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La reestructuración del mundo del trabajo,

superexplotación y nuevos paradigmas de la organización del trabajo

ISBN 968-7943-39-4

Adrián Sotelo Valencia

 

CAPÍTULO 3

 

REESTRUCTURACIÓN CAPITALISTA, EXTINCIÓN DE LA NUEVA ECONOMÍA Y MUNDO DEL TRABAJO PRECARIO

 

Introducción

 

Este capítulo ofrece una visión dinámica de la crisis actual del capitalismo y del agotamiento de la new economy en Estados Unidos. Demuestra que el periodo de prosperidad que esta última experimentó sólo fue coyuntural y que en los inicios del siglo XXI, luego del masivo bombardeo de los medios de comunicación y de la ideología neoliberal en el sentido de que por fin el capitalismo había alcanzado una etapa final de “desarrollo duradero” y en ascenso; reedita la crisis del capitalismo, las contradicciones estructurales, el desempleo, el subempleo, la precarización y la superexplotación de la fuerza de trabajo.

 

1. ¿Depresión larga vs. recuperación duradera?

 

Para comprender la problemática del capital y del mundo del trabajo en la sociedad mundial capitalista de inicios del siglo XXI, es preciso tomar como punto de partida el comportamiento reciente de la economía mundial. Son dos las interpretaciones que al respecto se han esbozado en los últimos tiempos.

Por una lado, a) la que considera que el capitalismo actual ha revitalizado su sistema económico y, por el contrario, b) la que cree que este sistema está muy lejos de recobrar las tasas de crecimiento de posguerra y asume que las tendencias recesivas y depresivas son cada vez más intensas y de más larga duración.

Los principales países de la tríada hegemónica (Estados Unidos, Europa y Japón) se muestran en declive y crisis mientras que China observa un ascenso, con tasas anuales de crecimiento promedio de 10.5% durante los años noventas.[1] Obviamente los organismos internacionales como el Banco Mundial, el FMI, la OCDE y el BID están muy lejos de poner a esta última como ejemplo del camino que se debe seguir, luego de la debacle de los NICs a finales de esa misma década y de las crisis argentina y estadounidense en la actualidad.[2] China sería un “mal ejemplo”, por lo menos hasta que fuera evidente e incontrovertible que ha “abrazado” el sistema capitalista.

François Chesnais señala como causas de la crisis económica, entre otras, la depresión del decenio de los noventas, el debilitamiento o destrucción del trabajo asalariado como forma dominante de producción —en la que se ha empeñado el neoliberalismo sistemáticamente—, la crisis del sistema monetario internacional y la debacle del Estado del bienestar posbélico.[3]

Por su parte, Robert Brenner[4] enfoca las causas de la fase descendente de la economía capitalista mundial y de la crisis en la caída de la rentabilidad del capital provocada por la sobrecapacidad instalada y la sobreproducción de mercancías, derivadas a su vez, de la competencia intercapitalista durante el largo periodo 1973-1996; más que en las presiones salariales al alza por parte de los trabajadores y el consiguiente aumento de los costos laborales, como opinan los economistas neoclásicos de la oferta, particularmente las versiones kaleckianas de esta escuela.

En la posición optimista de la recuperación a largo plazo figuran los autores norteamericanos que hablan de una “nueva economía” en Estados Unidos, la cual habría experimentado ciento doce meses de crecimiento, baja inflación y disminución de la tasa de desempleo.[5] Estas características serían las de una sociedad basada en el conocimiento y la ciencia, en la cual el mundo del trabajo queda minimizado como factor de reconstitución de la tasa de ganancia y de crecimiento del sistema capitalista.

 

2. El agotamiento de la new economy y la precarización del mundo del trabajo

 

El periodo de prosperidad que experimentó la sociedad nor- teamericana de 1993 a 2000 pareciera haber contradicho a quienes vislumbraban crecientes dificultades en el futuro. En efecto, según el Economic Report of the President (Washington, DC, enero 2001), durante dicho periodo la economía norteamericana experimentó cambios de orden cualitativo y estructural que condujeron a muchos autores a hablar del surgimiento de una nueva economía. El Reporte del presidente indica que después de un mediocre desempeño de Estados Unidos durante las décadas de los setentas y ochentas del siglo pasado, en la de los noventas experimentó un poderoso incremento de la tasa real de crecimiento económico (Gross Domestic Product, GDP). En ese periodo disminuyó relativamente la tasa de desempleo y, según las estadísticas del gobierno, se llegó al pleno empleo; las bajas tasas de inflación caracterizaron esa larga expansión. Se dice que aun con el crecimiento moderado de la segunda mitad de 2000, el desempeño económico de esos ocho años habría sido “impresionante”. Así, desde el primer cuarto de 1993 hasta el tercero de 2000 el GDP creció a una tasa promedio anual de 4.0%, o sea, 46% más que el crecimiento promedio acumulado de 1973 a 1993. Según la misma fuente, este “excepcional” crecimiento es un fiel reflejo tanto de la creación de empleos como del incremento de la productividad. Según el Informe, los empleos en nómina se incrementaron en 22 millones desde enero de 1993 y esa porción de la población empleada alcanzó su pico más alto.

En primer lugar, los empleos creados confirman que el capitalismo está muy lejos de ser una “sociedad sin trabajadores”, donde ya no opera la ley del valor y el trabajo asalariado y, en segundo lugar, que la naturaleza de dichos empleos es precaria; por tanto, así como aparecieron en la dinámica expansiva del ciclo pueden desaparecer en la fase recesiva, como está sucediendo en la actualidad. Es de resaltar el crecimiento de la precariedad del trabajo en los Estados Unidos, donde durante la década de los noventas la proporción de trabajadores que perdía sus puestos de trabajo aumentó 15%, mientras que los que después se reubicaban ganaban 14% menos en sus nuevos empleos.[6]

Y lo mismo se pude decir en el caso de Francia, donde

 

75% de los contratos tienen duración determinada (CDD) o son contratos interinos. En cuanto a los asalariados estables, todavía permanecen ciertamente mayoritarios en las empresas (59% de los asalariados tienen más de cinco años de antigüedad), pero constatan la precariedad de su situación, asistiendo, impotentes, a los golpes que la precariedad reparte en torno a ellos.[7]

 

A pesar de los evidentes signos desalentadores que presentaba la economía norteamericana a finales de los años noventas y ante la ausencia de un “relevo ideológico” que sirviera como faro de los presuntos “beneficios” del “modelo” neoliberal ante la caída de los NICs latinoamericanos (Brasil, México y Chile) y de los Tigres Asiáticos, Estados Unidos fue erigido por los ideólogos de la tríada hegemónica como la lumbrera milagrosa del desarrollo capitalista del presente y del futuro:

 

En Estados Unidos la euforia neoliberal de los ochenta se agudizó en los noventa, hacia el final de esa década, cuando ya se hacían notar claros signos de deterioro, el ‘modelo’ todavía seguía apareciendo como guía, ejemplo exitoso, no sólo para los países de alto desarrollo, sino también para la periferia. Algunos indicadores eran publicitados como demostración de un milagro que había quedado solitario luego del derrumbe de los ex-tigres asiáticos, por ejemplo, las buenas tasas de crecimiento del PBI, el bajo nivel de desempleo, el auge del consumo, el ascenso de las cotizaciones bursátiles y los beneficios de algunas grandes empresas.[8]

 

En medio de la crisis de larga duración de la economía mundial, particularmente agudizada desde 1997-1998, las tendencias depresivas de la new economy se acentuaron y contribuyeron a debilitar la duración e intensidad de los ciclos de auge de la economía capitalista como un todo. Tal es el caso de Estados Unidos durante la década de los noventas que, de acuerdo con Robert Brenner

 

ha sido —en términos de los principales indicadores macroeconómicos de crecimiento, producción, inversión, productividad e ingreso real— incluso menos dinámico que sus relativamente débiles predecesores de los años setenta y ochenta (para no mencionar a los de los años cincuenta y sesenta).[9]

 

Brenner agrega que “Después de la recesión de 1990, la economía de Estados Unidos ha experimentado la recuperación más lenta de los tiempos modernos”.[10] En efecto, entre 1990 y 1996, el PIB de este país sólo creció 2% en promedio. Pero después del declive de la new economy a finales de 2000 y comienzos de 2001, proyecciones del FMI (cuadro 1) indican que la economía mundial no sólo crecerá, sino que tendrá comportamientos negativos tanto en 2001 como en 2002, en un escenario de deflación y aumento del desempleo, como ya se constató en el tercer trimestre de 2001, cuando se contrajo la economía norteamericana 1.35%.[11]

 

Cuadro 1

Estimaciones del comportamiento del PIB, inflación y

desempleo en la economía mundial, 2001-2002

 

]

2001

I

20O2

CRECIMIENTO DEL PIB*

 

 

 

 

 

Mundo

2.4%

(-0.2)

 

2.4%

(-1.1)

Países G7 industrializados

1.0%

(-0.2)

 

1.6%

(-1.3)

Estados Unidos

1.0%

(-0.3)

 

0.7%

(-1.5)

Japón

-0.4%

(+0.1)

 

-1.0%

(-1.3)

Alemania

0.5%

(-0.2)

 

0.7%

(-1.1)

Francia

2.1%

(+0.1)

 

1.3%

(-0.8)

Italia

1.8%

(+0.1)

 

1.2%

(-0.8)

Gran Bretaña

2.3%

(+0.2)

 

1.8%

(-0.6)

Canadá

1.4%

(-0.6)

 

0.8%

(-1.4)

Unión Europea

1.7%

(-0.1)

 

1.3%

(-0.9)

Zona Euro

1.5%

(-0.3)

 

1.2%

(-1.0)

Países en desarrollo

4.0%

(-0.4)

 

4.4%

(-0.9)

África

3.5%

(-0.3)

 

3.5%

(-0.9)

Asia

5.6%

(-0.2)

 

5.6%

(-0.5)

China

7.3%

(-0.2)

 

6.8%

(-0.3)

India

4.4%

(-0.1)

 

5.2%

(-0.5)

América Latina

1.0%

(-0.7)

 

1.7%

(-1.9)

Oriente Medio/Turquía

1.8%

(-0.5)

 

3.9%

(-0.9)

Economlas en transición

4.9%

(+0.8)

 

3.6%

(-0.4)

Europa del Este y central

3.0%

(-0.5)

 

3.2%

(-1.0)

Rusia

5.8%

(+1.8)

 

3.6%

(-0.4)

INFLACiÓN

 

 

 

 

 

Países industrializados

2.3%

 

 

1.3%

 

Estados Unidos

2.9%

 

 

1.6%

 

Japón

-0.7%

 

 

-1.0%

 

Alemania

2.4%

 

 

1.0%

 

Francia

1.8%

 

 

1.1%

 

Italia

2.6%

 

 

1.3%

 

Gran Bretaña

2.3%

 

 

2.4%

 

Canadá

2.8%

 

 

1.6%

 

Total G7

2.2%

 

 

1.1%

 

Zona Euro

2.7%

 

 

1.4%

 

Países en desarrollo

6.0%

 

 

5.3%

 

África

9.6%

 

 

5.7%

 

Asia (sin Japón y China)

2.8%

 

 

3.0%

 

China

1.0%

 

 

1.0%

 

América Latina

6.3%

 

 

5.2%

 

Medio Oriente (sin Turquía)

9.4%

 

 

9.0%

 

Economías en transición

21.5%

 

 

18.1%

 

TASA DE DESEMPLEO

2001

 

 

2002

 

Países industrializados

6.0%

 

 

6.6%

 

Estados Unidos

4.9%

 

 

6.0%

 

Japón

5.0%

 

 

5.7%

 

Alemania

7.5%

 

 

7.8%

 

Francia

8.6%

 

 

8.9%

 

Italia

9.5%

 

 

9.4%

 

Gran Bretaña

5.2%

 

 

5.4%

 

Canadá

7.3%

 

 

8.0%

 

Total G7

6.0%

 

 

%6.6

 

Zona Euro

8.3%

 

 

8.6%

 

Fuente: FMI, en El Universal, martes 18 de diciembre de 2001.

*Las cifras indicadas entre paréntesis representan las revisiones (en puntos porcentuales) en relación con las previsiones anteriores del FMI.

 

 

Por otra parte, la crisis actual y la debilidad de la recuperación de Estados Unidos en la década de los noventas del siglo pasado tienen antecedentes en el deterioro de la tasa de rentabilidad de las economías capitalistas avanzadas, que fue mayor al registrado durante los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desde 1973 variables como crecimiento del producto, inversión, productividad y salarios reales, han representado sólo entre un tercio y 50% respecto a las tasas de los periodos 1950-73 y 1970-73, respectivamente. Incluso la rentabilidad agregada entre los años 1970 y 1990 en el sector manufacturero de las economías del G-7 fue inferior en 40% a la del periodo de 1950 a 1970.[12]

Por lo anterior, el “milagro norteamericano” se debe relativizar como lo que es: un fenómeno pasajero y contradictorio dentro del proceso ascencional de la crisis de la economía capitalista mundial.

Contra los postulados de la ideología neoliberal, no fue el mercado sino la intervención del Estado la responsable de la atenuación de la crisis en Estados Unidos. Efectivamente, la recuperación de la crisis de sobreproducción de la década de los setentas en ese país:

 

encontró durante los ochenta y noventa una valla de contención importante en el gasto público que suavizó los déficit de demanda causados por la desaceleración salarial. Los beneficios empresariales eran apuntalados comprimiendo los costos laborales, el mayor gasto público no tenía como contrapartida el aumento de los impuestos, sino la expansión de la deuda estatal. Ello fue acompañado por desajustes en la estructura industrial, la degradación de buena parte de la cultura técnica y la precarización del empleo. La integración social, una de las ‘conquistas’ de la era keynesiana, se fue deteriorando, creció la exclusión.[13]

 

La recuperación de la tasa de ganancia de Estados Unidos obedeció, entonces, a medidas monetaristas como la devaluación del dólar y la reducción salarial impuestas por el Estado:

 

A pesar de que en Estados Unidos el crecimiento seguía lento, la rentabilidad comenzó a subir, incluso en forma dramática hacia mediados de los noventa. Esto se debió, en parte, a que el crecimiento salarial fue eficazmente reprimido y el dólar fuertemente devaluado contra las monedas de Alemania y Japón. Pero, también en parte, a que el sector manufacturero de los EE.UU. logró una cierta racionalización y revitalización, principalmente mediante la eliminación del capital redundante e ineficaz y la intensificación del trabajo.[14]

 

Otros autores como Michael Mandel aseguran que la expansión de la new economy obedeció al creciente endeudamiento de las corporaciones no financieras y de las familias. Así es como la proporción de la deuda de las segundas respecto a su ingreso disponible subió de 80% en 1989 a alrededor de 100% en 2000, mientras que la de las primeras se incrementó 34% entre finales de 1997 y finales de 2000.[15] Además (señala Mandel, p. 200), la expansión de la new economy fue financiada con flujos de capital extranjero: en 1995 la inversión extranjera en Estados Unidos representaba sólo 8% del total de la inversión norteamericana (residencial y de las corporaciones) mientras que para 2000 dicha inversión extranjera había alcanzado un pico de 26% del total de la inversión, lo que convirtió a ese país en un deudor neto en escala masiva; su deuda alcanzó la fabulosa cifra de 1 billón de dólares a finales de 1999.

Todo ello desmiente a quienes hicieron una “panacea” del crecimiento económico neoliberal, pues ya no se puede ocultar que uno de los rasgos esenciales de este crecimiento es su propensión a acusar niveles decrecientes de las variables que indican el incremento de la acumulación de capital. En efecto,

 

En la misma medida en que la globalización con predominio neoliberal se ha impuesto, la economía mundial ha ido creciendo de una forma más lenta. Si entre 1950 y 1973, el producto a nivel mundial creció a un ritmo de casi 5%, en promedio anual, y entre 1974 y 1980 descendió hasta 3.5%; entre 1981 y 1990, creció solamente 3.3% en promedio, y en los más recientes años, entre 1990 y 1996, ese ritmo de crecimiento fue sumamente bajo, de solamente 1.4 por ciento.[16]

 

De lo anterior resulta que, ante el declive histórico de las tasas de crecimiento de la economía mundial y el consiguiente deterioro de la tasa de ganancia de las principales corporaciones multinacionales y globales, los verdaderos artífices del desarrollo del capitalismo mundializado de finales del siglo XX y principios del siglo XXI son el aumento de la tasa de explotación del trabajo, la reducción salarial y el incremento de la productividad del trabajo con cargo en el desarrollo tecnológico.

Cae, pues, por su propio peso la idea corriente de que el “secreto” del milagro norteamericano se tiene que encontrar únicamente en la dinámica bursátil (burbuja financiera) y en la política de la FED del gobierno estadounidense.

En contraposición con esa postura, François Chesnais afirma que el crecimiento en ese país tiene en su base el aumento de los índices de productividad y de las tasas de explotación del trabajo. Así nos dice que:

 

El aumento de la productividad es una de las razones, sin ser de ningún modo la única, del bajo nivel de inflación conocido por la economía estadounidense durante un periodo tan largo de expansión cíclica. Pero existe asimismo el nivel —más importante todavía— de las relaciones de explotación, que permite explicar de qué manera un régimen de acumulación tan marcado por un proceso de valorización del capital, en el que los dividendos y los intereses ocupan buena parte de los beneficios que las empresas reservan para la inversión y para la investigación y desarrollo, no se adentra de inmediato en un callejón sin salida. El aumento de los índices de explotación de los trabajadores ha equilibrado, al menos en parte, el crecimiento de los beneficios distribuidos a los accionistas.[17]

 

  Bajo esta nueva estrategia globalizadora del capital, para resarcir la tasa de ganancia y mantener la ilusión del crecimiento sostenido, los mercados laborales de prácticamente todo el mundo son sometidos cada vez más a todo tipo de arbitrariedades y a la superexplotación del trabajo que se engrana con los nuevos métodos de producción y organización laboral de la ideología toyotista. Además, dichas estrategias se van adueñando de procesos de trabajo y de franjas de trabajadores en los países desarrollados, lo cual demuestra que las bases del “milagro norteamericano” tienen allí su explicación y no, como se divulga en los medios oficiales, en el desarrollo de la ciencia y la tecnología, o como lo difunden también los medios de comunicación que

 

atribuyen el crecimiento económico estadounidense de la última década a “la revolución de la información” y a la tecnología de la informática. Sin embargo, en Japón se ha aplicado la misma tecnología al robotizar las fábricas, y el crecimiento del país se ha estancado los últimos diez años. Europa también ha aplicado las tecnologías de informática, obteniendo el mismo crecimiento lento como resultado […] El “secreto” del “milagro económico” de EU no son las tecnologías avanzadas sino el hecho de que se ha intensificado la explotación de los trabajadores por parte de los patrones y el absoluto control de éstos sobre el lugar de trabajo […] El presidente del Banco Central de EU (o la Reserva Federal), Alan Greenspan, afirmó sin empacho “[…] que la gran ventaja que EU tiene sobre Europa y Japón es que el empresariado estadounidense goza de mayor libertad para contratar y despedir a sus empleados.

Las compañías estadounidenses no sólo pueden despedir más fácilmente a sus empleados que las europeas, sino que también les sale más barato […] existen muy pocas, si es que las hay, “garantías de liquidación”. Según Geenspan, ‘la falta de rigidez laboral es la clave del milagro económico de EU’.

La rigidez laboral en Europa implica de cuatro a seis semanas de vacaciones, en vez de una o dos semanas que se dan en EU, la obligación de las empresas de hacer mayores contribuciones para financiar programas de pensiones y de salud, así como una semana laboral más corta para todos los trabajadores.

En otras palabras: el “secreto” del milagro económico estadounidense es el poder que el capital usa para despedir a los trabajadores a voluntad, el poder obligar a los asalariados del país a trabajar 30 por ciento más horas que los europeos con muy poco o ningún fomento a la salud.

Así, las “nuevas tecnologías” no incrementan directamente la productividad. Más bien, una explotación intensificada de los trabajadores estadounidenses permite introducir estas nuevas tecnologías para beneficio de los capitales.

Mientras que los asalariados europeos disfrutan hoy de más tiempo libre que hace 20 años, en EU se cumple exactamente lo contrario, pues los trabajadores trabajan 20 por ciento más y cuentan con menos garantías en cuanto a cobertura médica y pensiones.[18]

 

Pero, ¿cómo se llegó a esta situación?

Muchos analistas ven la clave del éxito de esta imposición de la estrategia patronal posfordista en las derrotas que sufrieron la clase obrera y, en general, los movimientos populares en el curso de la década de los ochentas. Así, según Giovanni Alves:

 

En los países capitalistas centrales, la nueva ofensiva del capital en la producción, a partir de mediados de los años setenta, se orientó a debilitar la condición obrera desmontando ventajas y beneficios sociales inscritos en el Welfare State, elevando los niveles de desempleo estructural, como en el caso de Europa Occidental, o precarizando el mercado de trabajo, como en el caso de Estados Unidos. Es un proceso histórico de larga duración que prosigue hasta nuestros días.[19]

 

Sin embargo, esa derrota no fue homogénea, sino que dependió de distintas coyunturas y correlaciones de fuerzas en cada país o región.

En efecto, las diferencias estructurales y políticas entre los trabajadores estadounidenses y los europeos se derivan del distinto grado de organización y presión que la clase obrera ejerce sobre el Estado y el capital. En Estados Unidos, a la caída del nivel organizativo de los trabajadores expresada en la precarización del trabajo corresponden fenómenos tales como

 

el hecho de que en términos de protección contra la enfermedad, de jubilación, etc., el precio de venta de la fuerza de trabajo de los obreros norteamericanos haya caído, en particular desde los años sesenta, a niveles bastante  inferiores que los de los países europeos. Lo mismo vale para la duración del trabajo: semana más larga y vacaciones pagadas mucho más cortas.[20]

 

El estancamiento de los salarios por más de una década en Estados Unidos ocurrió durante la administración de Bill Clinton, lo que en verdad coadyuvó a la recuperación y el crecimiento de la tasa de ganancia de las grandes empresas con capacidad de acumulación dentro del sector privado respecto a sus comportamientos históricos de 1978 y 1989.[21]

Efectivamente, de acuerdo con Brenner[22] en Estados Unidos, junto a un declive de la productividad del trabajo entre 1973 y 1990, el salario real por hora trabajada en el sector privado se desplomó 12%, declinando a una tasa anual de 0.7% y, según el mismo autor, no volvió a recuperarse sino 24 años después, en 1997. En el sector manufacturero, la declinación anual promedio del salario fue de 0.8%, acumulando una pérdida de 14% en términos reales entre 1973 y 1990. Es más: entre 1979 y 1999 en Estados Unidos se consolidó un mercado de trabajo de bajos salarios ya que “más de la mitad de la fuerza laboral ha experimentado en sus salarios descensos de 8% a 12%, durante el periodo entre 1979 y el presente […] Hoy en día casi un tercio de todos los trabajadores están ocupados en labores de baja calificación que pagan menos de US$15 000 al año”; es decir, unos 40 dólares por día.[23]

De esta forma, los empleos se vuelven más sensibles al comportamiento histórico del ciclo económico porque los mercados de trabajo se han colocado como elementos fundamentales del patrón neoliberal de acumulación de capital en Estados Unidos. Además, porque la crisis mundial (que Chesnais caracteriza como económica y no sólo financiera), “hunde sus raíces en las relaciones de producción y de distribución que rigen cada economía y comandan el carácter jerarquizado de la economía mundial tomada en su conjunto”.[24] Esta caracterización rompe con las concepciones exogenistas de la crisis y la considera como un mecanismo endógeno de funcionamiento del capitalismo neoliberal. Así, la new economy asume el régimen de superexplotación porque el sistema

 

lleva el sello de un régimen de acumulación que superexplota a los trabajadores, que presiona a las más amplias capas de la sociedad por medio del impuesto y el interés sobre los créditos, pero que no llega, sin embargo, a apropiarse y a centralizar la cantidad de riquezas que necesita el capital. Según lo demuestra Claude Serfati, aunque el grado de explotación del trabajo aumentó mucho por la disminución de los salarios, así como por la intensificación del trabajo y, en muchos países, por la extensión de su duración, el sistema capitalista como un todo no produce suficiente valor. ¿Por qué? Porque la inversión ha caído a niveles muy bajos (…), de manera que globalmente la acumulación no arroja a la plaza suficiente capital nuevo creador de valor y plusvalía.[25]

 

Coincido con la idea de que la caída de la inversión productiva provoca la insuficiencia de la producción de valor en la economía neoliberal en la medida en que se reduce la masa de fuerza de trabajo empleada por el capital en la esfera de producción y, por ende, de la producción de valor y plusvalía. Sin embargo, hay que señalar que como causa adicional de la disminución a largo plazo de la masa de valor (que en buena medida responde por el concomitante aumento de la inversión improductiva-especulativa), figuran el reemplazo de fuerza de trabajo viva por equipos, maquinaria y tecnología informati- zados, además de los despidos en masa de trabajadores y del incremento inusitado del desempleo.

En este sentido, Jeremy Rifkin asegura que:

 

la tercera revolución industrial fuerza una crisis económica de ámbito mundial de proporciones monumentales, debido a que millones de personas pierden sus puestos de trabajo a causa de las innovaciones tecnológicas, mientras que el poder adquisitivo se desploma. Al igual que ocurrió en la década de los años 20, nos hallamos peligrosamente cerca de una gran depresión, mientras que ninguno de los actuales líderes mundiales quiere reconocer&