que pueda ser la actividad de estos ъltimos, siempre es posible observar en la actividad del empresario la presencia de los cuatro elementos antes mencionados, incluso cuando dicha actividad se limita a la asignaciуn de las distintas partes de la riqueza a los distintos gйneros de la producciуn, a la selecciуn del personal y a las tareas de control (por ejemplo, en las sociedades anуnimas). A tenor de lo dicho, no podemos suscribir la opiniуn de Mangoldt (Die Lehre vom Unter nehmergewinn, 1855, pбg. 36 ss.) que califica "la aceptaciуn del riesgo" de una producciуn como el elemento esencial de la empresa, ya que el "riesgo" es sуlo algo accidental y las posibilidades de pйrdidas se compensan con las posibilidades de beneficios. №8 La circunstancia de que el precio de las utilizaciones del suelo y del capital y de las prestaciones laborales o, dicho con otras palabras, las rentas del suelo, los intereses del capital y los salarios puedan reducirse -aunque no sin enormes violencias, como veremos mбs adelante- a cantidades de trabajo o, respectivamente, a costes de producciуn, ha enfrentada a los defensores de las correspondientes teorнas con la necesidad de exponer, para los tres mencionados gйneros de bienes, unos principios de la formaciуn del precio que son radicalmente distintos de los vigentes para los restantes bienes. En las lнneas anteriores hemos expuesto que todos los fenуmenos de valor, sean cuales fueren los bienes respecto de los cuales se producen, son siempre de una misma naturaleza, tienen el mismo origen y se rigen siempre por los mismos principios. Si, como veremos luego, en los dos capнtulos siguientes, el precio de los bienes es una consecuencia de su valor para los hombres econуmicos y si la magnitud del precio encuentra su principio determinante, bajo cualquier circunstancia, en la magnitud del segundo, no es menos claro que tambiйn las rentas del suelo, los intereses del capital y los salarios laborales se rigen por los mismos principios generales. Por consiguiente, nos limitamos a analizar exclusivamente el valor de las utilizaciones del suelo y del capital y de las prestaciones laborales. Tan sуlo despuйs de haber expuesto la teorнa general del precio estudiaremos, a partir de los resultados obtenidos, los principios que regulan el precio de los bienes antes citados. Una de las mбs curiosas y extraсas polйmicas registradas en el campo de la economнa es, sin duda, la referente a si las rentas del suelo o, respectivamente, los intereses del capital estбn justificados desde el punto de vista moral o si son mбs bien "inmorales". En mi opiniуn, uno de los cometidos de nuestra ciencia es investigar las causas de por quй, y bajo quй circunstancias las utilizaciones del suelo o, respectivamente, las del capital son bienes para nosotros, tienen carбcter econуmico, adquieren valor y entran, finalmente, en el trafico de los bienes, es decir, en quй circunstancias pueden ser intercambiados por las mismas cantidades de otros bienes (o precios) econуmicos. Pero el problema del carбcter jurнdico o de la moralidad de estos hechos cae fuera de la esfera de nuestra ciencia. Dondequiera las utilizaciones del suelo y del capital tienen precio, esto es consecuencia de su valor y йste, a su vez, no es algo caprichoso (pбg. 109), sino la consecuencia necesaria de su carбcter econуmico. Asн pues, los precios de los mencionados bienes (rentas del suelo e intereses del capital) son el resultado necesario de la situaciуn econуmica bajo la que nacen y quedan fijados con tanta mayor seguridad cuanto mбs elevado es el nivel jurнdico de un pueblo y mбs depurada la moral pъblica. Es perfectamente comprensible que a un filбntropo le resulta un tanto perturbador que la posibilidad de disponer durante un determinado perнodo de tiempo de una finca o de un capital garantice a su propietario, no raras veces, unos elevados ingresos, superiores incluso a los que puede alcanzar un trabajador, a travйs de su mбs esforzada actividad, durante el mismo espacio de tiempo. Pero no hay aquн nada de inmoral, sino que la razуn se encuentra sencillamente en el hecho de que en los casos mencionados la satisfacciуn de muy importantes necesidades humanas depende mбs de la utilizaciуn de aquel terreno o de aquel capital que de las prestaciones laborales aquн contempladas. Los movimientos agitadores de aquellos que desearнan que los trabajadores tuvieran una participaciуn en los medios de consumo de que dispone una sociedad mayor que la que hoy les corresponde, lo que en realidad reclaman es, siempre que esta peticiуn no vaya acompaсada de una formaciуn mбs eficaz de la clase trabajadora o se limite a una explanaciуn mбs libre de la situaciуn de la competencia, salarios superiores al valor del trabajo, es decir, salarios para los trabajadores no en razуn de lo que sus prestaciones valen para la sociedad, sino mбs bien segъn la norma del mнnimo existencial necesario, o, dicho de otra forma, piden una distribuciуn lo mбs igualitaria posible de los medios de consumo y de las fatigas de la vida. Ahora bien, solucionar el problema desde este punta de vista supone una previa y total remodelaciуn de nuestras relaciones sociales (cf. SCHЬTZ, Tьbing. Zeitschrift, 1855, pбgs. 171 y siguientes). №? CANARD, Principes d'йconom. polit., 1801, pбg. 5 ss.; CAREY, Principles of Soc. Sc., XLII, § 1; BASTIAT, Harmonies йcon. cap, 9; MAX WIRTH, Grundzьge d. Nationalцkonomie, 1861, pбg. 347 ss.; RЦSLER, Grundsдtze der Volkswirthshaftslehre, 1864, § 100. Іє De lo dicho se desprende tambiйn que siempre que hablamos de utilizaciones del suelo, las entendemos por unos perнodos de tiempo concretos, tal como sucede de hecho en la actividad econуmica humana, y no la utilizaciуn de "fuerzas originarias", porque sуlo las primeras son objeto de aquella economнa, mientras que las segundas no pasan de ser, en casos concretos, objeto de una investigaciуn histуrica que se halla muy lejos de prometer por ahora resultados tangibles y carecen de importancia para los sujetos econуmicos. Que la finca que un campesino tiene en arriendo por un aсo o por una serie de aсos deba su fertilidad a inversiones de capital de todo tipo o que ya friera fйrtil por la misma composiciуn del suelo es algo que le trae sin cuidado a nuestro agricultor y que no tiene ninguna influencia sobre el precio que paga por su utilizaciуn. Del mismo modo, quien compra una finca tiene bien en cuenta, a la hora de hacer sus cбlculos, el futuro de la misma, pero le preocupa muy poco su pasado. І№ RICARDO, Principles of P. E., cap. II y XXXIII. ІІ Cf. RODBERTUS, Sociale Briefe an v. Kirchmann, carta 3, 1851, pбginas 9 y siguientes. Іі Cuando Rodbertus (Sociale Briefe an v. Kirchmann, carta 3, pбgs. 41 y siguientes) llega a la conclusiуn de que los capitalistas y terratenientes pueden, como consecuencia de nuestras instituciones sociales, privar a los trabajadores de una parte de su producto laboral y, de este modo, pueden "vivir" sin trabajar, esta afirmaciуn parte del errуneo supuesto de que el resultado total de un proceso de producciуn debe ser considerado como producto del trabajo. Las prestaciones laborales son tan sуlo uno de los elementos del mencionado proceso y no son bienes econуmicos en un sentido superior al de los restantes elementos de la producciуn y, en particular, a las utilizaciones del suelo y del capital. Asн pues, los capitalistas y terratenientes no viven de lo que quitan a los trabajadores, sino de las utilizaciones del capital y del suelo, que tienen para el individuo y para la sociedad tanto valor como las prestaciones laborales. І4 El valor de las fincas se orienta a tenor del valor previsible de las utilizaciones del suelo, y no a la inversa, es decir, no estas ъltimas en razуn del primero. El valor de los terrenos no es otra cosa sino el valor previsible de la totalidad de las utilizaciones de los suelos referido al presente. Cuanto mayor es el valor previsible de las utilizaciones del suelo y menor el valor de las utilizaciones del capital, mayor es el valor de los terrenos mismos. En las pбginas siguientes podremos ver que el valor de los bienes es el fundamento de su precio. Si en йpocas de expansiуn econуmica de un pueblo se registra de ordinario el fenуmeno de que el precio de los terrenos aumenta en rбpida progresiуn, la razуn estб, de un lado, en el aumento de las rentas de las fincas y, del otro, en la disminuciуn de las tasas de interйs. І5 Una de las peculiaridades de las prestaciones laborales, que tambiйn repercute sobre los correspondientes fenуmenos del valor, consiste en que una parte de ellas estб unida, para los trabajadores, a sentimientos desagradables, que se contrapesan con las ventajas econуmicas que se les derivan de su actividad. Por consiguiente, no es fбcil que los trabajos de este tipo carezcan de valor econуmico para la sociedad. Con todo, suele sobreestimarse el valor que tiene para los trabajadores el ocio, considerado en tйrminos generales. Para la inmensa mayorнa de los hombres, sus ocupaciones les proporcionan alegrнa, son en sн mismas una genuina satisfacciуn de necesidades y, aunque en cantidad o bajo formas modificadas, tambiйn las practicarнan aun en el caso de que la necesidad no les obligara a desplegar sus energнas. El ejercicio activo de sus capacidades es, para todo hombre sano, una necesidad, y si a pesar de ello son escasas las personas que trabajan cuando la actividad laboral no ofrece perspectivas de ventajas econуmicas, la razуn no se debe tanto a la incomodidad del trabajo considerado en su conjunto, sino mбs bien a que existen numerosas ocasiones de trabajos remunerados. Debe enumerarse decididamente, en el capнtulo de las prestaciones laborales, la actividad empresarial. Tambiйn йsta es, de ordinario, un bien econуmico y tiene, en cuanto tal, valor para los hombres econуmicos. Las peculiaridades de esta categorнa de prestaciones laborales son de doble tipo: a) en razуn de su propia naturaleza no son mercancнas (no estбn destinadas al intercambio) y, por consiguiente, no dan lugar a la formaciуn del precio; b) tienen como presupuesto necesario la posibilidad de disponer de las utilizaciones del capital, pues en caso contrario no pueden actuar con eficacia. Esta ъltima circunstancia limita la actividad empresarial general de que puede disponer un pueblo y en especial aquella que sуlo puede ser eficaz bajo el supuesto de que los individuos afectados puedan disponer de la utilizaciуn de grandes capitales, a cantidades muy pequeсas, comparadas con lo que es teуricamente posible. El crйdito multiplica estos capitales, la inseguridad jurнdica los disminuye. І6 En Berlнn no hay una sola costurera que pueda, con el trabajo de sus manos, y con 15 horas diarias de costura, ganar lo suficiente para mantenerse. Puede cubrir sus necesidades de alimentaciуn, vivienda y combustible, pero ni con la mбs aplicada laboriosidad alcanza para comprar vestidos. (Cf. CARNAP, en el Deutsche Vierteljahrschrift, 1868, secciуn II, pбg. 165.) Algo parecido ocurre en la mayorнa de las grandes ciudades. І7 El gйnero de vida de los trabajadores estб condicionado por sus ingresos y no al revйs, es decir, sus ingresos no estбn condicionados por su gйnero de vida, aunque muchas veces se afirme asн, en virtud de una curiosa confusiуn de causa y efecto. І8 Se registra una singular peculiaridad de la formaciуn del precio de las utilizaciones del capital, como veremos en las pбginas que siguen, en el sentido de que, en la mayorнa de los casos, estas utilizaciones no pueden enajenarse sin que los capitales correspondientes pasen a la vez a propiedad de quien compra dichas utilizaciones. Esta circunstancia encierra un peligro para el propietario del capital, por el que es preciso concederle una prima a tнtulo de compensaciуn.
CAPITULO V
TEORНA DEL PRECIO
Los precios o, con otras palabras, las cantidades de bienes que deben aparecer en el intercambio, configuran, en cuanto que son percibidas por nuestros sentidos, el objeto mбs usual de la observaciуn cientнfica, pero estбn muy lejos de constituir la esencia del fenуmeno econуmico del intercambio. Esta esencia consiste mбs bien en la mejor provisiуn -introducida por el intercambio- de la satisfacciуn de las necesidades de las personas contratantes. Los hombres econуmicos intentan mejorar todo lo posible su situaciуn econуmica. Con este objetivo ponen en marcha su actividad econуmica y por eso intercambian sus bienes, siempre que por este medio puedan alcanzar aquella meta. Los precios son, pues, simples fenуmenos accidentales, sнntomas de la equiparaciуn econуmica entre las economнas humanas. Si se levantan las esclusas de dos masas de agua en reposo, pero situadas a distinto nivel, se precipitan las olas, hasta que la superficie vuelve a quedar igualada. Pero estas olas son tan sуlo un sнntoma de la acciуn de aquellas fuerzas que llamamos gravedad e inercia. A estas olas se asemejan tambiйn los precios de los bienes, sнntomas del equilibrio econуmico de la posesiуn de bienes entre las distintas economнas. Pero la fuerza que los empuja hasta la superficie del fenуmeno es la causa ъltima y universal de todo movimiento econуmico, es decir, el deseo de los hombres de satisfacer de la mejor manera posible sus necesidades, de mejorar su situaciуn econуmica. Ahora bien dado que los precios son los ъnicos fenуmenos de la totalidad del proceso econуmico que pueden percibirse con los sentidos, los ъnicos cuyo nivel puede medirse y los que la vida diaria nos pone una y otra vez ante los ojos, se introduce fбcilmente el error de considerar su magnitud como el elemento esencial del intercambio y, prolongando las consecuencias lуgicas de tal error, considerarlos como el equivalente de las cantidades de bienes que aparecen en tales intercambios. Pero, al proceder asн se infligirнa a nuestra ciencia un daсo de incalculables consecuencias, en el sentido de que los investigadores desplazarнan a la regiуn de los fenуmenos de los precios la explicaciуn de las causas de la supuesta igualdad [1] entre dos cantidades de bienes. Hay quienes atribuyen asta igualdad a las cantidades de trabajo empleadas en la obtenciуn de dichos bienes, otros a los costes de producciуn -que se suponen iguales-. Se discute incluso, en esta perspectiva, si se entregan unos bienes por otros porque son equivalentes o si los bienes son equivalentes porque se entregan unos por otros, cuando la verdad es que esta supuesta igualdad del valor de dos cantidades de bienes (entendida en un sentido objetivo) no existe en parte alguna. El error en que se basan dichas teorнas queda al descubierto apenas acertamos a liberarnos de la unilateralidad de que se ha hecho gala hasta ahora en la observaciуn de los fenуmenos de los precios. Sуlo pueden llamarse equivalentes (en el sentido objetivo de la palabra) aquellas cantidades de bienes que pueden intercambiarse en cualquier forma y de la manera que se quiera, de tal suerte que siempre que se ofreciera una hubiera que adquirir la otra, y a la inversa. Pero tales equivalencias no aparecen jamбs en la vida econуmica de los hombres. Si hubiera, en efecto, equivalentes de este tipo, no se ve por quй no podrнa deshacerse cualquier intercambio, mientras la coyuntura permanezca invariable. Supongamos un caso en el que A ha entregado su casa a B contra una finca de йste o a cambio de 20.000 talers. Si los bienes intercambiados han pasado a ser equivalentes, en el sentido objetivo de la palabra, a travйs de la mencionada operaciуn de intercambio, o lo eran ya incluso antes de la operaciуn, no se ve por quй ambos negociadores no habrнan de estar dispuestos a deshacer inmediatamente el cambio. Pero la experiencia nos enseсa que en este caso, de ordinario, ninguno de los dos darнa su asentimiento a tal arreglo. Idйntica observaciуn puede hacerse tambiйn respecto de las relaciones comerciales mбs complicadas e incluso de las mercancнas de mбs fбcil venta. Intйntese comprar grano en un mercado o los efectos correspondientes a este grano en la bolsa de valores y procъrese luego, antes de que cambie la coyuntura, volver a venderlos, o bien vender y comprar en un mismo instante una misma mercancнa, y se llegarб muy fбcilmente a la conclusiуn de que la diferencia existente entre la oferta y la demanda no es puro azar, sino un fenуmeno universal de la economнa. Asн pues, no existen determinadas cantidades de mercancнas -digamos una suma de dinero contra una cantidad de otro bien econуmico- que puedan intercambiarse a capricho, siempre que se quiera, ni en la compra ni en la venta, o, dicho brevemente, no existan equivalentes en el sentido objetivo de la palabra, ni siquiera respecto de un mercado concreto y en un momento fijo y determinado. Y, lo que es mucho mбs importante, un profundo conocimiento de las causas que inducen al intercambio de bienes y al comercio humano nos enseсa que tales equivalentes quedan totalmente excluidos por la naturaleza misma de la situaciуn y que de hecho no pueden existir. Una teorнa correcta de los precios no puede, por consiguiente, asignarse la misiуn de esclarecer aquella supuesta, pero en realidad inexistente, igualdad del valor entre dos cantidades de bienes. Quien procediera asн olvidarнa enteramente el carбcter subjetivo del valor y la esencia del intercambio. La teorнa de los precios debe esforzarse por mostrar cуmo los hombres, llevados por su deseo de satisfacer del mejor modo posible sus necesidades, entregan unas determinadas cantidades de sus bienes por otras cantidades. Al acometer esta investigaciуn seguiremos el mйtodo que hemos practicado a lo largo de toda la obra, es decir, comenzaremos por el anбlisis de los casos mбs sencillos de la formaciуn del precio, para pasar luego gradualmente a las expresiones mбs complicadas del fenуmeno.
1-LA FORMACIУN DEL PRECIO EN EL INTERCAMBIO AISLADO
Hemos visto en el capнtulo anterior que la posibilidad de un intercambio econуmico de bienes estб vinculada a la condiciуn de que estos bienes tengan para su propietario menor valor que los bienes de que dispone otro sujeto econуmico, mientras que en este segundo se da un cбlculo del valor de sus bienes de signo opuesto. Este hecho traza ya unos estrictos lнmites, dentro de las cuales debe tener lugar la formaciуn del precio en cada caso concreto. Supongamos, pues, que para A 100 celemines de su grano tienen tanto valor como 40 cбntaros de vino. En tal caso, es evidente que A no estarб dispuesto a dar ni un celemнn mбs de los 100 por la mencionada cantidad de vino, porque de hacer tal intercambio quedarнan sus necesidades peor cubiertas que antes del mismo. Mбs aъn, sуlo llegarб a un acuerdo de intercambio si con йl logra satisfacer sus necesidades mejor que antes. Por consiguiente, estarб dispuesto a adquirir el vino a cambio de su grano si por los 40 cбntaros debe dar algo menos de 100 celemines de grano. Sea cual fuere el valor de 40 cбntaros de vino, en el caso de un posible intercambio del grano de A por el vino que pueda tener otro sujeto econуmico, lo cierto es que en nuestro ejemplo concreto, y dada la situaciуn econуmica de A, no alcanzarб el valor de 100 celemines de grano. Si A no encuentra ningъn otro sujeto econуmico para el que una cantidad de grano inferior a los 100 celemines tenga mayor valor que 40 cбntaros de vino, entonces no podrб intercambiar el grano por vino, porque no se dan los fundamentos requeridos para un intercambio econуmico respecto de los bienes en cuestiуn. Pero si existe un individuo B para el que, por ejemplo, 80 celemines de grano tienen tanto valor como 40 cбntaros de vino y suponiendo que A y B conocen esta circunstancia y que no hay ningъn obstбculo que impida la realizaciуn de la operaciуn, tanto A como B tienen ya base suficiente para un intercambio econуmico, pero topamos al mismo tiempo con una segunda frontera para la formaciуn del precio. Efectivamente, si de la posiciуn econуmica de A se desprende que el precio por los 40 cбntaros de vino debe situarse por debajo del correspondiente a los 100 celemines de grano (pues en caso contrario no obtendrнa ninguna ventaja en el negocio), de la de B se deduce tambiйn que es preciso ofrecerle, por sus 40 cбntaros de vino, una cantidad de grano superior a los 80 celemines. Sea, pues, cual fuere el valor de los 40 cбntaros de vino en el intercambio econуmico entre A y B, es bien seguro que debe situarse entre los lнmites de 80 y 100 celemines de grano y, en todo caso, debe ser superior a 80 e inferior a 100. Llegados aquн, no es difнcil comprender que A, en el caso mencionado, podrнa satisfacer mejor sus necesidades incluso aunque tuviera que entregar 99 celemines de grano contra los 40 cбntaros de vino. De igual modo, tambiйn B tendrнa ventajas econуmicas en el caso de que sуlo, recibiera 81 celemines por sus 40 cбntaros. Pero como en nuestro ejemplo existe la posibilidad de que en el intercambio ambos sujetos obtengan mayores ventajas, es claro que cada uno de ellos intentarб sacar el mayor beneficio econуmico que le sea posible. Surge asн el fenуmeno de la vida cotidiana que llamamos regateo de precio. Cada uno de los contratantes se esfuerza por obtener la mayor porciуn posible en la realizaciуn prбctica de la ocasiуn de intercambio y por conceder al otro la menor parte posible de las ganancias. Se inclinarб, por tanto, a elevar sus precios tanto mбs cuanto menos conoce la situaciуn econуmica del otro negociador y los lнmites mбximos a que йste estб dispuesto a llegar. їCuбl serб el resultado, expresado en cifras, de esta lucha por el precio? Es seguro, como ya hemos visto, que el precio de los 40 cбntaros de vino supera los 80 celemines de grano, pero no llega a los 100. No es menos seguro, a mi entender, que el resultado serб favorable ya a uno o a otro de los negociadores, segъn sea la personalidad de cada uno de ellos, su mayor o menor conocimiento de la vida de los negocios y la situaciуn de la otra parte contratante. Pero dado que al fijar los principios generales no existe ninguna razуn para admitir que uno de los dos negociadores posea una habilidad econуmica muy superior a la del otro, ni que las demбs circunstancias que rodean a uno de ellos sean mucho mбs favorables que las del otro, podremos establecer la regla general -bajo el supuesto de unos individuos dotados de una misma habilidad econуmica y rodeados de unas similares circunstancias- de que el deseo de los dos, contratantes de conseguir la mayor ventaja econуmica posible paralizarб los esfuerzos de ambos y que, por tanto, el precio se situarб relativamente cerca del punto medio entre los dos extremos mбximos que ambos se pueden conceder. Volviendo a nuestro ejemplo, el precio de una cantidad de 40 cбntaros de vino sobre el que al final los dos se pondrбn de acuerdo acabarб por situarse entre un mнnimo de 80 celemines y un mбximo de 100, con la ulterior delimitaciуn de que bajo ninguna circunstancia serб ni inferior a 80 ni superior a 100. Pero ya dentro de estos limites, es de creer, siempre suponiendo que las demбs circunstancias son iguales, que ambos acabarбn aceptando los 90 celemines. Con todo, aun en el caso de que no se concertara este precio, no por ello quedarнa excluida la posibilidad de un intercambio econуmico, siempre que los precios no superen los lнmites ya mencionados. Lo que se ha dicho sobre la formaciуn del precio en el caso concreto anterior es igualmente vбlido respecto de todos los demбs. Dondequiera existen fundamentos para un intercambio econуmico entre dos sujetos respecto de dos bienes, aparecen, por la naturaleza misma de la relaciуn, unos determinados lнmites, dentro de los cuales tiene que llegarse a la fijaciуn del precio para que el intercambio de bienes tenga carбcter econуmico. Estos lнmites vienen dados por las diversas cantidades de bienes de intercambio que son equivalentes (en el sentido subjetivo de la palabra) para ambos contrayentes. (En el ejemplo descrito, 100 celemines de grano equivalen, para A, a 40 cбntaros de vino, mientras que para B esta misma cantidad de vino equivale a 80 celemines). Dentro de estos lнmites, la formaciуn del precio tiende a situarse en el tйrmino medio de las dos equivalencias (en el ejemplo citado, en 90 celemines, que es el tйrmino medio entre 100 y 80). De acuerdo con lo dicho, las cantidades de bienes que se entregan en un intercambio estбn exactamente determinadas por cada situaciуn econуmica concreta. Aunque, por supuesto, el capricho humano dispone de un cierto campo de juego, puesto que las cantidades de bienes pueden mantenerse dentro de una banda de fluctuaciуn sin que se pierda por ello el carбcter econуmico de la operaciуn de intercambio, es bien seguro que el mutuo intento de los contratantes por obtener las mбximas ventajas posibles en el negocio se verб paralizado en casi todos los casos y los precios tenderбn, por consiguiente, a situarse en el centro de la banda de fluctuaciуn. Si a lo dicho se aсaden factores individuales o de cualquier otro tipo en la situaciуn externa bajo la cual los dos sujetos econуmicos realizan el intercambio, entonces los precios pueden apartarse mбs o menos -siempre dentro de los lнmites antes expuestos- del punto medio natural, sin que por ello las operaciones de intercambio pierdan su carбcter econуmico. Estas oscilaciones no son, efectivamente, de tipo econуmico, sino debidas a factores individuales o estбn fundamentadas en causas externas peculiares, que no tienen carбcter econуmico. Si, en este caso, el monopolista A lleva al mercado un solo caballo, es seguro a tenor de cuanto se ha dicho en la secciуn anterior, que B1 podrб hacerse con йl en un precio que debe situarse entre los 70 y los 80 celemines. Pero imaginemos ahora que el monopolista A lleva al mercado no un caballo, sino 3. Nos hallamos entonces ante el caso que constituye el objeto de esta investigaciуn especial, y nos preguntamos: їquiйn o quiйnes de los ocho campesinos se quedarбn con los caballos que el monopolista ofrece a la venta y a quй precios? Si, para lograr una respuesta, tenemos a la vista la tabla anterior, se advierte, en primer lugar, que el primer caballo del que toma posesiуn B№ tiene para йste un valor de 80 celemines, el segundo de 70, el tercero de 60. En esta situaciуn B№ puede cambiar, con beneficios econуmicos, un primer caballo por un precio de entre 70 y 80 celemines, excluyendo asн a los restantes competidores. Pero respecto de un segundo caballo, actuarнa de forma antieconуmica si diera por йl 70 celemines o mбs, porque con este intercambio no atenderнa a la satisfacciуn de sus necesidades mejor que antes de cerrar el trato. En el tercer caballo, para poder eliminar a BІ de la competencia tendrнa que dar al menos 70 celemines, pero esto le acarrearнa perjuicios econуmicos. Aquн se echa de ver con mucha mayor claridad el carбcter no econуmico que tendrнa para B№ este intercambio. En el caso anterior nos hallamos, pues, ante una situaciуn econуmica en la que, respecto de los tres caballos puestos a la venta en el mercado, B№ sуlo puede excluir a todos sus competidores y estб dispuesto a pagar por cada uno de ellos el precio de 70 celemines o mбs. Pero si lo hace asн, sуlo obtiene ventajas econуmicas en el primer caballo, mientras que en el segundo y el tercero no obtiene tales beneficios. Como damos por sentado que B№ es un sujeto que actъa con criterios econуmicos, es decir, que no tiene el menor interйs en excluir sin razуn alguna, e incluso con pйrdidas propias, a sus competidores, sino que renuncia a toda adquisiciуn de cantidades de un bien monopolista que le suponga perjuicios econуmicos, que puede evitar con sуlo permitir que los demбs competidores intercambien cantidades del citado bien monopolista, es indudable que, en nuestro caso, y dado que el empeсo por excluir a todos los demбs competidores del bien monopolizado sуlo le acarrearнa, dada la situaciуn econуmica, perjuicios, B№ permitirб, en primer lugar a BІ, que participe en el intercambio de cantidades del bien monopolista. Puede incluso ocurrir que el comъn interйs con este ъltimo haga descender el precio de cada una de las cantidades parciales del bien monopolista, en nuestro caso de un caballo, por debajo de lo que serнa posible en las circunstancias dadas. Lejos, pues, de empujar el precio de un caballo hasta los 70 celemines e incluso mбs, tanto B№ como BІ tienen interйs en que este precio descienda por debajo de los 70 celemines tanto cuanto la situaciуn econуmica lo permita. Esta tentativa de B№ y BІ se verб limitada por la intervenciуn de los restantes competidores y en primer lugar por la de Bі y, por consiguiente, tendrбn que llegar a un acuerdo sobre un precio que excluya econуmicamente a estos ъltimos (incluido Bі) del intercambio con el bien monopolista. Asн pues, en nuestro caso el precio se fijarб en torno a los 60-70 celemines. Un precio situado dentro de estos lнmites permite efectivamente que B№ se procure un segundo caballo y BІ el primero, de una manera econуmica, mientras que todos los demбs competidores del bien monopolista quedan excluidos de una compra fijada en estas cantidades. Por otro lado, la formaciуn del precio dentro de esta banda es la ъnica posible. En efecto, si el precio se situara por debajo de los 60 celemines, no se excluirнa a B3 del negocio y, por consiguiente, procurarнa obtener para sн las ventajas derivadas de la utilizaciуn de las actuales circunstancias, mientras que con un precio superior a los 60 celemines, B№ y BІ todavнa estбn en situaciуn de alcanzar considerables beneficios que, como sujetos econуmicos que son, no dejarбn de aprovechar. Si el precio alcanza el nivel de los 70 celemines o mбs, BІ no podrнa comprar, de una manera econуmica, ningъn caballo y B№ sуlo podrнa comprar uno y, por tanto, sуlo podrнa adquirir de hecho uno de los tres caballos puestos a la venta en el mercado. En consecuencia, en nuestro caso, y desde un punto de vista econуmico, el precio no puede situarse por encima de los 60-70 celemines. Similar razonamiento puede hacerse en el supuesto de que A lleve al mercado no 3, sino 6 caballos. Verнamos que B№ puede adquirir 3 caballos, BІ 2, Bі 1, y que el precio oscilarнa entonces entre los 50 y los 60 celemines. Si A pusiera en venta 10 caballos, B№ podrнa comprar 4, BІ 3, Bі 2 y finalmente B4 1, cuyo precio quedarнa fijado entre los 40 y los 50 celemines. Es indudable que a medida que A aumenta el nъmero de caballos en venta, serнa de un lado cada vez menor el nъmero de campesinos excluidos de un intercambio provechoso en torno a las cantidades del citado bien monopolista y, del otro, que serнa cada vez menor el precio de cada cantidad concreta de dicho bien. Imaginemos ahora que B1, B2, etc., no son individuos concretos, sino representantes de grupos de la poblaciуn de un paнs. Supongamos que B№ engloba a aquel grupo de los individuos econуmicos que, respecto de los dos tipos de bienes de que hemos venido hablando (un bien monopolista y el grano), son los mбs capacitados y dispuestos al intercambio. BІ es el grupo de individuos econуmicos que sigue al primero, y asн sucesivamente. Nos hallamos entonces con la imagen del comercio monopolista tal como se da de hecho en las circunstancias normales de la vida. Vemos, efectivamente, que existen capas de poblaciуn de muy diversa capacidad de intercambio, que compiten en el mercado por unas determinadas cantidades de bienes monopolizados. Comprobamos que -al igual que ocurrнa con los individuos concretos de nuestro ejemplo anterior- las capas excluidas de la posibilidad de hacerse con cantidades de un bien monopolista en condiciones beneficiosas son tanto mбs numerosas cuanto menor es la cantidad del bien monopolista que aparece en el marcado y, a la inversa, los bienes monopolistas estбn al alcance de la capacidad de compra de mбs extensas capas de la poblaciуn cuanto mayor es la cantidad de este bien. Los precios de los bienes monopolizados suben y bajan siguiendo un curso paralelo al de la exposiciуn precedente. Resumiendo todo lo dicho, se obtienen los siguientes principios: 1. Las cantidades de un bien monopolizado que el dueсo pone en venta van a parar a las manos de aquellos competidores para quienes las unidades de este bien equivalen a la mayor cantidad del bien que debe darse a cambio. Estas cantidades del bien monopolizado se reparten entre los competidores de tal modo que para cada comprador de una cantidad parcial del bien una unidad del mismo equivale a una cantidad igual del bien intercambiado (por ejemplo, un caballo equivale a 50 celemines de grano). 2. La formaciуn del precio se mueve dentro de una banda cuyos limites vienen fijados por el equivalente de una unidad del bien monopolizado para aquel de los competidores que tiene menor capacidad y deseo de intercambio y el competidor mбs capacitado y deseoso, con exclusiуn de todos los restantes, para quienes el intercambio deja ya de ser beneficioso. 3. Cuanto mayor es la cantidad de un bien monopolizado puesto a la venta por su dueсo, menor es el nъmero de competidores que queda excluido de la posibilidad de hacerse con cantidades parciales de dicho bien en condiciones econуmicamente beneficiosas y mбs perfecta y completa es tambiйn la previsiуn de aquellos sujetos econуmicos que estarнan en situaciуn de adquirir una parte del bien monopolizado, incluso en el caso de que fueran escasas las cantidades del mismo puestas a la venta. 4. Cuanto mayor es la cantidad de un bien monopolizado puesto a la venta, mбs al alcance debe estar de las capas de competidores menos capacitados para el intercambio o menos inclinados a йl, si el dueсo desea vender toda la cantidad. Por consiguiente, cuanto mayor es la cantidad, mбs bajos serбn los precios por unidad del bien monopolizado.
c) Influencia del precio fijado por el monopolista sobre las cantidades del bien monopolizado puestas a la venta y sobre la distribuciуn de las mismas entre los competidores.
De ordinario, el monopolista no suele llevar al mercado unas determinadas cantidades del bien que posee con la intenciуn de venderlas a toda costa ni suele esperar, como en una subasta, que sea la competencia entre los diversos participantes la que marque el precio de su mercancнa. El camino usual sigue otro derrotero: el monopolista lleva al mercado una cantidad de su bien con la intenciуn de venderla, pero marca por sн mismo el precio de cada una de sus unidades. La razуn de esta conducta debe buscarse en consideraciones de tipo prбctico, sobre todo en la circunstancia de que el mйtodo de venta por subasta exige que se tenga en cuenta -si es que los precios han de fijarse respetando la influencia de todos los factores econуmicos eficaces- el mayor nъmero posible de competidores por el bien monopolizado y, al mismo tiempo, la observancia de un gran nъmero de diferentes formalidades. Ahora bien, este procedimiento es razonable en algunos casos excepcionales, pero no como norma. Asн pues, en todos aquellos casos en los que el monopolista puede contar con la concurrencia de todos o de un nъmero elevado de competidores y puede cumplir sin gran dispendio econуmico todas las formalidades exigidas, como ocurre, por ejemplo, con las subastas de un producto monopolizado en los mercados principales, anunciadas con suficiente antelaciуn, debe elegir la subasta como mйtodo mбs seguro para dar salida en condiciones econуmicamente favorables a la cantidad total del bien monopolizado de que dispone. En tйrminos generales, deberб recurrir a este sistema siempre que le interese la venta total de grandes cantidades del bien monopolizado en un perнodo de tiempo concreto. Pero, como ya hemos dicho, el camino usual por el que el monopolista pone a la venta sus mercancнas debe ser el de estar dispuesto a vender efectivamente las cantidades del bien de que dispone, pero ofreciendo a los competidores cantidades parciales del mismo a un precio ya fijado por йl. En estas circunstancias, es decir, en todos aquellos casos en los que un monopolista fija el precio de cada unidad de su bien y los competidores pueden satisfacer libremente sus necesidades del mismo al precio marcado o, dicho de otra forma, cuando el problema de la formaciуn del precio del artнculo de referencia estб ya resuelto de antemano, debemos investigar:
Primero, quй competidores quedan econуmicamente excluidos de la compra de unas cantidades del bien monopolista en virtud del precio marcado;
segundo, quй efectos tiene el precio marcado por el monopolista sobre las cantidades del bien puesto en venta, y
tercero, de quй manera se distribuye entre cada uno de los competidores la cantidad del bien monopolista que aparece en el mercado.
Es seguro, para empezar, que si el monopolista fija un precio tan alto por cada unidad de su bien que incluso para los competidores mбs capacitados y mбs dispuestos a hacerse con dicho bien el valor fuera inferior al precio marcado, todos los posibles compradores quedarнan excluidos de la adquisiciуn de cualquier cantidad parcial y, por consiguiente, no se venderнa el bien. Se producirнa entonces la situaciуn econуmica ya descrita en el varias veces mencionado esquema (pбg. 180): si el monopolista A fija el precio de un caballo en 100, o incluso sуlo en 80 celemines, es evidente que excluye la posibilidad de intercambio econуmico para los ocho competidores que figuraban en nuestro ejemplo. Pero supongamos ahora que nuestro monopolista no sitъa el precio de un caballo en un nivel tan alto como para excluir a todos los competidores de la posibilidad de un intercambio econуmicamente ventajoso de al ganas cantidades. Es claro que, entonces, impulsados por su deseo de mejorar su situaciуn econуmica, aprovecharнan la ocasiуn que se les presenta y que llevarнan a cabo algunas operaciones de intercambio con el monopolista, dentro de los lнmites expuestos en el capнtulo anterior. No es menos claro, de todas formas, que la extensiуn de estos intercambios estб esencialmente determinada por el nivel del precio. Imaginemos que A fija el precio de un caballo en 75 celemines. Se advierte bien que, en este caso, B№ estб capacitado para proceder al cambio en condiciones econуmicamente ventajosas. Por el precio de 62 celemines, B№ puede adquirir dos caballos y BІ uno. Si el precio desciende a 54 celemines, B№ puede comprar tres caballos, BІ dos y Bі uno. Con un precio de 36 celemines, B№ puede adquirir cinco caballos, BІ cuatro, Bі tres, B4 dos y B5 uno. Y asн sucesivamente. La anterior exposiciуn, en la que bajo B№, BІ, Bі, etc., podemos suponer no sуlo individuos aislados, sino grupos de competidores de diferente capacidad y voluntad de intercambio, nos presenta de una manera plбstica y sensible la influencia que el precio fijado por un monopolista ejerce sobre la economнa nacional, segъn los diferentes niveles de los precios. Cuanto mбs altos son йstos, mayor es el nъmero de individuos o, respectivamente, de capas de la poblaciуn que quedan totalmente excluidos del disfrute del bien monopolizado y mбs escasa la provisiуn de las capas restantes. Pero tambiйn es menor la cantidad de bien que vende el monopolista. En cambio, una moderaciуn de los precios excluye a cada vez menor nъmero de sujetos econуmicos (o respectivamente de capas de la poblaciуn) de la adquisiciуn de cantidades del bien monopolista, se satisface cada vez mejor la previsiуn de los que realizan intercambios y las ventas del monopolista siguen una lнnea ascendente. Todo lo dicho encuentra una mбs exacta formulaciуn en los siguientes principios:
1. Mediante los precios fijados por el monopolista para cada unidad de su bien, quedan totalmente excluidos de la compra de cantidades de este bien todos aquellos competidores para quienes aquella unidad es el equivalente de una cantidad igual o menor del bien que debe entregarse como contrapartida del intercambio que lo que importa el precio. 2. Los competidores por cantidades del bien monopolista para quienes una unidad del mismo es el equivalente de una cantidad del bien que debe entregarse en contrapartida mayor que lo que importa el precio fijado por el monopolista procurarбn hacerse con cantidades del bien monopolizado hasta aquel lнmite en el que una unidad del mismo llega a ser para ellos el equivalente de la cantidad del bien respectivo fijada por el precio del monopolista. La cantidad del bien monopolizado que pasa a las manos de cada uno de los competidores encuentra su medida en aquella cantidad respecto de la cual se dan para los sujetos afectados por los precios marcados por el monopolista los fundamentos para operaciones de intercambio econуmico. 3. Cuanto mбs elevado es el precio que establece el monopolista por una unidad de su bien, mбs numerosas son las capas de competidores que quedan eliminadas de la adquisiciуn de algunas cantidades y mбs incompleta es la provisiуn de este bien de las restantes capas de la poblaciуn. Pero tambiйn son menores las ventas del monopolista, mientras que en el caso contrario se registran los fenуmenos opuestos.
d) Los principios del comercio monopolista (polнtica monopolista) En las dos secciones precedentes hemos expuesto el influjo que ejerce una cantidad mayor o menor del bien monopolista puesto en venta sobre la formaciуn del precio o, respectivamente, el influjo que tiene el mayor o menor precio marcado por el monopolista sobre las cantidades que entran en el mercado. Hemos analizado tambiйn la influencia de estos dos factores -cantidades y precios- sobre la distribuciуn de los bienes monopolistas entre cada uno de los competidores. En el curso de la exposiciуn ha podido comprobarse que el monopolista no es la ъnica persona que determina todos y cada uno de los fenуmenos econуmicos que afloran a la superficie. No se trata tan sуlo de que tambiйn tiene aplicaciуn al comercio monopolista la ley general que establece que en todo intercambio deben obtener ventajas econуmicas las dos partes contratantes. Es que, ademбs, ni siquiera dentro de este reducido espacio de juego puede ejercer el monopolista un influjo ilimitado en los fenуmenos econуmicos. Como ya hemos visto, cuando el monopolista pone en venta en el mercado unas determinadas cantidades de su bien, no puede al mismo tiempo fijar el precio a su entera voluntad. Y si decide fijar el precio, entonces no puede al mismo tiempo llevar al mercado todas las cantidades que desea y venderlas todas al precio que йl mismo ha fijado. No puede, por ejemplo, pretender vender grandes cantidades de su bien y al mismo tiempo mantener tan altos los precios como si hubiera llevado cantidades pequeсas. Tampoco puede fijar un determinado nivel de los precios y conseguir al mismo tiempo vender tanta cantidad como cuando los precios son mбs bajos. Lo que le confiere una situaciуn excepcional en la vida econуmica es la circunstancia de que, en cada caso concreto puede elegir entre determinar -por sн solo y sin influjos de los restantes sujetos econуmicos- las cantidades del bien monopolizado puestas en circulaciуn o fijar el precio, segъn las ventajas econуmicas que le reporta una u otra de estas decisiones. Puede, por tanto, regular los precios a base de poner en venta unas cantidades mayores o menores de su monopolio o bien regular las cantidades a base de marcar unos precios mбs o menos elevados, segъn se lo aconseje su interйs econуmico. Asн pues, los precios del monopolista pueden tender al alza, dentro de los lнmites marcados por el carбcter econуmico de las operaciones de intercambio, si pone en venta pequeсas cantidades del monopolio, que, al mantener los precios elevados le prometen mayores beneficies. Y puede tambiйn bajar los precios si considera mбs ventajoso lanzar al mercado mayores cantidades del bien a precios mбs moderados. Puede tambiйn al principio fijar los precios mбs altos que le sea posible y de este modo poner en circulaciуn pequeсas cantidades y luego irlos bajando poco a poco, a medida que aumentan las ventas, de modo que accedan al mercado capas cada vez mбs extensas de la poblaciуn en el caso de que por este camino pueda obtener las mбximas ventajas econуmicas. Puede tambiйn proceder a la inversa y comenzar por lanzar al mercado grandes cantidades a precios reducidos, si asн se lo dicta su beneficio econуmico. Puede tambiйn ocurrir que en determinadas circunstancias crea que la situaciуn le aconseja dejar que se pierda alguna cantidad de sus bienes en vez de ponerla en circulaciуn, o renunciar a utilizar una parte de su potencial de producciуn o incluso destruirla en el caso de que, si lanzara al mercado toda la cantidad del bien monopolizado de que dispone de forma mediata o inmediata, estarнa al alcance de unas capas de la poblaciуn dotadas de tan escasa capacidad de compra que los precios tendrнan que ser muy bajos y, a pesar de los volъmenes de las ventas, la ganancia serнa mбs exigua que si destruye una parte del bien y hace que el resto sуlo pueda ser adquirido. a precios elevados, por las capas mбs pudientes de la sociedad [4]. La polнtica de los monopolistas, en cuanto sujetos econуmicos que buscan sus ventajas, no pretende, obviamente, ni fijar los precios mбs bajos posibles ni poner en circulaciуn la mayor cantidad posible del bien monopolizado. No tiende ni a poner su bien a disposiciуn del mayor nъmero posible de individuos o de grupos econуmicos ni a procurar que cada individuo concreto pueda satisfacer del mejor modo posible sus necesidades de este bien. Desde un punto de vista econуmico, el monopolista no tiene el mбs mнnimo interйs en ninguna de las dos cosas. Su polнtica econуmica se orienta a conseguir los mayores beneficios posibles de su bien. Por consiguiente, no pone en circulaciуn ni subasta la totalidad de las cantidades de que dispone, sino sуlo aquellas cantidades parciales de las que puede esperar que el precio le dй el mayor rendimiento. No marca unos precios que le permitan vender la totalidad de sus existencias, sino que los sitъa en el nivel que le promete el mбximo beneficio. Su mejor polнtica financiera consistirб, por tanto, en poner en circulaciуn aquellas cantidades de bienes o respectivamente en fijar aquellos precios que, en uno u otro casa, mejor le permitan alcanzar la meta antes seсalada. Serнa desacertada, en una perspectiva monopolista, su polнtica si pudiendo conseguir grandes beneficios a travйs de pequeсas cantidades, decidiera poner en circulaciуn cantidades mayores; y todavнa serнa mбs errуnea si en vez de limitar la producciуn del bien monopolizado a las cantidades de cuyas ventas puede obtener el mбximo beneficio, decidiera multiplicar estos bienes empleando para ello otros bienes econуmicos, es decir, con sacrificio por su parte, lo que harнa que sus beneficios fueran aъn menores. Serнa desacertada su polнtica si fijara precios tan bajos que, aun vendiendo grandes cantidades, obtuviera menores ventajas que si fijara precios altos. Y serнa, en fin, y sobre todo, desafortunada si hiciera descender los precios hasta un grado tal que todos los competidores hallaran base para un intercambio econуmico, de modo que no pudiera atender con su bien todas las demandas y algunos posibles compradores tuvieran que marcharse con las manos vacнas. Esto constituirнa un claro indicio de que los precios son demasiado bajos. Lo anteriormente dicho queda confirmado por la experiencia y por la historia. La polнtica de todos los monopolistas se ha movido siempre dentro de los lнmites antes marcados, que son los mбs ventajosos para su actividad econуmica. Cuando, en el siglo XVII, la Compaснa Holandesa de las Indias Occidentales dejу que se agostara una parte de sus plantaciones de especias de las Molucas o cuando se quemaron con frecuencia grandes cantidades de ellas en las Indias Orientales, asн como tabaco en Norteamйrica, cuando los gremios intentaban por todos los medios a su alcance reducir el nъmero de los artesanos (largos perнodos de aprendizaje, prohibiciуn a los maestros de tener un nъmero de aprendices superior al marcado, etc.), estaban tomando, desde el punto de vista monopolнstico, las medidas acertadas para regular las cantidades de mercancнas monopolizadas puestas en circulaciуn dentro de unos lнmites favorables a los intereses de los monopolistas o de las corporaciones. Cuando, como consecuencia de una configuraciуn mбs libre del mercado, de la producciуn fabril y de otras circunstancias que influyeron en el sector, no pudieron ya los gremios regular de forma autуnoma las cantidades de bienes puestas en circulaciуn, la organizaciуn gremial, considerada en su conjunto al perder su carбcter monopolнstico, perdiу a la vez toda su capacidad de acciуn. Los precios monopolistas y otros factores que influнan directamente en el precio tuvieron que ceder ante la presiуn de las mayores cantidades de bienes que afluнan al mercado. Los gremios, originariamente destinados a mantener a raya a los individuos aislados que ignoraban el interйs de todo el gremio o respectivamente el de la totalidad de los monopolistas (Ўreventadores de precios!) resultaron ser del todo insostenibles apenas dejaron de tener en sus manos la capacidad de fijar las cantidades puestas en circulaciуn en los mercados. De ahн que una regulaciуn de las cantidades de productos industriales introducidos en los mercados fuera siempre la tarea principal y la mбs celosamente cumplida por todos los gremiales. Sus enemigos mбs peligrosos eran aquellos que perturbaban aquella regulaciуn. Contra ellos invocaron incesantemente la protecciуn de las autoridades. El colapso provocado en esta actividad reguladora por las cantidades de productos industriales lanzados al mercado por la gran industria significу el fin de los gremios. Sintetizando cuanto se ha dicho en esta secciуn, se desprende que ya sea que el monopolista lleva al mercado una cantidad determinada de su monopolio o marque el precio de la unidad del bien monopolizado que llega al mercado, la fijaciуn del precio en el primer caso y la de la cantidad que entra en circulaciуn en el segundo, y en los dos la distribuciуn de los bienes, se regulan segъn unas leyes concretas. Se advierte asн que los fenуmenos econуmicos que aparecen en la superficie no son en modo alguno producto del azar, sino que tienen el sello de una estricta regularidad. Tampoco la circunstancia de que el monopolista pueda elegir entre regular los precios o bien regular las cantidades del bien monopolizado puesto a la venta implica, como ya hemos visto, indeterminaciуn respecto del fenуmeno econуmico que resulta de dicha elecciуn. Es cierto que el monopolista puede, a su voluntad, fijar precios mбs o menos elevados, o bien poner en venta mayores o menores cantidades del bien que posee, pero sуlo hay un determinado nivel del precio o una determinada cantidad del bien puesta en circulaciуn que responda plenamente a sus intereses econуmicos. Por consiguiente, el monopolista, en cuanto sujeto econуmico, no actъa por capricho cuando pone un precio o cuando manda al mercado unas determinadas cantidades de su bien, sino que se atiene a unos principios bien determinados. Cada situaciуn econуmica concreta estimula una formaciуn del precio y una distribuciуn de bienes que se mueve dentro de unos estrictos lнmites. Cualquier otra formaciуn del precio o distribuciуn de bienes queda excluida por antieconуmica, de tal suerte que los fenуmenos del comercio monopolista ofrecen a nuestra consideraciуn el cuadro de una rigurosa regularidad. Evidentemente, tambiйn aquн el error o un defectuoso conocimiento pueden inducir a desviaciones de la norma, pero se trata siempre de fenуmenos patolуgicos de la economнa, que en nada invalidan las leyes de la teorнa econуmica como tampoco las enfermedades corporales constituyen una prueba contra las leyes de la fisiologнa.
3.-FORMACIУN DEL PRECIO Y DISTRIBUCIУN DE BIENES EN LA MUTUA COMPETENCIA
a) El origen de la competencia Se entenderнa de una manera demasiado estrecha el concepto de monopolista si se le quisiera limitar a aquellas personas que estбn protegidas contra la competencia de otros sujetos econуmicos por el poder del Estado o por cualquier otra norma social. Hay personas que ya sea en razуn de sus propiedades o como consecuencia de unas capacidades o unas circunstancias peculiares, pueden llevar al mercado unos bienes respecto de los cuales otras personas econуmicas no pueden concurrir con una oferta similar, sea por imposibilidad fнsica o econуmica. Pero incluso allн donde no se dan estas circunstancias pueden aparecer monopolistas, sin ningъn tipo de limitaciуn social. El artesano que vive en un pueblo donde no existen otros del oficio, el comerciante, mйdico o abogado que fijan su residencia en un lugar donde hasta ahora nadie ejerce este oficio, arte o profesiуn, son, en cierro sentido, monopolistas porque los bienes que ofrecen en intercambio a la sociedad sуlo pueden ser prestados por ellos, menos en la mayorнa de los casos. Las crуnicas de algunas florecientes ciudades nos hablan no pocas veces de los primeros artesanos que se asentaron en ellas cuando todavнa eran pequeсas y de escasa poblaciуn. Todavнa hoy dнa quienes viajan por Europa oriental o visitan nuestras aparcadas aldeas encuentran por doquier este peculiar gйnero de monopolistas. El monopolio, concebido como situaciуn de hecho y no como limitaciуn social de la libre competencia, es, pues, de ordinario, lo mбs antiguo y primigenio, mientras que la competencia surge sуlo en una etapa posterior. Un honesto expositor de los fenуmenos peculiares del comercio de intercambio bajo el dominio de la competencia debe comenzar por analizar los fenуmenos del comercio monopolista. El modo como se desarrolla la competencia a partir del monopolio es un hecho нntimamente relacionado con el progreso de la cultura econуmica. El crecimiento demogrбfico, el aumento de las necesidades de cada uno de los individuos econуmicos, su creciente bienestar obligan a los monopolistas en muchos casos a excluir, incluso cuando se incrementa la producciуn, a capas cada vez mбs amplias de la poblaciуn del disfrute del bien monopolizado, lo que les permite elevar cada vez mбs sus precios. La sociedad se convierte por tanto en un objeto cada vez mбs favorable para la polнtica de exploraciуn monopolнstica. El primer artesano de la especialidad que se quiera, el primer mйdico, el primer abogado son personas bien recibidas en cualquier lugar. Si este profesional no encuentra ninguna competencia y el lugar vive una etapa de florecimiento, al cabo de algъn tiempo y casi sin excepciуn adquirirб entre las capas menos pudientes de la poblaciуn fama de hombre duro y avaricioso e incluso las clases mбs ricas le tendrбn por interesado. El monopolista no siempre puede responder a la creciente necesidad que la sociedad tiene de sus mercancнas (o respectivamente de sus servicios). Pero, aunque pudiera, es muy posible, como ya hemos visto, que no sea bueno para sus intereses econуmicos multiplicar sus servicios. Por consiguiente, en la mayorнa de los casos se verб obligado a tener que elegir una parte de los clientes que compiten por su bien monopolнstico y algunos de ellos o bien se verбn enteramente excluidos o bien atendidos de mala gana y no en buenas condiciones. Incluso los clientes mбs acomodados manifestarбn muchas veces sus quejas sobre negligencias de todo tipo y sobre el alto coste de los servicios. La situaciуn econуmica que acabamos de describir acostumbra a ser la que suscita la competencia, siempre que no surjan obstбculos sociales o de otro tipo. Nuestra tarea consiste ahora en analizar los resultados que se derivan de la apariciуn de esta competencia sobre la distribuciуn de bienes, el volumen de ventas y el precio de una mercancнa, comparбndolos con fenуmenos anбlogos ya observados en el comercio monopolista.
b) Influencia de las cantidades de una mercancнa ofrecida a la venta por la competencia sobre la formaciуn del precio y de los precios fijados por ella sobre el volumen de ventas y, en ambos casos, sobre la distribuciуn de las mercancнas entre los que compiten por ellas [5]
Partamos, para facilitar al mбximo la comprensiуn, del caso ya aducido al exponer las leyes del comercio monopolista. Sobre esta base, obtenemos el siguiente esquema:
Celemines de grano IIIIIIIVVVIVIIVIIIB№8070605040302010BІ70605040302010 Bі 605040302010 B45040302010 B540302010 B6302010 B72010 B810
Aquн, B№, BІ, Bі, etc., representan a individuos concretos o grupos de individuos para los que el primer caballo que adquieren es el equivalente de la cantidad de grano que figura en su respectiva columna. Cada nuevo caballo es el equivalente de una cantidad que tiene diez celemines menos que la precedente. La pregunta es ahora quй influjo ejercen las mayores o menores cantidades de una mercancнa ofrecidas por varios competidores sobre la formaciуn del precio o, respectivamente, sobre la distribuciуn de dichas mercancнas entre los que compiten por ellas. Comencemos por suponer que hay dos competidores que ofrecen, entre los dos, tres caballos a la venta. De ellos, el primero, A№, ofrece dos caballos, y el segundo, AІ, ofrece uno. Segъn cuanto hemos venido diciendo, es claro que en este caso el campesino B№ puede adquirir dos caballos y el campesino BІ uno. Cuanto al precio, se situarб entre 70 y 60 celemines, ya que el interйs econуmico de nuestros campesinos B№ y BІ excluye la posibilidad de un precio mбs elevado, y la competencia del campesino Bі impide un precio mбs bajo. Sigamos suponiendo que B№ y AІ ponen en venta, en conjunto, seis caballos. En este caso no es menos evidente que B№ puede adquirir tres caballos, BІ dos y Bі uno. El precio, esta vez, oscila entre los 60 y los 50 celemines [6]. Comparemos ahora la formaciуn de precios y distribuciуn de bienes referida aquн a unas determinadas cantidades de una mercancнa, puestas en venta por varios competidores, con la situaciуn que hemos observado a propуsito del comercio monopolista y veremos que se da una total analogнa. Ya sea un solo monopolista o sean varios los competidores que ofrecen a la venta una determinada cantidad de una mercancнa, y sea cual fuere el modo como los competidores concretos distribuyen la cantidad ofertada, la repercusiуn sobre la formaciуn del precio o, respectivamente, sobre la distribuciуn de los bienes entre los que compiten por hacerse con la respectiva mercancнa es siempre la misma. En resumen, la mayor o menor cantidad de un bien puesto a la venta tiene un influjo muy determinante sobre la formaciуn del precio y sobre la distribuciуn de los bienes y ello tanto en el comercio monopolista como en el comercio de intercambio bajo la influencia de la competencia, lo mismo si una determinada cantidad de una mercancнa es ofrecida a la venta por un solo monopolista o por varios competidores. Sea uno o sean varios, el hecho no ejerce ninguna influencia sobre los mencionados fenуmenos de la vida econуmica. Idйntico fenуmeno podemos observar allн donde se ofrecen mercancнas por unos precios determinados. El mayor o menor nivel del precio tiene, como ya hemos visto, una influencia muy importante tanto sobre el volumen total de ventas de las respectivas mercancнas como sobre la cantidad de la misma que puede adquirir de hecho cada uno de los competidores. Pero que las mercancнas (con los precios ya fijados) sean llevadas al mercado por uno o por varios sujetos econуmicos no tiene influjo ni inmediato ni necesario ni sobre el volumen de ventas en conjunto ni sobre las cantidades que pasan a manos de cada uno de los individuos econуmicos. Los principios que hemos venido desarrollando a propуsito de la repercusiуn de unas determinadas cantidades de una mercancнa puestas a la venta sobre la formaciуn del precio (pбg. 180), asн como los expuestos a propуsito del influjo de unos precios ya fijados sobre el volumen total de ventas de dichas mercancнas (pбg. 183 ss,) y tambiйn, en ambos casos, sobre su distribuciуn entre los varios sujetos que compiten por ellas son, en los que un nъmero de sujetos econуmicos (competidores en la demanda) entran en competencia para el intercambio de las cantidades de una mercancнa ofrecidas tambiйn por varios sujetos econуmicos (competidores en la oferta).
c) Efecto retroactivo de la competencia en la oferta de un bien sobre las cantidades del mismo puestas en venta y respectivamente sobre los precios de la oferta (polнtica de competencia)
Acabamos de ver que una determinada cantidad de un bien puesta a la venta forma unos precios determinados y que toda fijaciуn del precio determina un concreto volumen de ventas, que en ambos casos se da tambiйn una determinada distribuciуn de bienes y que en este aspecto es indiferente que la cantidad del bien en cuestiуn sea ofrecida al mercado por un monopolista o por varios competidores. Asн pues, ya sea un monopolista o sean varios los competidores que ponen en venta por ejemplo 1.000 unidades de un bien, en ambos casos, y bajo unas mismas circunstancias, serбn iguales tambiйn la formaciуn del precio y la distribuciуn de los bienes. Del mismo modo que una mercancнa sea ofrecida por un monopolista o por varios competidores a un precio determinado, por ejemplo, al precio de tres unidades de un bien por una unidad del primero, en ambos casos el volumen de ventas tendrб idйntica magnitud y serб igual la distribuciуn de las cantidades en venta entre los diversos sujetos que compiten por el bien en cuestiуn. Si, pues, la competencia en la oferta ha de tener alguna repercusiуn sobre la formaciуn del precio, sobre el volumen total de ventas y sobre la distribuciуn de un bien entre los que compiten por йl, esto sуlo puede ocurrir porque, bajo el imperio de la competencia en la oferta, entran en circulaciуn otras cantidades del bien en cuestiуn o porque estos competidores se ven obligados a ofrecer a la sociedad otros precios distintos de los que presenta el comercio monopolнstico. El objeto de nuestras siguientes reflexiones serб, pues, analizar el influjo de la competencia en la oferta de una mercancнa sobre las cantidades puestas en venta o, respectivamente, sobre los precios de la oferta. Para una mбs clara comprensiуn de los fenуmenos econуmicos aquн estudiados, comencemos por el caso mбs sencillo, a saber, que la cantidad del bien monopolizado hasta ahora por un solo monopolista pasa de pronto a dos competidores. El ejemplo mбs simple serнa suponer que a la muerte de un monopolista sus bienes y medios de producciуn se distribuyen a partes iguales entre dos herederos. No puede excluirse la posibilidad de que estos herederos, en vez de competir entre sн, decidan proseguir de comъn acuerdo la ya descrita polнtica monopolista del testador o mantener el mismo comportamiento con los consumidores, regulando, por tanto, al igual que antes, las cantidades de bienes lanzadas al mercado o, respectivamente, los precios de las mismas. Cabe tambiйn imaginar que, sin ponerse expresamente de acuerdo, pero guiados "por el mutuo y recнproco interйs", observen respecto de sus clientes la antes citada polнtica monopolista, en la medida en que esto redunda en su beneficio. En estos casos, presentes por doquier en la evoluciуn econуmica humana [7], nos hallarнamos otra vez ante los mismos fenуmenos que ya hemos podido observar a propуsito del comercio monopolista. Nuestros dos sujetos econуmicos no serнan competidores en la oferta, sino monopolistas. Y no es йsta la cuestiуn ahora analizada. Supongamos, pues, que los herederos del monopolista deciden llevar adelante, cada uno por su cuenta, y a su manera, el negocio heredado. Entonces nos hallamos ante una verdadera competencia y la pregunta que se nos plantea es saber quй cantidades del anterior bien monopolizado llegan ahora al mercado y cuбl es la diferencia respecto de la situaciуn anterior, o bien, quй precios fijarбn para su oferta ambos competidores. En la secciуn anterior hemos visto que no raras veces al interйs del monopolista le aconseja no lanzar al mercado ciertas cantidades del bien de que dispone, sino destruirlas o dejar que se pierdan, porque con una cantidad menor puede conseguir mayores ingresos que si pusiera en circulaciуn la cantidad total, a menor precio. Supongamos que un monopolista tiene 1.000 libras de una cierta mercancнa. Y supongamos una situaciуn econуmica en la que puede vender 800 libras a 9 onzas de plata por libra, mientras que si lanzara al mercado las 1.000 libras, sуlo alcanzarнa un precio de seis onzas por unidad. Puede, por tanto, obtener 6.000 onzas por las 1.000 libras o bien 7.200 por 800. Tratбndose de un sujeto que busca su interйs econуmico, es bien evidente en quй sentido harб su elecciуn. Destruirб 200 libras de la mercancнa o dejarб que se pierdan o buscarб cualquier fуrmula para retirarlas del mercado y sуlo pondrб en circulaciуn las restantes 800, o bien las marcarб el precio que le permite el antes mencionado beneficio, lo que viene a ser lo mismo. Pero si las 1.000 libras de que hablamos se distribuyen entre dos competidores, entonces ninguno de ellos por separado podrб mantener la polнtica descrita, porque les resultarнa antieconуmica. Efectivamente, si uno de ellos decidiera destruir 200 libras de la cantidad que le ha correspondido, o apartarlas de la circulaciуn, provocarнa ciertamente un aumento en el precio de la cantidad restante, pero lo que nunca podrнa conseguir, o sуlo en muy contadas ocasiones, es obtener un mayor beneficio. Supongamos que el primero de los competidores, a quien llamaremos A№, destruye 200 de las 500 libras de su monopolio o las retira del mercado. Podrб, por este medio, conseguir que el precio por unidad de este bien suba de seis a nueve onzas, segъn nuestra exposiciуn anterior. Pero ni aun asн alcanzarб los ingresos correspondientes a su cantidad total. El resultado de su decisiуn serнa que AІ consigue por sus 500 libras 4.500 onzas de plata (en vez de 3.000), pero A№ sуlo podrб obtener por las 300 libras que le quedan 2700 onzas (en vez de las 3.000 que podrнa haber conseguido por las 500 libras a seis onzas la libra). Dicho de otra manera, al proceder asн, las ventajas revierten sуlo en uno de los dos competidores, mientras que el otro experimenta sensibles pйrdidas. La primera consecuencia de la apariciуn de una autйntica competencia en la oferta es, pues, que ninguno de los competidores puede extraer ventajas econуmicas mediante el recurso de destruir o retirar de la circulaciуn una parte de la mercancнa de que dispone o de los medios de producciуn de la misma. La competencia elimina tambiйn otro fenуmeno de la vida econуmica caracterнstico del monopolio, a saber, la explotaciуn sucesiva de diversas capas de la poblaciуn ya mencionada en el capнtulo anterior. Vimos, en efecto, que a menudo puede resultar ventajoso para el monopolista lanzar al principio al mercado pequeсas cantidades a elevados precios y sуlo mбs tarde dejar que vayan accediendo al intercambio las capas menos capacitadas de la poblaciуn hasta que finalmente realiza sus negocios con todas ellas. Pero este procedimiento queda radicalmente eliminado por la competencia. Si A№, por ejemplo, decidiera, a pesar de la competencia de AІ, poner en prбctica esta sucesiva explotaciуn de las capas sociales, lanzando al principio al mercado pequeсas cantidades de su bien, no por ello conseguirнa elevar los precios hasta aquellos niveles de los que se le derivan ventajas. Lo ъnico que conseguirнa es que su competidor llenara los huecos dejados por йl y que se apropiara de los beneficios econуmicos perseguidos. Por lo que hace a las repercusiones de esta autйntica competencia sobre la distribuciуn de los bienes y la formaciуn del precio, hay que decir, en primer lugar, que en su virtud se eliminan aquellas dos desviaciones del comercio monopolista tan nefastas para la sociedad de que hemos hablado antes. Ahora, ninguno de los dos competidores tiene interйs en destruir una parte de la mercancнa de que disponen y respecto de la cual se entabla la competencia de la oferta, ni tampoco en aniquilar una parte de los medios para producirla. Por consiguiente, resulta imposible la sucesiva explotaciуn de las diferentes capas de la sociedad. Pero la apariciуn de la competencia tiene otra consecuencia aъn mбs importante para la vida econуmica de los hombres. Me refiero a la multiplicaciуn de las cantidades puestas ahora a disposiciуn de los hombres econуmicos y que hasta entonces habнan sido una mercancнa monopolizada. De ordinario, el monopolio lleva consigo la consecuencia de que sуlo se pone en circulaciуn una parte de la cantidad de los bienes monopolнsticos disponibles o, respectivamente, sуlo se aprovecha una parte del potencial de producciуn de los mismos. La autйntica competencia elimina inmediatamente esta nociva situaciуn. Pero, ademбs, se consigue que aumente la cantidad total de las mercancнas monopolizadas. Es muy raro el fenуmeno de que los medios de producciуn de que disponen dos o mбs competidores en la oferta sean mбs limitados que los que tiene un monopolista y, por consiguiente, las cantidades de mercancнa que poseen en conjunto varios competidores es mucho mayor y, en un gran nъmero de casos, significativamente mayor que la que puede llevar al mercado un monopolista. Asн, la consecuencia de la apariciуn de toda autйntica competencia es no sуlo que aumenta sustancialmente la cantidad de mercancнa puesta de hecho a la venta, sino ademбs -y esto es mucho mбs importante- que, si no existe un lнmite natural para los medios de producciуn, esta mercancнa, con precios cada vez mбs reducidos, se convierte en artнculo al alcance de cнrculos cada vez mбs amplios de la sociedad, de tal suerte que queda asegurada con mucha mayor plenitud la provisiуn de la saciedad en su conjunto [8]. La apariciуn de la competencia propina tambiйn un poderoso impulso a la tendencia de la actividad econуmica de las personas que toman parte en la producciуn de un bien. El monopolista se mueve por el impulso natural de hacer que los bienes que monopoliza lleguen sуlo a las capas mбs altas de la sociedad y por excluir a las menos pudientes del disfrute de este bien, porque de ordinario le resulta mucho mбs beneficioso y siempre mбs cуmodo tener grandes ganancias con pequeсas cantidades que no a la inversa. La competencia que se esfuerza por utilizar hasta las mбs pequeсas ganancias econуmicas dondequiera le resulta posible, tiene, en cambio, la tendencia a llegar con sus bienes hasta las capas mбs humildes de la sociedad, siempre que la situaciуn econуmica o permita. El monopolista conserva en su mano el poder de regular, dentro de ciertos lнmites, los precios o, respectivamente las cantidades del bien monopolizado puestas en circulaciуn, renunciando fбcilmente a las pequeсas ganancias que pueden derivarse de unos bienes puestos al alcance de los consumidores de las capas mбs pobres de la poblaciуn ya que de este modo puede explorar mejor a las mбs pudientes. Cuando existe competencia ocurre, por el contrario que dado que ningъn productor aislado tiene el poder suficiente para regular los precios o para determinar las cantidades de un bien lanzadas al mercado, cada uno de los competidores desea hacerse hasta con las ganancias mбs mнnimas y no dejan pasar las oportunidades de conseguirlas. La competencia lleva por tanto, de la mano de su tendencia a muchas pequeсas ganancias y de su alto nivel de actividad econуmica, a la producciуn masiva, ya que cuanto mбs pequeсa es la ganancia en cada uno de los bienes, mбs antieconуmica resulta la rutina comercial y cuanto mбs dura es la competencia menos posible resulta llevar adelante un negocio con mйtodos anticuados y poco imaginativos.
[1] Ya el mismo Aristуteles (Eth. Nicom., V, 7) incurriу en este error: "Cuando alguien recibe mбs de lo que tenнa originariamente, se dice que ha obtenido un beneficio, y si recibe menos, que ha sufrido una pйrdida. Asн ocurre en las compras y ventas. Pero si la posesiуn original no se hace ni mayor ni menor, sino que tras el intercambio permanece igual, se dice que cada cual tiene lo suyo, sin beneficios ni pйrdidas." Y prosigue (en V. 8): "Si se determina de antemano la igualdad proporcional y luego se procede a una compensaciуn o igualaciуn, esto es lo que decimos... Porque no es posible el intercambio si no hay posibilidad". Parecidamente Montonari (DeIla moneta, editorial Custodi, p. a. III, pбg. 119). Quesnay (Dialogue sur les travaux, etcйtera, pбg. 196, Daire) dice: Le commerce n'est q'un йchange de valeur pour valeur йgale." Cf. tambiйn TURGOT, Sur la formation et la distribution des richeses, § 35 ss.; LE TROSNE, De l'interкt social, cap. I, pбg. 903, Daire); SMITH, Wealth of Nat., cap. V; RICARDO, Prlnciples, Cap. I, Sect. I; J.B. SAY, Cours d'economie politique, vol. II, cap. 13, II, pбg. 204, 1828. En contra del anterior punto devista, ya Condillac (Le commerce et le gouvernment, 1776, I, cap. VI, pбg. 267, Daire), aunque con razones que pecan de unilaterales. Lo que Say, loc. cit., aduce contra Condillac parte de una confusiуn del valor de uso por parte de Coradillac (cf, op. ci!., pбg. 250 ss.) y de una confusiуn del valor de intercambio, entendido en el sentido de un equivalente de bienes, por parte de Say. Se trata, por lo demбs, de una confusiуn que ha llevado a Condillac a utilizar de una manera imprecisa la palabra valeur. Bernhardi (Versuch einer Kritik der Grьnde, etc., 1849, pбgs. 67-236) hace una crнtica a fondo de las teorнas inglesas del precio. Recientemente Rцsler ("Theorie der Preise", Hildebrand's Jahrbucher, vol. XIl 1869, pбgs. 81 y ss) y Komorozynski (Tьbinger Zeitschrift, 1869, pбg. 189 y ss.) han sometido a minuciosos anбlisis crнticos las teorнas hasta ahora expuestas sobre el precio. Cf. tambiйn KNIES, Tьbinger Zeitschrift, 1855, pбg. 467. [2] Hemos dicho antes que B№ excluye a BІ "econуmicamente", para expresar bien la diferencia que existe entre esta exclusiуn y la que se derivarнa del empleo de la fuerza fнsica o de los impedimentos jurнdicos para eliminar a BІ de los negocios de intercambio. Esta diferencia tiene mucha importancia, porque puede ocurrir fбcilmente que BІ llegue a ser propietario de cien celemines de grano, en cuyo caso contarнa con la posibilidad tanto fнsica como jurнdica de intercambiar el caballo de A. La ъnica razуn que le impide hacerlo, de hecho, es de naturaleza econуmica y consiste en que si entrega por el caballo mбs de 29 celemines, no satisface sus necesidades mejor que antes del intercambio. [3] Alguien podrнa creer que la formaciуn del precio en el caso descrito no se produce entre los 30 y los 80 celemines, sino que tiene lugar exactamente en la cantidad de 30 celemines. Se tratarнa de una opiniуn absolutamente correcta en el caso de una venta en pъblica subasta, sin fijaciуn de precios mнnimos, o cuando este precio de partida se hubiera fijado por debajo de los 30 celemines. En este supuesto, y a tenor del sentido que tienen las ventas pъblicas, es claro que A tendrнa que conformarse con un precio de 30 celemines. Las causas de la autйntica formaciуn del precio en las subastas obedecen a situaciones anбlogas a la descrita. Pero como quiera que el sujeto econуmico A no se somete de antemano a las condiciones que rigen en las subastas pъblicas y puede defender con entera libertad sus intereses, no existe ningъn obstбculo para que el precio se fije tambiйn en 79 celemines. Por otro lado, tampoco puede excluirse, desde un punto de vista econуmico, la eventualidad de que A y B№ convengan en fijar el precio en 30 celemines. [4] Se equivocarнa mucho quien pensara que los precios de un bien monopolizado suben o bajan en todas las circunstancias, o al menos de ordinario segъn una relaciуn inversa a la de las cantidades de este bien que el monopolista pone en circulaciуn o que, en todo caso, existe una relaciуn de proporcionalidad entre los precios fijados por el monopolista y las cantidades del bien monopolizado puestas en venta. El hecho, por ejemplo de que un monopolista decida llevar al mercado 2.000 unidades de una determinada mercancнa en vez de 1.000 no significa necesariamente que el precio por unidad baje de 6 a 3 florines sino que, segъn sea la situaciуn concreta, en un caso puede fijarse, por ejemplo, en 5 florines y en otro tal vez no llegue ni siquiera a los 2 florines. Los ingresos totales que un monopolista consigue con la puesta en venta de una gran cantidad pueden, bajo determinadas condiciones, ser exactamente iguales que los conseguidos con una cantidad menor, pero tambiйn pueden ser mayores o menores. Si, por seguir con el ejemplo seсalado, el monopolista pudiera conseguir 6.000 florines con la venta de 1.000 unidades, esto no significa necesariamente que con 2.000 unidades consiga tambiйn estos 6.000 florines, sino que, segъn sea la situaciуn de cada momento, puede llegar a 10.000 florines o tal vez no alcance los 4.000. La causa ъltima de este fenуmeno es que las series de equivalencias presentan una gran diversidad para los individuos concretos respecto de los diferentes bienes. Y asн, puede acontecer que para B la primera unidad del bien en cuestiуn que pasa a su propiedad sea el equivalente de 10 unidades del bien que ofrece en contrapartida la segunda de 9, la tercera de 4 y la cuarta tal vez sуlo de una unidad. En cambio, la serie anterior puede presentar, respecto de otro bien, la siguiente secuencia: 8, 7, 6, 5... Imaginemos que el primer bien representa cereales y el segundo algъn objeto o mercancнa de lujo, y entonces se ve claramente que la multiplicaciуn de las cantidades del primer bien puestas en venta inician, tras haber alcanzado un cierto nivel, un declive mucho mбs rбpido (y la disminuciуn de las cantidades en venta un aumento mucho mбs veloz) que en los precios de las mercancнas de lujo. [5] Cf. J. PRINCE-SMITH, en Vierteljahrschrift fьr VoIksw., 1863, IV, pбginas 148 y ss. [6] De lo dicho se desprende tambiйn claramente la gran importancia que tienen para la economнa humana los mercados, ferias, bolsas y, en general, todos los puntos de concentraciуn del comercio. Sin estas instituciones, en el marco de unas relaciones comerciales complejas, seria prбcticamente imposible llegar a una formaciуn econуmica de los precios. La especulaciуn que se desarrolla en estos centros tiene el resultado de impedir formaciones no econуmicas de precios (sea cual fuere la causa que podrнa producirlas) o al menos de debilitar sus nocivas consecuencias para la economнa (cf. J. PRINCE-SMITH en el Vierteljahrschrift fьr Volsw. de Berlнn, 1863, IV, pбgs. 143 ss.; O. MICHAELIS. ibid., 1864, IV, pбgs. 130 ss., 1865, V y VI; K. SCHOLZ, ibid., 1867, I, pбgs. 25 ss., y A. EMMINGHAUS, ibid.. pбgs. 61 ss). [7] No hay ningъn fenуmeno tan usual como el de un monopolista que se defiende, de la manera mбs encarnizada, contra la presencia de un competidor, ni tampoco hay ningъn espectбculo tan frecuente como el de ver que, al final, llega a un acuerdo con un competidor ya establecido. Su interйs consiste, pues, en impedir la presencia de la competencia. Si, a pesar de todo, йsta se afianza, entonces su interйs econуmico consiste en llevar adelante, mancomunadamente, una polнtica monopolista algo mбs mitigada, siempre que, tras la apariciуn del competidor, siga existiendo espacio de juego para dicha polнtica. En tales casos, una dura competencia suele ser igualmente desventajosa para los dos sujetos y por eso, de ordinario, aquellos competidores que al principio se enfrentaban con abierta hostilidad acaban por ponerse de acuerdo. [8] En las pбginas precedentes hemos aludido a las causas que hacen que, de ordinario, el monopolista no ponga en venta unas determinadas cantidades de su mercancнa para esperar que, a continuaciуn, se forme el precio de las mismas, al moda como acontece en las subastas pъblicas. En la mayorнa de los casos procede al revйs, es decir, fila de antemano unos precios determinados y espera la repercusiуn de los mismos sobre los volъmenes de ventas. Tambiйn aquн, cada uno de los competidores suele ofrecer sus mercancнas a unos precios concretos, calculados con antelaciуn, para obtener el mбximo beneficio posible. Pero lo que distingue la actividad de varios competidores de la del monopolista es que, como ya hemos visto, el interйs de este ultimo consiste en fijar unos precios tan altos que sуlo ponga a disposiciуn de los consumidores una parte de la cantidad total de sus mercancнas. En cambio, los primeros se ven obligados por la competencia a fijar los precios teniendo en cuenta la totalidad de las cantidades de que dispone el conjunto de los competidores. Por consiguiente -y prescindiendo aquн del error o la ignorancia de los sujetos econуmicos- el precio se forma bajo la influencia de las cantidades totales que los competidores ponen a la venta. A todo esto se aсade ademбs la circunstancia de que, como hemos visto antes, la competencia tiene que aumentar considerablemente la cantidad de mercancнas disponibles. Esta es la raнz autйntica de la moderaciуn de los precios derivada de las situaciones regidas por la ley de la competencia.
CAPITULO VI
VALOR DE USO Y VALOR DE INTERCAMBIO
a) Esencia del valor de uso y del valor de intercambio
Mientras que el nivel de
desarrollo económico de un pueblo se sitúe en cotas tan bajas que, al no
existir un comercio digno de mención, las necesidades de bienes de cada familia
deban ser directamente cubiertas por la producción familiar, los bienes sólo
tienen valor, evidentemente, para los sujetos económicos, bajo el supuesto de
que están capacitados, por su propia naturaleza, para satisfacer de forma
directa las necesidades de los individuos económicamente aislados y de sus
familias
[1]. Pero si, a consecuencia del creciente conocimiento de sus
intereses económicos, estos sujetos
El valor es, como ya hemos dicho, la significación que un bien adquiere para nosotros por el hecho de que somos conscientes de que dependemos de su posesión para la satisfacción de alguna de nuestras necesidades, de tal suerte que tendríamos que renunciar a esta satisfacción si no dispusiéramos de dicho bien. Si no se da esta condición previa, tampoco puede darse el fenómeno del valor. Y, como acabamos de ver, este fenómeno no está vinculado a la condición previa de que la manera de asegurar la satisfacción sea directa o indirecta. Para que un bien adquiera valor, debe asegurarnos la satisfacción de necesidades que no lo estarían si no dispusiéramos de dicho bien. Pero que lo haga de una manera directa o indirecta es una cuestión secundaria allí donde lo que se analiza es el fenómeno general del valor. Para un aislado cazador de pieles, la piel de un oso abatido sólo tiene valor en el caso de que si no dispusiera de ella tendría que renunciar a la satisfacción de alguna necesidad. Pero una vea que nuestro cazador entabla relaciones comerciales de intercambio, la piel tiene valor incluso en el caso de que no la necesite directamente. La diferencia entre ambos casos una diferencia que no afecta para nada a la esencia del fenómeno del valor en general consiste sólo en que en el primero, nuestro cazador se vería expuesto a las inclemencias del tiempo o tendría que renunciar a la satisfacción de alguna otra necesidad que puede ser directamente cubierta por la piel en cuestión, mientras que en el segundo tendría que renunciar a la satisfacción de necesidades que habría podido alcanzar a través de aquellos bienes de los que podría disponer indirectamente (por el rodeo del intercambio) mediante la posesión de la piel.
El
valor en el primero y en el segundo caso son, pues, solamente formas distintas
del mismo fenómeno de la vida económica. En ambos casos, este valor consiste en
la significación que adquieren para los sujetos económicos unos bienes en
cuanto que son conscientes de que de su posesión depende la satisfacción de sus
necesidades. Lo que da al fenómeno del valor su carácter peculiar en los dos
casos citados es la circunstancia de que los bienes de que disponen los sujetos
económicos alcanzan aquella significación que llamamos valor de los bienes en
el primer caso mediante su utilización directa y en el segundo mediante una
utilización indirecta. Se trata de una diferencia lo suficientemente
importante, tanto en la vida práctica como en nuestra ciencia, como para hacer
surgir la necesidad de buscar dos denominaciones específicas para estas dos
formas de un mismo fenómeno general del valor. Y así, llamamos a la primera
forma
El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta.
b)
En las economías aisladas, los bienes económicos de que disponen los individuos o tienen valor de uso o no tienen ningún valor. Pero también en las culturas altamente evolucionadas y en situaciones de activo comercio podemos contemplar numerosos casos en los que los bienes económicos de que disponen los sujetos carecen de todo valor de intercambio, aunque tienen a todas luces valor de uso para estas personas.
Las muletas que utiliza un hombre que adolece de una cojera especial, las notas que recopila un individuo y que sólo él puede utilizar, los documentos de familia, éstos y otros numerosos bienes tienen para unas personas concretas un valor de uso que a veces es muy importante. Pero en vano intentarían satisfacer de forma indirecta cualquier tipo de necesidades a base de intercambiar estos bienes por otros.
De todas maneras, en las culturas evolucionadas es mucho más frecuente el fenómeno contrario. Las gafas y aparatos que un óptico tiene en su almacén o los instrumentos quirúrgicos para quienes los fabrican y venden, las obras en idiomas extranjeros, accesibles a un reducido número de sabios, no tienen valor de uso ni para el óptico, ni para el fabricante, ni para el librero, pero son todos ellos para las citadas personas objetos de venta y, por tanto, casi siempre tienen de hecho valor de intercambio.
En estos y en todos los casos similares, en los que los bienes económicos tienen, para aquellos que disponen de ellos, o sólo valor de uso o sólo de intercambio, no puede plantearse la pregunta de cuál de las dos actividades económicas de los individuos en cuestión es la determinante. Con todo se trata de excepciones en la vida económica de los hombres. De ordinario, los individuos económicos pueden elegir, dondequiera se ha desarrollado un comercio de intercambio digno de mención, entre utilizar los bienes económicos de que disponen para la satisfacción directa o para la indirecta de sus necesidades. Y, por consiguiente, estos bienes tienen tanto valor de uso como valor de intercambio. Los vestidos, los muebles y adornos, las alhajas y otros innumerables bienes de que disponemos tienen de ordinario para nosotros un evidente valor de uso. Pero no es menos cierto que, dados los evolucionados estadios de nuestra economía podemos utilizarlos también de forma indirecta para la satisfacción de nuestras necesidades y tienen también, por tanto, al mismo tiempo valor de intercambio.
La diversa significación que tienen para nosotros unos bienes, según sean directa o indirectamente utilizables para la satisfacción de nuestras necesidades, se refiere tan sólo, como ya hemos dicho, a las distintas formas del único fenómeno general del valor. Pero, según sea su grado, esta significación puede presentar grandes diferencias en uno y otro caso. La copa de oro que le ha tocado en la lotería a un hombre pobre tiene para él, evidentemente, un gran valor de intercambio, porque por su medio podrá satisfacer de forma indirecta muchas necesidades que de otra manera quedarían insatisfechas. En cambio, para nuestro sujeto esta copa apenas encierra un valor de uso digno de mención. Y, al contrario, unas gafas bien reguladas tienen para un miope un gran valor de uso, pero su valor de intercambio es, en la mayoría de los casos, muy reducido.
Es
indudable que la vida económica de los hombres presenta numerosos casos en los
que los bienes de que dispone un sujeto tienen para él a la vez valor de uso y
valor de intercambio. No es menos indudable que estos dos valores aparecen no
raras veces ante nuestra observación como magnitudes muy diferentes. Surge,
pues, la pregunta de cual de estas dos magnitudes es, en un momento dado, la
determinante para la conciencia y la actividad económica humana o, con otras
palabras, cual de estos dos valores es en cada caso concreto el valor
La solución a la pregunta se deduce del análisis de la esencia de la economía humana y del valor. La totalidad de las actividades económicas de los hombres se guía por el principio de conseguir la más perfecta satisfacción posible de sus necesidades. Si las necesidades más importantes de los sujetos económicos quedan mejor cubiertas mediante la utilización directa de un bien que mediante la utilización indirecta, es evidente que si un sujeto económico recurre a la segunda posibilidad dejará de satisfacerse un mayor número de necesidades importantes que en el caso de una utilización directa. Por consiguiente, es indudable que para la conciencia y la actividad económica del individuo en cuestión será en este caso determinante el valor de uso, mientras que en la situación contraria lo será el valor de intercambio. Las necesidades cuya satisfacción queda asegurada en el primer caso mediante utilización indirecta son aquellas que todo individuo económico procura alcanzar y a las que tendría que renunciar de no poseer los bienes correspondientes. Así pues, en los casos en que un bien tiene para su propietario los dos valores, el de uso y el de intercambio es económico el que es mayor. Ahora bien, a tenor de cuanto se ha dicho en el capítulo IV, es claro que en todos los casos en los que existen las bases para un intercambio económico, el valor económico es el de intercambio. En caso contrario, predomina el valor de uso.
c)
Una de las tareas más importantes con que se enfrentan los agentes de la economía es conocer el valor económico de los bienes, es decir, poner en claro si el auténtico valor económico es el de uso o el de intercambio. De este conocimiento depende, en efecto, la respuesta a la pregunta de qué bienes o cantidades parciales de bienes le interesa conservar y cuáles debe vender. La recta valoración de esta relación es, a la vez, una de las más difíciles tareas de la ciencia práctica, y no sólo porque para ello es necesario tener una visión general de las ocasiones de uso y de intercambio, incluso en las relaciones comerciales más complicadas y evolucionadas, sino sobre todo porque las circunstancias que constituyen el fundamento de una recta valoración de la mencionada pregunta están sujetas a múltiples cambios. Es, en efecto, evidente que todo lo que puede disminuir para nosotros el valor de uso de un bien encierra en sí la capacidad mientras permanezcan inalterables las circunstancias de hacer que el valor económico de estos bienes sea el valor de intercambio y que todo lo que eleva el valor de uso de un bien tiene como consecuencia que para nosotros pase a segundo término el valor de intercambio. Inversamente, la elevación o disminución del valor de intercambio de un bien puede producir siempre bajo unas mismas circunstancias los efectos contrarios.
Entre las causas principales de este cambio se cuentan las siguientes:
Primero: El cambio de significación de aquellas necesidades a cuya satisfacción sirve un bien, en cuanto que para su propietario se deriva de aquí un aumento o disminución del valor de uso. Así, por ejemplo, la provisión de tabaco o de vino de que dispone una persona conserva para ella un predominante valor de intercambio cuando ha dejado de fumar o deja de gustarle el vino. Los cazadores o los deportistas, cuando han perdido la afición a la caza o al deporte, venden, únicamente por esta razón, sus escopetas y animales de caza, etc., porque al disminuir el valor de uso de estos bienes pasa a un primer término su valor de intercambio.
Estos
cambios suelen darse especialmente cuando se pasa de una etapa de la vida a
otra. La satisfacción de una misma necesidad tiene diferente significación para
un joven que para un hombre maduro y para éste distinta que para un anciano. La
evolución natural del hombre implica, pues, un cambio nada desdeńable en el
valor de uso de los bienes. Ocurre así que los sencillos medios de diversión
del nińo pierden su valor de uso y adquieren mayor valor de intercambio para un
joven, y lo mismo sucede respecto de los medios de trabajo del hombre maduro
respecto del anciano. No hay, pues, fenómeno más normal que el que los bienes
de uso predominantes en la edad infantil se vean privados de dicho valor en la
juventud. Vemos personas que, al entrar en la edad adulta, se desprenden de ordinario
de los objetos de recreo propios de la etapa juvenil y hasta de los medios de
aprendizaje y formación. Igualmente, los ancianos abandonan muy a menudo no
sólo los objetos de placer y recreo de la edad adulta, cuya utilización les
daba ánimo y vigor, sino que incluso traspasan a otras manos los medios con que
se ganaron la vida (fábricas, empresas y cosas semejantes). Si el movimiento
económico que es una consecuencia de esta circunstancia no aparece en la
superficie con toda la claridad que el curso natural de las cosas parece pedir,
la razón debe buscarse en la vida familiar de los hombres y en que los procesos
en virtud de los cuales la posesión de los bienes pasa de los miembros más
La elevación del valor de uso de un bien tiene, evidentemente, para su propietario el resultado opuesto. El dueńo de un bosque, por ejemplo, para quien las talas anuales habían tenido hasta ahora sólo un valor de intercambio, decidirá naturalmente poner fin a dicho intercambio si instala un alto horno de fundición de hierro, para cuyo funcionamiento necesita la totalidad de la producción de madera de su bosque. El literato que venía vendiendo sus originales a un editor dejará de hacerlo si funda su propio periódico, etc.
En segundo lugar, un simple cambio en la
composición de un bien puede introducir un desplazamiento del centro de
gravedad de su significación económica, en cuanto que se modifica su
Así, por ejemplo, los vestidos, los caballos, los perros, las carrozas y otros objetos similares, cuando sufren algún dańo externo visible pierden casi por completo su valor de uso para las gentes acaudaladas y aparece en el primer plano su valor de intercambio. También este valor disminuye, por supuesto pero no con la misma intensidad, para las citadas personas, que el valor de uso.
A la inversa, se dan muchos casos en los que los bienes experimentan tales modificaciones que pasa a segundo término el valor de intercambio, mientras que aumenta su valor de uso. Así, los tenderos y pasteleros dedican a su propio consumo los artículos que han sufrido algún dańo externo que les hace perder casi por entero su valor de intercambio, aunque con mucha frecuencia su valor de uso sigue siendo el mismo o en todo caso ha disminuido mucho menos que el primero. Similares fenómenos podemos observar en los restantes artesanos. Vemos así que, sobre todo en las pequeńas aldeas, los zapateros llevan los zapatos, los sastres los vestidos o los sombrereros los sombreros que tienen alguna pequeńa imperfección.
Llegamos ya a la tercera y más importante causa del desplazamiento del centro de gravedad económico del valor de los bienes: nos referimos a la multiplicación de la cantidad de bienes a disposición de los sujetos económicos.
Mediante la multiplicación de la cantidad de un bien cualquiera de que dispone una persona disminuye casi siempre en igualdad de circunstancias el valor de uso de una cantidad parcial del mismo, de tal modo que adquiere predominio su valor de intercambio. Recién recogida la cosecha, elvalor de intercambio del cereal es casi sin excepción para los agricultores el valor económico y así permanece hasta que las continuas ventas de cantidades parciales vuelven a poner en el primer plano el valor de uso. En los casos normales, durante el verano los cereales tienen para los agricultores básicamente un valor de uso. En otro pasaje de esta obra (cap. IV. § 2) hemos mostrado dónde está el limite en el que el valor de uso de los bienes comienza a perder importancia, en beneficio del valor de intercambio. Para un heredero, que ya antes de recibir la nueva hacienda tenía una casa bien puesta, los muchos y numerosos muebles heredados apenas si tienen valor de uso y, por consiguiente, adquieren mayor valor de intercambio. Por consiguiente, decidirá vender algunas piezas, hasta que el resto que le queda recupere un valor de uso más destacado.
Por el lado contrario, la disminución de la cantidad del bien de que dispone un sujeto económico tiene casi siempre la consecuencia de aumentar su valor de uso, de tal modo que pasen a este primer plano las cantidades de dicho bien que en otras circunstancias se habrían dedicado al intercambio.
Singular importancia tiene en este contexto la repercusión de las modificaciones en las posesiones de capital. El aumento o la disminución de capital equivale, para el sujeto económico que experimenta estas mudanzas y en situaciones de alta evolución del comercio, a un aumento o disminución de prácticamente todos los géneros de bienes económicos. Un hombre que cae en la pobreza se ve constreńido a limitar la satisfacción de casi todas sus necesidades. Algunas de ellas sólo las puede ya satisfacer de una manera cualitativa y cuantitativamente más imperfecta y otras tal vez queden del todo insatisfechas. Si, al empobrecerse, posee todavía algunos artículos de consumo o algunos objetos lujosos que, por ejemplo, contribuían a una satisfacción armoniosa de sus necesidades, pero ya no concuerdan con sus nuevas circunstancias económicas, nuestro hombre, en cuanto sujeto económico, procurará venderlas para atender, con el producto de la venta, a las necesidades más perentorias, personales y familiares, que de otra manera no podrían verse satisfechas.
Aquellas
personas que sufren grandes pérdidas de capital o de bienes por desafortunadas
especulaciones o por
[1] Cf. SCHMOLLER,
[2] Bernhardi afirma
CAPITULO VII
TEORΝA DE LA MERCANCΝA
§ 1.EL CONCEPTO DE MERCANCΝA EN SU SENTIDO POPULAR Y CIENTΝFICO
En toda economνa aislada, la actividad productiva de cada una de las personas econσmicas se dirige ϊnicamente a la producciσn de los bienes necesarios para el propio consumo. De este modo, queda excluida la producciσn de bienes con finalidades de intercambio en virtud de la propia y peculiar naturaleza de esta economνa. Para cubrir las propias necesidades, el jefe de familia puede distribuir las indispensables prestaciones laborales entre cada uno de los miembros del grupo familiar y entre sus criados, caso que los tenga, segϊn la capacidad y la habilidad de cada uno de ellos. Lo que caracteriza, pues, a una economνa aislada no es la ausencia de la divisiσn Ώel trabajo, sino su autosuficiencia, la orientaciσn exclusiva de las actividades laborales a la producciσn de bienes dictada por la propia necesidad y, en fin, la total carencia de bienes destinados al intercambio.
Se comprende bien, de todas formas, que en el αmbito de la economνa a la divisiσn del trabajo se mantenga dentro de unos limites muy reducidos. De ordinario, la necesidad que tiene una familia de un bien concreto es tan pequeρa que un individuo de la misma no puede dedicar toda su actividad exclusivamente a la producciσn del mismo. Las provisiones de que disponen suelen asimismo ser tan escasas que no les permite alimentar a numerosos trabajadores. Cuando la cultura empieza a evolucionar, nos ofrece, incluso en sus primeros peldaρos, la imagen de una divisiσn del trabajo mαs compleja que la de las economνas aisladas, en las que los sujetos econσmicos estαn subordinados a una divisiσn laboral muy escasa y a unas necesidades muy restringidas.
El primer paso hacia la
evoluciσn cultural econσmica de un pueblo se produce cuando unas personas
dotadas de especiales habilidades artesanas ofrecen sus servicios a la
colectividad y transforman, contra una prestaciσn, la materia prima que se les
ofrece. Los
El segundo paso en el camino de la evoluciσn cultural econσmica, signo a la vez de un creciente bienestar, se da cuando es el mismo artesano el que se procura las materias primas de sus productos, aunque ιstos sσlo los realiza por encargo expreso de los consumidores. Esta es la situaciσn que, con escasas excepciones, se registra en las pequeρas ciudades y tambiιn a veces en los pueblos de cierto tamaρo en el αmbito textil. El tejedor no produce todavνa tejidos destinados a una cierta venta, pero posee todo lo necesario para satisfacer con su propia fuerza laboral los deseos de los clientes, liberando a ιstos de la tarea, muchas veces pesada y antieconσmica, de comprar la materia prima requerida para la producciσn [1].
Este mιtodo de proveer de bienes a la sociedad significa un notable progreso tanto para los consumidores como para los productores, ya que hace que el proceso total sea mαs cσmodo y econσmico, pero todavνa adolece de algunos importantes inconvenientes. El consumidor se ve obligado a esperar durante algϊn tiempo para tener el producto y nunca estα seguro de antemano de su calidad. El productor unas veces no tiene trabajo y otras esta sobrecargado, de tal modo que hay perνodos en que permanece ocioso y otros en los que no puede dar abasto a los pedidos. Esta poco favorable situaciσn ha hecho que los productores creen bienes de incierta venta, que conservan en sus almacenes, para poder atender al instante a una eventual demanda. Este mιtodo de atender a las necesidades de la sociedad ha llevado, en los estadios mαs evolucionados de la economνa nacional, de un lado a la fabricaciσn industrial (producciσn en masa) y del otro a la compra por parte del consumidor de mercancνas (de confecciσn) ya acabadas. Asν, el productor puede aprovechar al mαximo la divisiσn del trabajo y el potencial de sus mαquinas, con alto nivel de ahorro econσmico, y el consumidor alcanza la mαxima seguridad (tiene a la vista el producto acabado) y comodidad.
El uso lingόνstico ha dado a
estos productos, que los productores o los intermediarios tienen a punto para
el intercambio, elnombre de
Con todo, la ciencia econσmica necesita, para sus exposiciones, de una denominaciσn que incluya a todos los bienes econσmicos susceptibles de intercambio, sea cual fuera su masa, corporeidad, volumen, movilidad, su carαcter como producto del trabajo o la persona que los ofrece. De ahν que un gran nϊmero de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancνas los bienes (econσmicos) de todo tipo destinados al intercambio.
De todas formas, el concepto de mercancνa en el sentido popular de la palabra conserva su importancia, no sσlo porque la legislaciσn [3] y un gran nϊmero de economistas polνticos lo entienden en este sentido, sino tambiιn porque una parte de los que entienden el concepto en su amplio sentido cientνfico acentϊan, en sus definiciones, ya uno ya otro, los elementos de la idea popular del concepto [4].
A partir de dicho concepto de mercancνa, entendido en su sentido cientνfico, se puede comprender de inmediato que el carαcter de mercancνa no es una propiedad intrνnseca del bien en cuestiσn, sino sσlo una especial relaciσn de la misma hacia aquella persona que dispone de ella, una relaciσn cuya desapariciσn entraρa, a su vez, la desapariciσn del carαcter de mercancνa de los bienes mismos. Y asν, un bien deja de ser mercancνa en el instante mismo en que el sujeto econσmico que dispone de ella renuncia a su intenciσn de venderla o bien pasa a manos de una persona que no tiene intenciσn de intercambiarla, sino de consumirla. El sombrero que un sombrerero tiene en su tienda o la pieza de seda puesta en el escaparte para su venta son, por ejemplo, mercancνas, pero dejan de serlo cuando el primero decide destinar el sombrero para sν o el dueρo de la tienda de modas decide regalar el vestido a su mujer. El azϊcar o las naranjas son mercancνas en manos del tendero, pero dejan de serlo apenas son adquiridas por el consumidor. El metal acuρado deja de ser mercancνa apenas pasa a manos de un propietario que no tiene intenciσn de intercambiarlo, sino que lo destina a un uso concreto, por ejemplo, cuando se le entregan monedas de plata a un platero para que haga una pulsera o un cinturσn.
En conclusiσn, el carαcter de mercancνa no sσlo no es una propiedad inherente a las cosas, sino que de ordinario es tan sσlo una relaciσn pasajera de la misma a los sujetos econσmicos. Hay ciertos bienes que sus propietarios destinan al intercambio con los bienes de otros sujetos econσmicos. Durante el perνodo de tiempo en que estos bienes corren a travιs de varias manos, desde el primer propietario hasta el ϊltimo, los llamamos mercancνas. Cuando ya han alcanzado su objetivo econσmico, es decir, cuando llegan a poder de los consumidores, dejan evidentemente de ser mercancνas y se convierten en bienes de uso, en el sentido estricto de la palabra, contrapuesto al de mercancνa. Donde no ocurre asν, por ejemplo, muy frecuentemente en el caso del oro, la plata, etc., sobre todo bajo la forma de metal acuρado, siguen siendo mercancνas, ya que se hallan insertas en la relaciσn de la que se deriva el carαcter de las mercancνas [5].
§ 2.LA CAPACIDAD DE VENTA DE LAS MERCANCΝAS
a)
Los investigadores de la economνa nacional han consagrado siempre una especial atenciσn al problema de las causas de las diferentes y cambiantes relaciones de las cantidades de bienes que aparecen en las operaciones de intercambio. La tentativa por resolver este problema ha dado pie a numerosas reelaboraciones de nuestra ciencia, que se presentan con el carαcter de independientes. En algunas de ellas, la ciencia de la economνa se ha convertido incluso en una teorνa de los precios. Se ha dedicado, en cambio, escasa atenciσn hasta ahora a la circunstancia de que no todos los bienes pueden intercambiarse con la misma facilidad. Y, sin embargo, las palpables diferencias de esta capacidad o facilidad de venta (vendibilidad) de las mercancνas son un fenσmeno de tal importancia prαctica y el ιxito de la actividad econσmica de los productos y comerciantes depende hasta tal punto, y en cada caso concreto, del correcto conocimiento de las influencias que se registran en este αmbito, que la ciencia econσmica no puede seguir prescindiendo por mucho tiempo de una exacta investigaciσn de la naturaleza y de las causas de este fenσmeno. Es tambiιn evidente que la teorνa, vivamente controvertida hasta nuestros mismos dνas, sobre el origen del dinero el mαs vendible de cuantos bienes existen sσlo en este marco de investigaciσn puede encontrar una explicaciσn y fundamentaciσn plenamente satisfactoria.
Hasta donde alcanzan mis conocimientos, la vendibilidad de las mercancνas tiene cuatro clases de limitaciones:
El propietario de una mercancνa no puede venderla a cualquier persona. De ordinario, sσlo existe un cνrculo concreto y determinado de individuos capacitados para adquirirla.
No tiene la menor posibilidad de vender sus mercancνas a quienes:
Si agrupamos ahora los cνrculos de personas a los que se imita la posibilidad de venta de las diferentes mercancνas, resultarα un cuadro que presenta grandes disparidades. Compαrense los grupos a quienes puede venderse pan y carne con aquellos otros que pueden comprar instrumentos de astronomνa, los que compran vino y tabaco con aquellos otros que adquieren obras escritas en sαnscrito. Idιntica observaciσn puede hacerse, e incluso de manera casi mαs llamativa, respecto de las distintas clases de mercancνas de un mismo gιnero o especie. Nuestros σpticos preparan gafas para todo tipo de defectos de la vista, ya sea miopνa o presbicia, y lo mismo hacen, en sus respectivos bienes, los fabricantes de sombreros, guantes, zapatos y artνculos de piel; los producen, efectivamente, de todos los tamaρos y calidades. Pero, Ώcuαl es la diferencia entre los grupos de personas que pueden comprar gafas para miopes o para prιsbitas? ΏCuαl es la diferencia entre el cνrculo de personas con posibilidad para comprar guantes y sombreros de tamaρo normal y aquellos que deben adquirir tamaρos o medidas fuera de lo usual?
Para
que una mercancνa pueda venderse en un determinado lugar se requiere, aparte la
anterior exigencia, que
b) que los costes y desembolsos inherentes a dicho transporte no eliminen las expectativas de beneficio depositadas en el intercambio (pαgina 168 y sigs.).
Por lo que hace al alcance de estos lνmites, debe decirse que las diferencias que presenta no son menores, en cada mercancνa concreta, que las que ya hemos observado a propσsito de los cνrculos de personas a quienes pueden venderse. Hay mercancνas cuya necesidad se circunscribe a unas determinadas regiones y que, por tanto, sσlo pueden venderse en unos lugares concretos, otras pueden venderse en comarcas enteras, bien de un determinado paνs, bien de todos los paνses de elevada cultura. Otras, en fin, pueden venderse en cualquier lugar habitado de la tierra. Los peculiares sombreros de ciertas regiones campesinas tirolesas estαn circunscritos a unos valles concretos, y los sombreros de los campesinos bαvaros o de los agricultores hϊngaros sσlo tienen ventas en las regiones de Baviera o de Hungrνa. En cambio, los sombreros de la ϊltima moda francesa tienen abiertos los mercados de todas las regiones civilizadas. Por la misma razσn, la venta de las pesadas ropas de pieles estα circunscrita a las regiones septentrionales, las de espesa lana a las zonas del Norte y el Centro, mientras que las ligeras piezas de algodσn pueden venderse en, prαcticamente, toda la tierra.
Una diferencia no menos importante respecto de la extensiσn geogrαfica en que pueden venderse las mercancνas es la derivada de los costes econσmicos exigidos por el transporte a los mercados distantes. La zona de venta de las piedras normales de construcciσn extraνdas de una cantera alejada de un canal navegable, o la zona de venta de la arena normal, arcilla o estiιrcol animal en regiones carentes de ferrocarril no supera un radio de dos a tres millas, e incluso en regiones provistas de vνas fιrreas no suele pasar de las 15 σ 20 millas. La zona de venta del carbσn de piedra, turba o madera es, bajo las mismas circunstancias, algo mαs amplia, pero siempre limitada. En cambio, es considerablemente mαs extensa la zona de venta del hierro o el de los cereales, y mαs aϊn la del acero y la harina. Los metales nobles, las piedras preciosas y las perlas pueden venderse en prαcticamente todas las regiones de la tierra en las que hay necesidad de estos bienes y suficientes medios de intercambio.
Los sacrificios econσmicos exigidos por el transporte deben ser cubiertos con la diferencia del precio entre el lugar en que se producen los artνculos y aquel en el que se venden. En el caso de mercancνas poco valiosas, tal diferencia nunca puede ser de suyo importante. La leρa para combustible de las selvas vνrgenes de Brasil o de algunas regiones de Europa oriental, puede conseguirse a precios muy bajos y, en algunos casos, pueden incluso adquirirse grandes cantidades de balde. Pero el precio de un quintal de esta leρa nunca es tan grande que pueda cubrir la diferencia de precio entre el lugar de consumo y el de producciσn. Ni siquiera en el caso de que este precio fuera cero en el lugar de origen podrνan cubrirse los gastos de transporte a un lugar muy distante. En cambio, cuando se trata de bienes caros, por ejemplo, relojes de bolsillo, la diferencia entre el precio de un quintal de esta mercancνa en el lugar de producciσn y la de los mαs distantes mercados, por ejemplo desde Ginebra a Nueva York o Rνo de Janeiro, puede ser tan considerable, a pesar de que el precio es ya elevado en el primer mercado, que justifique los gastos y desembolsos del transporte de la mercancνa hasta los lejanos y potenciales mercados. Cuanto mαs preciosa es una mercancνa, mαs extensa es su zona de mercado en igualdad de circunstancias.
La capacidad de venta de las mercancνas tiene, en tercer lugar, una limitaciσn de tipo cuantitativo.
Desde este punto de vista, la posibilidad de venta estα condicionada por la necesidad aϊn no cubierta de la mercancνa en cuestiσn y ademαs limitada a aquellas cantidades respecto de las cuales se dan los fundamentos para operaciones de intercambio econσmico. Puede ser, desde luego muy amplia la necesidad que un individuo tiene de una mercancνa, pero mαs alIα de estos lνmites, y dentro de un determinado perνodo de tiempo, no puede contarse con que adquiera mαs cantidad de la misma. E incluso dentro de los lνmites de su necesidad, nuestro individuo sσlo intercambiarα aquellas cantidades para las que existan fundamentos suficientes para operaciones de intercambio econσmico. La demanda total de una mercancνa se compone de las demandas individuales de la misma. Dado, pues, que la cantidad total de una mercancνa que puede venderse a los miembros de una sociedad estα estrictamente limitada por la situaciσn econσmica de dicha sociedad, no puede pensarse en una venta que supera estos lνmites.
Por lo que hace a la amplitud de estos ϊltimos, tambiιn aquν se registra una gran diversidad respecto de cada bien concreto. Hay mercancνas que, en razσn de su limitada necesidad bajo cualquier circunstancia, sσlo pueden venderse en reducidas cantidades. Hay otras cuya necesidad es mayor y, por consiguiente, sus lνmites cuantitativos de venta son mucho mαs amplios y hay otras, en fin, de las que pueden venderse fαcilmente todas las cantidades disponibles.
El editor de una obra sobre la lengua de los indios tupi puede contar con vender poniendo un precio moderado a la obra unos 300 ejemplares, pero ni siquiera rebajando mucho el precio tendrα unas ventas superiores a los 600 ejemplares. Una obra de alta especializaciσn, por la que sσlo se interesa un reducido nϊmero de especialistas, estα pensada, de ordinario, para satisfacer la necesidad de varias generaciones de entendimiendos en la materia, y, con mucha frecuencia, sσlo se va vendiendo a medida que crece la fama de su autor. En todo caso, la venta es siempre lenta. En cambio, una obra cientνfica que analiza temas de interιs general puede contar, a pesar de su carαcter especializado, con una venta de varios miles de ejemplares. Los escritos de divulgaciσn cientνfica pueden llegar a los 20.000 σ 30000 ejemplares e incluso mαs, y las obras de los grandes poetas pueden alcanzar, en circunstancias muy favorables, muchos cientos de miles de tirada. Piιnsese en la gran diferencia existente, respecto de los lνmites cuantitativos de la capacidad de venta de una obra, entre un libro dedicado a la Antigόedad peruana y un libro de poesνas de Friedrich Schiller, o entre una obra en sαnscrito y un drama de Shakespeare. Y mayor aϊn es la diferencia, en este αmbito de los limites cuantitativos de la capacidad de venta de un producto, cuando se comparan mercancνas como el pan o la carne de un lado o la quina y el castσreo por otro, o tejidos de lana y algodσn frente a instrumentos astronσmicos o preparados anatσmicos. Compαrense, en fin, los limites cuantitativos de la posibilidad de venta de sombreros y guantes de tamaρo normal y los que se alejan de estas medidas.
Existe, finalmente, y en cuarto lugar, un lνmite a la posibilidad de ventas de las mercancνas en razσn del marco temporal dentro del cual es posible llevar a cabo la venta.
Hay bienes de los que sσlo existe necesidad en invierno, de otros sσlo en verano y otros, en fin, que sσlo tienen demanda dentro de unos ciertos limites temporales, mαs o menos amplios, mαs o menos pasajeros. Los programas para unas fiestas prσximas, las exposiciones de arte y, en cierto sentido, los periσdicos y los artνculos de moda son bienes de este tipo. Tambiιn tropiezan con estas limitaciones temporales los bienes de rαpida descomposiciσn o difνcil conservaciσn.
A todo esto se aρade ademαs la circunstancia de que el mantenimiento de los bienes en almacenes exige, de ordinario, nada desdeρables sacrificios econσmicos a sus dueρos. Lo que se ha dicho respecto de los costes de fletes en el aspecto espacial de la capacidad de venta de las mercancνas, puede decirse, en el aspecto temporal, respecto de los costes de almacenaje, conservaciσn y pιrdidas de intereses. En nuestras circunstancias culturales, el ganadero que pone a la venta la carne de sus rebaρos debe prestar mucha atenciσn y procurar necesariamente vender sus mercancνas dentro de unos estrictos lνmites de tiempo, debido a los grandes gastos que implica la limitada capacidad de conservaciσn del producto, las pιrdidas de intereses y otros sacrificios econσmicos vinculados al mantenimiento en buenas condiciones de los animales sacrificados. Pero tambiιn chocan con estos lνmites temporales los negociantes de lana o de hielo, ya que tambiιn estas mercancνas tienen una capacidad de venta condicionada por el tiempo, en parte por razones fνsicas y en parte econσmicas (costes de almacenaje, pιrdidas de intereses).
Una vez mαs, tambiιn respecto de estas mercancνas podemos observar grandes diferencias. Los lνmites temporales dentro de los cuales se mueven, por ejemplo, las ostras, el pescado fresco, las comidas y bebidas preparadas, las flores, los programas para las prσximas fiestas, los periσdicos polνticos y otras cosas similares se reducen, de ordinario, y consideradas en su conjunto, a unos pocos dνas y no pocas veces a unas pocas horas. La fruta fresca, muchos artνculos de moda, las piezas cobradas en la caza, algunos objetos de alfarerνa, etc., no pasan de unas pocas semanas, otras mercancνas se reducen a unos pocos meses, mientras que hay otras, en cambio, dotadas de tal capacidad de conservaciσn y con una demanda tan permanente que pueden mantenerse en venta por aρos, decenios e incluso siglos.
Aραdase, ademαs, que los sacrificios econσmicos exigidos por la conservaciσn y almacenaje de las mercancνas son de muy diversa magnitud y que de aquν nace un nuevo e importante factor de diversidad respecto de los lνmites temporales de la capacidad de venta de las mercancνas. Quien vende, por ejemplo, leρa para combustible o piedras de construcciσn, que pueden almacenarse al aire libre, no se verα de ordinario obligado a una venta rαpida como eI comerciante de muebles y ιste, a su vez, se verα menos constreρido que el tratante en caballos, mientras que los propietarios de oro, plata, diamantes y otros bienes similares (y prescindiendo aquν de las pιrdidas de intereses) pueden almacenar sus mercancνas casi sin costes y, por consiguiente disponen de lνmites temporales para su capacidad de venta mucho mαs amplios que el de los casos antes mencionados.
b) Diverso grado de la capacidad de venta de las mercancνas
Hemos visto hasta ahora que la capacidad de venta de las mercancνas tropieza con limitaciones, unas veces en razσn del mayor o menor cνrculo de personas, y otras en razσn de fronteras espaciales, temporales y cuantitativas. Pero todo ello se refiere ϊnicamente a las fronteras o limitaciones exteriores dentro de las cuales se mueve la capacidad de venta de las mercancνas segϊn las correspondientes situaciones econσmicas. Nos queda ahora por investigar de quι causas depende la mayor o menor facilidad con que pueden venderse unas mercancνas dentro de los lνmites ya citados de su capacidad de venta.
Para lograr una respuesta es necesario adelantar algunos conceptos sobre la naturaleza y la definiciσn de las mercancνas. La mercancνa es un bien econσmico destinado al intercambio. Pero no se define ϊnicamente en razσn del intercambio. El dueρo de las mercancνas tiene, sin duda, la intenciσn de intercambiarlas. Pero no a cualquier precio. Quien tiene un almacιn de relojes de bolsillo podrνa venderlos en prαcticamente cualquier circunstancia, si los diera a un tαler (aproximadamente 5 ptas.) la pieza y lo mismo puede decirse de un comerciante en pieles que pusiera νnfimos precios a sus mercancνas. Y, no obstante, los mencionados comerciantes se quejarαn mαs de una vez con toda razσn del poco negocio de ventas, porque aunque ciertamente quieren vender sus productos, no quieren darlos a cualquier precio, sino a uno que estι acorde con la situaciσn econσmica general.
Ahora bien, los precios efectivos son el resultado de la correspondiente situaciσn de la competencia (pαg. 191) y responden tanto mejor a la situaciσn econσmica general cuanto mαs completa sea la competencia por ambas partes. Si, por cualquier circunstancia, se retira de esta competencia una parte de aquellos que tienen necesidad de una mercancνa, baja el precio por debajo del nivel correspondiente a la situaciσn econσmica general. Si se retira la competencia en la oferta se eleva en el mismo grado el precio de las mercancνas.
Ahora bien si la competencia en torno a una mercancνa no estα regulada, de tal suerte que exista el peligro de que sus propietarios no puedan venderla a precios econσmicos, mientras que no existe tal peligro para los propietarios de otras mercancνas o al menos no en la misma medida, entonces es claro que esta circunstancia genera una diferencia muy importante en la capacidad de venta de las mercancνas en cuestiσn. Efectivamente, habrα unas mercancνas que, dada su composiciσn, podrαn ser intercambiadas con facilidad y seguridad, mientras que otras sσlo podrαn hacerlo a costa de sacrificios econσmicos y, en determinadas circunstancias, ni siquiera bajo este supuesto.
Los mercados, ferias, bolsas, las subastas periσdicas, tal como suelen celebrarse en las grandes ciudades marνtimas, y otras instituciones pϊblicas similares persiguen el objetivo de reunir permanentemente o cuando menos a intervalos regulares y en determinados puntos a todos los interesados en la formaciσn del precio de una mercancνa, para conseguir que dicho precio se sitϊe en niveles econσmicos. De ahν que respecto de aquellas mercancνas para las que existe un mercado regulado sus dueρos pueden venderlas fαcilmente a precios que responden a la situaciσn econσmica general, mientras que aquellas otras cuya venta no tiene esta regulaciσn deben ponerse en venta con precios no regulados, cambiantes, y a veces incluso ni siquiera pueden venderse. Crear un mercado para un artνculo tiene la consecuencia de que abre a los productores del mismo, y respectivamente a sus vendedores, la perspectiva de poder vender siempre su mercancνa a precios econσmicos. Es evidente, por ejemplo, que la creaciσn de un mercado de lana o de cereales en una ciudad aumenta significativamente la capacidad de venta de estos dos productos en las regiones productoras cercanas. Del mismo modo, la cotizaciσn en bolsa de los efectos contribuye poderosamente a aumentar la capacidad de venta de estos efectos porque se consigue una formaciσn de precio econσmico para tales ventas y esta circunstancia aρade una garantνa adicional en favor de los propietarios de aquellos efectos bursαtiles.
Hay que tener en cuenta que los consumidores deben ponerse de acuerdo con los propietarios de las mercancνas y que este requisito se cumple a la perfecciσn en el comercio al por mayor mediante la costumbre de los propietarios de concentrarse cuanto les es posible en unos lugares determinados, originando asν una similar concentraciσn de los consumidores. De este modo, aumenta considerablemente la probabilidad de que las mercancνas puedan venderse a precios econσmicos. La ausencia general de este tipo de concentraciones en el caso del comercio al por menor o detallista perfectamente explicable en razσn de la comodidad y del ahorro de tiempo de los clientes es la causa principal de las formaciones de precios menos econσmicos que se advierten de ordinario en esta ϊltima rama del comercio.
La circunstancia de que existan unos puntos concretos de concentraciσn para el trαfico y la formaciσn del precio econσmico de una mercancνa no tiene sσlo la consecuencia de que su venta se realice a precios econσmicos. Los precios formados en estos centros de contrataciσn llegan poco a poco a conocimiento del pϊblico y los medios de comunicaciσn ofrecen tambiιn a los interesados situados fuera de aquellos centros la posibilidad de cerrar sus negocios a unos precios adecuados a la respectiva situaciσn econσmica. Es muy raro el caso de que los grandes compradores y vendedores puedan ejercer a travιs de sus transacciones un influjo determinante sobre la formaciσn del precio de una mercancνa. Pero los pequeρos comerciantes, cuyos negocios son demasiado insignificantes para producir oscilaciones de precios dignas de menciσn, pueden, gracias a las mencionadas publicaciones, llevar a cabo sus ventas dentro de mαrgenes econσmicos que no se atienen estrictamente al punto medio del mercado y pueden asν participar de las ventajas de aquel mercado, aunque no hayan estado personalmente presentes en ιl. Puede asν ocurrir que en las cercanνas de Londres un arrendatario cierre un negocio con un molinero a tenor de una nota sobre el mercado de los cereales en Marklane publicada por el Times. En Viena no es raro que las ventas al detalle de licores se hagan segϊn las noticias del Neuen freien Presse o de otras publicaciones acreditadas. Y asν es como aquellos puntos de concentraciσn del trαfico de una mercancνa producen el resultado general de que los propietarios las pongan en manos de los sujetos que las desean a precios acordes con la economνa.
La primera causa de la distinta capacidad de venta de las mercancνas se halla en la circunstancia de que unas veces es mayor y otra menor el cνrculo de personas que pueden adquirirlas y de que los puntos de concentraciσn de los interesados en la formaciσn del precio de dichas mercancνas estιn organizados en unos lugares mejor o peor que en otros.
Hay en segundo lugar mercancνas que, siempre dentro de los lνmites de su capacidad de venta, tienen mercados prαcticamente en todas partes. Los productos lαcteos y cαrnicos, los cereales, los metales y otros bienes similares de uso generalizado tienen compradores donde quiera existen mercados. Las mαs pequeρas ciudades y hasta los minϊsculos rincones son, en determinados momentos, mercados para tales bienes. Hay, en cambio, otras mercancνas (tabaco, rapι, tι, νndigo) que tienen pocos mercados centrales y situados a grandes distancias. Estos mercados no son independientes entre sν respecto de la formaciσn del precio. Los informes sobre las transacciones llevadas a cabo en un mercado importante llegan a todos los restantes, y una clase especial de individuos econσmicos, los llamados arbitradores, se preocupan de que las diferencias de precios entre cada uno de los mercados no superen de forma notable los gastos de transporte.
El hecho de que la capacidad de venta de las mercancνas estι limitada a unas regiones mαs o menos extensas y de que unas mismas mercancνas, dentro de este mismo territorio, tengan unas veces escasos puntos de confluencia en orden a determinar el precio econσmico de las ventas y otras en cambio estos puntos sean muy numerosos, que algunos propietarios pueden vender sus mercancνas a precios econσmicamente ventajosos en muchos lugares segϊn su voluntad y otros en cambio puedan hacerlo sσlo en unos pocos dentro de una reducida comarca comercial, es la segunda causa de la diversa capacidad de venta de las mercancνas.
Existen, en tercer lugar, mercancνas en torno a las cuales se monta una especulaciσn activa y regulada, que aumenta siempre que llega al mercado una cantidad parcial de la masa total disponible, incluso en el caso de que dicha cantidad supere las necesidades corrientes, mientras que no exista esta especulaciσn o no en la misma medida respecto de otras mercancνas, de modo que cuando el mercado queda saturado descienden rαpidamente los precios o bien las cantidades aportadas al mercado no encuentran compradores, y tienen que ser retiradas de la circulaciσn. De ordinario, es posible poner en venta las cantidades disponibles de bienes del primer tipo con mνnimas reducciones de los precios mientras que los propietarios de mercancνas en torno a las cuales no existe especulaciσn no pueden lanzar al mercado cantidades superiores a la demanda corriente y, si lo hacen, sufren graves pιrdidas.
Hemos aducido ya en las pαginas anteriores un ejemplo de esta ϊltima clase de mercancνas, esto es, el de los escritos especνficamente dirigidos a los cνrculos especializados. Pero mayor importancia tienen, en este αmbito, aquellas mercancνas que no encierran en sν mismas una significaciσn independiente y que son deseadas sσlo como parte de otros bienes. Sea cual fuere el precio de los resortes para relojes de bolsillo o los manσmetros para mαquinas de vapor, lo cierto es que la necesidad de estos productos es sensiblemente similar a las cantidades de relojes o de mαquinas de vapor en construcciσn y que una cantidad considerablemente mayor no podrνa venderse a ningϊn precio. El oro y la plata, en cambio, asν como algunos otros bienes, respecto de los cuales frente a una cantidad disponible siempre limitada hay una necesidad casi ilimitada, poseen una capacidad de venta casi sin lνmites prαcticos desde el punto de vista cuantitativo. Es indudable que incluso multiplicando por mil la cantidad de oro existente y por cien la de plata, estas mercancνas, puestas en venta, encontrarνan siempre compradores. Pero entonces los precios iniciarνan un profundo y rαpido descenso; hasta las personas monos acomodadas harνan con estos metales su vajilla ordinaria e incluso las clases pobres tendrνan adornos de oro y plata. De todas formas, es bien seguro que se venderνan en el mercado hasta las mαs enormes cantidades, mientras que una similar multiplicaciσn de la mejor obra cientνfica de los mαs preciados instrumentos σpticos y hasta de las mercancνas mαs indispensables, como el pan y la carne, se verνan necesariamente privadas de compradores. De donde se desprende que los propietarios de metales preciosos tienen siempre una gran facilidad para vender cualquier parte de la cantidad disponible de estos bienes y que, en el peor de los casos, todo se reducirνa a tener que soportar algunas depreciaciones, mientras que en casi todas las restantes mercancνas una sϊbita multiplicaciσn acarrea pιrdidas mucho mαs considerables y, en algunos casos, y bajo determinadas circunstancias, ni siquiera podrνan venderse, aunque su precio fuera mνnimo.
Asν pues, la circunstancia de que los lνmites cuantitativos de la capacidad de venta de una mercancνa son unas veces amplios y otras estrechos y que toda cantidad de una mercancνa que llega al mercado dentro de estos lνmites encuentra siempre de hecho y fαcilmente un precio econσmico de venta, mientras que con otras mercancνas no ocurre asν o no en la misma medida es la tercera causa de la diferente capacidad de venta de las mercancνas.
Existen finalmente, y en cuarto lugar, mercancνas que disponen de un mercado casi ininterrumpido. Los valores y, en los lugares donde existen bolsas de mercancνas, tambiιn un buen nϊmero de materias primas, pueden llegar al mercado diariamente, mientras que otras mercancνas sσlo entran en circulaciσn dos o tres dνas de la semana. Para los cereales y otros frutos secos suele haber mercados semanales, para las manufacturas ferias trimestrales, para el ganado mercados semestrales, etc.
La cuarta causa de la diferente capacidad de venta de las mercancνas se halla en el hecho de que los lνmites temporales para la capacidad de dicha venta son mαs o menos amplios segϊn los diferentes casos y que algunas mercancνas pueden llegar al mercado en cualquier momento dentro de estos lνmites, mientras que otras tienen que llegar a intervalos mαs o menos separados para poder conseguir precios de venta beneficiosos.
Si echamos una mirada a los fenσmenos de la vida econσmica y a la extraordinaria diversidad de la capacidad de venta de cada una de las mercancνas, no nos serα difνcil reducirlos a una o varias de las cuatro causas expuestas.
Quien posee una cantidad de cereal tiene en sus manos una mercancνa que puede vender, por asν decirlo, al instante allν donde existen bolsas de frutos, o sσlo una vez a la semana donde sσlo existen mercados semanales, pero en ambos casos a precios acordes con la situaciσn econσmica. Se trata de una mercancνa que, para decirlo en expresiσn de los comerciantes, es dinero en mano. La razσn es que hay amplios grupos de personas que tienen necesidad de este bien, que los lνmites espaciales, temporales y cuantitativos de su capacidad de venta son muy amplios y que existen de ordinario activas organizaciones del mercado y una viva especulaciσn en torno a esta mercancνa.
Quien tiene existencias de tabaco se halla en una situaciσn algo mαs desfavorable desde varios puntos de vista. Los lνmites cuantitativos de la capacidad de venta de este artνculo son mucho mαs restringidos, los centros de contrataciσn estαn mucho menos regulados que en el caso de los cereales, los mercados se hallan situados a grandes distancias, tanto en el tiempo como en el espacio, y, ademαs, la especulaciσn despertada por esta mercancνa es mucho menor que la del grano. El propietario de una determinada cantidad de trigo puede venderla en prαcticamente cualquier circunstancia con la simple condiciσn de reducir su precio unos cuantos cιntimos por debajo del precio corriente. Pero no ocurre asν con el tabaco, de modo que no raras veces los propietarios de estos artνculos sσlo pueden venderlos con graves pιrdidas. Habrα incluso momentos en que no podrνan hacerlo ni aun reduciendo el precio a un mνnimo, y se verαn obligados a esperar durante lago tiempo circunstancias mαs favorables.
Para advertir bien la amplitud de las diferencias, basta comparar, en fin, la capacidad de venta de los cereales con la de artνculos tales como telescopios, esponjas de mar o vasijas de uso normal, por no hablar de piezas especiales de alfarerνa.
c) Capacidad de circulaciσn de las mercancνas
En las pαginas precedentes hemos descrito las causas, tanto generales como especνficas, de la diversa capacidad de venta de las mercancνas o, dicho de otro modo las causas de la mayor o menor facilidad con que un propietario puede esperar vender sus mercancνas a precios econσmicamente favorables. Con esto quedarνa al mismo tiempo resuelto el problema de la mayor o menor facilidad con que las diferentes mercancνas pueden circular entre diversas manos, ya que en definitiva esta circulaciσn, considerada en su conjunto, se compone de las transacciones concretas y una mercancνa que puede pasar fαcilmente de la mano de su propietario a la de otro sujeto econσmico puede tambiιn pasar con idιntica facilidad, y a primera vista, de las del segundo a las de un tercero, y asν sucesivamente. Pero, tal como enseρa la experiencia, este presupuesto no se da respecto de todas las mercancνas. En las lνneas siguientes asumiremos la tarea de analizar cuαles son las razones especiales que hacen que una parte de las mercancνas pase fαcilmente de mano en mano, mientras que no se registra el mismo fenσmeno con otras mercancνas, incluso con aquellas que gozan de gran capacidad de venta.
Hay mercancνas que tienen prαcticamente la misma capacidad de venta en manos de cualquier agente econσmico. Las pepitas de oro que un sucio trotamundos ha adquirido en las arenas dede que acierte a encontrar el mercado adecuado a su mercancνa. Las pepitas pueden pasar de mano en mano cuantas veces se quiera imaginar, sin que se reduzca un αpice su capacidad de venta. Los vestidos, las ropas de cama, los comidas preparadas, etc., apenas tendrνan en las manos de la persona antes citada ninguna posibilidad de intercambio, o sσlo a precios muy viles y ello incluso en el caso de que nunca los hubiera utilizado para sν mismo, sino que los hubiera adquirido desde el principio con la exclusiva finalidad de venderlos. Las mercancνas de este tipo sσlo tienen capacidad de venta en manos de sus productores o de ciertos comerciantes, pero la pierden casi en su totalidad, o al menos una buena parte, cuando surge la sospecha de que ya han sido usados o han pasado a manos poco aseadas. No son, por consiguiente, adecuadas para circular de mano en mano.
Otras mercancνas requieren pare su comercializaciσn especiales conocimientos, habilidades, condiciones, o bien autorizaciones y privilegios estatales, y cosas semejantes. Por consiguiente, si estαn en manos de un sujeto que no reϊne tales condiciones, no pueden ser vendidas o muy difνcilmente, y, ademαs, a precios muy rebajados. Las mercancνas destinadas al comercio de la India o de Amιrica del Sur, los productos farmacιuticos, los artνculos monopolνsticos y otros similares pueden tener, en unas manos determinadas, una gran capacidad de venta, pero en otras la perderνan casi por completo y tampoco son, por tanto, al igual que las anteriores, aptas para una circulaciσn generalizada.
Hay incluso algunos bienes que, aunque perfectamente utilizables, deben acomodarse de forma especial a las necesidades de los consumidores y, por tanto, no tienen la misma capacidad de venta en todos los propietarios. Los zapatos, sombreros y otros muchos artνculos, sea cual fuere su tamaρo, tienen siempre en manos del dueρo de una zapaterνa o en el taller de un zapatero, en torno al cual se da siempre cita un considerable nϊmero de consumidores, una cierta capacidad de venta, sobre todo porque, de ordinario, estos comerciantes o productores disponen de los medios necesarios para acomodar las mercancνas a las especiales necesidades de sus clientes. Poro en otras manos, estos mismos artνculos tienen una venta difνcil y, ademαs, a precios mαs reducidos. Tampoco, pues, estas mercancνas son adecuadas para circular de mano en mano.
Tampoco tienen esta aptitud aquellos bienes cuyo precio no es bien conocido o estα sujeto a fuertes oscilaciones. El que adquiere estos bienes corre el peligro de pegar demasiado por ellos o de experimentar graves pιrdidas antes de que haya podido venderlos a otra persona, debido a una brusca disminuciσn del precio. Una partida de trigo o unos efectos pueden fαcilmente cambiar de mano diez veces en el espacio de unas pocas horas, en las bolsas de frutos secos o de valores, mientras que otros productos, tanto agrνcolas como manufacturados, cuyo precio se fija tras atento anαlisis de todas las circunstancias, carecen de capacidad para una circulaciσn rαpida. Incluso las personas alejadas del mundo de la bolsa aceptan con facilidad efectos y valores como medios de pago, porque saben que su precio no estα sujeto a notables cambios. En cambio, las mercancνas expuestas a fuertes oscilaciones de precio sσlo pueden circular con facilidad si se las vende por debajo del precio, porque todas las personas que se mantienen alejadas de la especulaciσn quieren asegurarse contra las pιrdidas. Asν, tampoco son aptas para circular de mano en mano las mercancνas cuyo precio no estα bien fijado o puede oscilar dentro de limites muy considerables.
Es claro, en fin, que los factores que limitan la capacidad de venta de las mercancνas actϊan siempre, y de manera potenciada, dondequiera se trata de pasarlas de mano en mano, de un lugar a otro, o de venderlas en distintas ιpocas. Las mercancνas cuya capacidad de venta estα limitada a un reducido cνrculo de personas, cuyo perνodo de conservaciσn es corto, o exige grandes dispendios econσmicos, las mercancνas que sσlo pueden llegar al mercado en cantidades estrictamente limitadas, cuyos precios no estαn bien regulados, etc., pueden tener una cierta capacidad de venta aunque siempre dentro de unos estrechos lνmites pero no tienen capacidad de circulaciσn.
En consecuencia, la capacidad de circulaciσn de las mercancνas se nos presenta como una capacidad de venta que afecta a todos y cada uno de los sujetos econσmicos en cuyas manos se encuentra la mercancνa, pero, en el amplio sentido de la palabra, es una cualidad en la que se dan cita no uno solo, sino los cuatro factores antes mencionados. Todos ellos configuran, cuando aparecen juntos una alta capacidad de venta de una mercancνa.
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[1] ROSCHER. Ansichten der Volksw., pαg. 117, 1861; B. HILDEBRAND, en sus Jahrbόchern II, pαg. 17; SCHEEL, ibid., VI, pαg. 15, 1866; SCHMOLIER, Zur Geschichte des deutschen Kleingewerbes, 1870, pαgs. 165, 180, 511 ss.
[2] Dado que no siempre una tercera persona conoce la circunstancia de que un determinado propietario estα dispuesto a intercambiar una parte de su riqueza, se comprende bien que en la vida cotidiana el concepto de mercancνa sea aϊn mαs restringido y que en el lenguaje popular sσlo se designen como mercancνas aquellos bienes respecto de los cuales consta que su propietario tiene la intenciσn de venderlos. Esta intenciσn puede expresarse de muy diversas formas. La mαs usual consiste en llevar los bienes de referencia a los lugares en que suelen reunirse los vendedores, por ejemplo mercados, ferias, bolsas, o en tenerlos en locales propios, como tiendas, almacenes, bodegas, etcιtera, que, gracias a letreros, anuncios y otras seρales que entran por los ojos, sirven para indicar que allν se venden unas determinadas mercancνas. Asν pues, en labios del pueblo el concepto de mercancνa se reduce a una denominaciσn de aquellos bienes econσmicos insertos en una situaciσn de la que fαcilmente puede deducirse la intenciσn de su propietario de venderlos. Cuanto mαs avanza la cultura de un pueblo y cuanto mαs se especializa la producciσn de cada uno de los agentes econσmicos, mαs amplia es la base para intercambios econσmicos y mayor el volumen absoluto y relativo de los bienes que tienen carαcter de mercancνa. En definitiva, las ventajas econσmicas que pueden conseguirse con la realizaciσn prαctica de las mencionadas posibilidades son lo bastante considerables como para permitir el nacimiento de una clase especial de sujetos econσmicos que se ocupan de la parte intelectual y mecαnica de las operaciones de intercambio necesarias para la sociedad y obtienen sus ganancias a base de reservarse para sν una parte de los beneficios de la operaciσn. Los bienes econσmicos no siguen, pues, de ordinario, el camino que va directamente de los productores a los consumidores, sino un camino mucho mαs complicado, en el que interviene un nϊmero mαs o menos copioso de intermediarios que, en razσn de su profesiσn, estαn ya habituados a tratar como mercancνas unos determinados bienes econσmicos y mantienen abiertos al pϊblico sus propios locales, destinados al fin especνfico del intercambio de los mencionados bienes. A estos bienes que se hallan en poder de los intermediarios o de los productores que los fabrican con la expresa intenciσn de venderlos aplica el lenguaje popular el concepto restringido- de mercancνas, basαndose para ello, indudablemente, en que, en estas circunstancias, todo el mundo puede saber con facilidad que su dueρo quiere ponerlos en venta (Waare, marchandises, merchandises, mercanzie, etc).
[3] Tambiιn el Cσdigo de Comercio alemαn utiliza la palabra mercancνa en su sentido popular, no en el tιcnico. A veces, en lugar de la expresiσn mercancνa (Waare) se halla la de bien (Gut) (arts. 365, 366, 367), objeto (Gegenstand) (arts. 349, 359) o bienes muebles (bewegliche Sache) (arts. 272, 301, 342). En el artνculo 271 se dice: Mercancνas y otros bienes muebles o valores negociables. Este Cσdigo jamαs enumera los bienes inmuebles y las prestaciones laborales entre las mercancνas y por esta razσn las firmas, en cuanto tales (en cuanto distintas del negocio para el que se montan), no pueden ser mercancνas en el sentido jurνdico de la palabra (artνculo 23), como tampoco lo son las restantes res extra commercium. Dicho Cσdigo contrapone las naves a las mercancνas (art. 67), aunque en otros cσdigos se las considere bienes muebles y pueden tener el carαcter de mercancνa (asν GOLDSCHMIDT, Handelsrecht, I, secciσn 2.ͺ, § 60, pαg. 527. nota 1, 1867). La literatura jurνdica sobre el concepto de mercancνa, ibid., pαg. 525. Con todo, el mismo Goldschmidt (I, secciσn 1.ͺ, pαg. 298) define el concepto de mercancνa de una manera demasiado restringida incluso desde el punto de vista jurνdico, cuando no considera mercancνas los bienes que tienen los productores con la expresa intenciσn de intercambiarlos. En las fuentes jurνdicas romanas, merx, res promercalis, mercatura se entienden unas veces en el sentido estricto de objetos de comercio y otras en el mαs amplio de cosa ofrecida en venta (L. 73, § 4, D. de legat. [32,3]; 1. 32, § 4, D. de aur. arg. 34,1; 1. 1, pro., § 1, D. de cont. emt. [18, 1]; 1. 42, D. de fidejus. [46,1]). El Cσdigo civil austriaco contrapone (§ 991) las mercancνas a las obligaciones.
[4] La teorνa de la mercancνa no ha merecido salvo raras excepciones estudios especνficos por parte de los tratadistas ingleses, franceses e italianos. Las expresiones goods, merchandises, merci, etc., se emplear, casi siempre en el sentido popular de artνculos de comercio, gιneros, objetos en venta y casi nunca en el sentido tιcnico o, a lo sumo, de una manera muy vacilante. Con mucha frecuencia se las contrapone a las prestaciones laborales y al dinero (NECKER, Legislation et commerce des grains, I, cap. 12; GENOVESI, Lezioni, II, § 4), de ordinario a los bienes inmuebles (GUILLAUMIN y COCQUELIN, Dictionnaire, II, 131, art. marchandise, de Hor. Say), a veces, como productos manufacturados, a las materias primas (QUESNAY, Maximes generales, XVII) o a los medios de subsistencia (denrιes: DUTOT, Sur le commerce, etc., cap. I, 10). Tambiιn Montesquieu (Esprit des lois, XXII, 7) utiliza la palabra marchandises en el sentido de denrιes. Roberts, contemporaneo de Mun, define (Merchants map, 4.ͺ ed., pαg. 6 ss.): the things wherewith the merchants negotiate and traffick are termend merchandises y divide estas ϊltimas en wares y money. El Diccionario de la Academia francesa define la mercancνa como ce qui se vend, se dιbite dans les boutiques, magasins, foires, marchιs.
A veces, cuando se quiere aludir expresamente a las mercancνas en el sentido cientνfico de la palabra, se recurre a interlocuciones, como por ejemplo: quantitι ΰ vendre, (Necker); superflu autant quil peut κtre ιchangι (Forbonnais); things who have not reached the hands of those, who are finally to use them (A. Smith); cio che sopprabonda in alcuni per sussistere essi stessi, e chessi passano ad altri (Ortes); con todo, ya Condillac (Le commerce et le gouvernment, Part. I, 5) llama marchandises ces choses quon offre α ιchanger, convirtiιndose de este modo en precursor de Storch (que escribiσ en francιs). En efecto, para este ϊltimo autor les choses destinιes ΰ lιchange se nomment marchandises (Cours I, pαg. 82, 1815.).
Entre los alemanes, utilizan la palabra mercancνa (Waare) en su sentido popular Justi, Bόsch, Sonnenfels, Jacob. Soden llama mercancνa a todo material de producciσn (Nationalφkonomie, I. pαg. 285, 1815), entendiendo bajo esta segunda expresiσn todas las materias primas y productos de la industria (ibid., pαg. 54). Tambiιn Hufeland va demasiado lejos cuando define (N. Grundleg., II, § 96): Mercancνa es todo lo que puede entregarse, sobre todo si es a cambio de otra cosa. Rau (Volkswirthschaftslehre, I, § 407) acepta la definiciσn de Storch; tambiιn para ιl son mercancνas todas las pro visiones de bienes destinadas al intercambio. Por consiguiente, pueden ser mercancνas las fincas y terrenos; el dinero serνa mercancνa no en cuanto tal, sino en razσn de la materia de que se compone (ibid., I, § 258). Por lo demαs, que Rau sσlo reconozca como mercancνas los bienes concretos es algo que se deduce de su idea general del concepto de bien. En una direcciσn casi paralela a los puntos de vista de Rau marchan las opiniones de Murharat (Theorie des Handels, I, pαg. 22, 1831). Zacharias (40 Bόcher v. St., vol. V, secciσn 1.ͺ, pαg. 2, 1832) amplνa tambiιn el concepto de mercancνas a las fincas, mientras que Baumstark (Cameral-Enkyclopδdie, pαg. 449, 1835) lo restringe de nuevo a los bienes muebles y pide ademαs que los bienes que han de convertirse en mercancνas tengan una cierta comercialidad. Se acerca asν a la concepciσn popular, que vuelve a ser la predominante en los escritos de Fulda, Lotz, Schφn y Hermann. Riedel (Nationalφkonomie, I, pαg. 336, 1838) y Roscher (System, I, 95) restablecen una vez mαs el concepto cientνfico de mercancνa. El primero considera mercancνas los bienes ya dispuestos para el intercambio o la venta, el segundo todo bien destinado al intercambio, pero refiriιndose siempre a bienes econσmicos (ibid., I, § 2). Siguen la opiniσn de Roscher: Mangoldt (Grundries, pαg. 27), Knies (Tόbinger Zeitschrift, 1856. pαg. 266: bienes sobrantes para el comercio), Rentsch (Handwφrterbuch d. V., art. Waare: valores de intercambio y bienes destinados al intercambio) y, cuanto a la idea en sν, tambiιn Hasner (System, I, pαgs. 288 y 302: valor abstracto de intercambio con sus dos formas principales: provisiσn de mercancνas y fondos en metαlico).
Los autores recientes se atienen, respecto del concepto de mercancνa, a la peculiaridad del producto: Glaser (Allgem. Wirthschaftslehre, pαg. 115, 1858) llama mercancνa a todo producto que llega al comercio; Rφsler (Volkswirthschaftslehre, pαg. 217, 1864) a los productos destinados a la circulaciσn o que se hallan ya en ella, Scheel (Hildebrandts Jahrbόcher, VI, pαg. 15) a los productos concretos destinados al intercambio. Tambiιn Stein (Lehrbuch d. Volksw., pαg. 152, 1858) define como mercancνa todo producto concreto e independiente de la empresa. Recientemente, una serie de especialistas, algunos de ellos muy conocidos, han vuelto a utilizar la palabra mercancνa en su sentido popular. Asν, entre otros, B. Hildebrandt, que en sus Jahrbόchern (II, pαg. 14) contrapone las mercancνas a los servicios. Lo mismo hace Schδffle en su Gesellschaftliches System. pαg. 456 y 465. Con todo, no se ha perdido el concepto cientνfico de mercancνa. Schδffle traza incluso una lνnea divisoria muy estricta entre mercancνas en el sentido popular y en el cientνfico y a estas ϊltimas las llama bienes de intercambio (ibid., pαgs. 50, 51. etc.). Como en otras cuestiones, tambiιn en este punto mantiene Schmalz una teorνa muy peculiar. Confunde en su obra (Staatsw. in Briefen, 1818, I, pαg. 63), a consecuencia de su errσnea concepciσn de la relaciσn entre el dinero y las mercancνas, la idea de mercancνa con la de bienes de uso en el estricto sentido de la palabra y llega, por tanto, a una definiciσn cientνfica de las mercancνas radicalmente opuesta a la que hemos ofrecido mαs arriba.
[5] De lo dicho se desprende una doble conclusiσn: en primer lugar, que con la alusiσn genιrica al dinero como mercancνa no se avanza ni un solo paso en el intento de explicar la posiciσn peculiar del dinero en el cνrculo de las mercancνas; y, en segundo lugar, que la opiniσn de quienes niegan el carαcter de mercancνa del dinero porque el dinero, en cuanto tal, y sobre todo bajo la forma de moneda acuρada, no sirve para ningϊn fin de uso es insostenible (prescindiendo ademαs del desconocimiento de la importante funciσn del dinero que esta afirmaciσn encierra), ya por la sencilla razσn de que esta objeciσn es aplicable tambiιn a la cualidad de mercancνa de todos los restantes bienes. Efectivamente, ninguna mercancνa, en cuanto tal, sirve para fines de uso, al menos en su forma o presentaciσn comercial (en barras, balas, paquetes, etc). Para poder ser usado, todo bien debe dejar de ser mercancνa, debe perder la forma normal con que aparece en el mercado (hay que diluirlo, romperlo, partirlo, trocearlo, desempaquetarlo, etc.). Los metales nobles aparecen en barras y monedas acuρadas y la circunstancia de que para que se les pueda emplear en sus diferentes usos haya que empezar por despojarles de estas formas de circulaciσn no justifica de ningϊn modo que se ponga en duda su carαcter de mercancνa.
[6] Deben mencionarse aquν especialmente las limitaciones que imponen a la capacidad de venta de las mercancνas las leyes suntuarias y las normas sobre seguridad. En la Edad Media, por ejemplo, la capacidad de venta del terciopelo estaba limitada en numerosos paνses a las personas pertenecientes a la nobleza o al alto clero y todavνa hoy en algunos paνses para comprar armas hay que contar con el previo permiso de tenencia, expedido por las autoridades.
[7] Las mercancνas poco conocidas (artνculos o gιneros desconocidos) tienen, ya por esta sola razσn, un reducido nϊmero de compradores. De ahν que las firmas productoras destinen a menudo grandes sumas para dar a conocer sus productos y ampliar asν el cνrculo de personas a las que se extiende la posibilidad de venta de los mismos. Aquν radica la importancia econσmica de la propaganda, los anuncios pϊblicos en revistas y periσdicos, etc.
[8] La evoluciσn de las necesidades y el creciente bienestar de un pueblo marchan paralelos al aumento general de la capacidad o posibilidad de venta de las mercancνas aunque respecto de algunas de ellas pueda registrarse un retroceso. Ciertos artνculos que en un paνs tienen fαcil venta pierden toda su clientela apenas dicho paνs alcanza un alto florecimiento econσmico (cf. pαginas 204 ss).
CAPITULO VIII
TEORΝA DEL DINERO
§ 1NATURALEZA Y ORIGEN DEL DINERO [1]
En
los inicios del comercio humano, cuando los hombres empezaron a adquirir poco a
poco conocimiento de las ventajas econσmicas que podνan obtener de las
ocasiones de intercambio que se les presentaban, sus objetivos se dirigνan,
como corresponde a la simplicidad de todos los inicios culturales, sσlo a lo
mαs inmediato. Por consiguiente, los individuos ϊnicamente tenνan en cuenta, en
sus intercambios, el valor de uso de los bienes y todas
Pero no es difνcil comprender que, en estas circunstancias, el nϊmero de operaciones de intercambio debνa ser de hecho muy reducido. Muy raras veces se da el caso de que una persona posea un bien que tiene para ella menos valor de uso que el bien que posee otra persona y que cabalmente esta segunda opine lo contrario. Y raras veces aϊn ocurre que lleguen a encontrarse precisamente ellas dos. A tiene una red de pescar que cambiarνa gustosamente por una cantidad de cαρamo. Para que este intercambio se lleve a efecto es necesario no sσlo que exista otro sujeto que estι dispuesto a cambiar el cαρamo por una red, tal como A desea, sino que se requiere ademαs otra condiciσn, a saber, que ambos sujetos se encuentren y que se comuniquen sus mutuos deseos. El campesino C tiene un caballo, que cambiarνa con mucho gusto por algunos aperos de labranza y algunas piezas de vestido. Pero es sumamente improbable que encuentre a la persona adecuada, es decir, a la persona que necesita un caballo y que ademαs puede y quiere dar por ιl precisamente todos los aperos y vestidos que desea C.
Esta dificultad serνa en la prαctica casi insuperable, hasta el punto de que surgirνan muy graves impedimentos para el proceso evolutivo de la divisiσn del trabajo y sobre todo y tambiιn de la producciσn de bienes destinados a una venta incierta, si la misma naturaleza de las cosas no hubiera aportado un medio auxiliar gracias al cual, y sin que sea necesario un especial acuerdo entre los hombres y menos aϊn una imposiciσn estatal, los agentes econσmicos de todos los lugares han establecido, con una fuerza incontestable, una situaciσn en la que parecen totalmente eliminadas las anteriores dificultades.
La meta final de todos los esfuerzos econσmicos de los hombre, es la satisfacciσn directa de sus necesidades. En sus operaciones de intercambio buscan naturalmente este objetivo final. De ahν que intercambien sus mercancνas por aquellos bienes que tienen para ellos valor de uso. Este anhelo estα presente por igual en todos los niveles culturales y tienen una plena justificaciσn econσmica. Los individuos econσmicos tendrνan un comportamiento totalmente antieconσmico si allν donde no pueden alcanzar este objetivo directa e inmediatamente no hicieran cuanto esta en su mano por acercarse a ιl poco a poco.
Un armero de la edad homιrica ha forjado dos armaduras de bronce y tiene la intenciσn de intercambiarlas por bronce, combustibles y alimentos. Va, pues, al mercado, ofrece su mercancνa contra los citados bienes y se sentirα sin duda muy contento si topa con una persona que tiene justamente la intenciσn de hacerse con las armaduras a cambio de todo el material de bronce necesario para construirlas y de una cantidad de alimentos. Por supuesto, habrνa que decir que serνa una singular y afortunada coincidencia que entre aquel reducido nϊmero de personas con capacidad y voluntad para adquirir una mercancνa tan poco usual como son dos armaduras, encontrara precisamente aquella que se ajusta en un todo a los deseos del armero. Lo mαs normal serνa que tendrνa que renunciar al intercambio, o llevarlo a cabo con graves pιrdidas de tiempo, si, actuando de forma antieconσmica, se empeρara en recibir por sus mercancνas justamente los bienes antes citados y ningϊn otro, aunque se trate de bienes que, ademαs de poseer tambiιn el carαcter de mercancνas, tienen una mayor capacidad de venta que sus armaduras, unas mercancνas que le permitirνan entrar fαcilmente en contacto con personas que las adquirirνan sin dificultad, a cambio de los bienes que ιl necesita. En la ιpoca de nuestro ejemplo, la mercancνa con mayor capacidad de venta era, como veremos mαs adelante, el ganado. Es evidente, pues, que nuestro armero tendrνa un comportamiento poco econσmico si no intercambiara las armaduras por unas cabezas de ganado, con las que poder cubrir sus necesidades directas. Cierto que al hacerlo no intercambia las armaduras por bienes de uso (en sentido estricto, en cuanto contrapuesto al de mercancνa), sino por bienes que tienen tambiιn carαcter de mercancνas. Pero sν ha adquirido, a cambio de unas mercancνas poco vendibles, otras de mayor capacidad de venta, con lo que, evidentemente, ha multiplicado las posibilidades de hallar en el mercado aquellas personas que pueden ofrecerle los bienes de uso y consumo que ιl necesita. Un acertado conocimiento de su interιs individual llevarα a nuestro armero, sin presiσn y sin especiales acuerdos, a cambiar sus armaduras por un adecuado nϊmero de cabezas de ganado y, una vez adquiridas estas mercancνas de fαcil venta, podrα entrar en contacto en el mercado con aquellas personas que pueden ofrecerle cobre, combustibles y alimentos. Podrα asν hacerse con los bienes de uso que necesita con mucha mayor facilidad y, en todo caso, con mucha mayor rapidez y de forma mαs econσmica.
El
interιs econσmico de cada uno
El proceso descrito, mediante el cual unos determinados bienes se convierten en dinero, permite comprender inmediatamente la gran importancia de la costumbre [3] en el origen de este ϊltimo. El intercambio de unas mercancνas con escasa capacidad de venta por otras cuya capacidad es mayor favorece los intereses econσmicos de todos los implicados en la operaciσn, pero la realizaciσn prαctica de las transacciones presupone el conocimiento de este interιs en aquellos que estαn dispuestos a aceptar un bien, acaso del todo inϊtil, a cambio de sus mercancνas sσlo porque tiene mayor capacidad de venta. Lo cierto es que este conocimiento no se produce nunca al mismo tiempo en todos los miembros de un pueblo. Al contrario, en las primeras etapas, sσlo un reducido nϊmero de sujetos econσmicos advierte las ventajas que se les derivan cuando, al no poder intercambiar sus mercancνas por bienes de uso directo, o cuando este intercambio es muy inseguro, aceptan como contrapartida otras mercancνas con mayor facilidad de venta. Esta ventaja es, de suyo, independiente del reconocimiento generalizado de una mercancνa como dinero, ya que este intercambio supone siempre y bajo cualquier circunstancia un considerable paso adelante hacia la meta perseguida por todo individuo econσmico, a saber, hacerse con los bienes de uso que le son necesarios. Pero dado que el mejor medio para ilustrar a los hombres sobre sus ventajas econσmicas es mostrarles el ιxito que consiguen quienes ponen los medios adecuados para conseguir sus objetivos, es claro que ninguna cosa favoreciσ tanto el origen del dinero como ver los grandes beneficios alcanzados por los individuos mαs hαbiles, gracias a su decisiσn de aceptar, durante largo tiempo, mercancνas de alta capacidad de venta a cambio de todas las demαs. Es, pues, seguro que la prαctica y la costumbre contribuyeron en muy buena medida a convertir las mercancνas mαs vendibles en cada situaciσn concreta en bienes que aceptaban, a cambio de sus propias mercancνas, no algunos sino la totalidad de los individuos econσmicos [4].
No puede, con todo, negarse el influjo, si bien pequeρo, que suele ejercer sobre el carαcter del dinero el ordenamiento jurνdico dentro de las fronteras del Estado. El origen del dinero (que debe distinguirse del subgιnero de las monedas acuρadas) es, como hemos visto, del todo natural y, por consiguiente, sσlo en muy contados casos puede atribuirse a influencias legislativas. El dinero no es una invenciσn estatal ni el producto de un acto legislador. La sanciσn o aprobaciσn por parte de la autoridad estatal es, pues, no factor ajeno al concepto del dinero. El hecho de que unas determinadas mercancνas alcancen la categorνa de dinero surge espontαneamente de las relaciones econσmicas existentes, sin que sean precisas medidas estatales.
Pero si, de acuerdo con las necesidades del comercio, un bien tiene carαcter de dinero garantizado con una sanciσn estatal, se consigue con ello que cumpla esta funciσn no sσlo respecto de las mismas instancias estatales, sino que desempeρe tambiιn todas aquellas funciones cuyo contenido no estα regulado de otra manera en casos concretos, es decir, que la funciσn subsidiaria que sustituye a la original, suprimida por las causas que fueren, sσlo puede exigirse y ofrecerse con fuerza jurνdica respecto de dicho bien. En consecuencia, lo que el Estado hace es imprimir en este bien el carαcter de una capacidad de representaciσn universal. No es que esta circunstancia convierta a dicho bien en dinero, pero sν que perfecciona de manera importante este carαcter [5].
§ 2SOBRE EL DINERO PROPIO DE CADA PUEBLO Y CADA EPOCA
El dinero no es el producto de un acuerdo previo de los agentes econσmicos y menos aϊn el resultado de unos actos legislativos. Tampoco es una invenciσn de los pueblos. Dentro de cada pueblo, algunos individuos econσmicos aislados fueron adquiriendo, a medida que tenνan una mejor comprensiσn de sus intereses econσmicos y paralelamente con ella, el conocimiento, ya casi obvio en sus circunstancias, de que al entregar unas mercancνas de escasa capacidad de venta por otras mαs vendibles, estaban dando un paso importante por la senda de sus especiales objetivos econσmicos. Asν es como surgiσ el dinero en numerosos centros culturales independientes entre sν, a una con el desarrollo de la economνa nacional. Pero precisamente porque el dinero se nos presenta como un producto adecuado a la naturaleza de la economνa humana, sus especiales formas externas fueron en todos los tiempos y lugares el resultado de una peculiar y cambiante situaciσn econσmica. De donde se desprende que los bienes que han alcanzado esta especial categorνa de dinero han ido cambiando en unos mismos pueblos durante distintas ιpocas y tambiιn han sido diferentes, dentro de una misma ιpoca, entre los diferentes pueblos.
En los mαs remotos estadios del desarrollo econσmico parece ser que la mayorνa de los pueblos del Viejo Mundo consideraron el ganado como la mercancνa con mayor capacidad de venta. Entre los pueblos nσmadas y en todas las economνas agrνcolas surgidas del nomadismo, los animales domιsticos constituyeron la porciσn principal de las posesiones de cada individuo. En unos tiempos en los que no existνan vνas de comunicaciσn creadas por el hombre, la circunstancia de que el ganado se autotransporte (en los inicios de las culturas prαcticamente de balde) hizo que fuera la mercancνa dotada de mayor capacidad de venta respecto de prαcticamente todos los sujetos econσmicos y que pudiera llegar hasta unas fronteras territoriales mαs extensas que las de la mayorνa de las restantes mercancνas. Se trata, ademαs, de una mercancνa con suficiente capacidad de conservaciσn, su coste de mantenimiento es muy reducido en los lugares de pastos abundantes y puede guardarse al aire libre. Por otra parte, incluso en aquellos niveles culturales en los que cada individuo procura aumentar sus rebaρos hasta donde le es posible, no es tarea fαcil llevar al mercado cantidades excesivas de ganado, de tal suerte que goza tambiιn de favorables perspectivas desde el punto de vista de los lνmites temporales y cuantitativos. En las ιpocas a que nos referimos, ninguna otra mercancνa gozaba de tal capacidad de venta extendida a amplias distancias. Aρadamos que, en la mencionada situaciσn, el trαfico con animales domιsticos estaba probablemente mαs desarrollado que el de otras mercancνas y entonces se comprenderα fαcilmente que el ganado, al ser la mercancνa dotada de mayor facilidad de venta de entre todas las entonces existentes, pasσ a ser el dinero natural [6] de los pueblos del mundo antiguo.
El pueblo mαs culto de la Antigόedad, el griego -cuyas etapas de desarrollo nos permite conocer la historia con bastante detalle- no nos ha dejado ninguna huella de la posible existencia, en las transacciones comerciales de los tiempos homιricos, de nuestra actual moneda acuρada. Se trataba todavνa de un comercio de intercambio. Los rebaρos eran la riqueza de los hombres. Los pagos, los precios de las mercancνas y los castigos se calculaban por cabezas de ganado, y por ellas fijaba todavνa Dracσn el montante de las multas y castigos. Hasta la ιpoca de Solσn no fueron sustituidas -evidentemente porque ya habνan quedado obsoletas- por el pago de dinero en metαlico, a razσn de un dracma por oveja y cinco dracmas por buey. Estas huellas del ganado-dinero son mαs perceptibles entre los antiguos pueblos ganaderos itαlicos que entre los griegos. Los romanos utilizaron los bueyes y las ovejas, hasta una ιpoca relativamente tardνa, como medio de intercambio. Los mαs antiguos castigos legales se pagaban en cabezas de ganados (calculadas en bueyes y ovejas), tal como se advierte todavνa en la Lex Aternia Tarpeia del 454 a. de J. C. Pero veinticuatro aρos mαs tarde eran ya sustituidas por dinero en metal acuρado [7]. Entre los antiguos germanos hubo una ιpoca en la que, segϊn Tαcito, tenνan en tan alto aprecio a las vasijas de arcilla y plata que equivalνan a la posesiσn de riquezas y de numerosos rebaρos. Al igual que entre los griegos de la edad homιrica, tambiιn aquν aparece en un primer tιrmino el comercio de intercambio, hecho a travιs del ganado, sobre todo caballar (junto con las armas). Preferνan los animales a cualquier otro tipo de posesiones y los castigos Iegales se pagaban en cabezas de ganado, armas y sσlo mαs tarde, en dinero en metαlico [8]. Todavνa Otσn el Grande imponνa multas en cabezas de ganado.
Entre
los αrabes, el pago en ganado estuvo en vigor en los dνas de Mahoma
[9]. Entre los pueblos del
Asia oriental, que tenνan por sagrados los escritos de Zoroastro (los
El
continuo progreso de la cultura, sobre todo la divisiσn de ocupaciones y la
consecuencia natural de esta divisiσn, es decir, la lenta fundaciσn de
ciudades con poblaciσn bαsicamente dedicada a la industria, tiene por doquier
la inevitable consecuencia de hacer desaparecer la capacidad de venta del
ganado en la misma medida en que va creciendo la de otras mercancνas, y sobre
todo los metales. El artesano que realiza un intercambio con un agricultor
raras veces puede aceptar cabezas de ganado como dinero. Bajo cualquier
circunstancia, la posesiσn, aunque sσlo sea pasajera, de ganado constituye para
un habitante de la ciudad una molestia que, ademαs, exige altos sacrificios
econσmicos. Incluso para los agricultores, la multiplicaciσn y los cuidados del
ganado implican grandes dispendios si no dispone de amplios pastizales y tienen
que estabular los rebaρos. El resultado es que a medida que avanza la cultura
se va reduciendo el cνrculo de personas para quienes el ganado tiene una alta
capacidad de venta y se van estrechando los lνmites temporales dentro de los
cuales es posible alimentarlo de forma econσmica. Es decir, retroceden las
fronteras espaciales y cuantitativas de su capacidad de venta, que pasa a segundo
tιrmino respecto de otros bienes. Deja de ser la mercancνa mαs vendible, no es
ya dinero
Todos los pueblos de elevada cultura, en los que en ιpocas pasadas el ganado tuvo el carαcter de dinero, dejaron de usarlo a medida que pasaron del nomadismo a la cultura agrνcola sedentaria y, mαs tarde, a la industrial, sustituyιndolo por metales, sobre todo aquellos de fαcil obtenciσn y fundiciσn, que fueron los primeros elaborados por el hombre: el cobre, la plata, el oro y, en algunos casos, el hierro. Este paso, en realidad inevitable, fue tanto mαs sencillo cuanto que indudablemente ya en ιpocas anteriores se utilizaron, junto al ganado, el metal y las materias primas, como dinero, para los pagos de escasa cuantνa.
Con
el cobre hicieron los campesinos sus primeros arados de metal, los guerreros
sus primeras armas, los artesanos sus primeros instrumentos. Cobre, oro y plata
fueron los mαs antiguos materiales metαlicos para vasijas y adornos de todo
tipo. En aquella etapa cultural en la que los pueblos pasaron del ganado al
metal como dinero, los bienes mαs deseados fueron el cobre y algunas aleaciones
del mismo, por ser los de uso mαs extendido, y el oro y la plata
Ahora
bien, este paso no fue repentino ni se dio del mismo modo en todos los pueblos.
La nueva divisa-metal pudo coexistir durante mucho tiempo junto a la antigua de
cabezas de ganado, antes de que ιsta desapareciera por completo. Tambiιn cabνa
dentro de lo posible que la valoraciσn de una cabeza de ganado fuera la unidad
de medida del metal convertido en dinero incluso cuando ya este metal era de
hecho el ϊnico medio utilizado para los intercambios. El
No puede afirmarse con entera seguridad que los mαs antiguos
medios de intercambio fueran el cobre y, respectivamente, el bronce, como
metales de uso mαs generalizado, y que sσlo mαs tarde pasaran a desempeρar
tambiιn esta funciσn los metales mαs nobles, como el oro. Fuera como fuere, es
indudable que las piezas de cobre alcanzaron en Asia oriental, en China y
acaso tambiιn en la India un gran desarrollo. Tambiιn en Italia central el
cobre se convirtiσ en sistema monetario propio. En las mαs antiguas regiones
culturales, entre el Tigris y el Eufrates, no existen indicios de un sistema
monetario basado en el cobre, mientras que en Asia Anterior, Egipto, Grecia,
Sicilia e Italia meridional, esta evoluciσn, si alguna vez existiσ, fue
interrumpida por el grandioso desarrollo del intercambio de mercancνas en el
mar Mediterrαneo, que no podrνa mantenerse solamente a base del cobre. Consta,
en cambio, que todos los pueblos que, en razσn de las circunstancias
exteriores bajo las que se desarrollσ su cultura econσmica, llegaron a
utilizar las monedas de cobre, pasaron despuιs, a medida que avanzaba su
proceso cultural y, sobre todo, a medida que se iban ampliando los lνmites
geogrαficos de su comercio, de los metales menos caros a los mαs preciosos, del
cobre al hierro, a la plata y al oro. Donde se impusieron las monedas de plata
se pasσ a las de oro, o al menos ιsta fue la tendencia, aunque no siempre se
dio el paso en todas partes. Para el reducido comercio de una antigua ciudad
sabina con el territorio circundante, y a tenor de la simplicidad de las
costumbres de aquellas gentes, una vez superado el estadio del ganado como moneda,
fue el cobre, como metal mαs
La historia de otros pueblos ofrece un cuadro de su desarrollo econσmico y, por consiguiente, de su sistema dinerario en el que se advierten mϊltiples variantes.
Cuando llegaron a Mιxico los primeros europeos, y a juzgar por los informes de testigos de vista sobre la situaciσn del paνs en aquella ιpoca, sus habitantes habνan alcanzado un nivel poco habitual de desarrollo econσmico. El sistema comercial de los antiguos aztecas tiene particular interιs para nosotros por una doble razσn. De un lado, nos demuestra que la idea econσmica que dirige la actividad humana al objetivo de satisfacer del mejor y mαs perfecto modo posible sus necesidades produce en todas partes unos anαlogos fenσmenos econσmicos. Del otro, el antiguo Mιxico nos presenta la imagen de un paνs que se hallaba inserto en el estadio de transiciσn de un simple comercio de intercambio hacia la economνa dineraria, es decir, la imagen de situaciones en las que podemos observar de forma inmediata el genuino proceso a travιs del cual, de entre el cϊmulo total de mercancνas intercambiadas, destacan algunas que acaban por convertirse en dinero.
Los relatos de los conquistadores y de los escritores contemporαneos nos describen a Mιxico como un paνs con numerosas ciudades y con un comercio de bienes de gran volumen y perfectamente reglamentado. En las ciudades habνa mercado todos los dνas. Cada cinco dνas se celebraban los mercados principales, distribuidos de tal suerte por todo el territorio que el mercado principal de una ciudad no pudiera ser perjudicado por la competencia del mercado de una ciudad vecina. Para el intercambio y venta de mercancνas habνa en cada lugar algunas grandes plazas y, dentro de ellas, un lugar concreto para cada gιnero de mercancνas, fuera del cual no podνan ser vendidas. Las ϊnicas excepciones las constituνan los alimentos y los objetos de difνcil transporte (madera, materias colorantes, piedras, etc). El nϊmero de personas que confluνan al mercado de la capital, Mιxico, alcanzaba, los dνas normales, de 20.000 a 25.000, los dνas de mercado principal llegaba de 40.000 a 50.000 y las mercancνas vendidas exhibνan una prodigiosa variedad [12].
Se plantea ahora la interesante pregunta de si en los mercados del antiguo Mιxico, que tantas semejanzas presentan con los del mundo antiguo, se registraron fenσmenos anαlogos a los de la naturaleza y el origen de nuestro dinero.
Los conquistadores espaρoles relatan efectivamente que el comercio mexicano, por la ιpoca en que ellos le contemplaron por primera vez, habνa desbordado, hacνa ya largo tiempo, los estrictos lνmites del simple intercambio y que algunas mercancνas desempeρaban ya aquella funciσn peculiar en el trαfico de bienes que hemos descrito en pαginas anteriores, es decir, la funciσn y situaciσn del dinero. Bolsitas que contenνan entre 8 y 24 granos de cacao, ciertos pequeρos tejidos de algodσn, oro en polvo encerrado en los caρones de plumas de ganso, valorados segϊn su tamaρo (en el antiguo Mιxico se desconocνa la balanza), piezas de cobre y, en fin, delgadas lαminas de cinc parecen haber sido las mercancνas que, allν donde no podνa llegarse a un intercambio directo de bienes de consumo, todo el mundo estaba dispuesto a aceptar (como dinero), aun en el caso de que el individuo en cuestiσn no tuviera necesidad inmediata de ellas. De entre las mercancνas que se intercambiaban en los mercados mexicanos, los testigos oculares mencionan las siguientes: animales vivos y muertos, cacao y todo gιnero de comestibles, piedras preciosas, artνculos medicinales, legumbres, gomas, resinas, diversas clases de tierras, medicamentos ya preparados, mercancνas hechas a base de fibrillas de αloe, palmera de montaρa y pelos de animales, ademαs de trabajos en pluma, ma dera y piedra, y finalmente oro, cobre, cinc, maderas, materias colorantes y pieles. Si se tiene en cuenta este tipo de mercancνas, y la circunstancia de que, por la ιpoca en que los europeos descubrieron Mιxico, el paνs poseνa un considerable movimiento industrial, con una numerosa poblaciσn urbana, asν como el hecho de que desconocνan casi todos nuestros animales domιsticos, es evidente que caνa fuera de su campo de visiσn la posibilidad de recurrir al ganado como dinero. Considerando, por otra parte, que el cacao era una bebida de uso cotidiano, que los tejidos de algodσn constituνan las prendas de vestido mαs usadas y que el oro, el cobre y el cinc eran los metales mαs usuales entre el pueblo azteca, es decir, bienes que, en razσn de su naturaleza interna y de su uso generalizado, poseνan una capacidad de venta superior a la de las restantes mercancνas, no es difνcil comprender por quι fueron justamente estos bienes los que adquirieron, para aquel pueblo, la categorνa de dinero. Ellos fueron, pues, el dinero mαs natural, aunque todavνa poco desarrollado, del antiguo Mιxico.
Anαlogas circunstancias hacen que para los pueblos cazadores que comercian con el exterior sean las pieles las que desempeρan la funciσn de dinero. En estos pueblos se da, naturalmente, superαvit de pieles, ya que el sistema de alimentaciσn a base de la caza lleva al apilamiento de grandes cantidades de pieles que puede desencadenar, como mαximo, una competencia entre los distintos miembros de la tribu por la posesiσn de especialmente bellas o raras. Si una tribu de cazadores intercambia sus productos con otros pueblos y surge un mercado para las pieles, en el que pueden intercambiarse ιstas por numerosos bienes de consumo, a elecciσn de los cazadores, lo mαs obvio es que estas pieles, al ser el bien con mayor capacidad de venta, sean las mαs fαcilmente aceptadas por ιstos para sus intercambios. Aunque el cazador A no necesita las pieles del cazador B, las acepta como trueque, porque sabe que las podrα cambiar fαcilmente en el mercado por otros bienes ϊtiles de uso. Las acepta, pues, aunque sσlo tienen para ιl el carαcter de mercancνas y las prefiere a otras mercancνas que tal vez posea, pero que tienen menor capacidad de venta. Podemos observar que de hecho ιsta es la situaciσn que se produce en casi todos los pueblos cazadores que comercian con pieles [13].
La
circunstancia de que en las regiones del interior de Africa se utilizara como
dinero la sal y los esclavos, en el curso superior del Amazonas panales de
cera, en Islandia y Terranova el bacalao, en Maryland y Virginia el tabaco, el
azϊcar en las Indias occidentales inglesas, los colmillos de elefante en las
proximidades de las posesiones portuguesas, se explica por el hecho de que estos
bienes constituνan e incluso siguen constituyendo hoy dνa, los principales
artνculos del comercio y que, por tanto, y al igual que en el caso de las
pieles entre los pueblos cazadores, tenνan la mαxima capacidad de venta. Lo
mismo cabe decir, en todos los casos similares, respecto del carαcter dinerario
adquirido por los bienes de uso general y de mαxima facilidad de venta en los
correspondientes lugares. Y asν, desempeρan la funciσn de dinero los dαtiles en
el oasis de Siwah, las paquetes de tι
Vemos, pues, que tampoco las diferencias locales y temporales de la forma externa del dinero se deben a un previo acuerdo entre los hombres o a presiσn legislativa. Y menos todavνa es el resultado del simple azar. El dinero es el producto natural de la distinta situaciσn econσmica de distintos pueblos, o dentro de unos mismos pueblos, de distintos perνodos de su historia.
§ 3.EL DINERO COMO MEDIDA DE LOS PRECIOS Y COMO LA FORMA MΑS ECONΣMICA DE LAS PROVISIONES DE INTERCAMBIO
Si, como consecuencia del creciente desarrollo del comercio y del funcionamiento del dinero, surge una situaciσn en la que se compran y venden mercancνas de todo gιnero y, bajo la presiσn de una viva competencia, son cada vez mαs reducidos los limites dentro de los cuales se forman los precios (pαg. 193 ss.), parece obvio admitir que, respecto de un tiempo y lugar determinados, todas las mercancνas mantienen una cierta relaciσn en sus respectivos precios y que, sobre esta base, los agentes econσmicos pueden intercambiarlas entre sν siempre que lo deseen.
Supongamos que la formaciσn del precio de unas cantidades concretas de las mercancνas que vamos a mencionar en nuestro ejemplo se ha situado, en un mercado y en un momento determinado, de la siguiente manera:
MERCANCΝAS
(Por quintal)
Precios
efectivos
(tαlers)
Precios
medios
(tαlers)
Azϊcar
24-26
25
Algodσn
29-31
30
Harina de trigo
5,5-6,5
6
Supongamos tambiιn que el precio medio de una mercancνa es aquel en que puede tanto comprarse como venderse. Se advierte entonces, por ejemplo, que 4 quintales de azϊcar son el equivalente de 3,33 quintales de algodσn y que esta ϊltima cantidad es, a su vez, el equivalente de 16,66 quintales de harina de trigo y que todas estas cantidades son, por su parte, el equivalente de 100 tαlers, y a la inversa. Entonces, sσlo necesitamos llamar al equivalente, asν entendido, de una mercancνa, o a uno de sus muchos equivalentes, su valor de intercambio, y a la suma por la que se pueden comprar o vender su valor de intercambio en sentido preferente, para llegar a la idea, predominante en nuestra ciencia, del valor de intercambio en general y del dinero como medida del valor de intercambio en particular.
En un paνs en el que existe un vivo trαfico comercial escribe Turgot todo tipo de bienes alcanza un precio corriente en relaciσn con todo otro tipo de bienes, de tal modo que una determinada cantidad de un gιnero se nos presenta como el equivalente de una determinada cantidad de cualquier otro gιnero. Para expresar el valor de intercambio de un bien en particular basta evidentemente con mencionar la cantidad de otra mercancνa conocida que constituya el equivalente del primer bien. Se advierte tambiιn claramente que todos los gιneros de bienes que pueden ser objeto del trαfico comercial deben medirse por asν decirlo mutuamente y que, en consecuencia, cualquiera de ellos puede servir de medida para todos los restantes. De similar manera se expresan prαcticamente todos los economistas y llegan, al igual que Turgot en su cιlebre tratado sobre el origen y distribuciσn de la riqueza de los pueblos [15], a la conclusiσn de que, de entre todas las posibles medidas del valor de intercambio, el dinero es la mαs adecuada y, por tanto, tambiιn la mαs generalizada. El ϊnico defecto de esta medida es que el valor del dinero no es en sν mismo una magnitud fija, sino variable [16] y que, por consiguiente, puede constituir una medida segura del valor de intercambio en un momento concreto y determinado, pero no para tiempos diferentes.
Ahora
bien, en la teorνa del precio hemos mostrado que nunca es posible descubrir en
la economνa de los hombres bienes equivalentes en el sentido objetivo de la
palabra (pαg
Aunque
en un mercado lanero el quintal de lana de una determinada calidad se venda a
103 florines, se registran a menudo, en ese mismo mercado, transacciones a
precios unas veces mayores y otras menores, por ejemplo, a 104, 103,5, 102 y
102,5. Y mientras que, en este mercado, los compradores se declaran dispuestos
a tomar a 101 florines, los vendedores afirman al mismo tiempo que sσlo
estαn dispuestos a dar a 105 florines. ΏCuαl es, en estos casos, el valor de
intercambio de un quintal de lana? O, dicho a la inversa, Ώquι cantidad de
lana es el valor de intercambio de 100 florines? Evidentemente, lo ϊnico que
puede decirse es que un quintal de lana oscila, en el mercado de referencia y
en el punto temporal en que se realizan las transacciones, entre 101 y 105
florines. Pero no se observa la existencia real de una
Es cierto que en la vida prαctica y con la mirada puesta en objetivos econσmicosse necesitan unas valoraciones de exactitud aproximada, sobre todo cuando dichas valoraciones se hacen en dinero. En todos aquellos casos en los que sσlo es posible llegar a cαlculos aproximativos, se aceptan, con razσn, los precios intermedios como los que mejor responden, en general, a los mencionados objetivos econσmicos. Pero no es menos claro que este mιtodo de valoraciσn de bienes es del todo insuficiente para la vida prαctica, e incluso puede inducir a errores, allν donde se requiere un elevado grado de exactitud. Cuando lo que interesa es una valoraciσn exacta, es preciso distinguir tres aspectos, segϊn sea la intenciσn del valorador. Efectivamente, ιste puede pretender:
1. Calcular el precio en que podrνan venderse unos bienes determinados, si les llevara al mercado.
2. Calcular el precio que podrνan alcanzar en el mercado unos bienes concretos, con unas caracterνsticas especiales.
3. Calcular la cantidad de mercancνa o, respectivamente, la suma de dinero que constituye, para un determinado sujeto, el equivalente de un bien o, respectivamente, da una cantidad de bienes.
La
soluciσn de las dos primeras tareas se desprende de cuanto ya hemos dicho. La
formaciσn del precio oscila entre dos extremos, de los que al mαs
Supongamos
que A posee los bienes
Si, a tenor de lo dicho, deben considerarse como indefendibles tanto la teorνa del valor de intercambio en general como con necesaria consecuencia tambiιn la del dinero como medida del valor de intercambio en especial, con todo, el anαlisis de la naturaleza y de la funciσn del dinero nos enseρa que las diferentes valoraciones de que hemos venido hablando (y que deben distinguirse de la medida del valor de intercambio de los bienes) son de ordinario mαs ajustadas y razonables cuando se hacen en dinero. El objeto de las dos primeras valoraciones es el cαlculo de las cantidades de bienes a cambio de las cuales puede venderse o, respectivamente, comprarse una mercancνa en un mercado concreto y en un tiempo determinado. En el caso de que se lleven a cabo las correspondientes transacciones, estas cantidades de bienes sσlo pueden consistir, de ordinario, en dinero, y el conocimiento de las sumas de dinero por las que una mercancνa puede comprarse o venderse es, por consiguiente, y segϊn la naturaleza de las cosas, el objetivo mαs directo de tales cαlculos, fundamentado en la funciσn econσmica de la valoraciσn.
Ademαs, en las situaciones de alto nivel de desarrollo del comercio, el dinero es a la vez la ϊnica mercancνa a tenor de la cual pueden valorarse, sin rodeos, todas las demαs. Donde desaparece el comercio de intercambio en el sentido estricto de la palabra y, en conjunto, ya sσlo aparece el dinero como precio de las distintas mercancνas, no existe ningϊn otro fundamento seguro para otras valoraciones. Valorar el grano o la lana en dinero es relativamente mucho mαs fαcil que valorar la lana en grano o, a la inversa, el grano en lana. Esto ϊltimo es, en efecto, mucho mαs dificultoso porque no hay posibilidad o sσlo en muy contados casos de intercambiar de forma inmediata uno de estos productos por el otro y faltan, por consiguiente, los fundamentos necesarios para la valoraciσn, es decir, los respectivos precios efectivos. En consecuencia, las valoraciones de este tipo sσlo son posibles, de ordinario, sobre la base de un cαlculo que parte ya del presupuesto previo de la valoraciσn de los citados bienes en dinero, mientras que la valoraciσn de un bien en dinero puede hacerse inmediatamente, sobre la base de los precios efectivos ya existentes.
La valoraciσn de las mercancνas en dinero no sσlo es, como ya hemos visto, la que mejor responde a los objetivos prαcticos y usuales de la valoraciσn, sino que es tambiιn, respecto de su realizaciσn prαctica, la mαs natural, la mαs obvia, la mαs sencilla. En cambio, la valoraciσn en otras mercancνas es un proceso mαs complicado que, ademαs, supone que existe ya la primera valoraciσn.
Lo mismo cabe decir respecto del cαlculo de los equivalentes de bienes en el sentido subjetivo de la palabra porque, como ya hemos visto, este ϊltimo tiene como fundamento y presupuesto las dos primeras valoraciones.
Desde esta perspectiva es fαcil comprender que el dinero es justamente aquella mercancνa en la que de ordinario se hacen las valoraciones, y en este sentido (como mercancνa sobre la que se valoran las restantes mercancνas en situaciones de alta evoluciσn del comercio [18]) es la mαs adecuada y, por consiguiente, se la puede considerar y llamar la medida de los precios [19].
Por idιntica causa, el dinero es tambiιn el medio mαs adecuado de colocar todas aquellas partes constitutivas de la riqueza que su propietario intenta intercambiar por otros bienes (sean de consumo inmediato o medios de producciσn). Las porciones de su riqueza que un individuo econσmico destina al intercambio por bienes de consumo alcanzan, por el hecho de que primeramente se las cambia por dinero, aquella forma por medio de la cual el propietario puede satisfacer de la manera mαs rαpida y segura sus necesidades. Tambiιn respecto de la parte de capital de un individuo que no consta ya de los elementos de la producciσn intentada cabe decir, por la misma razσn, que la forma dineraria es mαs adecuada que todas las restantes, porque cualquier mercancνa de otro gιnero deja intercambiarse primero por dinero, para luego, en un momento posterior, adquirir por su medio los bienes requeridos para la producciσn. La experiencia diaria nos enseρa, en efecto, que los agentes econσmicos se esfuerzan por convertir en dinero aquellas partes de sus provisiones que no se componen de bienes destinados a la satisfacciσn directa de sus necesidades, sino que son otro tipo de mercancνas. Tambiιn transforman en dinero aquella parte de su capital que no consta de elementos de la producciσn intentada, para dar de este modo un paso nada insignificante hacia la consecuciσn de sus fines econσmicos.
Debe, en cambio, considerarse equivocada
la opiniσn que atribuye al dinero en cuanto tal la funciσn de trasladar
valores del presente al futuro. En efecto, aunque en razσn de su gran
duraciσn, de sus escasos gastos de conservaciσn, etc., el dinero en metαlico
es muy adecuado para este objetivo, no es menos claro que existen mercancνas que
Resumiendo cuanto se ha dicho hasta ahora, llegamos a la conclusiσn de que las mercancνas que se convierten en dinero son siempre mientras no lo impidan algunos obstαculos insertos en las caracterνsticas de las mismas aquellas en las que mejor pueden hacerse tanto las valoraciones que responden a los objetivos prαcticos de los hombres econσmicos como la colocaciσn de las provisiones de intercambio. El dinero en metαlico (la forma que los especialistas de nuestra ciencia tienen siempre en cuenta, cuando se habla del dinero en general) responde tambiιn de hecho en un grado muy elevado a este objetivo. No menos seguro nos parece, con todo, que no puede atribuirse al dinero en cuanto tal la funciσn de medida del valor y garantizador del valor, ya que esta caracterνstica es accidental a la naturaleza del dinero y no estα incluida en su concepto.
§ 4.LA MONEDA ACUΡADA
De la precedente exposiciσn de la naturaleza y el origen del dinero se desprende claramente que, en las circunstancias normales de las relaciones comerciales de los pueblos civilizados, los metales nobles se convierten, de manera natural, en dinero econσmico. No obstante, su utilizaciσn para fines dinerarios no deja de tener algunos inconvenientes, cuya superaciσn deberνa constituir el objetivo de los esfuerzos de los agentes econσmicos. De entre estos inconvenientes que se derivan de la utilizaciσn de los metales nobles con fines dinerarios destacan como mαs importantes los debidos a la difνcil comprobaciσn de su autenticidad y de su grado de pureza y a la necesidad de dividir estos duros metales en las piezas correspondientes a las transacciones. Son dificultades que no pueden eliminarse sin pιrdidas de tiempo y sin sacrificios econσmicos.
La
comprobaciσn de la autenticidad o, respectivamente, del grado de pureza de los
metales nobles exige la utilizaciσn de productos quνmicos y de prestaciones
laborales especializadas, porque esta prueba sσlo puede ser realizada por
especialistas en la materia. La divisiσn de los metales duros en las piezas
necesarias es una operaciσn que exige una gran capacidad y requiere, por
consiguiente, no sσlo fatiga
El
conocido viajero de la
Cuando uno va al mercado en Birmania dice Bastian debe proveerse de una pieza de plata, un martillo, un cincel, una balanza y las pesas correspondientes. ΏCuαnto vale esta olla? Ensιρame tu dinero, replica el vendedor, y a la vista del mismo marca el precio o el peso. Entonces el comerciante proporciona un yunque y el comprador golpea su pieza de plata, basta que se juzga haber llegado al peso marcado. Luego lo pesa en su propia balanza, porque la gente no se fνa de las balanzas de los vendedores, y aρade o quita, hasta que obtiene el peso exacto. Por supuesto, se pierde mucho con los fragmentos que caen al suelo. Por eso se juzga preferible no comprar exactamente la cantidad que se desea, sino la equivalente al trozo de plata que se ha partido. En las compras de mayor importancia, que sσlo pueden pagarse con la plata mαs fina, el proceso es aϊn mαs fatigoso, porque primero hay que llamar a un ensayador para que determine con exactitud el grado de pureza del metal y la cantidad que debe entregarse.
La anterior descripciσn nos transmite una diαfana imagen de las dificultades vinculadas al comercio de todos los pueblos, antes de que aprendieran la tιcnica de acuρar las monedas. La eliminaciσn de tales dificultades debνa parecer tanto mαs deseable cuanto que su frecuente repeticiσn debνa por fuerza resultar muy molesta para los agentes de la economνa.
Es primera de estas dos dificultades, la comprobaciσn de la pureza del metal, parece haber sido aquella a cuya eliminaciσn se aplicaron en primer tιrmino los sujetos econσmicos. La seρal estampada por el poder pϊblico o por una persona digna de confianza sobre una barra de metal no garantizaba su peso, pero sν su grado de pureza, de modo que liberaba a su propietario de la pesada y costosa tarea de someterla a comprobaciσn, cuando la entregaba a personas que conocνan la garantνa de aquella marca. Ciertamente, todavνa era preciso pesar el metal, pero su grado de pureza no requerνa ya ulteriores indagaciones.
Al mismo tiempo, y en algunos casos, tal vez tambiιn algo mαs tarde, parece que a los agentes econσmicos se les ocurriσ la idea de marcar tambiιn el peso de las piezas metαlicas y de dividir con antelaciσn estos metales en partes mαs pequeρas, que tuvieran la garantνa del peso, como la tenνan ya respecto de su grado de pureza. El mejor modo de conseguirlo fue, naturalmente, dividir el metal fino en pequeρas piezas adecuadas a las necesidades del comercio y poner la marca de su peso de tal modo que no pudiera defraudase ni el peso ni el grado de pureza en porciones dignas de menciσn, sin que se notara inmediatamente. Se alcanzσ asν nuestras monedas acuρadas que, en razσn de su propia esencia, no son sino piezas o trozos de metal cuyo grado de pureza y peso estα comprobado de forma fiable y con la exactitud requerida para los fines prαcticos de la vida econσmica. Estαn tambiιn protegidas, de la manera mαs eficaz posible, contra cualquier tipo de engaρo. Esta circunstancia nos posibilita llevar a cabo todas nuestras transacciones con las correspondientes masas de peso de metal noble, sin que tengamos que someternos a la fatigosa comprobaciσn, divisiσn y peso del mismo, es decir, mediante el simple procedimiento de contar las piezas. La significaciσn para la economνa de las monedas acuρadas radica, pues, en que (prescindiendo de la operaciσn mecαnica de la divisiσn del metal noble en las cantidades requeridas), cuando las recibimos no tenemos que proceder a comprobar su autenticidad, pureza y peso, y cuando las damos tambiιn nos ahorramos esta comprobaciσn. Nos evitamos, por consiguiente, toda una larga serie de preparativos molestos, que nos robarνan tiempo y nos obligarνan a sacrificios econσmicos. Como consecuencia de esta circunstancia no hace sino aumentar considerablemente aquella gran capacidad de venta que tienen los metales nobles en virtud de su propia naturaleza [21].
Es de todo punto evidente que quien mejor puede garantizar el peso y la pureza de las monedas acuρadas es el Estado, porque todos le conocen y reconocen y, al mismo tiempo, tiene el poder para amedrentar y castigar a los infractores. De ahν que los gobiernos hayan asumido casi siempre el deber de acuρar las monedas necesarias para el comercio. Pero, no raras veces, abusan de este poder, hasta el punto de que los sujetos econσmicos casi llegan a olvidar el hecho de que una moneda no es otra cosa sino un trozo de metal noble, de un peso y una pureza determinados, y que la dignidad y capacidad jurνdica del emisor no hace sino garantizar este peso y pureza. Se ha llegado incluso a poner en duda que el dinero es una mercancνa y hay quienes afirman que es una cosa meramente imaginaria, apoyada simplemente en un acuerdo entre los hombres. La circunstancia de que los gobiernos manejen el dinero como si fuera, en efecto, tan sσlo el producto de un acuerdo humano en general y de su capricho legislativo en particular, ha contribuido en no escasa medida a dar impulso a muchas errσneas concepciones sobre la esencia del dinero.
Los inconvenientes de nuestras monedas radican sobre todo en las circunstancias de que, al fabricarlas, no se les puede dar un peso absolutamente exacto y que, por razones prαcticas (problema de costes), las fαbricas de la moneda ni siquiera intentan alcanzar el grado de exactitud que podrνa lograrse. Las faltas de peso con que las monedas salen ya de las fαbricas de acuρaciσn se multiplican con el uso, de tal modo que fαcilmente puede llegarse a una sensible desigualdad en el peso de las piezas de un mismo valor.
Por supuesto, estas desviaciones son
tanto mαs notables cuanto mαs pequeρas son las cantidades en que se divide el
metal noble. La acuρaciσn de piezas ligeras, tal como lo pide el comercio al por
menor, implicarνa grandes dificultades tιcnicas y, caso que se las quisiera
fabricar con suficiente exactitud, exigirνan tales sacrificioseconσmicos
que no guardarνan ninguna proporciσn con el valor en curso de las monedas. En
el extremo contrario, todos los que se dedican al comercio saben las enormes
dificultades que provoca
En Siam -cuenta Bastian- la moneda mαs pequeρa
vale dos annas, y el que desea comprar algo inferior a este precio, debe
esperar a tener necesidad de alguna otra cosa que justifique el desembolso de
esta moneda, o debe buscar a otra persona que desee aquella misma mercancνa y
comprarla entre los dos. Por debajo de este precio se recurre a veces a tazas
de arroz. En Socrata se emplean tambiιn, para devolver el cambio, pequeρos
trozos de
En la mayorνa de las naciones de alta cultura se sale al paso de las dificultades tιcnicas y econσmicas inherentes a la acuρaciσn de piezas de metales nobles demasiado pequeρas, mediante el procedimiento de acuρar metales comunes, sobre todo cobre y bronce.
Pero como por razones de utilidad prαctica nadie, salvo caso de necesidad, tiene una gran parte de sus fondos en estas monedas sσlo desempeρan una funciσn secundaria en el comercio. Incluso, para mayor comodidad de los compradores y vendedores, puede ocurrir que, sin que de aquν se deriven grandes daρos, tengan menos peso con la sola condiciσn de que todos estιn dispuestos a aceptarlas a cambio de los metales nobles, o que sean emitidas en tan escasa cantidad que el mercado las pueda absorber sin dificultades.
De todas formas, el primer camino es el modo mαs correcto y al mismo tiempo el mαs seguro para proteger el valor de las monedas frente a los abusos del Estados, que obtiene provecho de la acuρaciσn y emisiσn. A estas piezas se les llama moneda fraccionaria (calderilla). Su valor sσlo responde en parte al peso y pureza del metal y radica mαs bien en el hecho de que todos estαn dispuestos a intercambiar una determinada cantidad de esta calderilla por piezas de metal noble o, respectivamente se puede hacer frente, con estas monedas, a las obligaciones de pago contraνdas con otras personas, hasta el montante equivalente a la moneda de menor valor de un metal noble de ley. En tales casos, y en razσn de la comodidad derivada del uso de monedas de bronce o de cobre de poco peso, el pϊblico tolera gustosamente la pequeρa anomalνa econσmica, porque las ventajas de fαcil transporte y comodidad en el caso de las monedas que no encierran un gran interιs econσmico son mayores que su peso y ley. De similar manera, en muchos paνses se acuρan pequeρas monedas de plata, sin mayores inconvenientes, siempre que tengan un valor para el que, por razones tιcnicas o econσmicas, no sea aconsejable emitir monedas de peso y ley exactos.
____________
[1]
MOMMSEN,
[2]
Para nuestro concepto
del dinero, el alto alemαn empleaba de ordinario la palabra
No
deja de tener interιs traer a colaciσn las expresiones utilizadas por otros pueblos para designar el
dinero. Los griegos, hebreos y, en una de sus expresiones, tambiιn los romanos,
llamaban al dinero plata (
[3] CONDILLAC,
[4]
La explicaciσn del proceso peculiar en
virtud del cual en las culturas altamente evolucionadas existe un cierto nϊmero
de bienes, como el oro y la plata en piezas acuρadas, que todo el mundo acepta
sin la menor dificultad como intercambio por otras mercancνas, incluidas las
personas que no tienen ninguna necesidad inmediata de estos bienes, o que los
poseen ya en cantidad mαs que suficiente, ha sido un problema al que han
dedicado mαs esfuerzos que a ningϊn otro de nuestra ciencia una serie de
brillantes pensadores, desde la Antigόedad hasta nuestros dνas. Todo el mundo
comprende fαcilmente que el propietario de un bien lo intercambie por otro que
le resulta mαs ϊtil. Pero que todos los agentes econσmicos de un pueblo deseen
cambiar sus mercancνas por pequeρas lαminas de metal que de ordinario sσlo unos
pocos individuos pueden destinar a usos directos es un comportamiento tan contrario
al curso normal de las cosas que no es maravilla que a un pensador tan
distinguido como Savigny
Junto a esta idea, se registra en la Antigόedad la tentativa por
explicar la peculiar posiciσn de que gozan los metales nobles en el αmbito de
las restantes mercancνas en razσn de sus especiales propiedades. Aristσteles (
En la
Entre los escritores de
la primera mitad del siglo XVIII que analizaron temas financieros destaca
claramente Law por sus investigaciones sobre el origen del dinero. Boizard
todavνa lo seguνa atribuyendo a la autoridad pϊblica.
Vauban
Esta
investigaciσn ha sido hasta ahora poco promovida en obras monogrαficas. Ad.
Mόller
[5]
[6]
La Conexiσn entre
las ideas del dinero y del ganado como el mαs antiguo medio de intercambio
aparece en la mayorνa de las lenguas. En el alto alemαn nσrdico, la palabra
[7]
BOCKH,
[8] WACKERNAGEL, Gewerbe, Handel und Schiffahrt der alten Germanen, en Haupts Zeitschrift IX, 548 ss.; GRIMM, Deutscte Rechtsalterzhόmer, pαginas 586 ss.; SOETBEER, Beitrδge zur Geschichte des Geld- und Mόnzwesens in den Forschungen zur deutschen Geschichte, I, pαg. 215.
[9] SPRENCER,
[10]
Cf. ROSCHER,
[11] Plut., Thes, 19;
PLINIO, Hist. natur, 18.3; SCHREIBER, en su
[12]
CLAVIGERO,
[13] Todavνa hoy dνa en
muchos paνses del αrea de actividades de la Compaρνa de la Bahνa de Hudson, la
unidad de medida del comercio estα formada por la piel del castor. Asν
[14]
ROSCHER,
[15]
[16]
Sobre este punto, cf. especialmente
HELFERICH,
[17]
La mencionada diferencia, a la que hasta
ahora no ha concedido nuestra ciencia la atenciσn que serνa de desear, viene
siendo, desde hace algϊn tiempo, objeto de profundo anαlisis por parte de los
juristas, ya que para ellos tiene importancia prαctica siempre que surgen problemas
relativos a reclamaciones de indemnizaciσn y tambiιn en otros casos
(especialmente en los referentes a prestaciones subsidiarias). Basta pensar,
por ejemplo, en el caso de que alguien prive a un sabio
[18] En las lνneas anteriores hemos descrito las causas que hacen que siempre que una mercancνa alcanza el carαcter de dinero las valoraciones pueden efectuarse de ordinario y de una forma mucho mαs racional tomando como patrσn dicha mercancνa. De hecho, asν acontece en el terreno de la vida real, a no ser que lo impidan ciertas peculiaridades de la mercancνa convertida en dinero. Pero esto ϊltimo es una consecuencia necesaria del carαcter de dinero de la mencionada mercancνa. Cabe muy bien imaginar casos en los que una mercancνa que no posee el carαcter de dinero se convierta en medida de los precios, o bien que entre varias mercancνas que han conseguido dicho carαcter sσlo sea medida una de ellas y no las otras. Por consiguiente, la funciσn de medida de los precios no estα necesariamente vinculada a las mercancνas que tienen carαcter monetario, ni es tampoco una consecuencia necesaria de estas ϊltimas, aunque sν es, al menos, su causa y su presupuesto. Por lo demαs, el dinero es de ordinario una excelente medida de los precios, sobre todo el dinero bajo la forma de metal, debido a su alta fungibilidad y a la estabilidad relativamente elevada de los factores que determinan su valor de hecho. Aunque otras mercancνas (armas, instrumentos metαlicos, anillos de bronce, etc.) han alcanzado el carαcter de dinero, no han sido nunca empleadas de hecho como medida de los precios. Asν pues, esta ϊltima funciσn no es esencial al concepto de dinero. Si algunos economistas polνticos llegan al extremo de concebir el dinero simplemente como una medida del valor, esto se debe a que desconocen la autιntica esencia del dinero
[19] Ya Aristσteles seρalσ la caracterνstica
de que el dinero sirve de medida para el trαfico de los bienes
[20] Esta teorνa ha tenido
[21] Inicialmente las piezas metαlicas tenνan un peso que equivalνa a algunas de las unidades de pesas y medidas usuales para el resto de las mercancνas. El as romano era una pieza de cobre que pesaba una libra. La libra esterlina inglesa era en tiempos de Eduardo I una pieza de plata de una ley determinada, que pesaba una libra segϊn el peso de Tower. De igual modo, la libra francesa era, en tiempos de Carlomagno, una libra de plata, segϊn el peso de Troyes. Los chelines y peniques ingleses eran asimismos pesos usados en las transacciones comerciales.
Es
un hecho sabido que el marco alemαn, el chelνn austrνaco, el