Principios de Economía Política

Por el Doctor
D. Manuel Colmeiro
Catedrático de la Universidad de Madrid


Alojado en "Textos selectos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/

 

PARTE PRIMERA. - De la producción de la riqueza.

CAPÍTULO XI. - De las máquinas.

Otra condición que aumenta en extremo la fecundidad del trabajo, es la aplicación de la mecánica á la producción de la riqueza.

La forma primitiva del trabajo es el empleo de la fuerza muscular del hombre para modificar la materia. Con el tiempo se usaron ciertos utensilios ó herramientas como el hacha, la sierra ó el martillo que ayudan á la mano y equivalen á una prolongación de nuestros órganos. Más adelante utilizó el hombre las fuerzas vivas de algunos animales, como el buey y el caballo, á quienes hizo compañeros de sus fatigas. Por último, la civilización le enseñó el arte de sacar partido de las leyes de la naturaleza, construyendo máquinas ó instrumentos complicados movidos por el aire, el agua ó el vapor.

Parecen las máquinas por la delicadeza de su artificio, la regularidad de sus movimientos y la perfección de su trabajo, la materia animada, dócil y sumisa á la voluntad del hombre. Toda máquina supone una conquista del hombre sobre la naturaleza rebelde y á veces enemiga. El poder destructor de los elementos se postra delante de un humilde trabajador que lo enfrena y lo somete á su imperio. De esta manera se obtiene á título gratuito un servicio que antes se obtenía á título oneroso.

La invención y uso de las máquinas auxilian en extremo la producción de la riqueza por varias razones.

Permiten aplicar las fuerzas fugitivas de la naturaleza que nada nos cuestan, y economizan el empleo de la fuerza muscular cuyo exceso quebranta la salud precipita el curso de la vida. El árbol más robusto cede pronto al hacha del leñador; y si no fuera así, habríamos de imitar á los castores que acometen el tronco con las uñas y los dientes.

Ahorran mucho tiempo, porque la materia inanimada es incansable, y la velocidad de los agentes fácil de ajustar á la medida de nuestro deseo. En el arte de la imprenta basta una prensa de mano movida por dos hombres para hacer en un día el trabajo de cien copistas en un año, y una prensa de vapor, maquina perfecta, acabará esta misma tarea en una hora.

Producen con más abundancia y perfección, porque suplen los esfuerzos simultáneos de muchos hombres y observan las reglas que el inventor ha querido imponer á sus movimientos.

Economizan las primeras materias, porque se puede sacar mayor grado de utilidad de los mismos objetos. La mera sustitución del hacha por la sierra es un adelantamiento de la maquinaria, pues facilita sacar diez ó veinte tablas del madero que apenas daría una sola.

En resolución, las máquinas conducen al resultado de producir más riqueza con menos trabajo, término del progreso de la industria. Sus beneficios en general consisten en aumentar la cantidad de los productos, mejorar su calidad y disminuir los gastos de la producción. Reducido el precio necesario de las mercaderías, el corriente baja hasta ponerse á su nivel, y los pueblos gozan de las comodidades que la abundancia y la baratura derraman por todas partes.

¿Hay nada más útil que la disminución del trabajo material? ¿Hay nada más noble que la sustitución de la fuerza muscular por la fuerza inteligente?

Como todas las instituciones humanas tienen algún punto flaco y vulnerable, no es maravilla que se hubiese puesto en duda la utilidad de las máquinas con apariencias de razón. Los argumentos que contra ellas se emplean, proceden de considerar como males necesarios y constantes los que no son sino accidentales y transitorios, ó de juzgar con severidad lo que se ge, y no buscar en lo que no se ge la debida compensación.

Las máquinas (dicen) arrebatan el trabajo á los obreros, les hacen competencia, y en virtud de la ley suprema de la oferta y la demanda, bajan los salarios. Enhorabuena aumenten la producción; pero también alteran la regular distribución de la riqueza, agravando la miseria de los que ganan el pan de cada día con el esfuerzo de sus brazos.

No, las máquinas no suprimen trabajo, aunque puedan trastornarlo en el momento de su introducción. Por de pronto sólo reemplazan al obrero en el trabajo puramente manual y de ningún modo en el que requiere inteligencia. La misma fabricación de las máquinas abre un ancho campo al empleo de la obra de mano, y la mayor economía de los procedimientos industriales, facilitando el consumo, aumenta la demanda de trabajo. Estas causas son bastante poderosas á impedir la baja de los salarios; y si todavía quedase algún escrúpulo, consultemos la estadística y nos dirá que han subido siempre que las máquinas han perfeccionado el arte de la producción.

Lejos de empeorar la condición de los pobres, la mejoran, porque aumentan el bienestar de todo el mundo permitiendo satisfacer mayor número de necesidades á menos costa, y realzando la dignidad del hombre á quien redimen del trabajo servil. ¿Por ventura el esclavo de la antigüedad ocupado en dar vueltas á la rueda de un molino haciendo las veces de una caballería, perdió algo con la invención de un artificio movido á impulso del agua ó del aire? El molinero de hoy dirige su máquina, la vigila, lleva la cuenta y razón de la molienda, cobra su parte, y en fin piensa y discurre en lugar de oprimir su espíritu con el peso de una faena propia del bruto.

Díjose que el hombre huye delante de la máquina; que su personalidad desaparece á esta invasión; que la autonomía del trabajo individual se aniquila en presencia de una producción concentrada, y que la propiedad particular muere ahogada por la propiedad colectiva que tiende á constituir cierta especie de feudalidad industrial. Preguntóse ¿qué seria de la Inglaterra el día en que por un esfuerzo supremo de la mecánica, el rey llegase á reunir en su mano toda la producción, todo el comercio y todos los cambios de la Gran Bretaña?

La máquina no reemplaza al hombre sino cuando el hombre trabaja como una máquina. Si la obra de mano exige calculo, gusto, variedad, combinación ú otras circunstancias que transformen lo mecánico en artístico, no está el trabajo al alcance de la maquinaria. El progreso de la industria creó una categoría superior de obreros de ciencia y arte, á saber, ingenieros, dibujantes, modeladores, químicos, mecánicos, constructores, directores, etc., sin perjudicar á los inferiores ó subalternos que esperan todavía pasar á mejor estado. Los proletarios de la industria no son los obreros hábiles que ejercen un oficio en el cual ganan crecidos salarios, sino los que semejan á un instrumento ciego de la producción, y porque usan poco de su inteligencia, arrastran una vida inquieta y miserable.

La hipótesis de Sismondi es irrealizable; pero si pudiera realizarse, Inglaterra ganaría mucho convirtiéndose en una nación de reyes, ó por mejor decir, de dioses, que gozaría de todos los bienes y comodidades del mundo sin doblar la cerviz al duro yugo del trabajo.

La introducción de una máquina puede en verdad causar cierta perturbación que por el momento redunda en daño de una clase de obreros; mas pronto se restablece el equilibrio y renace la calma. Las máquinas no entran de tropel, ni llegan de repente, ni lo invaden, todo. Conforme van desalojando al obrero, aumentan el trabajo, y le dan tiempo para mudar de profesión.

La construcción de las máquinas adquiere de día en día tales proporciones, que compensa, sino en todo, en gran parte la disminución del trabajo manual. Del uso de las máquinas siempre resulta un bien permanente, tal vez á costa de un mal pasajero que es el precio de la emancipación del hombre; mas al cabo el hombre se emancipa de una fatiga corporal, sometiendo á su imperio, y disciplinando con su inteligencia las fuerzas rebeldes de la naturaleza.

El cambio de oficio seria un grave mal, principalmente pasada la juventud del obrero, si fuese radical y completo, lo cual sucede raras veces. Hay muchas profesiones semejantes que se derivan del mismo aprendizaje, y éstas ofrecen un holgado asilo á los despedidos de sus antiguos talleres. El fácil manejo de la aguja, el escoplo ó la lima, habilita para el ejercicio de artes muy diversas, y de todos modos hallan aquellos el remedio á su necesidad en la mayor oferta del trabajo.

Han imaginado algunos economistas un medio, á su parecer, eficaz y fácilmente practicable, de contener y reprimir los daños que á la clase obrera puede cansar la introducción de las máquinas. Proponen que el fabricante continúe por algún tiempo pagando el mismo salario; arbitrio equivalente á repeler los beneficios que la industria reporta de las aplicaciones de la mecánica. Y en efecto, la producción seria más costosa, porque el salario no bajaría y los gastos de la fabricación se habrían de aumentar con el interés del capital representado por el importe de la maquinaria. Por otra parte, el remedio implica la intervención del estado en negocios que deben arreglarse á favor de la libertad de concurrencia; é invocar el auxilio de la autoridad en este y otros casos semejantes, es un principio peligroso, un verdadero retroceso al sistema reglamentario.

Las máquinas existen y deben existir, ya porque son amigas del hombre, ya porque declararles una guerra de exterminio equivaldría á proscribir el uso de los más sencillos aperos de labranza y groseros instrumentos de las artes, y ya en fin, porque no es posible que todas las naciones se pongan de acuerdo en suprimirlas; y no siendo así, la primera que diese este paso hacia la vida salvaje, quedaría bien castigada de su imprudencia con la extrema pobreza, hija de su inferioridad relativa.

La desaparición de las máquinas restablecería en los tiempos modernos el antiguo orden económico representado por un trabajo inmenso, un hombre infatigable, una escasa producción y una remuneración muy mezquina. En suma, si las máquinas desapareciesen de la tierra, serian suplidas por el hombre, máquina viviente, es decir, peor que esclavo.

La máquina es un progreso, y el progreso tarde ó temprano rinde frutos de civilización ciertos, sazonados y copiosos.

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