Supuestos teóricos y hechos no observados


Wassily Leontief

En La estructura del desarrollo. Escritos Escogidos. Selección y Prólogo de Diego Pizano. Tercer Mundo Editores. Bogotá. 1991. pp. 221-231. The American Economic Review, marzo de 1971, pp. 1-7, Discurso presidencial dirigido a la reunión No. 83 de la Asociación American de Economía, Detroit, Michigan, 29 de diciembre de 1970.

La economía de hoy se erige en la cumbre de la respetabilidad intelectual y del reconocimiento popular, la seria atención con que son recibidos nuestros pronunciamientos por el público en general, los ceñudos políticos e incluso los empresarios escépticos es tan sólo sobrepasada por aquella que experimentaron los físicos y los expertos en el espacio unos cuantos años atrás, cuando el viaje completo a la Luna parecía ser nuestra verdadera meta nacional. El flujo de artículos entendidos, monografías y libros de texto está agrandándose como una ola enorme; Econométrica, la revista líder en el campo de la economía matemática, ha aumentado hace poco su frecuencia de publicación de cuatro a seis entregas por año.

Y sin embargo, un sentimiento inquietante acerca del estado actual de nuestra disciplina ha venido creciendo en algunos de nosotros, que hemos observado su desarrollo sin precedentes a lo largo de las últimas tres décadas. Esta ansiedad parece ser compartida por aquellos que están aportando con éxito al actual boom . Ellos realizan el juego con habilidad profesional, pero tienen serias dudas acerca de sus reglas.

Mucha de la enseñanza y la investigación académicas en boga ha sido criticada por su falta de importancia, esto es, de impacto práctico inmediato. En una respuesta casi instantánea a esta crítica, los proyectos de investigación, los seminarios y los cursos de pregrado han sido establecidos para estudiar la pobreza, la ciudad y los tugurios de los pequeños pueblos, el agua pura y el aire fresco.

En un reflejo casi de Pavlov, siempre que se levanta una nueva quejan el presidente Nixon nombra una comisión y la universidad anuncia un nuevo curso. Estoy lejos de argüir que la dirección del disparo no deba ser cambiada cuando el blanco se mueve. Sin embargo, el inconveniente es producto no de una selección inadecuada de blancos, sino, más bien, de nuestra incapacidad para dar en el centro de cualquiera de ellos. la inquietud de la que hablé antes no es causada por la irrelevancia de los problemas prácticos a los que la economía dirige sus esfuerzos, sino, quizá por la palpable falta de adecuación de los medios científicos con los que intenta resolverlos.

Si esto fuera simplemente un signo del máximo nivel de aspiración de una disciplina en rápido desarrollo, tal discrepancia entre fines y medios no sería motivo de alarma.

Pero creo que el desempeño constantemente indiferente en las aplicaciones prácticas es, de hecho, síntoma de un desbalance fundamental en el estado actual de nuestra disciplina.

En claro que la fundamentación empírica débil y de muy lento desarrollo no puede sustentar la proliferante superestructura de la teoría económica pura, o debería decir, especulativa.

Mucho es causado por el uso extendido, casi obligatorio, de las matemáticas por parte de los economistas teóricos modernos. En la medida en que los fenómenos económicos poseen dimensiones cuantitativas observables esto es indiscutiblemente un gran paso adelante. Infortunadamente, cualquiera capaz de aprender cálculo y álgebra elemental, o preferiblemente avanzados, y de adquirir familiaridad con la terminología especializada de la economía puede erigirse como teórico. El entusiasmo acrítico por la formulación matemática usualmente tiende a encubrimiento el efímero contenido sustantivo del argumento tras la fachada formidable de los signos algebraicos.

Las revistas especializadas han abierto de par en par sus páginas a exposiciones escritas en lenguaje matemático; las entidades de estudios superiores entrenan a los jóvenes aspirantes a economistas a utilizar ese lenguaje; las universidades solicitan su conocimiento y premian su uso. La industria de construcción de modelos matemáticos ha crecido hasta convertirse en una de las más prestigiosas, posiblemente la más prestigiosa, de las ramas de la economía. La construcción de un modelo teórico típico puede ser manejada actualmente como una tarea rutinaria de ensamblaje. Todos los componentes principales, tales como las funciones de producción, de consumo y de utilidad vienen en varios tipos estándar, así también el equipo opcional como, por ejemplo, “el factor aumento” -para encargarse del cambio tecnológico. Este artificio particular está, incidentalmente, disponible en un simple diseño exponencial o mediante un regulador automático especial conocido como la “función Kennedy”. Cualquier modelo puede ser modernizado con la ayuda de accesorios especiales. una manera popular de hacer ascender un simple modelo de un sector es convertirlo en una versión de dos sectores o, incluso, en una forma aún más impresionante de “n-sectores”, esto es, en una clase multisectorial.

Hoy por hoy, en la presentación de un nuevo modelo la atención se centra usualmente en una derivación paso a paso de sus propiedades formales. Pero si el autor -o al menos el supervisor que recomendó el manuscrito para su publicación- es técnicamente competente, tales manipulaciones matemáticas, no obstante largas e intrincadas, pueden ser aceptadas como correctas aun sin una revisión detallada. Sin embargo, son usualmente explicadas en gran extensión. Para el momento en el que se llega a la interpretación de las conclusiones sustantivas, los supuestos sobre los cuales se ha basado el modelo han sido fácilmente olvidados, pero es precisamente de la validez empírica de aquellos supuestos de la que depende la utilidad del ejercicio entero.

Lo que se necesita realmente, en la mayoría de los casos, es un juicio y una verificación muy difíciles y muy pocas veces claros de esos supuestos en términos de hechos observados. Aquí las matemáticas no pueden ayudar y por ello el interés y el entusiasmo del constructor del modelo de repente comienza a fluctuar: “Si no le agrada mi serie de supuestos, deme otro y con gusto haré otro modelo; haga su elección”.

Los modelos de orientación política, en contraste con los puramente descriptivos, están ganando ventaja, no importa cuánto puedan tener de poco operativos. Esto, creo, se debe en parte a que la elección de los objetivos políticos finales -la selección y justificación de la forma de la así llamada función objetiva- es considerada, opino que correctamente, como basada en un juicio normativo, no en el análisis factual. Entonces el constructor de modelos puede asegurar cuando menos algunos supuestos convenientes sin correr el riesgo de ser inquirido para justificarlos en terrenos empíricos .

Resumiendo, con las palabras de un reciente presidente de la Sociedad Econométrica,

...los logros de la teoría económica en las últimas dos décadas son tan impresionantes como en muchos sentidos hermosos. Pero no puede negarse que hay algo de escandaloso en el espectáculo de tantas personas refinando el análisis de estados económicos del cual no dan razón para suponer que nunca han podido o nunca podrán superar. Es un estado de cosas insatisfactorio y un poco deshonesto.

Pero ¿debería omitirse este duro argumento cuando nos enfrentamos a un impresionante volumen de trabajo econométrico? La respuesta es, evidentemente, no. Ese trabajo puede ser caracterizado en general como un esfuerzo por compensar la deslumbrante debilidad de la base de datos disponible para nosotros con el uso, lo más amplio posible, de técnicas estadísticas cada vez más sofisticadas. Junto a la creciente pila de elaborados modelos teóricos vemos un stock de rápido crecimiento, de igualmente intrincadas herramientas estadísticas. Se intenta que éstas extienden hasta el límite el escaso abastecimiento de datos.

Ya que los supervisores de publicaciones, como dije, realizan un trabajo competente, la mayoría de los conjuntos de pruebas y modelos descritos en las revistas especializadas son internamente consistentes. Sin embargo, como los modelos económicos que supuestamente deben implantar, la validez de estas herramientas estadísticas depende de la aceptación de ciertos supuestos convenientes, pertenecientes a las propiedades estocásticas de los fenómenos que intentan explicar los modelos particulares; supuestos que pueden ser raramente verificados.

En ningún otro campo de la investigación empírica se ha usado tan masiva y sofisticada maquinaria estadística con resultados tan inocuos.

Sin embargo, los teóricos continúan acudiendo a modelo tras modelo y los estadísticos matemáticos continúan creando complicados procedimientos, uno después de otro. La mayor parte de todo esto es relegada a la pila de stock sin ninguna aplicación práctica o luego de un ejercicio demostrativo tan sólo superficial.

Aun aquellos utilizados durante un tiempo corto son desfavorecidos, no porque los métodos que los suceden se desempeñen mejor, sino porque son nuevos y diferentes.

La continuada preocupación por realidades imaginarias, hipotéticas, más que por las observables, ha conducido gradualmente a una distorsión de la escala informal de valores usada en nuestra comunidad académica para aseverar y escalafonar los desempeños científicos de sus miembros. El análisis empírico, de acuerdo con esta escala, logra un puntaje menor que el razonamiento matemático formal. Acuñar un nuevo procedimiento estadístico, aunque débil, que haga posible exprimir un parámetro más raro de un grupo de datos dado, es juzgado como un logro científico mayor que la búsqueda exitosa de información adicional que nos permitiese medir la magnitud del mismo parámetro de una manera menos ingeniosa, pero más confiable. Esto a pesar del hecho de que en demasiados casos el sofisticado análisis estadístico es realizado sobre un grupo de datos cuyo significado exacto y su validez es desconocida para el autor o, en todo caso, tan conocida para él que finalmente advierte al lector que no tome en serio las conclusiones materiales del “ejercicio” entero.

Una retroalimentación darwiniana, operando a través de la selección del personal académico, contribuye en gran medida a la perpetuación de este estado de cosas. El sistema de puntuación que gobierna la distribución de premios, afecta la conformación de los equipos en competencia. Por ende, no es sorprendente ahora que los economistas jóvenes, particularmente aquellos comprometidos con la enseñanza y la investigación académica, parezcan más bien conformes con una situación en la cual pueden demostrar su proeza (e, incidentalmente, avanzar en sus carreras) construyendo modelos matemáticos más y más complicados y creando métodos de inferencia estadística más y más sofisticados, sin siquiera comprométese con la investigación empírica. Quejas acerca de la ausencia de datos primarios indispensables son escuchadas de tiempo en tiempo, pero no suenan muy urgentes. El sentimiento de poca satisfacción con el presente estado de nuestra disciplina, que me incita a hablar tan franca y llanamente, parece ser compartido, -¡por muy pocos!-. E incluso esos pocos que lo comparten sienten que pueden hacer muy poco para mejorar la situación. ¿Cómo podrían?

En contraste con la mayoría de las ciencias físicas, nosotros estudiamos un sistema que no sólo es supremamente complejo, sino que se encuentra en estado de constante fluctuación. Tengo en mente no los obvios cambios de las variables, tales como productos, precios o niveles de empleo, que nuestras ecuaciones supuestamente deben explicar, sino las relaciones estructurales básicas descritas por la forma y los parámetros de esas ecuaciones. Para poder conocer cuáles son las formas reales de estas relaciones estructurales en un momento dado, tenemos que mantenerlas bajo continua vigilancia.

Mediante el hundimiento de los fundamentos de nuestro sistema analítico más y más profundamente, por ejemplo, gracias a la reducción de las funciones de costo a funciones de producción y de las funciones de producción a algunas relaciones aún más básicas eventualmente capacitadas para explicar el cambio tecnológico en sí, seríamos capaces de cambiar el rumbo e irnos a la deriva. Sería, no obstante, un tanto soñador esperar alcanzar, en este sentido, el asentamiento de relaciones estructurales invariables (parámetros medibles) que, una vez hayan sido observadas y descritas, pudieran ser utilizadas año, década tras década, sin revisiones basadas en la observación repetida.

En el nivel relativamente poco profundo donde opera actualmente el análisis económico empíricamente implantado, incluso las relaciones estructurales más invariables, en términos de las cuales el sistema es descrito, cambian rápidamente. Sin el influjo constante de nuevos datos, el stock de información factual existente muy pronto se hace obsoleto. ¡Qué contraste con la física, la biología o, incluso, la sociología, en las cuales la magnitud de la mayoría de los parámetros es prácticamente constante y los experimentos críticos y las medidas no tienen que ser repetidos cada año!

Sólo para aumentar nuestras muy modestas capacidades actuales, tenemos que mantener un flujo constante de nuevos datos. Una expansión progresiva de esas capacidades estaría fuera de la cuestión sin un crecimiento continuo y rápido de este flujo. Además, los datos nuevos, adicionales, tendrán que ser en muchas ocasiones cualitativamente diferentes de aquellos provistos hasta ese momento.

Para profundizar los fundamentos de nuestro sistema analítico, será necesario llegar sin dubitaciones más allá de los límites del dominio de los fenómenos económicos como han sido demarcados hasta ahora. El ejercicio de una comprensión más fundamental del proceso de producción conduce inevitablemente dentro del área de las ciencias ingenieras, para penetrar la delgada superficie de las funciones de consumo convencionales será necesario desarrollar un estudio sistemático de las características estructurales y del funcionamiento de los hogares, área en la cual la descripción y el análisis de los factores sociales, antropológicos y demográficos debe, obviamente, ocupar el centro del estrado.

El establecimiento de relaciones cooperativas sistemáticas a través de las fronteras tradicionales, que ahora separan a la economía de aquellos campos adyacentes, es estorbado por el sentimiento de suficiencia, resultado de lo que ya he caracterizado como confianza excesiva en la inferencia estadística indirecta como método principal de investigación empírica. Como teóricos, construimos sistemas en los cuales los precios, los productos, las tasas de ahorro y de inversión, etc., son explicados en términos de funciones de producción, consumo y otras relaciones estructurales cuyos parámetros son asumidos, al menos respecto de los que conciernen al argumento, como conocidos. Sin embargo, como econometristas comprometidos con lo relacionado con la investigación empírica, no intentamos tener certeza de las formas actuales de esas funciones y medir las magnitudes de esos parámetros por medio de la construcción de nueva información factual. Damos media vuelta y confiamos en la inferencia estadística indirecta para derivar las relaciones estructurales desconocidas de las magnitudes observadas de precios, productos y otras variables, que, en nuestro papel teóricos, hemos tratado como desconocidas.

 

Formalmente, por supuesto, nada está mal con tal procedimiento aparentemente circular. Además, el constructor de modelos, en el levantamiento de sus estructuras hipotéticas, es libre de tomar en cuenta todos los tipos posibles de conocimiento factual, y el econometrista, en principio cuando menos, puede introducir en el procedimiento estimativo cualquier cantidad de lo que usualmente se refiere como información “exógena” antes de alimentar su cinta programada a un computador. Tales opciones son practicadas y, cuando lo son, usualmente se llevan acabo en una forma casual.

Los mismos grupos de cifras bien conocidos son utilizados una y otra vez en todas las combinaciones posibles, para incitar a pelear a todos los distintos modelos económicos, uno contra otro, en un combate estadístico forma. La naturaleza ordenada y sistemática del procedimiento entero genera un sentimiento de suficiencia propia muy confortable.

Esta sensación de complacencia, como dije, desalienta los algo venturosos intentos de ampliar y profundizar los fundamentos empíricos del análisis económico, particularmente aquellos intentos que involucrarían cruzar las líneas convencionales que separan nuestro campo de los campos adjuntos.

Un avance cierto sólo puede ser alcanzado mediante un proceso iterativo en el cual la formulación teórica no probada haga surgir nuevas preguntas empíricas y las respuestas a esas preguntas, a su turno, conduzcan a nuevos conocimientos teóricos. Los “dados” de hoy se convierten en los “desconocidos” que podrán ser explicados mañana. Esto, incidentalmente, hace insostenible la posición metodológica convenientemente admitida, según la cual un teórico no necesita verificar directamente los supuestos factuales que escoge para basar argumentos deductivos, siempre que sus conclusiones empíricas parezcan correctas. la prevalencia de tal punto de vista es responsable, en gran medida, del estado de espléndido aislamiento en el cual se encuentra nuestra disciplina en estos días.

Un ejemplo excepcional del saludable balance entre los análisis teóricos y los empíricos, y de la disposición de los economistas profesionales de cooperar con los expertos en las disciplinas afines es ofrecido por la economía agraria, tal y como se ha desarrollado en este país a lo largo de los últimos cincuenta años. Una combinación única de fuerzas sociales y políticas ha asegurado, para esta área, una ayuda organizativa fuerte nada usual y otra financiera muy generosa. Las estadísticas agrarias oficiales son más completas, confiables y sistemáticas que aquellas pertenecientes a cualquier otro sector mayor de nuestra economía. La cercana colaboración con los agrónomos provee a los economistas del agro de acceso directo a la información de tipo tecnológico. Cuando hablan de rotación de los cultivos, de fertilizantes o de técnicas alternativas de cosechas, saben algunas veces de la experiencia personal, de lo que están hablando. La preocupación acerca del estándar de vida de la población rural ha conducido a los economistas agrarios a colaborar con economistas domésticos y con sociólogos, esto es, con científicos sociales del tipo “mas suave”. Mientras centran su interés sólo una parte del sistema económico, los economistas del agro demostraron la efectividad de la combinación sistemática de una aproximación teórica con análisis factuales detallados. También fueron ellos los primeros entre los economistas en hacer uso de los métodos avanzados de estadísticas matemática. En sus manos, sin embargo, la inferencia estadística se convirtió en un complemento -no en un sustituto- de la investigación empírica.

El cambio del empirismo casual, que domina la mayor parte del trabajo econométrico, al análisis factual a gran escala no será fácil. Para empezar, requerirá de un agudo incremento en presupuesto anual para las Agencias Estadísticas Federales. Por supuesto, la calidad de las estadísticas gubernamentales ha venido mejorando constantemente. No obstante, el cubrimiento no se mantiene al nivel de la creciente complejidad de nuestro sistema económico y social y de nuestra habilidad para manejar flujos de datos cada vez más grandes.

Los espectaculares adelantos en la tecnología de la computación aumentaron la habilidad potencial de los economistas para hacer uso analítico efectivo de grandes grupos de datos detallados. Ha pasado el tiempo cuando lo mejor que podía hacerse con grandes grupos de variables era reducir su número promediándolas o, lo que es esencialmente lo mismo, combinándolas en amplios agregados; ahora podemos manipular complicados sistemas analíticos sin suprimir la identidad de sus elementos individuales. Hay cierta ironía en el hecho de que, cerca de las industrias de servicio de rápido crecimiento, las áreas cuyo cubrimiento por el censo es particularmente deficiente son las operaciones de las agencias gubernamentales, tanto federales como locales.

Colocar toda o, incluso la mayor responsabilidad de la recolección de datos económicos en manos de una organización central sería un error. La aproximación descentralizada predominante, que permite y alienta a un gran número de agencias gubernamentales, instituciones sin ánimo de lucro y negocios privados comprometidos con la actividad de recolección de datos, se desempeña muy bien. Mejor información significa información más detallada, e información especializada detallada puede ser mejor recolectada por aquellos que están inmediatamente involucrados en un campo particular. No obstante, lo que es con urgencia necesario es el establecimiento, mantenimiento y refuerzo de sistemas clasificatorios coordinados uniformemente por todas las agencias, privadas y públicas, involucradas en este trabajo. Datos incompatibles son datos inútiles. Cuán lejos estamos de un estado tolerable, para no decir ideal de nuestras estadísticas económicas actuales a este respecto, puede ser juzgado por el hecho de que por las diferencias en la clasificación, datos de productos domésticos no pueden ser comparados, para muchos bienes, con las cifras correspondientes de exportación e importación.

Tampoco pueden ser relacionadas las estadísticas oficiales de empleo sin laboriosos ajustes a los datos de producción, industria por industria. Una proporción irracionalmente alta de recursos materiales e intelectuales dedicados al trabajo estadístico se emplea ahora no en la recolección de información primaria, sino en una lucha frustrante e inútil con definiciones incongruentes y clasificaciones irreconciliables.

Sin invocar una analogía metodológica fuera de sitio, la tarea de asegurar un flujo masivo de datos económicos primarios puede ser comparada con aquella de proveer a físicos de alta energía con un acelerador gigantesco. Los científicos sus máquinas mientras los economistas están aún aguardando por sus datos. En nuestro caso no sólo la sociedad debe estar deseosa de proveer año tras año los millones de dólares requeridos para mantener la vasta maquinaria estadística, sino que un gran número de ciudadanos debe estar preparado para jugar, cuando menos, parte pasiva e, incluso, ocasionalmente activa en las operaciones de búsqueda de datos en la actualidad. Es como si los electrones y los protones tuvieran que ser persuadidos para colaborar con el físico.

El estadounidense promedio no parece objetar el ser entrevistado, escrutado e investigado. La curiosidad, el deseo de saber cómo funciona el sistema económico (en el cual la mayoría de nosotros somos pequeños engranajes y, algunos, grandes piñones) puede en muchas ocasiones inducir a una cooperación de esta clase.

Por supuesto, uno se encuentra en ocasiones con la actitud que dice que “lo que usted no sabe no puede hacerle daño”, y que el conocimiento puede ser peligroso: puede generar un deseo de desentenderse del sistema. La experiencia de estos años, no obstante, parece haber convencido no sólo a la mayoría de los economistas, con unas pocas y notables excepciones, sino también al público en general de que una falta de conocimiento económico pude hacer mucho daño. Nuestro sistema de libre empresa ha sido correctamente comparado con un gigantesco computador capaz de solucionar sus problemas automáticamente. Pero cualquiera que haya tenido alguna experiencia práctica con grandes computadoras sabe que realmente se descomponen y no pueden funcionar si no son atendidos. Para mantener en buen funcionamiento el motor automático, o, más bien, semiautomático de nuestra economía, debemos no solamente entender los principios generales sobre los cuales opera, sino estar familiarizados con los detalles de su diseño actual.

Un nuevo elemento ha incursionado en el panorama en los años recientes -la adopción, por parte de la empresa privada, de métodos de análisis económico moderno-. La ayuda corporativa de investigación económica va tan atrás como en los primeros años 20, cuando Wesley Mitchell fundó la Oficina Nacional. Sin embargo, no es este interés por tópicos amplios de políticas públicas o, incluso, el interés general en el crecimiento económico y las fluctuaciones empresariales lo que tengo en mente, sino, más exactamente, los usos expandidos con rapidez de avanzados métodos de Operaciones de Investigación y de los así llamados Análisis de Sistemas. Algunos de los conceptos estándar y artificios analíticos de la teoría económica encontraron primero su camino en los currículos de nuestros colegios de empresas y, poco después de ello, la sofisticada administración comenzó a ponerlos en práctica. Mientras los teóricos académicos se contentan con la formulación de principios generales, los investigadores de operaciones corporativas y los analistas de sistemas prácticos tienen que responder preguntas pertenecientes a situaciones reales específicas. La demanda de datos económicos para ser usados en las administraciones de negocios prácticos está creciendo a pasos acelerados. Es una demanda de gran calidad: en muchas ocasiones los usuarios empresariales poseen de primera mano el conocimiento técnico del área a la cual se refieren los datos que ellos piden. Además, esta demanda es usualmente “efectiva”. Las empresas con ánimo de lucro desean y están en capacidad de pagar los costos de recolección de la información que quieren tener. Esto conduce a la espinosa cuestión del acceso público a los datos recolectados privadamente, y de la división apropiada del trabajo y la cooperación entre el gobierno y la empresa en aquel campo de rápida expansión. Bajo la inexorable presión de aumentar la demanda práctica, estos problemas serán solucionados de una manera o de otra. Nuestra economía será investigada y rastreada en sus muchas dimensiones a una escala cada vez mayor.

Los economistas deberían estar preparados para asumir un papel conductor en la formación de esta empresa social mayor no como portavoces y asesores de otro, sino a nombre propio. Han fallado en hacer esto hasta ahora. La Conferencia de Usuarios Estadísticos Federales, organizada hace algunos años, albergaba a los empresarios, los trabajadores y otros grupos entre sus miembros, pero no con los economistas como tales. ¿Cómo podemos esperar que se satisfagan nuestras necesidades si nuestras voces no son oídas?

Nosotros, quiero decir los economistas académicos, estamos listos para exponer a cualquiera que nos preste un oído a nuestros puntos de vista sobre problemas de política pública: brindar ayudar sobre las mejores maneras para mantener el pleno empleo, para combatir la inflación, para fortalecer el crecimiento económico. Deberíamos estar igualmente preparados para compartir con el público más amplio las esperanzas y los disgustos que acompañan el avance de nuestra empresa intelectual, casi siempre desesperantemente difícil, pero siempre excitante. Este público ha demostrado ampliamente su disposición para devolver la búsqueda del conocimiento. También prestará su ayuda generosa a nuestra aventura, si nos tomamos el inconveniente de explicarle de qué se trata.

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