Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE PRIMERA. - De la producción de la riqueza.

CAPÍTULO XXVI. Del comercio exterior.

El Comercio exterior ó internacional exporta los géneros y frutos del país é importa los extraños, y entonces se llama de consumo, ó compra las mercaderías extranjeras para venderlas a pueblos también extranjeros, y se dice de transporte ó de economía. El primero alimenta el tráfico interior dando salida a los productos de las naciones comerciantes, a diferencia del segundo que se limita al cambio y acarreo de ajenas mercaderías, sin tomar parte directa en otros negocios. No obstante, contribuye al incremento de la riqueza y prosperidad del estado en cuanto ofrece empleo lucrativo a su trabajo y capital, y promueve el desarrollo de la navegación hasta convidar con el imperio de los mares. Buen ejemplo de esto es la república de Holanda en el siglo XVII.

El cambio internacional procura bienes inmensos, porque introduce una grande división del trabajo entre todos los pueblos, facilita la posesión de una multitud de mercaderías que no pueden producirse en el territorio, permite dar el empleo más ventajoso a todas las fuerzas productivas, excita la actividad de las gentes trayendo modelos que imitar y despertando los deseos de adquirir, y forma vínculos de interés y simpatía en los cuales descansa la paz del mundo. Así se proveen todas las naciones de lo que les falta a trueque de lo que les sobra, y reina la abundancia, y con ella la baratura, y es la vida fácil, cómoda y agradable, se multiplican las riquezas y florecen las rentas públicas sin oprimir demasiado a los contribuyentes.

En efecto, hay climas muy diversos en el globo, como hay aptitudes muy distintas en el hombre. Las producciones del norte son diferentes de las del mediodía, y en una misma zona hay tierras fértiles en granos, otras en vinos ó aceites. Ciertas regiones gozan de merecida fama por algún monopolio natural, y así va su nombre unido a tal ó cual fruto sin rival en el mundo, como el té de la China, el café de la Arabia, la canela de Ceilán, los vinos de Jerez, el azúcar y tabaco de la Habana, etc. Pues si en Madrid, v. gr., se encuentran todas estas cosas en abundancia y a precios moderados, se debe al cambio internacional.

Non omnis fert omnia tellus, decían los antiguos; y los modernos con mejor discurso deben añadir que no hay nación bastante favorecida por la naturaleza que pueda bastarse a sí misma. Bien se nos alcanza que es vano y ocioso el consejo de no cultivar en Inglaterra los frutos especiales de Andalucía; pero no carece de utilidad y aplicación, si se trata de violentar a la agricultura haciéndola producir aquello que producido será caro y malo, en vez de obtenerlo bueno y barato por medio del cambio, como sucedió en Francia, cuando se formé el empeño de suplir el azúcar de las Antillas con el de remolacha. Mucho menos es impertinente respecto a la industria fabril, que si bien tiene poca cuenta con el clima, la tiene, y muy grande, con mil circunstancias favorables ó adversas a la perfección y economía de los artefactos; y proponerse cada pueblo reunir toda clase de fabricas, ó todas las que pide el consumo de sus habitantes, es renunciar a los beneficios de la división del trabajo.

Así pues, el comercio internacional abandonado a si mismo, esto es, prevaleciendo el régimen de la libertad, no solamente nos proporciona los géneros y frutos más extraños y remotos, pero también los pone al alcance de las menores fortunas, aunque venga recargado el coste de la producción con los gastos del transporte.

Es un axioma en Economía política que los productos se pagan siempre con productos, porque no se cambian valores sino por valores equivalentes. Nada importa que medie dinero, supuesto que la moneda es una mercadería que tampoco se adquiere sino en virtud de un cambio que se llama venta.

De aquí resulta que si España envía sus vinos a Inglaterra y ésta sus hierros a España, ambas naciones ganan en el cambio, porque ambas compran barato. Los productos de cada una constituyen los medios de adquirir los productos de la otra; y si los vinos cuestan poco a España, poco le costarán los hierros de Inglaterra y viceversa. El beneficio es común, porque los dos pueblos, trocando sus géneros y frutos, los obtienen con menores gastos de producción, y gozan de ellos con igual economía de trabajo.

La importación y la exportación no son dos hechos simples que se excluyen, antes por el contrario, un solo hecho complejo considerado por el anverso y el reverso. Las mercaderías que se exportan representan la oferta, y las que se importan la demanda de cada pueblo; de donde se sigue que las importaciones y las exportaciones significan valores iguales.

La teoría vulgar del comercio exterior atribuye todas las ganancias del cambio internacional a las exportaciones, así como todas las pérdidas a las importaciones: error disculpable en aquellos tiempos en que el oro y la plata pasaban por la única riqueza; pero absurdo incomprensible ahora, cuando tan lejos nos hallamos del sistema mercantil. Decir que un pueblo gana si exporta y pierde si importa, repugna al sentido común, porque en suma equivale a decir que se enriquece con lo que da, y se empobrece con lo que recibe. La verdad es que del cambio internacional redundan beneficios mutuos, pues si la exportación facilita la salida de los productos, y con esto alimenta y desarrolla la producción de un territorio, la importación ofrece a sus habitantes mercaderías que no producirían de ningún modo, ó producirían a mayor costa que las exportadas, y por consiguiente hay un ahorro positivo de trabajo y capital que puede aplicarse a fomentar otros ramos de la industria.

Todo conduce a demostrar que la libertad del comercio exterior redobla las fuerzas productivas del mundo, porque permite dar el empleo más ventajoso al trabajo y capital de todas las naciones, cobrando la industria su natural asiento una vez restablecido el orden de la producción del universo. Satisfechas a menos costa las necesidades físicas, habría menos pobres en la tierra, y seria más fácil cultivar el espíritu y tener participación en los goces morales.

La libertad del comercio es el comercio mismo, y se deriva del derecho de cambiar ó disponer cada uno de las cosas que constituyen su propiedad. Arguyen los partidarios de la prohibición que todo derecho tiene sus límites señalados por el bien público ó interés general, porque los derechos suponen deberes correlativos. Aceptamos el principio, protestando contra su aplicación al cambio internacional. Ni la justicia, ni la equidad, ni la conveniencia consienten la infracción constante y sistemática de las leyes que rigen la sociedad humana por respeto a un interés del momento, ni el sacrificio de los muchos no privilegiados a los pocos favorecidos con el privilegio. El orden social descansa en bases inalterables como la moral de donde procede. Si la libertad fuese la regla general y las restricciones la excepción pasajera, todavía pudiéramos mostrarnos indulgentes con nuestros adversarios; pero acontece que a fuerza de limitar el uso de aquel derecho, llegó a quedar borrado de las leyes, y la excepción se hizo regla y la regla excepción, confiscando la propiedad y erigiendo en sistema el despojo.

Oponen además que los amigos del comercio libre pretenden destruir las nacionalidades para levantar un cosmopolitismo imaginario, en cuanto consideran todos los pueblos como un solo pueblo, y todos los mercados como un solo mercado. Y sin embargo, la libertad del comercio exterior fortifica el espíritu de nacionalidad, pues la división del trabajo entre las naciones restituye a cada una el lugar que la corresponde en él orden de la producción según las leyes de la naturaleza y de la sociedad, en vez de ocupar un puesto arbitrario según el capricho de los hombres. El cosmopolitismo de que se acusa a los defensores de la teoría del libre cambio, no se compadece con el deseo de cimentar las nacionalidades conforme a los designios de la Providencia, que con la diversidad de los climas y las producciones quiso inducir a los hombres a contraer amistad, obligarlos a prestarse mutuo auxilio y empeñarlos en tratarse como hermanos.

Situar bien la industria es favorecer el comercio y concertar el culto de la patria con el amor de la humanidad. Nadie hasta ahora ha combatido con el argumento del cosmopolitismo la libertad del comercio interior, y sin embargo acercar los pueblos y las provincias suprimiendo las aduanas de tierra y removiendo los demás obstáculos a la circulación de la riqueza entre los habitantes de un mismo territorio, es dar un paso hacia el cosmopolitismo no menos grave que aproximar las naciones. Si hoy clama la opinión por la libertad del cambio internacional, es porque en otro tiempo clamó con fruto por la franqueza del cambio entre vecinos.

Siendo recíprocos los beneficios del cambio internacional, cuanto más adelantan los pueblos y los gobiernos por esta senda, tanto más se enlazarán sus intereses y se fortificarán los vínculos de amistad y concordia entre todos. No soñamos con el advenimiento de una edad de oro en la cual reinen la paz perpetua y la fraternidad universal, contentándonos con alejar el peligro de las guerras y conquistas; y puesto que no basten los intereses de todo el mundo civilizado a conjurar tamañas calamidades, tendrán y tienen ya eficacia para hacerlas menos frecuentes y duraderas. La opinión pública repugna las guerras injustas y las mercantiles, y la misma paz armada excita quejas y murmuraciones que atan las manos a los príncipes más ambiciosos y a los ministros más violentos.

La libertad del comercio exterior es buena en todas partes; pero las razones para adoptarla son diferentes. No es (dice un economista de grande autoridad y merecida fama) una de esas deidades salvajes que piden el sacrificio de víctimas humanas, sino una diosa siempre justa y siempre benéfica. Favorece a los productores y a los consumidores al mismo tiempo, porque contiene la subida de los precios, si propenden a la carestía, y los levanta, si descienden hasta la baratura demasiada. Pesa en su fiel balanza todos los intereses, separa los legítimos de los ilegítimos y da cumplida satisfacción a todas las verdaderas necesidades.

Se acusa a los proteccionistas de haberse hecho apóstoles de la carestía, tomando la defensa de los productores y abandonando la causa de los consumidores; y tal vez los libre-cambistas cayeron en el extremo opuesto, lisonjeando a los pueblos con esperanzas de baratura que no se realizarán jamás hasta el grado que se anuncia, y promoviendo el partido de los consumidores, como si ellos no fuesen también productores bajo otra forma. Si la libertad del comercio se proclamase hoy mismo, con ella vendrían muchos desengaños, porque ni los bienes serian tantos como se esperan, ni los males tantos como se temen. Los capitales no emigran con la facilidad que pasan de uno a otro lugar dentro del mismo territorio, y así no siempre la industria se situará donde quiera que sea menor el coste de la producción. Júntase a esto que los gastos del transporte dificultan el cambio, sobre todo de las mercaderías muy voluminosas y pesadas; y así sucede con los productos de la agricultura cuya mayor parte, sean baratos ó caros, se consume en el mismo país donde se recogen, y sólo en los años estériles, siendo grande la diferencia de los precios, hay ventaja en traerlos de fuera.

El progreso del comercio exterior es señal de prosperidad, cuando coincide con el incremento de la producción interior; sino es señal de pobreza. Si entran muchas mercaderías extranjeras a cambio de las nacionales que abundan, todo va bien; pero puede acontecer, por ejemplo, que una mala cosecha obligue a comprar cantidades inmensas de granos y semillas alimenticias con valores reservados a una producción ulterior ó sustraídos al ordinario consumo, porque hay un déficit en las subsistencias. Nada sin embargo se arguye de aquí contra la libertad del comercio, pues si el vació existe, debe colmarse de la mejor manera posible, esto es, pronto y a costa de menos trabajo.

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