La concepción subjetiva






Se podría objetar, sin embargo, que esta intrusión en el mundo de la subjetividad, en el que la elección de bienes depende de la apreciación de los consumidores y de consideraciones de utilidad, se ha tenido en cuenta ya por una escuela concreta de economistas, la que explica los fenómenos económicos y, por tanto, el comportamiento de los consumidores con la ayuda de la teoría subjetiva del valor. La escuela marginalista se esfuerza, en efecto, en facilitar la fórmula según la cual tiene lugar la satisfacción de necesidades, la determinación de la demanda en el mercado de bienes e, ipso facto, su selección para la consumición.

Como elemento de motivación, esta escuela toma en consideración la utilidad que se espera obtener de un bien pero no de un modo abstracto: “al contrario, contempla en cada caso la menor utilidad marginal de la que una persona que actúa en el plano económico, en función de la situación de conjunto de sus necesidades y de sus recursos, puede todavía desprenderse del bien que posee” (29). La utilidad marginal, de la que Gossen (Sombart le llama “ese imbécil genial”) puso los fundamentos con su ley de la saturación de las necesidades, decide, por tanto, el valor de los bienes: es ella la que crea en el espíritu del consumidor la representación de los bienes o de los servicios apropiados para satisfacer sus necesidades. La ecuación queda resuelta: la selección de los bienes de consumición se lleva a cabo en función de la utilidad marginal, lo que la convierte en el regulador de acuerdo con la escala de valor que preside la satisfacción de necesidades.

¿Es posible, por tanto, realmente deducir de esta teoría una ley de consumición?. Conviene, de entrada, constatar, que la teoría de la utilidad marginal trata de explicar la elección que preside una ordenación racional de los bienes en general, lo que viene a decir – puesto que vivimos en un sistema económico en el que rige la división del trabajo - que se basa en el análisis de los mecanismos del mercado. La teoría de la utilidad marginal constituye, pues, el punto de partida del estudio de las relaciones de dependencia valor/precio, expresadas por un sistema de ecuaciones. En dicho sistema, “los precios de los bienes pueden ser presentados como función de las cantidades demandadas; inversamente, las cantidades de los bienes demandados pueden ser consideradas como función del precio” (30)

No es nuestra intención discutir esta teoría estática del equilibrio, que no ve en el valor y en el mecanismo de los precios más que simples relaciones formales (31). Pero intentaremos demostrar que el principal edificio sobre el que la teoría descansa, es decir- la teoría de la utilidad marginal- no tiene en cuenta más que los fenómenos de intercambio, es decir, la distribución de los bienes, y por ello no es más que la antesala de la consumición. Es verdad que, en el marco de la economía de mercado, el consumidor actúa como demandante, pero sólo virtualmente, en tanto que portador de un apetito de goce indefinido y que, por tanto, tiende a ser saciado al máximo. El consumidor se enfrenta a cantidades de bienes y a precios, y finalmente es la relación entre ambos factores lo que determina la combinación de consumición y, en consecuencia, su participación (32).

¿Pero es la utilidad marginal para el consumidor la brújula infalible que le guía razonablemente en su elección de bienes ofrecidos en el mercado? “La utilidad marginal, para las diferentes categorías de necesidades (según el uso previsto), se comporta como un control previo y acompaña a la consumición paso a paso…” (33). Por lo general, tal concepción funcional no es más que un esquema abstracto. No permite explicar de manera satisfactoria ni la elección de bienes en el mercado ni el desarrollo del proceso de consumición. Porque estos fenómenos no pueden ser contemplados esquemáticamente, fuera del tiempo y del espacio, a través de un principio general sin relación ninguna con la vida. Por el contrario, son determinados causalmente por las concepciones de la existencia, por las costumbres, por una verdadera infinidad de estímulos, de intereses, de impulsos, por todo “el aparato de la motivación humana” (Oppenheimer). Son modelados por las influencias del medio ambiente.

Pero si, a la manera de Mises (34), reducimos el comportamiento humano a una elección entre posibilidades ofrecidas, y si rechazamos la distinción entre móviles racionales y móviles irracionales, la concepción subjetiva del valor deja de ser atractiva. Incluso bajo esta forma, se limita a declaraciones abstractas sobre las condiciones de cambio que existen en el mercado y olvida deliberadamente los factores naturales y sociales que las determinan. Es cierto que puede ser indiferente, para el análisis de la formación del precio en el mercado, saber por qué, en un momento dado, una persona compra pan y no leche, pero no es menos cierto que el comportamiento del consumidor reviste una gran importancia para el conocimiento de la estructura del mercado y es, por tanto, orientativo para la política económica. Cambiemos el ejemplo; en Suiza se produce sobre todo vino blanco, pero se bebe sobre todo vino tinto. El desequilibrio estructural entre las condiciones de producción y los hábitos de consumición no influye sobre los precios respectivos precisamente porque el ajuste entre oferta y demanda se efectúa sobre “cantidades parciales” (34a). El mecanismo de los precios no basta, pues, para incitar a los viticultores a aumentar su producción de vino tinto. Para ello hay que tomar medidas relevantes de política económica.

En resumen, se puede decir que la realidad de los hechos es inaccesible a la teoría de la utilidad marginal; la teoría está “divorciada absolutamente de la realidad de la vida” (35). Sus elementos, entre ellos la curva de demanda, no pueden revestir más que un valor simbólico por lo que habría que darles contenido y vida “to explore the world behind the demand curve” (para explorar el mundo a través de la curva de demanda) (35)