Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE PRIMERA. - De la producción de la riqueza.

CAPÍTULO XXX. - Del comercio colonial.

Las colonias de la antigüedad tenían ordinariamente por objeto dar salida a una población exuberante, miserable y bulliciosa, ó extender y afirmar el imperio de la metrópoli en tierras lejanas. Los fenicios, pueblo más aficionado a las artes, al comercio y navegación que los griegos, cartagineses y romanos, se apartaron algún tanto de esta política, y así fue como disimuladamente y sin alardes de conquista fundaron colonias a orillas del mar donde juntaban riquezas, atraían naves y moraban de asiento, procurando excusar las miradas envidiosas de los extranjeros. El espíritu mercantil de Tiro y Sidon se comunicaba a todas las gentes de la Fenicia, y la estrechez del territorio esforzaba su inclinación a este linaje de establecimientos.

Roma seguía muy distinto camino. Enviaba colonias para dominar con su auxilio las partes más remotas del mundo para hacerse el Senado árbitro de la guerra y la paz mezclándose en todas las querellas, bien como un medio suave de enflaquecer la plebe cuya audacia empezó a poner en continuo peligro la soberanía de los patricios, principalmente desde que los Gracos la conmovieron con la esperanza de obtener leyes agrarias. Otras veces fundaba colonias militares asentando las legiones victoriosas en la tierra conquistada, y todavía con menos trabajo, concediendo nombre y privilegio de tal a una ciudad amiga y confederada,

Dispensaba la metrópoli su protección a las colonias mientras eran débiles, sin esperar otra recompensa que su amistad y sus servicios como auxiliares en caso de guerra. Conforme la colonia se hacia bastante poderosa para proveer a su defensa y vengarse de sus enemigos, los vínculos de sumisión y dependencia se iban aflojando hasta desatarse del todo.

No son de esta especie las colonias modernas. Datan del siglo XVI, es decir, del siglo de los descubrimientos y conquistas que abrieron al Mundo Antiguo el comercio del Nuevo Mundo. A las Indias Orientales se opusieron los Occidentales, y el Atlántico fue desde entonces camino de las riquezas, como antes lo había sido el Mediterráneo. Venecia, la reina del Adriático, perdió el cetro de los mares y dejó de ser el emporio de la civilización, levantándose sobre sus ruinas otras naciones.

Redujéronse los naturales de las islas y tierra firme abiertas por la mano de Colon al trato y comunicación de los europeos, pobláronse con aventureros llevados de la fama de su fertilidad y abundancia de oro y plata, fundáronse ciudades y provincias y destruyéronse tan grandes como los de Atahualpa y Motezuma.

Procedieron a todos los europeos los castellanos, movidos en parte de aquel espíritu guerrero que habían alimentado ocho siglos de continuo batallar con los moros, en parte encendidos en el deseo de propagar la luz del Evangelio entre tantas tribus idólatras, y en parte excitados por el amor de las cosas maravillosas y el ansia de probar fortuna. Tras los castellanos vinieron los portugueses, franceses, ingleses, holandeses y demás pueblos navegantes, y todos imitaban a los fenicios cuando vinieron a España, a quienes antes cautivaron las minas que la bondad del clima y la variedad de las producciones.

Hubo, pues, metrópolis y colonias. Llamóse metrópoli la madre patria ó la nación vencedora que poseía dominios en ultramar, y colonia la tierra sujeta y poblada de gente natural y advenediza que recibía la ley del gobierno descubridor y conquistador de aquella región.

El sistema colonial ó la política comercial de las diversas metrópolis con respecto a sus colonias, participó de los vicios inherentes al sistema mercantil. Porque nació bajo el influjo de esta mala estrella, llevó desde su origen impreso el sello del monopolio.

En efecto, el sistema colonial no era otra cosa que la ampliación del derecho común de Europa a los dominios ultramarinos. El régimen económico del Antiguo Mundo descansaba en el privilegio y la prohibición; y así como estaban las provincias de un mismo reino divididas y separadas por las aduanas de tierra, así también Vivian apartadas la colonia y la madre patria, salvo el vínculo de un comercio recíproco de cuyos beneficios no participaban las naciones extranjeras. Cuando muerto el privilegio, el principio de libertad empezó a penetrar y siguió penetrando en la legislación comercial de todos los pueblos de Europa, el sistema colonial de los siglos XVI, XVII y XVIII no tuvo razón de ser, y entonces se relajaron las prohibiciones acá y allá de los mares con el advenimiento de las nuevas doctrinas.

Las colonias fueron creadas en interés de la metrópoli, y a esta máxima injusta y perjudicial se sacrificó el porvenir de las naciones situadas en ambos hemisferios, porque en vez de la felicidad común que habría de ser el resultado de una producción abundante prevaleciendo el régimen de la libertad del comercio, se entronizó un sistema de opresión y tiranía que permitió a pocas personas gozar de una grande fortuna mal adquirida en cambio de la extremada miseria del mayor número, que tales son siempre los amargos frutos del monopolio.

Rara vez el error se presenta desnudo, antes procuran los hombres cubrirlo con capa de verdad, y por eso se inventan teorías que seducen ó disculpan los mayores absurdos. El sistema colonial halló su justificación en la doctrina del pacto bilateral que obligaba a la colonia a consumir los géneros y frutos de la metrópoli, ya a ésta a dar salida a las producciones de aquélla, abriéndose de par en par los mercados de la nación y pasando los sobrantes a los reinos extranjeros. Había pues un privilegio exclusivo del mercado colonial en favor de la metrópoli: un privilegio exclusivo del mercado de la metrópoli en favor de la colonia: un trabajo colonial asegurado con un conjunto de leyes y reglamentos que lo tenían oprimido y llegó a corromperse con la esclavitud convertida en institución social, y una navegación reservada a la metrópoli, es decir, el monopolio de todos los transportes tanto directos como indirectos coronando este triple monopolio del comercio y del trabajo.

Prevaleció la teoría del pacto colonial en Inglaterra donde fue sancionada por diversas actas del Parlamento; en Francia donde Colbert la aplicó como parte esencial de su sistema para formar un pueblo industrioso y marítimo; en España como la nación poseedora de más ricas y extensas colonias y señora de las minas de oro y plata más abundantes y famosas en el mundo, y en fin donde quiera que hubo metrópoli y colonias.

El pacto colonial produjo los mismos efectos que hubiera producido un tratado de comercio que atribuyese todas las ganancias a un pueblo y a otro todas las pérdidas. No hay justicia ni conveniencia en esta serie de privilegios y favores mutuos que no conducen a la reciprocidad de los beneficios, ni jamás pueden ser iguales considerando que la metrópoli dicta la ley a la colonia y se reserva la parte del león en las relaciones mercantiles.

Y no sólo perjudica la riqueza y prosperidad de las colonias el régimen prohibitivo que ciertamente proporciona algunas ventajas comerciales a la madre patria en cuanto le asegura una demanda extraordinaria de mercaderías, pero también los derechos protectores, porque desvían el capital y el trabajo del empleo más lucrativo; con lo cual se disminuye la potencia de la producción general, pues las ganancias de la metrópoli no compensan las pérdidas de la colonia. Así la metrópoli misma en último resultado viene a herirse con sus propios filos, porque en cambio de aquella demanda extraordinaria, se impone un tributo indirecto que paga por renunciar a la reciprocidad de las obligaciones.

Toda colonia oprimida y tiranizada aspira a sacudir el yugo del poder que la maltrata; y de aquí la necesidad de aumentar las fuerzas de mar y tierra que la tienen en respeto y la sujetan a la obediencia. Aunque no abrigue pensamientos y deseos de emancipación, esta colonia será pobre y necesitará de la asistencia de la metrópoli, convirtiéndose en carga muy pesada los dominios más bien situados como escalas de comercio y más favorecidos con los dones de la naturaleza. El tesoro público, lejos de mejorar con la entrada de caudales por vía de contribución, empeora, porque los gastos crecen en proporción que menguan los recursos de la colonia exhausta de riquezas.

No hay, pues, otra política más hábil y eficaz que la incorporación económica de la colonia a la madre patria, sustituyendo al antiguo pacto la libertad del comercio colonial, si ambos pueblos han de llegar algún día a un estado floreciente. Todas las reformas introducidas en sentido liberal por España, Francia, Inglaterra, Holanda y demás naciones europeas que poseen dominios en Asia, África y América, acreditan la bondad del nuevo sistema. Gocen las colonias de la protección que el gobierno dispensa a todas las provincias del reino; extiéndase a ellas el derecho común en lo tocante a la industria y el comercio; dejen de ser para la metrópoli pueblos extranjeros, y sobre todo mercados exclusivos; en fin, otórgueseles carta de naturaleza, y con esto volverán a la vida normal que aconseja la Economía política. La ocasión y el modo de introducir un cambio tan grave y profundo, son cosas que tocan al arte del gobierno.

La utilidad de las colonias no es hoy comparable con la de otros tiempos. Hoy no se mide el poder de los estados por la extensión de su territorio, ni la industria, el comercio y la navegación se alimentan del monopolio, ni se pone la riqueza en la abundancia de oro y plata. Las colonias ricas y poderosas auxilian y ennoblecen la metrópoli: las pobres y miserables debilitan y envilecen. Inglaterra considera el imperio de la India como un legado oneroso de la falsa economía del último siglo. Por otra parte no es buena política perpetuar en las colonias la pobreza y la ignorancia. Si prosperan, aspiran a la independencia y al cabo se emancipan de la madre patria. ¿Á qué, pues, empeñarse en adquirirlas siendo tan difícil conservarlas? La libertad del comercio permite gozar del fruto de las colonias ajenas sin las cargas y cuidados anejos a su posesión y sin el sobresalto de perderlas tarde ó temprano.

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