EL FUTURO DE LOS ESTADOS
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA
 

Alejandro A. Tagliavini

 

 

 

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EL FUTURO DE LOS ESTADOS

El mundo en general, históricamente con idas y venidas, viene desarmando las estructuras coercitivas ('desregulando' y 'achicando al Estado', entre otras cosas), hasta en la China comunista (56).

La creciente apatía frente a la política que existe en los países de Occidente, siguiendo por el hartazgo que produce la burocracia estatal, particularmente en lo concerniente al pago de impuestos, conlleva una rebelión contra el Estado actual. Visto que, entre otras cosas, no podría existir de no ser por su capacidad de extraer coercitivamente recursos de la sociedad, a menos que rematara sus activos. Carga impositiva que luego no se traduce en beneficios, porque los malgasta debido a que es, en la medida en que utiliza la violencia coercitiva, intrínsecamente ineficiente en todas y cualesquiera actividad.

En contraposición con esto, cada vez es mayor la participación de los ciudadanos en actividades sociales, como entidades de bien público y fundaciones sin fines de lucro, privadas. Lo que viene a dejar claro que, no se trata de un desinterés social por el prójimo, sino todo lo contrario (57). Este 'Tercer Sector', las organizaciones comunitarias no gubernamentales, viene creciendo tanto que hoy está de moda hablar de ellas. Y muchos, intuyendo el hartazgo que produce la ineficiencia del Estado coercitivo, ven en este sector la solución para la sociedad futura. Pero esta discusión, a mi modo de ver, y sin pretender desmerecer a estas organizaciones privadas de bien público, desvía la atención sobre el verdadero problema: la violencia.

El Estado, en la medida en que su modus vivendi es violento, en cambio, produce las guerras, promete seguridad y hoy existen amplios sectores de la ciudadanía que le temen a la policía estatal. Promete salud y educación y sólo aquellos que no tienen recursos se ven obligados a tener que acudir a los servicios estatales. Promete 'justicia' y hoy pocos le creen pero, además, la 'justicia' estatal coercitiva es juez y parte, de donde, no existe defensa real de la persona humana frente al Estado moderno.

Por otro lado, el Estado racionalista se origina, se sostiene y maneja, en base al monopolio de la violencia. De otro modo, si recaudara impuestos en forma voluntaria se convertiría, de hecho, en una institución 'privada', que competiría ofreciendo sus servicios. Insisto, privada en el sentido de surgida espontáneamente bajo el gobierno del orden natural, no de posesión avara de algún personaje egocéntrico, porque este tipo de posesión, si efectivamente impera el orden natural, está dirigida al fracaso y la consecuente desaparición.

Es cierto, sin duda, que en la sociedad del hombre, también existe violencia, corrupción. Es decir, que existen personas que, de vez en cuando, tienen arranques violentos (porque esto hace a la naturaleza humana 'extendida' que refiere san Agustín). Y aquí aparece la "'naturaleza caída' del hombre, surgida del pecado original", que tanto, y con razón, pues efectivamente el hombre es capaz de actuar mal, preocupa a los autores católicos. Pero, vamos a ver. Por un lado, una cosa es la violencia como excepción y otra como 'modus vivendi'. En ambos casos debe ser retirada de la sociedad. Si una persona tiene una actitud negativa, la sociedad natural se ocupará de retirarla (si un comerciante agrede a cada cliente, nadie entrará en su local y, finalmente, quebrará), al menos momentáneamente en tanto no se autocontrole. Pero, si una organización tiene a la violencia en forma permanente, debe ser definitivamente retirada del mercado. En otras palabras, como ésta es siempre negativa, debe evitarse siempre, si es causa excepcional, excepcionalmente, si es regla permanente, debe evitarse permanentemente.

Inexorablemente (58), porque es imposible detener el derrotero del orden natural, el Estado del futuro será la comunidad organizada, pero basada en aquello que es propio de la actividad privada cuando es verdaderamente libre: la cooperación y el servicio voluntarios (59). Y aquellas sociedades que más rápidamente avancen en la imperancia, el gobierno, del orden natural, es decir, en la supresión de la violencia, de la coerción estatal, como método de 'organización' social, serán las sociedades más sanas, las más fuertes, las más justas y las más humanas (60).

Está claro que no se puede negar la necesidad de leyes y gobierno humano. Eventualmente, cualquier organización, institución, comunidad, club, empresa, sociedad de bien público o la entidad que fuera, puede tener las leyes y el gobierno que quiera. Y Usted puede, voluntariamente, asociarse o no. Mucho menos, por cierto, podemos oponernos al orden y la organización, sino todo lo contrario. De lo que se trata es de evitar, insisto, la violencia, con mayor énfasis cuando ésta es el 'modus vivendi', el principio de 'organización' obligatoria. Porque la violencia, lo dice el tomismo y lo corroboran miles de años de historia humana, a la inversa de lo que los racionalistas pretenden que creamos, produce caos, desorden, destrucción y mutilación.

No se trata, pues, de privatizar al Estado del modo como pretenden los liberales o libertarios, porque esto configura una utopía. Se trata de eliminar, lo más rápidamente posible y lo más profundamente posible, al aparato político institucional que se arroga el derecho de diseñar y 'organizar', por vía violenta, a la sociedad. Se trata de trocar 'autoridad' coercitiva por autoridad real, es decir, moral. Se me preguntará que cómo será la sociedad en la medida en que se elimine a la coerción como método de 'organización'. Como sabemos, no hay forma científica de saberlo con certeza, lo único que puedo afirmar con seguridad, es que será una sociedad con una autoridad como el orden natural ha previsto.

Se me dirá que, en definitiva, la postura de este ensayo sólo difiere de los libertarios en una cuestión semántica. Que, al fin de cuentas, el Estado no coercitivo que preveo es lo mismo que privatizarlo al modo liberal. No resulta fácil explicar que esto es muy diferente porque, como no puedo planificar un Estado futuro, sólo puedo llamar al respeto al orden natural, no puedo compararlo con la postura racionalista. Pero, intentaré que el lector visualice lo que quiero decir.

Supongamos una empresa que pertenece a un Estado racionalista. ¿Que dirá el liberalismo? Que se privatice, es decir, que el institucionalismo coercitivo, manteniendo todas las demás reglas constantes, venda a un grupo privado la empresa en cuestión. Y, en consecuencia, la única diferencia es que habrá cambiado la titularidad del propietario. Seguramente, el privado será más eficiente, pero básicamente todo seguirá igual. La empresa privada, desarrollará su actividad dentro de la sociedad artificial, el mercado capitalista, con todas las injusticias que esto supone y que estudiaremos con más detalle.

La posición aquí expuesta es la de la eliminación de la violencia en general, pero, particularmente, como método de 'organización' social, de modo que el orden natural pueda imperar libremente, que éste sea el principio de organización social. Y, en la medida en que esto se consiga, cambiarán radicalmente todas las reglas del juego (según iremos estudiando: el concepto de justicia, de seguridad, la moral, la ética, la educación, las ciencias, la legalidad y demás) y, en consecuencia, las empresas funcionarán de modo muy diferente, toda la sociedad lo hará. ¿De qué modo? Insisto, no lo sé con exactitud ni puedo saberlo ni existe cerebro humano que pueda.

En fin, la vida está en el servicio (fundamentalmente, hacia aquellas situaciones más críticas, es decir, los más pobres, los más necesitados), en la cooperación voluntaria. El miedo a la ausencia del Estado violento, a la imperancia del orden natural, es el miedo a la vida, a la moral y a la ética. Miedo que nos ganamos, ahora sí, con el 'pecado original', es decir, que es producto de nuestras imperfecciones, de nuestro materialismo finito, de nuestras inseguridades y demás actitudes egoístas, que nos llevan a pretender tener todo 'materialmente' seguro, cuando lo único seguro es Dios. Sin duda, en el fondo, el problema es un problema de índole ética y moral, de hecho, la coerción conlleva la corrupción de la naturaleza social del hombre. Pero, además, los principales enemigos de la verdadera libertad, son, sin duda, los mezquinos, y de visión corta, intereses creados.

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