Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE PRIMERA. - De la producción de la riqueza.

CAPÍTULO XXXIII. - De las compañías privilegiadas de comercio

Una de las formas con que ha sólido revestirse el monopolio, es la organización de compañías de comercio favorecidas por el gobierno con el privilegio exclusivo de establecer fábricas y especular dentro del país, ó de negociar en tal ó cual de sus posesiones ultramarinas. -

Estaban en el siglo XVII los mares infestados de piratas y era preciso navegar en conserva; no abundaban los capitales; llegaban los retornos con suma lentitud; el comercio no hallaba en las partes remotas a donde acudía, la seguridad, acogida y protección convenientes, puesto que los naturales apenas habían salido del estado salvaje; pretendíase entablar relaciones mercantiles con pueblos casi bárbaros, y para vencer tan grandes dificultades imaginaron las potencias marítimas de aquel tiempo, y sobre todo las que tenían colonias, segundar los esfuerzos de los negociantes invitándolos a juntar su caudal y allegar cuantiosos recursos con que pudiesen comprar ó construir navíos, pertrecharlos, abastecerlos y tripularlos, establecer factorías, guarnecerlas y fortificarlas. Húbolas más ó menos privilegiadas, temporales y perpetuas ó por término indefinido, armadas muchas y algunas soberanas.

No todas respondían en secreto al objeto de utilidad común que aparentaban en público, pues acontecía que la autorización para fundarlas llevaba oculta la mira de restablecer la quebrantada fortuna de uno ó varios particulares, ó se otorgaba a condición de nombrar directores con crecidos sueldos y emolumentos a determinadas personas tal vez inútiles, sino perjudiciales al manejo de los negocios.

Esta clase de monopolios a nadie daña tanto como a la nación que los introduce, porque todo privilegio violenta el curso de los capitales y los aparta del camino a que los llama la mayor ganancia. Si el interés privado acudiese al comercio reservado a las compañías, la suma de los capitales y de las utilidades adquiridas mediante el régimen de la libertad, excedería con mucho a la riqueza deslumbradora que allega el monopolio. Cuando la nación está madura para emprender el tráfico privilegiado, la exclusión de los particulares es un atentado contra su libertad y propiedad que además de violar el derecho, impide el desarrollo de la pública prosperidad. Si la nación es pobre, más la conviene renunciar por algún tiempo al comercio directo con su lejana colonia y esperar a que, mejorando de fortuna, pueda emprenderlo bajo la protección de las leyes comunes, que apresurar ese día con privilegios duraderos y provechosos sólo a un gremio de comerciantes cuyos intereses están en abierta oposición con el bien general.

Podrá suceder que una compañía privilegiada anime por el momento cierto ramo de comercio y dé impulso a la navegación, cuando falta la costumbre de especular ó visitar unos mares desconocidos a la mayor parte ó a la totalidad de los negociantes; pero importa poco esa prosperidad pasajera, si luego viene la ruina constante. Muchas ilusiones abrigaron algunos escritores políticos de España al fundar y proteger nuestro gobierno la compañía de Filipinas, comparándola con un labrador hábil que va a rozar una nueva tierra, a cultivarla y plantar flores y frutos donde no hay sino zarzales; y en pos de tan halagüeñas esperanzas llegaron, y muy pronto, tristes y crueles desengaños.

El espíritu mercantil de las compañías privilegiadas, lejos de favorecer el desarrollo de las colonias que el gobierno les abandona, lo comprime con su genio duro, su carácter altivo, su codicia desordenada y su autoridad violenta. Los holandeses, prohibiendo hacer nuevas plantaciones en sus colonias de las Indias Orientales, limitaban la cosecha de la especería, quemaban una parte si el año era fértil, y ofrecían un premio a los que arrancasen los brotes y las hojas tiernas del árbol del clavo en las islas vecinas, todo ello con el objeto de mantener alto en Europa el precio de esta mercadería. Los ingleses especularon con el opio que es el veneno del Oriente, oprimieron a los habitantes de la India, conquistaron reinos, volcaron tronos movieron guerras sangrientas por defender y extender su monopolio, y en fin, sacrificaron la humanidad en aras de la libra esterlina.

Las compañías más ricas, poderosas y florecientes no pueden excusarse de padecer grandes trabajos por los fraudes y malversaciones que ocurren, los gastos excesivos y los daños de los directores que especulan por su cuenta y riesgo, introduciendo un monopolio en el monopolio de los accionistas.

A los vicios de la administración no se puede hacer rostro sino en fuerza de inmensas ganancias, y tales que cubran los gastos legítimos y las dilapidaciones de los empleados de la compañía altos y bajos, porque a ejemplo de los grandes, hasta de los más pequeños se apodera la hambrienta codicia, y todos muerden el fruto prohibido.

Si las compañías son soberanas crecen los males y los peligros. No se avienen de ningún modo el espíritu del comercio y el de dominación y conquista, pues de ningún modo se pueden conciliar la paz y la guerra, el trabajo que crea y el trabajo que destruye. Un gobierno especulador pone precio a todas las acciones humanas y a todas las virtudes más nobles. ¿Quién reprime su avaricia y crueldad? ¿Quién le obliga a guardar la ley de los contratos? ¿Quién le enfrena, si los pueblos se rinden a la carga de los tributos? ¿Quién le aconseja mejorar sus costumbres, propagar la instrucción y mostrarse arrogante con los soberbios, generoso con los vencidos, manso y humilde con los flacos y menesterosos? Su moral es el interés, su religión el dinero, su autoridad tiranía, su política el negocio.

Las compañías privilegiadas de comercio han caído en desuso. La poderosa de las Indias, aquella que constituía una formidable potencia mercantil en el seno de Inglaterra, fue poco hace abolida, y con razón sobrada, porque comprometió más de una vez con sus excesos y abusos el imperio de la Gran Bretaña en Oriente.

España las conoció por desgracia, pero tuvo su gobierno el buen sentido de no permitir la formación de ninguna soberana. Húbolas interiores para el fomento de las fábricas y comercio, y otras coloniales, como la de Honduras, Caracas, Filipinas, Habana y Santo Domingo y la mixta de los Cinco Gremios mayores de Madrid. Unas se agostaron en flor, y otras se despeñaron con fracaso de las altas cumbres de su grandeza, envolviendo en su ruina a millares de personas y famillas que les confiaron su fortuna y la perdieron, después de haber soñado dividendos fabulosos.

La mala estrella de todas las compañías privilegiadas persuade al amor de la libertad del comercio como fuente natural de las riquezas que se logran por este camino. Cuando a todas las persigue igual infortunio, bien se deja conocer que purgan los vicios de la institución, y no la culpa de los hombres que las gobiernan.

Corriendo el viento más favorable, alcanzaban una prosperidad ficticia, como toda prosperidad cimentada en el monopolio. Las ganancias de un dilatado y tal vez inmenso comercio, cedían en provecho de un corto número de socios ó accionistas, cuyos privilegios son una verdadera calamidad pública. Siendo la contratación libre, se habrían aumentado las riquezas, esparcido y derramado entre los particulares. Abolida la compañía holandesa para la pesca de la ballena, este ramo de la industria creció en la proporción de 1 a 15.

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