LA TIERRA Y LA CUESTIÓN SOCIAL

Joaquín Costa Martínez

  Para la blusa y el calzón corto

El pueblo no ha llegado á saber que habíamos entrado en una nueva edad de la historia, sino por el cobrador de contribuciones y el agente ejecutivo. Sigue viviendo á la antigua, pero tiene que pagar á la moderna.

Para él, no se ha hecho todavía la revolución; entre el despotismo nuevo y el antiguo no ha habido solución de continuidad. El día en que triunfaron las llamadas "revoluciones" de 1812, de 1820, de 1854, de 1868, pudo decir como los de Quito á raíz de su emancipación de la metrópoli: "Ultimo día del despotismo, y primer día de... lo mismo."

Siempre hasta ahora, ha gobernado á la nación una minoría de los nacionales, y así fatalmente tendrá que ser por un espacio indefinido de tiempo. Sólo que hasta ahora, la minoría ha gobernado para la minoría, y desde hoy tendrá que gobernar para la mayoría. Es preciso acabar con "las impudencias de las clases conservadoras que sólo se han preocupado, como dice Sanromá (1873) de constituirse ellas solas en Estado y en poder", provocando así "la impaciencia de las clases proletarias por erigirse en Estado y tiranizar á las demás en su nombre"; hay que borrar "el cuadro sombrío de los medios empleados para convertir, como dice Moret (1896), la acción del Estado en beneficio de los menos, que no son tampoco los mejores ni los más dignos";-y hay que borrar ese cuadro y reprimir aquellas temeridades, no ciertamente mudando ó invirtiendo el orden de los términos, como si se tratara de una represalia; mudando el punto de mira nada mas. Sin duda ninguna, seria un gran mal que el calzón corto y la blusa formaran un partido exclusivo; pero sería un mal no menos que la República no gobernase en vista principalmente de la blusa y el calzón corto.

No es, entiéndase bien, que el partido republicano deba ser partido de clase; un partido para los obreros, para los menestrales, para los labradores y campesinos: en principio, su deber es hacer política para todos. Sólo que este principio ha de acomodarse á las circunstancias de lugar y de tiempo, según un criterio oportunista; y lo oportuno ahora, y por tanto lo justo y lo debido, en España, es que se haga política predominante para el trabajador, porque hasta ahora se ha hecho exclusivamente política para el intelectual, para el ilustrado y el capitalista.

Conviene, por otra parte, tener presente una reflexión de Cánovas del Castillo (1889), quien tenía "por evidente que en las democracias donde se reconoce por amo al pueblo, ni siquiera es racional que los servidores disputen al dicho amo la seguridad del sustento"; ponderando los peligros que lleva consigo esa "compenetración de la soberanía absoluta con la pobreza en la mayoría de los ciudadanos, cuando no se sigue la loable conducta del grande Estado alemán reconociendo la existencia de los males sociales y procurándoles el alivio posible, ya que no total remedio.

*

Política del ochavo.-

Al lado de la política de idealidad, de horizontes y de alto vuelo, la política del ochavo, congénere de lo que en ciencias naturales se ha denominado geología de las causas pequeñas. Si cada una de las legislaturas de nuestro llamado Parlamento, desde 1820, hubiese conseguido con sus reformas y providencias de gobierno este único resultado: rebajar en un céntimo el precio del kilo de pan, hasta dejarlo en 25, ó siquiera en 30, habrían hecho por la libertad del español, por la prosperidad y grandeza de España, más que con toda la balumba de discursos, proclamas, constituciones de percal y leyes "liberales" con que nuestros políticos han henchido los aires y las bibliotecas tan baldíamente como sabemos.

El kilogramo de pan á 25 céntimos y el de carne á 1,25; el litro de alcohol para alumbrado, calefacción y fuerza motriz á 30 céntimos; la producción media de trigo por hectárea, 20 hectolitros en cada cosecha: en estas pocas cifras se encierra todo un programa de gobierno y una de las dos revoluciones que hay que hacer en nuestro país y que harán, si nosotros no queremos hacerla ó la demoramos, los extranjeros. Disminuir ochavo tras ochavo los bárbaros precios actuales, haciéndolos europeos; aumentar decalitro á decalitro la cifra actual de producción, menos que africana: tal es el ideal á cuyo logro deben encaminar todos sus esfuerzos los gobernantes,-represando arroyos y sangrando ríos, enseñando prácticamente, pero prácticamente de verdad, á los gañanes y á los hijos de los labradores el uso de los abonos minerales, la alternativa de cereales con leguminosas pratenses de secano y la transformación de la agricultura de secano en agricultura de regadío; generalizando la institución de los huertos comunales; reorganizando, ó creando más bien, la enseñanza industrial, así elemental corno superior; promoviendo el abaratamiento del interés de los préstamos mediante instituciones de crédito y la simplificación del sistema de transmisión de bienes y de constitución ó cancelación de derechos reales, disminuyendo las partidas del presupuesto de gastos que hemos llamado de peso muerto, que hacen de nuestro Estado una "necrocracia" y á cuya pesadumbre hemos sucumbido; aliviando rápidamente el brutal impuesto de consumos; castigando los aranceles de aduanas en lo referente á importación de ganado; ejecutando rápidamente, forzadamente, el plan de caminos vecinales y reduciendo las tarifas ferroviarias; removiendo las trabas que pesan sobre la fabricación del pan y poniendo tasa al número de tahonas; fomentando los mataderos y tahonas cooperativas, para suprimir parásitos intermediarios; estableciendo almudíes y mercados de granos y permitiendo los depósitos, como en todo país civilizado se permiten; creando carnecerías y tahonas reguladoras; persiguiendo cruentamente, pero de verdad, con rigores de política quirúrgica, á uso del general Wood en la Habana, la adulteración y el fraude, etcétera, etc.

¿Y qué significa esto en cuanto á resultados? Pues significa que el mísero trabajador ingiere una tercera parte más de elementos nutritivos en el estómago; es decir, sangre más rica en las arterias; significa disminución en el número de enfermedades y aumento de la vida media; una tercera parte menos de niños que emigran á los cementerios y de adultos que ingresan en las cárceles; España, dejando de parecer una nación de anémicos escapados del hospital; que contemos en breve una tercera parte más de población, y población más resistente y mejor conformada que la de ahora; mayor consumo de manufacturas; mayor coeficiente de producción y mayor potencia contributiva; mayor número de niños en edad escolar que no tienen que ganarse la vida y pueden asistir á las escuelas; significa, en fin, que quedan menos huérfanos abandonados en el arroyo, que padecen menos hambre, menos frío y menos angustias morales esos pobres jornaleros y esas pobres viudas para quienes 50 céntimos más al día son una fortuna.

Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, sanar al enfermo, redimir al cautivo, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste.., no son tan sólo obras de misericordia: son juntamente obras de gobierno, y aun diría que no hay otro ni más gobierno verdadero fuera de ellas.

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El turno del pueblo.-

Los labradores y braceros del campo, los menestrales, obreros de la industria y proletarios, que son en España más de diez y siete millones y medio, han pagado con ríos de sangre y de oro, en cien años de guerra, la civilización que disfruta el medio millón restante: sus libertades políticas, su derecho de asociación, su inviolabilidad del domicilio, su seguridad personal, su libertad religiosa, su libertad de imprenta, su desamortización, sus comodidades, su prensa diaria, sus teatros, sus ferrocarriles, su administración pública, su Parlamento; todo eso que á la masa de la nación no le ha servido de nada ni le sirve, porque el pueblo no sabe ó no puede leer, no se reúne, ni se asocia, no imprime, no vota, no viaja, no le hostiga la duda religiosa, no compra ni usurpa haciendas al Estado, no conoce oficinas ni tribunales sino en figura, instrumentos de la opresión caciquil, incontrastable...

Y, sin embargo, esa minoría de ilustrados y de pudientes, clase gobernante, no se ha creído obligada á corresponder á tantos cruentos sacrificios con uno solo, dejando alguna vez de gobernar para si, gobernando un día siquiera para los humildes, para la mayoría, para el país.

¿Parecerá ya hora de que le llegue su turno al pueblo?

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El Estado y la tuberculosis.-

En respuesta á una antigua invitación sobre la cuestión magna del día, el Sr. Costa (D. Joaquín), dirigió la siguiente substanciosa tarjeta postal al director de la revista valenciana La Salud Pública:

"SR. D. JOSÉ CHAVÁS.

Mi querido amigo: Mil gracias por las Memorias que presentó al Congreso internacional de la Tuberculosis, de París, y que se ha servido dedicarme. Sigo recibiendo la revista de usted y del Dr. Dómine, y veo con satisfacción sus campañas coadyuvando eficazmente, con tanto corazón como inteligencia, á la gran obra humanitaria y patriótica de los Moliner, Tolosa Latour, Verdes Montenegro, Pulido, Royo Villanova, Espina y Capo, etc., y poniéndose en fila con ellos.

Sin duda ninguna, el país debe alarmarse ante este azote de la tuberculosis más aún que ante una invasión de cólera de peste, porque también es más asolador: pienso que el problema es, efectivamente, en un aspecto, problema social; que por derecho natural, la vida media debe repartirse equitativamente entre todas las clases sociales, sin que la mortalidad haya de ser para las unas-cabalmente las útiles-de 35 por 1.000, mientras para los fainéants es de 19; que debe irse ya pensando en incorporar á los programas de gobierno el principio de la inspección y de la curación obligatoria por el Estado, con igual razón que el de asistencia obligatoria á las escuelas y con más razón que el de servicio militar obligatorio; que la clave de todo, en esto de la tuberculosis (curación lo mismo que profilaxis) estriba principalmente en aumentar á todo trabajador su ración de oxígeno, de pan y de descanso, al par que de luz en la habitación y en el cerebro; y que sin tal base los remedios específicos resultarán á la postre fatalmente ineficaces.

La satisfacción de esta necesidad, la conquista y realización de aquel derecho, componen programa más que suficiente para justificar por si solas una revolución en el Estado.

Suyo devotísimo."

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Sin don de consejo.-

Decía hace más de dos siglos Miguel Álvarez Ossorio que "seis accidentes destruyen la multitud en una nación: la primera, ociosidad; la segunda, hambre; la tercera, peste; la cuarta, expulsión de vasallos; la quinta, guerra; la sexta, faltar el don de consejo; y esta es (añadía), el origen de las otras cinco".

De tal don ha carecido siempre nuestra España; y ya el mismo bien inclinado economista castellano hubo de juzgar, con otros muchos, necesario "que Dios enviase un Ángel para acertar el buen gobierno de esta monarquía". Por esa deficiencia suya constitucional, ha caído España; y por esa misma sigo temiendo que no se levantará más. Van corridos dos años del santo alzamiento nacional de Zaragoza, y la España grande, la España de los pequeños, sigue clavada en el madero lo mismo que en 1898; sin que en tan largo espacio de tiempo se haya hecho más sino demostrar que las clases directoras no quieren desclavarla, y que ella no se sabe desclavar.

Por esa falta de don de consejo, se ha ido restituyendo insensiblemente á los mismos engañosos carriles que la condujeron al abismo; por ella se ha resignado que su curación se ponga en manos de estudiantes de primer año; por ella ha renunciado á atacar con remedios heroicos la lesión interior; volviendo á las cataplasmas de la vieja farmacopea política, tan cruelmente experimentadas. No tenemos vista catóptica, y nos detenemos en la piel. Entendemos remozar la nave mudándole las hélices, sin preocuparnos de que está apagado y descompuesto el motor. Vimos un instante que nos hacia falta una revolución muy pronta y radical y ya nos hemos olvidado de ella. Se piensa en artillar las Canarias.., como se artillaron Manila y la Habana: mientras se mata de hambre á los soldados, y se obliga á ser soldados nada más que á los que pueden dejarse matar de hambre, á los pobres. Se muda el orden de las piezas en el tablero pedagógico de institutos y universidades, mientras la cuestión verdadera, que es la de enseñar, ha quedado intacta; y el pueblo, tan rezagado y tan analfabeto como hace medio siglo. En un certamen público celebrado hace pocas semanas, un afamado comandante de marina abogó por la imposible formación de escuadras de guerra, alegando "que tenemos delante el pavoroso problema de Marruecos..."; mientras del otro Marruecos que tenemos, no delante, sino dentro, y que constituye un problema harto más pavoroso que aquél y de más urgente resolución, no se preocupa nadie: ni las clases directoras ni las dirigidas. Por lo que decía en una sentida pastoral el cardenal Cascajares: porque no hay quien reflexione. La hora en que España acabe de doblar la cabeza, exclamando con voz apagada "consummatum est", ante el coro de sayones exteriores é interiores que la descoyuntaron, mutilaron y clavaron en afrentosa cruz está ya próxima. Por haber seguido faltándonos el don de consejo...

*

Los trabajadores y el progreso.-

¿Qué beneficios ha traído el progreso á esa clase llamada trabajadora? Nos extraña la sumisión del pueblo en tiempo del feudalismo, sin reparar en que hoy era más esclavo y desgraciado que entonces. Se sometía á las brutales exigencias de multiplicados tiranos; pero como éstos no les creaban necesidades, carecían de aspiraciones irrealizables: si se columpiaba el látigo sobre sus espaldas, no sentían vacíos en el alma. En los tiempos modernos mejoró su situación por una parte y empeoró por otra: un furioso vendaval popular llevó consigo el embrutecimiento de aquella época, y hubo libertad, hubo industria, hubo riqueza; pero se olvidaron los verdaderos principios económicos: diéronse á luz teorías engañosas y promesas ilusorias: formáronse vacíos insondables: creáronse deseos imposibles; y entonces hubo revoluciones, malestar descontento, perversión de costumbres y miseria: miseria y perversión que han llegado á tomar proporciones espantosas. El economista Say, con sus continuadores desarrollando indefinidamente las necesidades para fundar sobre ellas el progreso también indefinido; y Proudhon, Blanc, Fourier y Owen, arrullando al pueblo con sus proyectos absurdos de regenerar la sociedad en el seno mismo del sensualismo y de la inmoralidad, adelantaron la triste obra que hoy contempla el mundo con espanto.

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