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Diferencias y similitudes en las teorías del crecimiento económico

CRECIMIENTO ECONÓMICO Y “DESARROLLO”

 

El concepto del desarrollo ha sido utilizado, en referencia a la historia contemporánea, en dos sentidos distintos. El primero, se refiere a la evolución de un sistema social de producción en la medida que éste, mediante la acumulación y el progreso de las técnicas, se hace más eficaz, es decir eleva la productividad del conjunto de su fuerza de trabajo. Conceptos tales como eficacia y productividad son ambiguos cuando nos enfrentamos a sistemas sociales de producción, cuyos inputs y outputs son heterogéneos y se modifican con el tiempo. Este sentido es el que desarrolla Schumpeter en su teoría del desarrollo económico.

 

La teoría del desarrollo ha ejercido una innegable influencia sobre la mente de los hombres que se empeñan en comprender la realidad social. Desde el bon sauvage con que soñaba, desde “el principio populacional” de Malthus hasta la concepción walrasiana del equilibrio general, los científicos sociales siempre han buscado apoyo en algún postulado enraizado en un sistema de valores que llegan a ser explícito (Furtado, 1979:13). El mito del desarrollo congrega un conjunto de hipótesis que no pueden ser verificadas. La función principal del mito es orientar, a  nivel intuitivo, la construcción de lo que Schumpeter llamó la visión del proceso social, sin la cual el trabajo analítico no tendría ningún sentido.

 

Así pues, el desarrollo consiste tanto en una serie de cambios espontáneos y discontinuos en los causes de la corriente, como en las alteraciones del equilibrio existente con anterioridad, y en ello se diferencia básicamente de la corriente circular o de la tendencia al equilibrio. Si no fuera por ellos, el sistema capitalista caería en un estado estacionario de equilibrio walrasiano en el que todo el producto nacional se imputaría a los factores de manos de obra y tierra (Galindo y Malgesini, 1994:111).

 

Es este marco el que ha consagrado el discurso del desarrollo económico, en donde las premisas sobre el bienestar general, la acumulación de riqueza, la plena concepción del ser humano y el desarrollo sostenible han sido la base del debate para la definición del concepto. Las condiciones para el desarrollo no sólo se definen por la acumulación de conocimiento y capital físico en un territorio; este va más allá de eso, se trata de crear los instrumentos para gestionar los procesos de ordenamiento social, y las instituciones y el marco regulatorio que permitan potencializar las diferentes expresiones del capital en las regiones[1].

 

La acumulación de capital físico, el conocimiento, las potencialidades del territorio, y el marco institucional fortalecen el desarrollo tanto endógeno como exógeno, que requiere estimular la construcción de un tejido social basado en los valores y en el desarrollo del ser humano. La mayoría de las teorías de desarrollo asociadas a la modernidad, se basan en la omnipotencia de la técnica, la ilusión con respecto al conocimiento científico, la racionalidad de los mecanismos económicos, las nociones de progreso y crecimiento como el destino natural de todos los hombres, y la fe en la planificación y en la organización burocrático – racional para asegurar que el ser humano se encuentre con su destino (Cardona, et. al., 2003:16).

 

El crecimiento de la economía, tal como se refleja en el crecimiento de la población y de la riqueza, no se debe entender como desarrollo. Este fenómeno no representa características cualitativas. El desarrollo, en nuestro sentido, es un fenómeno ajeno a lo que puede observarse en la corriente circular o en la tendencia hacia el equilibrio. Es un cambio espontáneo y discontinuo en los canales de la corriente, según Schumpeter (1963), es una perturbación del equilibrio que altera y desplaza en forma definitiva el estado de equilibrio que antes existía.

 

La combinación de materiales y fuerzas significa producir. Producir otras cosas o las mismas con distinto método significa combinar estos materiales de una manera diferente. Mientras la nueva combinación pueda surgir de la antigua mediante continuas adaptaciones, hay un cambio, tal vez un crecimiento, pero no se da un nuevo fenómeno ni desarrollo en nuestro sentido. Cuando no sea este el caso, y las nuevas combinaciones aparezcan de modo discontinuo, entonces es cuando surge el fenómeno característico del desarrollo.

 

El desarrollo no es, según Schumpeter (1963), un fenómeno que pueda explicarse económicamente. Debido a que la economía está afectada por los cambios del mundo que la rodea, las causas y la explicación del desarrollo deben buscarse fuera del grupo de hechos que describe la teoría económica. Por tal razón, Schumpeter (1963) distingue al desarrollo del mero crecimiento de la economía, por que este último no representa fenómenos cualitativos distintos, sino sólo procesos de adaptación. En este orden de ideas, se debe considerar esta visión como un fenómeno histórico, que reposa sobre el desarrollo precedente y, a su vez, que todo proceso de desarrollo crea las condiciones necesarias para el siguiente.

 

La influencia de la obra de Schumpeter fue difusa pero significativa. Por haberse preocupado por el problema del desarrollo, este autor se ubica en una posición especial entre la tradición historicista y la neoclásica. Partiendo de la concepción wickselliana de demanda de capital como factor de inestabilidad, Schumpeter formuló una teoría del empresario innovador, agente transformador de las estructuras productivas, de evidentes afinidades con la visión dialéctica de la historia que sirvió de fundamento a la sociología económica de Marx (Furtado, 1987:43).

 

Según Schumpeter (1963), lo que interesa en la dinámica de la economía capitalista no son los automatismos del mercado de competencia pura y perfecta, en los cuales nada ocurre, sino las formas imperfectas de mercado generadoras de renta de productor, aceleradoras de las acumulación, concentradoras del capital. De ahí su interés por descubrir las fuerzas que crean tensiones y provocan modificaciones en los parámetros de las funciones de producción.

 

Otros aportes al desarrollo económico, son notables en los años posteriores a la segunda postguerra. El segundo sentido en que se hace referencia al concepto de desarrollo se relaciona con el grado de satisfacción de las necesidades humanas. En este caso la ambigüedad aumenta (Furtado, 1987:20). Los nuevos conceptos que aparecían se basaban en estudios empíricos con nuevos indicadores en los países atrasados o subdesarrollados, y las consiguientes comparaciones internacionales.

 

La idea del desarrollo estaba en el centro de la visión del mundo que prevalecía en aquella época. Su sustrato era ver al hombre como un factor de transformación del mundo, y por lo tanto de la afirmación de sí mismo, de la realización de sus potencialidades, lo que era posible dentro de un marco social con niveles aceptables de necesidades básicas satisfechas y con altos grados de equidad. El ser humano precisa transformar su medio para poder potencializar sus capacidades, y es en este medio en donde se genera el proceso del desarrollo.

 

Las sociedades son desarrolladas en la medida en que el hombre logra de forma cabal satisfacer sus necesidades y renovar sus aspiraciones. El proceso del desarrollo debe ser global: transformación de la sociedad a nivel de los medios, pero también alrededor de los fines; proceso de acumulación y de ampliación del producto social y la configuración de ese producto.

 

Existe un plano en el cual es posible utilizar criterios hasta cierto punto objetivos al tratar el tema del desarrollo humano desde la concepción de la satisfacción de las necesidades humanas: cuando se estudian las satisfacciones elementales, tales como la alimentación, el vestido, la habitación. También es verdad que la ampliación de la esperanza de vida de una población constituye un indicador de mejoramiento en la satisfacción de sus necesidades elementales. Pero en la medida en que nos alejamos de ese primer plano se va haciendo más urgente la referencia a un sistema de valores, pues, según Furtado (1979), la idea misma de necesidad humana, cuando se refiere a lo esencial, tiende a perder nitidez fuera de determinado contexto cultural. 

 

En rigor, según Furtado (1979), la idea de desarrollo posee por lo menos tres dimensiones: 1) La del incremento de la eficacia del sistema social de producción; 2) la de la satisfacción de las necesidades elementales de la población; y, 3) la de la consecución de objetivos a los que aspiran grupos dominantes de una sociedad y que compiten en la utilización de recursos escasos[2]. El aumento de la eficacia del sistema de producción no es una condición suficiente para que se satisfagan mejor las necesidades elementales de la población, incluso se ha observado la degradación de las condiciones de vida de una masa poblacional como consecuencia de la introducción de técnicas más avanzadas.

 

La reflexión sobre el desarrollo, al provocar una progresiva aproximación de la teoría de la acumulación a la teoría de la estratificación social y a la teoría del poder, se constituyó en un punto de convergencia de las distintas ciencias sociales. Las primeras ideas sobre el desarrollo económico, definido como un aumento del flujo de bienes y servicios más rápido que la expansión demográfica, fueron sustituidas en forma progresiva por otras referidas a transformaciones del conjunto de una sociedad a las cuales un sistema de valores presta coherencia y sentido (Furtado, 1987:39). Medir flujos de bienes y servicios es una operación que sólo tiene consistencia cuando esos bienes y esos servicios se vinculan a la satisfacción de necesidades humanas definibles, es decir, identificables de forma independientes de las desigualdades sociales existentes.

 

Algunas corrientes de pensamiento económico han dejado de reconocer el desarrollo como un problema teórico relevante, por que lo relacionan bajo la cuestión de la óptima organización del mercado y la distribución económica, en función de la más eficiente asignación de los recursos y de una justa distribución de la riqueza.

 

Esta subordinación del tema del desarrollo al tema de la distribución se ha hecho desde dos ópticas distintas y en cierta medida opuestas (Razeto, 2000:7). Se argumenta desde una óptica neoliberal, que la elaboración de teorías y modelos de desarrollo empezó cuando ciertos economistas y políticos supusieron posible acelerar los procesos de crecimiento mediante políticas de intervención estatal que, limitando el libre juego del mercado, redistribuyeran la riqueza y reasignaran los recursos en función de objetivos nacionales de industrialización; pero tal intervención del Estado en la economía sólo distorsionaría los mercados provocando desequilibrios que terminan frenando el crecimiento esperado. El problema importante, desde esa perspectiva, no es el desarrollo económico en sí mismo sino la óptima y equilibrada organización del mercado, libre y abierto, siendo el desarrollo su lógica consecuencia.

 

Desde la teoría crítica, se denuncia el “desarrollismo” y se argumenta que los problemas de la economía derivan de un modo de acumulación del capital que se sostiene sobre la injusta distribución de la riqueza[3]. Esto se manifestaría en la división del mundo entre naciones desarrolladas y subdesarrolladas, donde las primeras se sostendrían sobre una inequitativa organización mundial del mercado capitalista que concentra la riqueza y excluye del desarrollo a vastas regiones del mundo.

 

Nurkse (1965), afirma que en los países pobres, las propias fuerzas del mercado perpetúan la pobreza; dado que para salir de ella se requiere invertir para aumentar la productividad, ello resulta difícil, no sólo por el escaso ahorro de los pobres, sino por la falta de incentivo de beneficios para construir plantas de alta productividad, cuando el mercado local existente para su producto es demasiado pequeño. De ahí que un comportamiento atomístico por parte de los productores podía encerrar a una economía dentro de su frontera de posibilidades de producción.

 

De igual forma, Hirschman (1958) señala que la mayoría de los países pobres sólo poseen recursos para invertir en unos pocos proyectos modernos, y que, por tanto, pueden intentar el crecimiento equilibrado sólo a largo plazo, mediante un proceso secuencial de construir primero una y después otra planta, corrigiendo con cada paso el desequilibrio considerado como más dañino para acercarse de forma gradual a una estructura más equilibrada.

 

En esta misma lógica, Giddens (1999), establece que el capitalismo no permite acceder a una nueva y superior fase del desarrollo por que establece un tipo de relaciones sociales de producción que pone límites al desarrollo de las fuerzas productivas. Asimismo, establece, que: “El capitalismo es económicamente ineficiente, socialmente divisivo e incapaz de reproducirse a largo plazo”. El problema importante, desde esta perspectiva, no sería el desarrollo económico como tal sino la transformación estructural de la economía, de modo que la instauración de nuevas relaciones sociales tendría como lógica consecuencia el problema del desarrollo.

 

En este sentido, emerge que el “desarrollo” está basado en la concepción de la distribución de la riqueza. La teoría de la justicia distributiva se centra en las causas de la desigualdad y aporta los fundamentos filosóficos y económicos para esclarecer los debates sobre la desigualdad (Solimano, 1998:33). Si las desigualdades de ingreso y riqueza que se observan en una sociedad reflejan, en buena parte, las diferencias individuales en sus dotes iniciales de riqueza, talento, origen familiar, raza, género, factores según Solimano (1998), que en su mayoría  escapan al control del individuo, o sea, que constituyen un conjunto de factores ‘moralmente arbitrarios’. Entonces la desigualdad pasa a ser un problema ético, pues un conjunto de factores claves para la creación de la riqueza son ‘externos’ al individuo.

 

Las desigualdades de ingreso, riqueza y consumo que se observan también reflejan las diferencias individuales en materia de esfuerzo, ambición y disposición a asumir riesgos. En la medida en que este último conjunto de elementos refleja preferencias individuales y pertenece al ámbito de la responsabilidad personal, no toda desigualdad de ingreso o riqueza constituye un problema ético desde el punto de vista de la justicia distributiva.

 

Las políticas orientadas a incrementar las capacidades individuales de generación de ingresos y su productividad son vitales, según Solimano (1998), para compatibilizar el crecimiento económico con una mejor distribución del ingreso y una menor pobreza. Según este autor, la educación constituye un ejemplo claro; dota a la gente de mayor capital humano y capacidades productivas, y promueve la movilidad social.

 

El desarrollo contiene una dinámica donde se entrecruzan producción de formas de conocimiento, relaciones de poder, instituciones del desarrollo y practicas desplegadas. Analizar la relación conocimiento – poder implica entonces analizar a los técnicos y a las instituciones del desarrollo antes que a sus “beneficiarios”.

 

La economía es una acción humana libre, que debe ajustarse al fin natural del hombre. Por ello corresponde que se someta al "principio de necesidad" aristotélico. En cambio, la aplicación del "principio de maximización", propio de la economía neoclásica, conduce a una tecnificación de la economía, que la desnaturaliza. La búsqueda de los deseos de vida es la constante en las metas del ser humano. Encaminarse hacia la consecución de los sueños, la perseverancia en los proyectos de vida, el apasionamiento constante por encontrar la felicidad.

 

Aristóteles insiste varias veces en que el fin de la economía es el eu zen, la vida buena del hombre, cuyo acaba­miento se da en la polis. Por ésto está subordinada a la ciencia directiva de la comunidad civil, la política. Son muchos los autores que señalan esta inmersión de lo económico en los criterios políticos aristotélicos. Entre ellos, Karl Polanyi ha tenido una gran repercusión. La economía aristoté­lica, dice Polanyi está condicionada en relación a la sociedad[4].

 

El mismo Adam Smith estudia la economía como una parte de la política. Debemos avanzar unos años, tal vez hasta John Stuart Mill, para comprobar la emancipa­ción neta de la economía respecto a la política y la moral en el ámbito del saber económico. Esta separación responde a la que se opera entre la economía y la búsqueda de lo necesario para la vida buena. El "principio de necesidad" - correspondiente a la naturaleza - es reemplazado por el "principio de maximización", que también, aunque con otros términos, conocía Aristóteles. Se produce, como señala Polan­yi (1971), una escisión entre un principio de uso y uno de ganancia, que ocasiona un divorcio entre los móviles económicos y los fines sociales.

 

En cambio, la ciencia económica moderna ha pasado a ser una técnica que da cabida a la tentativa de alcanzar el máximo posible para los individuos que concurren al mercado, sin considerar su relación con lo adecuado. El mismo instrumento, el mercado, que es una herramienta útil para la coordinación de los intereses indivi­duales que se ajustan a la necesidad, sirve para sacar el máximo provecho de los recursos como un fin en sí mismo. La economía neoclásica canoniza esta última tentativa como un principio científico y se aboca a su logro.

 

Nuestra sociedad actual se rinde ante el éxito del dinero. La economía, su ciencia, tiene un hálito de prestigio, y su influjo se hace sentir sobre el resto de las actividades y saberes del hombre. Según Crespo (2003), el modelo maximizador tiende a generali­zarse. El mercado es un instrumento que se procura aplicar a todos los ámbitos, aún a la misma política. Hemos pasado de una situación en que la economía estaba subordinada a la política a otra en la que tiende a imponerle sus moldes.

 

La democracia, en exposiciones como la de Popper, es una especie de mercado de opiniones. Esto también lo había previsto el Estagirita. "Así, dice en La Política, ha surgido la segunda forma de crematística, pues al perseguir el placer en exceso, procuran también lo que puede proporcionarles ese placer excesivo, y si no pueden procurárselo por medio de la crematística, lo intentan por otro medio, usando todas sus facultades de un modo antinatural; lo propio de la valentía no es producir dinero, sino confianza, ni tampoco es lo propio de la estrategia ni de la medicina, cuyos fines respecti­vos son la victoria y la salud. No obstante algunos convierten  en crematísticas todas las facultades, como si el producir dinero fuese el fin de todas ellas y todo tuviera que encaminarse a ese fin".

 



[1] Este enfoque presenta el desarrollo como el resultado de combinar estrategias endógenas y exógenas en el territorio.

[2] Según Furtado (1987), la tercera dimensión es ciertamente la más ambigua, pues aquello a que aspira un grupo social puede parecer simple desperdicio de recursos a otros. De ahí que esa tercera dimensión sólo llegue a ser percibida como parte de un discurso ideológico. Así, la concepción de desarrollo de una sociedad no es ajena a su estructura social, y tampoco la formulación de una política de desarrollo y su implantación son concebibles sin preparación ideológica.

[3] A este aspecto se le relacionaría con la Ley de Pareto. <SPAN style="TEXT-DECORATION: none; text-underline: none">El nombre de la “Ley de Pareto” fue dado a este principio de la Economía por el Dr. Joseph Juran en honor de este economista quien realizó un estudio sobre la distribución de la riqueza, en el cual descubrió que la minoría de la población poseía la mayor parte de la riqueza y la mayoría de la población poseía la mayor parte de la pobreza. Con esto estableció la llamada "Ley de Pareto" según la cual la desigualdad económica es inevitable en cualquier sociedad.</SPAN>

 

[4] POLANYI (1971). “Aristotle Discovers Economy". En: G. Dalton, Primitive, Archaic and Modern Economics, Boston, Pág. 67.