8. La oposición al librecambio

La observación de las fases sombrías de la nueva Economía convirtió a Sismondi, de adepto y propagador de las teorías de Adam Smith, en un crítico y transformador de las mismas. Sismondi reprocha a su maestro el haberse limitado a considerar el incremento de la riqueza, sin preocuparse de las relaciones que dicho incremento guarda con el bienestar de la población. Un ingreso nacional reducido debe juzgarse como más favorable cuando se reparte entre una población más reducida aun relativamente. Lo importante no es el aumento de la riqueza, sino su equitativa distribución. Por eso no debe abandonarse la Economía a la competencia libre, sino que los Gobiernos tienen la obligación de velar constantemente sobre el progreso de la riqueza. Adam Smith nos dió únicamente una crematística, cuando la Economía nacional debe ser una ciencia ética (1).

No niega Sismondi las ventajas que reportaron a Inglaterra sus manufacturas, pero la saturación del mercado puesta de manifiesto por la crisis de 1815 y la miseria provocada por la falta de venta le hacen deplorar los progresos de una civilización que, al originar grandes aglomeraciones humanas, no ha hecho más que aumentar su pobreza. Se muestra adversario del progreso técnico, el cual si enriquece a los innovadores, lo hace a costa de los antiguos industriales. Ante la separación de clases que provoca el capitalismo, preferiría volver al viejo sistema, en el que el dueño de la tierra es a la vez el cultivador de la misma. La ausencia de otras fuentes de alimentación constituiría una barrera natural al aumento de población, en el que Sismondi, coincidiendo con Malthus, ve una desdicha. No sería cosa de imitar el ejemplo de Inglaterra; antes al contrario, su desarrollo debería servir de advertencia a las demás naciones.

La oposición al librecambio se produjo, no sólo desde el punto de vista de aquellos que -como Francia después de 1815-, en posesión de una cultura económica, no se sentían con fuerzas para hacer frente al embate de la libre competencia, sino también desde el de aquellos otros que, contando con fuerzas económicas poco desarrolladas aún, esperaban del sistema proteccionista su elevación a la capacidad competidora; tal era el caso de Alemania y de los Estados Unidos, por ejemplo. Si con frecuencia la escuela histórica vuelve la mirada hacia atrás, en cambio vemos cómo en su defensor mas sobresaliente, List, la comprensión histórica del presente vienen ser como el grito de alerta para el futuro de la nación.

List, nacido en 1789 en Reutlingen, fué promovido por el ministro v. Wangenheim y nombrado catedrático de Ciencias políticas de Tübinga en 1817. Su intervención en Francfort en defensa de la supresión de las aduanas interiores, verdaderas fronteras dentro de Alemania, le valió una reprensión del Gobierno por manejos agitadores «fuera del país», incidente que le hizo renunciar a su cátedra. Elegido en 1820 diputado por Reutlingen, expuso tan sin rodeos la mísera situación de la clase campesina, que fué condenado a prisión en una fortaleza. Su fuga y el regreso inoportuno le llevaron al castillo de Hohenasperg, de donde salió en 1825 contra promesa de emigrar.

List pasó a América. En Pensilvania logró enriquecerse gracias al descubrimiento de unas minas de carbón, al que díó salida por medio de un ferrocarril. No obstante, todos sus esfuerzos iban dirigidos a laborar por la prosperidad económica de su patria. En 1833 pudo fundar en Leipzig una sociedad anónima para la construcción de la primera gran línea férrea alemana, la de Leipzig a Dresde, que iba a ser la base del sistema ferroviario general de Alemania. Simultáneamente dedicóse a la creación de la Unión aduanera alemana, a la cual sirvió su obra maestra y el periódico fundado en 1843. La fatiga física, las muchas preocupaciones materiales y la poca comprensión que hallaron al principio sus ideas le incitaron a poner violento fin a su sida en 1846.

Las ideas de List se hallan influidas principalmente por tratadistas franceses (Dupin, autor de las Forces productives et commerciales de la France, 1827, y de la Memoria de 1837: Le sysme naturel d'économie politique, Chaptal, Louis Say y Ferrier). Paralelamente al viejo adversario de Inglaterra, influyeron sobre él la floreciente economía de los Estados Unidos y los proyectos, allí defendidos, de una Unión nacional (Informe de Hamilton, 1791, Raymond). Mientras Ad. Müller y Winkelblech se limitaban a combatir unos intereses caducos, la constitución agraria y el gremio, la gran influencia de List radica, además de su elocuencia insuperada, en el hecho de que se propuso señalar nuevos objetivos a su pueblo.

En su Sistema nacional opone su concepción de las peculiaridades históricas de cada país a la teoría cosmopolita dominante de la economía que reivindicaba validez universal. Mientras Smith trata la Historia de la Economía en la Parte tercera, y lo hace de modo breve y constructivo, List comienza su exposición en la Parte primera. Con todo, el contraste entre su concepción y la de Smith no es tan grande como cree List, el cual arremete sobre todo contra la política comercial de aquél. Por lo demás, List se basa también sobre la doctrina de las fuerzas productivas y de la distribución del trabajo de Smith; y su construcción histórica, en la cual al estudio de la época del pastoreo sigue la del período agrícola, viniendo luego el agrícola-fabril-comercial, es tomada simplemente de Smith. Al considerar, como lo hace, la economía sencillamente como economía de tráfico, se muestra, en el fondo, librecambista. Frente a Smith no hace más que afirmar la importancia de la aduana proteccionista educativa para una industria incipiente.

Si de este modo List demuestra reconocer la importancia positiva del mercantilismo, está muy lejos de recomendar sus normas como aplicables a todos Ios tiempos. Lo que ante todo reprocha al mercantilismo, es que pretenda extender la protección, en perjuicio de la agricultura, a ésta y a las materias primas, cuando la agricultura, por la naturaleza misma de las cosas, se halla suficientemente protegida contra la competencia extranjera; y le reprocha también que no enseñe a la nación, una vez llegada ya a la supremacía fabril y comercial, a proteger a sus fabricantes y comerciantes contra la indolencia, por medio de la admisión de la competencia exterior en los propios mercados. No obstante, estima no sólo útiles, sino necesarias, las aduanas proteccionistas, a condición de que abracen un vasto territorio, una nación (pero no una nación-mosaico), y cooperen a la creación de una potencia manufacturera al lado de la agrícola.

Contra la Economía nacional clásica, la cual pretendía que el librecambio era ventajoso incluso para los Estados agrarios porque les permitía comprar en el extranjero sus artículos fabricados a precios convenientes, objeta List que la nación debe desarrollar todas sus capacidades productoras, tanto las agrícolas como las industriales, aunque el hacerlo suponga un sacrificio momentáneo para los consumidores. AI sistema de intercambio de Smith y sus seguidores, por ejemplo Juan Bautista Say, opone la afirmación de las fuerzas productoras del ps. Cuando List habla de las capacidades productoras nacionales, personales, sociales y políticas, lo hace concediendo al empresario un valor que inútilmente buscaríamos en Smith (2).

La gran actividad que despliega el industrial movió a List a conceder, contrariamente a Smith, mayor importancia a las manufacturas que a la agricultura. Consideró como desatinado principio el hecho de realzar la producción agrícola interior mediante aranceles proteccionistas, los cuales, por el encarecimiento de las materias primas y de los productos alimenticios, mantenían a bajo nivel las manufacturas del país, puesto que la agricultura indígena, según él, sólo podía prosperar económicamente por medio de la industria fabril interior. En este punto se invertía, pues, la afirmación de los fisiócratas: «Cuando el campesino tiene dinero, lo tiene todo el mundo»; List pretendía demostrar que cuando la industria fabril prospera, todo el mundo tiene dinero, incluso el campesino y el noble.

List admitía el paso de Inglaterra al librecambio; su opinión era que tan acertado habría sido abolir el sistema proteccionista después de la guerra, como antes lo había sido implantarlo. No obstante, recomendaba la aduana proteccionista a todas aquellas naciones cuyo comercio e industria se hallaban aún bajo la supremacía de Inglaterra. El sacrificio momentáneo de los consumidores quedaría muy pronto compensado por el hecho de que las industrias de nueva creación acabarían, gracias a la competencia interior, con la elevación de precios que les permitía sostener el arancel protector y que, logrado esto, venderían más barato que el extranjero por lo menos en lo que se refiere a los gastos de transporte.

Lo que con mayor entusiasmo perseguía List era la unidad y la independencia de la vida económica de Alemania. La Unión aduanera había creado un lazo de solidaridad, pero todavía permanecían fuera de la Liga las ciudades hanseáticas, Hannover, Schleswig-Holstein y Mecklenburg. List estimó necesario, no solamente su extensión a la costa del mar del Norte, sino también la adhesión de Holanda y de Bélgica. Una unión aduanera alemana que no incluyese la desembocadura del Rhin parecíale una casa cuyo puerta de entrada perteneciese a un extraño.

La Unión aduanera debía completar la educación de su capacidad industrial por medio de unas aduanas moderadas, pero al mismo tiempo tenía que continuar desarrollándose hacia el exterior. List pedía una flota alemana y una representación nacional en el extranjero. ¿Hacia dónde se orientaría principalmente el comercio germánico? Desde la emancipación de las colonias sudamericanas no necesitaba ya de colonias. Pero Alemania tenía máximo interés en que se mantuviera libre el mercado de Sudamérica, en que existiera allí un estado de orden que tal vez ella podría apoyar mediante la concesión de cuerpos auxiliares.

Como Möser, también List aspiraba a la expansión hacia el Este, a través de Austria, Hungría y Turquía. Las potencias continentales tenían un interés común en que los dos caminos que conducen del Mediterráneo al mar Rojo y al golfo Pérsico no estuviesen en manos exclusivamente de los ingleses, ni que la barbarie asiática los hiciese inaccesibles. List propone confiar a Austria la tutela sobre ambos importantes puntos.

Su programa se dirige ante todo contra la supremacía comercial de Inglaterra. Las naciones del Continente deberían unirse contra ella; habría que reanudar el bloqueo continental, aunque por procedimientos pacíficos. Inglaterra debería darse cuenta de que únicamente puede ser la primera entre iguales. Una vez aceptado este hecho no habría inconveniente en que se colocase a la cabeza de los Estados Unidos de Europa contra el poder cada día más absorbente de Norteamérica. De este modo List oponía a la idea de Smith de un imperio universal anglosajón, el sueño de una Liga europea.

En 1846 List propuso a Peel una alianza germano-inglesa. Junto a la potencia de los Estados Unidos, que abarcaría todas las Américas, restaríale a Inglaterra la posibilidad de expansión en Oriente. El Asia Menor y Egipto le servirían de puente en el camino a su imperio de la India y Australia. Pero, entre Francia y Rusia, Inglaterra tenía también interés en la existencia de una Alemania amiga que extendida hacia el Este, le asegurase la ruta de la India. En compensación, Inglaterra concedería a Alemania aranceles proteccionistas moderados que en nada la perjudicarían, puesto que reforzarían el poder adquisitivo del país, incluso para mercancías inglesas precisamente. En sus consideraciones posteriores, List encuentra también que Francia lleva a extremos excesivos el sistema proteccionista; los alemanes no rechazaban, ni mucho menos, la teoría del librecambio, la cual había sido plenamente justificada en tiempos de Smith. Después, empero, con el advenimiento del maquinismo, las ventajas de Inglaterra no podían contenerse si no era mediante la concesión de barreras proteccionistas. De momento, la realización del librecambio solamente era posible para Inglaterra; sin embargo, la competencia interior debía finalmente elevar hasta su nivel el espíritu de empresa de los países que le iban a la zaga.

Como teórico, List no puede compararse a la universalidad y a la profundidad de Smith. El problema de la distribución, la cuestión social, son temas que trató sólo someramente. Para él hay males mucho mayores que el que representaría una clase de proletarios: arcas vacías -impotencia nacional- sujeción nacional- muerte de la nación. En la ciencia de la política comercial, empero, List está a la altura de Smith, y aun representa un progreso sobre él.

La agitación de List, a la que se adhirieron especialmente los tejedores de algodón del Sur de Alemania y los industriales siderúrgicos, tuvo éxito en la Unión aduanera en la cuarta decena del siglo. En 1844 fueron elevados los aranceles del hierro y en 1846 lo fueron los del hilo. Pero desde 1848 hasta 1876, Prusia, bajo la influencia de Delbrück, persiguió una política aduanera librecambista, que respondía no solamente a los intereses de la agricultura oriental, sino también a las ideas liberales reinantes (3).

Carey adoptó las ideas mercantilistas con mayor entusiasmo aún que List, animado por el deseo de proteger a los Estadas Unidos contra la hegemonía de Inglaterra. Carey, no sólo pedía tarifas proteccionistas contra los artículos de fabricación británica, sino que la depreciación del valor monetario americano producida por la emisión exagerada de papel moneda (los Greenbacks), durante la guerra civil y por el exceso de circulación de plata baja (inflacionismo), parecióle un recurso que podía emplearse para perjudicar a los acreedores ingleses (3).

(1) «En general, Adam Smith había considerado la ciencia como demasiado sometida exclusivamente al cálculo, cuando, por diversos conceptos, pertenece al dominio de la sensibilidad y de la imaginación, muy difíciles de calcular». I, cap. 7.

(2) Cfr. también cap. 19: «(Smith) ha olvidado que él mismo, en su definición del capital, encierra dentro del término las capacidades espirituales y corporales del productor». Cfr. asimismo E. DÜHRING, Die Verkleinerer Careys und die Krisis der Nationalökonomie. Breslau, 1867, pág. 142: «Sin caer en la paradoja puede afirmarse con seguridad que es casi exclusivamente el tema del capital el que, práctica y teóricamente, Ileva consigo la crisis y la crítica en todas las principales orientaciones de la Economía política y su Ciencia». Por lo demás, en su Traité d'economie politique, 1803, cap. VI, SAY ha observado, contra SMITH, la importancia del «entrepreneur».

(3) Defendidas especialmente por PRINCE-SMITH y FAUCHER, fundador, en 1861, de la Revista trimestral de Economía Potica e Historia de la Cultura.

3.9 La ofensiva del proteccionismo

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