Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE PRIMERA. - De la producción de la riqueza.

CAPITULO II. De la utilidad.

Llámase utilidad la propiedad que tienen las cosas de servir para los diferentes usos de la vida ó satisfacer nuestras necesidades. El pan es útil como alimento, el diamante como adorno de la persona, y así todo lo demás.

La utilidad se deriva del poder que el hombre ejerce sobre la materia, porque apropiándosela ó modificándola logra transformar en útil lo inútil.

Sin embargo, no se entienda que el hombre, en rigor, y por si solo, dé origen á la utilidad, pues las pro piedades de la materia existen desde el principio del mundo, y constituyen otras tantas leyes de la naturaleza que el hombre releva y combina, y de las cuales no es ciertamente el autor. Esta doctrina no debe reputarse vana y estéril, considerando que conduce á distinguir dos elementos en la riqueza, á saber, la naturaleza y el trabajo.

La utilidad denota una relación actual entre el hombre y los objetos que le rodean. Esta relación puede variar y varía hasta el extremo, ya porque las necesidades no son siempre las mismas, ni los deseos en igual grado vivos y vehementes y ya porque las cualidades de las cosas se alteran ó padecen menoscabo. La quina empezó á ser útil el día en que fue conocida su virtud medicinal: el tabaco cuando se introdujo la costumbre de tomarlo en polvo ó aspirarlo convertido en humo: el vestido que pasó de moda ó envejeció con el uso, no es tan útil como do nuevo y cortado según las reglas del buen gusto.

La utilidad es tanto mayor, cuanto las necesidades que responde son más comunes y apremiantes, y las satisfacciones que procura más completas. El pan puede ser suplido por la patata; pero siendo el pan más nutritivo, la patata es menos útil como base del ordinario sustento.

La utilidad de un objeto no admite comparación con la de otro, porque ambas utilidades significan dos medios y dos fines distintos. Un vaso de agua, para el hombre que muere de sed en el desierto, es mil veces más útil que el más hermoso brillante. El oro que este viajero tiene en el bolsillo, es inútil en aquella soledad, donde no hay contratación posible.

Las necesidades del hombre se distinguen en físicas, morales ó intelectuales. Unas impone la naturaleza, como el alimento, el vestido y la habitación: otras nacen de la sociedad civil, como los caminos, canales y puertos: otras proceden del estado ó condición de las personas, como las joyas para un príncipe, los libros para un jurisconsulto; y en fin, otras dimanan de los hábitos, usos y costumbres de los pueblos, como el vino, la cerveza, el opio ó el tabaco. Todas causan placer, si se satisfacen y cuando no, mortifican con el dolor de la privación.

Quieren los moralistas separar las verdaderas de las ficticias ó facticias, como si dijéramos voluntarias ó artificiales de legitimidad dudosa. La Economía política no admite esta arbitraria diferencia. Enhorabuena aconseje la moral á los individuos moderar sus deseos y contentarse con poco, que la Economía política busca en el desarrollo de la riqueza uno de los elementos de felicidad del género humano.

De todos modos, puesto que hay necesidades facticias no menos intensas que las verdaderas, conviene remediarlas para quitar á los hombres esta pesadumbre. Será, ó no será frívolo el deseo de lucir una dama sus galas en un baile de corte, pero al cabo la atormenta; y si la Economía política, favoreciendo la industria, le proporciona ricas telas de seda, y fomentan do la riqueza, le procura los medios de comprarlas, contribuye sin duda á extender los goces de la vida y difundir el bienestar general.

Las necesidades crecen y se multiplican todos los días sin limite conocido, lo cual parece á unos un bien y á otros un mal. Supuesto que el hombre es capaz de perfección, tanto más se conformara su vida á la ley del progreso, cuanto mayor fuere el número de necesidades que logra satisfacer. Si aumentasen los deseos de gozar sin aumentar en proporción los medios, seria una grande calamidad; mas por fortuna la civilización es fecunda en arbitrios. Casi siempre los inventos y mejoras de la industria preceden de las necesidades de los pueblos. Nadie estaba descontento del modo de viajar en diligencia, mientras no fueron conocidas las ventajas de los caminos de hierro.

Las nuevas necesidades mantienen en actividad constante al hombre y alimentan el trabajo. La sobriedad general, llevada al exceso y no determinada por la economía, paraliza la industria y sume á los pueblos en la ignorancia y la miseria, porque nadie se afana, si nada apetece. Tampoco es raro ver, sobre todo en los climas benignos, que la moderación de los deseos, no tanto procede de indiferencia por los goces de la vida, cuanto de los hábitos comunes de ociosidad y pereza.

Las necesidades satisfechas son la recompensa del trabajo que inspire el deseo de la paz, el amor al orden y el respeto al derecho. Por el influjo de las necesidades que cada día promueve y despierta la civilización, los pueblos se ligan con recíprocos intereses; y á pesar de las diferencias de raza, carácter, gobierno, religión, historia y costumbres, acaban por hacerse hermanos.

Hay en la naturaleza un caudal inagotable de cosas útiles que las ciencias y las artes van poniendo á disposición del hombre. El aire, el agua, el vapor, la electricidad eran bienes en parte perdidos, hasta que un grado mayor de cultura permitió aprovecharlos. Muchas necesidades suscitaron las maravillas del siglo; pero es la verdad que hoy son los pueblos más ricos y dichosos que cuando vivían pobres y resignados á su pobreza.

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