4. El socialismo «científico»

Carlos Marx nació en Tréveris en 1818, hijo de un abogado judío. Estudió en Bonn y en Berlín y se doctoró en Jena en 1841 con una disertación sobre la filosofía de Epicuro. En vista del trato de que fué objeto su amigo, el profesor de Teología Bruno Bauer, y en atención a él, renunció a su intento de lograr una cátedra de profesor agregado en Bonn. Marx fué primero colaborador y luego director de la Rheinische Zeitung, hasta que, habiendo sido suprimido este periódico, pasó a París en 1843, y allí, junto con el neohegeliano Ruge, esforzóse por editar los Anuarios francoalemanes. Fué también en Paris donde trabó amistad con Federico Engels.

Marx, que en sus estudios se había ocupado principalmente de la filosofía hegeliana, tuvo en Francia ocasión de conocer el socialismo más de cerca. Expulsado del país a instancias del Gobierno prusiano, trasladóse en 1845 a Bélgica, donde, en 1847, publicó contra Proudhon la Misère de la philosophie y, en colaboración con Engels, escribió el Manifiesto del Partido comunista.

La revolución de 1848 llevó a Marx de nuevo a París y a Colonia, iniciando en esta última ciudad la publicación de la Neue Rheinische Zeitung. Allí se agregó a su círculo Lassalle. Expulsado de Alemania y de Francia, Marx pasó a Londres en 1849. En la capital de Inglaterra dedicóse, junto con Engels, al estudio de esta nación, la más avanzada socialmente (1), y de sus trabajos verificados en el British Museum surgieron sus obras más importantes. La familiarización con las condiciones de trabajo de la Gran Bretaña constituye el tercero de los momentos cruciales en la carrera ideológica de Marx.

En 1864 pasó a ocupar un puesto destacado en la Asociación Internacional de Trabajadores, de reciente creación; puesto que abandonó cuando el fracaso de la Commune de Paris, y la oposición interna de los grupos anarquistas acaudillados por Bakunin le hicieron creer inútil la persistencia en la lucha.

En Marx vienen a reunirse las diferentes trayectorias del movimiento socialista. Por la estructuración independiente que le dió convirtióse en su representante máximo. El fué quien suministró a los obreros su arma aparentemente científica, del mismo modo que los fisiócratas la habían suministrado a los propietarios territoriales, y Smith y Ricardo a los empresarios.

La filosofía de Hegel constituye el punto de partida de la ideología marxista. Sin embargo, Marx manifiesta de manera categórica su oposición a Hegel: Marx es materialista, mientras que Hegel fué idealista. No obstante, si bien Marx impugna las ideas hegelianas, lo fundamental permanece común a ambos: el mundo es un proceso interpretable lógicamente. Hegel trajo una nueva especie de racionalismo, y así podemos comprender cómo en la inteligencia de Marx hallaron cabida unas doctrinas surgidas del viejo Derecho natural. Pudo sentirse algo así como el perfeccionador de la clásica economía nacional de un Smith y un Ricardo; pero lo que para éstos era un fenómeno aplicable a todos los tiempos, para Marx era característico de una época solamente. Marx veía en ellos a los representantes de la economía capitalista, y así como a ésta la había precedido la época feudal, él, como revolucionario, considerábase el campeón de un nuevo periodo socialista, para el cual eran ya inútiles las leyes del capitalismo. Lassalle caracteriza a su amigo como un Hegel economista y como un Ricardo socialista.

Ya observamos la conexión existente entre la escuela histórica y el socialismo. Ambos intentaron emanciparse del Derecho natural individualista, y así como los históricos pusieron de relieve la importancia de los grupos sociales y principalmente del Estado, así también los socialistas intentaron justificar por la Historia la legitimidad de sus demandas. Pero mientras el historiador se esfuerza por enfocar cada acontecimiento como tal, Marx, al igual que Hegel, renuncia a esta investigación particularista. Ambos quieren ahondar únicamente en el conjunto de los sucesos; si algún valor dan a los hechos aislados, es sólo considerándolos como piedras de construcción del edificio de la Historia.

Para Hegel el mundo es la realización de una idea. De igual manera que en el pensamiento humano, a cada afirmación, a cado tesis, puede oponerse su negación, su antítesis, para formar así el equilibrio de ambas, la síntesis que permita obtener la plena claridad de la aseveración conjunta, así también para este filósofo el mal en el mundo no es otra cosa que la negación del bien, negación que hubo de ser superada para conseguir el bien consciente, absoluto. Para Marx lo primordial no es lo ideal, sino lo material. Lo ideal, en su concepto, no es más que «lo material traducido y trasplantado a la cabeza humana». Lo que interesaba a su enfoque histórico era comprender los fundamentos materiales, económicos de las diversas épocas, fundamentos que en lo ideal, en el derecho y Ia cultura no encontraban más que la expresión. Así fué cómo la construcción histórica materialista pasó a ser el fondo de la doctrina marxista.

En esas construcciones hay qua distinguir tres épocas: la primera está representada por un estado primitivo, rudimentario que, no obstante, aparece como una edad paradisíaca, una edad de oro en comparación de los horrores de la época siguiente. La segunda es aquella en que se desarrollan todos los gérmenes del vicio; es la época del pecado y de la maldición. El tercer estadio trae consigo la redención, debido que son reconocidos los aspectos buenos de la primera época y rehabilitados, utilizando para ello las conquistas y los conocimientos adquiridos en la segunda. El segundo estadio, estadio negativo, fué, para Marx, el período de la libre competencia, aquel que los economistas burgueses consideraron como el ideal. A su análisis dedica Marx la mayor y una importante parte de su libro. Los primeros socialistas habían repudiado también los males de su tiempo, males que Marx estima necesarias para el futuro progreso. No sin cierta fruición enumera Marx todas las abominaciones de la segunda época, la del capitalismo; ellas demuestran que éste ha vivido y se ha sobrevivido, que hay ya lugar para la negación de la negación, para la nueva era social.

Reclamen otros un cambio de las condiciones existentes apoyándose en razones éticos; para Marx todo se reduce a un proceso lógico que debe evolucionar hasta el fin. Acaso la gran impresión que produjeron sus escritos se explique precisamente por la circunstancia de que no formula demanda ninguna. El progreso debe venir por sí mismo. Pero ¿quién negará que en el fondo de esta dialéctica ha de haber la fe en la victoria de la justicia? Marx, a diferencia de otros, no predica esta fe como profeta; la ciencia, la dialéctica, hacen sus veces; pero precisamente en este gélido patetismo es donde radica todo el engaño de sus escritos.

«Lo que es real es comprensible», había enseñado Hegel. De esta afirmación los filisteos han sacado la justificación del estado de cosas existente. Pero los venes invirtieron la sentencia: «y lo que es comprensible es real» (2). Si se lograba demostrar la sinrazón de la situación reinante, descubrir su ilógica contradicción, la sentencia quedaba pronunciada. Y eso es lo que pretendió Marx.

¿Cuál es la esencia del capitalismo? «Explotación y anarquía», respondió Marx; y por eso debe desaparecer.

Desde los tiempos de Smith el concepto de capital se halla en el primer plano de la ideología económica. Marx se distingue de los primeros socialistas, principalmente, por el hecho de que adopta este orden de ideas con mayor intensidad que todos ellos.

Adhiérese a la doctrina de Smith-Ricardo de que el trabajo determina el valor de las mercancías. El valor idéntico al intrínseco de los productos no es el valor de consumo, sino el de trueque, el cual se determina, no por la clase particular de trabajo (como el de Carpintero, albañil o tejedor), sino por la reducción a una mano de obra social promedia. Simples substancias homogéneas del trabajo, para Marx las mercancías son comparables cuantitativamente, poseen un valor de cambio.

Aquí aparece lo original de la deducción de Marx. Entre una serie de posibilidades dadas, únicamente reconoce aquellas que, en su futuro sistema, se adaptan a la categoría de resolutivas. Cuando dos partidos luchan, existen cuatro posibilidades: o vence el antiguo o el nuevo, o ambos se aniquilan, o se soportan mutuamente. En el Manifiesto comunista, Marx acepta solamente dos: «La lucha termina cada vez con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la ruina común de las clases contendientes». Así sabe Marx que sólo el consumo decide sobre el valor y que existen diferencias individuales. Sin embargo, no da beligerancia a éstas, y se limita a afirmar, sin desarrollar empero la idea, que el trabajo debería ser socialmente necesario». Considera el capital comercial como la forma más antigua del capital; no obstante, su análisis no toma a éste por objeto, sino que explica únicamente el «que compra trabajo», el capital de producción.

Si el trabajo determina el valor, en el fondo el salario habrá de absorber el producto del artículo. ¿Cómo se explica, pues, que una parte del producto vaya a parar al capitalista en concepto de beneficio? Para Marx como para Smith el empresario no es más que un propietario de capital. Lo que quieren explicar no es el lucro del empresario individual, sino los porcentajes medios del beneficio. Marx considera los intereses y las rentas únicamente como manifestaciones secundarias. El interés es una parte del beneficio, la renta un excedente sobre el lucro medio. Pero ¿en qué se basa el beneficio? ¿No va al trabajador el valor de su trabajo? Proudhon y Rodbertus responden: ¡No! Entonces hay que dar al trabajador todo el rendimiento de su trabajo. Marx aplica a la Economía esta interpretación de la Moral. Al obrero se le da lo justo... dentro del marco de la economía capitalista. ¿Qué es pues el beneficio, sino un robo? La economía capitalista consigue crear una plus valía, la cual es extraída del capital como lucro. El capital hace que la economía sea más productiva por la cooperación, por la organización del trabajo y por la explotación de este trabajo organizado.

Según Carlos Marx (El Capital, I, 4. edic., pág. 156), existe una diferencia entre el valor de cambio y el de consumo del trabajo. El obrero da el producto de un trabajo ya realizado, su «valor de cambio»; el empresario gana en la diferencia, en aquello que le ofrece de más el «valor de consumo». Admitiendo que el sostenimiento de la mano de obra cueste solamente media jornada de trabajo, hay que trabajar, sin embargo, una jornada entera. «Esto constituye una suerte especial para el comprador de trabajo, pero de ningún modo puede considerarse como una injusticia para con el vendedor» (3).

Marx distingue entra capital variable y constante. Este último lo integran los costos del material que el capitalista ha de desembolsar para la adquisición de maquinaria, materias primas, etc.; el capital variable es el conjunto de los salarios que paga. A su juicio, únicamente el capital variable puede crear plus valía.

La aplicación de esta idea resulta difícil a Marx, hasta cierto punto; pues ¿no ha existido también una cooperación en otros períodos de la economía, aparte del capitalista?, y ¿no es una característica del capitalismo moderno la gran industria, la que trabaja con máquinas, o sea a base de un incremento del capital constante, incapaz de producir plus valía?

Marx se sale de la dificultad no reconociendo la cooperación capitalista como una forma histórica especial de la cooperación, sino que declara que la cooperación misma aparece (frente al artesanado y a la economía agrícola) «como una forma histórica característica del proceso de producción capitalista y que lo distingue específicamente» (El Capital, I, 4.ª edic., pág. 299. Capítulo Cooperación).

La maquinaria, como parte que es del capital constante, no crea ningún valor, pero funciona en manos de un trabajo inmediatamente socializado o común. «El carácter cooperativo del proceso de trabajo se ha convertido, pues, en una necesidad técnica, dictada por la naturaleza misma del medio de trabajo», añade Marx más adelante. Mediante el trabajo de niños y mujeres, una labor más prolongada e intensiva, la máquina permite al capital una explotación más intensa de la mano de obra. Marx no va contra la máquina en sí, la cual es, para él, una victoria del hombre sobre las fuerzas de la Naturaleza, un elemento que acorta la jornada de trabajo y hace a éste mucho más llevadero y sencillo. Pero ocurre que, utilizada la máquina capitalísticamente, sus efectos son opuestos, ya que hace más penoso el trabajo a los obreros y deja sin ocupación a una masa de trabajadores, el ejército de reserva industrial que pesa sobre los salarios. «El instrumento de trabajo mata a los obreros».

Marx sigue la historia de la formación del capitalismo y señala los aspectos sombríos de su primer desarrollo. Esta exposición, basada principalmente en fuentes inglesas, las Encuestas parlamentarias, los «Libros Azules» y contenida en el primer tomo de El Capital, nos presenta a Marx como uno de los primeros historiógrafos de la Econoa. Muchos de los conceptos por él emitidos, tales como las expresiones «sistema manufacturero», «trabajo en común pero sin empleo de máquinas» (manufactura orgánica), han pasado a ser de uso general. Pero también se manifiesta en él la dificultad que representa el querer condensar en tres grupos la totalidad del hecho histórico. Mientras Marx consigue fijar con cierta exactitud la característica del capitalismo, cooperación y separación de los trabajadores de la propiedad de los medios de producción, le resulta muy difícil definir las épocas primeras con una palabra precisa y terminante. Engels, para salir de la dificultad, adopta no tres estadios, sino tres veces tres (4).

En esta clase de construcciones la situación primitiva debe contener forzosamente caracteres de la nueva que se espera. Pero ¿qué fué lo esencial en la antigua: la propiedad privada del artesano y del campesino, o la propiedad común de los hindúes? Al final del penúltimo capítulo del tomo I de El Capital, Marx se expresa con cierta sinuosidad : la negación de la negación «no restablece la propiedad privada, pero si la individual a base de las conquistas de la era capitalista: de la cooperación y de la propiedad colectiva de la tierra y de los instrumentos de producción producidos mediante el propio trabajo». En el Manifiesto comunista se señala como esperada finalidad la supresión de la lucha de clases de Ia vieja sociedad por el predominio del proletariado, del que ha de formar parte toda la familia humana.

¿Hasta qué punto la producción capitalista constituye una contradicción? Ante todo por la situación de los trabajadores en ella. El poderío siempre creciente del capitalismo va eliminando cada vez más las existencias independientes, hasta el extremo de que, finalmente, la masa de los productores, constitutiva del proletariado, y cuyo único haber es la mano de obra, se enfrenta con un número, según Marx cada día más reducido, de capitalistas, en cuyas manos se hallan concentrados todos los elementos de producción. Las condiciones de vida del asalariado tornánse cada vez más desfavorables (teoría de la depauperación), con lo cual la burguesía demuestra su incapacidad para seguir siendo la clase social dominante. El desacuerdo existente entre la producción colectiva y la apropiación capitalista, desacuerdo que se manifiesta en la oposición entre el proletariado y la burguesía, únicamente puede resolverse uniéndose los proletarias y apoderándose del dominio de Ios medios de producción.

Pero hay, además, una segunda consideración. Paralelamente al despotismo que el capital despliega en las fábricas con sus obreros, la anarquía de la producción va perturbando cada vez s toda la vida social. Las modernas fuerzas productoras se alzan contra las condiciones de producción actuales. A juicio de Marx, las crisis comerciales que se producen periódicamente y cada vez con mayor gravedad son consubstanciales con el régimen capitalista. Cada crisis trae consigo una concentración mayor de capitales; cada capitalista destruye a otras muchos, y a medida que decrece el número de los magnates del capital, va aumentando sin cesar Ia miseria de Ia clase trabajadora. Y cuanto más insoportable se va haciendo esta situación, más se acerca la hora de la emancipación: los expropiadores serán expropiados.

Como la doctrina de Smith, la de Marx es únicamente comprensible en las circunstancias económicas de la época en que escribió. Marx observó con sagacidad la situación de Inglaterra entre 1840 y 1850. Pero ¿iban a evolucionar las tendencias en la forma preconizada por el ideólogo socialista? No ha ocurrido así.

¿Era forzoso que la situación de los obreros bajo el capitalismo se hiciese cada vez más desesperada? ¿No era posible que participasen en la incrementada productividad? El mismo Marx, en El Capital, I, menciona los éxitos de las leyes de protección al trabajo en Inglaterra, leyes que, después de 1850, determinaron un renacimiento físico y moral de los obreros industriales. En oposición a Marx, Brentano, en su Arbeitergilden der Gegenwart 1871-72, ha demostrado, desde el punto de vista histórico, que, por medio de sus organizaciones, los obreros pueden conseguir un mejoramiento, incluso en la economía capitalista. También en Alemania se notaban síntomas de este mejoramiento, al cual aludían en los últimos años del pasado siglo Vollmar y Bernstein en el partido socialdemócrata (5).

¿Y qué diremos de los avances de la acumulación capitalista? ¿Acaso han desaparecido del todo las pequeñas industrias y las pequeñas granjas? Acaso no se han manifestado, en la agricultura, más fuertes que las grandes haciendas? Las crisis, ¿se han sucedido acaso con rapidez e intensidad crecientes? El capital de la gran industria, asociado en cartels y trusts, ¿no ha logrado regularizar la producción y acabar con la competencia y la anarquía que ella creaba?

Marx se distingue de sus antecesores por el hecho de haber reconocido la importancia del capital, al cuál no quiso combatir, como hicieron aquéllos, sino estimularlo para que diese de sí cuanto podía dar. Cierto que fué un utopista al creer que la época capitalista tocaba a su fin. Desde entonces hacia acá, el poder del capital no sólo no ha disminuido, sino que ha crecido. Y el socialismo no se pregunta hoy, con razón: ¿cómo suprimiré el capital?, sino ¿cómo crearé la mejor situación posible para los obreros dentro del capitalismo? Cuanto más consecuentemente se formule el socialismo esta pregunta, tanto más pasará de una orientación retrógrada a otra progresista.

Marx creyó haber elevado el socialismo a la categoría de una ciencia por la aplicación del método dialéctico. Pero por mucho que ahondara en sus observaciones y supiera sacar deducciones, hay que convenir que su vicio máximo está en la sobrestimación de ese método. La plenitud de la vida histórica no puede dominarse ni con las construcciones más originales e ingeniosas. Y por trascendentes que sean las bases económicas de la sociedad, por importante que sea reconocer la influencia de las conmociones económicas, siempre supondrá estrechez de miras el ver en ellas el único impulso. La misma estrechez de miras revela Düring al señalar, en oposición a Marx, como única causa determinativa de la situación económica, las condiciones políticas, el poder político directo en vez de una potencia económica indirecta (6).

En Rodbertus, lo mismo que en Marx, la construcción histórica desempeña un papel importante. Rodbertus realizó estudios profundos sobre las circunstancias económicas de la Roma imperial (7). Como Saint-Simon, únicamente atribuyó valor a las organizaciones de la sociedad. El librecambio, al liquidar esas organizaciones, actuó, para él, de barrendero, de iniciador de una nueva organización más perfecta que encerró en su seno círculos mas vastos y ligó con mayor fuerza a sus miembros.

Como Marx, Rodbertus extrajo de la economía nacional clásica la doctrina de que sólo el trabajo crea el salario. En la sociedad actual, no obstante, este salario no es suficiente, y Rodbertus había de una cuota decreciente de salario. La causa de este fenómeno la ve en la propiedad privada vigente, la cual debe ser sustituída por la economía colectiva.

Unicamente no admitía Rodbertus que este nuevo orden pudiese establecerse por sí solo. Por eso apela al deber de la sociedad. Solamente en la Naturaleza las cosas y las circunstancias llevan en sí la ley lógica que las rige; en la Sociedad, en cambio, han de recibirla del hombre. Además, al pedir la nueva organización, no piensa Rodbertus únicamente en los trabajadores, sino en la colectividad toda. A su juicio, la privación de derechos a los obreros es una amenaza a la cultura. A como en tiempos pretéritos la civilización latina se derrumbó debido a que la sostenía un estrato social demasiado reducido, así se trata también de que el proletariado participe de la cultura moderna, de no excluirle de ella como si se tratara de una casta de bárbaros, a fin de no prepararle un destino idéntico.

Rodbertus y Marx propugnan una nueva organización; el primero la esperó del Estado, el segundo de la clase obrera. Lassalle, por su parte, intentó organizar al proletariado y, a la vez, interesar al Estado en sus necesidades. Nacido en Breslau en 1825, destacóse primeramente en el medio publicista como filósofo (Die Philosophie Heracleitos des Dunklen, 1857) y jurista. En el System der erworbenen Rechte (Sistema de los derechos adquiridos) (1861) atacó el derecho de herencia como ajeno al natural. Tratábase de una institución romana que el espíritu jurídico germánico debía superar mediante su concepto de propiedad, distinto del latino. Como Marx, Lassalle sufrió la influencia de Hegel y de la econoa nacional clásica. La férrea ley del salario, tal como la formulara Ricardo, latía en el centro de su agitación, pero él admitía que únicamente tenía aplicación en la economía burguesa. Hacíase imprescindible un nuevo orden en el cual quedase suprimido el terrible azote de dicha ley. Para crear este orden nuevo acudía Lassalle, siguiendo a Louis Blanc, a asociaciones productoras que habrían de ser fundadas con el auxilio del Estado. Con esto entraba en pugna con el movimiento cooperativista, al cual opuso en 1864 su obra: Herr Bastiat-Schulze von Delitzsch, y, de igual modo que Napoleón había tratado en Ham con Blanc, así también la común oposición al partido progresista hizo coincidir en 1863, durante algún tiempo, a Bismarck con Lassalle.

El movimiento obrero alemán va ligado al de los oficiales artesanos. Su primer representante literario fué el oficial sastre Wilhelm Weitling, quien, en 1842, publicó en Vevey las Garantien der Harmonie und der Freiheit. Influído por los socialistas franceses, expone la oposición de las clases y levanta la voz en nombre de la más pobre y numerosa, pidiendo para ella una nueva organización, en la que debe presidir un Consejo integrado por tres filósofos y, a su lado, una compañía central de maestros por él elegida. A los órdenes de ella estarían las compañías de maestros encargadas de organizar el trabajo.

Las clases proletarias no empezaron a adquirir importancia en el aspecto social hasta el año 1848. En 1863 Lassalle fundó un partido independiente para la defensa de los intereses obreros. La importancia del elemento literario en este movimiento lo revela el hecho de que a fines del sexto decenio y a principios del séptimo fueron constantes las luchas entre los partidarios nacionalistas de Lassalle y los marxistas internacionalistas. Durante un período desempeñó un papel predominante como sucesor de Lassalle el patricio católico de Francfort Joh. Baptist v. Schweitzer, al cual se opuso, con carácter de representante del internacionalismo de Marx, el demócrata antiprusiano Liebknecht, quien en Leipzig logró ganar a su causa a Augusto Bebel, oficial tornero natural de Colonia, y en el cual el partido obrero encontró su más brillante orador y su organizador más entusiasta. En 1869 los marxistas formularon su programa en Eisenach, y en 1875, por la fusión de los dos grupos del movimiento proletario alemán, consiguieron la supremacía.

Otra derivación socialista de la economía nacional clásica es la doctrina de Henry George, contenida en su obra Progreso y Miseria, publicada en 1879 en San Francisco (Norteamérica). Pero mientras Marx combatía al capital, George recae en el exclusivismo fisiocrático, atribuyendo a la renta de la tierra el valor decisivo. Henry George observó los efectos de la renta territorial creciente en las condiciones coloniales de América, y creyó que el hecho de que aumentara la pobreza a pesar del gran incremento de los avances técnicos, debía atribuirse a que los acrecimientos habidos en el valor del suelo afluían únicamente a los escasos propietarios territoriales. Para él la renta de la tierra no era, como para los fisiócratas, un producto natural, sino un fruto de la cultura. Pero ya que el crecimiento de la sociedad producía la renta de la tierra, esta renta debía pertenecer a la sociedad y no a los propietarios particulares. De este modo George llegó a la formulación de la demanda neofisiocrática de un impuesto sobre la renta territorial, la single-tax, impuesto que no sólo debía suplir a todos los demás, sino qua iba a obrar como una panacea que curaría todos los males sociales. La teoría de Henry George halló eco principalmente en el mundo anglosajón, mientras en Alemania, donde la distribución de la propiedad territorial es, considerada en su totalidad, más favorable, los reformadores de la propiedad del suelo se muestran más moderados, pidiendo ante todo una distribución más justa del impuesto sobre la renta de la tierra y una política de asentamientos de horizontes más vastos. Oppenheimer arremete contra la gran propiedad, considerándola como la principal de todas las desigualdades sociales, transmitidas de la política a la economía por los vencedores que se apropian del suelo (6).

Mientras la Asociación Internacional de Trabajadores de 1864 había predicado como el primer deber de la clase obrera la conquista del Poder político, el sindicalismo francés se orientó en contra de las luchas parlamentarias de los obreros, los cuales se mostraban descontentos de sus éxitos precisamente en aquellos lugares donde habían logrado ejercer influencia sobre el Gobierno. Por eso se propugnó, de acuerdo con Proudhon, que la sociedad se emancipara de la fuerza coactiva del Estado y la fábrica fuese liberada del dominio del patrono. El medio para conseguirlo no debía ser otro que la acción directa, la huelga revolucionaria; nada de papeleta electoral.

Esta orientación es notable, no por su nueva táctica solamente, sino también por la fundamentación psicológica de sus demandas. Para Marx, la victoria del proletariado significaría el término de la lucha de clases; para él los obreros son la sociedad. Sin embargo, debían hacerse cargo de las conquistas de la época capitalista, la organización racional de la gran industria. El obrero francés, de temperamento más fogoso, no se avenía con dicha racionalización; exigía una libertad capaz de satisfacer los deseos individuales. Por eso el sindicalismo nada quiere saber del predominio de la mayoría. Según él, el máximo valor humano radica en las minorías animosas (7).

La aspiración más ferviente de los eruditos del siglo XVIII había sido la racionalización de la vida y, principalmente, de la Economía. En el siglo XIX se habían sumado a ella la burguesía y, más tarde, el proletariado. Pero así como el romanticismo comenzó en los sabios afirmando la importancia de lo irracional contra la ilustración, así también, andando el tiempo, se produjo en la burguesía una reacción contra lo puro inteligible. Mientras los obreros se adherían al raciocinio dialéctico, entregábanse aquí al lirismo wagneriano. Si hoy el proletariado se rebela también contra una racionalización demasiado rigurosa, manifiéstase en ello el atinado afán de llegar, por encima de lo puramente inteligible, a una humanización general, lo cual no significa que haya de prescindirse de toda razón.

(1) FRIEDR. ENGELS, Die Lage der arbeitenden Klasse in England, 1845.

(2) Vorrede zur Rechtsphilosophie, KUNO FISCHER, Hegel, pág. 1154.

(3) K. LIEBKNECHT, Grundzüge einer Marxkritik, llama a esta contraposición de mano de obra y trabajo una sutileza dialéctica en vez de una solución. Archivos de Ciencias sociales y Política social, 46, 3, 1919.—Cfs. también SIEVEKING, Der Gebrauchswert bei Marx.

(4) Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staates, 1884.

(5) KAUSTKY, en su prólogo de 1906 al Manifiesto comunista, declara, con razón, anacrónica la teoría de la depauperación: «hoy la situación del proletariado es muy distinta».—J. WOLF, en su obra Sozialismus und kapitalistische Gesellschaftsordnung (1892) había rechazado la referida teoría.

(6) Theorie der neuen und politischen Oekonomie, 1910.

(7) M. G. SOREL, La décomposition du marxisme; Réflexions sur la violence, 1908.

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