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CAPÍTULO 5

 

TOYOTISMO, AUTOMATIZACIÓN FLEXIBLE Y SUPEREXPLOTACIÓN DEL TRABAJO

 

Introducción

 

Los nuevos paradigmas del mundo del trabajo, inmersos en las estructuras de acumulación de capital y de producción de valor, refuerzan el viejo régimen de superexplotación constituido por la intensificación de la fuerza de trabajo, el aumento del tiempo de trabajo en todo el mundo, así como la propensión del capital, apoyado en las reformas del Estado, a remunerar a la fuerza de trabajo por debajo de su valor, cuestión que se refleja en la curva histórica descendente de las remuneraciones en países industrializados como Estados Unidos.

 

1. El patrón neoliberal de acumulación dependiente como contexto del mundo del trabajo

 

Cuando hablamos de la reestructuración productiva a escala mundial se debe señalar que las condiciones de desempleo, pobreza, precarización y exclusión social existentes en los países latinoamericanos no fueron reformadas para superarlas antes de la introducción en ellas de la Tercera Revolución Industrial y de los nuevos paradigmas del trabajo. Por el contrario, los gobiernos neoliberales se basaron en esas condiciones para impulsar la privatización, la apertura externa, la contracción del gasto social en rubros como educación, salud, bienestar, vivienda, recreación, alimentos, etcétera. De esa manera se favoreció la acumulación y centralización del capital para defender la tasa de ganancia a costa de una mayor degradación y precarización del trabajo en América Latina. Este fenómeno se expresa en la relación negativa entre la creación de empleos productivos y la dinámica de crecimiento del producto interno bruto en la región. En efecto, durante la década de los noventas del siglo XX, de acuerdo con la CEPAL:

 

tanto la evolución del empleo en la región como la del producto global se caracterizaron por una constante disminución en su ritmo de crecimiento, la que incluso se acentuó en el último trienio. En efecto, entre 1990 y 1994 el crecimiento del empleo alcanzó un 2.4% promedio anual, mientras que el producto se incrementó al 4.1% anual. En el período siguiente (1994-1997), la tasa de aumento del empleo se redujo levemente (de 2.4% a 2.3%), en tanto que la del producto decreció en ocho décimas de punto (de 4.1% a 3.3%). Fue entre 1997 y 1999, sin embargo, cuando ambas variables manifestaron una drástica caída en su crecimiento, alcanzando tasas de 1.6% anual en el caso del volumen de empleados y de 1.3% anual del PIB. Además de ilustrar la pérdida de dinamismo de la economía durante los años noventa, estas cifras revelan que la productividad media de la mano de obra ha sufrido un paulatino deterioro, que ha alcanzado mayor gravedad en los años recientes.[1]

 

Los nuevos paradigmas del trabajo (neofordismo, neotaylorismo, reingeniería, toyotismo) y los procesos de flexibilidad laboral, de subcontratación y las reformas laborales que los acompañaron en América Latina no se establecieron para superar esa relación negativa empleo-producto, sino para reforzarla y proyectarla en una escala superior de explotación, organización y acumulación primitiva de capital en el contorno del patrón dependiente neoliberal y de la superexplotación del trabajo.

 

2. La transformación del mundo del trabajo

 

En las dos últimas décadas del siglo XX el mundo del trabajo se modificó drásticamente, resultado de un proceso histórico- estructural de largo plazo. Lo anterior se refleja en una modificación del mercado laboral en beneficio de sectores como el de los servicios y el conocimiento, como se observa en la Gráfica 1. Como indica la OIT:

 

la porción de empleados en los servicios ha subido significativamente durante los últimos cincuenta años en los países industrializados, mientras la porción de empleo industrial tradicional ha declinado firmemente. En los países desarrollados, las tendencias son similares. En los países industrializados dos tipos de servicios tienden a crecer más rápidamente: aquellos que proporcionan la información y apoyan el aumento de la productividad y eficiencia de las empresas, y los servicios sociales como salud, educación, investigación y gobierno. El desarrollo de la salud, la educación y los servicios gubernamentales acelerarán estas tendencias.[2]

 

 

La OIT registra las tendencias globales en el largo plazo, sin embargo pasa por alto diferencias importantes. Como expresa José Luis Fiori:

 

cuando los teóricos del “post-industrialismo” decretan el “fin del trabajo”, lo único que hacen es observar los números que indican la disminución del peso relativo del empleo industrial en la estructura ocupacional. Pero incluso en ese punto, es evidente que el cambio se viene dando en forma extremadamente desigual entre los diferentes países. Si es posible afirmar que el empleo viene creciendo más rápidamente en el sector de servicios en Estados Unidos, Inglaterra y Canadá, no se puede decir lo mismo con relación a Japón, Alemania, Francia o inclusive en Italia. Sin hablar del caso de la periferia latinoamericana, en que la destrucción de los empleos industriales fue obra de una política económica ultraliberal que promovió en forma explícita y estratégica la desindustrialización y el aumento del desempleo estructural, independiente de cualquier tipo de revolución informacional.[3]

 

La tercerización de la economía latinoamericana se aprecia en los cambios de la estructura sectorial del empleo en la última década. Así, de acuerdo con la CEPAL:

 

la agricultura, el comercio y los servicios sociales constituían hacia 1999 las ramas de actividad económica que concentraban el mayor número de personas ocupadas; cada una de ellas comprendía aproximadamente una quinta parte de los empleos totales. De las tres, la agricultura sigue siendo la actividad mayoritaria, al proveer de trabajo a casi 40 millones de personas en toda la región. En el otro extremo, los servicios financieros, domésticos y personales son los sectores con menor participación; la suma de estas tres categorías abarca aproximadamente 15% de la población ocupada, porcentaje similar al de la industria.

En contraste, el empleo en el sector agrícola prácticamente se estancó en los años noventa, con un crecimiento promedio anual que no alcanzó 1%. La mermada capacidad de la agricultura para generar nuevos empleos explica en buena medida el progresivo abandono de las áreas rurales —de contenido predominantemente agrícola— y la migración hacia las áreas urbanas, fenómeno ya destacado como una de las características demográficas de la década. A su vez, el empleo en las áreas rurales ha propendido a diversificarse hacia ramas de actividad distintas a la agricultura, con claros aumentos en la participación del comercio (de 8.2% a 9.4%), la industria (de 7.9% a 8.8%), la construcción (de 4.1% a 4.8%) y los servicios sociales (de 8.6% a 9.0%).

El resto de las actividades, entre las que se cuentan aquellas relacionadas con la prestación de servicios sociales, personales y domésticos, mostró un crecimiento similar al promedio, manteniendo tasas de participación relativamente estables. En las áreas urbanas, contexto de mayor relevancia para estos sectores, los servicios presentaron un comportamiento levemente más dinámico durante los últimos años, particularmente en el caso del servicio doméstico, que creció en promedio 2.4% anual.[4]

 

México no es la excepción. De acuerdo con Abelardo Mariña[5] entre 1980 y 1993 se crearon 2 millones 740 mil empleos, de los cuales el sector servicios absorbió más de 50% del total, seguido del sector agropecuario y de la industria de la construcción, mientras que la industria manufacturera redujo su ocupación.

De lo anterior se desprende que los cambios en el mundo del trabajo presentan las siguientes características:

 

a) En primer término, la enorme brecha existente en todos los planos (económico, social, financiero, comercial polí- tico y cultural) entre los países subdesarrollados y dependientes y los países desarrollados del capitalismo central. Lo anterior se refleja también en la crisis del Estado de bienestar y de los sistemas ford-tayloristas que se asocian al mundo del trabajo.[6]

b) La reestructuración del Estado imperialista en los centros industrializados y del Estado dependiente en los periféricos, particularmente de América Latina, por la acción de las fuerzas del mercado y las presiones políticas del neoliberalismo en la década de los ochentas coadyuvó a despejar el camino para que el capital desarrollara nuevos sectores donde sus inversiones fueran rentables, como los servicios informáticos, software, telecomunicaciones, bancos y seguros.

c) En la década de los noventas irrumpen nuevos sistemas productivos y de organización laboral que se articulan con los sistemas prevalecientes en la región antes del advenimiento del capitalismo neoliberal.

d) Se consolida el pensamiento neoliberal y se proyecta negativamente sobre el mundo del trabajo.

 

Al lado de esta fragmentación, reestructuración y reorganización del mundo del trabajo en América Latina se resiente la incidencia del capital financiero especulativo y voraz que provoca cada vez más dificultades al movimiento cíclico del capital productivo y mercantil, lo que repercute negativamente en la estructura del empleo y en los mercados laborales. De esta forma se pasa de una estructura integral que articula el empleo, los salarios y la calificación de la fuerza de trabajo, a otra que autonomiza esos componentes integrados y los reestructura de manera separada dando origen a la flexibilización de la fuerza de trabajo regresiva y desproteccionista.[7]

De forma que

 

la flexibilidad laboral o utilización flexible de la fuerza de trabajo tiende a modificar los sistemas de formación de salarios, la organización del trabajo y la jerarquía de las calificaciones, por lo que al mismo tiempo afecta las conquistas que la clase trabajadora logró durante el presente siglo, abriendo, de esta manera, un periodo de redefinición de la relación capital-trabajo”.[8]

 

En el centro de esta redefinición figura la pérdida de derechos laborales y sociales de los trabajadores.

Las reformas laborales adoptadas en América Latina durante la década de los noventas se centran en las siguientes políticas que más interesan a los empresarios para flexibilizar el trabajo:

 

a) Facilidad de contratación y de despido con base en la disminución del costo esperado de despido (en meses de salario). Este indicador estimula la contratación temporal sin obligación para el patrón y a ello apuntan las reformas laborales en curso.

b) Flexibilidad de la jornada laboral, medida según los “sobrecostos” que signifiquen las jornadas extras de trabajo (horas extraordinarias), que tienden cada vez más a no ser remuneradas.

c) Aumento de las contribuciones a la seguridad social como proporción de los salarios y disminución de las correspondientes al capital.

d) Ruptura de las “rigideces” debidas a la legislación sobre salario mínimo, que para el empresario se traducen en supuestas “restricciones” para la contratación de nuevo personal.[9]

 

Desde el punto de vista del capital, el “cambio estructural” que refleja el triunfo de la política laboral, expresa la “transición” en América Latina de un régimen protector con estabilidad en el empleo a un régimen temporal y previamente limitado en los contratos de trabajo. En efecto,

 

A principios de la década de los setenta en los países industriali- zados y a fines de los ochenta en América Latina, empezaron a proliferar contratos de trabajo de carácter coyuntural. Por la crisis económica, o por otras razones circunstanciales, se abrieron las puertas a la contratación de trabajadores por tiempo limitado, sin tener en cuenta la naturaleza del trabajo a realizar. La multiplicación y la sucesión ininterrumpida de tales contratos hasta nuestros días han fundado el parecer político y doctrinal de que los contratos temporales constituyen en sí una nueva categoría y que cuestionan y modifican definitivamente el principio, hasta ahora indiscutido, de la estabilidad en el empleo. Quizá por ello las normas sobre contratación temporal han aparecido con extensión especial allí donde, como en España y en América Latina, imperaba con mayor rigor el principio de estabilidad.[10]

 

Desde comienzos de la década de los ochentas en América Latina la ruptura de ese “principio de estabilidad” laboral tiene efectos directos e indirectos.

De manera directa, se tradujo en un brutal aumento de los empleos y contratos de trabajo temporales. Alrededor de 90% de los contratos de trabajo en el segundo lustro de la década de los noventas del siglo pasado fueron contratos temporales. Destacan casos extremos como el de Perú (que lleva el liderazgo en este punto, seguido de México) donde en 1997 casi la mitad de los asalariados privados formales tenían algún tipo de contrato temporal; la cifra aumentó en 1998 y 1999.[11] Victor Tokman calcula que alrededor de 35% de los asalariados está en esas condiciones en Argentina, Colombia y Chile y 74% en Perú.[12]

En promedio, en la década de los setentas, este tipo de contratos temporales en la región representaba sólo 5% de los contratos de la población económicamente activa (PEA); en la actualidad la cifra fluctúa entre 35% y 40%.

Por otro lado, la ruptura de ese “principio de estabilidad” laboral desde comienzos de la década de los ochentas en América Latina provocó de manera indirecta un inusitado aumento de empleos de baja productividad en el sector informal, donde priva una realidad laboral injusta y desigual para millones de personas. El siguiente diagnóstico de la CEPAL muestra los efectos de las políticas de ajuste estructural y de las reformas laborales en los mercados de trabajo:

 

alrededor de 66 millones de personas en las áreas urbanas laboran actualmente en el sector informal o de baja productividad, que provee 48% de los empleos urbanos en América Latina. La alta correlación entre informalidad y precariedad en el mercado laboral permite interpretar estas cifras como un indicio de la mala calidad del empleo prevaleciente en la región, usualmente relacionada con aspectos tales como la inestabilidad laboral y la falta de acceso a la seguridad social. Un 52% de los ocupados urbanos —alrededor de 70 millones de personas— realiza actividades enmarcadas en el ámbito del sector formal. En los años noventa, la precariedad de las ocupaciones se fue acentuando paulatinamente, como lo sugiere la creciente proporción de empleos de baja productividad. Desde 1990, la proporción de empleos informales en el área urbana se ha elevado en más de cinco puntos porcentuales, equivalentes a un crecimiento del sector informal cercano a los 20 millones de personas. En otras palabras, de cada 10 personas que se integraron al mercado laboral durante el decenio, 7 lo hicieron al sector informal. El deterioro de la calidad laboral se hace más ostensible cuando se comprueba que la proporción de los nuevos empleos absorbidos por el sector informal ha venido creciendo en los últimos años, al pasar de 67.3% en el periodo 1990-1994 a 70.7% en el de 1997-1999.[13]

 

Este vasto mercado de trabajo informal, precario, desprotegido y flexible reforzó la segunda forma negativa de la flexibilidad arriba mencionada y que tiende a institucionalizarse con la crisis, el ajuste estructural y las reformas laborales regresivas. Se concretan así dos tendencias en la lógica del patrón de acumulación dependiente neoliberal, a saber: a) la creciente sustitución del trabajo vivo debida a la introducción de innovaciones tecnológicas, (en particular la informática) y b) la pérdida de derechos contractuales y constitucionales de los trabajadores. Son ejemplares a este respecto los casos de México[14], Chile y Brasil (donde se ha establecido el derecho del capital a ocupar temporalmente a la fuerza de trabajo mediante contratos temporales que reducen significativamente los gastos de indemnización por concepto de despido).[15]

El crecimiento de la informalidad de los mercados de trabajo está condicionado también por políticas deliberadas de las empresas para convertir masas crecientes de empleados y trabajadores formales en trabajadores precarios sin derechos ni contrato. En Brasil, por ejemplo, la proporción de ocupaciones de trabajadores “con cartera” (con contrato de trabajo) cayó de 56.71% en 1982 a 46.72% en 1997, mientras la proporción de “trabajadores sin cartera” (sin contrato), aumentó de 21.18% en el primer año a 24.77% en el segundo.[16] En números absolutos, las cifras respectivas indican una disminución de los trabajadores de la primera categoría (con contrato) de 19 millones 655 mil 724 en 1995, a 19 millones 645 mil 917 en 1999, mientras que los trabajadores sin contrato aumentaron de 4 millones 615 mil 875 en el primer año a 4 millones 731 mil 291 en el segundo.[17]

Otro fenómeno que resulta de este proceso es el reforzamiento de viejas relaciones de trabajo que, enraizadas en sistemas de producción tradicionales y/o precapitalistas, se concentran preferentemente en el sector informal urbano que recluta a la población precarizada de las urbes al son de cada ciclo recesivo (cada vez más frecuente e intenso) del capital.

 

3. Reconfiguración de la centralidad del trabajoy el nuevo sujeto obrero en la mundialización del capital

 

En la última década del siglo XX —que podíamos bautizar como la de la moda globaloney, el globalismo light o del conocimiento.com— proliferaron los ideólogos que pretendían “demostrar” presuntos cambios de importancia histórica en el mundo del trabajo y en la relación de éste con el capital y el Estado. El primero supuestamente perdía su centralidad en beneficio de las fuerzas del conocimiento y la tecnología. La segunda se convertía en una nueva relación de subordinación corporativa de los sindicatos para codificar la flexibilización y la desreglamentación del trabajo, así como la desmovilización y atomización del movimiento obrero y sindical, el cual perdía así la posibilidad histórica de trascender el orden capitalista.

De la evidente constatación de esos cambios históricos (centralidad del trabajo y reconfiguración de la relación trabajo- capital), que afectaron los procesos productivos de las ramas industriales completas y el lugar que ocupaba el mundo del trabajo en la sociedad; no se puede inferir, sin embargo, como postulan las teorías neoclásicas y funcionalistas, que el mundo del trabajo (la fuerza de trabajo, los procesos de trabajo, la subjetividad, etcétera) haya dejado de ser la fuerza esencial de la producción y la creación del valor. Tampoco se puede sostener que el trabajo haya perdido su valor central en tanto fuerza de transformación histórico-social y de enfrentamiento con el capital. Más bien,

 

lo que muestran las estadísticas es que esos millares de desempleados siguen vinculados al mismo “paradigma del trabajo”, sólo que ahora como trabajadores precarizados, tercerizados o subcontratados, con derechos cada vez más limitados y cada vez más ajenos del mundo de las organizaciones sindicales. Una transformación social gigantesca, pero que no fue el resultado natural, ni mucho menos benéfico, de las nuevas tecnologías informacionales, fue, en gran medida, el resultado de una reestructuración política y conservadora del capital, en respuesta a la pérdida de rentabilidad y gobernabilidad que enfrentó durante la década del setenta”.[18]

 

Los analistas sintetizan estos cambios de la siguiente manera. Jeremy Rifkin, por ejemplo, escribe:

 

En el pasado, cuando una revolución tecnológica afectaba al conjunto de puestos de trabajo en un determinado sector económico, aparecía, de forma casi inmediata, un nuevo sector que absorbía el excedente de trabajadores del otro. En los inicios del presente siglo, el incipiente sector secundario era capaz de absorber varios de los millones de campesinos propietarios de granjas desplazados por la rápida mecanización de la agricultura. Entre mediados de la década de los treinta y principios de los ochenta, el sector de los servicios fue capaz de volver a emplear a muchos de los trabajadores de “cuello azul” sustituidos por la automatización. Sin embargo, en la actualidad, dado que todos estos sectores han caído víctimas de la rápida reestructuración y de la automatización, no se ha desarrollado ningún sector “significativo” que permita absorber los millones de asalariados que han sido despedidos. El único que se vislumbra en el horizonte es el del conocimiento, una elite de industrias y de disciplinas profesionales responsables de la introducción en la nueva economía de la alta tecnología del futuro. Los nuevos profesionales —los llamados analistas simbólicos o trabajadores del conocimiento— provienen del campo de la ciencia, de la ingeniería, de la gestión, de la consultoría, del marketing, de los medios de comunicación y del ocio. Mientras que su número continúa creciendo, seguirán siendo pocos si los comparamos con el número de trabajadores sustituidos por la nueva generación de “máquinas pensantes".[19]

 

Debemos aclarar lo que se entiende por “trabajador del conocimiento” o “analista simbólico”. Según la OIT, un “trabajador del conocimiento” es aquel que no solamente posee un conocimiento sino que, además, genera ideas y nuevos conocimientos. De acuerdo con esta definición, la OIT apoyada en fuentes de la OCDE, estima que este tipo de trabajadores pueden ser clasificados en dos grandes grupos: a) trabajadores no ligados al sector de información y b) trabajadores ligados a la información. Este segundo grupo se divide, a su vez, en dos subcategorías: a) los que manipulan la información (trabajadores de la información) y b) los que crean ideas (knowledge workers). Dentro de esa lógica, en Estados Unidos el número de trabajadores del conocimiento alcanzó 2 millones 500 mil trabajadores, lo cual representa 18% de los nuevos empleos creados entre 1990 y 1998.[20]

Pero además de ser sumamente restringido el volumen de empleos que demanda (administradores, gerentes, profesionistas, técnicos y trabajadores relacionados con esas categorías), este sector es prácticamente inexistente en los países subdesarrollados como México y Brasil e incluso en algunos países pertenecientes al centro del capitalismo desarrollado (véase Gráfica 2).

 

 

 

Si en el desarrollo histórico de los servicios en las naciones industrializadas “parece haberse producido un desplazamiento más normal de la fuerza de trabajo del sector primario al secundario y, más tarde, al terciario”, en los países subdesarrollados y dependientes, “la fuerza de trabajo excedente se movió obligatoriamente en mayor medida hacia la actividad terciaria en primera instancia”.[21]

Pero esta situación de relativo equilibrio de los cambios intersectoriales del empleo en los países desarrollados, y de completo caos y desequilibrio en los dependientes y subdesarrollados, parece estar confluyendo hacia un punto medio en donde el crecimiento de los servicios es lento, marginal e incluso decadente en algunos puntos del sistema.

Rifkin asume que el sector del conocimiento posee una dinámica de absorción de empleo sumamente baja. Aun esforzándose por elevar los niveles educativos y la calificación de los trabajadores, por ejemplo en Estados Unidos —como de hecho ocurrió durante la administración Clinton—, el sector de conocimiento es sumamente restringido. Además obliga a sus aspirantes a elevar sus grados de conocimiento y calificación como demanda el sistema educativo norteamericano, el cual exige niveles mínimos de noveno grado. Esta restricción se expresa en el hecho de que incluso,

 

si los programas de reeducación y reciclaje a gran escala fuesen puestos en marcha, no existirían suficientes puestos de trabajo de alta tecnología en la economía automatizada del siglo XXI como para llegar a absorber el número de trabajadores despedidos.[22]

 

Los datos anteriores permiten refutar la existencia de una “sociedad sin trabajadores” que presuntamente habría sido edificada con base en las tecnologías de la comunicación y la información. Efectivamente, por más que ocurran cambios que puedan modificar el lugar que tiene el trabajo en la producción y en la acumulación de capital, ¿se puede producir y acumular capital sin trabajadores asalariados? ¿Podría el trabajador dejar de tener un papel central en la producción de valor? ¿Quién podría ocupar su lugar?

La Gráfica 1 muestra que en la economía mundial, al final de los años noventa del siglo XX, los servicios absorbían en promedio poco menos de 50% del empleo, mientras que en los países industrializados ese promedio es, en el mismo periodo, alrededor de 65%.

En Estados Unidos, según Rifkin,[23] el porcentaje promedio actual es aún mayor pues los servicios absorben más de 77% de la fuerza total de trabajo; producen 75% del valor agregado; más de la mitad del valor agregado nacional, y más de la mitad del valor agregado de la economía mundial. Las nuevas actividades industriales ligadas a la informática abarcan, según este mismo autor, 25% del total de la economía estadounidense en actividades como finanzas, entretenimiento, comunicaciones, educación y servicios a las empresas. Si a ese porcentaje se agrega el 15% del total de la economía que representan las industrias ligadas a la biotecnología (agrícola, fibras y tejidos, materiales de construcción, energía y farmacéuticas), tenemos que 40% de la economía estadounidense tiene un soporte en las tecnologías de la comunicación e información.[24]

Sin embargo, otros datos restan importancia al sector de comunicaciones y tecnología cuando se relaciona con la dinámica de la productividad. Petras plantea lo siguiente:

 

La comparación del crecimiento de la productividad en USA en los últimos 50 años no apoya el argumento globalizador. Entre 1953-73, antes de la llamada revolución de la información, en USA la productividad creció una media de 2,6%; con la introducción de los ordenadores, la productividad creció entre 1972-95 menos de la mitad. Incluso en el llamado boom de 1995-99, el crecimiento de la productividad se situó en 2,2%, todavía por debajo de las cifras del periodo anterior a los ordenadores. Japón, el país que hace un uso más extenso de ordenadores y robots ha sido testigo de una década de estancamiento y crisis. Entre los años 2000-01, el sector de la información se sumió en una profunda crisis. Decenas de miles de trabajadores fueron despedidos, cientos de empresas suspendieron pagos, la cotización de las acciones cayó alrededor de 80%. La burbuja especulativa que definió la llamada “economía de la información” explotó. Aún más, la mayor fuente de crecimiento de la productividad según los globalizadores estaba en la informatización del área de la fabricación de ordenadores. Algunos estudios han mostrado que los ordenadores usados en los centros de trabajo se dirigen más al trabajo personal que al intercambio de ideas. Algunas estimaciones sitúan en 60% el tiempo de ordenador destinado a actividades no relacionadas con la empresa. Las empresas de fabricación de ordenadores suponen 1.2% de la economía de los USA y menos de 5% del capital.

Todavía más, el censo de población de USA proporciona otra explicación a las cifras de alta productividad: los cinco millones de trabajadores americanos mayoritariamente inmigrantes ilegales que inundaron el mercado de trabajo norteamericano en los 90. Si consideramos que la productividad se mide por la producción por trabajador estimado, los cinco millones de trabajadores no contabilizados inflaron los datos de productividad. Si se incluyen los cinco millones, las cifras bajarían más de 2%.

Con la caída de la economía de la información y su valor en bolsa, se hace claro que la revolución de la información no es la fuerza trascendente que define a las economías de los grandes estados imperialistas y menos aún configura un nuevo orden mundial. El hecho de que la mayoría de la gente disponga de ordenadores y que algunas empresas tengan mayor control sobre sus inventarios, etc., no significa que el poder se haya alejado de los Estados-nación. Las afirmaciones de los publicistas sobre la “revolución de la información” no tienen fundamento, ya que los inversores en bolsa trasladan sus inversiones hacia la economía real y lejos de las empresas ficticias de alta tecnología, que no obtienen beneficios y sí, en cambio, pérdidas crecientes.[25]

 

En todo caso, las actividades ligadas a la informática y a los ordenadores —a diferencia de ramas productivas como la textil, el hilado mecánico y la mecánica y química aplicadas a actividades como lavandería, tintorería y estampado, que sirvieron como motor de la Primera Revolución Industrial del siglo XVIII— hoy no representan un factor capaz de elevar sustancialmente la productividad y, por consiguiente, de sacar a las economías desarrolladas del atolladero en que se encuentran.

Este perfil de la new economy asimila de manera restringida a los nuevos empleos ligados a las nuevas tecnologías y al nuevo universo de los paradigmas del mundo del trabajo. En términos generales, en el Cuadro 6 se aprecia que los empleos del sector de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación representan 4.4% del empleo total en los países más industrializados (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia y Suecia).

 

 

De este cuadro destacan dos hechos relevantes. En primer lugar, el sector de información y comunicación representa sólo 6.1% del total del empleo en Estados Unidos, mientras que en 15 países de la Unión Europea —donde comparecen Francia y Alemania que absorben entre ambos alrededor del 50% del PIB regional—, dicha proporción representa 3.9% del empleo total. Obsérvese que a pesar de la propaganda en el sentido de la tendencia a la “igualdad” de los géneros que supuestamente conlleva el sector de información y comunicación, el porcentaje de empleo de mujeres respecto a los hombres en dicho sector es de 33% en promedio, exceptuando Japón y Estados Unidos para los que no contamos con información. De cualquier manera destaca la baja participación de las mujeres trabajadoras en el sector de las nuevas tecnologías, en Inglaterra (27%), Italia (31.1%) y en el conjunto de la Unión Europea (31.7%) que comprende 15 países.

En el caso de Francia, el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (INSEE) demostró

 

que el porcentaje del crecimiento ligado a las nuevas tecnologías asciende apenas a 0.3 ó 0.4 puntos. Mucho más radical es el estudio realizado por el Bureau of Labor Statistics (BLS), un organismo estadounidense que publica anualmente proyecciones sobre el mercado del trabajo por periodos de 10 años. Según los datos del BLS, la gran mayoría de los puestos creados no salen del mundo de Internet ni de la información, sea en lo que corresponde al periodo 1986-1996, como al que va de 1996 a 2000.

Sobre un total de 4,1 millones de puestos de trabajo, y entre las diez “profesiones” más significativas, sólo una está ligada a las nuevas tecnologías. Se trata del puesto de analista de sistemas, evaluado con una perspectiva de 521 000 empleos. Las profesiones siguientes corresponden a la economía tradicional: cajeros, en- fermeros, vendedores, empleados de oficina clásicos, etc. Comentando esas cifras, Jean Gadrey acota: “Estamos muy lejos de la mitología de un trabajo propulsado por las nuevas tecnologías ya que siete de las 10 profesiones no exigen ninguna educación superior del trabajador”. Ningún experto ni analista niega, sin embargo, el “terremoto sociocultural” provocado por la comunicación y la economía de redes.[26]

 

Es cierto que la demanda de profesionales y técnicos es mayor que la de no profesionales y personal descalificado o semicalificado sobre todo en los servicios. Pero este mercado de trabajo no se desarrolla, como ya se mencionó, en procesos y empresas de tecnología de punta informatizados. Según la OIT,

 

La demanda de trabajadores calificados ha aumentado tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo. Entre 1981-1996 los nuevos empleos creados en las economías avanzadas han sido sobre todo para profesionales y técnicos. En los países en desarrollo estas mismas categorías ocupacionales han experimentado crecimientos notables, pero en menor grado.

Por el contrario, el aumento de empleos para los trabajadores de producción, entre los que se incluyen trabajadores manuales y artesanos diestros, pero principalmente trabajadores no calificados o poco calificados, ha sido pequeño tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados, y en algunos casos no ha habido aumento, sino disminución. La única excepción a esta regla se encuentra en el sector de ventas y de servicios. La creciente incorporación a este sector de trabajadores no calificados refleja el auge de los servicios en las economías desarrolladas, así como una tendencia de los que buscan trabajo a capacitarse en las destrezas demandadas por los empleos del sector de los servicios.[27]

 

Ciertamente el sector de los servicios ha entrado en un proceso estacionario porque “La automatización y la reingeniería ya están empezando a sustituir el trabajo humano en un amplio espectro de campos relacionados con este sector”.[28] Sin embargo, esta pérdida de dinamismo de los servicios en la creación de empleos no significa, ni mucho menos, que el trabajo asalariado deje de existir o quede minimizado frente a otras fuentes de producción como la tecnología o la ciencia. Como dice James Petras cuando critica a los partidarios de la “tercera vía” socialdemócrata,

 

las pretensiones de los ideólogos de la tercera vía acerca de que estamos ingresando en una nueva era económica, postindustrial, una economía de alta tecnología informática, son de una falsedad patente. En Estados Unidos, las industrias de computadoras representan menos de 3% de la economía. Su impacto en la productividad ha sido insignificante y el valor de sus acciones ha sido enormemente inflado por los ideólogos de la tercera vía y los especuladores del mercado de valores. Los sistemas informáticos de alta tecnología son un elemento subordinado a una economía predominantemente financiera e industrial, más que una fuerza dinámica independiente. El intento de los ideólogos de la tercera vía de darles un brillo tecnológico posmoderno, al ligarlo a los magnates financieros multimillonarios, simplemente hace agua. Las realidades económicas, una vez más, desmienten las pretensiones ideológicas.[29]

 

Como vemos, el desarrollo de la sociedad informática no permite justificar la tesis relativa a que el trabajo asalariado ya no es el eje del conflicto social y de la reproducción del sistema debido a la disminución del volumen de empleo en el sector industrial y al crecimiento del mismo en sectores como los servicios. Por el contrario, es una realidad palpable que el sistema capitalista —y, por tanto, el trabajo asalariado— ha ensanchado su esfera de acción, y las “nuevas formas” de trabajo que generalmente se ponen como ejemplo para “comprobar” la supuesta pérdida de centralidad del trabajo (como el trabajo a domicilio, el trabajo a destajo, los servicios, el trabajo por cuenta propia, el trabajo intelectual en las industrias de la computación y de microchips, etcétera) corresponden a la lógica del capital global. Por lo demás, es evidente que la informalidad y la marginalidad no se sustraen a las determinaciones del ciclo del capital, particularmente a la dinámica capitalista de los precios y por ende de los salarios, tasas de interés, moneda, tipo de cambio, etcétera y de la circulación capitalista en general.

Ni siquiera los emporios selectos del “analista simbólico” del capitalismo informático escapan a esas determinaciones. Así en el Silicon Valley en California, Estados Unidos, además de la existencia de largas jornadas de trabajo de hasta 60 horas a la semana en promedio, el aumento de trabajadores ha sido fundamentalmente en la forma de “trabajadores temporales” y por “cuenta propia” (ver Cuadro 7).

Cuadro 7

Número de trabajadores y categoría

en Silicon Valley, California, 1984-1997

 

 

 

 

Variación %

Categoría

1984

1997

1984-1997

Trabajadores temporales

12,340

33,230

159%

Trabajadores por cuenta propia

45,700

69,000

53%

Fuerza de trabajo total

761,200

933,200

23%

Fuente: C. Benner "Building community-based careers: Labor market intermediaries

and flexible employment in Silicon Valley", unpublished paper, University of California, Berkeley, april 2000.[30]

 

Contrariamente a las tesis sociológicas funcionalistas que afirman que la clase obrera ya no es el motor y el eje de las transformaciones histórico-sociales, veremos surgir una nueva clase obrera, una vez terminada la reestructuración del mundo del trabajo; es decir, una clase que vive de la venta de su fuerza de trabajo, la cual será el polo opuesto al capital para acelerar los cambios de orden social, económico y político que reclama la humanidad. En esta perspectiva se deberán enmarcar los llamados movimientos sociales en América Latina y en el mundo.[31]

 

4. Centralidad del mundo del trabajo en la mundialización del capital

 

Es vasta la literatura que postula que la tesis marxiana sobre la inevitable separación del trabajo manual y el intelectual en el capitalismo ha sido “superada” por la nueva normatividad de los sistemas de automatización flexible, que reunifica el saber-hacer del obrero en el proceso productivo.[32] Los autores de esa corriente afirman que las nuevas formas de organización del trabajo y los nuevos métodos de producción, como los articulados en el paradigma japonés, están diseñados para “enriquecer” las tareas y los conocimientos de los obreros. Por tanto, depende de éstos, de su disposición, disciplina e involucramiento con la empresa, que ese “ideal” se realice de manera efectiva y afectiva.

Las tesis posmodernas de la sociología del trabajo expresan esa concepción ideológica, propia de los manuales norteamericanos de administración empresarial que responden a los intereses de los patrones y del capital en general.[33] Estos autores conciben al obrero aislado, como dependiendo de mismo (un Robinson Crusoe, diría Marx) y no de las relaciones económicas, burocrático-políticas preexistentes que se erigen sobre él y afianzan su condición de enajenación.[34] Por otro lado, ubican al capital como si estuviera “separado” del sistema que él anima, el sistema capitalista, sin entender que ambos (capital y trabajo) no pueden existir separadamente, sino dentro del sistema de explotación y de dominación.

Los sistemas de organización del trabajo emanados de la mundialización del capital constituyen condiciones preexistentes para las nuevas generaciones obreras. Esta tesis fue esbozada por Marx en su polémica con Proudhon cuando, en una carta dirigida a Annenkov el 28 de diciembre de 1846, dice que:

 

los hombres no son libres de escoger sus fuerzas productivas —base de toda su historia—, pues toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, producto de una actividad anterior. Por lo tanto, las fuerzas productivas son el resultado de la energía práctica de los hombres, pero esta misma energía se halla determinada por las condiciones en que los hombres se encuentran colocados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social anterior a ellos, que ellos no han creado y que es producto de las generaciones anteriores. El simple hecho de que cada generación posterior se encuentre con fuerzas productivas adquiridas por las generaciones precedentes, que le sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea una historia de la humanidad, que es tanto más la historia de la humanidad por cuanto las fuerzas productivas de los hombres, y por consiguiente sus relaciones sociales, han adquirido mayor desarrollo.[35]

 

Esta conexión entre generaciones posteriores de obreros y fuerzas productivas preexistentes determina la constitución de nuevos paradigmas laborales por encima de la voluntad individual o social. Es así como debemos entender la nueva condición estructural e institucional de las relaciones sociales en el capitalismo mundializado.

Esa misma condicionalidad histórico-estructural explica el tránsito del trabajo rígido fordista-taylorista al flexible y rotativo, y la incorporación de salarios de productividad, normas de competencia, cultura laboral productivista congruente con el aumento de las tasas de explotación y con el desmantelamiento de derechos como antigüedad, permanencia, sindicalización, huelga, etcétera.[36]

Los ideólogos que postulan la pérdida de centralidad del mundo del trabajo en el capitalismo actual afirman que las fuerzas del conocimiento y de la ciencia lo habrían sustituido luego del desplazamiento del fordismo-taylorismo que se extendió después de la Segunda Guerra Mundial.[37] Sin embargo estos ideólogos olvidan que esas fuerzas existen articuladas con los paradigmas organizativos y de explotación que han surgido de la reestructuración del capital y de la crisis del sistema.

En la base de la conexión entre fuerzas productivas y relaciones sociales en el capitalismo globalizado, radica la dialéc- tica ciencia-tecnología-trabajo y la relación trabajo/capital. Esto es lo que los autores modernistas y posmodernistas de la sociología olvidan al plantear que, conforme se desarrollan los sistemas de producción mediante la aplicación de la ciencia y la técnica al proceso productivo, el trabajo asalariado y su figura social (el obrero) dejaron de ser la fuerza motriz del sistema y han pasado a segundo término respecto a la ciencia, la técnica y el conocimiento en beneficio de la teoría de los “nuevos sujetos sociales”. Con lo anterior pretendieron “echar” por tierra la teoría del valor de Marx y, con ella, su edificio analítico-conceptual.[38] Sin embargo,

 

al contrario de lo que imaginan Habermas y Giannoti, las transformaciones por las que pasa el modo de producción capitalista avanzan en el sentido de una racionalización brutal del trabajo vivo, en tanto fuente productora de valor. En este sentido, la cientifización de los procesos de producción no prescindió del trabajo vivo como fuente importante de producción de riqueza. Siendo así, parece un poco apresurado anunciar el fin de la teoría del valor, basándose solamente en una visión cuantitativa de los factores que entran en la producción de la riqueza.[39]

 

Habermas proclamó el fin de la teoría del valor al plantear que: “la técnica y la ciencia se tornan en la principal fuerza productiva, con lo que caen por tierra las condiciones de aplicación de la teoría del valor del trabajo de Marx”.[40] Como si la ciencia y la técnica no fueran fuerzas productivas materiales que sólo gracias a la acción de la fuerza de trabajo y al modo cómo la utiliza el capital en el proceso productivo participan en la formación de valor y plusvalía. Sin la acción de la fuerza de trabajo y el consiguiente desgaste físico e intelectual del obrero cesaría la producción de riqueza para toda la sociedad y, finalmente, se provocaría el derrumbe del capitalismo.

Habermas atribuye la función de crear la plusvalía a la ciencia y a la tecnología en lugar del trabajo asalariado, su verdadero productor. No comprende que tanto la técnica como la ciencia son fuerzas productivas cuya existencia y desarrollo sólo son concebibles en función del trabajo. Aun el “analista simbólico” de Rifkin es inconcebible, al margen de la generalización del trabajo social como trabajo abstracto, en la sociedad capitalista porque las empresas transnacionales y multinacionales lo utilizan como un “empleado más”, un miembro del obrero colectivo del capital social en la producción de plusvalía a nivel mundial.

Para sustentar su “teoría de la acción comunicativa, como campo antagónico y excluyente del valor.[41] Habermas separa anticipadamente el mundo del trabajo tanto de la esfera que él denomina de la vida (o “esfera comunicacional” o de la “intersubjetividad”) como del “sistema”, regulado por la “razón instrumental”, la cual incluye las esferas del trabajo, de la economía y del poder. Una vez realizada esta separación, afirma que “la centralidad se transfirió de la esfera del trabajo a la esfera de la acción comunicativa”, porque “aquí se deposita el núcleo de la utopía transformadora”, de la “emancipación,[42] debido a que dicha centralidad fue racionalizada y entregada al dominio del capital, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial.

Encontramos la misma concepción en Michael Hardt y Antonio Negri cuando proclaman, sobre la base de la separación artificial de la esfera del trabajo de la del sistema, la “necesidad” de crear una “nueva teoría política del valor” que, por lo tanto, descarte a la teoría del valor-trabajo de Marx:

 

El lugar central de la producción del superávit [sic], que antes correspondía a la fuerza laboral [¿?] de los trabajadores de las fábricas, hoy está siendo ocupado progresivamente por una fuerza laboral intelectual, inmaterial y comunicativa. De modo que es necesario desarrollar una nueva teoría política del valor capaz de plantear el problema de esta nueva acumulación capitalista de valor que está en el corazón mismo del mecanismo de explotación (y por ello, quizás, en la médula de la sublevación potencial)”.[43]

 

En su obra estos autores no esgrimen un solo argumento que explique por qué se debe crear una “nueva teoría política del valor” que corresponda a la categoría de “imperio” que utilizan en su libro ni por qué es insuficiente la economía política marxista.

En el núcleo de la separación ficticia de las esferas del trabajo y del sistema radica la concepción habermasiana del desplazamiento del trabajo por el dominio absoluto de la esfera comunicativa como campo de las transformaciones y utopías de la sociedad actual. Sin embargo, es evidente que más allá de esa ficción, el mundo del trabajo, su organización, su sujeción a la dominación y explotación del capital, a la dictadura de las empresas, no sólo es “parte” del sistema capitalista, sino que constituye su premisa, sin la cual perecería.

Recientemente surgieron expresiones más refinadas de las bases científicas y tecnológicas de la new economy.[44] Así Michalski, Miller y Stevens[45] plantean que, aplicada al caso de Estados Unidos, esta teoría se sustenta en cinco supuestos que responden por el dinamismo económico y social de largo plazo en Estados Unidos y de la sociedad postcapitalista en general.

Estos supuestos son los siguientes:

 

1. Las tecnologías “crean valor”.

2. Las instituciones económicas (firmas), sociales (familias) y colectivas (gobierno), administran el riesgo, reducen la incertidumbre, refuerzan la flexibilidad y mejoran la transparencia.

3. Las “entradas” proporcionan insumos para la producción (recursos naturales, capital fijo y “capital humano”).

4. Las fuerzas competitivas estimulan y refuerzan la productividad.

5. La motivación de las aspiraciones controla el manejo de la innovación y la relocalización de todos los recursos.

 

Por su parte, otros autores como Schwartz, Kelly y Boyer, [46] sostienen que en el desempeño de estas actividades:

 

a) la fuerza de trabajo se desplaza desde la manufactura hacia los empleos de servicios intensivos en conocimientos porque ellos proporcionan aportes y rendimientos intangibles;

b) crecen las inversiones en “activos intangibles”, por ejemplo, en software —cuestión que, como vimos, no es tan relevante como comúnmente se piensa;

c) surgen nuevos empleos en el campo de actividades que demandan conocimientos intensivos, tales como consultoría, educación, alta tecnología, salud pública y test, pero son empleos sumamente restringidos para sectores elite de los mercados de trabajo, y

d) los empleos de la new economy requieren altos niveles de educación y son los “mejor” remunerados del sistema, cuestión que —como vimos— la realidad salarial y laboral de los países centrales no acredita.

Esos autores concluyen tajantemente que “en el lenguaje de los economistas, el conocimiento (knowledge) es ahora la fuente de creación de la riqueza y el más importante factor de producción”.[47]

En la arquitectura de la “sociedad del conocimiento” que propone la ideología neoliberal, estos postulados no tienen nada de nuevo; configuran tendencias que se han desarrollado históricamente conforme se desarrolla el modo de producción capitalista.

Llama la atención que autores como los citados “desconozcan” el rasgo característico del progreso técnico en el capitalismo, que consiste, como demostró Marx, en la sustitución de masas crecientes de trabajadores por máquinas (intercambio de trabajo vivo por trabajo muerto) en función del desarrollo tecnológico y de la automatización. Vale la pena citar aquí el argumento de Marx:

 

el desarrollo del régimen capitalista de producción y de la fuerza productiva del trabajo —causa y efecto a la par de la acumulación— permite al capitalista poner en juego, con el mismo desembolso de capital variable, mayor cantidad de trabajo, mediante una mayor explotación, extensiva o intensiva, de las fuerzas de trabajo individuales. Y hemos visto asimismo que, con el mismo capital, compra más fuerza de trabajo, tendiendo progresivamente a sustituir los obreros hábiles por otros menos hábiles, la mano de obra madura por otra incipiente, los hombres por mujeres, los adultos por jóvenes o niños.

Por tanto, de una parte, conforme progresa la acumulación, a mayor capital variable se pone en juego más trabajo sin necesidad de adquirir más obreros; de otra parte, el mismo volumen de capital variable hace que la misma fuerza de trabajo despliegue mayor trabajo y, finalmente, movilice una cantidad mayor de fuerzas de trabajo inferiores, eliminando las más perfectas.

Gracias a esto, la formación de una superpoblación relativa, o la desmovilización de obreros avanza todavía con mayor rapidez que la transformación técnica del proceso de producción, acelerada ya de suyo con los progresos de la acumulación y el correspondiente descenso proporcional del capital variable respecto al constante[48].

 

Marx es todavía más explícito en los Grundrisse. En esta obra parece referirse a la realidad del siglo XXI, cuando después de explicar los efectos de la maquinaria (el “capital fijo” le llama) en el trabajo y la fuerza de trabajo asienta que:

 

La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, electric telegraphs, selfacting mules, etc. Son éstos productos de la industria humana; material natural, transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza y de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma del conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social del proceso vital real.[49]

 

Más claro ni el agua: el general intellect, o sea el conocimiento en tanto fuerza productiva material del obrero colectivo, se convierte en un eje rector del proceso de producción y de la vida social. Y esto hay que subrayarlo frente a los autores norteamericanos citados y sus seguidores latinoamericanos que pretenden “ver” en las fuerzas de la tecnología y de la ciencia dispositivos aislados del proceso de creación de valor y de plusvalía. Hoy en día el reemplazo de fuerza de trabajo por tecnología y maquinaria (automatización) y la aplicación al proceso de generación de plusvalía del conocimiento está en apogeo en los (nuevos) métodos de producción (just in time), de organización del proceso de trabajo (Círculos de Control de Calidad) y de explotación (toyotismo, flexibilidad, kalmaranismo, reingeniería). Desde el punto de vista de la gestión empresarial del trabajo, esto constituye una articulación “virtuosa” del trabajo con el capital que conecta el proceso de automatización flexible con el uso del conocimiento para elevar la productividad del trabajo y afianzar la rentabilidad del capital.

Pero no se debe idealizar este fenómeno de sustitución de fuerza de trabajo por la maquinaria como hacen los manuales de ciencia ficción. Por el contrario, debemos comprender cómo ocurren estos procesos en los países desarrollados y en las ramas avanzadas de los países dependientes en los que tiene lugar una aplicación productiva cada vez más importante de conocimiento científico-técnico (knowledge), con los procesos de trabajo, cadenas productivas, sectores y oficios que permanecen subsumidos en sistemas de producción y explotación intensivos en fuerza de trabajo y que, por supuesto, incluyen a todos los trabajadores y empresas del “sector informal”. Aquí se consideran los métodos fordista y taylorista de organización y explotación del trabajo, así como todos aquellos asociados con la superexplotación del trabajo.

De lo anterior se infiere que el proceso de automatización es relativo y limitado; nunca será un fenómeno total en el capitalismo porque éste es “una unidad contradictoria de empresas no automatizadas, semiautomatizadas y automatizadas (en la industria y en la agricultura y, por tanto, en todos los sectores de la producción de mercancías)”, por lo que “se hace evidente que el capital, por su propia naturaleza, debe oponer una creciente resistencia a la automatización después de cierto límite”.[50]

El desplazamiento de obreros por la tecnología no podría hacer que la producción capitalista prescindiera completamente del uso de fuerza de trabajo. Este objetivo supremo es incompatible con la existencia del capitalismo porque sin la fuerza de trabajo cesaría la producción de valor y, por ende, de plusvalía. Como dice Ricardo Antunes:

 

La principal mutación en el interior del proceso de producción de capital en la fábrica toyotizada y flexible no se encuentra, sin embargo, en la conversión de la ciencia en la principal fuerza productiva que substituye y elimina al trabajo en el proceso de creación de valores, sino en la interacción creciente entre trabajo y ciencia, trabajo material e inmaterial, elementos fundamentales en el mundo productivo (industrial y de servicios) contemporáneo.[51]

 

Pero si la automatización flexible ha ganado terreno con la actual revolución industrial, no se debe desconocer su polo opuesto: la necesidad del capital de demandar fuerza de trabajo barata de las zonas “subdesarrolladas” del capitalismo central y de los países dependientes, donde existen reservas supernumerarias de fuerza de trabajo.

En el contexto de la relación compleja centro-periferia, los países desarrollados se especializan en industrias y sectores de punta como tecnología, telecomunicaciones, industria militar y aeroespacial, ingeniería genética e instrumental, etcétera mientras que los países dependientes de la periferia capitalista irremediablemente se desindustrializan y se especializan en producciones primarias como minería, petróleo y gas, agricultura, ganadería, etcétera. Esta división internacional del trabajo crea una gran demanda de fuerza de trabajo sin calificación, con remuneraciones raquíticas y sin prestaciones sociales.[52]

Esta es la situación del trabajo en las naciones de América Latina, Asia y África donde, frente a la des-industrialización y des-estatización que promueven las fuerzas sociopolíticas del patrón de acumulación dependiente, se van formando grandes bolsones de trabajadores desempleados y subempleados sujetos a condiciones de superexplotación del trabajo, bajos salarios, rotación de puestos y funciones, y precarización del empleo.[53]

 

4.1. Automatización, nuevos paradigmas y superexplotación del trabajo

 

La reestructuración posfordista determinó cambios en la organización del trabajo en las economías periféricas al combinar la superexplotación con la aplicación productiva de la informática en el mundo del trabajo. El objetivo de estas transformaciones consiste en crear un nuevo modelo de relaciones sociales basado en la “automatización flexible”; es decir, la articulación entre tecnología y desregulación del trabajo para convertir éste en flexible y polivalente. [54]

En otras palabras, el desarrollo tecnológico refuerza el régimen de superexplotación de la fuerza de trabajo de los países dependientes y estimula, al mismo tiempo, dicha superexplotación en los centros del capitalismo desarrollado. Al respecto Giovanni Alves escribe que: “la superexplotación del trabajo tiende a ser la nueva realidad en los países del capitalismo desarrollado en virtud del nuevo poder de la valorización derivado de la mundialización del capital”[55]. Esta tesis se desprende del modo particular como se combinan la plusvalía relativa y la absoluta en el régimen de superexplotación del trabajo y es similar —aunque Alves no la entienda[56]—, a la que esboza Ruy Mauro Marini cuando escribe que:

 

incidiendo sobre una estructura productiva basada en la mayor explotación de los trabajadores, el progreso técnico hizo posible al capitalista intensificar el ritmo de trabajo del obrero, elevar su productividad y, simultáneamente, sostener la tendencia a remunerarlo en proporción inferior a su valor real”.[57]

 

Y por si todavía quedan dudas, en otro trabajo de polémica afirma que

 

una vez puesto en marcha un proceso económico sobre la base de la superexplotación, se echa a andar un mecanismo monstruoso, cuya perversidad, lejos de mitigarse, es acentuada al recurrir la economía dependiente al aumento de la productividad mediante el desarrollo tecnológico.[58]

 

Por lo tanto, existe una relación directa —que Marini reconoce entre productividad y superexplotación del trabajo. De ahí que la aplicación de las tecnologías de la comunicación-información en las economías dependientes en vez de permitir un mejoramiento en las condiciones de empleo y salariales de los trabajadores, acentúan los mecanismos que elevan la superexplotación de la fuerza de trabajo. Aún más, en muchas legislaciones laborales reformadas por el neoliberalismo desde las décadas de los ochentas y los noventas, aparece la codificación jurídico-institucional para afianzar este objetivo supremo del capital.

Por otro lado, Alves señala también que en los países del centro un factor político que estimula y difunde la superexplotación es la creciente pérdida de poder político y de negociación de los sindicatos, pues el movimiento obrero es frenado o inutilizado para que no obstaculice el aumento de la jornada y de la intensidad del trabajo, así como la caída de los salarios reales de los trabajadores.

En los países del capitalismo central, esa pérdida de poder de negociación de los trabajadores y de los sindicatos, así como la reestructuración que emprendió el capital en el curso de la década de los ochentas, se tradujo en

 

la reducción del proletariado estable, heredero del taylorismo/fordismo, la ampliación del trabajo intelectual abstracto en el interior de las fábricas modernas y la ampliación generalizada de las formas de trabajo precarizado (trabajo manual abstracto), tercerizado, “part time”, desarrolladas intensamente en la “era de la empresa flexible” y de la desverticalización productiva.[59]

 

En los países del capitalismo dependiente, la introducción del fordismo y del taylorismo en sectores dinámicos como las industrias automotriz y siderúrgica, propiedad de empresas transnacionales, que prácticamente desplazaron y marginaron a otras industrias tradicionales ligadas a la dinámica de los mercados internos, reforzó, sin embargo, el régimen de superexplotación del trabajo, al combinar los métodos de producción modernos con los tradicionales y aprovechar la debilidad de los sindicatos en su defensa de las condiciones de contratación y uso de la fuerza de trabajo.

Como dice Nise Jinkings,

 

en los países del Tercer Mundo son dominantes las prácticas tayloristas/fordistas de trabajo. Los países capitalistas avanzados, escenario de innovaciones tecnológicas extremadamente veloces y constreñidos por la competencia, buscan aún un modelo propio de organización productiva y de relaciones de trabajo en conformidad con sus necesidades de valorización de capital. En esos países, conviven ciertamente los dos modelos de acumulación capitalista, lo que se da de modo específico, dependiendo del sector productivo y de las relaciones de producción establecidas.[60]

 

La autora confirma la vigencia del taylorismo en el sector informatizado de los bancos en Brasil:

 

El proceso de flexibilización del trabajo que se está experimentando en las agencias y entre los técnicos de los departamentos, donde la mayoría de las tareas se realizan en equipo, convive con el trabajo taylorizado y empobrecido que resultó de los procesos de racionalización de las tareas.[61]

 

En la lógica de la imposición del mercado como motor del desarrollo capitalista, el neoliberalismo desmontó los procesos ligados a la reproducción de la fuerza de trabajo para convertirla en fuerza de trabajo flexible, polivalente y precaria. Además, impuso a la clase obrera y, en general, a todos los asalariados, el contrato de trabajo temporal. En la perspectiva empresarial, éste se puede definir como un contrato de trabajo just in time que

 

jugará un amplio e importante papel en la nueva economía global basada en la alta tecnología del próximo siglo XXI. Las empresas multinacionales, deseosas de mantenerse flexibles y activas frente a la competencia global, optan cada vez más por contratar trabajadores eventuales con la finalidad de poder responder con rapidez a las fluctuaciones del mercado. El resultado será un incremento en la productividad y una mayor inseguridad del empleo en todos los países del mundo.[62]

 

De la misma manera que el fordismo, el sistema toyotista se introdujo en América Latina sobre la base del estado de cosas preexistente. Esto implicó el reforzamiento del régimen de superexplotación del trabajo. En efecto, refiriéndose al fordismo en Brasil, el Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudios del Trabajo (DIESSE) de ese país advierte que

 

La implantación del régimen de desarrollo fordista […] no vino acompañada por cambios sociales y económicos, como el crecimiento del salario, elevada productividad, fijación de derechos obreros y la construcción de un Estado que dirigiese el desarrollo económico para distribuir los ingresos. Por el contrario, el modelo de desarrollo brasileño se caracterizó por la exclusión y por la reproducción de un patrón de pobreza que no generó reformas estructurales básicas como las reformas agraria, de la seguridad social, tributaria, sindical y educacional, entre otras.[63]

La ausencia de reformas estructurales en Brasil, como la agraria, es la causa que explica la profunda crisis social que existe en el campo brasileño.

La introducción del fordismo y del taylorismo restringidos se asemejó a la forma como se industrializó América Latina en la segunda parte del siglo XX: sin reformas y para atender una “demanda preexistente”, es decir, la de las clases sociales de la sociedad oligárquico-terrateniente y exportadora.[64] Las industrias, como la automotriz, en los países dependientes asumieron el desarrollo tecnológico y la organización del trabajo vigente en los centros desarrollados del capitalismo, asimilaron su administración empresarial, pero provocaron serias distorsiones en la estructura industrial y en el desarrollo de las fuerzas productivas ligadas a los mercados internos, a los salarios de los trabajadores y a los mercados de consumo de masas.

Samir Amin capta el fenómeno del carácter restringido del fordismo en nuestros países cuando dice:

 

La industrialización no reproducirá aquí una evolución social a imagen y semejanza de la del Occidente desarrollado. En éste, el fordismo vino luego de que la sociedad fuera transformada en el curso de una larga preparación para la gran industria mecánica, sostenida por una revolución agrícola continua en un ambiente favorable gracias a la “salida” que la emigración a las Américas ofrecía a la presión traída por la explosión demográfica europea; y gracias también a las conquistas coloniales, que procuraban materias primas baratas. El fordismo confortó el compromiso histórico capital-trabajo facilitado por la reducción del ejército de reserva en los centros. En el Tercer Mundo en vías de industrialización, por el contrario, ninguna de estas condiciones favorables existe para evitar que la expansión capitalista tome formas salvajes.[65]

 

Las relaciones industriales y de trabajo en América Latina se desenvuelven bloqueando cualquier entorno de mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida en esas sociedades. Los sistemas ligados a la acumulación flexible de capital constituyen

 

un proceso de organización del trabajo cuya finalidad esencial, real, es la intensificación de las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo, reduciendo mucho o eliminado tanto al trabajador improductivo, que no crea valor, como sus formas análogas, especialmente en las actividades de mantenimiento, vigilancia e inspección de calidad, funciones que pasan a ser directamente incorporadas al trabajador productivo.[66]

 

4.2. Toyotismo y apropiación de la subjetividadobrera por el capital

 

De acuerdo con la concepción de toyotismo sistémico que plantea Giovanni Alves,[67] el paradigma japonés es un método de apropiación de la subjetividad obrera por el capital a través de las gerencias de las empresas. Además, se acompaña de un potencial ideológico-cultural de clase para inducir al trabajador a involucrarse con los intereses patronales y con la filosofía de la empresa. Otro autor afirma que la centralidad del trabajo inmaterial

 

permite echar luz sobre los intentos del capital de apropiarse de los usos lingüísticos, los comportamientos subjetivos y los propios deseos del obrero inmaterial. Permite también pensar en un nuevo sujeto obrero situado en el corazón de la nueva composición de clase en formación: el obrero social”.[68]

 

Altamira entiende como “inmaterial” todo trabajo productivo aplicado a la creación de los contenidos culturales y de información de la mercancía en los servicios y en la industria. Esta apreciación es correcta en términos generales, abstractos y de tendencia, pero es problemática cuando se generaliza a todos los mercados de trabajo, como si lo que describe fuera en verdad una realidad hegemónica en el capitalismo actual. Este error conduce a Altamira a realizar afirmaciones como ésta:

 

Con una fuerza de trabajo cada vez más abstracta, inmaterial e intelectual, la producción de riquezas depende cada vez más de la salud, de la formación y la educación de las fuerzas psico-afectivas y de la capacidad de comunicación y trabajo de cada uno de los sujetos comprometidos en el proceso de producción”.[69]

 

Lo que seguramente es una realidad restringida para parcelas también restringidas de trabajadores de actividades de punta en los servicios y en la industria, se lee erróneamente como una característica general del sistema en su conjunto.[70]  Basta señalar la realidad de países como México o Brasil, donde los mercados de trabajo se nutren de crecientes poblaciones precarizadas, con salarios tan bajos que resultan insuficientes para reproducir en condiciones normales a la fuerza de trabajo y, sobre todo, con mínimos o nulos niveles de calificación laboral.

En el paradigma japonés, el capital se apropia de los conocimientos del obrero, generalmente adquiridos en la familia y por medio de la tradición a través del sistema kaizen, que promueve la mejora continua de la producción y de la calidad de los productos. Este sistema, que “[…] permitió a la administración apropiarse de los conocimientos de los trabajadores en el proceso de producción”.[71] también trajo consigo mejoras en el uso de los transportes, en la alimentación, en la recreación y en las prácticas deportivas. Sin embargo, como sugiere Ricardo Antunes[72] también conllevó un incremento invisible de la intensidad del trabajo debido a la eliminación del desperdicio de tiempo en el proceso de trabajo; en otras palabras, gracias a la eliminación de los “tiempos muertos” dentro de la jornada de trabajo, con lo cual tiene lugar el aumento absoluto de ésta.[73]

Esta es la verdadera dimensión del “involucramiento” del trabajador con la empresa: su “democratización” es un mito que envuelve tasas de explotación más altas y degradación de los intelectuales que pregonan los presuntos beneficios de la globalización, de los prototipos de la Toyota Company y del paradigma japonés.

En la realidad de las fábricas y de las empresas se combinan

 

despidos masivos con los círculos de calidad, las nuevas tecnologías informatizadas con los contratos precarios y la intensificación del trabajo, la participación con las persecuciones y la represión, la polivalencia y la suma de responsabilidades con la rebaja salarial, la capacitación con la descalificación. Esto puede suceder al mismo tiempo o secuencialmente, pero no parecen existir procesos de reconversión donde sólo estén presentes las técnicas supuestamente participativas.[74]

Jeremy Rifkin desmitifica la “actividad participativa” del trabajador en los sistemas posfordistas donde se ponderan y ponen como ejemplo los equipos de trabajo y los círculos de control de calidad. Anota que