El legado histórico
 



Si de entrada apelamos al juicio de la historia para resolver el problema lo hacemos con la firme intención de buscar en la historia de la humanidad los rastros de sentimientos y deseos que, en todas las épocas, han llevado a los hombres a abandonar transitoriamente su domicilio .

La presencia de arcaísmos en el psiquismo humano es bien conocida, habiendo sido formulada por C. G. Jung en su teoría de los arquetipos, prototipos, formas e ideas transmitidas hereditariamente desde la eternidad, energías psíquicas presentes no sólo entre los primitivos, sino también entre los hombres modernos y civilizados. Jung les llama órganos del psiquismo pre racional. “Del mismo modo que nuestro cuerpo no es más que el cuerpo de un mamífero que conserva rasgos supervivientes de estados evolutivos anteriores que recuerdan a los animales de sangre fría, igualmente nuestra alma es el producto de una evolución que, cuando se remonta a sus orígenes, revela también innumerables arcaísmos” (79).

La inmutabilidad del alma humana, las disposiciones y las predisposiciones que le son inmanentes a través del tiempo, ha sido denominada por los americanos con la expresión general de “naturaleza original” (80). Se manifiestan en los instintos impulsos innatos, inclinaciones físicas específicas que, como la huida, la curiosidad, el instinto paternal o gregario, derivan de una constitución psíquica que el individuo no adquiere durante su existencia. Por ello, el hombre de nuestros días lleva en él fuerzas motrices que determinaron ya en tiempos prehistóricos hechos y gestas humanas. De aquí que manifestaciones vitales tan importantes como lo elección y la consumición de los bienes necesarios para asegurar la existencia, es decir, la estructura de la consumición, estén profundamente influenciadas por ellas. Tampoco las relaciones sociales actuales pueden explicarnos de forma exhaustiva la manera en que los hombres organizan la consumición. Como se sabe, numerosos motivos determinantes pueden ser explicados si nos remontamos hasta los tiempos más primitivos. Continúa, sin embargo, siendo difícil, en la práctica, distinguir los impulsos hereditarios e innatos de los impulsos adquiridos posteriormente. Pero esto no cambia el principio fundamental en sí mismo.

Es pues posible pensar que las migraciones esporádicas o periódicas, es decir, los movimientos turísticos de nuestros días, representan un fenómeno original y que la huida, la curiosidad y el instinto gregario han impulsado siempre a los hombres a abandonar temporalmente su domicilio para buscar un entorno diferente. Muchos sociólogos admiten la existencia de un verdadero instinto migratorio(81), un instinto primario en el que se mezclan indistintamente el instinto de nutrición y el instinto de reposo. También es posible hacer una comparación con los movimientos migratorios de los animales, como los de las (llamadas) aves migratorias o los de las plagas de langosta. El vagabundaje no es más que la hipertrofia patológica del instinto migratorio. Ya Stradner (82) mencionaba que el estimulante del turismo no es otro que el deseo de viajar o un espíritu de vagabundo que aun dormita en el alma humana: “Puede que sea una herencia de tiempos lejanos, cuando nuestros ancestros erraban como nómadas”. La psicología moderna ha confirmado además ampliamente esta concepción simple.

La influencia de ciertas nociones mitológicas de los pueblos primitivos al principio de la humanidad reviste una importancia particular. Es así como se dice, por ejemplo, que los indios americanos, cuando llegaban a la pubertad, abandonaban la cabaña y se retiraban en soledad para adorar en la cima de alguna colina o de alguna montaña el “gran misterio” (83). Esta costumbre respondía entre los indios a una exteriorización de la vida del alma y es útil constatar, para nuestros propósitos, que el rito estaba íntimamente ligado al fenómeno migratorio.

De un modo general, las metáforas primitivas del pensamiento, los símbolos, sobre todo los de carácter religioso, dan al turismo un poderoso impulso. Todavía, después de milenios, la visión de algún símbolo religioso sigue poniendo en movimiento a las masas humanas hacia ciertos lugares sagrados en los que estarán cerca de él.

Se pueden clasificar entre las manifestaciones de la trascendencia las peregrinaciones de la cristiandad católica hacia Tierra Santa, donde se dan cita las más grandes manifestaciones de fe a pesar de que hayan caído hoy en lo profano. Roma en la Edad Media, Santiago de Compostela en la lejana España, por citar solo los más importantes, fueron lugares de peregrinación que atrajeron muchedumbres de todo Occidente a las que las fatigas del camino (84) no afectaban. El éxodo anual de peregrinos del Islam a La Meca y las peregrinaciones de los budistas prueban que la atracción ejercida por los símbolos religiosos es todavía muy fuerte en nuestros días.

Otro ejemplo de la continuidad de representaciones inconscientes lo facilitan ciertos fenómenos actuales del instinto deportivo, que también tiene precedentes históricos y, en último extremo, en ritos de la prehistoria. Son muchos los que, con la práctica de los deportes, han vuelto a encontrarse con la Naturaleza, cuyas preocupaciones de orden profesional o social y la trepidante (acelerada) vida ciudadana les habían hecho olvidar. Durante un corto periodo de tiempo tratan de escapar a la civilización y volver al seno de la Naturaleza que presenció el desarrollo de la vida de los ancestros… La práctica actual del camping es una vuelta consciente al modo de vida de los pueblos primitivos. En la pasión por la caza o la pesca también descubrimos un cierto atavismo que enlaza los deportes actuales con la época prehistórica, en la que (los deportes de entonces) servían para asegurar a duras penas la existencia.

El deporte moderno remite en línea directa al pasado más antiguo no sólo en sus manifestaciones externas sino también en sus motivaciones interiores. La competición deportiva no es evidentemente más que un método de selección destinado a conocer a los combatientes más hábiles, más vigorosos y más valientes entre los cuales los pueblos primitivos elegían a su rey para sacrificarlos después más pronto o más tarde a los “poderes” que los abandonaban, con el fin de reconquistar su favor por medio del sacrificio y recuperar su poder. Que estas pruebas de valor y de destreza tengan como premio el honor vivamente codiciado de llevar una pluma de águila, como hacen los indios, o la posesión de un trofeo de oro, como hacemos ahora, no es más que una simple cuestión de gusto que, en el fondo, no altera las relaciones existentes entre las manifestaciones de la cultura primitiva y la actividad deportiva de nuestros días. Basta observar el comportamiento de la muchedumbre durante un partido de fútbol o cualquier otra competición deportiva de masas para darnos cuenta de cómo se manifiestan los instintos y los sentimientos que delatan un poder y una pasión tan primitivas que contrastan singularmente con las formas habitualmente civilizadas de participación.

La presencia de tales arcaísmos y la existencia del inconsciente colectivo revisten a nuestros ojos una importancia particular porque las manifestaciones exteriores que ponen en funcionamiento se encuentran en parte hoy en el turismo. En efecto, el turismo impulsa a los hombres principalmente hacia escenas que en la actualidad le atraen de un modo indecible. Es lo que les permite acceder al ambiente natural, a una especie de “outdoor life que ejerce un atractivo mágico por su contraste con la civilización” (85).

Encontramos aquí un origen irracional del turismo, por lo que es difícil evaluar sus efectos a pesar de que son perceptibles para todos y sin equívocos. La raíz extiende sus ramificaciones en todos los sentidos, alcanza a todas las capas de la población, puesto que tiene su origen en sentimientos instintivos no diferenciados y comunes a todos los hombres. El efecto de su encanto es tan potente que se sucumbe a él a pesar de todo. El elemento irracional del turismo es particularmente evidente en el hecho de que los interesados deseen tomar parte en sus manifestaciones a toda costa, incluso en detrimento de la satisfacción de necesidades objetivamente más urgentes. Invierten el orden de prioridad: reclaman “circenses et panem”.

b) Desde el punto de vista histórico, podríamos todavía llamar la atención sobre una motivación específica de la consumición turística de un tipo particular que reviste un carácter apremiante y forzado. Nos referimos a los desplazamientos temporales que se realizan para conseguir la curación de enfermedades, es decir, a los desplazamientos provocados por el instinto de conservación, los que responden, por tanto, a una necesidad vital que no permiten sustitución alguna. El problema del valor no se plantea en este caso, en el sentido de que no es posible optar entre diferentes posibilidades de consumición. El objetivo de restablecer la salud tiene prioridad absoluta y es indispensable poner en juego todos los recursos económicos disponibles y sin restricción.

Sin embargo, el tratamiento de enfermedades a través de desplazamientos, sobre todo bajo la forma novedosa de curas termales o climáticas, no constituye la única solución terapéutica. Históricamente, el uso generalizado de curas termales data de los tiempos de los romanos (los cuales no frecuentaban las termas exclusivamente con fines terapéuticos sino, también, y en muchas ocasiones, por placer); la explotación de las virtudes curativas del clima no empezó hasta la segunda mitad del siglo XIX, materia en la que Suiza es un país pionero. Después, la evolución de la ciencia médica decidió en gran medida el uso de diversos recursos terapéuticos en función de indicaciones específicas. Para el tratamiento de una misma enfermedad pueden aplicarse varios métodos terapéuticos, cuyo uso y la combinación en cada caso particular se dejan al criterio médico. Para la tuberculosis pulmonar, por ejemplo, el médico puede elegir entre el tratamiento tradicional y la operación. La operación no comporta, necesariamente, un cambio de clima, lo que provoca pérdidas a las estaciones climáticas interesadas, como consecuencia del descenso del índice de frecuentación. “El gran progreso de la cirugía en el tratamiento de la tuberculosis pulmonar hace superflua muchas veces la cura climática que se consideraba necesaria en el pasado” (86).

Así se explica por qué una consumición tan prioritaria como los gastos con fines medicinales puede no traducirse en una demanda constante y rígida en el mercado turístico y también por qué el empleo de recursos curativos naturales queda sometido a fuertes fluctuaciones. Baste recordar a este propósito las vicisitudes por las que pasan ciertas estaciones termales orgullosas de su glorioso pasado; su reciente éxito en Suiza sigue a un periodo en el que estuvieron relegadas al olvido y en el que su supervivencia dependía exclusivamente de clientes distinguidos de avanzada edad a los que servían de lugar de encuentro (87). En ese tiempo, la medicina estaba casi exclusivamente preocupada por sanar el órgano enfermo por medio de la cirugía y la química; la medicina estaba inspirada en la patología orgánica. Los métodos curativos naturales que como las curas termales actúan sobre el conjunto del organismo han encontrado hace poco un reconocimiento generalizado por parte de los médicos. Los últimos resultados de las investigaciones médicas han comportado la desaparición de ciertos medios de tratamiento y de las profesiones que los aplicaban. El ejemplo más conocido es el de las curas de suero, en boga entre mediados del siglo XVIII y del XIX y que confirieron a más de una villa, hoy alejadas de las rutas turísticas, la prestigiosa aureola de estaciones de cura. Recordemos Gais, en la comarca de Appenzell, a la que las curas de suero le valieron el honor de ser albergue de príncipes y de altezas reales. Meyer Ahrens (88) prescribía dietas durante las curas de suero para evitar que la absorción de grandes cantidades del brebaje provocara “sensación de pesadez en la cabeza”. Después, la medicina aconsejaba a los tuberculosos, a los que tenían catarros crónicos y a los demás “pacientes” a los que les habían sido recomendadas curas de suero (las “curas escocesas” en idioma popular) seguir curas climáticas de alta montaña.

En cualquier época, el enfermo se deja guiar por la voluntad del prójimo encomendando la cura de su mal a terceros, confiando en médicos, es decir, en aquellos que les parecen facultados para ayudarle, en virtud de creencias sobrenaturales o por conocimientos científicos. Para las tribus primitivas se trataba de curanderos y brujos (89), mientras que en los pueblos civilizados se trata de médicos especialistas. Sus órdenes deciden de forma preponderante si el proceso de curación exige un desplazamiento, es decir, si hay que recurrir a una terapia imposible de emplear - o no ofrece la misma calidad - en el domicilio habitual del paciente. Así se explica que, en la consumición turística, la necesidad de salud y el instinto de conservación físico no se manifiesten de una manera constante sino, muy al contrario, con una intensidad variable como consecuencia de la intervención de un tercero que anula el libre albedrío del principal interesado, el turista. La consecución de la cura de enfermedades físicas o, en un sentido menos general, la necesidad de descanso, no cristaliza y no provoca, por tanto, corrientes turísticas potentes y estables que lleven a los extranjeros hacia los establecimientos tradicionales de cura, “las fuentes de juventud”. La frecuencia es función de factores impersonales: el estado actual de la terapéutica y la práctica médica.