Elección del lugar de estancia



La tierra es tan grande y tan rica en bellezas y en misterios que las reservas de atracción turística son todavía inagotables. Incluso aunque muchos enclaves quedan eliminados en la práctica debido a sus dificultades de acceso, seguimos inmersos en un “embarrás de richesses” (en francés en el original) (en una gran abundancia). Dentro de esta abundancia, ciertos paisajes y ciertos puntos de la superficie del globo se destacan y atraen a los turistas más que otros pesar de que ofrezcan las mismas ventajas. Son estos lugares los que, según la opinión general, están especialmente llamados a servir como lugar de estancia durante las vacaciones. A partir de este punto, no es necesario investigar en profundidad las razones; puede tratarse de una tradición fuertemente enraizada, como ocurre por ejemplo con la fuerte predilección que los ingleses muestran por ciertas regiones suizas, por ejemplo, el Oberland de Berna: los trastornos que han tenido lugar durante la Segunda Guerra Mundial no sólo no han sido capaces de alterarla sino que incluso la han reforzado. Sin embargo, también pueden ser condenados por la moda, como ya hemos visto anteriormente o incluso ser abiertos por una publicidad sistemática y llamativa que atraiga la atención del público.

Como quiera que sea, el turista no tantea en la oscuridad para elegir el lugar de su estancia sino que se deja guiar por el comportamiento de aquellos de sus congéneres que se encuentran en situación análoga y por ciertos precedentes. No está obligado a consultar un mapamundi ni un léxico geográfico puesto que solo se trata de seleccionar una serie relativamente limitada de puntos de parada que se le ofrecen para sus vacaciones. Esta es la razón de que el flujo de turistas no se diversifique uniformemente sobre la superficie del globo como si fuera el diluvio universal sino que se concentra en ciertos canales que conducen hacia los centros turísticos más frecuentados.

Pensemos por ejemplo en la situación de un ciudadano suizo medio la víspera de sus vacaciones de verano. Si en principio no es un acérrimo partidario de las provincias helvéticas, el dilema Suiza o extranjero le dará, para empezar, dolores de cabeza. Su decisión estará influida por el itinerario posible y por los medios de transporte. Si está en posesión de un vehículo motorizado, su sentido del espacio se abrirá y se inclinará a viajar lejos. Si opta por el extranjero y por las curiosidades que su país no puede ofrecerle irá casi con toda seguridad a Italia o a Francia. Si elige Italia detendrá probablemente su desplazamiento en una de las playas de Adriático superior como Riccioni o Rimini o incluso en un balneario de la costa ligur en dirección a la frontera francesa como San Remo o Alassio. Visitará los grandes centros culturales italianos o irá de Milán a Roma pasando por Venecia o Florencia. Por el contrario, nuestro hombre se sentirá poco atraído por otras regiones o ciudades italianas, que tienen, no obstante, mucho interés. Dejará de lado el lago de Garda con las Dolomitas o Turín. No porque sus lugares no figuren en el Baedeker sino porque están fuera del esquema tradicional de un viaje a Italia tal y como lo recomiendan las agencias de viaje y, por tanto, no son conformes al “pattern”. Si, por el contrario, nuestro ciudadano se ha decidido a explorar su propio país, dispondrá de la abundante y bien conocida lista de nuestros lugares de vacaciones al borde de los lagos, en los pre Alpes y en los valles más recónditos de los Alpes. En tal caso, se manifestarán dos tipos de comportamientos: La vuelta regular o periódica al mismo lugar, el caso de la fiel clientela habitual de nuestros hoteles y, cada vez más, también, de los propietarios de chalets, o el fenómeno de la nomadización, el de los grupos de turistas que prefieren cambiar de lugar de estancia en cada ocasión y se les encuentra tan pronto en los Grisons como en el Oberland bernés, en el Valais o en Teggui. Es probable que, en estos tiempos de motorización creciente y viajes más fáciles, este último tipo de turistas consumidor sea el preponderante en el futuro y que, por tanto, aumente la agitación actual.

El extranjero nos ofrece igualmente un ejemplo de canalización turística característico: sea lo que se llama el éxodo anual de la clase social superior española hacia San Sebastián, o los balnearios ingleses que evocan a un inglés el eslogan de “Holidays at Home”(Vacaciones en el propio país). Pero, en este orden de cosas, la posibilidad que ahora se ofrece a la clase obrera de participar en el movimiento turístico está provocando cambios de apreciación en lo que concierne al lugar de las vacaciones. Elisabeth Brunner (150) lo pone de relieve. De una parte, las clases superiores han emigrado de los grandes núcleos playeros hacia centros de la costa más selectos, cediendo el lugar a las clases medias y, cada vez más, incluso a las clases obreras, las cuales han tomado posesión, en Backpool, de “su” gran centro de acogida. De otra parte, la sobrepoblación de los centro playeros hace que el turismo de la costa se oriente hacia el interior del país, creando nuevas costumbres entre los vacacionistas. Los comportamientos turísticos crean opinión en un momento dado y en otro se dejan llevar por la ley del cambio, la “Cultural Change”.