LA CIENCIA CONTABLE


Roberto Gómez López

3. LA VALORACIÓN CONTABLE.

La función de medición dará como resultado una serie de magnitudes de carácter heterogéneo que necesariamente deberán ser homogeneizadas, es decir, deberán referirse a un patrón de medida común. Éste suele ser la unidad monetaria, aún cuando podría utilizarse cualquier tipo de unidad. La homogeneización se consigue a través de la función de valoración, objeto de estudio y comentario en este epígrafe.

La profesora Piedra (1995) expresa en este sentido que “la necesidad del cambio y la dificultad de encontrar una unidad común de medida para las diferentes especies de factores que intervienen en los fenómenos económicos, conlleva la aparición del régimen de economía monetaria, surgiendo así el doble aspecto de la circulación de valores: real y monetario.

En este contexto, parece evidente que tanto la medición como la valoración se encuentran íntimamente relacionadas, resultando aún más patente esta vinculación dentro del ámbito contable, donde ambas se conjugan en la resolución de un mismo problema: el de la homogeneización de las magnitudes.

La expresión monetaria de una cantidad de cualquier magnitud requiere, previamente, la determinación de su valor físico al que le será aplicado el correspondiente factor de conversión”.

El profesor Requena (1977) distingue en el proceso de medición monetaria tres momentos consecutivos:

1.- Medición física. 2.- Fijación del correspondiente parámetro de conversión, que se co noce como precio de un determinado elemento y representa, por tanto, el valor del mismo. 3.- Expresión monetaria de las unidades físicas obtenidas en la medición a través de la aplicación del coeficiente obtenido en la segunda fase.

La referida homogeneización de magnitudes físicas diferentes, nos permite la determinación de su valor. Ahora bien, en tal proceso consideramos un cierto precio, que posee un carácter relativo, y que normalmente viene expresado en unidades monetarias, pero que por su consideración de instrumento generalizado de la expresión del valor de los bienes resulta de alta utilidad y permite la factibilidad de los procesos agregativos que, con posterioridad, tienen lugar dentro del método operativo contable.

La doctrina viene dando soluciones al problema de alcanzar la necesaria homogeneidad en la información suministrada por la Contabilidad.

Entre ellas se encuentran las del profesor Ijiri, que cuestionan la indispensable necesidad de la valoración de nuestra disciplina. Dicho autor considera que todos los fondos y flujos que intervienen en la estructura circulatoria de la empresa son susceptibles de representarse mediante tres formas: enumeración, medición física y valoración.

En palabras del profesor Fernández Pirla (1976) “todo proceso de valoración es complicado por la relatividad que el mismo entraña, pero esta nota de incertidumbre se acentúa, sin duda alguna, cuando se trata de las valoraciones en la empresa...”, aunque “todo lo dicho no debe interpretarse en el sentido de que las valoraciones en la empresa no pueden realizarse”.

Por “la consustancial naturaleza de las magnitudes contables, la práctica de la valoración monetaria de sus cantidades entraña la necesidad de desarrollar sus procesos en base a un conjunto de normas de procedimiento que permitan garantizar, para el valor obtenido, el mayor grado de exactitud y veracidad, máxime cuando, independientemente de la relatividad intrínseca de las mismas, la propia esencia de la valoración y su posible multiplicidad de fines, agrega nuevos obstáculos en la adopción de las i que proceda aplicar en cada caso como factor de conversión de las medidas físicas en monetarias” (REQUENA, 1988).

De todas formas, debe quedar garantizada el máximo nivel de rigurosidad, independientemente de la posible controversia resultante de la elección de un determinado sistema de medición, ya que, “por la consustancial naturaleza de las magnitudes contables, el proceso práctico de la valoración monetaria de sus cantidades ha de llevarse a cabo, necesariamente, en base a un conjunto de normas y procedimientos que presten la necesaria armonía y homogeneidad a esta formulación contable, habiéndose desarrollado por parte de la doctrina toda una serie de criterios o normas de actuación que se constituyen como base de cualquier valoración. El sustrato latente en todo este conjunto de criterios no es sino el producto de un proceso creativo, por parte de la doctrina contable, al objeto de alcanzar una cada vez mayor fiabilidad y perfeccionamiento en la elaboración de la información que ha de suministrar la Contabilidad” (RODRÍGUEZ ARIZA, 1986).

Otro factor de distorsión, que afecta al problema de la valoración monetaria, es la inestabilidad en la que se encuentra inmerso el factor de homogeneización que puede proceder aplicar en cada situación para la conversión de las unidades físicas en unidades monetarias. Al respecto, considera Quesnot (1974) que “el edificio de la Contabilidad descansa sobre la equivalencia de los valores, y la primera condición de esta equivalencia es la estabilidad de la moneda. Tan pronto cesa dicha estabilidad, la Contabilidad pierde todo su valor. Desprovista de significación, se convierte en ficción, y los balances ilusorios que la traducen, lejos de proporcionar la expresión de la situación de las empresas, no son sino instrumentos sistematizados de error”.

El profesor Fernández Pirla (1970) señala, en este sentido, que toda formulación contable descansa en el postulado fundamental de permanencia en el patrón monetario de medida, y afirma, que cuando la estabilidad monetaria queda alterada, la Contabilidad pierde su significado, su función representativa, y pasa a exponer un conjunto heterogéneo de valores no comparables entre sí, porque vienen expresados en distintas unidades monetarias de medida que están dadas por los diversos poderes de adquisición del dinero correspondiente a las fechas en que fueron realizadas las inversiones”.

Existe, por otra parte, un conjunto de principios que deben presidir los procesos de valoración, para garantizar el mayor grado de exactitud y veracidad.

En este contexto, son notables las aportaciones de numerosos autores en pro de conseguir el establecimiento de convenciones y normas de aplicación generalizada. Entre otros, podríamos citar a Mateo Pantaleoni, Moonitz, Paul Grady, Paton y Little, Sanders, Hatfield y Moore, en el ámbito internacional, y a los profesores Cañibano, Gonzalo Angulo y Cea, en el nacional. Igualmente, merecen especial reseña el informe Trueblood y las normas del International Accounting Standars Commitee (I.A.S.C.), las de la Cuarta Directriz de la Comunidad Económica Europea, los principios de la Asociación Española de Contabilidad y Administración (A.E.C.A.) y los principios y normas de valoración del Plan General de Contabilidad de 1990.

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