Creo que será de no poco interés considerar los temas relacionados con la transparencia de la política monetaria, sobre todo ahora a la altura de nuestras inquietudes después de lo sucedido el martes negro del pasado 11 de septiembre. Para empezar, recordaré que en el Sistema de la Reserva Federal hemos de seguir dos mandatos, algunas veces no suficientemente recordados. El primero de ellos, cumplir con nuestros objetivos legales de estabilidad y crecimiento. Y el segundo, proceder de la forma más transparente posible, informando siempre al Congreso, a través del cual nos conectamos con el pueblo de Estados Unidos.
Tales propósitos no siempre pueden cumplirse del modo más armónico. Por un
lado, porque sólo podríamos alcanzar plena transparencia a todos los
efectos si nuestras deliberaciones se produjeran en un foro público. Lo
cual no hay ninguna razón para que efectivamente no sucediera, y a ese
respecto, no tengo la menor duda sobre la circunstancia potencial de que
un selecto número de profesionales pudieran de manera tan eficiente como a
puerta cerrada.
En ese sentido, se me ocurre que, por ejemplo,
Milton Friedman, cuya incidencia
en la política monetaria del Sistema de la Reserva Federal es casi
legendaria, sería una de las personas con más capacidades a tales efectos.
Y seguro que podría nombrar a otros, pero sinceramente dudo que alcanzara
a más de los dedos de una mano.
La razón de tal escasez de posibles partícipes en ese foro ideal, es que
siendo como es la naturaleza humana, la más amplia mayoría de los
responsables monetarios nos mostramos poco inclinados a ofrecer
información potencialmente útil, y aún menos nociones claras de política
económica, a la gran audiencia que facilitan las cámaras de televisión.
Entre otros motivos, porque en las deliberaciones ante ese medio masivo de
comunicación, las reflexiones tenderían a ser menos provocativas, y como
consecuencia de ello, menos útiles. No quiero decir con lo anterior que la
plena transparencia no funcionaría en un foro abierto, pero lo que si
puedo asegurarles es que en las tres décadas de gobierno del Fed que tengo
en mi acervo, no he visto nunca que tal cosa suceda. Así pues, es de todo
punto innegable, por mucho que sea de lamentar, el hecho de que la
elaboración de la política económica se hace al margen de la contemplación
directa por los medios. Como tampoco pudo dejar de apreciarse que la regla
de discreción a que me he referido, ha venido siendo utilizada en el
pasado con demasiada frecuencia: para justificar un nivel de secretismo
muy contrario a lo que debería ser nuestra obligación de conducir los
asuntos públicos con transparencia suficiente.
En conexión con mis reflexiones precedentes, no quiero dejar en el olvido
la circunstancia de que en las pasadas décadas se creía que la política
monetaria resultaba más eficaz cuando se formulaba de manera poco
translúcida; entre otras cosas, porque se mantenía la idea de que las
incertidumbres del mercado de anta densidad en ofertas y demandas en
cuanto al grado de liquidez a alcanzar creaban estados de opinión muy
diversos a lo relativo a los instrumentos a utilizar a corto plazo. A lo
cual se unía, ya en la década de 1980, el trance de que a los elaboradores
de la política monetaria, incluyéndome entre ellos, nos inquietaba ser
demasiado explícitos en relación con las metas a corto plazo; pensando que
una inadecuada publicitación de las mismas haría más difícil cambiar
nuestros objetivos, impidiéndose de esa manera los necesarios ajustes para
que el mercado pueda evolucionar según las condiciones económicas
deseables en cada momento.
Más en concreto, y no hace tantos años, los observadores se enteraban de
las decisiones del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) a través de
las variaciones apreciables en las operaciones del día al día en fondos
federales; esto es, por señales que sólo percibían los profesionales con
capacidad suficiente para leer de manera precisa los datos más técnicos.
Con el tiempo, esas señales fueron haciéndose más claras, de forma que al
final quienes siguen el mercado de cerca cuentan con una amplia
información sobre las decisiones adoptadas por el Fed.
Dicho de otra forma, a medida que el funcionamiento de los mercados se
transformó, en analogía a los instrumentos financieros y a los agregados
monetarios, el pasado lastre de las incertidumbres, léase si se prefiere
riesgo, fue haciéndose cada vez más soportable. Y de manera lógica, el
valor de la transparencia pasó a apreciarse más y más. En palabras
directas, los mercados financieros trabajan actualmente con mayor
eficiencia, porque los actores no tienen que derrochar los ingentes
esfuerzos de antes en el intento continuo de inferir cuál es la trama de
la política monetaria a partir de las indicaciones difusas del día al día.
Con la particularidad adicional de que esa mayor transparencia no ha
significado ninguna restricción en la libertad de que disponemos al objeto
de ajustar la política monetaria en la dirección que corresponda.
En definitiva, en los últimos años, hemos alcanzado un mejor balance, a mi
juicio, en el trade off transparencia/instrumentación de la
política monetaria. Y consecuentemente, hoy nos movemos con mucha claridad
en nuestras decisiones políticas; incluyendo la información sobre los
riesgos más amenazadores de cara al futuro. En esa dirección, hace un
lustro que venimos publicando la transcripción completa de las reuniones
del Sistema de la Reserva Federal en sus respectivos doce distritos dentro
del sistema. Y espero que en los próximos tiempos podamos seguir con esas
mismas pautas de política informativa, si bien apreciando siempre en qué
medida la apertura informativa permite optimizar la instrumentación de la
política monetaria. Como resultado de todo ello, el Fed se muestra muy
explícito en sus objetivos finales –estabilidad de precios y máxima
posibilidad de crecimiento- debiendo aclarar que cuando hablo de precios
no me refiero a una cifra concreta del Índice de Precios al Consumo, pues
me resulta difícil hacer una precisión exacta de o que significa un nivel
que garantice la estabilidad general. A mi juicio, lo que debe tenerse
como meta es un entorno en el cual la inflación sea baja y estable a lo
largo del tiempo, sin entrar en demasiadas especificaciones.
En definitiva, los registros históricos nos muestran que la transparencia
recrecida del Fed ha contribuido a mejorar el funcionamiento de los
mercados, y también a hacer mayor nuestra credibilidad por parte del
público. Pero esa apertura, es bastante más que un instrumento útil en la
configuración de la economía: es toda una obligación del Banco Central en
la sociedad democrática y libre en que vivimos. Por ello, los líderes de
este país [EE.UU.] decidieron darnos al Sistema toda la responsabilidad en
la configuración e instrumentación de la política monetaria, como cuerpo
independiente que somos. Tal característica, unida ahora a la
transparencia de nuestras actividades, es lo que nos hace realmente
creíbles a los ciudadanos, y lo que nos permite ayudarles para que ellos
mismos juzguen si nuestra tarea está a la altura de lo que ellos piensan
que debe ser.
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