El efecto de sustitución



El problema de la sustitución se presenta bajo diferentes aspectos. En el sentido más estricto del término, bienes sustitutivos son los susceptibles de satisfacer la misma necesidad por lo que pueden ser sustituidos uno por otros para un mismo fin. Se puede satisfacer la necesidad de hacer un viaje tomando el tren o el coche. Con cualquiera de estos medios de transporte se cumple el objetivo. Se explica, en general, este hecho a través de la tasa marginal de sustitución; dicho de otro modo, la cantidad marginal de un bien cuyo descenso o aumento es exactamente compensado en el espíritu del consumidor por el aumento o el descenso de otro bien. Sin embargo, la cantidad del bien sustituido (por ejemplo, carne) que hay que suprimir para compensar exactamente una unidad marginal del bien de sustitución, es decir, del bien de re emplazamiento (por ejemplo, carne) será, por tanto, más pequeña que la del bien de sustitución (patatas) si es más abundante en el mercado que el bien reemplazado (la carne). Expresado más simplemente, cuantas más patatas me den menos dispuesto estoy a cambiarlas por carne. Tal es el significado de la ley citada anteriormente (134).

El valor para el turismo (de esta ley) es más limitado puesto que aquí se trata menos de la sustitución de cantidades divisibles de un bien reproducible a voluntad que de objetos de consumición o prestaciones de servicios (transporte por ferrocarril, por coche o por avión) específicos e indivisibles. Es decir, no se cambian porciones de mercancías sino bienes o prestaciones completos. Sin embargo, la ley de la tasa marginal decreciente continua produciendo sus efectos porque refleja una tendencia general.

Existe igualmente una cierta relación entre el precio de los bienes y las prestaciones susceptibles de ser sustituidas unos por otros porque el encarecimiento de uno de los bienes considerados aumenta la demanda del otro. El aumento del precio de los hoteles, pro ejemplo, reforzará la tendencia a pasar las vacaciones en un chalet o en una casa particular para defenderse del encarecimiento de la estancia hotelera. Cuando aumenta la demanda de alojamiento en casas particulares se produce un aumento de los alquileres, mientras que la hostelería por su parte, frena sus exigencias por la competencia de otras fórmulas de alojamiento. La interdependencia de los precios de los bienes que pueden ser sustituidos uno por otros evitará, pues, que surjan diferencias muy fuertes. La influencia recíproca actuará en el sentido de una aproximación entre la prestación inicial y su sucedáneo.

El fenómeno de la sustituibilidad se manifiesta igualmente cuando, en lugar de bienes y prestaciones de servicios, son las necesidades mismas las que compiten entre sí. Las personas que saben lo que ocurre en América afirman, por ejemplo, que las necesidades de los americanos en materia de viajes y de vacaciones compiten y son frecuentemente reemplazadas por los objetos de consumición siguientes:

- Frigorífico
- Abrigos de piel
- Coches
- Lavadoras
- Televisores
- Pisos de lujo

El ahorro que adopta la forma de importantes seguros de vida constituye también un freno de los gastos dedicados a los viajes.

De esta forma, el proceso de sustitución se desplaza simplemente de los objetos de consumición hacia la estructura de consumición. No estamos en presencia de un objeto de consumición determinado que pueda ser alcanzado por diversos medios sino ante diversos objetos susceptibles de ser sustituidos unos por otros dados los medios disponibles. En el campo de la consumición obligada, la renuncia a un objeto en beneficio de otro no es evidentemente posible más que dentro de una zona estrechamente limitada. El hombre no puede dejar de comer y beber, no puede sustituir el vestido o el alojamiento por las artes o las ciencias. Por el contrario, la consumición discrecional ofrece una serie casi ilimitada de sustituciones, y por tanto, lo más probable es que se aproxime a la consumición de lujo, a la “conspicuous consumption”, lo que procede del hecho de que las necesidades de consumición no indispensable para sobrevivir son menos específicas y pueden ser satisfechas de diferentes maneras sin poner en peligro la supervivencia del interesado. La sustitución en este sentido más amplio puede, por tanto, traducirse en un cambio de actitud del consumidor.

¿Cuáles son las razones de esto? ¿Cómo es que, para una renta dada, se renuncia de golpe, total o parcialmente, a sustituir ciertos bienes o ciertas prestaciones de servicios por otros bienes o prestaciones? Tal cambio en la elección de bienes, ¿no está en contradicción con la tradición, la cual adquiere con bastante rapidez carta de naturaleza en la estructura de la consumición, en las “patterns of consumption” (pautas de consumición)?

aa/ Es fácil dar una respuesta en la hipótesis de que los cambios en la consumición sean consecuencia inevitable de grandes cambios procedentes del exterior que afecten al abastecimiento de mercancías. Cuando algunos bienes sufren una restricción en su oferta y, sobre todo, cuando se trata de bienes vitales, la consumición desciende inevitablemente. Los ahorros derivados de una consumición menor de artículos escasos o racionados se dedican entonces a un consumición mayor de bienes y prestaciones menos escasos y no racionados. Encontramos un ejemplo típico de esta sustitución forzada en la economía de guerra que conmociona todo el esquema tradicional de la consumición y lo reemplaza por otro más conforme con el estado precario de los aprovisionamientos.


Gran Bretaña y USA son dos países que reflejan nítidamente aunque de forma diferente la incidencia de la guerra sobre la estructura de la consumición. En USA, país fuertemente industrializado, con recursos casi inagotables y ahorrados a causa de la guerra, no ha tenido lugar ningún cambio notable en la consumición obligada; los americanos, en conjunto, no han experimentado restricciones apreciables en su alimentación ni en su vestuario.

No ocurrió lo mismo, sin embargo, en lo que concierne a la utilización de coches particulares, cuyo uso fue reemplazado, en gran parte, por el transporte público. Se manifestó una cierta penuria en electrodomésticos porque son objetos fabricados en fábricas que tuvieron que producir para el ejército.

Mucho más profundas son las modificaciones que tuvieron lugar en Gran Bretaña. Este país fue obligado a restringir su consumición de un modo mucho más enérgico y en casi todas las partidas. Aunque las restricciones en el campo alimenticio se mantuvieron dentro de límites soportables, en el aspecto del vestido, del menaje y de otros objetos de uso personal se sintió la escasez. El tráfico en coche privado era prácticamente nulo y aun así no se compensó ni siquiera aproximadamente con los medios de transporte públicos. Los descensos de consumición (de estos bienes) no fue compensado más que de un modo imperfecto por el aumento de los gastos en bebidas alcohólicas, tabaco y distracciones. Ante las dificultades generalizadas de aprovisionamiento, no se produjo en Gran Bretaña, al contrario de lo que ocurrió en USA, más que una sustitución incompleta ya que una parte de la consumición de posguerra desapareció, por a sí decir, totalmente.

Suiza ocupa, en el marco de los cambios de consumición y como consecuencia de la guerra, un lugar sensiblemente intermedio entre Gran Bretaña y USA. También en Suiza el racionamiento de artículos alimenticios y de otros bienes de consumición importantes liberó un cierto poder de compra que se dedicó a mercancías y prestaciones no racionados cuya consumición aumentó. Entre estos últimos, las prestaciones turísticas figuran en buen lugar. Al contrario de lo que pasó en el extranjero, las prestaciones turísticas no tuvieron que sufrir ni limitaciones impuestas por el transporte ni escasez de medios de alojamiento. Incluso hubo una oferta fuertemente excedentaria. El intenso gusto por los viajes manifestado por los suizos durante la guerra, que se manifestó en el aumento descrito más arriba del número de pernoctaciones de clientes nacionales, se explica en parte por el crecimiento de la renta nacional pero, sobre todo, por la utilización ilimitada del equipamiento turístico que sirvió de “vía de encauzamiento” de la renta liberada por el racionamiento y de derivación para el aumento del poder de compra que apareció después del ahorro forzoso (136).

bb/ Más difícil es explicar la sustitución provocada no ya por la variación de las cantidades y de los precios de la oferta sino por el cambio del comportamiento de los consumidores permaneciendo constante la oferta tanto desde el punto de vista cuantitativo como desde el punto de vista del precio. Esta sustitución se presenta bajo dos formas:

1º) sustitución de un bien o una prestación turística por otra prestación turística.

2º) sustitución de una necesidad turística por otra no turística; la consumición se desplaza del turismo a otras actividades, o a la inversa.

aaa/ Con respecto al primer tipo de sustitución, la que tiene lugar en el interior del turismo, ya hemos puesto un ejemplo. Este tipo de sustitución afecta a la tendencia, apuntada por primera vez según nuestra información por Gölden, a un aumento del porcentaje de los gastos dedicados al transporte a costa de las cantidades dedicadas a la estancia (137); una parte cada vez más importante de los gastos turísticos en expansión va a las empresas de transporte o a los viajes en coche propio, lo que comporta la reducción correspondiente en los gastos de estancia. En consecuencia, los aumentos en los gastos de transporte sustituyen una parte de los gastos en hotel. Se asiste, pues, a una sustitución ponderada de “turismo receptivo” por “turismo activo” que se traduce en una notoria reducción de la duración media de la estancia en la estación turística. Se olvidan las palabras de Fausto; “¡Quédate, eres tan hermoso!”. Si nos tomamos la molestia de consultar los viejos libros de hoteles, los “registros de viajeros” descubriremos una verdadera mina de información sobre las costumbres de los viajeros de antaño. Después del estudio de numerosas fuentes de este tipo, procedentes de todas las regiones turísticas clásicas, llegamos a la convicción de que precisamente hacia fines del siglo XIX, la estancia de varias semanas era la regla en el caso de los clientes extranjeros en las estaciones suizas. Parece que los clientes suizos, que eran la minoría, habían fijado la duración de la estancia en 3 o 4 semanas por término medio. A título de curiosidad, elegimos, entre innumerables testimonios, dos inscripciones que figuran en el libro de hotel de la pensión Rosat en Chateau d´Oex. Cierto señor Zwierlein confesaba en agosto de 1852:

“Durante las 9 semanas pasadas aquí he encontrado excelentes tanto el alojamiento como la alimentación. En reconocimiento de la calidad del servicio y de la amabilidad del hotelero, no tengo más remedio que recomendar por doquier a todo el mundo la pensión Rosat en la Frass”. Poco tiempo después, un inglés inscribió con una concisión verdaderamente militar las palabras siguientes: “El coronel, la señora Wale y su familia (12 personas) han permanecido aquí durante tres meses”.

Las semanas de hace cien años se han reducido ahora a días: la duración media en los hoteles suizos se elevaba en 1951, según las estadísticas turísticas federales, a 3,48 días para el conjunto del país y a 3,78 días en las regiones turísticas.

No es preciso volver al pasado para darse cuenta de la mayor movilidad de los viajeros y para persuadirse de que los desplazamientos superan a los reposos. En un estudio aparecido al final de la guerra, Fallet (138) estimó aproximadamente los ingresos de los ferrocarriles federales suizos de 1938 a 1945, según el objeto del viaje, lo que da para los desplazamientos de vacaciones:

El tráfico de vacacionistas, medido a través de los ingresos correspondientes de los ferrocarriles, ha reaccionado más fuertemente a las peripecias de la guerra que la frecuentación de hoteles por clientes suizos expresada en noches. Por ello, el descenso del tráfico de vacacionistas en 1940, un año crítico, no se reflejó en el número de pernoctaciones. Pero en este orden de ideas, es importante constatar que el tráfico turístico ferroviario durante el periodo 1938/45 aumentó, a pesar de todo, más fuertemente que la frecuentación de hoteles expresada en pernoctaciones (133,3% frente a 72%).

Podemos concluir diciendo que el aumento espectacular de la tasa de consumición turística ha beneficiado más a los ferrocarriles que a la hotelería. El proceso de sustitución de la creciente actividad del desplazamiento por la de estancia continuó lo mismo que durante la guerra.

Pero, por otra parte, la hotelería está amenazada por un peligro mayor: a saber, la tendencia por razones de precios más bajos, de libertad y de espíritu de familia, a pasar las vacaciones en un chalet, en una residencia secundaria o bien en la habitación de una casa particular. La estancia en el hotel es pues sustituida por un alojamiento particular; el menaje individual se lleva provisionalmente al lugar de veraneo. No hay duda de que la tendencia a pasar las vacaciones fuera de un hotel sigue aumentando.

Como los alojamientos particulares no figuran en las estadísticas hay que apoyarse en ejemplos regionales o locales si se quiere cuantificar la sustitución que se está operando a favor de las estancias en casa particulares en detrimento de las estancias en hoteles.

Salta a la vista inmediatamente el reducido número de pernoctaciones en casas particulares durante la estación de invierno, lo que se explica por el hecho de que el hotel tiene la ventaja indudable de un mayor confort: no hay que preocuparse por la calefacción, sus instalaciones son más apropiadas, etc. En verano, por el contrario, el alojamiento en casas particulares cubre la mayor parte: representa para el periodo 1935-1939 entre un tercio y más de la mitad de los turistas que usan hoteles. Durante la guerra, el alojamiento en casas particulares rebasó en valor absoluto el número de pernoctaciones en hoteles. Las preferencias por los alojamientos particulares se han mantenido después de la guerra e incluso se han intensificado en parte.

En Adelboden, por ejemplo, el censo de visitantes efectuado por correos el 25 de junio de 1952 dio el siguiente resultado:


CLIENTES
Hoteles y pensiones 1.291
CHALETS, INSTITUTOS Y CASAS INFANTILES
3.446
Total 4.737

Además, para satisfacer la creciente demanda, la Schweizerische Gemeinnützige Gesellschaft (Sociedad Suiza de Ayuda Mutua) creó una agencia especializada en alojamientos para vacaciones que dispone de 2.800 plazas.

La evolución mucho más regular (observada en el caso de Grindelwald) de las pernoctaciones en casas particulares con relación a las pernoctaciones en hoteles deja entrever que son ante todo los clientes suizos los que prefieren el alojamiento en casas de particulares y que lo demandan en medida creciente. Los proyectos de vacaciones revelados al autor de este estudio por numerosos suizos y conocidos pertenecientes principalmente a la categoría de funcionarios o de profesionales liberales, confirman también esta tendencia; en su mayoría, no pasan sus vacaciones en hoteles sino que alquilan una vivienda de vacaciones para su familia; a menos que posean un chalet en propiedad.

Cuando los visitantes extranjeros son numerosos, la hotelería puede soportar esta sustitución. Pero si la afluencia de extranjeros disminuye, la competencia de los alojamientos particulares se convierte en un grave problema.

bbb/ El segundo tipo de sustitución es aquel en el que una necesidad turística es reemplazada por una necesidad no turística, o viceversa. La escena se desplaza entonces del campo específico del turismo hacia la estructura general de la consumición. Dado que la consumición turística, con algunas excepciones, no es imprescindible para la supervivencia y no se cubre con renta para la consumición obligada, es evidente que los bienes y las pernoctaciones turísticas solo se sustituyen por los de la consumición discrecional. En estos casos, en principio, las actividades más representativas, las de descanso y distracción, son las que con mayor facilidad son objeto de sustitución. Se puede, pues, considerar que los bienes culturales son, en cierta medida, sustituibles y prescindibles.

La experiencia cotidiana enseña que los gastos de esparcimiento y distracción son intercambiables, estén localizados o no. Basta un buen chaparrón el sábado a mediodía o el domingo por la mañana para que naufraguen los proyectos de excursión, de marchas por la montaña, de estancias en la playa, de participaciones en festejos o en otras manifestaciones al aire libre. Es difícil calcular la ausencia de beneficios, el “lucrum cessans”, que sufren los ferrocarriles de montaña, las empresas de navegación, los garajes, los hoteles, los albergues campestres, las tiendas de recuerdos, los guías de montaña, los establecimientos de baños, etc. cuando el tiempo echa por tierra las previsiones, hace inútiles los preparativos y provoca la pérdida de una parte del gasto hecho en reservas (140) . Se trata probablemente de millones de francos suizos, que son los que se ponen en juego cada fin de semana en la industria turística. Si el tiempo es desfavorable una parte de esta cifra se pierde por la consumición ya que, una vez que se ha tomado la decisión de gastar, no es fácil dar marcha atrás, simplemente se dirige hacia otros objetivos. En lugar de salir hacia un destino lejano, se buscan distracciones en el lugar de residencia. Los domingos lluviosos vemos como la gente se aglomera a la puerta de los cines, salas de concierto, teatros, cafés, restaurantes, manifestaciones deportivas y otros pasatiempos propios de las grandes ciudades que atraen grandes muchedumbres. También en este campo es verdad que “las desgracias de unos se convierten en beneficios de otros”. Cuantitativamente, sin embargo, los gastos realizados en el lugar de residencia a la expansión y las distracciones no son exactamente equivalentes a los realizados en consumición turística, ya que los gastos de desplazamiento son eliminados. Desde un punto de vista contable, estamos en presencia de un caso de sustitución incompleta puesto que una parte de los medios provistos para la consumición no son gastados sino reservados para un uso futuro o incluso simplemente ahorrados. También es posible imaginar lo contrario, es decir, el caso en el que una diversión o una expansión que iba a ser hecha en el lugar de residencia se sustituye por un desplazamiento; para hacer frente al suplemento de gasto ocasionado por esta actividad itinerante, se recurre a nuevos tramos de renta, lo que permite prever un aumento de los gastos de consumición. El siguiente ejemplo italiano ilustra hasta qué punto los bienes de recreo y de organización del tiempo libre, los grandes gastos dedicados a diversiones (teatro, cinema), entran en competencia con la consumición turística (141):


La parte reservada a las distracciones locales y las dedicadas al tabaco en los presupuestos familiares de los italianos ha aumentado tanto en valor absoluto como en valor relativo en mayor proporción que la dedicada a viajes, lo que prueba que la renta libremente disponible no beneficia en primer lugar al turismo.

Se trata de unos objetivos de consumición de naturaleza similar que se orientan hacia un placer físico o psíquico efímero que no crea valor de uso duradero. Pero la consumición turística entra entonces frecuentemente en competencia con el mundo de los bienes de consumición (duraderos o semiduraderos). El beneficiario de la renta se encuentra entonces ante un dilema: ¿dedicará los medios que le sobran de su tren de vida normal a la adquisición de bienes duraderos con el fin de mejorar su equipamiento doméstico o los dedicará a los placeres de un viaje, a la felicidad pasajera de unas vacaciones soleadas? Con el aumento de las necesidades de cultura y de confort, la decisión es cada vez más difícil y la posibilidades de sustitución no hacen más que ampliar esta dificultad (142). Los muebles, las alfombras, las joyas, los abrigos, la radio, el teléfono, el refrigerador, la lavadora, la bicicleta, el equipo de deporte, así como los cuadros, los libros, los objetos de arte, las antigüedades, son cosas a las que pueden renunciar los consumidores a cambio de uno o varios días de estancia en un hotel y de los gastos que ello comporta. ¿Cómo hará la elección el interesado? También ahora, la idea que se hace de un tren de vida coherente con su situación social y su nivel de vida le hará inclinar la balanza. Si la posesión de ciertos objetos de lujo le parece necesaria a un tren de vida conveniente, a la satisfacción de sus aspiraciones sociales y al deseo de tener rango, como es actualmente el caso en Suiza, donde cada uno demanda un cierto confort doméstico (apartamento con baño, teléfono, radio, etc.), considerará más urgente satisfacer estas necesidades antes que las de recreo. Si por el contrario, su estilo de vida en lo que se refiere a vestuario, alojamiento y gastos personales se consideran bajo el signo de la sencillez, de la “austerity” y de la “utility”, - dando las clases superiores ejemplo de ello- entonces su poder de compra excedentario será preferentemente dedicado al turismo. La pasión por los viajes al extranjero que se constata después de la guerra en Inglaterra, en Holanda y en otros países bien podría ser explicado de esta forma.

En la lista de los citados objetos que compiten monetariamente con el turismo no figura todavía el medio de transporte individual, el cual, durante el último cuarto de siglo deja huellas cada vez más profundas no sólo en el campo del transporte sino al mismo tiempo en la estructura de la consumición total. Es verdad que en Suiza, el coche se considera, ante todo, como un objeto de trabajo, incluso los coches particulares, los únicos que nos interesan aquí, sirven principalmente para desplazamientos utilitarios. Sobre la base de estadísticas relativas a la distribución de coches particulares según las diferentes profesiones, se llega a siguiente conclusión (143): “De los más de 75.000 coches particulares matriculados en Suiza en 1938, 45.000, es decir, el 60%, son indispensables para los propietarios y facilitan de modo significativo el ejercicio de su profesión. En cuanto a los restantes, se utilizan igualmente para fines profesionales, principalmente para realizar el desplazamiento del domicilio al lugar de trabajo”.

Según la misma fuente, 4.319 coches particulares son propiedad de personas sin profesión, la mayor parte de las cuales son de clase alta, grupo en el que la renuncia a la estancia en un hotel para amortizar gastos de compra y mantenimiento del coche no tiene lugar más que muy raramente.

Después de la guerra, el coche ha adquirido valor creciente a ojos de los interesados; la prueba de ello la facilita el aumento del parque automovilístico suizo: ha pasado de 78.000 en 1939 a 188.000 en 1952. Se ha más que doblado. El cambio en la estructura de la consumición que se oculta tras la motorización se caracteriza por lo que sigue: “La generación habituada a renunciar, a pesar de tener recursos financieros suficientes, a tener coche, por conservadurismo o por modestia excesiva, está en vías de extinción. Las nuevas generaciones son más favorables al coche. Son numerosos hoy los funcionarios que poseen su propio coche y de los siete Consejeros Federales, tres conducen su propio vehículo! Antes de la guerra, no había ni siquiera uno” (144).

El movimiento que comienza a aparecer en Suiza y en los demás países europeos está ya generalizado en Estados Unidos, donde el coche ha conquistado uno de los primeros lugares en la jerarquía de necesidades; el coche puede incluso ser clasificado, en gran medida, como consumición obligada. De este modo, el coche muestra una superioridad manifiesta sobre la consumición turística. Más exactamente, ciertas partes de renta son absorbidas por el coche y van hacia la industria automovilística, al comercio de carburantes, etc. En ausencia de coche, al menos en teoría, abrían sido dedicadas al turismo, bien bajo la forma de una estancia prolongada en un hotel o de un viaje a ultramar. No se trata, pues, más que de la sustitución parcial del coche por consumición turística y no afecta en ningún caso a las necesidades del viajero, antes al contrario, puesto que está precisamente en la naturaleza misma de este nuevo medio de transporte. El coche es utilizado para paseos y vacaciones así como para viajes de negocios. Por su misma existencia, el coche también contribuye a aumentar los gastos en transporte turístico. La cuestión radica en saber en qué medida esta expansión se hará a expensas de otros elementos de turismo, y especialmente de la estancia.

El lugar ocupado por los gastos que comporta el coche en relación con otras partidas del gasto, tal y como resulta de los presupuestos familiares, aporta en este sentido datos de gran utilidad. Nos referimos a una encuesta dirigida durante los años 1930-34 por un grupo de investigadores americanos especializados en cuestiones sociales y humanas de una comunidad moderna. A pesar de que son algo antiguos, los resultados de la encuesta son todavía válidos en lo esencial. Una pequeña ciudad de 17.000 habitantes de Nueva Inglaterra que bajo el pseudónimo de Yankee-City sirvió de base para la encuesta (145).

Un capítulo importante trata de la vida económica de la comunidad en cuestión. Nosotros tomamos los detalles siguientes:

Los investigadores dividieron la población en tres clases:

- superior
- media
- inferior

Cada clase se dividió a su vez en nivel superior y nivel inferior para permitir una diferenciación más matizada.


En base a estas categorías sociales se clasificaron las respuestas a la cuestión de saber de que manera las diversas categorías gastan su renta. A continuación se reproduce la clasificación de diversas partidas de consumición según la parte que ocupan en el conjunto de los presupuestos familiares:

A nivel formal, el esquema americano se distingue del presupuesto familiar suizo por una división más matizada de partidas de gasto; las necesidades culturales, sobre todo, están mejor definidas. Nótese que los artículos de lujo, como tabaco, equipo de deportivo, fotografía, regalos, etc, son objeto de partidas especiales, mientras que, cosa curiosa, no encontramos ninguna indicación relativa a las bebidas alcohólicas, lo cual puede deberse a la prohibición que entonces estaba todavía en vigor.

A nivel material, los gastos del coche, comparados con los dedicados a vacaciones, son los que más nos interesan. La motorización que posee la nación americana aparece en el hecho de que en Yankee City los gastos del coche, que comprenden, además de los gastos por la utilización propiamente dicha, la posesión, las multas (¡) los impuestos y los seguros, ocupan, por término medio, el 4º lugar en los presupuestos familiares, antes que el vestido, por ejemplo. Debemos concluir que el coche ha dejado ya de ser considerado como objeto de lujo, y que se ha impuesto verdaderamente como un elemento indispensable que forma parte integrante del nivel de vida de todas las capas de la población. La tabla muestra perfectamente que, incluso en los presupuestos de las capas inferiores (I.I.), que no tienen recursos para hacer turismo, el coche ocupa todavía el 9º lugar. Pero todos los récordes se baten por la capa inferior de la clase superior (I.S.): los gastos que comporta la tenencia de coche vienen inmediatamente después de los dedicados a conservación de la casa y rebasan incluso los gastos de alimentación, de vestido y de alojamiento que corresponden, como se sabe, a las necesidades vitales.

La comparación de las cifras absolutas de gastos dedicados por los diferentes clases a coche y a consumición turística (vacation-travel) hacen esta situación aún más evidente.


Las cifras citadas representan valores medios de gastos absolutos de todos los que pertenecen a una misma categoría social. Tales cifras ponen en evidencia la importante diferencia que separa a los gastos en coche y en turismo, representando los últimos sólo una parte de los primeros. Si limitamos los gastos de consumición turística a la estancia, lo que supone que todos los gastos de transporte figuran en la partida “coche”, las cantidades dedicadas a turismo son tan pequeñas que no cubrirían una estancia cuidadosamente preparada en una estación turística, un hotel próximo a unas instalaciones deportivas o un balneario, ni unas vacaciones organizadas según el modelo suizo, por ejemplo. Efectivamente, el turismo americano se practica sobre todo al margen de hoteles y centros turísticos. Es más individual, menos organizado y menos exigente (146). Los reducidos medios dedicados a consumición turística incluso en el seno de la llamada clase superior lo pueden testimoniar. Su evaluación no puede hacerse más que en base a la noción de nivel de vida; esto es lo que revela la curiosa inversión que se da en los gastos de consumición entre el nivel superior y el nivel inferior de la clase superior. La primera, que es la que dispone de mayor poder de compra, gasta en coche y en turismo mucho menos dinero, en términos absolutos, que el nivel inferior, con rentas mucho más modestas. Esta desproporción se explica por la estructura sociológica propia de ambos grupos: el nivel superior de la clase superior cuenta probablemente con elementos de distinción teñidos de puritanismo que se advierten por su seriedad, su conservadurismo y su carácter profundamente sedentario: “My home is my castle” (Mi casa es mi castillo”); ellos dedican más atención al estatus de la casa, a la cultura, y la beneficencia, etc.…. Por el contrario, el nivel inferior de la clase superior tiene menos prejuicios y da más libremente curso a los deseos de consumición excéntrica y ostentosa (conspicuous expenditure) haciendo gastos en coche, turismo, deporte, etc.

Damos, pues, por admitido, que en la jerarquía de necesidades del consumidor americano, el coche ocupa un lugar más importante que el turismo. El turismo no sólo debe contentarse con cantidades de dinero mucho menores sino que cuando cae por debajo de un nivel inferior de renta, llega a quedar incluso eliminado de la consumición. Es pues evidente que tiene lugar una cierta sustitución: los gastos en turismo dejan el lugar a los gastos en coche. Podría decirse que Suiza ha experimentado las consecuencias de este desplazamiento de la consumición. Se aprecia, en efecto, desde 1910, fecha que marca el comienzo de la era del coche, un cierto descenso del número de visitantes norteamericanos. Gölden (147) afirma que el porcentaje de turistas que proceden de América del Norte en el total de llegadas a Suiza ha pasado de 11,9% en 1910 a 7,5% en 1930. Según este autor, el descenso podría deberse al hecho de que los turistas americanos dejen Suiza elijan a otros países europeos y extra europeos, incluso su propio país de residencia. Puesto que Suiza no ha pasado de moda para los americanos, parece claro que es el coche más que la competencia turística internacional la causa de esta evolución, puesto que introduce un elemento nuevo en el mecanismo de la consumición puesto que el coche ha superado la cuantía de gastos en bienes tradicionales. Como durante los últimos años la corriente de visitantes procedentes de América del Norte ha aumentado poco, su participación en las “llegadas” del turismo suizo no representó más que el 6,6 % en 1952, lo que pone de manifiesto la débil aportación del mercado más rico y más poblado del mundo.

No sería malo, sin embargo, buscar un chivo expiatorio. La razón del débil eco que ha encontrado hasta ahora el turismo en el presupuesto del consumidor americano medio no debe ser imputado al coche; se podrían invocar y poner en cuestión otras necesidades que también entran triunfal e irresistiblemente en la concepción que los americanos tienen de un nivel ideal de consumición: pollo a la cazuela todos los días, casa acondicionada, el televisor y el avión; la debilidad de la consumición turística americana hay que explicarla por el hecho de que aún no se encuentra sólidamente implantado el turismo en su nivel de vida. La culpa no la tiene el seductor que se presenta con un coche o con otro atractivo sino el que se deja seducir. Lo cierto es que el americano no concede demasiada importancia al turismo y renuncia a él fácilmente. Una actividad turística coherente con la importancia de la población y con las inmensas posibilidades materiales de los USA y que no se limitara sólo a las grandes ciudades del Este americano no se producirá más que el día en que la estancia de descanso anual, el desplazamiento deportivo reiterado y el cambio de clima regular logren entrar en sus costumbres y formen parte integrante e indispensable de un nivel de vida aceptado.