La Planificación y el libre albedrío
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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La Planificación y el libre albedrío

Ya sabemos que, para el Doctor de Aquino, la Providencia 'se manifiesta', de modo principal, a través de la razón natural. Por esto es que, toda la naturaleza, está sometida al hombre. Ahora, queda claro que esto de ninguna manera significa que el ser humano pueda 'adelantar el futuro' (planificar), porque esto implicaría que el hombre es la Providencia o incluso anterior. Cuando la verdad es la inversa: la Providencia es anterior al hombre (limitándose la persona a participar, posteriormente) y se manifestará, luego, a través la razón natural de la persona. De aquí la importancia del libre albedrío.

En rigor, la razón natural humana 'participa' de la Providencia, quedando claro que esta participación es 'secundaria'. En el sentido de que, si bien puede decirse que 'participa plenamente', lo hace de modo necesariamente imperfecto y, no como 'creador', sino como 'seguidor'. Es decir, no crea sino que, simplemente, va 'adhiriendo' a lo que la Providencia le va descubriendo. Y esto vale, incluso, para los descubrimientos (o 'inventos') científicos. Para santo Tomás "creare est aliquid ex nihilo facere" (27), es decir, crear es hacer algo a partir de la nada. Consecuentemente, como sólo Dios es capaz de crear algo desde la absoluta nada, queda claro que el hombre sólo puede participar de esta creación. De tal modo que, la 'creación' humana es verdaderamente tal, sólo en tanto y en cuanto sea una participación en la Creación. Participación secundaria, 'seguidora' a través del libre albedrío. En otras palabras, el hombre no 'inventa' (no crea) a la naturaleza, ni al orden natural (a las ciencias), sino que, simplemente, va descubriendo lo que, de hecho, ya fue creado y 'está funcionando'.

Según iremos viendo, de aquí la importancia de la fe dado que es el único modo que tiene el hombre para 'participar' junto con el Absoluto. Y la inversa, la planificación, que significa negarle al hombre la posibilidad de 'crear', por cuanto todo se le da 'pensado' de antemano, significa negarle a la persona el proceder en su fe, limitándola a un ser material. Y si recordamos que el hombre es uno, cuerpo y alma, podemos deducir el 'doble' daño que esto implica.

Sin duda es importante notar que, los resultados del libre albedrío, como son intrínsecos, no son, necesariamente, violatorios del orden natural, como es la violencia. Podrían serlo (y esta es una característica humana: del libre albedrío), como hemos visto que puede serlo un principio intrínseco (en sentido amplio, nunca en sentido propio o estricto). Pero si violara (insisto, lo que no es necesario) el orden natural, la persona sentiría los efectos negativos y esto lo compelería, por el principio de supervivencia, a revertir o no repetir su acción (aun antes que esto, la 'conciencia' le mandaría cumplir con el orden natural). Si, aun así, insistiera en seguir adelante con acciones negativas, terminaría por eliminar la potencia afectada y, con ella, la mala acción. Es decir que, la asunción de las propias responsabilidades tiene que ver con el carácter auto corrector y regenerador del orden natural.

En fin, con mucha seguridad, afirma santo Tomás que, "Luego, necesariamente, siendo el hombre un ser racional, es, por lo mismo, libre en su albedrío" (28).

Libre en su albedrío" significa que, efectivamente, es capaz de discernir y optar racionalmente. Esto implica dos cosas: en primer lugar, que una persona podría mantener su libertad de albedrío y, sin embargo, estar físicamente impedida de realizar la acción por la que optó. Si éste impedimento es violento, entonces el orden natural queda violado. Nótese que el orden natural (estricto) que queda violado no es el de la persona coaccionada (que sigue manteniendo libre su albedrío, aunque no su físico) sino el de la persona que coacciona, al producir un hecho extrínseco al orden natural. En segundo lugar, si cada persona es, de suyo, libre en su albedrío, nadie puede suplantar sus decisiones (salvo Dios, que no lo haría, por propia decisión) por muy sabio que sea. En consecuencia, no es posible planificar la vida de otra persona, menos aún es posible planificar la vida de la sociedad. De modo que, al contrario de lo que nos quieren hacer creer los racionalistas, precisamente, en la medida en que haya razón, hay incapacidad para planificar la o las vidas ajenas (29).

La planificación supone que la razón humana es absoluta (según vimos, supone que la razón es la Providencia (30)) y, consecuentemente, puede, construir, adelantar el futuro (proponer una ley de cumplimiento inexorable) puesto que podría conocer todas las infinitas variables que existen en el universo. Pero, como no es absoluta, es incapaz, entre otras cosas, de conocer estas infinitas variables. Consecuentemente, no puede adelantar con seriedad como evolucionarán los acontecimientos y, de aquí, que sus leyes nunca se cumplirán inexorablemente de modo natural. Con lo cual, para no desdecirse, necesita coercionar sus leyes de modo que se 'cumplan inexorablemente' según había predicho.

Demás está decir que la no planificación no significa desorden sino, justamente, lo contrario. El verdadero orden humano hace al momento actual ('en función de la eternidad'), la planificación 'hace' al futuro, supuestamente, al tiempo infinito. Es decir, para ponerlo con un ejemplo sencillo, una cosa es tener las oficinas ordenadas (limpias y las cosas en su lugar), y otra muy diferente es pretender fundar una fábrica de lavarropas, planificando férreamente cuantos aparatos se venderán y exactamente a qué precio. Porque, luego, resulta que ni venden esa cantidad, ni a ese precio o ni siquiera terminan vendiendo lavarropas, y la empresa se desmorona. Una cosa es proponer que durante determinado día, uno trabajará dentro de un horario y anotarlo en la agenda, y otra prever la cantidad de lavarropas que venderá. Sencillamente, porque uno, hasta cierto punto, puede disponer de sí mismo (de su libre albedrío), pero no hay modo de disponer de los compradores, del mercado, a menos que los fuerce coercitivamente (por ejemplo, teniendo, vía control aduanero, el monopolio nacional).

Es decir, el ser ordenado no es más que un mero intento por adaptarse al orden preexistente (31), planificar consiste en pretender que con nuestra razón podremos forzar el futuro. El ejercicio mental es muy diferente, en un caso, significa el estudio de lo que ocurre y nuestro intento por adaptarnos, justamente, a la 'planificación' que propone el orden natural. En el otro, implica pretender que podemos 'racionalizar' los hechos futuros y, consecuentemente, inducirlos en ese sentido. Para ponerlo en términos psicológicos, en un caso es el exterior a nuestra persona el que nos indica como debemos actuar, en el otro caso es un intento porque lo externo a nuestra persona se comporte como a nuestro ego se le antoja (32). Y esto, evidentemente, está relacionado con la moral. Consecuentemente, la planificación es el verdadero desorden por cuanto desconoce deliberadamente la existencia del orden natural, y su inexorable fin, y más tarde o más temprano, es el caos y, finalmente, la desaparición.

El racionalismo pretende que, justamente, la ciencia es una prueba de la capacidad planificadora del hombre. Sin embargo, no pareciera que el conocimiento humano fuera muy planificado. Gabriel Zanotti escribió que "No hay forma alguna - y menos aún, algorítmica - que permita decir cuando un programa se convierte en empíricamente progresivo o regresivo... La respuesta de Lakatos... es básica: es la noción de riesgo lo que permite distinguir lo racional de lo no racional. Por supuesto que un científico sabe que corre el riesgo de estar trabajando muchos años en un programa progresivo que repentinamente se vuelva regresivo, dada una molesta e importante anomalía, pero es esa conciencia de riesgo - esencial, en mi opinión, a la falsabilidad - lo que lo mantiene dentro de lo racional... (la ciencia) es un orden espontáneo que funciona con independencia del conocimiento disperso de los científicos... se trabaja con conjeturas que se intuyen, que no son nunca absolutamente corroboradas, ni absolutamente falsadas". Ahora este riesgo (propio de los ordenes no planificados como la ciencia) debe encararse con 'madurez', así, continúa Zanotti, "Una conciencia 'madura' es una conciencia que ha crecido moralmente... cualificada por la prudencia, mediante la cual una persona juzga con verdad y certeza..." (33).

La espontaneidad de la ciencia (que se corresponde con la del orden natural) surge de que, en definitiva, es 'lo empírico' lo que la guía (recordemos lo que he dicho sobre el método empírico, en cuanto que es una búsqueda de lo externo, tanto fenomenológico como 'subjetivo'). Ahora, una búsqueda real de lo empírico, supone una conciencia 'madura', es decir, prudente (recordemos que la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales, según la Doctrina Católica). En definitiva, según veremos, es la fe natural la que nos proporciona un conocimiento 'intuitivo' ordenado, puesto que nos 'intuye' la existencia del orden (dirigido al bien) natural, y supone la prudencia, frente al principio y el fin de este orden (la Infinita Verdad).

Por otro lado, probablemente fue a partir de Max Weber que predominó, en las ciencias sociales, por lo menos de jure, la posición 'Wertfreiheit', es decir, que la ciencia no debe hacer juicios de valor sino limitarse a los juicios de hecho, puesto que los fines últimos pueden ser solamente una cuestión de pura preferencia personal no sujeta a la argumentación racional. La clásica concepción filosófica de que es posible una ética racional (es decir, una ética 'científica', en sentido amplio) ha sido descartada en gran medida. Cuando, de todo lo que hemos visto, resulta claro que "Es ilusorio reivindicar la neutralidad moral de la investigación científica y de sus aplicaciones..." según asegura el Catecismo de la Iglesia Católica, por cuanto "La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo... Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio"; así "La conciencia moral comprende la percepción de los principios de la moralidad (sindéresis), su aplicación a las circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los bienes... La verdad sobre el bien moral, declarada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente por el dictamen prudente de la conciencia...". De modo que "La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados..." y así "El hombre tiene derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales..." (34).

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