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Diferencias y similitudes en las teorías del crecimiento económico

CRECIMIENTO ECONÓMICO Y CAPITAL HUMANO

 

El aspecto esencial de la corriente de los neoclásicos con respecto a la acumulación del conocimiento es el de plantear modelos que analicen los efectos de los cambios estocásticos de la productividad sobre las diferentes macromagnitudes económicas. Otros factores, según Gould y Ruffin (1993), como la estabilidad política, mínimas barreras comerciales, infraestructura física adecuada y un bajo gasto de funcionamiento del gobierno, se correlacionan de forma positiva con el crecimiento económico de corto y largo plazo.

 

Otro conjunto de teorías, referidas a países en desarrollo, pone el énfasis en la posibilidad de que sea la escasez de ahorro, interno y externo, la que obstaculiza las posibilidades de inversión[1]. Aunque todas las teorías reconocen el papel central del proceso de ahorro – inversión, muchas lo visualizan más bien como el mecanismo a través del cual se transmiten fuerzas motrices que tienen un origen o naturaleza diferentes. Una de tales fuerzas es el cambio técnico o, más en general, la creación de conocimientos.

 

La teoría neoclásica del crecimiento situó la acumulación del capital en el centro de atención, como una especie de bien público que se produce fuera de los circuitos económicos, al cual se accede sin costo alguno. La teoría del crecimiento endógeno, reconoce que tanto el capital humano como el conocimiento general tienen una característica adicional: su capacidad para generar nuevo conocimiento.

 

Los retornos crecientes a escala que caracterizan el desarrollo de la acumulación del conocimiento son, por tanto, el rasgo distintivo de estas teorías, que difieren, sin embargo, en el énfasis otorgado a la “transferibilidad” del conocimiento o a su “apropiabilidad”. Mientras aquellas teorías del crecimiento endógeno que resaltan la transferibilidad del conocimiento se acercan a los análisis neoclásicos más tradicionales, aquellas que ponen el énfasis en su apropiabilidad están más próximas a otras, de origen más microeconómico, derivadas de Schumpeter, que destacan en especial la apropiación del conocimiento como fuente de poder del mercado.

 

La nueva teoría neoclásica enfatiza en la estructura productiva de los países, y principalmente en sus externalidades tecnológicas. Por ejemplo, Grossman y Helpman (1991) demuestran que los países con alta especialización en procesos tecnológicos pueden experimentar altas tasas de crecimiento en el largo plazo en relación a los países que se especializan en la producción de bienes tradicionales y con bajo valor agregado.

 

La teoría del capital humano, desde su aparición a mediados de la década del sesenta[2] ha tomado importancia en el ámbito económico y social. Las hipótesis provisionales que se establecen son las siguientes: Los tres desafíos más exigentes y de mayor impacto en la actualidad son la sustentabilidad, la gobernabilidad y la cooperatividad.

 

Estas hipótesis planteadas permiten intentar el diseño de un modelo inter –sectorial que acumula las relaciones que se producen en estas tres dimensiones. De esta manera el triángulo mayor quedaría conformado por tres subtriángulos:

Esquema 1: Triángulo de la Contemporaneidad

 

Fuente: Guedez, 2004.

 

La congregación de los subtriángulos de la sustentabilidad, la gobernabilidad y la cooperatividad producen un conjunto en el cual se conjugan las expectativas fundamentales de nuestro tiempo. Pero, como se aprecia, la convergencia de estos triángulos produce el surgimiento de un triángulo central que promueve los soportes de estabilidad necesarios para que la construcción general de la figura se mantenga. Este elemento central no sólo favorece la resolución formal del esquema, sino que también proporciona el centro fundamental de todo el modelo. Al igual que el resto de los triángulos, este triángulo central contiene tres componentes. Ellos son, precisamente, la ética, la educación y el espíritu empresarial.

 

Sin ética, educación y espíritu empresarial habría más especulación que crecimiento económico, mas injusticia que equilibrio social, y más contaminación que preservación ambiental. Sin ética, educación y espíritu empresarial habría más corrupción que institucionalidad, más incultura que civismo, y más desconfianza que confianza.

 

Entre otros datos comparativos importantes, este cuadro nos hace entender que el Capital Social se asocia con las sociedades aptas, las cuales son también aquellas que más se adaptan y que, en consecuencia, se inclinan más hacia el desarrollo. Al confrontar tales informaciones con el triángulo de la contemporaneidad se observa que lo opuesto a la sustentabilidad es el rentismo, lo contrario a la gobernabilidad es el caudillismo y lo inverso al cooperativismo es el estatismo. Estas desviaciones son las causas y las consecuencias de la poca consolidación del capital social.

 

La confianza aparece como un valor esencial, pues ella es la base de las relaciones, interacciones, acuerdos y compromisos de las sociedades. La confianza está acompañada por la comprensión, la cual es la causa y el efecto de la interacción humana, así como el medio y el fin de la comunicación. La comprensión es expresión de acuerdo y sinónimo de negociación. Es la mejor defensa ante las situaciones extremas de racismo, xenofobias y exclusiones. Comprender es aprender conjuntamente porque permite armonizar intereses no coincidentes.

 

En este orden se encuentra la honestidad, que es actuar con la transparencia propia de quien no esconde nada distinto a lo que comparte con los otros. Es la sinceridad en su expresión superlativa. Posteriormente, aparece la tolerancia que es algo distinto a aceptar todo lo que los otros dicen, pues eso sería ser idiota; tampoco es no prestar importancia ni atender el sentido de lo que otros dicen, pues ello sería indiferencia.

 

Más bien, tolerancia es atender la opinión de los otros con respeto y comprensión, pero asumir la responsabilidad de una interacción equilibrada y beneficiosa. El grado de tolerancia se asocia con el nivel de cultura de la gente, con su amplitud mental, con su fecundidad afectiva, con su compromiso ético, en definitiva, con su dimensión humana. Finalmente, la reciprocidad se apoya en la premisa de que siempre la cooperación genera un beneficio individual superior a la traición.

 

En definitiva, se produce un conocimiento mutuo que amplía las repercusiones para un conocimiento en comunión. Antes de concluir estas consideraciones sobre el capital social, convendría recordar que este concepto está siendo medido actualmente por organizaciones internacionales, en función de índices de confianza, intención de voto, modelos de participación, horas voluntarias dedicadas a causas sociales, transparencia y a normas de conducta en las organizaciones.

Pero, además del capital social, hay que pensar en el capital humano y en el capital físico, pues los tres conforman un núcleo concéntrico desde la perspectiva de la calidad de vida. El concepto de capital humano procede de la necesidad de redimensionar el aporte del ser humano a los procesos de productividad empresarial y el favorecimiento de las dinámicas del desarrollo de los países. Cuando el ser humano se concibe como un "recurso humano" lo que se pretende es objetivarlo para engranarlo dentro de los otros objetos que se acoplan en las tareas y actividades de un mecanismo. Por el contrario, cuando se recurre a la expresión "capital humano" se piensa en el ser como un potencial que dinamiza sus atributos a favor del desarrollo de los otros seres humanos.

 

Esta noción de la capacidad y del aporte del ser humano se ha ido afianzando hasta traducirse en la aceptación de que el capital humano es el verdadero capital, mientras que los otros capitales son simples derivaciones de él. Entre otras cosas, esto ha llevado a que las organizaciones y las naciones tomen conciencia de que lo más importante es el recurso humano. La gente es el origen, la naturaleza y la finalidad de las organizaciones y de los países y sin éste no se reproduce capital de ningún tipo.

 

El capital humano está asociado a los capitales esenciales del ser, es decir, al capital intelectual, al capital intuitivo, al capital emocional y al capital relacional. El capital intelectual es la capacidad de obtener, crear, procesar, asimilar, aplicar, optimar y evaluar las informaciones y conocimientos asociados a determinadas exigencias productivas, recreativas o asociativas. Por su parte, el capital intuitivo es la aptitud para generar asociaciones cognoscitivas e innovativas no relacionadas explícitamente con la intervención de los esquemas lógicos propios de los procesos racionales.

 

El capital emocional es la disposición de identificar, convocar, aprovechar, controlar y orientar las emociones a favor de propósitos constructivos. Finalmente, entendemos por capital relacional a la actitud humana de relacionarse para establecer tejidos de interacciones que aseguren el crecimiento conjunto como consecuencia del crecimiento personal, y el crecimiento personal como consecuencia del crecimiento del conjunto.

 

Los esfuerzos productivos dentro de las organizaciones y las expectativas de desarrollo en los países requieren, adicionalmente, del capital físico el cual permite disponer de recursos y de las condiciones necesarias para que las cosas ocurran de la mejor manera.

 

Fukuyama (1996), define el capital social como “la capacidad que nace a partir del predominio de la confianza en una sociedad o en determinados sectores. Puede estar personificado en el grupo más pequeño y básico de la sociedad, la familia, así como en el grupo más grande de todos, la nación, y en todos sus grupos intermedios, entre ellos las firmas productivas. El capital social difiere de otras formas de capital humano en cuanto que, en general, es creado y transmitido mediante mecanismos culturales como la religión, la tradición o los hábitos históricos”.

 

 

Esquema 2: La gestión empresarial del desarrollo: un asunto de conectividad

 

Fuente: Cardona y Osorio. 2002

 

 

En el esquema 2, el conocimiento es el eje transversal a las categorías de estudio, y las redes aparecen como el elemento conector entre el capital físico, determinado por la tecnología, y el capital humano, que comprende la fuerza de trabajo calificada. Los procesos que se tejen tienen un componente básico en la confianza, el cual gira alrededor de la articulación interempresarial y dan lugar al capital social.

 

De esta forma, el capital social se relaciona con las formas organizativas propias de una sociedad en las que el principal valor es la confianza, y el principal objetivo es el beneficio compartido, ambos expresión del desarrollo. De acuerdo con el planteamiento de Fukuyama (1996), el desarrollo es un proceso basado en la confianza y la cooperación; para alcanzarlo se debe tomar en cuenta las dos formas básicas de capital: el físico, que facilita el progreso, y el social que determina el bienestar.

 

 

Esquema 3: Elementos determinantes del capital social


Fuente: Maroso, 2001, teniendo en cuenta conferencia de Fukuyama del 2000.

 

 

La introducción de nuevos valores dentro de las propuestas de desarrollo, significa no sólo reevaluar los instrumentos teóricos políticos e institucionales relevantes a los procesos de desarrollo; en el fondo, significa pensar en la noción de calidad de vida, en el sentido no solamente material, sino también como reflejo de las relaciones sociales entre todos los seres humanos (Hissong,1996:90).

El centro de todo desarrollo debe ser el ser humano y, por lo tanto, el objeto del desarrollo es ampliar las oportunidades de los individuos. Esto se traduce en aspectos tales como: el acceso a los ingresos, no como fin, sino como medio, para adquirir bienestar; la vida prolongada, los conocimientos, la libertad política, la seguridad personal, la participación comunitaria, la garantía de los derechos humanos.

 

El enfoque de Desarrollo Humano difiere, además del enfoque tradicional sobre crecimiento económico, de otros como los que tienen que ver con la formación del capital humano, con el desarrollo de Recursos Humanos y con el de Necesidades Humanas Básicas. Las teorías acerca de la formación de capital humano y el desarrollo de Recursos Humanos conciben al ser humano como medio y no como fin, el ser humano como instrumento de producción, como bienes capital, sin fines ulteriores y beneficiarios.

 

El enfoque de Bienestar Social, por su parte, considera a los seres humanos más como beneficiarios pasivos del proceso de desarrollo que como seres que participan en él; colocando su mayor énfasis en las políticas de distribución en lugar de las estructuras de producción. Finalmente, el enfoque de las Necesidades Básicas generalmente se concentra en el grueso de bienes y servicios que requieren los grupos desposeídos: alimento, vivienda, ropa, atención médica y agua. Se centra en el suministro, en las carencias, en las ausencias, en lugar de las oportunidades y los logros.

 

Estas diferencias entre los enfoques de desarrollo no son incompatibles; por el contrario, puede haber coincidencias, en aspectos tales como la clasificación de grupos, identificación de poblaciones con requerimientos. La diferencia fundamental se ubica en la manera como se debe asumir y conquistar el desarrollo. Según Haq (1995), "El paradigma de desarrollo humano actualmente es el modelo más holista. Este contiene todos los aspectos del desarrollo, incluyendo el crecimiento económico, inversión social, potenciación de la gente, satisfacción de las necesidades básicas, seguridad social y libertades políticas y culturales entre otros aspectos”.

 

De lo anterior, se desprende que el Desarrollo Humano es un concepto holista dado que abarca múltiples dimensiones, en el entendido de que es el resultado de un proceso complejo que incorpora factores sociales, económicos, demográficos, políticos, ambientales y culturales, en el cual participan de manera activa y comprometida los diferentes actores sociales; es el producto de voluntades y corresponsabilidades sociales que está soportado sobre cuatro pilares fundamentales: productividad, equidad, sostenibilidad y potenciación (Empowerment).

 

1.       La productividad. Consiste en aumentar la productividad mediante la participación de la gente en el proceso productivo. Este es un elemento esencial del Desarrollo Humano, que se traduce en invertir en las personas y en el logro de un ambiente macroeconómico posibilitante. Muchas sociedades del Este de Asia han logrado importantes avances en su desarrollo invirtiendo en el capital humano. (Haq, 1995:19).

 

2.       La equidad. Consiste en otorgar y garantizar la igualdad de oportunidades para todos los sectores y grupos humanos. Es la eliminación de barreras que obstruyen las oportunidades económicas y políticas, permitiendo que todos disfruten y se beneficien en condiciones de igualdad. Si el Desarrollo Humano significa ampliar las posibilidades de la gente, ésta debe disfrutar de un equitativo acceso a las mismas, de lo contrario la falta de equidad se traduciría en una restricción de oportunidades para muchos individuos. (Haq, 1995:19).

 

3.       Sostenibilidad. Consiste en asegurar, tanto para el presente como para el futuro, el libre y completo acceso a las oportunidades; en restaurar todas las formas de capital humano, físico y ambiental. Para alcanzar un auténtico desarrollo se debe reponer todo el capital utilizado para garantizarle a las futuras generaciones la igualdad de opciones y de recursos para el logro de sus satisfacciones. La única estrategia viable para hacer del desarrollo sostenible, es mediante la recomposición y regeneración de todas las formas de capital (Haq, 1995:18).

 

4.       Potenciación o empoderamiento. (Empowerment) El Desarrollo Humano no es paternalista, tampoco basado en la caridad o en el concepto de bienestar. El foco está en el desarrollo por la gente. La peor política para la gente pobre y las naciones pobres es la de colocarla en permanente caridad. Esta estrategia no es consistente con la dignidad humana y además no es sostenible en el tiempo. El empowerment significa que las personas están en capacidad de ejercer la elección de sus oportunidades por sí mismas. Esto implica que las personas puedan tener influencia en las decisiones que se tomen y diseñen. Para ello se requiere de libertades económicas para que la gente se sienta libre de excesivos controles y regulaciones. Significa también descentralización, que la sociedad civil, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´S), participen activamente en el diseño e implementación de decisiones

 

El Desarrollo Humano, dada la definición del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) "… no es una medida de bienestar, ni tampoco de felicidad. Es en cambio una medida de potenciación", que propicia las oportunidades para las futuras generaciones y basado en el respeto del ambiente.

 

El concepto de desarrollo humano, deriva de la noción de desarrollo como proceso de expansión de las capacidades humanas, que ha sido formulado por Amartya K. Sen (1990). Sen basa su noción de "capacidades" en la obra del filósofo moral John Rawls, y en su "Teoría de la Justicia". Para Rawls, la privación se define en términos de disponibilidad de "bienes primarios", algunos de los cuales se refieren a bienes materiales, otros a "libertades básicas".

 

Según Rawls, las personas deben tener la opción de perseguir fines diferentes, cualesquiera que sean. Las "capacidades" de Amartya Sen (1990) se refieren tanto a lo que la persona puede ser o hacer ("opciones") y lo que llega efectivamente a ser o hacer ("logros"), y no a los bienes de los que dispone. El disfrute de una larga vida, una mayor educación, la dignidad y el respeto de sí mismo son elementos que permiten ampliar la gama de opciones disponible para el individuo.

 

La provisión de bienes es una condición necesaria, pero no suficiente, para ampliar esas opciones. Y lo que es más importante, la gama de opciones disponible y los logros que se alcanzan aumentan o disminuyen con relativa independencia del monto de bienes accesible, en función de variables culturales o distributivas o de la capacidad de una sociedad para proporcionar bienes públicos como la seguridad o la salubridad, que por lo general el mercado no puede proveer. El acceso a los bienes, en suma, puede proporcionar la base de un nivel de vida más alto, pero no son per se sus elementos constituyentes. El desarrollo, para Sen (1990), debe estar centrado en la persona y no en los bienes, superando el reduccionismo del homo economicus.

 

Las reflexiones de Sen y el concepto de desarrollo humano se inscriben en una línea de pensamiento crítico sobre el desarrollo iniciada en los primeros años setenta, que ha cuestionado la preocupación exclusiva por el crecimiento de la producción de bienes, y se ha centrado en los problemas de la distribución, de la necesidad y de la equidad. Esto es, por las dimensiones sociales del desarrollo y la satisfacción de las necesidades humanas esenciales (Doyal y Gough, 1994).

 

Los precedentes más directos del concepto del PNUD son el llamado "enfoque de las necesidades básicas" planteado por la Organización Internacional el Trabajo (OIT) en 1974 y el "desarrollo a escala humana" popularizado por la Fundación Dag Hammarskjöld a mediados de los años ochenta (Max-Neef, 1994). El enfoque de las capacidades, sin embargo, pretende superar el enfoques de las necesidades básicas proponiendo centrar la discusión en la persona y sus capacidades, y no en los bienes a la que esta ha de acceder.

 

La noción de "Desarrollo humano", el IDH y la clasificación de países a la que el IDH da lugar pretenden ser una alternativa no economicista a las teorías económicas convencionales, que identifican el crecimiento económico y el desarrollo, y que durante décadas han considerado que el crecimiento de la producción, medido a través del Producto Interno Bruto (PIB), traería aparejado por sí sólo mayor bienestar y crecientes oportunidades para desplegar las potencialidades humanas. En esta lógica, el PIB per cápita se convirtió casi en la única medida del desarrollo. El Informe sobre el Desarrollo Mundial que anualmente publica el Banco Mundial, por ejemplo, clasifica a los países en categorías basadas en el Producto Interno Bruto per cápita.

 

Esta identificación, en la que el crecimiento del PIB per cápita es el fin último de las políticas económicas y de la organización social, permea todavía hoy el saber común y el discurso político. Sin embargo, más de cuarenta años de políticas de desarrollo de diverso signo han ido mostrando que el crecimiento ha venido frecuentemente acompañado por la agudización de la desigualdad y la pobreza, el deterioro ambiental y el acelerado agotamiento de los recursos. El PIB per cápita, que es sólo un promedio nacional y no incluye los "costes ambientales" del crecimiento ha sido finalmente incapaz de reflejar cuantitativamente estos procesos.

 

El concepto de desarrollo humano no hubiera podido desafiar a las nociones economicistas ni al PIB sin ofrecer un indicador alternativo que permitiera medir, evaluar y comparar grupos y países. El Índice de desarrollo humano (IDH) ha pretendido cubrir esta necesidad. El IDH es un índice global entre un valor mínimo de cero y un máximo de uno, que se calcula a partir de indicadores parciales que reflejan la longevidad, la educación y el ingreso real per cápita. La longevidad se considera resultado de las condiciones de salud y nutrición y se expresa como esperanza de vida al nacer. El acceso a la educación se calcula a partir de la proporción de población alfabetizada y de los años de escolaridad promedio.

 

El ingreso real, por último, se obtiene a partir del PIB per cápita ajustado según el coste de la vida local, calculado a partir de paridades del poder adquisitivo (PPA) y de acuerdo a la utilidad marginal del ingreso. En 1994 los 173 países del globo, incluyendo los nuevos Estados surgidos de la desmembración de la URSS, se ubican en una escala en la que un habitante de Canadá, con un IDH de 0,932, puede aspirar a más de 77 años de vida, 12 años de educación y un ingreso real per cápita superior a los 19.000 dólares. Un habitante de Guinea, país que ocupa el último lugar (n1 173) con un IDH de 0,191, cuenta con una esperanza de vida de sólo 44 años, menos de un año de escolarización y un ingreso anual de 500 dólares. Entre ambos extremos, todos los países se clasifican según su IDH en tres grupos: "desarrollo humano alto" (IDH 0,800 á 1), "desarrollo humano medio" (IDH 0,500 á 0,799), "desarrollo humano bajo" (IDH 0 á 0,499).

 

La clasificación del PNUD, comparada con la que elabora anualmente el Banco Mundial a partir del ingreso per cápita, expresa que el bienestar o la privación humana son variables relativamente independientes al PIB. La mayoría de los países, en efecto, muestran niveles relativos de desarrollo humano sensiblemente mejores o peores al que tendrían según su ingreso por habitante. Desde la perspectiva del desarrollo humano no existe un vínculo automático entre el crecimiento económico y el desarrollo humano, y que es posible alcanzar niveles respetables de desarrollo humano incluso con modestos niveles de ingreso per cápita, si se cuenta con la voluntad política para ello y se aplican las políticas adecuadas.

 

El IDH permite una medición mucho más ajustada de los logros reales del crecimiento en función del ser humano, proporcionando una panorámica más realista de la situación mundial, pero también tiene límites. Hay que recordar que el concepto de desarrollo humano es mucho más rico que lo que pueda reflejar el IDH o cualquier otro indicador más complejo.

 

En primer lugar, el componente de renta es parcial e insuficiente puesto que no refleja el acceso real a recursos productivos como la tierra o el crédito, que en muchos países son la clave de la desigualdad y la pobreza. En segundo lugar, los valores del IDH son promedios nacionales que no reflejan las disparidades de renta según sexo, etnia o región. Por esta razón, el IDH global debe ser complementado con IDH parciales o ajustados por niveles de ingresos, por género y por lugar de residencia, aunque sólo existen datos desagregados para algunos países. Si atendemos a la condición de la mujer, por ejemplo, se observa que todos los países del mundo tienen un IDH femenino inferior, aunque en este panorama generalizado de discriminación de la mujer el IDH de género altera sensiblemente la clasificación general. En 1994 dos países con una fuerte cultura patriarcal, como Suiza y Japón, perdían 15 y 16 puestos respectivamente, mientras que otros países más avanzados en este campo, como Dinamarca o Finlandia, avanzaban 11 y 13 respectivamente.

 

Los datos referidos a ingreso, territorio e incluso a raza muestran desequilibrios similares. En los Estados Unidos, la esperanza de vida de los hombres negros (68 años) en 1992 era inferior al promedio de México, y la de las mujeres blancas igualaba a la de Suiza (77 años). El IDH, por último, sólo incorpora algunos de los elementos que integran el "desarrollo humano" atendiendo a su definición. La libertad humana, por ejemplo, es mucho más difícil de medir. En el Informe de 1991 se intentó definir un "Indice de Libertad Humana" complementario al IDH. La clasificación mundial de "libertad humana", que cuestionaba la situación de muchos países, ocasionó una fuerte polémica internacional y por ello el PNUD optó por omitirlo en informes posteriores (Sutcliffe, 1993).

 

El procedimiento matemático de construcción del índice también ha sido objeto de críticas debido a sus imperfecciones iniciales. La más notable ha sido quizás la imposibilidad de elaborar series temporales para comprobar la evolución del desarrollo humano en un país dado, ya que el índice era un valor relativo cuya concreción numérica variaba en función de los cambios que se producían en los extremos de la escala. En 1994 el PNUD reelaboró el IDH para permitir comparaciones temporales (Streeten, 1995).

 

El ámbito en el que el concepto de "desarrollo humano" es quizás más limitado, y el IDH como indicador más incompleto, es el de la sostenibilidad futura del proceso de desarrollo. El componente de renta de IDH, al no incorporar los costes ambientales del crecimiento, no nos permite inferir si una sociedad es o no "sostenible"; es decir, si la satisfacción parcial o total de sus necesidades básicas se está logrando a costa o no de la base natural de sustentación de una economía y, por lo tanto, si se está comprometiendo la capacidad de la generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades y mantener niveles adecuados de desarrollo humano.

 



[1] Este enfoque ha sido denominado teoría de las brechas. Es importante resaltar que los temas relacionados con la disponibilidad de ahorro son diferentes de aquellos asociados a la disponibilidad de instrumentos adecuados para el financiamiento de la inversión, con los cuales tienden a confundirse.

[2] La teoría del capital humano nace en 1962, cuando en Journal of Political Economy se publicó un suplemento sobre "La Inversión en Seres Humanos". Este volumen incluía, los capítulos preliminares de la monografía "Human Capital" publicada en 1964 por Gary Becker.