Ocupaciones de los turistas



Como sabemos, un turista se distingue por el hecho de que no realiza, de momento, ninguna actividad lucrativa. Pero esto no quiere decir que sea una persona inactiva sino que no se dedica a ningún trabajo en el sentido económico del término. La ausencia del espíritu de lucro y la abstención del trabajo confieren a las actividades del turista el carácter de juego. De esta manera, deviene en “homo ludens”. Trabajo y juego se distinguen por la actividad desarrollada, no por el esfuerzo físico o psíquico realizado. El esfuerzo, por ejemplo, es mayor para un alpinista que para el portero de una sala de fiestas. Pero para el alpinista, la actividad es un fin en sí misma, es en ella misma donde se encuentra su justificación y su sentido, mientras que en el caso del portero gasta su tiempo y sus energías en ganar dinero. Su actividad es un medio para alcanzar un fin, sea ganancia o poder. Comparemos ahora al pescador deportivo con el profesional; ambos buscan una presa, puede que incluso actúen concertadamente. Pero mientras uno lo hace por placer sin condicionantes, el otro lo hace para mantener su existencia económica, es decir, bajo el impulso de una presión exterior. El dinero es el muro invisible que separa a uno de otro.

El alpinista y el pescador deportivo son prototipos de turistas. Sus actividades se parecen a un juego ya que se sitúan fuera de cualquier consideración económica. En casos particulares, las ocupaciones de los turistas son incluso muy variadas; en la organización de su tiempo libre cada uno manifiesta sus inclinaciones personales, sus alegrías y sus pasiones e incluso a veces hasta sus caprichos. Pero también en estos casos, existen ciertas reglas: el reino del un individualismo exacerbado está fuera de lugar .

Los hechos y las actividades de los turistas están también como es lógico en estrecha relación con el lugar de la estancia y con la época elegida para el viaje. Al elegir la estación se decide, simultáneamente, el tipo de deporte susceptible de ser practicado. El turista de verano renuncia al ski y el de invierno a los ejercicios físicos del verano. El lugar de vacaciones prefigura también la orientación de la necesidad de la actividad turística. Si se va a un gran centro es porque gusta, en general, la animación y los placeres mundanos que lo caracterizan: pero si se refugia en una pequeña villa de montaña es porque se busca el reposo o una intensa actividad deportiva.

Todo ello no facilita, sin embargo, más que un marco general en el que se inscribe toda una gama de formas específicas de ocupaciones y de comportamientos turísticos. Abstracción hecha de los casos en los que estas formas están inspiradas en un objetivo específico (reposo, cultura, etc.…) se pueden clasificar las diferentes manifestaciones de la vida turística en dos tipos:

a) Tipo contemplativo
Es el turista que viene para mirar, admirar y disfrutar en paz. Su actitud es receptiva. Está personificado por el visitante de curiosidades. Con el vivo interés que demuestra por todo lo que le es desconocido, unido a su enorme capacidad de entusiasmo, se le pude catalogar entre los idealistas y los románticos.

Sin que pueda decirse que este tipo de turista esté en vías de extinción, su tiempo de gloria pertenece al pasado. La contemplación silenciosa de las maravillas de la naturaleza, de las montañas, de los glaciares, las cascadas y los fenómenos dio un impulso decisivo al turismo suizo. Basta por ejemplo referirse a las maravillosas páginas en las cuales Alphonse Dandet describe las emociones de Tartarín al presenciar la salida del sol en el Rigi-Kulm.

La actitud contemplativa no es extraña al americano moderno. En su comportamiento típicamente turístico refleja su amor a la naturaleza. “The American likes to look at nature and has never insisted that it be chuttered up with castles” (“Al americano le gusta observar la naturaleza y jamás cree que pueda ser mejorada con castillos”) (158). La prueba: un solo día del mes de abril de 1946, 150.000 personas llegaron con autocares y coches a Valley Forge para admirar árboles y flores. Además, la atracción que ejerce el Parque Nacional, probablemente la principal atracción turística de USA, se basa en un sentimiento primitivo de la naturaleza. No menos de 25 millones de visitantes llegaron durante el verano de 1946 “to lok at water that falls, stean that rises out of the earth on schedule, bears that beg and rocks that talke fantastic shapes” (“para mirar cascadas, vientos que salen regularmente de la tierra, osos suplicantes y rocas con formas fantásticas”)

Hoy como ayer existen muchos turistas atraídos por la observación y la admiración. Pero parece, a decir verdad, que el factor cultural se haya intensificado. Britschgi (160) constata con acierto: “En nuestros días, en la era del turismo automóvil, existen mayores posibilidades que nunca para aprender historia del arte y de la civilización. Desgraciadamente, sin embargo, estas posibilidades están poco explotadas. Los viajes no deberían servir sólo para descansar y divertirse sino también para enriquecer el espíritu. No debemos limitarnos a señalar a los visitantes los lugares donde se come bien y barato o en los que puede ver los más bellos fuegos artificiales, el partido de fútbol más interesante, el paso de la Vuelta Ciclista a Suiza, o incluso el dancing con más ambiente”. Hay que decir que la contemplación está frecuentemente teñida de curiosidad y de búsqueda de sensaciones y que la satisfacción de estos apetitos dejan frecuentemente un regusto un tanto amargo; en cualquier caso, las actividades turísticas de tipo receptivo, al contrario de lo que ocurría en el siglo pasado, no son ya las predominantes. Las motivaciones espirituales y morales sobrepasan a las motivaciones físicas (161), lo que genera un comportamiento opuesto al contemplativo y que se expande cada vez más: a saber el:

b) Tipo activo
Para el tipo activo, el turismo ya no es materia de contemplación; la naturaleza ha dejado de ser un fenómeno puramente visual. El turista desea hacer ejercicio, medir sus fuerzas con ella e incluso vencerla si es posible. Las montañas, los valles y los lagos ya no están hechos para los soñadores sino para los prácticos que las animan, las explotan y las hacen alternar. El papel del turista no se compara ya con el del figurante en el coliseo creado por Dios sino con el de un actor que participa en el gran espectáculo de la naturaleza.

Es lo que ocurrió con el deporte que, en su marcha triunfal, transformó al turista en el personaje que juega un papel protagonista y que, por así decir, lo ha “activado”. El deporte suscita, por tanto, nuevos comportamientos turísticos y termina transformarlos en costumbres. Ha transformó, en fin, profundamente la consumición turística. Hemos visto ya la evolución del proceso al estudiar los deportes de invierno.

El concepto general de deporte engloba una gama infinita de ejercicios físicos cuya importancia para el turismo es variable y, sobre todo, diferente de un país a otro. Estudios de mercado, como por ejemplo el “travelogue” (162) facilitan útiles conocimientos sobre el papel de los deportes en la organización del ocio entre los americanos. La cuestión de saber cual es la ocupación preferida por los vacacionistas dio las siguientes respuestas:

Viajes de documentación y educativos 72 %
Descanso 51 %
Natación 43 %
Pesca 31 %
Navegación a vela 25 %
Paseos y marchas a pie 15 %
Golf 8 %
Excursiones a las montañas 6 %
Clases 3 %
Tenis 2 %
Deportes de invierno 1%

(Como muchas respuestas indica varias ocupaciones favoritas, el total rebasa el 100 %)

La tabla muestra la predilección de los americanos por los deportes náuticos. La natación viene en cabeza y después la pesca y los paseos en barco. Hemos quedado sorprendidos por la popularidad del golf, en tanto que el tenis, mucho más expandido en Europa, no interesa al otro lado del atlántico más que a una pequeña minoría. Se dirá que, por el contrario, los paseos a pie ocupan todavía un lugar muy destacado. Al revés de lo que observamos en Suiza, las excursiones de montaña y los deportes de invierno no juegan más que un papel modesto, lo que parece estar en relación con la topografía del país y la época de las vacaciones, esencialmente centradas en los meses de verano.

La jerarquía que acabamos de presentar entre las ocupaciones de vacacionistas en Estados Unidos no se limita a las actividades deportivas, al tipo de turista activo, sino que engloba también al tipo contemplativo. Cuando se advierte del efecto de contraste que comporta el turismo, sorprende que el descanso, el “far niente”, el “just resting”, ocupa el segundo lugar entre las preferencias de los vacacionistas, a pesar del dinamismo propio del pueblo americano. Pero la necesidad de ver curiosidades es aún más fuerte y se coloca a cabeza.

Como es sabido, los dos tipos de actividades durante las vacaciones, el tipo contemplativo y el tipo activo, no están completamente separados más que en teoría, no en la realidad. Están estrechamente imbricados y se confunden en la trama de los hábitos de consumición turística que responden a nuestra última cuestión, a saber, el desenvolvimiento concreto del proceso de consumición turística. Es aquí donde encontramos de nuevo el aspecto más visible del turismo, el cual no tiene por marco la intimidad familiar en el que el cabeza de familia se esfuerza en distribuir la renta sino que forma parte de nuestra vida social pública. Es precisamente la formación de tipos de consumición turística, basados en la generalización de la aventura vivida durante los viajes y las vacaciones, resultado de la tendencia ya señalada a la “universalización de los placeres” que se dio después de la primera guerra mundial (163), lo que ha contribuido a conformar el estilo de vida de nuestra época y es en este sentido como nos permitimos concluir diciendo con André Siegfrid (164) que “el turismo se ha convertido en nuestra época en un aspecto primordial de nuestra civilización y de nuestras costumbres”.