EVOLUCIÓN CIENTÍFICA Y METODOLÓGICA DE LA ECONOMÍA

Roberto Gómez López

4.- LA ECONOMÍA COMO CIENCIA

Quienes se plantean esta cuestión se ven obligados previamente a interrogarse sobre qué se entiende por economía y qué se entiende por ciencia.

La solución de ambos interrogantes ha suscitado opiniones encontradas. En el campo concreto de la economía se mantienen en cuestión aspectos tan elementales como el objeto o el método, por no citar un sinfín de cuestiones, lo que ha impedido hasta el momento alcanzar una opinión unánime sobre su carácter científico.

La discrepancia no tendría mayor importancia si no fuera porque de las distintas concepciones sobre la ciencia y la economía han surgido diversas percepciones y diagnósticos sobre la ciencia económica.

En síntesis, el modo de concebir el objeto y el método de la economía se ha polarizado entre la corriente denominada, por un lado, de tradición marxista, y por otro, la de tradición capitalista, dentro de la cual a su vez se yuxtaponen o se suceden distintas escuelas de pensamiento. Este marco de discusión se suscita, en todo caso, en el ámbito propio de los economistas y entre economistas.

No sucede lo mismo con la polémica entre lo que es o no es ciencia, que se presenta desde un comienzo como problema marcadamente filosófico, del que no han rehuido polemizar intelectuales como Kant, para quien el problema está en determinar la demarcación entre ciencia y metafísica, que sólo es posible establecer a través de criterios lógicos, puesto que para él al conocimiento científico se llega a través de un ejercicio de lógica.

Abundando en esta interpretación la profesora J. Robinson niega el pretendido carácter científico de la Economía ya que, argumenta, como ciencia social que, carece de criterios generalmente aceptados sobre las hipótesis, lo que le confiere, en su opinión, un sentido más tecnológico que científico. Admite la posibilidad de que con el tiempo pueda adquirir carácter científico, si bien, dice, por ahora lo que hay en ella no es más que una caja de herramientas.

Para otros autores como Schumpeter, que mantienen una concepción más amplia – más sociológica si se quiere- sobre la ciencia, la Economía lo es. En su interpretación “es ciencia cualquier campo de conocimiento que haya desarrollado técnicas especiales para el hallazgo de hechos y para la interpretación o la inferencia (análisis)”¹. Bajo este criterio la cuestión se hace meridiana, pues resulta evidente que la economía se vale de técnicas que no son de uso común para el público, siendo, por otra parte, muchos los economistas que las cultivan.

Una forma generalmente aceptada de determinar el carácter científico de una teoría es a través de la refutación de las hipótesis. En el caso de la economía el problema estriba en la falta de unos criterios mayoritariamente asumidos sobre la forma de realizar esta refutación. Como señala Mark Blaug “la gran dificultad para verificar las teorías económicas, -antiguas o modernas, no es tanto la imposibilidad de la realización de experimentos controlados para refutar así las teorías en forma definitiva, sino más bien el hecho de que, por carece de condiciones de laboratorio adecuadas, los economistas (y por supuesto todos los científicos sociales) no pueden ponerse de acuerdo sobre los criterios empíricos precisos que deben emplearse para refutar una hipótesis”²

En última instancia, la dificultad para calificar de científica una determinada teoría económica es que rara vez ésta conduce a conclusiones inequívocas de política económica, más bien al contrario, los economistas encuentran en ella respaldo a recomendaciones de política económica diametralmente opuestas.

Incapaces de llegar a un acuerdo, e indagando en la vertiente científica de la economía, la cuestión se ha intentado resolver profundizando en el propio contenido de la misma. Surge así la polémica sobre ciencia positiva y normativa, con la consiguiente implicación sobre juicios de valor o la presencia de ideología en la economía.

El tema de los juicios de valor no es exclusivo de la economía ni de las ciencias sociales. Pero no se debe minimizar el papel que juegan en este disciplina.

En las ciencias naturales, por ejemplo, el objeto de estudio, la materia, no tiene juicios de valor y el científico carece en muchas ocasiones de un sentido finalista porque no tiene un interés especial en conducir la investigación hacia un objetivo socialmente determinado.

El pensamiento económico tradicional ha mantenido la preocupación por lograr una ciencia económica desprovista de juicios de valor y principios ideológicos.

Bajo el pensamiento económico clásico, ortodoxo y neoclásicos se mantuvo, con mayor o menor unanimidad, el principio de diferenciación entre proposiciones positivas y normativas³. Desde el punto de vista conceptual esta distinción parece clara. En palabras de M. Friedman: “ la primera se ocupa de cómo se resuelve el problema económico mientras que la teoría normativa de cómo se debe resolver”. La dificultad surge en el campo de la Política Económica, dado que la Economía es una disciplina en la que, a diferencia con otras como la física, el objeto de estudio son las interrelaciones entre los seres humanos – entre los que se incluye obviamente el propio investigador- cualquier valoración sobre una determinada acción parte de las consecuencias previstas en los principios positivistas bajo los que se analiza aquélla, las cuales podrán suscitar, dependiendo de la persona de que se trate, su aceptación o rechazo.

Schumpeter propone separar la Economía Científica (que para él si es ciencia) de la Economía Política (que no lo es). Esta pretensión es muy criticada por los economistas heterodoxos, que mantienen que la ideología está en la misma raíz del análisis económico. Por lo general, los defensores de la conexión entre economía e ideología añaden el calificativo de política al término economía. Así hablan de Economía Política y no de Ciencia Económica; término que usan quienes ven a la economía libre de condicionamientos ideológicos. Robbins es particularmente explícito en este sentido cuando separa los medios de los fines en el ámbito científico, con el objeto de lograr una neutralidad científica.

Entre los críticos a la concepción admitida tradicionalmente de una economía libre de juicios de valor, se argumenta que la ideología está en la base misma del trabajo analítico ya que la selección de los datos se hace según la particular visión que cada cual tiene de las cosas, y esa visión es fruto de la ideología, cuya presencia –se admite- puede afectar a la validez de los resultados.

Schumpeter considera que tan ciertas como estas ideas es la existencia de unas reglas de procedimiento analítico, desarrolladas a través del tiempo y al margen de la ideología, que tienden a contrarrestar ese “error” ideológico del que partimos. Con esta alegación intenta combatir las críticas a la validez objetiva de los métodos y resultados del análisis económico.

Muy distinta opinión mantiene la señora Robinson que considera que la economía ha sido siempre en parte un vehículo de la ideología dominante en cada momento y en parte un método de investigación científica, siendo tarea del economista lograr la separación entre ambos. Separación que, evidentemente, presenta no pocas dificultades, ya que todo sistema económico se apoya en la existencia de un conjunto de reglas, fruto de una concepción ideológica determinada que el individuo asume y que el economista se encuentra arrastrado a justificar.

M. Blaug no cuestiona la presencia permanente de la propaganda y la ideología, si bien, en similitud con Schumpeter, proclama frente a ellas las reglas del procedimiento científico incorporado a lo largo del tiempo a la Ciencia Económica, que actúan corrigiendo los “sesgos” del pasado.

Es innegable que, al igual que la generalidad de las ciencias sociales, la economía no se encuentra libre de juicios de valor. Es más, ni tan siquiera cabe alegar una actitud moralmente neutral frente a un problema económico, puesto que la misma indiferencia comporta en si una determinada postura moral. Esta circunstancia no cierra la posibilidad de teorías económicas intrínsecamente objetivas, si bien tal cualidad habrá de probarla mediante el sometimiento a la crítica y la comprobación de que sus predicciones no se compatibilizan con todos los resultados posibles.

Al subrayar Oskar Lange la importancia del cambio sobrevenido en el pensamiento económico tras la muerte de Ricardo escribe: “...la burguesía dejó de interesarse por el ulterior desarrollo de la economía política. A medida que la economía política, ahora utilizada por el movimiento obrero, fue resultando inconveniente y hasta peligrosa para la burguesía, se desarrolló la tendencia a liquidarla en cuanto ciencia que estudia las relaciones económicas entre los hombres, y a sustituirla por una apología, esto es, por la justificación del modo de producción capitalista”.

Prescindiendo del carácter (genético) agresivo y teologal con que se expresan ciertos herederos de Marx, es claro que la economía (o economía política) es usada a menudo con justificación de actuaciones poco neutrales.

Entre los economistas se ha legado en cierta medida a sumir que la teoría económica puede estar en gran parte libre de juicios de valor, situación que no se puede dar en la política económica, lo que de hecho supondría su principal caracterización por entender que lleva implícitos juicios morales. Esta distinción lleva unida una gran contradicción: la de admitir que las verdades objetivas que el economista puede descubrir en su tarea investigadora se convertirán en juicios morales al utilizarlas para asesorar a los políticos.

Tal contradicción puede que no exista, y que de hecho todos (o casi todos) los enunciados económicos, tanto de política como de teoría económica, sean de una u otra forma prescriptivos (normativos) y no descriptivos (positivos). No obstante, si bien es evidente que las prescripciones políticas pueden encubrir juicios morales, es igualmente lícito pensar que ello no ha de producirse inevitablemente.

La discusión sobre hasta qué punto es posible el conocimiento objetivo, libre de subjetividad o apreciaciones ideológicas, ha dificultado la aplicación práctica del saber económico, haciendo de las recomendaciones de política económica un motivo permanente de discrepancia entre los economistas.

Estas discusiones tienen por regla general un trasfondo más político que económico¹º . Mientras esto ocurra hemos de ser forzosamente pesimistas sobre un próximo desenlace de la polémica y no será descabellado concluir que en tanto haya ideologías económicas opuestas existirán necesariamente discrepancias sobre el resultado práctico de las aplicaciones de los principios económicos.


1. Schumpeter, J.A. (1982) pág. 41.

2. Blaug, M. (1985). pág. 31.

3. En opinión de Hutchison, esta distinción pudo arraigar ya en 1836, de la mano de J. S. Mill y Nassau Seniro. T.H. Hutchison (1971).

4. Friedman, M. (1976) pág. 15.

5. Para una crítica al profesor Robbins sobre la netutralidad de los medios ver Sanchez Ayuso (1975) pp. 13 y sgtes..

6. Puede verse Meek, R.L. (1972) pp. 295 yss., para una crítica a Schumpeter y pp. 315 y ss para Robinson.

7. Robinson, J. (1966) pág. 8

8. La mejor prueba nos la proporciona la teoría del bienestar, bajo la cual se pretende lograr una asignación de recursos socialmente eficiente, lo que obliga a escoger entre un conjunto de opciones la mejor o más eficiente (elección que está cargada de subjetividada).

9. Lange, O.L (1963) pág.261.

10. Circunstancia que Hutchison (1971) lamenta ya que, según manifiesta, “podría esperarse que si la s diferencias se refieren simplemente a las hipótesis positivas, sin actitudes políticas ni de otra clas..., se hubiese llegado más a menudo a un paciente acuerdo para diferir, pendiente de ulterior comprobación y evidencia empírica, en vez del mantenimiento persistente y aparentemente irreconciliable de las posiciones conflictivas.

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