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Diferencias y similitudes en las teorías del crecimiento económico

LA POSTURA POSTKEYNESIANA:
LA EDAD DE ORO DE JOAN ROBINSON           

 

Los aportes de Joan Robinson (1973)[1], mantuvieron una dura crítica a la postura de los modelos neoclásicos. En concreto, dicha crítica se centra en la obsolescencia de la teoría defendida por los autores que componen dicha escuela, al irrealismo de sus postulados, a los errores metodológicos y a los fallos empíricos.

 

Dentro del planteamiento defendido por esta autora, hay que destacar el papel tan significativo que juega lo que ella denominó como “el espíritu anímico esencial” de las empresas, que es el verdadero motor inicial y determinante del proceso de acumulación y crecimiento. Con este concepto, según Galindo y Malgesini (1994), la autora pretendía señalar que la economía podría obtener su equilibrio cuando se consiga un ritmo de acumulación con una determinada tasa de beneficio que alcance un suficiente volumen que le permita mantener dicho nivel.

 

En este caso, la economía está en un nivel máximo de crecimiento de los recursos, llegando al crecimiento con equilibrio de pleno empleo. Si la tasa deseada de acumulación es igual a la tasa posible, formada por la tasa de crecimiento de la población y por la producción por persona, y se inicia a un nivel próximo al pleno empleo y cuya composición de las plantas es adecuada a la tasa deseada de acumulación, entonces se mantiene un nivel que se acerca mucho al pleno empleo, o sea la Edad de Oro. Según Robinson (1973) “La presión de la escasez de mano de obra, que eleva las tasas salariales, induciría la realización de más inventos y aceleraría la difusión de los avances ya conocidos”.

 

En este ámbito hay que tener presente que los aportes de Robinson son de corte Keynesiano, ya que considera que es la demanda la que va a propiciar las situaciones de paro y de inflación en la economía. Así pues, una insuficiencia de la demanda agregada dará lugar a un mayor número de desempleados, pero, por el contrario, un menor nivel de inflación.

 

Según la autora, las principales causas que pueden propiciar el crecimiento en la economía son: 1) Las condiciones técnicas, la investigación y la mejora en la educación; 2) Las condiciones competitivas en la economía; 3) Los acuerdos salariales. Las alteraciones en los salarios provocan brotes inflacionistas. Pero frente a este comportamiento negativo, hay que considerar también que son la base para estimular la demanda del sistema; 4) La posibilidad de financiar la inversión, que puede facilitar o perjudicar la introducción de nuevos procesos en la industria para hacerla más competitiva; 5) El stock de capital inicial y las expectativas que se forman de la experiencia pasada, y 6) Finalmente, Robinson considera la política de inversión que gracias a ella se podrá generar empleo.

 

En este sentido, se considera que dicha inversión se adopta con independencia de los ahorros que se hayan producido. Una proporción mayor del ingreso que se ahorra, por parte de los capitalistas o de los asalariados, significaría que, dados el avance del conocimiento técnico y el crecimiento de la población, la Edad de Oro tendría de forma intrínseca una tasa de ganancia menor, a fin de asegurar la relación correcta con una tasa de crecimiento constante del capital (igual a la tasa del progreso técnico más la tasa de crecimiento de la población)[2].

 

El instinto animal[3] puede considerarse conveniente por las siguientes razones:

 

1)        Promueven el incremento del conocimiento científico. En este aspecto contribuyen a la tasa de crecimiento de la Edad de Oro.

 

2)        Promueven la explotación del conocimiento científico, es decir, su conversión en conocimiento técnico. Esta es una forma importante en la que también se promueve el progreso técnico y el crecimiento de la Edad de Oro.

 

3)        Promueven una visión optimista del futuro. En este sentido, los grandes instintos animales son incompatibles con las condiciones de una Edad de Oro, donde la perspectiva del futuro se determina por el conocimiento del presente y del pasado.

 

4)        Sobre las bases de las expectativas dadas, los grandes espíritus animales fortalecen el impulso de la inversión. En este sentido, no son de ningún modo incompatibles con las condiciones de una Edad de Oro. Pero no ejercen ninguna influencia en la tasa de crecimiento, ya que su efecto se anula a causa de los términos en que se dispone del financiamiento.

 

El marco de la Edad de Oro es un procedimiento para realizar experimentos intelectuales y no como una hipótesis. Según Robinson (Pizano, 1980:133), el principal mérito de este ejercicio es que permite imaginar un camino histórico (no necesariamente de equilibrio) en el cual la tasa de acumulación (ex – ante), la tasa de crecimiento físicamente posible y las condiciones límites son compatibles entre sí. Pero el interés de este experimento está no sólo en postular la armonía, sino en arrojar luz sobre diversos tipos de desarmonías.

 

La Edad de Oro indica un estado de cosas utópico que posiblemente no se encuentre en ninguna economía actual; pero que es necesario describir para mostrar cuán lejos están las economías capitalistas de la tranquilidad, la lucidez y la armonía. Las reglas de juego del sistema capitalista de producción se han desarrollado para que la acumulación del capital sea posible en condiciones de desequilibrio (incertidumbre); sin embargo, si una economía de libre empresa se somete a choques externos y contradicciones internas, posiblemente no sería capaz de sobrevivir. La supervivencia del capitalismo, según Robinson, hace evidente cierto grado de coherencia entre la confusión reinante en ese sistema.

 

La capacidad empresarial designa la propensión de los miembros de un grupo, o de los habitantes de una región, a fundar empresas y a hacer buenos negocios. Se trata de una habilidad que tienen algunos individuos de ver y realizar, según Pólese (1998), con mayor o menor rapidez planes de innovaciones y emprender la lucha contra los obstáculos que salen al paso cuando se inicia algo nuevo y desconocido.

 

En los planteamientos de Schumpeter, se hace hincapié en las luchas competitivas, en la innovación y en el desequilibrio y, en contra de lo expresado por Marx, presenta al empresario capitalista como un verdadero revolucionario y gestor del desarrollo (Galindo y Malgesini, 1994:104). A la introducción de nuevas combinaciones, la llama este economista, empresa; a los individuos que desempeñan esta función los llama empresarios (Schumpeter, 1963:64). Las innovaciones aparecen en enjambres, ya que las asumidas por los empresarios de mayor “instinto empresarial y de aventura” crean un estímulo favorable para que sea imitado por los otros que se muestran con “menor instinto”.

 

En condiciones de economía competitiva ideal, afirma Robinson (1973), las perspectivas del beneficio por encima del promedio son un síntoma de que la demanda se ha ampliado más que la oferta en las líneas de producción en cuestión, o que el ahorro en futuros costos atribuible al uso de más capital es mayor por unidad de inversión en estas ramas que en otras. Así, el mecanismo nivelador de los beneficios de los empresarios funciona en tal forma que conduce a la corriente de recursos para inversión en los canales más útiles.

 

Para Robinson (1973), reviste de utilidad en el debate sobre crecimiento económico, el análisis del principio de aceleración. Este principio indica que un incremento en el ingreso induce la inversión y, mientras que se acompañe con un incremento correspondiente en los recursos naturales aprovechados, un mejoramiento en la técnica y un incremento en la población ocupada es correracional con la decisión que tome un empresario de aumentar la tasa de producción de una mercancía y el propósito de invertir en capital circulante, lo que llamó Robinson el modelo de progreso firme.

 

Los factores relacionados con el crecimiento económico de una sociedad en el largo plazo son muchos. Desde el enfoque más tradicional y generalizado del crecimiento económico, éste se visualiza como un proceso de acumulación de capital físico. Esta visión centra, según Robinson (1973), por lo tanto, la atención en la inversión, el ahorro necesario para financiarla y los canales financieros a través de los cuales estas variables se interrelacionan. Todas las teorías sobre crecimiento reconocen el papel central del proceso de ahorro – inversión. Entre ellas cabe destacar, en primer término, las teorías de más puras raíces keynesianas, cuyo elemento distintivo es el papel determinante que otorgan a la inversión y el papel subsidiario que confieren ahorro, que es percibido como una variable que se ajusta, a través de distintos mecanismos, a las demandas de fondos inversionistas.

 

Este modelo resalta tres factores que inciden en la inversión y, por su vía, en el crecimiento: 1) El principio de la eficiencia marginal del capital, que resume los factores de rentabilidad e incertidumbre que influyen en las decisiones de inversión; 2) Los canales financieros que facilitan, u obstaculizan, la concreción de dichas decisiones, pero a su vez generan restricciones, incertidumbres o inestabilidades adicionales; y, 3) El principio del acelerador, que transmite los efectos que ejerce la demanda agregada sobre la inversión y, por ende, amplifica las propias repercusiones de la inversión sobre la demanda.

 

Las relaciones causales entre ahorro, inversión y crecimiento operan a nivel agregado en múltiples direcciones y originan, a través del mecanismo del acelerador, círculos virtuosos (o viciosos): un mayor nivel de inversión genera más crecimiento, que a su vez induce un incremento de la inversión, eleva el ahorro y facilita el financiamiento de mayores niveles de inversión[4]. Los factores macroeconómicos y estructurales[5] que explican el comportamiento del ahorro y la inversión juegan, por lo tanto, un papel decisivo para determinar en qué medida un impulso del crecimiento resulta o no sostenible a lo largo del tiempo, o en otras palabras, en qué medida se traduce efectivamente en el desarrollo de un nuevo patrón de acumulación de capital y crecimiento económico, y no meramente en una recuperación cíclica.

 

Otra de las contribuciones importantes dentro de la teoría del crecimiento postkeynesiano es la que desarrolló el economista polaco M. Kalecki[6]. Este teórico presentó su modelo de crecimiento, donde el rasgo principal es que la inversión va a jugar un papel fundamental.

 

Para Kalecki, a pesar de la relevancia que tiene la variable inversión, ésta no depende del multiplicador, como en el planteamiento de Harrod, sino que va a estar relacionado con el ciclo económico, que se ve afectado por las modificaciones en el proceso inversor, y éste a su vez habrá de considerarlo dentro del contexto de un país que está creciendo. En definitiva, para crecer hay que incorporar nuevo capital al ya existente. Así pues, se ingresa en un proceso continuo donde para crecer hay que invertir, y al invertir modificamos el ciclo económico que puede generar mejores expectativas de crecimiento, que a su vez darán lugar a una variación en la inversión.

 

Kalecki considera, al igual que Keynes, que una mayor población podría ampliar las posibilidades de producción a largo plazo, y no creía que la demanda efectiva se mantendría o incluso aumentaría, sino que ese mayor número de habitantes provocaría una caída de los salarios, que da lugar a unos precios más reducidos a largo plazo. Y si los bancos no reducen el volumen de dinero que prestan, generará una caída en el tipo de interés que provocará una mayor inversión y, en consecuencia, unos beneficios mayores que conducirán a un aumento en el empleo que se supone será suficiente para contratar a la población existente en ese momento.

 

De los planteamientos realizados por Robinson (1973), se desprende que la función empresarial, por su propia naturaleza y definición, es siempre competitiva. Quiere ello decir que, una vez que se descubre por el actor una determinada oportunidad de ganancia y éste actúa para aprovecharse de la misma, dicha oportunidad de ganancia tiende a desaparecer, de manera que no puede ser apreciada y aprovechada por otros actores.

 

Igualmente, si la oportunidad de ganancia sólo se descubre de forma parcial, o habiéndose descubierto en su totalidad sólo es aprovechada de parcialmente por el actor, parte de dicha oportunidad quedará latente para ser descubierta y aprovechada por otros actores (Huerta, 2000:46). El proceso social es, por tanto, competitivo, en el sentido de que los diferentes actores rivalizan unos con otros, de forma consciente e inconsciente, para apreciar y aprovechar antes que los demás las oportunidades de ganancia.

 

Todo acto empresarial descubre, coordina y elimina desajustes sociales y, en función de su carácter esencialmente competitivo, hace que esos desajustes, una vez descubiertos y coordinados, ya no puedan volver a ser percibidos y eliminados por ningún otro empresario. Podría pensarse erróneamente que el proceso social movido por la empresarialidad podría llegar por su propia dinámica a detenerse o a desaparecer, una vez que la fuerza de la empresarialidad hubiese descubierto y agotado todas las posibilidades de ajuste social existentes.

 

Sin embargo, afirma Huerta (2000), el proceso empresarial de coordinación social jamás se detiene ni agota. Esto es así porque el acto coordinador elemental consiste básicamente en crear y transmitir nueva información que por fuerza ha de modificar la percepción general de objetivos y medios de todos los empresarios implicados. Esto, a su vez, da lugar a la aparición sin límite de nuevos desajustes que hacen surgir nuevas oportunidades de ganancia empresarial, y así sucesivamente, en un proceso dinámico que nunca se termina y que constantemente hace avanzar la civilización.

 

La sociedad es un proceso (es decir, una estructura dinámica) de tipo espontáneo, no diseñado conscientemente por nadie; muy complejo, pues está constituido por millones y millones de personas con una infinita variedad de objetivos, gustos, valoraciones y conocimientos prácticos, todos ellos en continuo cambio; de interacciones humanas (que son relaciones de intercambio que a menudo se plasman en precios monetarios y siempre se efectúan según unas normas, hábitos, o pautas de conducta); impulsadas por la fuerza de la función empresarial, que constantemente crea, descubre y transmite información y conocimiento, ajustando de forma competitiva los planes contradictorios de los seres humanos.

 



[1] Joan Violet Robinson pertenece al grupo de economistas más destacados del siglo XX. Líder de la "Cambridge School" fue marshalliana en origen, ardiente keynesiana y, finalmente, una destacada miembro de las escuelas neo – ricardiana y post – keynesiana. Estuvo también interesada en los problemas del subdesarrollo. En los años setenta sorprendió con sus alabanzas a la "gran revolución cultural" de la China maoísta.

[2] Según Kahn (1972), a cada momento dado, esta tasa de ganancia menor correspondería a un grado de mecanización mayor que el de la Edad de Oro ajustado al menor nivel de ahorro, y correspondería a un producto total mayor, con una producción mayor de bienes de consumo y con una tasa salarial mayor.

[3] El concepto del instinto animal de Keynes desempeña un papel fundamental para el logro de la Edad de Oro en el modelo de Robinson. Según Keynes (1973), “Si el instinto animal desmaya… la empresa se marchitará y morirá”. Son los impulsos y el emprendimiento de los individuos los que promueven el emprendimiento, a través del riesgo, y son estas motivaciones las que generan el nacimiento de empresas, y es el instinto el que diferencia los agentes económicos. El emprendimiento es un proceso de largo plazo que requiere la conexión entre los sujetos involucrados en el tejido empresarial y los instrumentos de política, donde el instinto animal no es sólo la acción individual, sino también las acciones de las organizaciones para crear empresas. La capacidad empresarial designa la propensión de los miembros de un grupo, o de los habitantes de una región, a fundar empresas y a hacer buenos negocios. Se trata de una habilidad que tienen algunos individuos de ver y realizar con mayor o menor rapidez planes de innovaciones y emprender la lucha contra los obstáculos que salen al paso cuando se inicia algo nuevo.

[4] En cada cadena hay evidencia que sustenta las líneas causales keynesianas, según las cuales la elevación de los niveles de ahorro es un efecto más que una causa del mayor crecimiento económico.

[5] En economía se puede distinguir dos grandes interpretaciones del concepto de estructura. Por un lado, se considera estructura a la red de relaciones interpersonales que fundamentan el entremado económico de una sociedad; estas relaciones comprenden las conductas y creencias comunes que enmarcan las acciones económicas. Por otro lado, se concibe a la estructura como un conjunto de relaciones entre magnitudes económicas como el producto, la población y la tecnología.

[6] Las publicaciones más conocidas de Michal Kalecki tratan de los ciclos económicos. Fue también un pionero en el análisis matemático de la dinámica económica. Utiliza ampliamente conceptos clásicos y marxistas, interesándose por los conflictos de clase, la distribución de la renta y la competición imperfecta.