LAS ADUANAS Y EL COMERCIO INTERNACIONAL
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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LAS ADUANAS Y EL COMERCIO INTERNACIONAL

En una sociedad sana, para poder importar primero hay que generar dinero localmente o conseguir créditos externos. De otro modo, no existiría flujo de divisas hacia el exterior. Pero nadie otorgará préstamos si no tiene la seguridad de que se está en condiciones de generar recursos como para cancelarlos. En otras palabras, si se quiere importar, en un mercado natural, necesariamente primero se deberán conseguir los recursos apropiados. De modo de que, al contrario de lo que los sofistas normalmente pretende que creamos, si el mercado es verdaderamente libre y competitivo, cuanto más se quiera importar, más énfasis se deberá poner en la producción local.

Ahora, una economía será sana en la medida en que sea capaz de desarrollarse con eficacia. Independientemente de las condiciones externas. Capaz de transformar eficientemente aquello que reciba, sin importar qué recibe y en qué condiciones.

Así es que, lo importante en un país, no es cuánto importe o cuánto exporte, ni cuáles sean los precios de referencia internacionales, ni cuál sea el tipo de cambio, sino cuánto se agregue (cuanta creatividad) a los productos dentro de su territorio. Ahora, como el bien agregado (recordemos que, metafísicamente, el mal no agrega nada) tiene que ver, directamente, con la eficiencia de la economía (adecuación al orden natural), y siendo que ésta es exclusiva del sector no coercitivo, del sistema natural, la ineficiencia interna, en cuanto a que no se es capaz de ofrecer al mercado internacional altos agregados con costos competitivos, se debe a que el sistema coercitivo estatal interfiere negativamente al mercado local. En definitiva, lo que hay que reducir es el costo interno, es decir, el que provoca el Estado artificial.

Es obvio que, por elementales cuestiones de economía de escala, a las terminales automotrices, por caso, les conviene producir automóviles en forma eficiente. Pero, si les dan un privilegio coercitivo entonces lo que conviene hacer es aprovecharlo: si se encarece la importación artificialmente, por vía aduanera, estas terminales harán grandes negocios, dejando la eficiencia para otro momento, aumentando el precio de sus productos o bajando la calidad de los mismos. Ya que, aun así, podrán seguir siendo 'competitivos' gracias a la distorsión creada por la aduana estatal coercitiva.

Así es que, para que los precios en general bajen, forzados por la competencia internacional, las aduanas deben ser eliminadas. En primer lugar, por una cuestión de justicia, porque de éste modo los más pobres tendrán más productos a su alcance (4). Y luego, por una cuestión de productividad de la economía en general. Porque, al bajar los precios de los insumos las empresas estarán en condiciones de producir más, generando más demanda de empleo a la vez que una baja en los precios, de modo que la gente podrá comprar más incentivando la producción.

Realizándose así el círculo virtuoso del orden natural. De otro modo, con miedo a la competencia extranjera, con restricciones aduaneras, lo que se conseguirá son privilegios para determinados sectores en detrimento de la eficiencia global de la economía.

No hay ninguna duda de que el mercado local tiende a favorecer a los productos locales, por una elemental cuestión de economía de escala. Pero, para que esto se produzca, el sistema coercitivo del Estado debe retirarse, bajando la carga impositiva, eliminando las 'regulaciones' coactivas y desmonopolizando los servicios, de modo que la competencia los obligue a bajar los precios. Y de este modo, en la medida en que el mercado opere con ausencia de coerción institucional, el precio de los productos locales y su calidad mejorará y competirán con el exterior.

Finalmente, es importante comprender que, la verdadera libertad (sino la que supone la existencia de la autoridad moral y la ausencia del Estado coercitivo aunque sea 'mínimo') tiene, entre otras, la virtud de acercar a las personas, a los países, con hechos concretos, con relaciones económicas, y todas sus implicancias. Cuando el Estado prohíbe o dificulta coactivamente, por caso, el comercio internacional está prohibiendo, fundamentalmente, las interacciones reales entre las personas de donde (¡¿de qué otra parte?!) surge la paz y la cooperación, la vida (5).

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