Clasificación jerárquica de factores
 



En el capítulo precedente hemos mostrado que los factores que intervienen en la estructura de la consumición turística son de naturaleza muy heterogénea. Nociones sagradas para los economistas como demanda, precio y utilidad se mezclan con elementos tan poco ortodoxos como la tradición y la costumbre y la necesidad del hombre de imitar y de singularizarse con su comportamiento. Llegábamos incluso a poner en juego a la psicología social y a la influencia de la propaganda sobre las masas. El variado mosaico de fuerzas que condicionan la consumición lo encontraremos siempre que queramos reflejar de un modo realista el desarrollo racional de un fenómeno económico representándolo por medio de un modelo teórico.

Pero no basta con señalar la concomitancia de causas racionales e irracionales. De una parte, la operación comercial que se realiza en base a la estructura de precios no se altera en virtud de consideraciones extraeconómicas. De otra parte, no siempre es conveniente olvidar, en el estudio de los fenómenos de consumición y distribución, los elementos extraños a las leyes de mercado. Interesa, por tanto, tener en cuenta un cuadro completo del proceso de consumición incluyendo en él elementos cuantitativos y cualitativos así como motivaciones económicas y extraeconómicas. La visión de conjunto permitirá que nos demos cuenta de la naturaleza y de la importancia de los diferentes factores que intervienen en la determinación de la consumición, no tratando de explicar cada acto de consumición en particular.

Partiendo del proceso de consumición, en su más amplia acepción, encontramos el poder de compra representado por la renta, es decir, los medios de cambio disponibles. Como nos hemos propuesto estudiar ante todo actos individuales de consumición, no nos ocuparemos aquí más que de la renta individual. Debemos referirnos más bien a la renta disponible, una vez deducidos los impuestos directos y, en su caso, las contribuciones obligatorias a la Seguridad Social. Así mismo, dejamos de lado, en un intento de simplificación, toda consumición relevante del Estado y de los poderes públicos y las relaciones que éstos mantienen con la consumición privada. La renta individual representa el volumen máximo de la demanda potencial. La importancia de la renta individual depende a su vez de la renta nacional; por ello hemos hecho referencia a este agregado al principio del esquema. Recordemos que el aumento efectivo de la renta nacional en una situación de pleno empleo se traduce inmediatamente en un aumento de la capacidad de consumición.

Por tanto, la renta individual facilita al consumidor el instrumento que le permite atender sus necesidades; el proceso del consumición se pone en marcha; como ya hemos dicho (107), este proceso no consiste sólo en la utilización de bienes y servicios sino, ante todo, en una elección. Pero la elección no es libre cuando se trata de cubrir necesidades vitales como alimentación, vestido y alojamiento, que son necesidades fisiológicas absolutamente prioritarias. También podemos aplicar a las necesidades indispensables para la conservación de la vida el término de consumición obligada puesto que debe ser atendida de un modo prioritario. El montante de la cantidad a dedicar a este efecto determina, por tanto, la parte de renta global disponible para la cobertura de otras necesidades. Este remanente depende, por consiguiente, de que el precio de los géneros alimenticios de primera necesidad, los alquileres, etc, se mantengan en niveles bajos. La intervención del Estado, en el sentido de presionar sobre los principales bienes de consumición, bien reduciendo los precios del pan, de la leche, etc, bien fijando el precio-base (como ocurre todavía actualmente en diversos países con el alquiler de las viviendas), se traduce de entrada en un aumento relativo de las disponibilidades que exceden de la cobertura de las necesidades vitales, pero puede reducir la renta disponible de las clases privilegiadas de la población por el aumento de los impuestos.

La renta libremente disponible (ver el esquema) es un nivel intermedio que debe sufrir un doble filtro antes de ser utilizada. En efecto, la elección de los bienes y servicios para la consumición se efectúa de entrada sobre la base de costes y valores comparados, es decir, sobre la base de consideraciones determinadas por la tradición, el medio, etc…, es decir, de impulsos situados más allá del dominio del mero cálculo. Hemos agrupado bajo la denominación de nivel de vida el comportamiento que se explica por la integración de un individuo en una sociedad en la que ocupa un estatus determinado. El nivel de vida se caracteriza por la manera en que se satisfacen las necesidades, es decir que, como ya hemos señalado (108), depende de la idea que una persona se hace del tipo de existencia que corresponde a su rango, el cual delimita las pretensiones y entra frecuentemente en conflicto con las exigencias de utilización de renta con fines domésticos, es decir, con el tren de vida inspirado por el espíritu de la economía.

Se comprende entonces que las relaciones entre el nivel de vida al que aspira el individuo y la consumición posible a precios dados y para un nivel de renta determinado, sean tensas. En función de estos criterios, el individuo no optará forzosamente por una solución extrema. En prevención, por ejemplo, de los gastos efectuados por su mujer en cuidados de belleza, no desatenderá los criterios contables, no se plegará a los caprichos de la moda, pero no rehusará hacer concesiones a las exigencias de su mujer siempre que el estado de sus finanzas se lo permita. Es mucho más verosímil que, cuando se trata de elegir bienes y servicios para la consumición, los dos criterios se manifiesten normalmente de forma conjunta: el nivel de vida determinará, entonces, en gran medida, la naturaleza y la orientación de la consumición; pero es también muy probable que consideraciones contables y financieras influyan para limitar la dotación de ciertos gastos. Entrarán entonces en consideración la calidad y los precios: (ejemplo, los ferrocarriles, los hoteles y los lugares de distracción: teatro, cine, etc.).

La satisfacción de necesidades por medios económicos, que corresponde en nuestro enfoque a la consumición es, pues, el resultado de un compromiso existente, renovado sin cesar, parecido a un paralelogramo de fuerzas opuestas pero, en cualquier caso, complementarias. Como muestra el esquema, la satisfacción de necesidades vitales mínimas, es decir, la consumición obligada, no escapa completamente de esto. No es exagerado decir hoy, sobre todo en el caso de los jóvenes, que las necesidades vitales son sacrificadas en aras del deporte y de las distracciones porque se quiere parecer elegante y hacer “como los demás”. ¡Cuantos fines de semana haciendo deporte de invierno no son posible más que ayunando! ¡Cuantas veces se pone de relieve el contraste entre fuertes gastos en alta costura y una vivienda más que modesta, por ser la única posibilidad que tiene quien vive en ella de ostentar un nivel de vida por encima de sus posibilidades!

La reducción voluntaria de necesidades vitales en beneficio de gastos caracterizados como suntuarios disminuye la consumición obligada. El poder de compra que se libera aumenta la parte de bienes y servicios destinados a cubrir necesidades culturales, es decir, la llamada consumición discrecional o libre por contraste con la consumición obligada. La consumición discrecional integra, consecuentemente, un mínimo vital asegurado, la satisfacción de las necesidades generales, y refleja las aspiraciones espirituales del hombre, lo mismo que sus aspiraciones al confort y a los placeres de la vida, en definitiva, al progreso de la cultura y de la civilización. Es lo que Barnes y Ruedi (109) llaman de un modo muy expresivo “Life on the Supra-pig Level”, inspirándose en el criterio de Platón, para quien el hombre no debe contentarse sólo con alimentarse y cuidar su higiene corporal puesto que cualquier animal aspira a lo mismo, sino, además al cultivo de las artes, la música, el teatro, la estética y la filosofía. Por las aspiraciones espirituales y por su organización del ocio se diferencia el hombre de los animales.

La magnitud de la consumición discrecional también refleja la forma en que los individuos y los pueblos participan en la producción de bienes y servicios que contribuyen a enriquecer la vida de cada uno, lo que constituye un índice expresivo del nivel cultural del individuo o de la colectividad. La existencia de tales medios materiales, de los que están provistos los países de civilización avanzada de Europa y de América del Norte, facilita las posibilidades de esparcimiento cultural diferentes de las que tienen los pueblos cuyos recursos económicos se dedican solo a atender la consumición obligada.

Es verdad que hay que tener en cuenta también la constitución de reservas económicas (ahorro e inversión), es decir, una renuncia a la consumición inmediata en beneficio de la consumición futura. ¿Cuál es la importancia de estas reservas y qué porcentaje representan con respecto a la consumición? Duesenberry (110) afirma que la tasa de ahorro es independiente, a largo plazo, de la evolución de la renta, pero que, a corto plazo, viene determinada por la relación entre la renta actual y la renta más alta de periodo precedente; según este autor, la tasa de ahorro disminuye cuando disminuye la renta al empeorar la coyuntura. Pero, inversamente, el ahorro individual también puede hacer disminuir la consumición discrecional al reducirse la demanda inmediata de bienes. Esto es válido, según Keynes, para una renta creciente, por lo que tiene lugar generalmente un aumento más que proporcional de la tasa de ahorro, es decir, una disminución de la propensión a la consumición (111). Lo que Keynes presenta sin más explicación como ley psicológica fundamental procede en realidad de los usos y las tradiciones de la clase privilegiada, es decir, del nivel de vida.

Para las clases dirigentes, fortuna y sentido de la economía van a la par. La riqueza es considerada como el salario de una sabia gestión económica y la gente que vive por encima de sus medios son severamente juzgados y condenados. Basta releer ciertas obras para darse cuenta de con qué celo y fanatismo predican la virtud del ahorro, propia de los pioneros de la era industrial, para quienes el pecado es la consecuencia de querer vivir por encima de los medios disponibles (112). Pero, además de las exhortaciones de orden literario, está el ejemplo de personas célebres, conocidas por su austeridad y sus logros, esos numerosos pioneros de la economía moderna que han contribuido a que se considere el ahorro como una virtud burguesa. Sin embargo, por fidelidad a los principios establecidos, esta virtud es todavía hoy practicada en medios en los que las reservas económicas constituida son suficiente y donde una restricción voluntaria ya no está justificada; a la inversa, en medios en los que las reservas tendrían que ser mayores, pero no han sido educados en este espíritu o que aprueban el muy comprensible deseo de participar en la consumición discrecional, los hábitos de ahorro no están generalizados (113).

Una cosa es, por tanto, cierta: el volumen de ahorro viene influido por el nivel de vida. Por el contrario, el montante de la tasa de interés juega un papel menos importante en la constitución del ahorro efectivo. Duesenberry constata que “... the agregate savings ratio will be rather insensitive to changes in interest rates...” (la tasa de ahorro agregado es más insensible a cambios en la tasa de interés) (114). Dicho esto, admite que una disminución de la tasa de interés puede contrariar el deseo de ahorrar y estimular la consumición discrecional, sobre todo cuando coincide con una fiscalidad que trata de captar la renta del capitalista. Por el contrario, un aumento de la tasa de interés y una mejora fiscal tienen el efecto contrario. Indicamos estas diferentes relaciones de forma esquemática diciendo que la constitución de reservas (ahorro e inversión) no depende sólo del nivel de vida sino también de la posibilidad de dar libre curso a una consumición discrecional determinada por la renta y por los niveles de precios. La noción de consumición discrecional que, en nuestra opinión es la más importante, está bien definida y se encuentra en el centro del problema. Habría que intentar ahora reunir en grupos muy representativos una serie de objetivos tan numerosos como variados y de investigar las leyes que presiden su aparición y su evolución. Un estudio de tal envergadura constituiría por sí mismo el objeto de una teoría general de la consumición. En lo que nos concierne, basta con que nos ocupemos de uno sólo de estos grupos, a saber, el del turismo, y de compararlos con los demás, es decir, con los que no tienen relación con el turismo.

Nuestro esquema permite presentar de otra forma el problema: la consumición turística (y la no turística) puede ser atendida con ayuda de las reservas económicas (ahorro). En tal caso, la elección del consumidor sólo tiene lugar en una fase posterior, es decir, después de la constitución del ahorro. Sin embargo, es verosímil que desde el comienzo de la constitución de reservas, su utilización parcial futura con fines turísticos juega cierto papel, lo que confiere a ciertas reservas un carácter temporal (ahorro viaje).

La consumición turística se inspira frecuentemente en esta forma de proceder. Para hacer frente a gastos de viaje y vacaciones relativamente altos, las masas populares no disponen más que de rentas corrientes; ante la insuficiencia de estas últimas, no tendrán más opción que recurrir a sus reservas (115).