Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE TERCERA. - De la distribución de la riqueza.

CAPÍTULO VI. - De la remuneracion del sabio.

El obrero produce con su trabajo manual, y el sabio es el obrero de la inteligencia.

Hemos dicho en otra parte que al ejercicio de nuestras fuerzas corporales acompaña siempre un grado mayor ó menor de ingenio, en lo cual se distingue el trabajo del hombre del ímpetu ciego del bruto. Pero no basta tener conciencia de su obra y dar muestras de su delicado artificio para remontarse á la altura del sabio, sino que es preciso concurrir á la producción con todo el poder del entendimiento.

Sabio es el hombre especulativo que investiga las leyes de la naturaleza, descubre con razon superior las propiedades de la materia y señala nuevas fuentes de riqueza. El sabio aumenta el número ó la potencia de los motores inanimados, calcula su fuerza, modera su impulso, compone y descompone los cuerpos, inventa procedimientos y cada dia dilata más el horizonte de la industria.

Arquímedes, Nicholson, Gay—Lussac y otros sabios, estudiando las leyes de la hidrostática ó hidrodinámica, enseñaron al mundo el modo de conducir las aguas por canales y acéquias de riego, desecar pantanos, abrir pozos artesianos y absorbentes, ahorrándonos el tiempo, el trabajo y el dinero que deberíamos emplear en la construccion de esos atrevidos acueductos que parecen obra de los Titanes. Papin, Watt, Fulton y otros observadores atentos y reflexivos de la formidable potencia del vapor, lo aplicaron como fuerza motriz y dotaron á la industria con máquinas hercúleas que mueven á compás noche y dia miles de telares, con poderosas locomotoras que arrastran por un camino de hierro pueblos enteros, y con naves que doman la soberbia de las olas y desafian el furor de las tempestades. Franklin, Volta, Bunsen, Breguet, Wheatstone y Morse aprisionaron la electricidad fugitiva y encaminaron sus velocísimas corrientes al para—rayos, ó las aprovecharon para producir una luz brillante como el sol, ó las convirtieron al arte de la galvanoplastia, ó en fin las emplearon en transmitir la palabra con rapidez infinita á las regiones más apartadas del globo.

Así aumenta el sabio el capital moral de las naciones, y descubre nuevos caminos de allegar riqueza. Las maravillas de la industria moderna, ó por mejor decir los prodigios del siglo XIX, se deben sin duda á los sabios que cultivaron con tanto fruto las ciencias exactas, físicas y naturales y las morales y políticas, abriendo con la observacion y la experiencia campo anchuroso á multitud de útiles aplicaciones.

Si el sabio es productor, debe percibir su cuota parte de los valores producidos. Ora proclame verdades desconocidas, ora las divulgue ó enseñe los medios de practicarlas, presta un servicio inestimable á la sociedad, y bien merece una recompensa.

Sin embargo de ser tan importante la cooperación del sabio, puede asegurarse que sus honorarios no guardan justa proporcion con la utilidad de sus descubrimientos, y en este sentido les cuadra el triste nombre de mártires de la industria.

La propiedad de las ideas no se parece á la propiedad de las cosas corporales, porque el sabio las comunica, ó no las comunica. Si las comunica, deja al momento de ser poseedor exclusivo; y si no las comunica, son un secreto ignorado, un tesoro escondido en su pecho que nadie pretende ni codicia.

Cuando publica estas ideas en forma de libro, logra hasta cierto punto asegurar la remuneracion debida á su talento y trabajo, invocando el auxilio de las leyes protectoras de la propiedad literaria; y decimos hasta cierto punto, porque tarde ó temprano caen en el dominio de todas las gentes. El sabio es víctima de un principio comunista: todos tienen derecho á espigar en su campo, y él no puede aprovechar el rastrojo del ajeno.

¿Qué vale la modesta fortuna de Watt en comparacion de la enorme suma de riqueza producida por el vapor? ¿Ni cómo pudiéramos premiar en los herederos de Volta ó Bunsen los beneficios de la telegrafía eléctrica que no inventaron, es verdad, pero cuya invencion facilitaron con sus pilas? ¿ Quién pagaria á Adam Smith el justo precio de su teoría del libre cambio?

Los progresos de la tipografía, la difusion de la enseñanza, la libre manifestacion del pensamiento y otras condiciones propias de nuestra vida civil allanan la concurrencia de los sabios y atenúan sus ganancias. Sólo quedan algunos ingenios privilegiados que disfrutan temporalmente de un verdadero monopolio; y aun éstos, más bien son autores de obras de amena literatura que descubridores de verdades científicas y partícipes en la produccion de la riqueza más necesaria á los pueblas.

Y estas mismas ganancias, al parecer excesivas, no son tan copiosas considerando los gastos invertidos en la educacion científica ó literaria del sabio, sus privaciones y amarguras, los dias de estudio y las noches de vigilia que han pasado, el breve tiempo de razon madura y vigorosa, y sobre todo la poca esperanza de llegar á ser la lumbrera de su patria y la honra de si siglo, y de alcanzar tal renombre que llene el mundo con su fama.

Ciertamente que los sabios se cobran en alabanzas; que su fama es su patrimonio; que los gobiernos amantes de las ciencias y solícitos del bien comun suelen honrarlos y protegerlos; pero si esto puede mitigar el dolor de su martirio, no sucede en todas partes, ni conduce sino á una precaria existencia. Toda la filosofía desde Aristóteles acá, no basta á persuadir que los bienhechores de la humanidad deban resignarse á vivir satisfechos de su mansa pobreza.

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