1.3. Holanda

Los holandeses debieron un gran florecimiento económico al fomento metódico que de sus intereses realizaron los duques de Borgoña y sus sucesores, los Habsburgos. Con todo, los Países Bajos septentrionales no lograron conquistarse el Iugar hegemónico en el comercio mundial hasta el día en que se produjo la decadencia de España. Después de haber los españoles conquistado Amberes en 1585, la mayor parte del comercio de esta ciudad se trasladó a Amsterdam. Pero, mientras Brujas y Amberes se veían animadas por los comerciantes forasteros, contentándose sus ciudadanos con servirles de intermediarios, los holandeses, imitando el ejemplo de hanseáticos e italianos, tomaron a su cargo la navegación marítima. Sus veleros cruzaban el BáItico, transportando los granos de Danzig. En otros tiempos los genoveses se habían abastecido del trigo del sur de Rusia; pero entonces, cuando los turcos les cerraban el acceso al mar Negro, los holandeses cuidaron de suministrarles cereales de los Países bálticos. Al circunnavegar el Africa, los portugueses se habían adueñado de buena parte del comercio veneciano, y cuando, en 1580, Portugal se unió a España, los holandeses no vacilaron en inmiscuirse en el área del tráfico portugués. En 1595 Cornelis Houtman salía con rumbo a las Indias Orientales; desde 1591 el amberense Willem Usselinx propugnaba por el establecimiento de los holandeses en las Indias Occidentales. Mientras anteriormente Italia abastecía de especias índicas al Norte, entonces era Amsterdam la que suministraba pimienta al Mediterráneo. Así fué cómo los holandeses se convirtieron en los herederos del comercio hanseático e italiano.

La última guerra europea ha demostrado lo difícil que resulta aun hoy día el cálculo del tonelaje de los buques. En caso preciso surgen los pequeños barcos veleros, de cuya utilización nadie se ocupa. Tanto menor crédito absoluto puede concederse, pues, a datos procedentes del siglo XVII; de ellos cabe deducir únicamente la importancia relativa de las flotas, y de las rutas.

Cálculos tales como los de Colbert, quien asignaba a la flota holandesa las tres cuartas partes de la total europea, con 15.000 buques; o los de Petty, quien le concedía 450.000 last (de dos toneladas); o bien los detallados en un proyecto tributario de 1634, deben ser considerablemente reducidos, según las recientes investigaciones de Vogel (1). De todos modos, a juzgar por ellas, la flota holandesa, que a fines del siglo XV igualaba a la alemana con 30.000 last, al terminar el XVI la duplicaba con sus más de 100.000 last y equivalía a las de Alemania, Francia e Inglaterra juntas; en los últimos años del siglo XVII contaba con 300.000 last, es decir, el doble de todos los barcos alemanes, ingleses y franceses.

La travesía del Báltico ocupaba para los holandeses el primer lugar, con 103.500 last y 735 de sus 3.510 buques. Petty consideraba que, para los Países Bajos, la pesca del arenque era más importante que el viaje a las Indias Orientales. Vogel pudo equiparar los 100 barcos que efectuaban el viaje a las referidas tierras transoceánicas, con sus 30.000 last, a 1.000 embarcaciones pesqueras. Sin embargo, precisa tener también en cuenta la distinta duración del viaje. Los buques podían efectuar de dos a tres viajes al año en la dirección del Báltico, mientras que en la de España no podían realizar más de dos. También podían utilizarse embarcaciones pequeñas para largas travesías, siendo destinadas ora a una, ora a otra de aquéllas.

Las listas de peajes del Sund nos muestran cómo los holandeses participaban en aquella ruta con un promedio de 2.226 barcos, cerca del 60 % del tráfico total. No obstante, en 1608 nos encontramos con la cifra de 4.362 buques holandeses. La maxima frecuencia del transito del Sund, núnca más igualada en el curso de la primera mitad del siglo XVII, corresponde al año 1597, y es de 6.673 barcos. En el comercio de Levante la exportación holandesa se elevó a 2,5 millones de florines y la importación a 2 millones y un tercio.

Frente a los 30 millones de florines anuales del comercio de Amberes en el período de su máximo esplendor, el holandés alcanzó, a mediados del siglo XVII, la cifra anual de 75 a 100 millones. Hasta mediados del siglo XVIII no le sobrepasó el comercio exterior inglés. En 1667 Amsterdam percibió en concepto de permisos (2% para la importación, 1% para la exportación), un miIIón de florines. Las salidas de tabaco ascendieron a 526.736 florines, mientras las drogas y colorantes no excedían la cifra de 329.792 florines. Los ingresos de la República, procedentes principalmente de la imposición del tráfico marítimo, importaron de 32 a 34 millones de florines.

Holanda fué el gran emporio para pesca, cereales, vinos, sal, madera, materiales para construcción de buques, tejidos de lana y productos coloniales. Esta situación comportaba, para Holanda, en más de un aspecto, una política comercial diferente de la que habían venido siguiendo incluso otras ciudades comerciales. El tráfico de cereales hubo de sujetarse a las más diferentes limitaciones, en interés del abastecimiento de la población indígena. Gracias a la libertad de tráfico, Holanda podía esperar una afluencia tan copiosa, que por ella favorecía en alto grado el propio consumo. A fines del siglo XVII calculábase que, de 76.000 last de granos, se reservaban el 27,5% para Amsterdam, el 29% para el resto de Holanda, mientras el 43% restante se destinaba a la ulterior exportación.

De mayor importancia fué la tolerancia, la libertad de establecimiento que los Países Bajos concedían a los extranjeros. Petty considera la libertad de conciencia y la seguridad de la regulación del tráfico como la base principal de la prosperidad de Holanda.

El intercambio comercial sacó a colación la importancia del capital. Sólo la teneduría de libros por partida doble, tal como la habían estructurado los italianos entre los siglos XIII y XVI, permite al hombre de negocios la penetración lógica de la materia, el examen de su situación. Simon Stevin introdujo en Holanda la partida doble italiana (2). En 1609 fué creado el Banco de Amsterdam, y todos los pagos importantes debían realizarse asentándolos en sus libros, con lo cual se evitaba el engorroso recuento de las diversas y heterogéneas monedas. De este modo quedó creado un centro de compensación según el modelo italiano. Bien dirigido en el siglo XVII, en el XVIII el Banco de Amsterdam incurrió en la misma falta en que había caído la Banca italiana, consistente en echar mano de los depósitos de la clientela para conceder préstamos secretos al Estado (o a la Compañía de las Indias Orientales).

Anteriormente la libertad de comercio se había desenvuelto, en un punto importante, en contraposición con la moral dominante. La Iglesia prohibía la percepción de intereses; por eso el rédito aparecía con frecuencia en forma velada. Ya en el siglo XVI, Calvino y el jurista francés Molinäus habían rehabilitado el interés del capital numerario, fundamentándose en su similitud con la renta de otro capital invertido en casas o tierras de cultivo; sin embargo, los escritos del holandés Salmasius (3) fueron los que produjeron la revolución decisiva en esta cuestión. Los escrúpulos religiosos que en otro tiempo habían limitado el comercio, desaparecieron. "Libre debe ser el comercio en todas partes, hasta en el infierno", tal era el lema central de los mercaderes de la época.

Con la Compañía de las Indias Orientales quedó creada en 1602 la primera gran organización capitalista moderna, el modelo de las sociedades anónimas (4). Allí, como en la Compañía Nórdica, fusionáronse empresas comerciales y navieras competidoras, las denominadas Voorkompanien, hasta el punto de que puede hablarse de precursores de los modernos trusts o cártels. La Compañía era una unión de capitales que tenía el lucro por finalidad. Se le dotaba de una constitución, copiada de la del Estado, y quedaba bajo la vigilancia del Gobierno, el cual nombraba también a los primeros directores. Dicha constitución era aristocrática; los mayores imponentes, los Bewindhebber, eran los presidentes de las diversas Cámaras, y de ellos salía el Comité central de los XVII. Sólo a fines del siglo XVIII confiaron la marcha de los negocios a la gestión de un director. Los participantes, en la esperanza de ser más adelante Bewindhebber, concedían escaso valor a los derechos de control tal como los proponía Usselnix, o por medio de una Comisión permanente de participantes. Fué cedido a la Compañía el derecho exclusivo de comercio y dominio entre el extremo meridional de Africa y América. Su stock básico constituíanlo 65 toneladas de oro, 6500000 florines. En veinte años el curso de las acciones se había triplicado, pagándose anualmente dividendos del 20 al 24%.

En 1621 y con 7 millones de florines, fundóse la Compañía de las Indias Occidentales, a imagen y semejanza de la de las Indias Orientales. La nueva empresa supo sacar partido especialmente del contrabando y de la guerra corsaria en la América española (5) y dominó el Brasil desde 1636 a 1645. Como consecuencia de la paz con España, en 1648 terminaron los beneficios procedentes de la guerra corsaria, y en cuanto al Brasil, emancipado desde 1640 de la soberanía hispana, los portugueses supieron arrebatarla de nuevo a los holandeses. Pero aun cuando la Compañía de las Indias Occidentales hubo de limitarse a las islas contrabandistas de las Antilas (Curaçao) y Surinam, y aun cuando perdió en 1667 la Nueva Holanda norteamericana, Nueva Amsterdam-Nueva York, para disolverse en 1674, la Compañía de las Indias Orientales pudo arrebatar a los portugueses en 1653 El Cabo y en 1657 Ceilán.

Las acciones de las Compañías de las Indias constituyeron pronto una base del negocio bursátil, que se desarrolló en gran escala ante todo en Amsterdam. Ya en 1610 promulgóse una disposición, inútilmente ratificada con frecuencia, prohibiendo las operaciones a plazo a la baja (6). La fiebre de la especulación se apoderó de vastos círculos cuando se creyó ver en los tulipanes un producto de valor cada día creciente. Aventuráronse en los tulipanes fortunas enteras, y cada cual intentó obtener participación en la nueva riqueza, hasta que la afición desapareció bruscamente, acabando la manía de la flor, en 1637, con una crisis general (7).

Holanda debió su potencia capitalista al comercio, pero hay que reconocer que también contribuyeron al fomento del capital las ramas de la actividad anejas a aquél, tales como las construcciones navales, la industria cervecera y la azucarera. El comercio mayorista de Amsterdam tuvo bajo su dependencia la industria textil de Leyden.

De igual modo que el comercio, también la industria fué causa de que, en el siglo XVII, el capital cristalizara en nuevas formas en el suelo holandés. Después de la revocación del Edicto de Nantes estableciéronse en el país refugiados franceses, a los cuales no se aplicaron las trabas de la vieja constitución gremial, y así pudieron, sobre el sistema de fondos de comercio, o capital, desenvolver manufacturas, explotaciones en las cuales trabajaban numerosas personas reunidas en un mismo local y bajo una vigilancia única. Ya en 1682 el languedociano Pierre Baille organizó en Amsterdam una fábrica de tejidos de 110 telares. Los molinos de viento holandeses, trabajando para la desecación del país, o como molinos de cereales, aceite y papel, representaron, en el proceso de producción, una inversión de capitales como raramente se vió en aquella época. Leyden y Haarlem se convirtieron en centros de la industria textil de exportación, como en otro tiempo lo fueron Ypres y Gante.

Holanda no sólo se enriqueció gracias a la agricultura, sino que también la agricultura floreció en Holanda. El mercado urbano, al ofrecer al campesino grandes facilidades de venta, capacitóle para un intesísimo cultivo. En ninguna parte la horticultura y la ganadería se vieron mejor atendidas que en Holanda, y el capital comunal, por la desecación de los lagos, vino a engrosar la superficie de las tierras de labor. Por otra parte, las colonias, particularmente Nueva Holanda y El Cabo, abrieron vastos horizontes de emigración al exceso de población metropolitana.

No obstante, la libertad de la economía del tráfico tal como Holanda la pretendía, estaba llamada a favorecer solamente a un reducido círculo de sus ciudadanos. Integraba el país una Liga de provincias autónomas, cuyas diversas clases sociales y ciudades se mantenían separadas entre sí. Los Oranges, a quienes seguía el bajo pueblo, no lograron romper las barreras de la constitución de clases. Holanda presenta el aspecto de una economía municipal, como anteriormente la habían presentado las ciudades italianas y alemanas en su fuerza, pero también en su exclusivismo (8). Por mucho esplendor que consiguiera en el siglo XVII esta potencia, tan enaltecida por Rembrandt, nunca supo desarrollar homogéneamente las distintas fuerzas del país ni estuvo a la altura de la capacidad conjunta de los grandes Estados.

Amsterdam se había engrandecido gracias a la caída de Amberes. Los holandeses bloquearon el Escalda, de igual modo que en tiempos pasados Venecia había cerrado el Po a los ferrareses, con el fin de apropiarse el monopolio de la navegación. Por sus puestos aduaneros los holandeses se hicieron dueños del tráfico del Mosa, el Rhin y el Ems.

La médula espinal del comercio holandés la constituía el tráfico del Báltico. El objetivo de la política neerlandesa era lograr para sus barcos el libre paso por el Sund, dificultando, en cambio, el de los de otras naciones, particularmente de Inglaterra, siquiera por medio de elevados aranceles. Los holandeses intentaron, mediante la concesión de empréstitos a Dinamarca, eximirse de la aduana del Snud, como antaño los venecianos habían conseguido franquicias aduaneras como compensación de servicios prestados al imperio griego.

Prescindiendo de la autoridad del Papa y de España, Hugo Grocio escribió en 1609 su Mare liberum para la Compañía de las Indias Orientales. El libro llevaba por subtítulo: De jure quod Batavis competit ad Indiiana commercia. La libertad de comercio de Indias debía ser valedera únicamente para los holandeses. Los ingleses fueron arrojados violentamente de las islas de las Especias (9), de igual modo que en tiempos pasados los hanseáticos les habían expulsado violentamente de Bergen; y sabidos son los obstáculos que los holandeses opusieron a los proyectos de colonización del Gran Elector, su aliado.

Las grandes Compañías no mostraron menos severidad para con los intrusos nacionales que con los extranjeros. El comercio indio debía quedar en manos de los miembros de las Sociedades, y cuando, en 1638, se relajó el monopolio de la Compañía de las Indias Occidentales, pensóse que todos los desastres habían de achacarse únicamente a las restricciones del libre cambio de ello derivadas.

Limitaciones semejantes a las del comercio las encontramos en la industria holandesa, para cuyo progreso ulterior faltaba la libertad necesaria en el mercado interior. La mayoría de los oficios permanecían encerrados en las ciudades. En estas condiciones, los holandeses debían resentirse amargamente del cierre de mercados exteriores, de las medidas aduaneras o de las prohibiciones que dificultaban la importación de materias primas y la exportación de los artículos manufacturados.

Francia e Inglaterra habían apoyado a los holandeses en su guerra contra España; pero al fortalecerse el poder de los Países Bajos, aquellas dos naciones empezaron a sentir celos de su protegida. Por su Acta de Navegación, Inglaterra intentaba arruinar la navegación holandesa, mientras las tarifas de Colbert iban dirigidas ante todo contra Holanda. Tres rudas guerras sostuvo la Gran Bretaña contra su hermana protestante. En 1654, Holanda vióse obligada a reconocer la Navigation Act, y en 1667 hubo de renunciar a Nueva Holanda. Solamente de 1672 a 1674 pudieron los holandeses hacerse fuertes contra franceses e ingleses unidos. Con su flota y su potencia capitalista, lograron entonces conquistarse una posición que puede compararse con la de la propia Inglaterra en las guerras contra Napoleón. Ruyter, héroe del mar equiparable al mismo Nelson, mantuvo a raya a las flotas unidas de los aliados y los subsidios holandeses sostuvieron a los ejércitos de España, del Emperador y de los príncipes alemanes, todos en guerra contra Francia.

En 1689 subió al trono inglés Guillermo III, y a partir de aquel momento Holanda e Inglaterra marcharon juntas; en el siglo XVIII la primera renunció a una política independiente. Cuando, en la segunda guerra con Inglaterra, Holanda había renunciado a Nueva Amsterdam (Nueva York) en favor de Surinam, el hecho había equivalido a un retroceso de su situación comercial en beneficio de las plantaciones coloniales. El centro de gravedad de la riqueza holandesa estaba en las posesiones ultramarinas, del mismo modo que anteriormente  había estado en el comercio y la industria. Holanda pasó a ser un país de rentistas. Como en Italia, la gente se contentaba con un rédito de un 2% y se inquietaba ante el reintegro del papel del Estado. En cambio, una gran parte de las fortunas neerlandesas se colocaba en el extranjero. Mientras menguaba la importancia del comercio autónomo de productos, florecían los negocios de cambio y de seguros. Procurábase ganar en la emisión de valores extranjeros y en la especulación bursátil. Todavía en el siglo XVIII Holanda seguía siendo la primera potencia capitalista, pero el espíritu de empresa holandés había ya sido sobrepasado por el de otros países. La fuerza defensiva de la nación decrecía, y cuando en 1780, Amsterdam concertó un tratado comercial con las Colonias americanas emancipadas de Inglaterra, ésta destruyó la potencia marítima holandesa. En 1795 los franceses invadieron el país. La posición comercial de Amsterdam pasó a Londres y a Hamburgo, que durante algún tiempo fué el primer puerto del Continente.

(1) W. VOGEL, Zur Gr ö sse der e urop. Handelsflotten i m 15, 16 und 17 Jh. F. und Versuche z. G. des MA. und den Neuze i t, Festschrift f. Di e trich Sch äf er, 1915.

(2) Hypomnemata Mathematica II, 2, 1605; cfr. E. L. JÄGER, Luca Paccioli und Simon Stevin. Stuttgart, 1876.

(3) BÖHM-BAWERK, Kapital und Kapitalzins, 2.ª ed. Innsbruck, 1900, I, págs. 39 y ss.

(4) Cunningham llama regulated Company a la Compañía inglesa de las Indias Orientales fundada en 1600. Al principio, el capital era aportado exclusivamente para cada viaje, para ser distribuído luego junto con los beneficios. El primer joint stock (1613) debía bastar para cuatro viajes. Sólo a partir de 1657 consiguió la empresa una situación financiera más estabilizada. En la Compañía holandesa previóse también primero únicamente una actividad comercial de diez años. Al principio, la contabilidad no supo tomar en consideración las nuevas circunstancias. Los dividendos no guardaban relación ninguna con los beneficios, teniendo en cuenta la conservación del capital. Siguiendo el sistema de liquidación practicado en las Voorkompanien, poníase a contribución el capital en la distribución de los dividendos. Y cuando, más tarde, llegóse a concertar empréstitos a este fin, la Compañía quebró (1781).

(5) De 1621 a 1636 apresó 547 barcos españoles y portugueses por un valor total de 30 millones de florines, y en 1628 Piet Heyn consiguió capturar en la costa de Cuba la flota de plata, con 15 millones de florines.

(6) EHRENBERG, Die Fondsspekulation und die Gesetzgebung, 1883; J. G. VAN DILLEN, Isaai le Maire en de Handel in Actien der oost-indische Compagnie. Economisch-Historisch Jaarbok XVI, 1930.

(7) MAX WIRTH, G. der Handelskrisen, 4.ª ed., Francfort, 1890, págs. 23 y ss.

(8) PRINGSHEIM destaca, contra SCHMOLLER, el carácter de economía municipal de Holanda. Lo mismo hace HAGEDORN. El espíritu exclusivista de las comunidades municipales holandesas impidió la anexión de Emden. BAASCH: El capitalismo holandés es una manifestación emanada exclusivamente de la ciudad.

(9) Tormento y ejecución de ingleses en Amboyna (1623).

  1.4 Francia

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